Una de las películas más olvidadas a nivel popular de la denominada comedia madrileña de los ochenta, es esta película de Fernando Colomo —probablemente la cabeza más visible del movimiento—, “La línea del cielo”, que tras una serie de éxitos en taquilla de cintas adscritas a esta corriente, pasó inadvertida para los espectadores españoles del año 1983 y a duras penas se la reivindica a día de hoy, ni tan siquiera en ambientes eruditos de la comedia española. Y, hablando en retrospectiva, puede que sea una de las mejores muestras de aquello. No en balde es la favorita de Colomo dentro de su filmografía.
Y es que “La línea del cielo”, moderna en su momento a rabiar, es también una película libre que se rodó casi a modo de guerrilla en la ciudad de Nueva York, con un equipo reducido de 5 personas y con el Antonio Resines de los ochenta, aún a medio camino de convertirse en una estrella, totalmente entregado a la causa.
Se rodó en Nueva York, sí, al menos los exteriores, pero no hay nada pomposo en lo que a la producción se refiere. Por no haber, no había ni focos y se aprovechaba la luz natural para poder rodar. Si no fuera porque se trata de una producción media del cine español de los ochenta, aquél que con juicio elitista intentaba desbancar el cine popular dando voz a la progresía, “La línea del cielo”, ejecutada casi con lo puesto, estaría muy cercana de ser una película underground, pero se quedó sencillamente en una pequeña película española de tantas en la época. Y es una lástima porque, vista por primera vez en un reciente visionado, sí que creo que efectivamente es la mejor película de Colomo.
La historia se centra en los avatares de Gustavo, un fotógrafo español que considera que en su profesión, y en su país, ya ha tocado techo. Así que se traslada a la ciudad de los rascacielos con la finalidad de probar fortuna allí y ver si es capaz de trabajar para alguna revista de tirón. Su gozo caerá en un pozo cuando se da cuenta de que los americanos no entienden el contenido de su fotografía y que, no sabiéndose defender en inglés, la cosa no hace más que empeorar. No obstante, se queda por allí porque conoce a una catalana que está aprendiendo el idioma y se enamora de ella.
Está graciosa esta “La línea del cielo”. Está resuelta prácticamente a costa de conversaciones y de planos fijos, y estos cobran mayor interés cuando estas conversaciones se dan en exteriores neoyorquinos en los que, me da la sensación, no se utilizaron permisos ni nada por el estilo para ser rodados. La historia asimismo es sencillita y amena, con algunos momentos verdaderamente descacharrantes, siempre dentro del orden instaurado por el Colomo de entonces —el actual rueda cosas tan impostadas y ridículas como “Cuidado con lo que deseas”… ¡Ugh!— y el tono naturalista propio de la ya añeja nueva comedia madrileña. Quizás “La línea del cielo” sea el canto de cisne de todo aquello, ya que a partir de entonces el estilo de Colomo iría dando palos de ciego hasta acomodarse en el tipo de comedia que desarrolló a finales de los ochenta.
La siguiente película que rodó tras esta, quizás para desquitarse de los pocos espectadores conseguidos en las salas (178.000), fue “El Caballero del Mother Fucking Dragón”.
Pero con todo, y con los prejuicios que yo pueda tener sobre la denominada Escuela de Yucatán, Colomo es de los que mejor me cae y cuyo cine me cae en gracia.
En el reparto, a parte de no salir Resines de plano y de amigos culturetas de Colomo y extraños actores yankees que chapurrean castellano, tenemos a Whit Stillman que debutaría como actor secundario en la nueva comedia madrileña (también salía en “Sal Gorda” del Trueba) para pronto convertirse en productor y autor de películas tan distintas a estas en las que participó como “The last days of Disco” o “Amor y amistad”. Ahí es nada.
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viernes, 9 de septiembre de 2022
miércoles, 26 de febrero de 2014
EL CABALLERO DEL DRAGÓN
“El Caballero del Dragón”, en cierto modo, es un clásico del
cine español. Tan olvidada como recordada en las mentes de los espectadores,
pero también se trata de una de nuestras peores películas. Quizás por eso, ahora se la reivindica tan poco.
Por eso y porque, siendo una de las películas más caras del cine nacional, fue
un fracaso estrepitoso que no recaudó ni la mitad de lo que costó.
Recuerdo yo en mi niñez el haberla visto en algún
pase de televisión, y dejarme totalmente indiferente. De hecho los veintipico
años que han pasado desde entonces, los he pasado sabiendo de su existencia,
pero importándome un bledo la misma. Hasta que el otro día a Naxo le dio por
preguntarme que por qué no la había reseñado todavía. Y cierto era… así que la
localicé y me la puse.
La película traslada la leyenda de San Jorge y el dragón a
un ambiente de ciencia ficción, teniendo como punto de partida una historia, a
priori, interesante. Una nave espacial
que baja a la tierra en el medioevo y que, por sus características, es
confundida con un dragón. En su interior viaja un alienígena con aspecto de
homosexual que se acaba enamorando de la princesa protagonista. Un caballero
que la pretende y un fraile, intentarán enfrentarse al supuesto dragón y el marciano que lo controla.
Era 1985 y la cartelera se llenaba de películas de ciencia
ficción y fantasía; “E.T. El extraterrestre”, “La princesa Prometida”, “Lady
Halcón”… de todo eso se nutre "El caballero del dragón" y lo explota.
Cierto es que se trata de una súper producción, y dentro del
cine español, en aquellos tiempos, no hay muchas en las que se vea un gasto de dinero. Sin embargo, fuera de nuestras tierras, “El
Caballero del Dragón” recibe trato de serie Z, porque, efectivamente, los
resultados son de espeluznante serie Z.
Mala es decir poco. No llega a comedia involuntaria, porque aunque toda
ella sea ridícula, es demasiado sosa para provocar la risa (salvo en una escena
en la que, se supone, una cabra es abducida. Ahí te descojonas, con el
efecto de la cabra levitando, y con el paleto del pastor) y, a parte, ya se
encarga su director, Fernando Colomo, que poco después triunfaría con todo aquel
rollo de la comedia madrileña, de añadir
las dosis justas, y sin venir a cuento, de humor. De uno con el que no te
ríes, claro. No funciona en absoluto. Aunque hagamos un esfuerzo por
encontrarle algo divertido a la peli, no encontramos más que soberano
aburrimiento y mucha, mucha… toneladas de vergüenza ajena.
Decir, que como buena súper producción, Colomo, en calidad también de productor, no nos puso de protagonistas a Antonio Resines o a OscarLadoire, que va. La película cuenta con Harvey Keitel de protagonista (que a su
vez es, también, el malo de la función) quien por aquellos años no tenía
inconveniente en intervenir, muy poco convincentemente, en toda producción
Europea que se le proponía (otra mierda sería “Dream One”) y a Klaus Kinski,
que se creía el mejor actor del mundo y, mundo Herzog aparte, trabajó en
sus buenos truños; “El Caballero del Dragón”, uno de los más destacables, en el
que su locura se adueñó tantísimo de él, que en un momento de ira la pagó con
el señor director, abalanzándose sobre el, y arrancándole un trozo de barba de
un mordisco. Colomo todavía está cagándose en la
puta madre del actor, que además está desaprovechadísimo en esta película.
Keitel se luce un poco más, pero vamos, que da igual la presencia de cualquiera
de los dos.
Por otro lado tenemos a un teñido, anoréxico e inexpresivo
Miguel Bose (que el espectador bien sabe que está haciendo una interpretación
lamentable, pero que él creía estar haciendo la hostia en verso…) al que el
vestuario le hace flaco favor… parece un retrasado. Digamos que el traje de
este extraterrestre (llamado, según los títulos de crédito IX, pero cuyo nombre
no sale de boca de ninguno de los personajes, ni para dirigirse a él, ni para
nada) es una especie del traje del bicho de “Alien, el octavo pasajero” al que le han arrancado la cabeza, han metido
ahí dentro a Miguel Bose y después me le han plantado un casco de astronauta.
Una remierda.
