lunes, 24 de marzo de 2008

LA QUEMA

No es la primera vez que escribo una reseña sobre "La Quema", y de entrada me daba mucha pereza hacerlo, a pesar de las irrefrenables ganas que tenía de publicar algo nuevo en este blog. Pero ayer noche me la puse, y joder, su visionado me convenció plenamente de que debía superar la perrería y ponerme a escribir.
Los 90 minutos que -creo- dura me pasaron volando. Y lo más extraño es que en realidad solo hay cuatro crímenes en toda la película, la mayor parte del metraje son las chorradas que el inevitable grupo de adolescentes se gastan durante su estancia en un campamento. Entonces, ¿por qué "La Quema" le da mil vueltas a todos los slasher modernos que he visto estas últimas semanas?, incluidos aquellos que me han gustado (como "Carver", por ejemplo). Pues no lo sé... pero sería digno de estudio, descubrir las diferencias entre el slasher de los 80 y el moderno. En esencia, y así mirado por encima, diría que el tempo, los originarios eran más pausados, se lo tomaban con más calma, hasta el extremo de currarse una atmósfera (y en "La quema" la hay, y además, es de lo más macabra), todavía no se había impuesto el montaje hiper-acelerado tipo MTV. Luego, quizás, que aquellas pelis eran más serias y realistas (en su tono, aunque a veces se pasaban la lógica por el forro, caso de "La quema" y la inexplicable capacidad de su psycho killer por estar en todas partes a la vez), a lo que contribuía que no hubiesen efectos digitales y, en el caso de la peli que nos ocupa, que sus actores adolescentes fuesen adolescentes de verdad... y encima, ni todos guapos ni todos con cuerpo Danone, solo la pareja prota, porque el resto es de lo más normal. A parte de todos esos datos, desconozco qué más marca la diferencia, pero creedme si os digo que la marca y mucho.
"La Quema" se ha hecho famosa por varios motivos. Ser el mejor slasher surgido a la sombra de "Viernes 13". Ser la semilla sobre la que se fundó el imperio Miramax. Contar en su reparto con futuras caras conocidas (Holly Hunter y Jason Alexander los que más). La, por entonces, novedosa e inquietante banda sonora de Rick Wakeman. Y, cómo no, los efectos de tio (Tom) Savini, especialmente salvajes y bien facturados. Todavía, a día de hoy, impacta la intensísima secuencia en la que el asesino de turno se cepilla, con toda la brutalidad del mundo, a un grupo de jovencitos (y lo son de verdad) en una balsa. Esa es otra... dentro de lo que cabe, el modo en que el psycho-killer ejecuta sus crímenes es perfectamente creíble, lejos del rollo exagerado e inverosímil de slashers recientes como "Hatchet" o "Simon Says" (otra cosa que ha hecho daño al cine de acuchillamientos moderno: el humor, en "La Quema" lo hay, pero viene de las gamberradas que montan los chavales, en ningún momento va al compás del horror).
La historia es clásica hasta la muerte: Cropsy es blanco de una broma que le gastan unos adolescentes durante un campamento. La cosa va mal, y el tipo termina deformado por el fuego. Cinco años después, uno de esos chavales es monitor en otro campamento y Cropsy, buscando venganza, irá para allá y comenzará a mutilar todo lo mutilable con la ayuda de unas enormes tijeras de podar (¿para que más?, contar con una sola y efectiva “arma” es más que suficiente). A todo esto, el asesino, de aspecto chanante (tijeras a parte, está la gabardina negra y que, a lo largo de toda la peli, no le vemos la cara, solo en los últimos minutos), estuvo apunto de protagonizar una secuela, pero nunca se materializó.
Películas como esta justifican que el fan del cine de terror eche tanto de menos la dorada década de los 80.