
La cosa no da para mucho. Un "nerd" ubicado en un pueblo
ficticio de Toledo construye en su habitación una máquina del tiempo con el afán de mandar a la mierda las ciencias exactas. Y, encima, funciona. Como
haría todo varón que se precie de serlo, la utiliza con fines lúbricos. Es
decir, que se va a la antigua Roma, a la prehistoria, al futuro etc, con una
sola motivación: follar como un condenado a muerte. Entonces, la película se
desenvuelve en pequeños bloquecitos en los que, desde su habitación, el
improvisado científico suelta sus chascarrillos, viaja en el tiempo a una
determinada época, folla no con una ni con dos, sino, con tanta hembra como
pulule por ahí, que se suelen contar por docenas, vuelve a su habitación pulsando
cualquier botón de su reloj calculadora Casio, chascarrillea sobre lo vivido y
vuelta a empezar.
Lo primero que me llama la atención de esta película es el
bajísimo presupuesto. Claramente estamos ante una de tetas y culos,
por lo que todo lo demás son adornos inútiles, pero es verdaderamente curioso
ver como se recrea la antigua Roma en una piscina al uso, con su cloro y su
fondo azul, previamente decorada con un par de columnas de porexpan para la
ocasión y un par de coronas de laurel en las cabezas de las féminas, porque por
lo demás están desnudas. Y así en cada lugar o época a la que viaja nuestro
protagonista.
Lo segundo que me llama la atención es el humor, sutilmente
ingenioso en contraposición a este tipo de películas. Casi todo son monólogos
en la habitación del "nerd" entre viaje en el tiempo y viaje en el tiempo, pero
consiguen que la película tenga interés, prácticamente, por el pico de oro de
nuestro protagonista: “anda que como funcione ¡a las ciencias exactas les
pueden ir dando!”, “Voy a hacer más diabluras que Casanova y La Masa juntos”,
“Si viajo en el tiempo, lo haré fuera de España, no sea que moje, preñe a una y descienda de mí mismo” o “H.G. Wells lo supuso, pero jamás lo cató”, salen de
la boquita de nuestro prota según el polvo que haya echado momentos antes.
Pero –modo pajero on- lo mejor de todo, con diferencia
además, son las jamonas que aparecen desnudas ¡están todas
buenísimas!, la lástima es no saber cual es cual, ya que según la ficha de Imdb de cada una de las actrices, con excepción de Alicia Príncipe, a la que
también se la puede ver en “Bragas Calientes” o “Mil Sexos tiene la noche” o
Elena Álvarez, presente en muchas de las pelis “S” de aquella época, la gran
mayoría solo han aparecido en esta, por lo que, añadiendo la
nula info que hay en la red acerca de la película, es prácticamente imposible
dar con el paradero de las chavalas. Pero debo decirles que cuando nuestro
prota viaja a la prehistoria, entre las muchas jamonas hay una de la que no he podido más que enamorarme, porque, ¡qué
mujer! Y es la que aparece en la
fotografía que acompaña la reseña. Puede que sea la tal Gingers Brown, o la tal Carol Day, o la tal Marlene… ¡A saber! Si
algún lector más pajillero que nosotros sabe quién es esa diosa, por favor, que
nos lo haga saber.
Digamos pues que el nivel de belleza en esta película la
sitúa peldaños por encima de sus coetáneas.
En cuanto a la carrera de su protagonista, Paco Maldonado,
que debutaba acá, se tradujo después en pura supervivencia,
haciendo papeles episódicos en series de televisión y películas,
siendo lo más destacado, a parte de la reseñada, su papel en “Corazón de
Bombón” de Álvaro Sáenz de Heredia, en el que aparecía lo justo, y de los
últimos en los créditos.
Por lo demás, poco más que decir. Por repetición acabas
cansándote de ver todo el rato lo mismo, pero que la primera media hora es altamente disfrutable por divertida, aunque la imaginación de la que
hace alarde en un principio se va desvaneciendo conforme avanza los minutos.
Una pena. Pero vaya, se puede ver.
Curioso es también el director de la película, José A.
Rodríguez, quién no ha vuelto a dirigir nada más en su vida tras esto. En
realidad, el equipo completo es bastante ignoto.
Fueron a verla 101.175 espectadores en las pocas salas dónde
se exhibió, recaudando unos 20 millones de pesetas. Con que costase uno solo,
ya el negocio salió redondo.