A principios de los setenta, "Hammer Films" veía como el pote de habichuelas se vaciaba a velocidad alarmante. Su formula, infalible durante muchos años, ya no funcionaba igual. Tocaba renovarse o morir. Así pues, la adaptaron a los "tiempos corrientes" con el fin de atraer nuevas generaciones. ¿Y en qué consistían estas? pues jovenzuelos surgidos del "Swinging London" en su versión más mediatizada, establecida, asumida y reducida a un puñado de estereotipos. Así las cosas, y tirando un poco de los todavía recientes crímenes del Clan Manson, se inventan la mandanga de que un acólito de Drácula -de nombre "Johnny Alucard", ¡cof cof!-, situado en plenos años setenta, convence a un grupo de irritantes, estridentes, ridículos, insolentes y "enrollados" mozalbetes "greñudos", ataviados con chillones ropajes y aficionados al rock, para practicar una misa negra, por aquello de invocar al demonio. Aunque en realidad la cosa va de despertar al vampiro bañando sus cenizas con sangre. Y así proceden. Superado el susto inicial, Drácula comenzará a exigir muchachas con las que ponerse hasta el culo... aunque siente predilección por una descendiente de la casta de los Van Helsing y, de hecho, su abuelo se parece mucho a como era aquel en épocas victorianas, además de practicar idénticos hobbies. Así, cuando el chupasangre logre atrapar a la muchacha (que sí, que muy rebelde, moderna y tal pero, como ella misma le cuenta al abue, en realidad todavía es virgen y no ha probado la droga... vamos, una poseur) el Van Helsing de los setenta se pondrá manos a la obra -con una leve ayuda de "Scotland Yard"- para acabar con la criatura del averno.
Y bueno, "Drácula 73" (que en v.o. responde al título de "Dracula A.D. 1972". Sí, tardó un año en estrenarse por acá) arranca bastante bien y mantiene el interés hasta la escena de la misa negra, tal vez porque es donde más se estira el chicle del contraste generacional / cultural, lo que resulta novedoso e hilarante (me encantaría ver qué hubiesen hecho con un improbable "Drácula 77"). Sin embargo, una vez el vampiro se eleva y comienza a matar, nos metemos de lleno en lo de siempre, todo muy rutinario, sin sorpresas y un pelo aburrido. Vamos, que más allá del asunto del "moderneo", el guionista, Don Houghton, tampoco se exprimió las meninges. A pesar de ello, pues te comes la película enterita, sin más. Funcional y olvidable entretenimiento. Tal vez contribuyan las siempre agradecidas y estimulantes presencias de Christopher Lee (aunque sale poco, aparece el primero en los créditos) y el gran Peter Cushing. Les acompañan una novatilla Caroline Munro como moza descocada y, por supuesto, la descendiente de Van Helsing (Stephanie Beacham, quien anduvo por algunas películas de Pete Walker y en "Inseminoid") está como un quesito, se pasa media peli bamboleando unas peras tremendas que Cushing casi manosea accidentalmente en más de una ocasión, y no pongo comillas en accidentalmente porque todos sabemos que el actor era todo un gentleman (muy al contrario, Marlon Brando sí magreó a la actriz en "Los últimos juegos prohibidos" según san Michael Winner)
Pocos gallifantes para el director de carrera básicamente invisible, Alan Gibson, quien reincidiría en la materia con una especie de secuela titulada "Los ritos satánicos de Drácula", donde esta vez apostaba por otros géneros o subgéneros de moda entonces. Pero nada, los intentos de modernizarse de "Hammer Films" no dieron los frutos deseados y terminaron chapando... al menos hasta mediados de los 2000, pero esa es otra historia.
