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lunes, 25 de septiembre de 2017

MANOS DE SEDA

Una pava de buena familia, ya entrada en años, está casada con un déspota que la ningunea, además de ver porno –sin masturbarse- y llegar a asegurarle que las chicas del porno que ve no le dan la brasa como si se la da ella. Harta de esta situación, se tira a un pasmarote que previamente le roba la cartera, se enamora de él, y como este es un viva la virgen que juega al poker, juntos planean desplumar al borde del marido ya que considera que el tipo con problemas para  hablar que ha conocido en un portal mientras la robaba,  es mejor que el marido que parece el mismísimo Dr. Muerte de lo malo y canalla que es. Todo ello descifrado como en un jeroglífico, durante la hora y veinte que dura la película. La hora y veinte más dura de mi vida.
Película Española de finales de los 90, adscrita al thriller, género este que siempre se ha dado muy mal en nuestro país, y del que se estrenaron como churros durante esos años, finales de los 90, primeros de los 2000, una variada paleta de títulos.
Son todas esas películas muy malas; la que gozó de más prestigio y popularidad, “La caja 507” en realidad está sobrevaloradísima. “X”, era más mala que un dolor. E incluso cuando se mezclaba el género con la comedia, con “Dos tipos duros”, el resultado era un espanto.  Y en todas ellas estaba Antonio Resines.
“Manos de Seda”, sin embargo, destaca y brilla con luz propia por encima de todas aquellas basuras, en primer lugar, porque en ella no está Antonio Resines, y en segundo porque probablemente, no haya encontrado jamás peor película que esta. Pero olvídense del concepto “Malas que son buenas” (o como el título de nuestro Pest Seller reza, “Malas pero divertidas”). Les juro que me ha costado sangre, sudor y lágrimas acabar el visionado de esta cosa tan insulsa.  Es insufrible: Desprovista del más mínimo carisma, con unos actores que están pensando en el cheque, dirigidos con el ojal, y soltando por esa bocaza de mala manera, las frases y diálogos más estúpidos del cine Español.
Jorge Sanz, el protagonista, aparte de lo mal actor que ha sido siempre, está espantoso. No llega a las cotas de patetismo que alcanzó cuando su personaje se emborrachaba en “Tocando Fondo” (que, paradójicamente, aquella película estaba muy bien), pero no se me ocurre peor actor para que interprete a un carterista que sobrevive shirlando carteras y jugando timbas de poker. Es tan malo, que hasta se nota que está recordando las frases mientas interpreta.
Su partenaire, Carmen Elias, es bastante mejor actriz que Sanz, pero como toda la existencia de su personaje, es ridícula, pues ella, pobrecita mía, parece imbécil.
Por no hablar del que interpreta al marido, Puede que sea Jorge de Juan, porque no le he visto en muchas más pelis. Pues como sea, este maromo, para que veamos que es malo habla siempre como entre dientes, y forzando la voz, poniendola ronca como si fuera un Viggo Mortensen cualquiera en “Alatriste”.
Y los exteriores de la película, de barrios perifericos imprecisos, son los más feos que he visto en mi vida.
Espantosa, espantosa, y espantosa.
La película, por su época, está rodada en 35 mm. pero mientras la veía, me la imaginaba filmada en vídeo, que es como se rodaría a día de hoy,  y por una mera cuestión de texturas, se notaría el poco talento que tiene, no ya el director, sino todo el equipo, a la hora de hacer este despropósito. El 35 mm. camuflaba bastante la incompetencia de los cineastas.
A mi me gusta ver películas malas y Españolas cuando me reuno con los compañeros de este blog (Disfrutamos mucho en su momento de “88” y disfrutamos de “Skizo”), pero mucho me temo, que “Manos de Seda”, vista en parroquia, hubiera sufrido una pulsación de “Stop”, pasados diez minutos. Casi mejor solo, al menos, para poder llevarme las manos a la cabeza con este “WTF”, la he visto entera.
La película la distribuyó Columbia Pictures, el director César Martínez Herrera asegura que gran parte de los 180 millones de pesetas que costó (no se lo creen ni ellos) se fue en promoción, y consiguió congregar 48.000 espectadores en las salas de cine.
Teniendo en cuenta que los primeros 40.000 son de entradas compradas por la misma compañía para cubrir la cuota, saquen sus propias conclusiones.
Por todo ello, merece la pena echarle un vistazo, que es lo mínimo que merece una película. Por espantosa que sea.

