
La auténtica función de "Por favor, mátame" es la de demostrar de una vez por todas que el punk no es un invento inglés, que no nació en el 77 en Londres y que nada tiene de político. Estuvo antes, en Nueva York. De ahí fue de donde Malcom McLaren sacó todos los ingredientes con los que, ya de vuelta a su tierra natal (Inglaterra, claro), comenzó a dar forma a lo que en poco tiempo, y gracias a las marionetas de los "Sex Pistols", se convirtió en un fenómeno, una estúpida moda y, en general, un error histórico.
Los personajes que pululan por sus páginas son muchos, y más que conocidos, Iggy Pop, "New York Dolls", "Ramones", "Blondie", "Dead Boys", Richard Hell, Johnny Thunders, etc, etc... y luego la facción británica del asunto, por supuesto. Y sí, se trata de una lectura muy entretenida (construida toda ella a base de declaraciones de los implicados), de esa que engancha, aunque, como decía Holmstrom (que también tiene su hueco), abundan las rajadas por la espalda, los cuchicheos y, sobre todo, las drogas. Muchas drogas. Un montón de drogas. De hecho, sería el libro ideal para regalar en la próxima campaña contra el consumo de drogas, ya que leyéndolo te percatas no solo de lo perniciosas y estúpidas que son, sino también de que para lo único que sirven es para DESTRUIR cosas buenas... cosas tan buenas como fue aquella primera escena que se atrevió a utilizar el término punk.