De vez en cuando la dan en la tele, pero parece como si se
quisiera olvidar esta película, como si fuera una vergüenza para el cine
español, que lo es, pero no más que cualquiera de esas que gozan de prestigio. Además, por lo menos
se trata de una película de puro género. Eso no óbice para que esta sea antipática, rancia y caiga mal.
Me hace mucha gracia el desenlace, abierto, dejando
entrever que volverán con una segunda parte, creyendo que esto sería un éxito.
Todavía se tienen que estar dando de cabezazos contra la pared.
Como el reparto es internacional, esta se
estrenó, a destiempo, en gran parte del planeta, siendo un fracaso allá donde la vieran por mucho Kinski que asome la polla por ahí.
En 1993 la película pasa a ser de dominio público, lo que
hace que, edición cutre y cochambrosa en dvd de nuestro país aparte, la edite
todo dios en los estados unidos por el morro (aunque de manera legal),
consiguiendo una galería de caratulas a cual más delirante, destacando una en
la que, para aprovechar el protagonismo de Klaus Kinski, roba una imagen suya de “Aguirre, la cólera de Dios”, la colocan al lado
de la nave espacial, se inventan un dragón mecánico y tirando millas.
En resumidas cuentas, esta mierda es curiosa, pero no es ni
lo suficientemente buena, ni lo suficientemente mala, como para evitar el que
si estamos cagando y no tenemos papel a mano, utilicemos el dvd, la caratula o,
incluso, su póster para limpiarnos el ojo del culo.
Colomo nunca
más volvió ha hacer cine fantástico. Una vez declaró, en referencia a lo mala que es “El
Caballero del Dragón”, que da igual el género que cultive, al final todas sus
películas, por los motivos que sean, acaban siendo comedias. Pobre. En este
caso, yo diría que, más bien, le salió un drama.
¡Ah! También sale por ahí Fernando Rey, perdiendo en pocos
minutos de actuación todo el prestigio ganado a lo largo de su carrera.
viernes, 29 de junio de 2018
ESTOY EN CRISIS
Una muestra seminal de lo que acabó siendo la comedia madrileña de principios de los ochenta; un estilo que, compartiendo cartelera
con el cine de consumo y perdiendo la batalla de la taquilla contra este por
aquél entonces, ganó paradójicamente la guerra en cuanto entró en vigor la
famosa ley Miró. Aunque murió por el cambio generacional a principios de los
90.
Asimismo, con este tipo de comedia vista de manera
retrospectiva, pasa lo mismo que ocurriría con el Landismo o el cine de Mariano Ozores; qué acaba traduciéndose como retrato de la época en que esta se rodó.
En este caso, con su director Fernando Colomo, considerado
el padre de la comedia madrileña, volviendo a lo que sabía que funcionaba tras
el fracaso de su anterior película, “La
mano negra”, en la que mezcló comedia con cine policiaco en lo que resultó ser
su primer fracaso de taquilla.
Aquí, en “Estoy en crisis”, anulando todo atisbo de género
opuesto a la comedia madrileña, la jugada le sale medio rana, y contra todo
pronostico, no consiguió el beneplácito de la crítica ni el público no llegando
al millón de espectadores en la taquilla ni teniendo reseñas demasiado
entusiastas, no así en la Mostra de Venecia de aquél año, que reacia como era a
programar comedias en sus secciones, hace una excepción con “Estoy en crisis”,
y se mete al público en el bolsillo, pese a las demoledoras críticas que
recibió.
“Estoy en crisis” cuenta la historia de un directivo
publicitario en plena crisis de los cuarenta, que abandona todo para irse a
vivir al campo con una modelo con la que ha trabajado, cuando esta acaba
llevando a la casa de este a todos sus
amigos, poco menos que una comuna hippie, que se ponen a arar en la vuelta,
mientras la muchachita que nuestro hombre pretende seducir se pasa toda su
estancia allí acusándole de montar todo ese tinglado en el campo como una sucia
artimaña para acostarse con ella, cosa que por otro lado es verdad. Cuando este
se da cuenta de que esa chica no es más que un capricho infantil para él, será
demasiado tarde para recuperar su vida.
De tono desenfadado y ritmo ágil, “Estoy en crisis” llega a
2018 con una frescura inusual en el cine español de los 80. Si nos dicen que es
una película rodada en esta década, da el pego. Y eso es porque en su momento,
1982, se prodigaba como una película que retrataba una sociedad y unos
personajes rematadamente modernos, por lo que han perdurado estupendamente, ya
que no posee la película ningún agente externo que la haga chirriar en ese
sentido.
Entretenida sin más, la importancia de esta película reside
en que sería el film que da el pistoletazo al estilo de Colomo en particular y
a la nueva comedia madrileña en general, siendo la mamá de títulos ya clásicos
de Colomo como “Bajarse al moro”, “La vida alegre” o “Rosa Rosae”.
Se puede ver.
En el reparto tenemos a un
José Sacristán todavía no tan pedante como lo sería cuando los
argentinos se lo disputaron para hacer bodrios petulantes, pero en estupenda
forma y en el mejor momento de su carrera, cuando se hacía un hueco en el cine
de autor a fuerza de despojarse, poco a poco, de los ramalazos adquiridos en la
comedia clásica de la que proviene, de los años 60 y 70.
Con él, Cristina Marsillach, bellísima, pero enchufada a
tope y sin una pizca de talento como actriz, Marta Fernández Muro, Quique SanFrancisco y Mercedes Samprieto.
lunes, 11 de septiembre de 2017
RADIO SPEED
“Radio Speed” también conocida como “La Ràdio Folla” (título en catalán que, traducido literalmente, sería "La radio loca")
es una película Catalana del popularísimo Francesc Bellmunt, que por un lado
pasa a engrosar la lista de películas ambientadas en la radio -muy de moda en
el cine español progre de los 70 y 80-, y por otro lado sería la antitesis
postmoderna de películas como “Solos en la madrugada” del Garci.
Y es que Bellmunt, conocido sobretodo por “La Orgía”, con
“Radio Speed” lo que intenta es plasmar en una sola película todos sus gustos;
quiere ofrecer una comedia catalana contemporánea, quiere darle unos toques de
thriller, y quiere darle su sello de autor, y su pinceladita vanguardista, por
lo que tenemos un revoltijo de géneros y conceptos que por momentos pueden ser
interesantes, pero que acaban volviéndose indigestos. Digamos que comienza como
una comedia propia de la movida como “La Vida Alegre” de Colomo, para terminar
pareciéndose a “Arrebato” de Zulueta.
Entonces, “Radio Speed” resulta una extraña mezcla de
Colomo, Agustín Villaronga, Ivan Zulueta
y Mariano Ozores. Ahí es nada.
Y una película absolutamente malsana en el aspecto y
desarrollo. Una cosa rarísima.
Cuenta el día a día de una emisora de radio en la cual, un
locutor de un programa nocturno de esos que llaman lo oyentes a contar sus
penas, anuncia en directo el horario de
un hospital de guardia dónde hacen falta urgentemente transfusiones de cierto
tipo de sangre. Resulta que es justo el grupo sanguíneo del locutor, por lo
que, instado por los oyentes, se acerca al hospital a donar. Tras donar la
sangre, el locutor empieza a cambiar de personalidad, pasando de ser un tipo
coherente y cabal a ser un individuo oscuro y violento que utiliza la radio
para tener conversaciones de tipo sexual, con la intención de follarse a sus
interlocutoras, o menospreciar a los oyentes que no le caen en gracia. La cosa
se irá complicando poco a poco hasta que el espectador no sabe que cojones está
viendo. Las subtramas las ponen un grupo de variopintos actores secundarios,
cada una de ellas más extraña. No perder el ojo al personaje llamado “Sipi”.
La película resulta trasnochada y un poco antigua, además el
hecho de irse convirtiendo poco a poco en “Arrebato”, le hace flaco favor, pero
como es tan rara en ningún momento aburre y la continuamos viendo por
curiosidad.