miércoles, 30 de mayo de 2012

NI PIES, NI CABEZA

Otras veces, he reivindicado aquí el cine de Antonio del Real, por desfasado, por españolo, por cafre…y su actitud por permanecer inasequible al desaliento. De hecho, esta misma semana se ha estrenado en dos o tres cines su ultima película, la cual he ido a consumir con ilusión a una sala, junto a los consabidos dos o tres espectadores que suponía iba a haber en ella.
Tras ver “Ni pies, ni cabeza”, sigo reivindicando a este director, claro que si… pero he depositado en el tantas expectativas, que esta vez, me he decepcionado, aunque solo sea a medias.
Y es que en esta ocasión, basándose en una novela, nos cuenta la historia de dos desastrosos guardias civiles, que, en pleno estado etílico escaqueándose de sus obligaciones, atropellan un cuerpo decapitado, al que también le faltan los pies – de ahí la coña, hasta la desesperación, del título- hecho del cual informan a sus superiores. Cuando esto sucede, se monta el pifostio al descubrir que el cuerpo sin vida, es el de otro guardia civil, miembro además del sindicato. Comienza la investigación, y el lío.
Bueno, pues la película tiene conceptos y momentos muy buenos, que se van a la mierda con las cagadas, casi más numerosas que los aciertos. Empecemos por lo malo: El metraje… casi dos horas de duración. El mensaje: una reivindicación del cuerpo de Guardia Civil, que trata por todos los medios limpiar la imagen de estos, exponiendo todas las corruptelas conocidas y contrarrestándolo con la “sólida” teoría de que por cuatro sin vergüenzas que hay en el cuerpo, hay cientos de hombres buenos que se dejan la piel por la patria, la ley y el orden.
En un alarde alarmantemente “Torrentiano”, Del Real, llena su película de cameos de personajes de la farándula, así, vemos a los “Chanantes” Ernesto Sevilla, Joaquín Reyes y Raúl Cimas (¡que cagada, Antonio del Real, que cagada!), y a Ivonne Reyes o Ángel Nieto. Por otro lado, desconozco el vinculo que une al director con el mundo de la televisión, pero poner de protagonista al presentador de “Pasapalabra” (Creo que es ese el programa) es una cagada aún más gorda, no ya porque le asociemos con el medio para el que trabaja, sino porque además, resulta ser un actor pésimo.
Los otros dos protagonistas, los Guardias Civiles desencadenantes de todo el entuerto, dos auténticos nastuerzos, no son otros que uno de los actores fetiche del director, Miguel Hermoso hijo, actor este, que si ya es malo a más no poder, intentado hacer gracia consigue momentos de absoluta vergüenza ajena… pero no más que su compañero, Alejandro Tous, que insulta directamente al arte de la interpretación, con su inutilidad. Este tipo, además, se hizo popular por ser el hermano de uno de los concursantes de una de las ediciones de “Gran Hermano” ¿Qué pinta en la película? Solo Dios lo sabe. Ritmo, tempo y entretenimiento, brillan por su ausencia durante toda la película, resultando por momentos, incluso aburrida.
Ahora vamos con lo bueno, que no compensa el cúmulo de mierdas. La película empieza muy, muy bien, como una comedia negra con severos toques de escatología y gore (el cuerpo sin cabeza, ni pies por un lado, y la misma cabeza cortada por otro, son tan protagonistas de la película, como muchos de los actores), que empieza completamente desmadrada, prometiendo mucho, para luego pasar a ser una peli policíaca, sin más, que aún con escenas bien filmadas, incluso de acción, se va deshaciendo de los gags, en pro del dramatismo y la seriedad más pasmosa. El final, es durillo.
Antonio del Real, sigue apostando por un estilo de comedia deudora de la españolada de los 70 y 80, con sus gags tontorrones, sus machiruladas y sus salidas de tono, lo cual me parece muy bien. Pero en definitiva, no se termina de hacer con el material, quiere experimentar cuando tenía que tenerlo ya todo claro, y convierte algo que podía haber hecho muy bien, en una bazofia que tendrá el destino que se merece: el ninguneó y el olvido.
De todos modos, yo sigo admirando a Antonio del Real. Me gusta su estilo y sus agallas para según que cosas. Lo que pasa, es sencillamente, que le ha salido una mierda de película.
En el nutrido reparto, contamos también, con la presencia de Antonio Resines, Don Mauro (Quizás lo mejor de la película y el único actor que lo hace bien…) Jorge Sanz, Jaidy Michel…. Pero ni por esas… a quienes estos no le tiren para atrás, claro… que son a los que se pretende atraer…

