
Sin embargo, la figura de Franco pesa más en mi particular
idiosincrasia que la de Luis García Berlanga y condiciona mi lectura. ¿Qué
quiere decir esto? Que se me cruza un cable leyendo. Es decir, como soy
consciente de que el libro está escrito por Jess, mi mente me hace una mala
pasada y me hace visualizar todo el relato protagonizado por Jess y no por
Berlanga. Al menos, la primer parte del libro, cuando entran ya en terrenos
cinematográficos, por asociación de las películas, ya sí, visualizo a Berlanga.
Esto es bastante coñazo, aunque, claro, no es un problema del libro.
Jess Franco escribe de una manera directa y amena, agradable
y con un ritmo fluido que, a rasgos generales, se disfruta. Es cuando el relato
de Berlanga es un poco mas pesado cuando a uno le cuesta continuar, pero pronto
se retoma el interés porque, o se van por la tangente, o cuentan una batallita
curiosa.
Así, Berlanga y Jess le pasan factura a los tiempos de
Berlanga en la división azul, se repasa someramente todas sus películas, se
reflexiona sobre la era digital, se confiesan pasiones eróticas que ya eran vox
populi y, en definitiva, se nos cuenta la vida de Berlanga y su relación con el
cine de manera caótica y relajada.
Eso sí, como le pasaba a Jess en sus propias memorias, a
Berlanga, le da pereza rememorar sus rodajes por lo que el lector se queda con
ganas de saber más detalles al respecto de las películas. En ese sentido se
queda cojo. Entonces, siendo el resultado un tanto irregular a rasgos
generales, cerramos la reseña diciendo un manido, pero honesto, podía haber estado
mejor.
Pero tampoco pasa nada por enfrentarse a él, son apenas 300
páginas.