martes, 12 de abril de 2016

UNA INFANCIA CINÉFAGA

Hurgando recientemente en unas añejas carpetas, localicé una serie de dibujitos firmados por el menda lerenda en diferentes periodos de mi infancia y juventud que dicen mucho de lo que serían mis gustos cinematográficos llegada la estulta edad adulta. Dado que este es mi/nueso blog, que es de cine y que tiende a cierta nostalgia (¡cosas de hacerse mayor!), he decidido recopilarlos acá para su mayor gusto y/o disgusto, cada cual comentado en su respectivo orden y sentido.
Vamos allá.



Como ya sabéis de sobras, “Creepshow”, el clásico de George Romero, no solo es una de mis pelis absolutamente favoritas, es que además a mediados de los ochenta fue toda una obsesión, tanto como para convertirla en el motivo de una felicitación cumpleañosa destinada a mi señor padre. Naturalmente, que eligiera el tremendo desenlace de “El día del padre” no es casual, ya que se trataba de mi segmento favorito. Hoy me sigue encantando, aunque creo que “La caja” está mejor narrada.
Curiosamente el modelo a seguir no fue estrictamente la peli, sino la estupenda adaptación a las viñetas que de ella hizo Bernie Wrightson. Detalles como la cabeza con la boca repleta de hilos de baba, los huesudos dedos del zombie con largas uñas y, sobre todo, la “iluminación roja” que todo lo inunda, son prueba más que palpable.
(Año 1986)



Este es especialmente entrañable. Por peli, estilo de dibujo y estado del papel cuadriculado de base. Está claro que semejante obra de arte la hice al poco de asistir al estreno de semejante clásico del trash made in Juan Piquer Simón, que a ojos de un impresionable infante no tenía nada de chungo y costroso, el contrario, era una peli a la altura del "Superman" de Richard Donner. No en balde si se fijan verán que el “Supersonic Man” dibujado es en realidad la creación de Siegel & Shuster, no la versión pirata parida por el Valenciano.
Lo realmente valioso de este documento es el recorte de prensa del estreno, absolutamente impagable.

(Año 198?)




Fui a ver “Tron” cuando se pasó por cines en su época, y acudí convencido de que era el súper-estreno de la temporada, la súper-película que todos teníamos que ver para comentar a la hora del patio. No recuerdo si me gustó mucho, y probablemente no entendí un pijo (es curioso cómo, la última vez que la revisé hace unos años, la encontré de lo más básica en su perorata informática), pero sí quedé prendado y maravillado por su estética, por sus combates y carreras de motos y, como es evidente en estos dibujos realizados durante la clase de plástica del E.G.B., por todo su colorido, sus brillos fluorescentes y demás monsergas lumínicas.
(Año 1983)



En una ocasión escribí un laaaargo artículo sobre lo mucho que el clásico de Steven Spielberg, “E.T. El Extraterrestre”, me marcó. Lo hice para mi fanzine (posteriormente republicado en formato libro con el “Suburbio Omnibus”), así que los que tengan ambos ya saben todo lo que tienen que saber respecto a mi relación con una peli que, aún hoy, me hace llorar como una magdalena. Seguramente “E.T.” fue el primer film de mi vida que, una vez concluso, me dejó triste. Incluso deprimido (recuerdo perfectamente a mi madre preocupada porque me veía alicaído y no lo entendía, menos aún cuando acabábamos de volver del cine de verla y sobrevivido a las interminables y dolorosas colas que se formaban frente a la taquilla).
La consiguiente obsesión por tener mi propio marciano bondadoso de grandes y expresivos ojos se reflejó en la cantidad de muñecos que llegué a acumular, pero ninguno me hacía sentir mejor. Yo quería al “E.T.” de la película, pero a ese solo podían acceder personalidades importantes, no un chavalillo lerdo como era (y, seguramente, soy) yo. ¿Mi primera gran frustración?.
Parte de esa obsesión, ese deseo, se vio reflejado en algunos de los trabajos de plástica para el colegio, como este que les dejo acá. Donde, además de “E.T.” y su nave, destaca la aparición de “Elliot”, el amigo humano del extraterrestre, a quien también cogí mucha estima y de quien me habría encantado ser colega. Durante un tiempo me sentía raro “idolatrando” la figura de un chaval joven de mi misma edad y sexo, pero con el tiempo he aprendido que tras ello solo había un bonito e inocente deseo de escapar de la aburrida y gris realidad cogido de su mano y la de “E.T.”.
Nunca lo conseguí… y aquí sigo, y aquí estoy.

(Año 1983)