lunes, 10 de abril de 2023

ENTRE TODAS LAS MUJERES

Rodada en Bilbao, de producción eminentemente vasca y basada en una novela, “Los cuerpos de las nadadoras” de Pedro Ugarte que asimismo co-firma de la paternidad del guion, “Entre todas las mujeres” es una comedia ligera que gira en torno a un individuo que, asociado a un estafador, acaba en prisión por culpa de los negocios ilegales de este y desde allí rememora sus relaciones sexuales y/o amorosas con las mujeres. Sin más.
Una sucesión de secuencias en las que Ramón Barea interactúa con féminas o con extraños poetas pervertidos que le dan al sado maso.
Yo a esta película la descubrí una tarde tonta, dando una vuelta nada menos que por un “Boom Vídeo” a finales de los 90. Entonces veía todo lo que oliera a comedia española y “Entre todas las mujeres”, aunque a priori no me decía nada, apestaba a eso. Sobre todo destacaba su cartel, cutre donde los haya, y la presencia en el reparto de Antonio Resines, aunque el protagonista era Ramón Barea. La alquilé, la vi, recuerdo que no me pareció mal y le perdí la pista.
Lo curioso del asunto es que se trataba de una película muy rara de la que no había escuchado hablar previamente. Y después del visionado de aquel alquiler, tampoco volvería a hacerlo jamás. Si en mis conversaciones alguna vez la saqué a relucir, nadie tenía ni pajolera idea de lo que les estaba diciendo.
El otro día me acordé de ella y, no sin cierta dificultad, me agencié un ripeo del VHS de la época con la firme decisión de volver a verla, porque lo cierto es que ya no me acordaba de ni un solo fotograma de la película. Solo que en su momento me había gustado ligeramente. No me dejó indiferente de alguna manera.
Y resulta que se trata de una película bastante ignota, que tuvo ciertos problemas de promoción y propiciaron que en su estreno, allá en 1998, se lanzara totalmente de tapadillo, en un año en el que la entrada media de una película española casi llegaba al medio millón de espectadores. Esta no llegó ni a los ochocientos. O sea, que se trata de una de las películas “de verdad” con menos recaudación de nuestra historia. Y hago hincapié en lo de “de verdad”, porque en la era digital han llegado a las pantallas un buen número de títulos de carácter amateur que se han llegado a estrenar en salas con cifras estúpidas de uno o dos espectadores, ya que ahora es más fácil exhibirlas (otra cosa sería la promoción y demás). Pero “Entre todas las mujeres” es una de verdad, de industria, y rodada en los 35mm cada vez más añorados por mí. No la vio nadie.
Al margen de los tejemanejes de pudiera (o no) tener la productora, es curioso lo escondida que ha estado siempre esta película. Cuando la lanzaron en vídeo tampoco pusieron en circulación demasiadas copias, por lo que al final somos cuatro gatos los que la hemos visto. Y dos a los que, además, nos ha gustado. Y me gusta, por  su condición de rareza, por extraña, por diferente… y por sosa. “Entre todas las mujeres” es rematadamente sosa. Y montada con muy poca destreza. Está construida a base de flashbacks y, aunque contada con voz en off (ya que se opta por hacer que el protagonista explique su historia en primera persona, como en la novela), al espectador le cuesta enterarse de si la narración es aquí y ahora o tiempo atrás, lo que le otorga un aire aún más extraño. El prota parece entrar y salir de la cárcel a antojo cuando lo que de verdad sucede es que nos habla desde la prisión y el resto de lo que vemos son flashbacks. No se entiende nada, pero por algún motivo, aun consciente de todas estas cagadas narrativas, la película me funciona. Y también me funcionan esos aires tragicómicos que se trae, que muchas veces ni ella misma sabe dónde va a ir a parar.
Como digo es sosa y deslavazada, pero en conjunto se deja ver con agrado. Ramón Barea por lo general suele estar bien y, aquí, con su bigotazo y su cara de sorpresa, se echa a la espalda la película que si en algún punto decae, desde luego no es por él.
Le secunda Resines, que como siempre hace de Resines, y gente como Juan Viadas o Saturnino García, habituales del cine vasco de los 90.
El director, Juan Ortuoste que ejerce además de productor, en esta y en otras tantas, previamente dirigió una película a medio camino entre el thriller y el cine quinqui titulada “7 Calles”, otra cosa que también parece que se le haya tragado la tierra titulada “El mar es azul” (y que no hay forma de encontrar) y la que nos ocupa. Tras esta, el señor Ortuoste no ha vuelto a dirigir película alguna. No me extraña… si se estrenan y no se entera ni dios…

