lunes, 13 de octubre de 2014

EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LAS BARRIGUITAS

No se como se las apaña  James J. Wilson, para que siempre acabe reseñando, ya sea por su insistencia, ya sea porque me parece interesante, las películas que va haciendo. Y eso que en este tipo de productos tengo una máxima –que no se viene cumpliendo-  que es la de no reseñar ningún tipo de producto que no tenga vida comercial de algún tipo. Más que nada, para que no se me ofendan cuando diga de ellos que es una mierda. Sin embargo, si tu obra está en DVD o hay que amoquinar para verla, te jodes, que ya he pagado por el producto. En cualquier caso, no sería el idem de “El hombre que susurraba a las barriguitas”, ni de ninguna de las películas de Wilson, de paso. Suele poner stands en los festivales que frecuenta y las vende allí, pero más allá de esos cuatro o cinco amigotes que las compran, no tienen vida comercial alguna.
Y digo esto, porque, efectivamente –y esto le honra… aunque use gomina-  Wilson ha asumido que hace cine para tres o cuatro amigotes y listo. Y no le importa, y es feliz en esa tesitura. ¡Claro que haría cine de verdad si pudiera, el no es Underground! Pero como no puede, sigue a la suya y con los suyos. Por eso quizás siento un poco más de respeto hacia él que hacia muchos de su ralea, que en cuanto se dan cuenta de que ingresar con su escaso talento en el mainstream, con un cine que no encaja dentro de la industria, por ser fantástico, o por lo que sea, pierden el interes, poco a poco, por lo que (sin que nadie se lo pida) nos han estado metiendo por los ojos festivalucho tras festivalucho. Wilson, sigue inasequible al desaliento, porque no sirve para otra cosa.
Es por eso, que su documental “El hombre que susurraba a los Barriguitas”, es más localista y parroquiano que cualquier otra cosa que haya hecho.  No es que, por su naturaleza, este docu no tenga interés fuera de Barcelona, es que no lo tiene fuera de su círculo de amigos.
Se trata de un documental sobre su amigo y actor Emilio Moya. Durante el pasado festival de Sitges, Wilson organizó un homenaje a su actor fetiche en la sección Brigadoon. Así que, ley del mínimo esfuerzo mediante, tramó este documental para sorprender a su amigo durante dicho festival. Y digo lo de la ley del mínimo esfuerzo porque  se limitó a filmarse a si mismo hablando del gordo (le encanta: filmarse hablando y hablar del gordo. No hay docu suyo en el que él no salga dando la chapa, olvidando el ego. En este sale más que el propio gordo, casi), e invitó a una serie de amigotes y conocidos del circulo Wilson, a grabarse ellos mismos durante un minuto y que se lo enviaran. Luego lo montó todo en un montaje básico, cogió escenas míticas que había protagonizado Emilio Moya, y llegó a los 50 minutos. Listo.
Yo que formo parte, aunque me pese, de ese circulo de amistades, me comí ese documental tranquilamente, porque se habla del gordo, y me divertí viéndolo. Pero me pasé más de la mitad del documental preguntándome “¿Este quien cojones es?” ¡Y eso que yo más o menos conozco ese sub-mundo en el que estos dos se mueven! Así que imagínense, si esto lo ve alguien ajeno a ese reducido mundillo… Porque Moya, ha hecho muchos cortos, algo de televisión, pero seamos serios, por muy buen actor que sea, no es  tan, tan conocido fuera de sus círculo. Y  Wilson,  le dedica un documental. Pero claro, esto es una cosa que Wilson ha hecho para su amigo, y para sus amigos, que sin duda lo disfrutarán allá donde se proyecte. Para el resto, no existe. Wilson lo sabe, no le importa y disfruta con lo suyo. Y por eso (y porque me lo pidió insistentemente, y sin ninguna educación) reseño aquí su documental. A mí, en verdad me gustó.
De entre los que se grabaron, gente del fandom barcelonés, cortometrajistas, y hasta algún que otro muchacho con severos problemas psiquiátricos.
¡Ah! Y efectivamente, yo soy uno de los que se grabó solito con el móvil, una cosa rápida que no me diera curro. Y no, no soy ninguno de esos muchachos con problemas psiquiátricos.