Película británica e insultantemente setentera que, basada en la novela de Ted Key "The Biggest Dog In The World", trataba de hacer las delicias de toda la familia contando las aventuras de un perro gigante.
Se trata de un producto de —más o menos— primera fila, con un reparto compuesto de estrellas del cine británico tales como Jim Dale o Norman Rossington, y dirigida por Joseph McGrath, que además de ser uno de los muchos directores del clásico "Casino Royale", se adscribió a la corriente de la "sex comedy" británica al mismo tiempo que se convertía en un artesanal realizador de series de televisión y telefilmes.
El argumento, lógicamente, puesto que se trata de una película infantil, es de lo más sencillo: un centro de investigación de la OTAN acaba de crear una especie de fertilizante que facilitará el crecimiento de plantas y vegetales. Un trabajador se lleva un poco de ese fertilizante a casa cuando, por accidente, su perro (ya de por sí enorme, un pastor inglés) acaba comiéndoselo. Por supuesto, el animal empieza a crecer y, en consecuencia, deambulará por ahí mientras el ejército intenta darle caza, un circo pretende convertirlo en su atracción principal y su dueño, un niño repelente, intenta traerlo a casa y reducirlo a su tamaño normal. También hay un chimpancé que hará las delicias de grandes y chicos.
"Tobia, el perro más grande del mundo" es una de esas películas que aquellos que rondamos (o sobrepasamos) los 50 años de edad recordamos a la perfección. Probablemente fue una de las primeras que alquilé en vídeo (no recuerdo haberla visto en cine) y, sobre todo, pese a lo atractivo del planteamiento fue una película que, con 7 u 8 años que tendría cuando la vi, me dejó frío. Vamos, que no me gustó. Y no he vuelto a verla hasta esta semana, que la recuperé. Vista hoy, con los ojos de un adulto, me gusta más que siendo niño. Creo que es una amable peliculita, entretenida y repleta de transparencias, trucos de cámara y mecanismos para hacer crecer a este maldito perro, y hasta entiendo por qué no trascendió entre la chavalería. Y es que el tono, entonces, resultaba rancio, además de notarse mogollón su procedencia británica, de ritmo más seco y tosco que las películas americanas que se estilaban en la época y a las que estábamos acostumbrados. En definitiva, para un niño es un rollo; para un adulto que la vio de niño es otra cosa.
Su edición videográfica de la época es de una dejadez absoluta: el perrito en la película se llama Digby (aunque a mitad de trama, cuando lo descubre la gente del circo que se lo quiere quedar, comienzan a llamarle Tobías), la narración en off de los créditos dice "Tobías, el perro más grande del mundo", pero incomprensiblemente su carátula tradujo el título como "Tobia", sin la "s" del final y usando una tipografía que hacía parecer a la "i" una "j", por lo que el título resultante aparentaba ser "Tobja, el perro más grande del mundo". Esto no tiene ninguna razón de ser, pero podría deberse a que el doblaje se hizo a partir de una copia italiana (los créditos de la edición ochentera están en italiano) y, quizás, de ahí, un problema de translación. El poster italiano de cine comparte título y tipografía, así que váyanse ustedes a saber.
En definitiva, se trata de un producto infantil entrañable, al que el paso del tiempo ha hecho envejecer de una manera criminal, pero que, con todo, y tal y como están las cosas, se deja ver a las mil perfecciones. Qué de películas de perros había en los setenta, ahora que lo pienso...