viernes, 9 de septiembre de 2022

LA LÍNEA DEL CIELO

Una de las películas más olvidadas a nivel popular de la denominada comedia madrileña de los ochenta, es esta película de Fernando Colomo —probablemente la cabeza más visible del movimiento—, “La línea del cielo”, que tras una serie de éxitos en taquilla de cintas adscritas a esta corriente, pasó inadvertida para los espectadores españoles del año 1983 y a duras penas se la reivindica a día de hoy, ni tan siquiera en ambientes eruditos de la comedia española. Y, hablando en retrospectiva, puede que sea una de las mejores muestras de aquello. No en balde es la favorita de Colomo dentro de su filmografía.
Y es que “La línea del cielo”, moderna en su momento a rabiar, es también una película libre que se rodó casi a modo de guerrilla en la ciudad de Nueva York, con un equipo reducido de 5 personas y con el Antonio Resines de los ochenta, aún a medio camino de convertirse en una estrella, totalmente entregado a la causa.
Se rodó en Nueva York, sí, al menos los exteriores, pero no hay nada pomposo en lo que a la producción se refiere. Por no haber, no había ni focos y se aprovechaba la luz natural para poder rodar. Si no fuera porque se trata de una producción media del cine español de los ochenta, aquél que con juicio elitista intentaba desbancar el cine popular dando voz a la progresía, “La línea del cielo”, ejecutada casi con lo puesto, estaría muy cercana de ser una película underground, pero se quedó sencillamente en una pequeña película española de tantas en la época. Y es una lástima porque, vista por primera vez en un reciente visionado, sí que creo que efectivamente es la mejor película de Colomo.
La historia se centra en los avatares de Gustavo, un fotógrafo español que considera que en su profesión, y en su país, ya ha tocado techo. Así que se traslada a la ciudad de los rascacielos con la finalidad de probar fortuna allí y ver si es capaz de trabajar para alguna revista de tirón. Su gozo caerá en un pozo cuando se da cuenta de que los americanos no entienden el contenido de su fotografía y que, no sabiéndose defender en inglés, la cosa no hace más que empeorar. No obstante, se queda por allí porque conoce a una catalana que está aprendiendo el idioma y se enamora de ella.
Está graciosa esta “La línea del cielo”. Está resuelta prácticamente a costa de conversaciones y de planos fijos, y estos cobran mayor interés cuando estas conversaciones se dan en exteriores neoyorquinos en los que, me da la sensación, no se utilizaron permisos ni nada por el estilo para ser rodados. La historia asimismo es sencillita y amena, con algunos momentos verdaderamente descacharrantes, siempre dentro del orden instaurado por el Colomo de entonces —el actual rueda cosas tan impostadas y ridículas como “Cuidado con lo que deseas”… ¡Ugh!— y el tono naturalista propio de la ya añeja nueva comedia madrileña. Quizás “La línea del cielo” sea el canto de cisne de todo aquello, ya que a partir de entonces el estilo de Colomo iría dando palos de ciego hasta acomodarse en el tipo de comedia que desarrolló a finales de los ochenta.
La siguiente película que rodó tras esta, quizás para desquitarse de los pocos espectadores conseguidos en las salas (178.000), fue “El Caballero del Mother Fucking Dragón”.
Pero con todo, y con los prejuicios que yo pueda tener sobre la denominada Escuela de Yucatán, Colomo es de los que mejor me cae y cuyo cine me cae en gracia.
En el reparto, a parte de no salir Resines de plano y de amigos culturetas de Colomo y extraños actores yankees que chapurrean castellano, tenemos a Whit Stillman que debutaría como actor secundario en la nueva comedia madrileña (también salía en “Sal Gorda” del Trueba) para pronto convertirse en productor y autor de películas tan distintas a estas en las que participó como “The last days of Disco” o “Amor y amistad”. Ahí es nada.

lunes, 11 de enero de 2021

TOCANDO FONDO

José Luis Cuerda, de tanto prestigio que su mera presencia casi ofende, que cuando hace comedias las hace surrealistas, peculiares y sofisticadas como  por ejemplo “Amanece que no es poco”, también tuvo su película de derribo, su comedieta chusca, vulgar y ramplona… sólo que fue un fracaso (de 175.000 espectadores) y es una de esas películas que hoy permanecen invisibles, como bloqueadas, váyanse ustedes a saber por qué.
