Salvador Sáinz, presencia ineludiblemente asociada al fanta-terror español, actor secundario en mil y una películas de toda calaña —del pasado y del presente— trabajando para toda suerte de directores (y "directores"), más allá de su eterna lucha contra Paul Naschy, nos guste más o menos, se trata de una figura de incuestionable culto que opera a los márgenes.
Si bien a principios de milenio se rodó él solito, con palos y piedras, una serie de cortometrajes de animación mediante característicos diseños y extrañas maneras de proceder, fue en 2014 cuando, sin ningún tipo de rubor, decidió rodar un un dramón de padre y muy señor mío en el que él sería hombre orquesta produciendo, escribiendo, dirigiendo y protagonizando la primera versión de "Cenizas bajo el mar", que así se tituló.
Se trata de una turbadora historia sobre un hombre y una mujer, enfermos terminales los dos, que deciden irse a la costa a pasar sus últimos meses de vida. Por supuesto, el roce hace el cariño y, de esta manera, surge el amor que se traduce en tórridas escenas de sexo. En la fase final de la enfermedad, el hospital envía a un enfermero para que les atienda y, además de ello, se inmiscuye con ambos en lo que acaba siendo un triángulo amoroso, que desembocará en inesperadas consecuencias.
Se trata de uno de esos cortos en los que hay que frotarse los ojos varias veces para cerciorarse de que uno no está soñando, sobre todo en las escenas de sexo entre Sáinz y Eva María Milara, y en los tríos entre estos dos y Gerard Toldrá —actor que, por lo demás, le pone mucho empeño— que resultan del todo menos sugestivos pero, sin embargo, se convierten en el principal interés del corto.
Se trata de un tema muy delicado tratado de manera muy desasosegante e inconsciente.
El caso es que el corto en sí, en su delirio, se deja ver perfectamente y resulta extrañamente entretenido.
Sin embargo, tras un tiempo, desconozco el motivo, Salvador Sáinz decide convertirlo en un largometraje. Y como no hay más material con el que llegar a la hora y poco necesaria, Sáinz rellena metraje de una forma un tanto peculiar, que es añadiendo a la trama, con calzador, alguno de sus cortos de animación. Así, en una escena en la que la pareja protagonista se sienta a ver un poco la televisión, el director nos cuela su corto del 2004 “Los Querubines”, pieza de animación 3-D bastante rudimentaria sobre unos angelitos que van para acá y para allá, con piratas, sirenas, minotauros y toda suerte de seres mitológicos que aparecen en escena y unas veces están doblados por actores o el propio Sáinz y, otras, usando las reconocibles voces de un programa informático de la época, el famoso "Loquendo", que le dan a todo un tono de locura difícil de digerir.
No contento con eso, y todavía un poco corto -valga el mal chiste- para llegar a pasar de la hora, en una escena en la que nuestros protagonistas son acechados por la muerte, Sáinz transiciona para colarnos otro corto de animación completo, esta vez “La danza macabra” de 2011, en el que unos esqueletos bailan siniestramente al ritmo de la música clásica (por aquello de no pagar derechos; incido para decir que en las secuencias de sexo, por el mismo motivo, suenan los primeros segundos de la canción “Careless Whisper” de "Wham" en un bucle interminable que induce a rozar la locura) para acto seguido ver como unos soldados del ejercito nazi masacran judíos o practican sexo homosexual.
Salvador Sáinz integra así a la trama dos de sus cortometrajes, llega a la hora y dieciséis de duración y no solo convierte su corto en un largo, sino que, prácticamente, ofrece un trabajo integral, no con toda su obra, pero sí al menos con la más digna de verse.
En definitiva, como largometraje, “Cenizas bajo el mar” es una legítima obra de cine “trash”, con ínfulas de cine de autor, con un resultado tan anárquico que es muy difícil que pase inadvertido para todo aquel que se siente frente al mismo. Ver esta película con público estándar del que va a cualquier filmoteca, es una experiencia cuando menos curiosa.
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