viernes, 28 de abril de 2017

¡QUÉ PELO MÁS GUAY!

“Sexpeare” una pequeña compañía de teatro alternativo formada por Rulo Pardo, Santiago Molero y David Tenreiro (el más interesante de los tres que luego abandonó la compañía), que a finales de los noventa y primeros de dos mil tuvieron muchísima aceptación en las tarimas –sobretodo la del madrileño teatro Alfil- y a los que yo me aficioné en aquella época hasta que a mediados de dos mil ya dejaron de interesarme, montaban obritas la mar de simpáticas que resultaban cuanto menos hilarantes y divertidas. “Sexketchs, Amor de color mayonesa”, “Hipo” o “H, El pequeño niño obeso quiere ser cineasta” son un buen ejemplo del humor que cultivaron, al igual que “¡Qué pelo más guay!”, el primer gran éxito de la compañía, que se tiró en cartel ni se sabe cuanto tiempo.
Consecuencia de este éxito surge la película del mismo título que nos ocupa.
Cuenta la historia de dos individuos de aspecto setentero que  acuden a una peluquería a vender una maleta de cocaína. Una vez allí, se monta un pifostio de viajes en el tiempo, e incluso metaviajes a través de la película, que contando con un solo escenario y dos actores, se convierte en una paradoja: Si dejamos al margen todo el trillado rollo postmoderno que se gasta, todo ese rollo cool impostado (que quizás no lo era tanto en la obra de teatro en 2002) que tanta grima me da a día de hoy, está claro que lo que funciona a la perfección en el teatro, no lo hace en absoluto en el cine. La obra era divertida; la adaptación al cine, con los diálogos prácticamente calcados, es un espanto. Una falta de ritmo, un diseño de producción pauperrimo, y unos actores con prisa por soltar los diálogos, hartos ya de soltarlos cientos de veces en los escenarios, convierten esta película en una de las peores y menos divertidas que he visto en mi vida. En serio, una obrita más o menos divertida con la que sales del teatro con una sonrisilla, se torna peste absoluta llevada al cine con tan poca pericia y tan pocas ganas. Un desastre. Claro, que sus artífices siempre pueden decir que la culpa es del corto presupuesto con el que contaban.
La culpa es de los actores y sobretodo del director, incapaz de adaptar bien el material con el que contaba, que dicho sea de paso, tampoco es que fuera muy cinematográfico. Su nombre: Borja Echevarría, que escribe para televisión (“¡Vaya Semanita”!) y  dirige toda suerte de cortos.
Quizás esta película le sirva de escarmiento a “Sexpeare” para no salir de los escenarios en pro del cine, porque dudo mucho que ellos opinen que esta película esté ni medio bien.

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