“Tocando Fondo”, la que nos atañe, es una película, no obstante, simpática porque no solo no vemos en el resultado a José Luis  Cuerda por ningún lado, sino que parece una película realizada por un principiante, y, a pesar de que no fue una película de bajo presupuesto precisamente —costó la friolera de 1.000.000 de euros aproximadamente—, todo en ella se ve cutre y barato. Como si el dinero se esfumase a los bolsillos de alguien y no a la película. A saber.
El guion es francamente malo, tomando para sí todos los clichés de la comedia española clásica, como emulando a los tiempos del destape,  pero olvidándose de construir una trama de enredo, quizás por estar rodada en plenos 90 y no querer desviarse del estilo de comedia imperante en el cine español de la época. Es como si Cuerda estuviera haciendo una película que le importa un bledo. Es toda ella tan mala, que el resultado final del film es, tan solo, un muestrario de escenas. Y esto no la deja exenta de ser una curiosidad interesante.
“Tocado Fondo” toma, como acontecimiento social del que servirse, la crisis vivida por el país en los años noventa que, dicho sea de paso,  fue una tontería comparada con la que estamos viviendo actualmente. Fulgencio (que nombre de protagonista más “ozoriano”, por cierto) es un joven de provincia que, teniendo en Madrid a su novia licenciada en veterinaria trabajando, decide trasladarse a la capital con el fin de empezar a trabajar en el negocio de su tío. Este posee un almacén de productos de papelería que está más lleno de abrigos de pieles, latas de fabada o animales vivos que del material  del que principalmente se sustenta, y es que el señor tío se está enriqueciendo gracias a la crisis existente, haciendo chanchullos varios con mercancías de toda índole. Y listo.
“Tocando Fondo” fue concebida sobre el papel bajo el título de “Crisis”, pero el Ministerio de Cultura no permitió este título, en principio, para no coincidir con una película francesa llamada igual, aunque creo intuir que podría ser por cautela; no resultaba muy oportuno una película titulada “Crisis”, dada la crisis que el país atravesaba. Así pues, finalmente se  tituló “Tocando Fondo” y,  para mantener incólume el espíritu de la película, a este se le añadió el subtítulo “La película de la crisis”, resultando esto igual de incauto que el título inicial, pero de mayor comicidad.
Con todo el desbarajuste, resulta una comedia efectiva sin ser una cosa disparatada y que, gracias a sus millones de defectos y chapuzas, a día de hoy cobra un valor trash añadido, que en su momento no poseía.
Contradictoriamente, José Luis Cuerda, afirmó durante la rueda de prensa en su estreno, que se trataba de una película de la que estaba plenamente satisfecho, y no como con “El bosque animado” de la cual quedó insatisfecho a los pocos minutos de verla proyectada para el público —curiosamente, hoy, “El bosque animado está considerada un clásico de nuestro cine, mientras que de “Tocando Fondo” no se acuerda ni el Tato—. Quizá lo dijo en beneficio de la (truncada) carrera comercial de la película. También pecó de arrogante al afirmar con total convicción que con “Tocando Fondo” había realizado una película dentro de los registros de Billy Wilder. Con dos cojones. Sin embargo, muchos años después, poco antes de su fallecimiento, en una entrevista en la que se le preguntaba por todas sus comedias, al llegarle el turno a “Tocando Fondo”, el director, intentando pasarla por alto, afirmaba que no recordaba nada del rodaje de aquella película.
El reparto destaca por la sensación que dan  todos los actores de estar ahí por el cheque, porque si Antonio Resines, como el dueño de este almacén de la discordia está dentro de lo que se puede esperar de él y resulta efectivo, también es cierto que Jorge Sanz, posiblemente sea uno de los peores actores de este país y, aquí muy particularmente, está para matarlo. Hay una escena en la que tanto el personaje de Jorge Sanz como el de Resines se emborrachan, desembocando esto en un diálogo de corte filosófico-etílico-barato, que provoca bochorno.
Asimismo, Icíar Bollaín, actriz que todavía no había desempeñado la tarea de directora por la que hoy es famosa —de hecho, ese mismo año rodaría el que fue su segundo cortometraje, “Los amigos del muerto”—, está igualmente espantosa. Eso sí, podemos ver sus domingas al aire, que son chupadas por Jorge Sanz en una escena de un gratuitísmo feroz. También tenemos como secundario a Manuel Alexandre.  Completan el cast Sancho Gracia, Lola Baldrich y Fiorella Faltolyano, todos actuando con una desgana que casi dan ganas de invitarles a una mariscada, a ver si así se animan.
Si pueden échenle un ojo. No les hará ningún mal