Y ahí radica todo interés, en el hecho de ser más rara que
un perro verde. Por lo demás, Bellmunt se hace la picha un lío con su propio
material, y al final confunde al espectador soberanamente de forma
involuntaria, porque en esencia, lo que quiere contar no es tan raro como lo
resultante, que lo es, 50% intencionadamente, 50% por incapacidad de poner en
escena todo eso.
El guion lo escribe Bellmunt a medias con otro tío raro como
es Carles Benpar.
El reparto lo componen Sergi Mateu, Carmen Conesa, Pep Munné
o Pere Ponce.
martes, 10 de septiembre de 2024
UN KILO DE KASPA
El principal aval que convertía a “Un kilo de kaspa” en una película rara, misteriosa y desperada, era su condición de título ignoto únicamente editado en su momento en VHS con pocas copias en circulación. Lo siguiente que definía la naturaleza de esta cinta, era el hecho de que durante lustros ostentó el título de primera película rodada en vídeo en nuestro país, cosa que en absoluto es cierta porque, aún detectando que “Un kilo de kaspa” se facturó a lo largo de dos o tres años, el hecho de que existan un gran número de escenas exteriores, y que estas estén sitas en la emblemática Gran Vía madrileña, nos ayuda a adivinar el año en el que estaban grabando aquello; vemos un plano en el que al fondo se ve el ya extinto Cine Imperial donde, gracias a un maravilloso cartel pintado, descubrimos que están proyectando la película “El acusado” estrenada en nuestro país en 1986. Lo mismo ocurre con un cartel del concierto que dio en la capital en octubre de ese año Rod Stewart. Se suman al juego los carteles del cine Palacio de la Música donde se proyectaban los films “Las brujas de Eastwick” y “Réquiem por los que van a morir”, ambas estrenadas en nuestro país en 1987. Por lo que, a rasgos generales, “Un kilo de kaspa” puede que se produjera entre 1986 y 1988, apareciendo distribuida en vídeo por Spanish Home Video en 1989. Es muy probable que sus artífices pensaran que sí, que se trataba de la primera película comercial rodada en vídeo, pero lo cierto es que antes que esta ya se habían parido en ese formato “Poke” y “Viernes 31” del 1985. Así pues, para nada es la primera película patria grabada en vídeo, tal y como reza la publicidad en la caratula. De hecho, “Yo quiero ser torero” es del año 1987, “Zocta”, al servicio de Joe Rigoli es de 1988 y “Tú y yo” con Emilio Aragón es también del 88. Por lo que podemos decir que, en realidad, probablemente sea una de las últimas.
Sin embargo, lo que diferencia esta de algunas de sus coetáneas es que “Un kilo de kaspa” tiene más alma de película que las anteriormente citadas. “Poke” y “Viernes 31” en realidad son largometrajes realizados por aficionados, siendo la primera poco más que una auto edición y la segunda jamás distribuida, mientras que las otras mencionadas, todas para lucimiento de humoristas, tienen más vocación de obra teatral que cinematográfica.
Y es que “Un kilo de kaspa” es una película realizada por alumnos y trabajadores de Metropolis CE, mítica escuela de cine situada en el centro de Madrid desde 1985, en plena Gran Vía. El tanto por ciento de alumnos que se licencian en las escuelas de cine y logran posteriormente dedicarse a ello es mínimo, pero muchos de los integrantes de “Un kilo de kaspa” si lo consiguieron, y es que, la única diferencia formal entre esta y una película comercial filmada en 35 mm en la época, es el formato y, quizás, tratarse de un ejercicio académico, porque, por lo demás, es muy de su tiempo, muy de La Movida, y muy deudora de la por aquel entonces en boga comedia madrileña.
Cuenta la historia de dos adolescentes muy modernos que moran por las calles de un Madrid futurista, haciendo pequeños hurtos. Un buen día logran sustraer del bolso de una señora un polvo ¡morado! al que se refieren como “kaspa” y que bien podría ser cocaína del futuro o algo parecido. El caso es que deciden ir a venderlo y, a partir de ese momento, los adolescentes vivirán una aventurilla por los barrios del centro de Madrid, huyendo de toda suerte de mafiosos que, por algún motivo, quieren hacerse con ese kilo de kaspa.
Todo ello muy de su época, con los dos protagonistas corriendo para arriba y para abajo, recordándome mucho a otra película del periodo, “Loco Veneno” de Miguel Hermoso, con la que guarda alguna que otra similitud.
Por lo demás, la película está estructurada, iluminada, coreografiada, sonorizada, guionizada y dirigida de manera prácticamente profesional… solo que con las carencias que ofrecían los aparatos magnetoscópicos del año 87/88, ese montaje tosco —aunque fluido— y, sobre todo, lo arcaico de los aparatos destinados a tal efecto, con esas tituladoras electrónicas tan feas y tan digitales. Pero nada que envidiar a los Trueba, Colomo o Emilio Martínez Lázaro de esos mismos años. Y es que, encima, con algún momento más peñazo que otro, está hasta entretenida. Eso sí, las músicas que aparecen en la banda sonora, ya sea el “Liberian girl” de Michael Jackson o una de Tino Casal, mucho me temo que son robadas, pese a que la película cuenta con su propia composición incidental.
Por supuesto el elenco está formado por actores de la escuela, destacando a uno secundario muy correcto que, además, es un clónico de John Belushi; Lolo Giménez. Desconozco si se dedicará a la actuación en la actualidad.
Los que sí se dedican al cine de manera profesional son el guionista Carlos López que anduvo haciendo alguna cosa en la película, o Fernando León de Aranoa (“El buen patrón”, “Los lunes al sol”), hoy uno de nuestros directores-peñazo más aclamados, pero que, en “Un kilo de kaspa”, ejercía de ayudante de dirección. Asimismo su director, Guillermo Fernández, vinculado a Metrópolis en aquellos momentos, por supuesto trabajó en el medio aunque fuese como ayudante de dirección en películas como “El rey pasmado” de Imanol Uribe o la serie al servicio de Milikito “Medico de familia”. También produjo y dirigió diversos capítulos de las tele series “Menudo es mi padre”, protagonizada por El Fary o la reciente “Águila Roja”. Paradójicamente, el único trabajo que ha firmado como director en lo que podemos considerar cine, es este.
“Un kilo de kaspa” no deja de ser una absoluta curiosidad, sin embargo, dista mucho de ser un título oscuro, amateur o underground con una historia apasionante detrás; tan solo se trata de una película producida a modo de ejercicio para ver como se desenvolvían en un hipotético rodaje los futuros trabajadores de la industria del cine español, lo que a efectos la convierte en una más de la época.
“Un kilo de kaspa” se hacía acompañar, en su edición VHS, por un cortometraje espantoso sobre trogloditas, seguramente hecho por estudiantes, que deja entrever que los alumnos con talento de aquella promoción fueron los implicados en “Un kilo de kaspa”.
Para curiosos y completistas.
Sin embargo, lo que diferencia esta de algunas de sus coetáneas es que “Un kilo de kaspa” tiene más alma de película que las anteriormente citadas. “Poke” y “Viernes 31” en realidad son largometrajes realizados por aficionados, siendo la primera poco más que una auto edición y la segunda jamás distribuida, mientras que las otras mencionadas, todas para lucimiento de humoristas, tienen más vocación de obra teatral que cinematográfica.
Y es que “Un kilo de kaspa” es una película realizada por alumnos y trabajadores de Metropolis CE, mítica escuela de cine situada en el centro de Madrid desde 1985, en plena Gran Vía. El tanto por ciento de alumnos que se licencian en las escuelas de cine y logran posteriormente dedicarse a ello es mínimo, pero muchos de los integrantes de “Un kilo de kaspa” si lo consiguieron, y es que, la única diferencia formal entre esta y una película comercial filmada en 35 mm en la época, es el formato y, quizás, tratarse de un ejercicio académico, porque, por lo demás, es muy de su tiempo, muy de La Movida, y muy deudora de la por aquel entonces en boga comedia madrileña.
