viernes, 5 de abril de 2024

EL VIDEO CLUB DE KIM

Yong-Man Kim, director de la película independiente “One-Third” —título ilocalizable y que no es precisamente por lo que es conocido el individuo en cuestión—, es un inmigrante coreano que en los años 70 se traslada a Nueva York donde pone un negocio de lavandería. Con el boom del vídeo a primeros de los 80,  aprovecha la coyuntura para incorporar a su establecimiento una pequeña estantería con películas de VHS de alquiler. Lo de las cintas va prosperando hasta que, vista la gran demanda, se ve obligado a desmantelar la lavandería para montar un videoclub: el mítico Kim’s Video de Nueva York. El negocio va tan bien que se expande, y llega a abrir siete sucursales en toda la ciudad, aunque su primera tienda, la más emblemática, es la que se convirtió en un lugar de peregrinaje para todos los cinéfilos neoyorkinos (dicen que los hermanos Coen debían 600 dólares en concepto de retrasos) que poseía más de 55.000 títulos entre los que se encontraba una nutrida sección de cine underground, donde los usuarios podían encontrar títulos de entes tan importantes del movimiento como podían ser Nick Zedd o nuestro querido George Kuchar, además de un amplio catálogo de cine raro, todos los subgéneros y sin descuidar en absoluto los últimos estrenos comerciales. Un autentico paraíso. También el dueño del establecimiento se vanagloriaba de tener las películas más extrañas de cualquier país del mundo. Y así era, con la particularidad de que el archivo que ponía a disposición de los usuarios no era muy legal que digamos. Yong-Man Kim se dedicaba a piratear cintas que encargaba a las embajadas o enviaba a sus empleados a festivales internacionales con el fin de que se trajeran nandanga. Copiaba las cintas y las ponía en alquiler en su videoclub. Por ese motivo el FBI les estaba retirando siempre material que el individuo, al día siguiente, reponía sin ningún problema. Y es que, aunque esa es una actividad tirando a gangsteril, el lema de Kim consistía en que “la propiedad intelectual era importante, pero más aún el conocimiento cinematográfico”.
Como fuere, el establecimiento sobrevivió a las acusaciones de piratería y a las distintas crisis, hasta que entrada la era digital dejó de ser rentable y fue cerrando todas sus sedes hasta no quedar ni una. Viéndose en la tesitura de tener que donar los 55.000 títulos en VHS y DVD que tenía en propiedad.
Por otro lado, un viejo socio del videoclub de Kim ahora cineasta, David Redmon, comienza con la filmación de un documental (este que nos ocupa) sobre qué le pasó al Kim’s Video. El chaval tenía este lugar en alto estima, lo consideraba el responsable de su recalcitrante cinefilia y quería investigar qué había pasado con todas esas cintas. Lo que sucedió es que Kim, ante más de 40 entidades gubernamentales que habían solicitado adquirir las películas, había decidido donarlo al pueblo de Selami en Sicilia, Italia, solicitantes de la donación y dispuestos a seguir a rajatabla los únicos requisitos que se pedían para hacerse cargo de la colección: tener un espacio donde mantener e incrementar ese legado, poner las películas a disposición de los usuarios y, en definitiva, cuidar de tan maravilloso regalo. Las autoridades de Selami se encargaron de archivar todo aquello en un recinto destinado a tal efecto. Además, cualquier socio de Nueva York podía tener una habitación en la localidad para poder visitar el archivo cuando deseara. Redmon, obsesionado con ese videoclub y teniendo esas directrices presentes, viaja a Sicilia con la idea de continuar con su documental, y cuando llega allí, todo son pegas por parte de las autoridades de Selami a la hora de acercarse al archivo. Este se encuentra cerrado y el trato con las gentes del pueblo es bastante hostil. Muy cabezón el tipo, decide acercarse al local donde están todas esas películas por su cuenta, y logra colarse dentro ya que la puerta está abierta (porque está rota), y allí es testigo de que el pueblo de Selami no solo no ha cumplido con sus promesas de preservación y archivo (de hecho tienen la nave cerrada al público) si no que, además, todas esas películas están abandonadas y con gran parte de ellas echadas a perder por el mal clima, la humedad y el precario almacenamiento. Descubre además que la  decisión de poner a buen recaudo la colección de Kim, no es más que una estratagema por parte del gobierno siciliano, corrupto y vinculado con la Mafia, para blanquear dinero y hacer publicidad del pueblo y de sus dirigentes de cara al exterior. En realidad las películas le daban igual al pueblo de Selani y las tenían ahí dejadas de la mano de dios, pudriéndose. Todo esto le parece fatal tanto a David Redmon como a Yong- Man Kim, que viaja asimismo a Selami a mostrar su disconformidad. Y en consecuencia se urde un plan para traer el videoclub de vuelta a Nueva York.
Esta fascinante historia, contada a través de las grabaciones de Redmon y la codirectora  Ashley Sabin así como cintas caseras pertenecientes a Yong Man Kim, viene ilustrada con una serie de escenas de distintas películas que, sin orden ni concierto, son paralelas a la rocambolesca experiencia que les ha tocado vivir, cuando tan solo querían hacer un documental sobre el paradero de su videoclub favorito.
Un documental con visos de thriller, y como tal, te tiene pendiente de que ocurrirá en todo momento. Luego nos damos cuenta de que no es más que una trama de blanqueo tan habitual como cualquier corruptela española al estilo de los papeles de Panamá (en la que estaba inmiscuido el mismísimo Almodóvar). Que el gobierno robe está a la orden del día en países como España, Italia etcétera, pero estos individuos americanos se toman muy a pecho lo que se está haciendo con una colección de vídeos —tampoco muy valiosa, porque, al margen de las cintas underground y/o difíciles de encontrar, el resto son ediciones sencillas en DVD y VHS de títulos híper trillados— que supone, además de un viejo negocio para su dueño, lo que queda de una zona de Nueva York transformada por la gentrificación como es el centro de Manhattan, Deuce, Upper East Side y demás zonas donde convivía cultura y delincuencia sin mayores aspavientos, y estaban sitos algunos de los videoclubs del Señor Kim.
Muy bueno el documental, y emocionante; te mantiene pegado a la butaca la hora y media larga que se gasta. Definitivamente, una agradable sorpresa, aunque también es cierto que resultan algo irritantes ciertas ínfulas que se gasta el amigo Redmon en la narración en off.
Más cercano al culturetísmo gafapastil (el de verdad, no el de los hipsters) que al posmodernismo propio de la reivindicación de lo retro, el documental fue carne de festival, sembrando pasiones en Tribeca, Sundance, Fantastic Fest y, por supuesto, Sitges.