miércoles, 26 de febrero de 2014

EL CABALLERO DEL DRAGÓN

“El Caballero del Dragón”, en cierto modo, es un clásico del cine español. Tan olvidada como recordada en las mentes de los espectadores, pero también se trata de una de nuestras peores películas. Quizás por eso, ahora se la reivindica tan poco. Por eso y porque, siendo una de las películas más caras del cine nacional, fue un fracaso estrepitoso que no recaudó ni la mitad de lo que costó.
Recuerdo yo en mi niñez el haberla visto en algún pase de televisión, y dejarme totalmente indiferente. De hecho los veintipico años que han pasado desde entonces, los he pasado sabiendo de su existencia, pero importándome un bledo la misma. Hasta que el otro día a Naxo le dio por preguntarme que por qué no la había reseñado todavía. Y cierto era… así que la localicé y me la puse.
La película traslada la leyenda de San Jorge y el dragón a un ambiente de ciencia ficción, teniendo como punto de partida una historia, a priori, interesante. Una nave espacial que baja a la tierra en el medioevo y que, por sus características, es confundida con un dragón. En su interior viaja un alienígena con aspecto de homosexual que se acaba enamorando de la princesa protagonista. Un caballero que la pretende y un fraile, intentarán enfrentarse al supuesto dragón y el marciano que lo controla.
Era 1985 y la cartelera se llenaba de películas de ciencia ficción y fantasía; “E.T. El extraterrestre”, “La princesa Prometida”, “Lady Halcón”… de todo eso se nutre "El caballero del dragón" y lo explota.
Cierto es que se trata de una súper producción, y dentro del cine español, en aquellos tiempos, no hay muchas en las que se vea un gasto de dinero. Sin embargo, fuera de nuestras tierras, “El Caballero del Dragón” recibe trato de serie Z, porque, efectivamente, los resultados son de espeluznante serie Z.  Mala es decir poco. No llega a comedia involuntaria, porque aunque toda ella sea ridícula, es demasiado sosa para provocar la risa (salvo en una escena en la que, se supone, una cabra es abducida. Ahí te descojonas, con el efecto de la cabra levitando, y con el paleto del pastor) y, a parte, ya se encarga su director, Fernando Colomo, que poco después triunfaría con todo aquel rollo de la comedia madrileña,  de añadir las dosis justas, y sin venir a cuento, de humor. De uno con el que no te ríes, claro. No funciona en absoluto. Aunque hagamos un esfuerzo por encontrarle algo divertido a la peli, no encontramos más que soberano aburrimiento y mucha, mucha… toneladas de vergüenza ajena.
Decir, que como buena súper producción, Colomo, en calidad también de productor, no nos puso de protagonistas a Antonio Resines o a OscarLadoire, que va. La película cuenta con Harvey Keitel de protagonista (que a su vez es, también, el malo de la función) quien por aquellos años no tenía inconveniente en intervenir, muy poco convincentemente, en toda producción Europea que se le proponía (otra mierda sería “Dream One”) y a Klaus Kinski, que se creía el mejor actor del mundo y, mundo Herzog aparte, trabajó en sus buenos truños; “El Caballero del Dragón”, uno de los más destacables, en el que su locura se adueñó tantísimo de él, que en un momento de ira la pagó con el señor director, abalanzándose sobre el, y arrancándole un trozo de barba de un mordisco. Colomo todavía está cagándose en la puta madre del actor, que además está desaprovechadísimo en esta película. Keitel se luce un poco más, pero vamos, que da igual la presencia de cualquiera de los dos.
Por otro lado tenemos a un teñido, anoréxico e inexpresivo Miguel Bose (que el espectador bien sabe que está haciendo una interpretación lamentable, pero que él creía estar haciendo la hostia en verso…) al que el vestuario le hace flaco favor… parece un retrasado. Digamos que el traje de este extraterrestre (llamado, según los títulos de crédito IX, pero cuyo nombre no sale de boca de ninguno de los personajes, ni para dirigirse a él, ni para nada) es una especie del traje  del bicho de “Alien, el octavo pasajero” al que le han arrancado la cabeza, han metido ahí dentro a Miguel Bose y después me le han plantado un casco de astronauta. Una remierda.
De vez en cuando la dan en la tele, pero parece como si se quisiera olvidar esta película, como si fuera una vergüenza para el cine español, que lo es, pero no más que cualquiera de esas que gozan de prestigio. Además, por lo menos se trata de una película de puro género. Eso no óbice para que esta sea antipática, rancia y caiga mal.
Me hace mucha gracia el desenlace, abierto, dejando entrever que volverán con una segunda parte, creyendo que esto sería un éxito. Todavía se tienen que estar dando de cabezazos contra la pared.
Como el reparto es internacional, esta se estrenó, a destiempo, en gran parte del planeta, siendo un fracaso allá donde la vieran por mucho Kinski que asome la polla por ahí.
En 1993 la película pasa a ser de dominio público, lo que hace que, edición cutre y cochambrosa en dvd de nuestro país aparte, la edite todo dios en los estados unidos por el morro (aunque de manera legal), consiguiendo una galería de caratulas a cual más delirante, destacando una en la que, para aprovechar el protagonismo de Klaus Kinski, roba una imagen suya de “Aguirre, la cólera de Dios”, la colocan al lado de la nave espacial, se inventan un dragón mecánico y tirando millas.
En resumidas cuentas, esta mierda es curiosa, pero no es ni lo suficientemente buena, ni lo suficientemente mala, como para evitar el que si estamos cagando y no tenemos papel a mano, utilicemos el dvd, la caratula o, incluso, su póster para limpiarnos el ojo del culo.
Colomo nunca más volvió ha hacer cine fantástico. Una vez declaró, en referencia a lo mala que es “El Caballero del Dragón”, que da igual el género que cultive, al final todas sus películas, por los motivos que sean, acaban siendo comedias. Pobre. En este caso, yo diría que, más bien, le salió un drama.
¡Ah! También sale por ahí Fernando Rey, perdiendo en pocos minutos de actuación todo el prestigio ganado a lo largo de su  carrera.