Cuenta la historia de dos adolescentes muy modernos que moran por las calles de un Madrid futurista, haciendo pequeños hurtos. Un buen día logran sustraer del bolso de una señora un polvo ¡morado! al que se refieren como “kaspa” y que bien podría ser cocaína del futuro o algo parecido. El caso es que deciden ir a venderlo y, a partir de ese momento, los adolescentes vivirán una aventurilla por los barrios del centro de Madrid, huyendo de toda suerte de mafiosos que, por algún motivo, quieren hacerse con ese kilo de kaspa.
Todo ello muy de su época, con los dos protagonistas corriendo para arriba y para abajo, recordándome mucho a otra película del periodo, “Loco Veneno” de Miguel Hermoso, con la que guarda alguna que otra similitud.
Por lo demás, la película está estructurada, iluminada, coreografiada, sonorizada, guionizada y dirigida de manera prácticamente profesional… solo que con las carencias que ofrecían los aparatos magnetoscópicos del año 87/88, ese montaje tosco —aunque fluido— y, sobre todo, lo arcaico de los aparatos destinados a tal efecto, con esas tituladoras electrónicas tan feas y tan digitales. Pero nada que envidiar a los Trueba, Colomo o Emilio Martínez Lázaro de esos mismos años. Y es que, encima, con algún momento más peñazo que otro, está hasta entretenida. Eso sí, las músicas que aparecen en la banda sonora, ya sea el “Liberian girl” de Michael Jackson o una de Tino Casal, mucho me temo que son robadas, pese a que la película cuenta con su propia composición incidental.
Por supuesto el elenco está formado por actores de la escuela, destacando a uno secundario muy correcto que, además, es un clónico de John Belushi; Lolo Giménez. Desconozco si se dedicará a la actuación en la actualidad.
Los que sí se dedican al cine de manera profesional son el guionista Carlos López que anduvo haciendo alguna cosa en la película, o Fernando León de Aranoa (“El buen patrón”, “Los lunes al sol”), hoy uno de nuestros directores-peñazo más aclamados, pero que, en “Un kilo de kaspa”, ejercía de ayudante de dirección. Asimismo su director, Guillermo Fernández, vinculado a Metrópolis en aquellos momentos, por supuesto trabajó en el medio aunque fuese como ayudante de dirección en películas como “El rey pasmado” de Imanol Uribe o la serie al servicio de Milikito “Medico de familia”. También produjo y dirigió diversos capítulos de las tele series “Menudo es mi padre”, protagonizada por El Fary o la reciente “Águila Roja”. Paradójicamente, el único trabajo que ha firmado como director en lo que podemos considerar cine, es este.
“Un kilo de kaspa” no deja de ser una absoluta curiosidad, sin embargo, dista mucho de ser un título oscuro, amateur o underground con una historia apasionante detrás; tan solo se trata de una película producida a modo de ejercicio para ver como se desenvolvían en un hipotético rodaje los futuros trabajadores de la industria del cine español, lo que a efectos la convierte en una más de la época.
“Un kilo de kaspa” se hacía acompañar, en su edición VHS, por un cortometraje espantoso sobre trogloditas, seguramente hecho por estudiantes, que deja entrever que los alumnos con talento de aquella promoción fueron los implicados en “Un kilo de kaspa”.
Para curiosos y completistas.
miércoles, 6 de abril de 2011
CIUDAD BAJA
Un Jess Franco de los noventa absolutamente genuino, de cuando era un apestado, justo antes de que lo adoptaran los gangsters de "Subterfuge", y, por tanto, donde no se exageran ni se fuerzan los elementos cutres que le han convertido en lo que es hoy. Quizás "Ciudad Baja" sea su ultima película auténtica.Trasladando la acción a Centroamérica, cuenta como tres policías luchan contra el narcotráfico. Poca cosa más. Cine policiaco en la línea de "Mordiendo la vida", pero quizás un poquito más espectacular en las escenas de acción.
El caso es que al no ser consciente Franco de la fama que vendría después, el resultado no está ni tan mal… dentro de lo que cabe, claro. La película es un coñazo, es súper aburrida, pero está contada de manera estándar y, sorprendentemente, muy bien realizada, sin dejar la impronta de Franco a un lado; planos sicodélicos, abuso del zoom y movimientos de cámara, los hay a tutiplén. Y hasta alguna que otra explosión.
Aunque centra la acción en Centro América, está rodada en Barcelona, y en inglés. No deja de ser curioso el ver como se defienden en ese idioma los actores, muchos de ellos claramente reconocibles, siendo algunos mejores y otros claramente nulos, cuando no, directamente doblados. No es el caso del prota, Oscar Ladoire, que pone acento americano con mucha soltura, y nos ofrece un papel distinto al habitual. Es amigo de Franco y por eso protagoniza la peli, justo en el momento más dulce de su carrera. Es un tipo misceláneo en la elección de sus papeles, puesto que además de trabajar con Colomo, Trueba y demás entes “respetables”, también lo hizo para Mariano Ozores ("Disparate Nacional" y "Pelotazo Nacional"), Bigas Luna ("Las edades de Lulú"), e incluso Richard Benjamin en ¡¡"Los Cuasicops"!! Efectivamente, tenía un papel en aquella película. De hecho, cuando vi tamaña mugre en la época, creí reconocerle, pero pensé que sería un individuo que se le parecía. Ahora, tras mi consulta al Imdb, ya sé que era el.
Por otro lado, tenemos a los habituales de Franco: Antonio Mayans, Robert Long y Lina Romay, y los todo-terreno Barceloneses Víctor Israel y Mir Ferry ("Los Bingueros", "Yo, el Vaquilla", "Los últimos golpes del Torete"), el director de cine porno Ángel Mora y, cáguense en los calzones, un jovencísimo y torpón Sergi López intentando abrirse paso en el mundo del cine. Al año siguiente se convertiría en estrella en Francia.
Curiosa, genuina, actual y distinta, dentro de lo malo, de lo mejorcito que hizo Jess Franco. ¿Qué hubiera sido de él si en los noventa los oportunistas del momento no lo hubieran reivindicado?
Según datos del ministerio de cultura, "Downtown Heat" (título internacional, me encanta su musicalidad… díganlo en voz alta ¡Dauntaunjit!) la vieron en cines tan solo 166 personas, que dejaron en taquilla menos de 500€. Manda cojones.
Según datos del ministerio de cultura, "Downtown Heat" (título internacional, me encanta su musicalidad… díganlo en voz alta ¡Dauntaunjit!) la vieron en cines tan solo 166 personas, que dejaron en taquilla menos de 500€. Manda cojones.
viernes, 11 de julio de 2014
SENTADOS AL BORDE DE LA MAÑANA CON LOS PIES COLGANDO
Película rara donde las haya, producto de una transición
terrible, unión artística incomprensible
para mí, a todos efectos, pero por otro lado, filme que me resulta
interesantísimo (al menos el hecho de que esto exista) por lo bizarro de la
propuesta; Se trata de una película protagonizada por Miguel Bosé y “Martes ytrece”, que curiosamente, no se trata de un vehículo para el lucimiento del
primero como cantante, ni de los segundos como humoristas, sino que se trata de
una película en la que son actores, sin más.
Eso si, la película entera es una idea de Miguel Bosé y unos
cuantos amigos progres.
Miguel es un joven que un buen día da una patada a una casa
abandonada, y una vez dentro se trae a sus amigos artistas quienes la
reformarán con el fin de convertir aquello en un centro cultural donde harán
teatro para el barrio, servicio de bar, etcétera. El como se desenvuelven en el
día a día, las disputas entre ellos, y, lógicamente, el como esquivan los
envites del ayuntamiento que les quiere desalojar, conforman el grueso del argumento. Obviamente, estamos
ante una película sobre ocupas de la época, finales de los setenta. Es decir,
hippies. Todavía no habían llegado a españa los movimientos punk y/o Sking
Head.
