lunes, 26 de febrero de 2018

LA CRIATURA

Un Eloy De la Iglesia de finales de los setenta previo a su etapa más exitosa, siempre dispuesto a escandalizar y criticar socialmente, nos ofrece una de sus películas más retorcida y valiente. Básicamente, nos cuenta una historia de amor zoofílica entre una mujer y  un perro.
Un matrimonio se va de viaje estando ella embarazada. Parando en una gasolinera, ella se acerca a un perrucho que está atado por allí, y el perro se tira a por ella. Del susto, pierde el bebé que espera.
Superado el trauma, estando en la playa, aparece por allí un perro muy parecido al que la atacó. Sin embargo, como parece dócil, deciden quedárselo.
Mientras el lleva a cabo sus mítines políticos de ultraderecha, ella intima con el perro, cubriendo con su presencia sus carencias afectivas, y llega la tragedia cuando decide llamar a la mascota con el mismo nombre con el que iban a bautizar al niño perdido.
Él se va alejando cada vez más de ella, pasando el tiempo con su amante, tiempo este que ella aprovechará para hacer el amor con el perro. El final es del todo improbable y desasosegante.
No se trata ni de lejos de una de las mejores cintas de De la Iglesia, sin embargo, para la época en la que está rodada, si que me parece harto valiente.
De estructura clásica, las motivaciones creativas de De la Iglesia —la política y el escándalo— quedan bien representadas en una película que por momentos se vuelve monótona, ya que la historia que cuenta es escueta y simplemente se limita a estirar un punto de partida del cual no hay más que sacar. En cuanto se muestra la primera insinuación sexual de la mujer y el perro, todo lo demás es material de relleno. Al igual que todo el contenido político. De la Iglesia sitúa al personaje masculino en un entorno fascista que no pinta nada, tan solo por denunciar y/o provocar, porque esta historia, la de un hombre al cual su mujer le pone los cuernos con un chucho negro, podía ocurrir en cualquier contexto político. En cualquier caso, la obvia denuncia a esos partidos de ultraderecha, tenemos que intuirla, porque no nos queda nada claro.
Lejos de sus films más conseguidos de aquellos años (“Lasemana del asesino”, por ejemplo), la gracia y el mérito de la cinta radica en que Eloy de la Iglesia, con dos cojones, se pone a contarnos como una tía traumatizada se tira a un perro, y no solo se lo tira, sino que se enamora de él. El final es una de las cosas más Dantescas que he tenido a bien ver en una pantalla.
En el reparto tenemos a un imponente Juan Diego, que como suele ser habitual en muchas de las películas de De la Iglesia, le escuchamos doblado por un actor de doblaje, sufriendo los desmanes caninos de su esposa interpretada por Ana Belén, secundados por Claudia Gravy y Ramón Reparaz.
Curiosa, pero sin más. Eso si, crearía escuela y un par de años después, Bigas Luna tomaría buena nota de esta película a la hora de hacer la suya de perritos, “Caniche”.