lunes, 4 de enero de 2016

BAJO EN NICOTINA

Raúl Artigot, uno de los mejores directores de fotografía del cine español, del cual se decía que sacaba a todas las actrices guapas –incluso cuando no lo eran- falleció recientemente. Y pudo irse  a la tumba bien tranquilo, porque lo cierto es que tiene un currículum impecable como director de foto –las mejores películas del tandem Pajares/Esteso/Ozores están iluminadas por él, entre otras muchísimas- , y una escueta pero interesantísima carrera como director que voy a pasar a reseñar por aquí durante los próximos días. Y comenzamos por el final con la ultima película que dirigió (y escribió, que también era autor), una película que para mí ha sido todo un descubrimiento y que, desde ya,  pasa a formar parte de mis favoritas del cine español.
“Bajo en nicotina”, basada libremente en la novela “El Angel Triste” de Carlos Pérez Merinero cuenta la historia de un cinéfilo totalmente metido en el mundo del vídeo domestico, que alquila sin orden ni concierto cintas betamax en el videoclub y que mantiene una relación un tanto turbia con la dependienta de una perfumería, mientras maldice su suerte porque las continuas peleas de la pareja del piso de al lado, no le permiten ver las películas tranquilamente. Un buen día, sin motivo aparente, la cosa se va complica de manera sorprendente en la vida de este individuo, y no puedo seguir contando más porque esto daría lugar a spoilers que destrozarían la película, cuya manera ideal de disfrutarla, es verla sin saber muy bien de que va la cosa, tal y como a mí me ocurrió.
Podemos decir que se trata de una película amateur rodada en 35 mm. y con posterior distribución en cines. Cine aficionado realizado por un currela del cine, que utiliza muy bien utilizados sus casi inexistentes medios para crear una obra que se acerca a la vanguardia por como se utilizan esos pocos medios; sería vanguardia accidental, por llamarlo de algún modo. La ambientación, la inquietud que trasmiten muchos de sus planos, nos recuerdan al “Arrebato” de Zulueta, sin pretenderlo en absoluto Artigot, ya que, nada más lejos de su intención, esto sería una suerte de melodrama, quizás de comedia negra cuyas influencias más inmediatas, no son, desde luego, el cine de vanguardia y/o experimental; son en cine de género. Pero la pobreza de medios, la hacen parecer una turbia película experimental, casi underground, meramente “Trash”.
Aquí  no hay más que una cámara de 35 mm., las facultades como director de fotografía de Artigot y una serie de actores trabajando en su película prácticamente gratis.
Claro, Artigot, tras tantísimos años trabajando en el cine español, hizo amistad con sus estrellas más rutilantes, y al rodarse la película en 1984, en Madrid y con papeles protagonistas para Oscar Ladoire, Silvia Munt, Antonio Resines o Asumpta Serna, actores estos asociados a aquel movimiento ochentero y medio intelectualoide que llamaron “Nueva Comedia Madrileña” y que cultivaban directores como Fernando Trueba o Fernando Colomo, le colgaron a “Bajo en nicotina” el San Benito de pertenecer a dicho movimiento, cosa que cabreó a Artigot negándolo rotundamente, afirmando que todo eso son gilipolleces, y que su película en todo caso, sería una comedia despiadada y carente de toda moral, una exhibición de cinismo con las miras más puestas en Fassbinder que en cualquier comedia Madrileña contemporánea.
Sea como fuere, el aprovechar de esa manera los pocos medios de los que disponía, el no querer abarcar más en una producción con tres pesetas (un mal muy común en las pelis españolas de bajo presupuesto), esa coherencia, y lo entretenida y fascinante que resulta visualmente la película, le otorgan un estilo único y propio difícil de ver en cualquier película española de cualquier época.
Artigot, cuando escribía el guión, tenía en mente que la protagonizara José Sacristán – que finalmente aparece en la película, a través del televisor donde el personaje de Ladoire devora películas alquiladas en un videoclub-, pero el actor, que ya iba adquiriendo prestigio y pedantería, rechazó el papel alegando que no le gustaba el personaje, que, en definitiva, era muy cruel, misógino e hijo de puta y no quiso interpretarlo. Yo creo que mejor con Ladoire.
La película consiguió discreta distribución en salas de Madrid y Barcelona donde la vieron cerca de 80.000 espectadores, lo que ya resultó rentable, y más todavía en su explotación en vídeo donde funcionó más que bien.
Junto a los ya citados, tenemos en el reparto a un inquietante Paco Cecilio, Luis Ciges, Chus Lampreave, Guillermo Montesinos o Emilio Fornet. Ahí es nada.
Una auténtica maravilla.

lunes, 15 de octubre de 2018

DOS MEJOR QUE UNO

“Dos mejor que uno”, basada en la novela de José Luis Olaizola “El señor del huerto”,  quizás suponga una de las últimas películas adscritas a la denominada “tercera vía del cine español”, categoría esta a la que la película está adscrita, y que aglutinaba todos aquellos trabajos que deambulaban entre el cine popular y el cine intelectual con un fuerte componente socio político y económico en su haber. Esta tendencia fue perdiendo terreno en el momento en que la comedia madrileña irrumpió con fuerza en nuestras pantallas, sin duda más frívola y moderna, aunque deudora  asimismo de esta corriente.
Por otra parte, “Dos mejor que uno” lanza un mensaje fraternal y abiertamente comunista, no exento de buenas intenciones, que junto a un reparto compuesto por actores de dos generaciones, y una historia amena y modesta, nada pretenciosa, se convierte en una refrescante propuesta. Cine español ochentero del que tenía su propia entidad y al que, contra todo pronóstico, los años no han hecho más que beneficiarle.
Sin embargo, se trata de una película que al deambular un poco por tierra de nadie, pasó inadvertida en su paso por cines, permaneciendo prácticamente inadvertida durante todos estos años dando señales de vída únicamente en dispersos pases televisivos. 52.000 espectadores fueron los que pasaron por salas. Poca cosa.
Cuenta la historia de dos amigos de la infancia, uno prudente y apocado, otro completamente histriónico, que son presentados sin que conozcamos mucho de sus pasados —salvo por un par de flashbacks a su niñez que nos ponen un poco en situación— pero mientras que uno no da palo y vive más o menos como un vagabundo, el otro, encargado de vigilar un solar destartalado y viviendo en una chabola, decide, con permiso del dueño del solar, plantar un huerto con el handicap que supone el plantar un huerto en pleno casco urbano y en un descampado en el que no hay agua corriente. Pronto, un montón de amigos y vecinos trabajarán codo con codo con el fin de llevar esa plantación a buen puerto. El problema es que una oficina banquera colindante, quiere hacerse con ese solar para edificar, cueste lo que cueste.
La nota romántica la pone el triangulo amoroso formado por los protagonistas, enamorados de la misma mujer, que para más inri, está casada con uno de ellos.
Un film muy agradable y dinámico cuyo mensaje positivo no deja al espectador que se desanime, pese a que, paradójicamente, el final es para nada esperanzador.
El reparto está lleno de estupendos actores; por un lado tenemos a José Sacristan (rey indiscutible de la tercera vía), Antonio Resines, Jesús Bonilla o Miguel Rellan, representando aquella etapa contemporánea a la vez que comparten plano con los veteranos Agustín González, Rafael Alonso, Rafaela Aparicio o Saza.
El director, Ángel Llorente, debutaba con este largometraje tras haber escrito los guiones de “Volver a empezar” o “El Hueso”. Su carrera como guionista y director no fue lo suficientemente fructífera y no nos dio tiempo a ver como hubiera evolucionado este señor, porque nueve años después de rodar el que es formalmente su último trabajo,  Ángel Llorente fallecía con poco más de 51 años. Una lástima.