Un argumento extraño en una película de desarrollo lento, en
el que se imponen largos planos secuencia donde, claramente, los actores están
improvisando. Diálogos interminables en los que se apuesta por un estilo de
actuar “natural”, que es por el que abogan hoy en día todos esos actorcillos de
tercera que pululan por ahí, y que no les sale ni la mitad de bien que a Miguel
Bosé, Josema, Millán y Fernando. Míticos se me antojan esos monólogos de Miguel
Bosé con tantas frases que se nota que son de su cosecha. El delirio absoluto.
Pero aparte del extraño argumento ¿Qué pintan ahí Martes y
trece? Pues resulta, que si a día de hoy se trata del grupo cómico más popular
que existe en España, es gracias a Miguel Bosé, que estando desde sus inicios
en la cresta de la ola de la popularidad, un buen día vio al grupo cómico – que
eran tres- actuando en alguna parte y decidió que, a esos tres tíos tan
graciosos que había conocido, tenía que ponerlos en el mapa. Así que, si, Bosé
es el descubridor de “Martes y Trece” e intuyo que, siendo esta película al fin
de al cabo un caprichito de la estrella musical, a la hora de elegir a los
actores, incluyó como compañeros de reparto a su nuevo descubrimiento, sus
nuevos amigos: Millán Salcedo, Josema Yuste y Fernando Conde, que sin ser
todavía “Martes y Trece” en la película ya realizan, en lo alto del escenario
de la casa ocupa, alguna que otra actuación al estilo que les hiciera famosos.
No obstante, no quedaba mucho para que el grupo cómico se hiciera popular en televisión, lo que conllevó que
tras el estreno de la película en cines, en cuyo cartel no salían acreditados
como “Martes y Trece”, sino con sus nombres,
en posteriores ediciones del soundtrack o de la cinta en vídeo, ya si
aparecieran en el cartel como formación. Huelga decir, que todavía no eran
conscientes de la que se les avecinaba, y todo gracias al empeño de Miguel Bosé
en llevarlos al estrellato.
“Sentados al borde de la mañana con los pies colgando”,
supuso la primera aparación oficial del grupo, dentro de una pantalla.
A Josema Yuste, todavía le dio tiempo después de hacer otro
papel en la ignota “Cocaína” antes de dedicarse al 100% al grupo cómico por el
que hoy es famoso.
Junto a ellos, en el reparto, Quique San Francisco, LuisCiges o Fernando Colomo, improvisando todos como alma que lleva el diablo.
En cuanto a la película, salvo por estas curiosidades y por
el hecho de que improvisan todos que da gusto, es bastante coñazo e insufrible.
De hecho, en la época, aún contando con un valor en alza como era Miguel Bosé
como perpetrador y protagonista, la película pasó bastante inadvertida metiendo
en las salas poco mas de 120.000 espectadores, lo que para los tiempos que
corren, quizás sería un taquillaza, pero en aquellos tiempos, rara era la
película de corte popular que no sobrepasaba los 600.00 espectadores, cifra
esta que solo alcanzan hoy en día películas tipo “The Amazing Spider-man 2”.
Tras este inciso, decir que la dirección recae en manos de
Antonio José Betancor, director que tampoco es que se prodigara demasiado, pero
que dejó para el recuerdo clásicos de nuestro cine tan reputados como
“Valentina” o su continuación “1919 Crónica del alba”, películas ambas de las
que guardo un grato recuerdo. Y no dirigió mucho más depués de eso.
En definitiva, “Sentados al borde de la mañana con los pies
colgando”, no es más que un capricho burguesito de Miguel Bosé, que en su afán
de resultar moderno y revolucionario, ideó esta película de mensaje utópico y
comunista.
Por otro lado, decir que el desenlace de la película me
llena de hiralidad y de nostalgia, ya que este está rodado en los Castillos de
San José de Valderas en Alcorcón, que veo a diario durante mis paseos, y rodado
durante una época en la que estaban abandonados, y en la que cualquiera podía
pasar a su interior, prácticamente derruido, precisamente por no tener dueño.
Lo que evoca directamente a mi infancia en la que, con amiguitos del barrio,
explorábamos el interior de estos castillos. Pero la nostalgia no es suficiente
para juzgar benévolamente esta morralla.
Malísima… pero ignota.
lunes, 21 de marzo de 2016
DE HOMBRE A HOMBRE
La transición, los ochenta, fueron sin duda una buena época
para el cine español. Una época dónde lo que se imponía en el cine era la
comedia porque, de siempre, y hasta los noventa, era lo que se nos daba bien en
este país.
Por un lado teníamos a Mariano Ozores, Pajares y Esteso, llevando a millones de espectadores, al pueblo llano, a las salas a la vez que
“El nuevo cine Español” capitaneado por Colomo y demás, se abría paso a codazos
con sus aires progresistas y culturetas, mirando por encima del hombro ese cine
populachero y comercial pero, ni por asomo, llegando a las cuotas de pantalla
como si llegaban las comedias de Ozores –y clones- .
Sin embargo, entre medias, había otro tipo de comedia muy de
los 80 que no dejaban ni un duro en pantalla, pero que eran verdaderamente
entretenidas, e incluso, si buscamos bien, superiores a muchas de ambos
subgéneros imperantes antes nombrados.
Películas como “La Miel” de Pedró Masó, “El poderoso influjo
de la Luna” de Antonio del Real, entrarían junto con esta “De hombre a hombre”
dentro de ese subgénero mediano.
Y quizás como consecuencia del éxito de aquellas películas
protagonizadas por el niño Lolo García –y en particular la títulada “Dos y dos,
cinco”, pese a que no fue un taquillazo- Tito Fernández se dirige un
guion de Joaquín Oristell, en el que se le coloca como compañero de tropelías
de Fernando Fernán Gómez, al niño Jorge Nogera, ni la mitad de guapo, salao y
gracioso que Lolo García y se cuenta la historia de un anciano que ante la
irremediable decisión de sus familiares de meterle en el asilo, decide fugarse
y vivir de ocupa en Galerías Preciados de Madrid (lo que ahora es la Fnac). Por
otro lado, como sus papás curran demasiado y parece que no le hacen mucho caso,
decide escaparse cuando le llevan de compras a dichos almacenes comerciales,
quedandonse dentro del edificio y entablando amistad con el anciano. Un grupo
de carteristas capitaneado por Fernando Conde –el tercero de “Martes y 13” que
tenía un gracejo increíble y que no tuvo suerte en el cine tras su salida del
grupo cómico. Demasiado encasillado, quizás- y un Súper Héroe llamado Silvestre
Tex, serán parte importante de una trama en la que el niño protagonista, acaba
siendo secuestrado.
Lejos de ser cine infantil ya que está destinada a un
público meramente adulto, si que formaría parte de ese subgénero tan de la
época al que llamaremos “pelis de niño con viejo” al que también se
adscribiría, por ejemplo “Mi amigo el Vagabundo” de Jacinto Molina.
Se trata de una película muy agradable y entretenida, que al
contrario que sus coetáneas, apenas congregó 40.00 espectadores a las salas,
que hace pensar, como si de un abuelo cebolleta me tratase, que los ochenta
fueron unos años de gran creatividad que dio a nuestra cinematografía un tipo
de cine único, que jamás volveremos a ver. Y es que lo de ahora… pues como que
ni de forma, ni de modo.
sábado, 3 de marzo de 2012
EL PECADOR IMPECABLE
De primeras, al ver esta película, intuyes que es una película de los ochenta. Si no sabemos muy bien el año, calculamos que de 1982 aproximadamente. Pero no, es de 1987, aunque lo pobre de su factura apunta que podía haber sido rodada incluso en los setenta. En cualquier caso, da igual.Ese año, Almodóvar ya despuntaba, Fernando Colomo y Trueba, ya apestaban la cartelera con sus comedias Madrileñas para post-modernos de postín, y la comedia más chusca había quedado relegada al video-club. Sin embargo, todavía había lugar en la cartelera para alguna producción que, sin saber muy bien por qué, se colaba en la cartelera española, e incluso alcanzaba “cierta notoriedad”
La peli cuenta la historia de un casi sesentón virgen y reprimido, que tras el fallecimiento de su madre, rompe a follar con toda viuda que se le cruza en su camino y esquiva los envites de su prima, que solo quiere casarse con el y heredar el negocio familiar, una zapatería.
