viernes, 11 de mayo de 2018

GIMLET


Los noventa para el cine español, fueron unos años extraños, porque si bien se imponía cierto cine de corte autoral donde proliferaban los dramas urbanos o cierto cine para las elites intelectuales, por otro lado hubo un boom del cine fantástico y el gore en nuestro país, que emponzoñó bastante algo que ya se había practicado décadas atrás, pero que llegó para marcharse prontamente como una vulgar moda, dejando un montón de zombies por el camino que aún dan sus últimos coletazos. Llegó Amenábar con “Tesis” y se paralizó el país en pro del cine escabroso y el thriller sangriento.
Aménabar, posiblemente, fuese consecuencia de aquella moda, pero no demasiado antes, pasó por nuestros cines la ópera prima del posteriormente director de la SGAE en  España José Luis Acosta, quien acometía su primer film adscribiéndolo al thriller escabroso, sin que este señor viviera de cerca la moda de la cual el “Tesis” de Amenábar era una consecuencia. Y como todo aquello estaba aún por explotar a nivel masa, fracasó estrepitosamente en las taquillas.
Sin embargo, se trata de una película bastante del montón, que sí que contiene un par de elementos interesantes como para que le dediquemos un visionado, aunque sea meramente histórico.
Cuenta la historia de una señora que regenta un bar, y que un día de buenas a primeras se encuentra en su establecimiento un corazón humano, fresco y ensangrentado, sustraído directamente del cuerpo del que fuera su amante. Por otro lado tenemos un individuo que filma todos los movimientos de esta señora para luego enviarle vídeos por correo en los que, sin que le veamos nunca el rostro, se le declara amorosamente en interminables parrafadas.
La policía comienza una investigación tratando se asociar ambos hechos llegando poco a poco a la resolución del crimen, llevándose el espectador sorpresas durante su desarrollo.
No se trata desde luego de una gran película, es más, el paso de los años la hace parecer por momentos ridícula, pero como a rasgos generales permanece entretenida, no nos cuesta mucho el ponernos frente a ella y dejarnos llevar los escasos 90 minutos que dura.
A su favor tiene una tenue ambientación, algunos actores en estado de gracia, y una buena forma de mostrarnos los escabroso y siniestro. También hay que decir que eran tiempos en los que “Seven” pegó fuerte en taquilla y hasta el cine español se atrevió a expoliar sus conceptos y contenidos.
“Gimlet” toma el nombre de un cocktail a base de ginebra y zumo de limón, que por otro lado era la bebida preferida del detective Phillip Marlow.
Cuando digo que los actores están en estado de gracia, hay que exceptuar  a la protagonista,  Ángela Molina, porque hay que decir ya de una vez por todas, que esta señora era muy guapa de joven, tenía un gran enchufe en el cine español y podía actuar llevando el peso de una película a sus espaldas, pero, seamos serios, era una actriz espantosa. Aquí, acaban de asesinarle al amante y ella es incapaz de mostrar un solo sentimiento ante la cámara. Como si le hubieran cortado el agua. En fin.
Por otro lado, tenemos haciendo del caballero que le envía a la  protagonista sus siniestras video-cartas de amor, nada menos que a Viggo Mortensen que debutaba en el cine español actuando en castellanos en los tiempos en los que era conocido por aparecer en  “Marea roja”, cuando todavía no era una súper estrella. Luego lo fue, pero, como una rara avis del cine internacional, continuó compaginando grandes producciones de Hollywood con el cine español más al uso, con producciones independientes de cualquier parte del mundo. Curioso tipo, el Mortensen.
José Luis Acosta pronto pasó a ocuparse de otros quehaceres de orden mayormente burocrático, mientras compaginaba esto con su labor como director, haciendo bastante televisión y rodando, como última cintas hasta el día de hoy, un pedazo de bodrio que no había por donde cogerlo titulado “No dejaré que no me quieras”.