viernes, 6 de mayo de 2022

LA PANTALLA DIABÓLICA

Ignota cinta española de mediados de los ochenta que se estrenó en pleno boom de la movida madrileña y que al no ser un film con Resines, Oscar Ladoire o Carmen Maura en su reparto, ambientado en un futuro distópico de alcantarilla, pasó por los cines sin pena ni gloria con menos de 2000 espectadores del año 1985, que era muy poca cosa. Y nunca más se supo; no me consta una edición posterior en VHS y tan solo pudieron gozar de su visionado los espectadores más avispados que se percataron de que la programó La 2 de RTVE a altas horas de la madrugada en el año 1991.
Recientemente La Filmoteca madrileña la rescató y proyectó en uno de sus ciclos de cine maldito y, hace poco alguien ripeó su copia grabada de la tele para compartirla con los usuarios, que es la forma en que podido verla yo —aunque con una calidad ínfima y un sonido de lo más pobre—.
Se trata de una película con una estética postpunk, de cine dentro de cine, que verdaderamente resulta interesante, destacando, por encima de su torpeza y baratez, su condición de perro verde.
Estamos en un futuro en el que parece ser que el cine es muy importante y en el que la gente vive como vagabundos, realizan sus quehaceres en descampados y visten con harapos de colores chillones. Dentro de esa cacotopía, tenemos a un director de cine “furtivo” llamado Caligari, que flipa con el cine de los años 50, con Nicholas Ray y Douglas Sirk, y que para subsistir da clases de cine para unos absolutos zoquetes en un descampado de la ciudad. Lleva años escribiendo el guion de una película que está llamada a revolucionar el mundo del cine que se titula “La pantalla diabólica”, pero le cuesta horrores conseguir un productor que le ayude a llevarla a cabo. Dentro de su particular cinefilia, admira a un director norteamericano que lleva 9 años seguidos ganando el Oscar y que se llama Phantom. Y resulta que Phantom viene a España a rodar su nueva película. Cuando Caligari se entera de que esta resulta ser un plagio de su “Pantalla diabólica”, decidirá secuestrarlo y usurpar su identidad para de esta forma, ser él el que ruede su propia película. Toda la parte final, en la que somos testigos del rodaje, es absolutamente surrealista.
Pues está bastante bien esta “La pantalla diabólica”. Es, como decimos por aquí, una película rara, misteriosa y desperada con todas las de la ley, cuya estética y el claro bajo presupuesto que se gasta, le confieren un aspecto muy raro y resultón, en parte porque este es mucho menos recargado e impostado que el de producciones de la época que nacen un poco en la misma tesitura que esta, como pueda ser “Poppers”, por ejemplo.
Son muchos los guiños al cine que adivinamos a poco que le prestemos algo de atención, pero por encima de todos destaca la influencia de Kubrick  y “La Naranja Mecánica”; “La pantalla diabólica” no solo se desarrolla en un futuro distópico igual que esta, sino que también los protagonistas hablan en una jerga inventada para la ocasión, del mismo modo que lo hacían los drugos.
Por otro lado, su director Joaquín Hidalgo, que firma con esta su segunda y última película, es docente y creador de una de las escuelas de cine más prestigiosas del país, la TAI (La Escuela Universitaria de Artes), que ha dado al cine español un innumerable número de técnicos. Llevaba la enseñanza tan arraigada a su piel que tras rodar “La pantalla diabólica” abandonó el cine para dar clases y, quizás haya algún paralelismo entre él y el personaje Caligari de la película que nos ocupa. También es un director que se dedica a la enseñanza y todo apunta a que puede que esté inspirado en sí mismo.
El reparto lo encabeza Enrique Simón, mítico porque en la época era popular por presentar programas infantiles, pero que en realidad era un consumado actor que, con los años, acabaría centrándose casi exclusivamente en el teatro y que en esta película está verdaderamente bien. Como su némesis, tenemos a otro actor casi desconocido pero de solvente eficacia llamado Albert Miralles, que debutaba para el cine de la mano de Antoni Ribas con “La ciutat cremada” y que, después de esta, su única intervención sería en “El placer de matar” junto a Antonio Banderas. Completarían el reparto rostros conocidos —y siempre agradecidos— del cine español como los de Paco Maestre, Pilar Alcón y, eterno, José Lifante. Asimismo en pequeños papeles, tenemos una ristra de enanos, cegaratos, deformes y contrahechos. ¡Ah! Y a un par de negros en zancos.
Una verdadera película de culto y, para variar, merece la pena.