Cutre, sórdida, chabacana, misógina y de un mal gusto sobrecogedor. Una maravilla.
Su director, el mediocre Augusto Martínez Torres, debutaba como realizador adaptando una novela erótica del mismo título perpetrada por Manuel Hidalgo. La novela era aún más chunga que la película, y al adaptarla libremente, Torres suavizó todo lo centrado en el erotismo, porque si no, según el, le habría salido una película porno.
Ni a erótica llega, pero lo cierto es que es tan torpe y básica tanto en la dirección como en el montaje, tan lúgubre la iluminación y tan de estar por casa el sonido directo, que lo que le salió es un pastiche de muchas cosas, y todas malas, dentro de un cine que estaba dando sus últimos coletazos.
Sin embargo, que quieren que les diga… a mí me encanta.
En el reparto, grandes de la interpretación que no han tenido relevo generacional como Alfredo Landa, Saza, Rafaela Aparicio, Chus Lampreave, Julieta Serrano, Zori, Rafael Alonso, y la futura “Scream Queen” Diana Peñalver.
Hay que verla, joder.
lunes, 4 de enero de 2016
BAJO EN NICOTINA
“Bajo en nicotina”, basada libremente en la novela “El Angel
Triste” de Carlos Pérez Merinero cuenta la historia de un cinéfilo totalmente
metido en el mundo del vídeo domestico, que alquila sin orden ni concierto
cintas betamax en el videoclub y que mantiene una relación un tanto turbia con
la dependienta de una perfumería, mientras maldice su suerte porque las
continuas peleas de la pareja del piso de al lado, no le permiten ver las
películas tranquilamente. Un buen día, sin motivo aparente, la cosa se va complica
de manera sorprendente en la vida de este individuo, y no puedo seguir contando
más porque esto daría lugar a spoilers que destrozarían la película, cuya
manera ideal de disfrutarla, es verla sin saber muy bien de que va la cosa, tal
y como a mí me ocurrió.
Podemos decir que se trata de una película amateur rodada en
35 mm. y con posterior distribución en cines. Cine aficionado realizado por un
currela del cine, que utiliza muy bien utilizados sus casi inexistentes medios
para crear una obra que se acerca a la vanguardia por como se utilizan esos
pocos medios; sería vanguardia accidental, por llamarlo de algún modo. La
ambientación, la inquietud que trasmiten muchos de sus planos, nos recuerdan al
“Arrebato” de Zulueta, sin pretenderlo en absoluto Artigot, ya que, nada más
lejos de su intención, esto sería una suerte de melodrama, quizás de comedia
negra cuyas influencias más inmediatas, no son, desde luego, el cine de
vanguardia y/o experimental; son en cine de género. Pero la pobreza de medios,
la hacen parecer una turbia película experimental, casi underground, meramente
“Trash”.
Aquí no hay más que
una cámara de 35 mm., las facultades como director de fotografía de Artigot y
una serie de actores trabajando en su película prácticamente gratis.
Claro, Artigot, tras tantísimos años trabajando en el cine
español, hizo amistad con sus estrellas más rutilantes, y al rodarse la
película en 1984, en Madrid y con papeles protagonistas para Oscar Ladoire,
Silvia Munt, Antonio Resines o Asumpta Serna, actores estos asociados a aquel
movimiento ochentero y medio intelectualoide que llamaron “Nueva Comedia
Madrileña” y que cultivaban directores como Fernando Trueba o Fernando Colomo,
le colgaron a “Bajo en nicotina” el San Benito de pertenecer a dicho
movimiento, cosa que cabreó a Artigot negándolo rotundamente, afirmando que
todo eso son gilipolleces, y que su película en todo caso, sería una comedia
despiadada y carente de toda moral, una exhibición de cinismo con las miras más
puestas en Fassbinder que en cualquier comedia Madrileña contemporánea.
Sea como fuere, el aprovechar de esa manera los pocos medios
de los que disponía, el no querer abarcar más en una producción con tres
pesetas (un mal muy común en las pelis españolas de bajo presupuesto), esa
coherencia, y lo entretenida y fascinante que resulta visualmente la película,
le otorgan un estilo único y propio difícil de ver en cualquier película
española de cualquier época.
Artigot, cuando escribía el guión, tenía en mente que la
protagonizara José Sacristán – que finalmente aparece en la película, a través
del televisor donde el personaje de Ladoire devora películas alquiladas en un
videoclub-, pero el actor, que ya iba adquiriendo prestigio y pedantería,
rechazó el papel alegando que no le gustaba el personaje, que, en definitiva,
era muy cruel, misógino e hijo de puta y no quiso interpretarlo. Yo creo que
mejor con Ladoire.
La película consiguió discreta distribución en salas de
Madrid y Barcelona donde la vieron cerca de 80.000 espectadores, lo que ya
resultó rentable, y más todavía en su explotación en vídeo donde funcionó más
que bien.
Junto a los ya citados, tenemos en el reparto a un
inquietante Paco Cecilio, Luis Ciges, Chus Lampreave, Guillermo Montesinos o Emilio Fornet. Ahí es nada.
Una auténtica maravilla.
sábado, 19 de abril de 2008
TRUHANES
Una de las grandes obras maestras de la comedia española contemporánea, debut como director de Miguel Hermoso y, probablemente, una de las mejores películas, independientemente del género, de la historia del cine español.
"Truhanes" cuenta la historia de dos hombres, Ginés (Paco Rabal) y Gonzalo (Arturo Fernández), que, por avatares del destino, se encuentran entre las paredes de la prisión de Carabanchel. Gonzalo es un criminal de guante blanco que se dedica a la compraventa de antigüedades –robadas- y ha sido traicionado por sus socios, mientras que Ginés, Natural de Bullas, provincia de Murcia, es un carterista de tres al cuarto que ha dado con sus huesos en la cárcel en más de una ocasión. El caso es que estando ambos allí, deciden llegar a un trato; Ginés cuidará de Gonzalo durante su estancia en la cárcel, ya que al primero por experiencia y veteranía se le respeta, mientras que el segundo es carne de cañón en presidio. A cambio, una vez fuera, Gonzalo ayudará a Ginés a reemprender su vida.
Cuando Ginés sale de la cárcel y da con el paradero de su compañero Gonzalo, las más disparatadas situaciones cómicas, pero también dramáticas, se sucederán a lo largo del metraje.
El gen de esta película se remonta a 1974, año este en el que tras finalizar sus estudios en la escuela de cine, el director Miguel Hermoso, es condenado a prisión al ser detenido cuando filmaba una manifestación. Se le acusaba de propaganda ilegal. Al morir Franco, hubo una amnistía por lo que los presos condenados en esos cargos saldrían en libertad, pero al director le dio tiempo a pasar allí un mes y medio (de los ocho previstos). La sensación nada más entrar, la soledad del primer día –y que tan bien reflejada se ve en la película con la llegada a prisión del personaje de Arturo Fernández durante los títulos de crédito-, fueron los sentimientos que, años después, motivaron el rodaje de esta película.
Hermoso estuvo trabajando en publicidad durante una década que le sirvió de auténtica escuela a la hora de abordar un rodaje, en contraposición a la escuela de cine. Así que, tras tener los huevos pelados de rodar spots, decidió que ya era hora de ejecutar su primer largometraje, este “Truhanes”.
Eran tiempos en los que para rodar una película bastaba con que la idea gustara a un productor que decidiera financiarla. Hermoso movió su guion por las diferentes productoras. Pero la cosa no acababa de cuajar. Se llegó a decir incluso que un argumento como ese no funcionaría en taquilla a no ser que lo protagonizaran Pajares y Esteso, amos de la taquilla en aquellos días. Sin embargo, Miguel Hermoso tenía claro quiénes serían sus protagonistas; Paco Rabal y Arturo Fernández.
