Por su naturaleza, y época de lanzamiento, es rematadamente lógico y comprensivo que acudiera raudo al cine a ver "El dragón del lado de fuego". Dicho de otro modo, entonces era un pre-púber totalmente volcado en esa clase de cine fantástico empachado de efectos especiales. El cartel, sendos reportajes en prensa (pal caso "Fotogrumos") y algún posible anuncio televisivo, habían logrado capturar mi atención a niveles obsesivos. Así pues, pasé por taquilla saturado de expectativas y, claro, la decepción resultante fue notoria. "El dragón del lago de fuego" (título patrio, bastante molón para variar, aunque el original sigue superándolo: "Dragonslayer") me aburrió muchísimo. No sabría decir, creo que esperaba mucha más fantasía y espectacularidad y, dentro de un orden, se mantiene bastante sobria y serena, realista en su irrealismo, siendo la ampulosa ambientación medieval lo mejor (incluida cierta atmósfera) y, por supuesto, un dragón de lo más "cool" que a día de hoy se sigue considerando el mejor que ha cruzado una pantalla de cine desde que el tiempo es tiempo. Fueron los chavales de la "Industrial Light & Magic", en pleno apogeo de sus capacidades artesanales, los que se dejaron la salud para darle vida. Y nada que objetar al respecto. Más dudosos son algunos de los trucajes del clímax final, excesivamente pirotécnico y que se carga mucho de lo logrado hasta su llegada. No asesina la película, pero sí la hiere sangrantemente.
Un pueblo asediado por el monstro del título recurre a un mago para que ponga orden. Sin embargo, este palma antes de partir, pasándole el marrón a su joven aprendiz, lo que se traduce no solo en un bonito cuento de hadas, también una historia de madurez y aprendizaje, con el muchacho superando una primigenia arrogancia para ir comportándose de modo más cabal y, de paso, enamorándose de una muchachuela. Se terminará enfrentando a la bestia en su gruta, aunque no logra vencerla... por desgracia... y añado ello porque, siendo una escena muy decente, incluso emocionante, dará pie al segundo, último, pretendidamente épico y más deslucido combate con esos cromas y transparencias que... ¡¡¡urgh!!... ya, claro, era otra época con una tecnología menos eficiente, pero justo para eso existe la contención. Si ves que no llegas, haz como Spielberg y limita tu escualo. De lo contrario, corres el peligro de dar el cante. Y aquí lo dan.
Eran los años en que Disney intentaba modernizarse, incorporando materia algo más adulta, oscura y violenta a sus productos. De ahí que "El dragón del lago de fuego" incluya unos fugaces desnudos (masculino y femenino), bastante violencia, algo de horror y un momento muy llamativo en el que las crías de dragón se papean a una de sus víctimas, bastante gráfico todo ello para los estándares de la compañía del ratón. Tal vez por eso, y el tono más seriote y contenido, le pasó lo mismo que a todas las disneyadas del periodo, y con idénticas intenciones: fracasó. El hostiazo no resultó tan gordo, pero el taquillaje seguía estando por debajo de las expectativas. Mi reacción de entonces, como público potencial, es prueba de ello. Probablemente "El dragón del lago de fuego" se adelantó a su tiempo, porque vista ahora, con canas y tal, me gustó bastante. Es entretenida, visualmente potente y bien facturada en general, salvo por el cacareado clímax. Aún así, aprueba.
Del reparto destaca el entonces debutante Peter McNicol, como aspirante a mago. Es curioso ver cómo su carrera posterior se decantaría más por explotar la vis cómica, incluso físicamente mutó para adaptarse a todos los personajes que le darían cierta popularidad ya entrados los noventa. Parecía otra persona. Dicen las malas lenguas que se avergüenza de su debut y no lo incluye en el currículum. Pues la verdad, no lo entiendo. Desde luego tiene cosas mucho peores. Otra que se desvirgaba en esto del cine era su partenaire, la peculiarmente bella Caitlin Clarke, quien no tendría demasiada suerte el resto de su carrera, y el resto de su vida, ya que murió demasiado joven en 2005. En el lado de los veteranos, Ralph Richardson como mago-jefe y Albert Salmi.
Dirige Matthew Robbins, quien en los años siguientes pariría algunas cosillas más o menos vistosas como la cult-movie "La leyenda de Billie Jean". El único producto "Amblin" de los ochenta que nunca me atrajo, y todavía no he visto, "Nuestros maravillosos aliados". Y una de perritos, "Bingo!". No obstante, donde Robbins ha brillado más ha sido en funciones de guionista. Dan buena cuenta de ello títulos como "Loca evasión" (su conexión con Spielberg), "Señal de alarma" (dirigida, justo, por el coguionista de "El dragón del lado de fuego", Hal Barwood), "Mimic", una primera colaboración con Guillermo Del Toro que le llevaría al horrible remake de "No tengas miedo a la oscuridad" (con Del Toro co-guionizando y produciendo), "La cumbre escarlata" y la reciente versión de "Pinocho" del orondo cineasta mexicano.
