jueves, 19 de julio de 2018

LOS MUERTOS NO SE TOCAN, NENE


Ya fuera rodando sus propias películas de ficción, a través de documentales como “Por la gracia de Luis”, o creando el ficticio “Centro de altos estudios berlanguianos”, José Luis García Sánchez evidenció a lo largo de casi toda su carrera, ya fuera de manera premeditada o inconscientemente, tener como principal y (casi único) referente el cine del director de “Plácido”, hecho que vendría además reforzado por la fructífera relación que durante más de treinta años mantuvo con el desaparecido Rafael Azcona, el considerado mejor guionista de la historia de nuestro cine, además de colaborador por antonomasia de Berlanga.
En 2011, tres años después del fallecimiento de Azcona, el director de “Franky Banderas” decide desempolvar “Los muertos no se tocan, nene”, uno de los muchos guiones del escritor riojano que no llegaron a ver la luz en su momento, ya fuera por imperativos de producción o - sobre todo - por razones administrativas y/o de censura. Aunque no llegara finalmente a realizarse “Los muertos no se tocan…” es un proyecto de lo más significativo dentro de la trayectoria profesional de Azcona y lo es, además, por partida triple: por suponer su primera novela de éxito, por representar el primer guión que escribió y, asimismo, porque la abortada génesis de su adaptación cinematográfica le permitió entrar en contacto con Luis García Berlanga y Marco Ferreri, los dos directores que mejor supieron trasladar a la gran pantalla su particular estilo literario, caracterizado por un agudo sentido de la observación de la realidad que derivaba, invariable e inevitablemente, en un despliegue de humor de raíz crítica que se fue haciendo, conforme iban avanzando las décadas, más ácrata, negro y misántropo si cabe.
Situada en el Logroño de finales de los años 50, la novela de Azcona y la película de Garcia Sánchez nos cuentan básicamente la historia de la muerte y el posterior velatorio del bisabuelo Fabián, alrededor del cual se congrega una troupe de personajes tan inequívocamente azconianos como pudieran ser el pusilánime padre de familia (Carlos Iglesias) que es subyugado constantemente por una esposa frustrada y marimandona (Silvia Marsó), además del adolescente con ínfulas artísticas que se encuentra en pleno descubrimiento del sexo, la ingenua chacha andaluza a la que todo el mundo mete mano (Mariola Fuentes) o el abuelo que fracasa en su afán de conservar los viejos valores morales que por los que se rige toda familia de bien.
Leída a día de hoy, lo que más sorprende de la novela publicada en 1956 es el hecho de que en ella ya se encuentren presentes, y perfectamente definidos además, los temas, tipos y obsesiones consustanciales al autor de “El verdugo”: de esta manera, aquí nos podemos encontrar tanto con las estrecheces económicas que sufren los matrimonios de mediana edad (“El pisito”), con la indefensión que padecen los miembros de la tercera edad (“El cochecito”), así como con un mal entendido concepto de la caridad cristiana (“Plácido”) o también con el funesto influjo que sobre los españolitos de a pie ejercían las autoridades franquistas, siempre con la connivencia de la iglesia católica.
Aparte de abordar la adaptación de un guión que fue escrito hace más de 60 años, lo que hace que esta película destaque realmente en el desangelado panorama del cine patrio de la última década es la decisión de García Sánchez de rodarla en blanco y negro, y con sonido doblado, para emular así en lo posible el look del cine cómico español de mediados de los años 50 del pasado siglo; sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones y de lo loable de su objetivo, García Sánchez y su equipo fracasan a todas luces y en prácticamente todos los frentes: dejando a un lado el que el blanco y negro elegido para la ocasión está más cerca de un corto hipster que de la estética austera característica de películas como “El pisito” o “Plácido”, “Los muertos no se tocan, nene” se revela un proyecto paradójico desde su misma concepción, y lo es sobre todo por suponer un intento de recrear el cine de aquella época basándose en un texto claramente adelantado a su época, un libreto que – recordemos - no sólo lo rechazó en su momento la censura sino que, asimismo, fue reescrito por el propio Azcona a finales del siglo XX con el fin de potenciar aquellos elementos que se vio forzado a suavizar cuatro décadas antes.
Así las cosas, y libre ya de la barrera de los censores, el “Los muertos no se tocan, nene” del 2011 rebaja de manera paradójica la crítica y la sátira social en favor del subrayado en situaciones escatológicas de diversa índole, que son expuestas además con un interés y un regocijo tales que, antes que estar poniendo en tela de juicio las ruindades y mezquindades de los personajes, más bien pareciera que los responsables de la película las estuvieran jaleando. Consecuentemente, el mayor problema que acusa el film es la brutal discordancia que se establece entre fondo y forma; esto es, el ser una película que se pretende deudora de los clásicos de nuestro cine y estar, al mismo tiempo, plagada de chistes sobre erecciones, meadas, cagadas y pajas. De hecho, si alguien se pregunta el motivo de que esta obra de Azcona fuera tumbada en su momento por la censura sólo tiene que tener en cuenta que aquí, y mientras el bisabuelo de la familia exhala su último suspiro, el primogénito adolescente se encuentra en el baño zurrándose la sardinilla (¿¡!?) Así, y más que ante cualquiera de aquellos clásicos imperecederos, durante el visionado de "Los muertos no se tocan, nene" se tiene la sensación de estar asistiendo a un remake de "Chechu y familia" ambientado en los 50, lo cual tampoco tiene por qué ser necesariamente malo.
A pesar de todo lo dicho, del tufillo a obra teatral filmada y de ser una película dispersa tanto argumental como estéticamente, "Los muertos no se tocan, nene" conserva sin embargo intactos todo el ritmo, el vitriolo y la cualidad revulsiva de la obra original, lo cual no es poco; asimismo el film interesa y hasta fascina debido a su condición de excentricidad, por ser - como mínimo - dos películas en una sola: la que podría haber sido y la que, por fortuna o por desgracia, acabó siendo. De todos modos, y a pesar de estar lejos de ser perfecta, creo que merecería la pena que le echéis un ojo: sin ánimo de pecar de nostálgico, el peor Azcona siempre será infinitamente mejor que el mejor de los guionistas contemporáneos.