Como fuere, y ante las dificultades presentadas por los diferentes productores/inversores, Hermoso decidió producir él mismo su película, por lo que se vio obligado a invertir en ella todos sus ahorros y a empeñar sus bienes, hogar incluido y, así, afrontar los riesgos que una producción conlleva. Claro, en la época no era tan difícil como lo pueda ser hoy exhibir después la película producida, máxime cuando se cuenta con dos estrellas en el reparto.
Por otro lado, tampoco fue fácil lidiar con el ego de sus actores protagonistas que no eran conscientes de que iban a enfrentarse a papeles imprescindibles en sus respectivas filmografías. Es por ello que tanto Paco Rabal, como su hermano Damián, a su vez su representante, mostraban cierta reticencia ante el papel de Ginés ya que este requería que Rabal no luciera el peluquín que acostumbraba a ponerse normalmente, y es que aunque el actor ya era un hombre maduro, todavía tenía arraigado el concepto de galán clásico en sus entrañas; Rabal. Aparecer calvo en la película, pensaba él, acabaría con esa posición. Finalmente, y muy acertadamente, accedió.
Por su parte, Arturo Fernández – más galán todavía- se encontró, por un lado, con que la imagen de hombre guapo y casi aristocrático que daba en el teatro podía verse afectada en una película en la que no solo tenía que aparecer en muchas de sus secuencias desaseado y mal vestido, sino que en algunas de ellas, cual mamarracho, debía aparecer con un traje varias tallas más pequeñas, y no es que sean manías de típico actor presumido, es que Arturo Fernández vivía de interpretar al galán de toda la vida. El público no quería verle en otro rol, por lo que tenía mucho que perder y nada que ganar en el caso de que la película resultara un fiasco. Pero ese no era el mayor inconveniente, el mayor problema era compartir protagonismo con Paco Rabal, al que Fernández consideraba un maestro. No puede ser que haya dos gallos en el mismo gallinero. Fernández pensaba que, a pesar de contar con mayor número de escenas que su partenaire, el papel que se iba a calar en el público era el de Paco Rabal quien se llevaba las mejores escenas en un guion y, por tanto, acabaría eclipsándole. El propio Miguel Hermoso fue a verle al teatro donde trabajara durante le pre producción y le convenció para hacer la película alegando que, efectivamente, Rabal era el motor, uno que de ninguna manera arrancaría sin la gasolina de Arturo Fernández. Y ambos actores están memorables en la película, si bien es cierto que mientras los premios y honores se los llevaba Paco Rabal, hay quien decidió premiar a Arturo Fernández por su labor, cosa que el actor agradeció y no se esperaba. A título personal, decir al respecto que abogamos desde estas ciber páginas por la actuación de Fernández por encima de la de Rabal. Los dos están muy bien, pero el primero está de antología.
Claro que el nivel actoral de la película es muy grande a todos los niveles, y si memorables están Rabal y Fernández, no menos los secundarios, sobretodo en la primera parte, que transcurre en prisión, con las presencias del eterno Emilio Fornet, Fernando Bilbao o sobretodo, Rafael Díaz, visto en películas como “¡Ay, Carmela”, secundario invisible del cine español que compone el personaje de “El Lupas”, un entrañable intelectual del lumpen, que roba escenas a cada momento que puede.
Todos estos secundarios brillan con luz propia en todas las escenas en las que sus personajes se reúnen en la celda de uno u otro y tienen conversaciones totalmente improvisadas que dotan de frescura, química y saber hacer el material.
Por otro lado, y directamente del cine folclórico y sugerida para el papel por el propio Paco Rabal, Lola Flores interpreta a la hermana de Ginés, que en un momento, y debido a una fuga, da cobijo en su hogar a nuestros protagonistas. Flores, que nunca había tenido la oportunidad de actuar más allá de ser el icono que era, en una película para su propio lucimiento, demuestra que todo el poderío que tenía como folclórica, lo tenía también como actriz ajena a todo eso, dando unos resultados, en sus escasos minutos en pantalla, del todo eficaces y a la altura de sus protagonistas.
La película se estrenó en el festival de San Sebastián, cosechando un gran éxito. Por aquel entonces el evento no tenía películas a competición, así que "Truhanes" tan solo recibió el premio que le otorgó el público a Paco Rabal en calidad de actor, pero fue un pistoletazo de salida que, aunque de discreto paso por salas congregando unos 350.000 espectadores, sí hizo ganar mucho dinero a su productor/director con la venta a, prácticamente, todas las televisiones del país que la emiten con mucha regularidad, y a otras tantas Europeas, convirtiéndose así en un film muy popular con el paso de los años.
Y es que “Truhanes” sería una rara avis de los ochenta, que vino a las pantallas en tiempos en que en el cine español lo que primaba era una comedia de corte erótico y sexual, ya viniera este desde el desmadrado objetivo de Mariano Ozores, o desde el de los miembros adscritos a la nueva comedia madrileña capitaneada por Colomo o Trueba. “Truhanes”, que también tendría sus dosis de destape, sin embargo, era un tipo de película extraña y distinta que no se adscribía a ninguna de las dos corrientes imperantes. A eso añádanle que, sí, se trata de una comedia, pero con pinceladitas dramáticas y que mezcla subgéneros teniendo gotitas de cine policiaco, obviamente del cine presidiario y, considerando en cuenta los personajes secundarios que pululan por la cárcel, muy extraño es que no aparezca en esos listados de cine quinqui elaborados por fans del subgénero empeñados en incluir cualquier película en la que aparezca un delincuente. El resultado final de este cóctel de conceptos es verdaderamente divertido y, por muchos años que pasen, la película nunca se queda desfasada u obsoleta, asimismo, posiblemente sea una de las comedias españolas menos disparatadas que, sin embargo, mayor número de carcajadas provoca al espectador, y que deja ese regustillo tan agradable en el subconsciente colectivo.
Por otro lado, técnicamente esta bien rodada, mejor montada y de corte clásico, un ejemplo de ritmo del mismo modo que muestra, también de forma maestra, como hilar tramas y subtramas y que todas acaben desembocando en el mismo lugar. Un trabajo bien hecho.
Miguel Hermoso, que sería un solvente director a lo largo de su carrera con buenos films a sus espaldas como “Como un relámpago” o “La Luz Prodigiosa” y films directamente malos como el fallido biopic sobre la anteriormente mentada Lola Flores “Lola, La película”, jamás volvería a rodar nada semejante.
El prestigio, a posteriori, generó que diez años después se produjera una serie de 26 episodios basada en la película y en la que repetirían los personajes principales, Ginés y Gonzalo, nuevamente interpretados por Paco Rabal y Arturo Fernández, en una suerte de sitcom a la española, un vodevil televisivo que no casaba nada con los personajes y dirigiría el propio Miguel Hermoso. Sin ser algo que no pueda disfrutarse en una tarde tonta, comparada con la película resulta infinitamente inferior.
"Truhanes" cuenta la historia de dos hombres, Ginés (Paco Rabal) y Gonzalo (Arturo Fernández), que, por avatares del destino, se encuentran entre las paredes de la prisión de Carabanchel. Gonzalo es un criminal de guante blanco que se dedica a la compraventa de antigüedades –robadas- y ha sido traicionado por sus socios, mientras que Ginés, Natural de Bullas, provincia de Murcia, es un carterista de tres al cuarto que ha dado con sus huesos en la cárcel en más de una ocasión. El caso es que estando ambos allí, deciden llegar a un trato; Ginés cuidará de Gonzalo durante su estancia en la cárcel, ya que al primero por experiencia y veteranía se le respeta, mientras que el segundo es carne de cañón en presidio. A cambio, una vez fuera, Gonzalo ayudará a Ginés a reemprender su vida.
Cuando Ginés sale de la cárcel y da con el paradero de su compañero Gonzalo, las más disparatadas situaciones cómicas, pero también dramáticas, se sucederán a lo largo del metraje.
