domingo, 23 de enero de 2011

EL ÚLTIMO TRUCO

Es curioso, pero últimamente disfruto más viendo documentales sobre cine, que viendo películas. Mi no se por qué. El caso es que ayer mismo mi buen amigo Vicente (un saludo!!) me habló de "El último truco", documental reciente (2008) sobre la carrera del legendario -y ya fallecido- Emilio Ruiz, campeón de las maquetas y los "mates" que participó en infinidad de pelis, desde cosas gordas como "Dune" (la de David Lynch) o "Conan, el destructor" a las simpáticas caspillas del entrañable Juan Piquer, como "Supersonic Man" o "La Grieta". Tanto llamó mi atención que decidí comprar una copia por Amazon y hacérmela traer ultra-urgente desde Estados Unidos para poder devorarla esa misma noche... ejem........
Pues bueno, es muy divertido e interesante ver cómo se las ingeniaba el Sr.Ruiz para llevar acabo sus trucos. Las maquetas siempre me han molado, y apreciar el modo en que el caballero las integraba dentro del plano resulta fascinante. No nos engañemos, amigos, en ocasiones sus trucajes cantaban más que una almeja, pero como dice el mismo Guillermo del Toro en el documental (respecto a "El laberinto del fauno"), que se note un poco está guay, porque le confiere vida y encanto ante los fríos efectos digitales, que son el gran malo de esta peli (aunque manda güevos que Del Toro hable "mal" del tema digital, viendo lo que ha hecho y hace). El orondo y feliz Mejicano es solo uno de los varios rostros respetables que aparecen en la peli, también tenemos los de Ray Harryhausen in person, Enzo G. Castellari, Juan Piquer Simón (con estos dos Ruiz se marca unos desayunos/charla muy divertidos) y otros no tan agradables de ver (y oír) como los de los hermanos Trueba. AGH!!.
Sin embargo, y con todo lo atractiva que es la temática del documental, este no termina de resultar ni demasiado entretenido, ni demasiado apasionante. Vamos, que incluso aburre un poco. La puesta en escena pseudo-arty, pseudo-moderna y pseudo-egocéntrica de su director, Sigfrid Monleón, resulta inadecuadísima para el tema tratado. No le pega nada. Lo único que consigue el amigo Sigfrid (que hace gala de todos los odiosos típicos tics del estudiante de cine) es desprender de encanto, de calor, de color, de vida y de humanidad a un asunto que, por norma general (y dada su condición artesanal), lo chorrea.
Hacer notar, como mera curiosidad, el pasaje dedicado a "Los ojos del gato".
Pues, no se, lo recomiendo para ver a Emilio Ruiz en su salsa... pero no por su acabado.