
Recuerdo perfectamente la reacción que tuve nada más ver el póster
de esta película: Me descojoné. Porque, que en pleno 2006 veas
en una marquesina un póster de “Instinto Básico 2”, es para descojonarse. Y
luego, hasta que no he visto la película, como consecuencia al repaso que le di a la
primera, no había vuelto a saber de ella. De hecho, he conseguido una copia no sin
cierta dificultad.
Lo que no me explico es qué les llevó a Mario Kassar y Andrew Vajna, en un fallido intento de
resucitar la “Carolco” (rebautizada en esta ocasión, aunque con logotipo
similar, como “C2”), a hacerlo con una secuela de una película que fue pura consecuencia de su momento. En 2006 ni dios se acordaba de “Instinto
Básico”, y aunque Sharon Stone, con 48 años que tenía, está más
que apetecible (ahora con casi 60 lo está todavía más. Ha envejeciendo mejor que ninguna. Tiene retoques estéticos, si, pero aún así) ya
no es el mito erótico que pudo ser en los noventa, por una mera cuestión de
edad. Incluso, digamos que como reclamo publicitario tampoco era un aval. No obstante, arriesgaron lo justo, unos setenta
millones de dólares, cantidad decente aunque no excesiva. Que sirviera al menos para recuperar en
caso de que al público no le interesara. Y así fue. El tremebundo fracaso provocó que no se haya vuelto a ver ni un solo estreno más de esta
“Carolco 2”. En los USA, país que tiene tantos millones de espectadores con
gustos tan variados, no recaudó nada. Estuvo en cartel tan solo 15
días porque la mayoría de los pases se suspendían ante la ausencia de culos en las butacas, o a lo sumo se proyectaba para dos o tres espectadores. En Europa fue algo mejor, sin ir más lejos, en España
congregó a 450.000 dignos espectadores del 2006, pero no fueron suficientes. En
total recaudó 35 millones de dólares, con lo que las perdidas son más que
patentes.
Y esto habría pasado aunque la película hubiera estado
bien, incluso mejor que la de Verhoeven, porque, simplemente, en
2006 no tocaba otro “Instinto Básico”. Pero es que, encima, es más mala que pegarle a un padre con un calcetín sudado. Y mojigata…. Verhoeven tuvo problemas con la suya porque era "casi pornográfica".
Aquí el sexo brilla por su ausencia. Le vemos las tetas a la Stone (dos pegotes
de silicona) de refilón y a dios gracias.
No sabemos por qué, la escritora Catherine Tramell está en
Londres, escribiendo y follándose a futbolistas drogados. En una de estas,
tienen un aparatoso accidente de coche en el que solo muere el futbolista que
le acompaña, pero como en su vida ha sido tantas veces sospechosa de asesinato,
la policía no se fía un pelo de ella, así que empiezan a investigarla. El psicólogo llega a la conclusión de que esta mujer es un peligro para el
resto de los mortales, o como mínimo, para sí misma puesto que es “adicta al riesgo”, por lo que empieza un
tratamiento con el doctor. Este se la folla, comienza a morir gente y la
escritora manipulará todo a su antojo para salir indemne. Una chorrada.
Se trata de una película totalmente incompetente, aburrida a
más no poder, que en un alarde de originalidad repite todos los chascarrillos
de la primera – como por ejemplo lo de “Aquí no se puede fumar”- con el fin de
lanzar un guiño al espectador, aunque este no se da cuenta porque ni se acuerda ya la otra –Yo sí porque me he visto las dos seguidas- y además… ¡ni que
fuera una comedia para ir repitiendo chascarrillos!
La resolución de la incomprensible trama es una absoluta
tomadura de pelo.
Para colmo de males, si Catherine Tramell era un personaje
seductor, con cierta clase y envuelta en un halo de misterio, en esta, por obra
y gracia del espíritu santo, se convierte en una vulgar fulana que seduce a su
partenaire a base de decirle guarrerías: frases como “¿Sabes que me masturbo
pensando en ti cuando te corres?”, “¿Cómo hago cuando te imaginas que me
follas?” o “Como te gustaría correrte en mi boca” o "Yo tocarle el coño y chuparle la boca", salen del gaznate de Sharon
Stone, cuando en la película original no tenía que tirar de marranadas para
poner cachondo a Michael Douglas (y al
espectador) , lo que sumado a la edad de la actriz, se reduce a una vieja
diciendo guarradas.
En fin, una mamarrachada mayúscula que hay que ver, pero
solo en caso de curiosidad, porque para
entretenerse sería un craso error. Esto no hay un dios que lo aguante.
Dirige Michael Caton-Jones, mediocre director de estudio
que tiene en su currículum cosillas como “Memphis Bell”, “Doc Hollywood” para
lucimiento de Michael J. Fox, cuando ya mostraba síntomas de decadencia, o
“El Chacal”. Tras “Instinto Básico 2: adicción al riesgo” se metió a trabajar en
televisión.