El gen de esta película se remonta a 1974, año este en el que tras finalizar sus estudios en la escuela de cine, el director Miguel Hermoso, es condenado a prisión al ser detenido cuando filmaba una manifestación. Se le acusaba de propaganda ilegal. Al morir Franco, hubo una amnistía por lo que los presos condenados en esos cargos saldrían en libertad, pero al director le dio tiempo a pasar allí un mes y medio (de los ocho previstos). La sensación nada más entrar, la soledad del primer día –y que tan bien reflejada se ve en la película con la llegada a prisión del personaje de Arturo Fernández durante los títulos de crédito-, fueron los sentimientos que, años después, motivaron el rodaje de esta película.
Hermoso estuvo trabajando en publicidad durante una década que le sirvió de auténtica escuela a la hora de abordar un rodaje, en contraposición a la escuela de cine. Así que, tras tener los huevos pelados de rodar spots, decidió que ya era hora de ejecutar su primer largometraje, este “Truhanes”.
Eran tiempos en los que para rodar una película bastaba con que la idea gustara a un productor que decidiera financiarla. Hermoso movió su guion por las diferentes productoras. Pero la cosa no acababa de cuajar. Se llegó a decir incluso que un argumento como ese no funcionaría en taquilla a no ser que lo protagonizaran Pajares y Esteso, amos de la taquilla en aquellos días. Sin embargo, Miguel Hermoso tenía claro quiénes serían sus protagonistas; Paco Rabal y Arturo Fernández.
Como fuere, y ante las dificultades presentadas por los diferentes productores/inversores, Hermoso decidió producir él mismo su película, por lo que se vio obligado a invertir en ella todos sus ahorros y a empeñar sus bienes, hogar incluido y, así, afrontar los riesgos que una producción conlleva. Claro, en la época no era tan difícil como lo pueda ser hoy exhibir después la película producida, máxime cuando se cuenta con dos estrellas en el reparto.
Por otro lado, tampoco fue fácil lidiar con el ego de sus actores protagonistas que no eran conscientes de que iban a enfrentarse a papeles imprescindibles en sus respectivas filmografías. Es por ello que tanto Paco Rabal, como su hermano Damián, a su vez su representante, mostraban cierta reticencia ante el papel de Ginés ya que este requería que Rabal no luciera el peluquín que acostumbraba a ponerse normalmente, y es que aunque el actor ya era un hombre maduro, todavía tenía arraigado el concepto de galán clásico en sus entrañas; Rabal. Aparecer calvo en la película, pensaba él, acabaría con esa posición. Finalmente, y muy acertadamente, accedió.
Por su parte, Arturo Fernández – más galán todavía- se encontró, por un lado, con que la imagen de hombre guapo y casi aristocrático que daba en el teatro podía verse afectada en una película en la que no solo tenía que aparecer en muchas de sus secuencias desaseado y mal vestido, sino que en algunas de ellas, cual mamarracho, debía aparecer con un traje varias tallas más pequeñas, y no es que sean manías de típico actor presumido, es que Arturo Fernández vivía de interpretar al galán de toda la vida. El público no quería verle en otro rol, por lo que tenía mucho que perder y nada que ganar en el caso de que la película resultara un fiasco. Pero ese no era el mayor inconveniente, el mayor problema era compartir protagonismo con Paco Rabal, al que Fernández consideraba un maestro. No puede ser que haya dos gallos en el mismo gallinero. Fernández pensaba que, a pesar de contar con mayor número de escenas que su partenaire, el papel que se iba a calar en el público era el de Paco Rabal quien se llevaba las mejores escenas en un guion y, por tanto, acabaría eclipsándole. El propio Miguel Hermoso fue a verle al teatro donde trabajara durante le pre producción y le convenció para hacer la película alegando que, efectivamente, Rabal era el motor, uno que de ninguna manera arrancaría sin la gasolina de Arturo Fernández. Y ambos actores están memorables en la película, si bien es cierto que mientras los premios y honores se los llevaba Paco Rabal, hay quien decidió premiar a Arturo Fernández por su labor, cosa que el actor agradeció y no se esperaba. A título personal, decir al respecto que abogamos desde estas ciber páginas por la actuación de Fernández por encima de la de Rabal. Los dos están muy bien, pero el primero está de antología.
Claro que el nivel actoral de la película es muy grande a todos los niveles, y si memorables están Rabal y Fernández, no menos los secundarios, sobretodo en la primera parte, que transcurre en prisión, con las presencias del eterno Emilio Fornet, Fernando Bilbao o sobretodo, Rafael Díaz, visto en películas como “¡Ay, Carmela”, secundario invisible del cine español que compone el personaje de “El Lupas”, un entrañable intelectual del lumpen, que roba escenas a cada momento que puede.
Todos estos secundarios brillan con luz propia en todas las escenas en las que sus personajes se reúnen en la celda de uno u otro y tienen conversaciones totalmente improvisadas que dotan de frescura, química y saber hacer el material.
Por otro lado, y directamente del cine folclórico y sugerida para el papel por el propio Paco Rabal, Lola Flores interpreta a la hermana de Ginés, que en un momento, y debido a una fuga, da cobijo en su hogar a nuestros protagonistas. Flores, que nunca había tenido la oportunidad de actuar más allá de ser el icono que era, en una película para su propio lucimiento, demuestra que todo el poderío que tenía como folclórica, lo tenía también como actriz ajena a todo eso, dando unos resultados, en sus escasos minutos en pantalla, del todo eficaces y a la altura de sus protagonistas.
La película se estrenó en el festival de San Sebastián, cosechando un gran éxito. Por aquel entonces el evento no tenía películas a competición, así que "Truhanes" tan solo recibió el premio que le otorgó el público a Paco Rabal en calidad de actor, pero fue un pistoletazo de salida que, aunque de discreto paso por salas congregando unos 350.000 espectadores, sí hizo ganar mucho dinero a su productor/director con la venta a, prácticamente, todas las televisiones del país que la emiten con mucha regularidad, y a otras tantas Europeas, convirtiéndose así en un film muy popular con el paso de los años.
Y es que “Truhanes” sería una rara avis de los ochenta, que vino a las pantallas en tiempos en que en el cine español lo que primaba era una comedia de corte erótico y sexual, ya viniera este desde el desmadrado objetivo de Mariano Ozores, o desde el de los miembros adscritos a la nueva comedia madrileña capitaneada por Colomo o Trueba. “Truhanes”, que también tendría sus dosis de destape, sin embargo, era un tipo de película extraña y distinta que no se adscribía a ninguna de las dos corrientes imperantes. A eso añádanle que, sí, se trata de una comedia, pero con pinceladitas dramáticas y que mezcla subgéneros teniendo gotitas de cine policiaco, obviamente del cine presidiario y, considerando en cuenta los personajes secundarios que pululan por la cárcel, muy extraño es que no aparezca en esos listados de cine quinqui elaborados por fans del subgénero empeñados en incluir cualquier película en la que aparezca un delincuente. El resultado final de este cóctel de conceptos es verdaderamente divertido y, por muchos años que pasen, la película nunca se queda desfasada u obsoleta, asimismo, posiblemente sea una de las comedias españolas menos disparatadas que, sin embargo, mayor número de carcajadas provoca al espectador, y que deja ese regustillo tan agradable en el subconsciente colectivo.
Por otro lado, técnicamente esta bien rodada, mejor montada y de corte clásico, un ejemplo de ritmo del mismo modo que muestra, también de forma maestra, como hilar tramas y subtramas y que todas acaben desembocando en el mismo lugar. Un trabajo bien hecho.
Miguel Hermoso, que sería un solvente director a lo largo de su carrera con buenos films a sus espaldas como “Como un relámpago” o “La Luz Prodigiosa” y films directamente malos como el fallido biopic sobre la anteriormente mentada Lola Flores “Lola, La película”, jamás volvería a rodar nada semejante.
El prestigio, a posteriori, generó que diez años después se produjera una serie de 26 episodios basada en la película y en la que repetirían los personajes principales, Ginés y Gonzalo, nuevamente interpretados por Paco Rabal y Arturo Fernández, en una suerte de sitcom a la española, un vodevil televisivo que no casaba nada con los personajes y dirigiría el propio Miguel Hermoso. Sin ser algo que no pueda disfrutarse en una tarde tonta, comparada con la película resulta infinitamente inferior.
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