sábado, 27 de diciembre de 2025

NUNCA DIGAS NUNCA JAMÁS

Tranquilos, no me voy a poner con la barrila consiguiente de por qué "Nunca digas nunca jamás" se considera un "James Bond pirata". A estas alturas deberían saberlo de sobras y, si no, tiren de "Google" que, a buen seguro, otros lo habrán explicado ya (y, probablemente, mejor de como yo procedería). Baste decir que representó el regreso de Sean Connery al papel que le hizo inmortal, justo cuando era Roger Moore quien dominaba el cotarro (y la prensa especializada de la época se hizo eco de dicha confrontación). A mi, en general, me gustan las pelis de este último. Son aquellas con las que crecí. No obstante, es cierto que, en ocasiones, podían pecar de excesivamente tontas, a base de mucha chufla, locura, inverosimilitud a cholón y, en fin, que eran puro espectáculo pirotécnico diseñado para plateas de todas las edades. 007 había perdido su lado más oscurillo, más cabroncete, y eso se suponía que iba a recuperar "Nunca digas nunca jamás". Y sí, pero no tanto. Al final, aún siendo más sobria, "realista" (con un extra de comillas a las expuestas), comedida y "seudo-adulta", la vuelta de Connery sigue haciendo gala un humor puntual tirando a "too much" aunque, paradójicamente, funcione. Es especialmente llamativo en lo tocante a la "vejez" del agente secreto, que se ve obligado a acudir a un centro de salud para ponerse en forma. Allí comenzarán las primera pesquisas en lo que será su cometido el resto de la película ("Spectra" ha robado un par de cabezas nucleares con ayuda de un ricacho medio tarao y toca detenerlos). Si han visto "Nunca digas nunca jamás" coincidirán conmigo que el mejor gag cae en esos primeros treinta minutos, cuando el agente detiene a un mortal enemigo lazándole sus propios orines a la cara (interpretado por Pat Roach, hecho trizas vía hélice en la primera aventura de "Indiana Jones"). Aquello inducía al descojono general en las salas de cine, y lo sé porque estuve allí. Fui a ver "Nunca digas nunca jamás", acompañado de sendos familiares, cuando aterrizó en las Españas. Y, eso, recuerdo reacciones de notorio jolgorio con todos los toques humorísticos. También cuando el agente secreto y su némesis se enfrentan mediante un juego computeril donde deben bombardear países a cambio de dinero. El primero, definido como modesto, resulta ser España, valorado con la paupérrima cantidad de 9.000 dólares. Como digo, la platea entera se vino abajo (el cameo de nuesa piel de toro, entonces normalmente ignorada en esta clase de productos, tal vez esté justificado porque sirvió de plató para algunas porciones del film). Luego el cachondeito involuntario se va moderando.... o así era en 1983, porque, consumida hoy, resulta de lo más hilarante ver a un cincuentón "James Bond" provocar el supuramiento vaginal general allá andevaya. De verdad, es acojonante la facilidad de este (super)hombre a la hora de agenciarse mostrencas, aunque tengan chorromil años menos que él, caso de la coprotagonista, una espléndida Kim Basinger en su primer papel tocho. Todo ello hoy se consideraría bastante políticamente incorrecto, consecuente cantinela no por recurrente menos cierta. Complementan a la dupla una Barbara Carrera como el contrapunto cabrón femenino, la villana odiahombres especialmente sádica tan propia de las aventuras de 007 -pero que él se folla previamente a su confrontación, faltaría más- (como Grace Jones en "Panorama para matar" o Famke Janssen en "Goldeneye"), Klaus Maria Brandauer en el rol de odioso más carismático villano comandado por un Max Von Sydow -y su precioso gato blanco- encabezando "Spectra", Bernie Casey en plan compañero -negro- de "Bond", y Edward Fox como su encabritado superior, "M". Sorprende la presencia de un joven Rowan Atkinson incorporando el contrapunto payasístico extra.
Por supuesto, en esos entonces no teníamos ni pajolera idea de que aquel 007 era de "Hacendado" (con todos mis respetos hacia Connery). Cierto que me pareció raro no localizar la clásica intro a través del cañón de un pistola o la inconfundible música, pero, simplemente, nos limitamos a disfrutar del show. Sin complejos. ¿Y se puede, es disfrutable?. Sí, bastante. Tampoco hace vibrar ni entretiene de modo infalible, pero se deja consumir agradablemente y, bueno, digamos que queda a medio camino entre el "James Bond" más delirante y el más sobrio, sin llegar a los excesos melodramáticos corta-rollos de un Daniel Craig, donde, básicamente, se cargarán la esencia -al menos cinematográfica- del personaje, hasta el punto incluso de quitar la escena de los gadgets, bien presente en "Nunca digas nunca jamás", dentro de sus coordenadas algo más reposadas respecto a las del universo Moore, pero igualmente divertida y entrañable. No sé ustedes, pero yo echo de menos a ese agente doble cero.
Dirige el rey de los artesanos, Irvin Kershner.

martes, 23 de diciembre de 2025

LA CASA DE LA FRATERNIDAD

Cargada de buenas intenciones —recuperar el toque gamberro de las “frat movies” ochenteras que se había perdido en el género a raíz de su renovación con “American Pie” en el nuevo milenio —, “La casa de la fraternidad”, también conocida como “Curvas peligrosas” (emitida así en algunos canales autonómicos) probablemente sea una buena muestra de lo incapaz que eran ya este tipo de películas apenas dos años después del resurgir del género.
Toda una serie de clichés sobradamente conocidos por el aficionado de nada sirven en esta comedia almidonada, inepta y trasnochada, una de esas películas que trata de hacer una reivindicación feminista desde un punto de vista totalmente masculino y encima no sale ni medio chistoso; hay una fraternidad femenina llamada F.E.A (en su versión doblada) a la cual se adscriben las chicas menos agraciadas de la facultad. Apaga y vámonos.
La caja de caudales de la fraternidad masculina (llamada Pi- T.O.) ha sido desvalijada y la culpa recae sobre los tres encargados de custodiarla, por lo que son expulsados de la fraternidad hasta que se recupere ese dinero. Con tal firme intención, nuestros lúcidos protagonistas deciden vestirse de mujeres e inscribirse en la fraternidad femenina (y feminista) desde la cual investigarán el caso mientras que, en propias carnes, sufrirán el acoso de los hombres, tratándose sus versiones femeninas de chicas bastante bastorras y poco agraciadas. Esto les hará cambiar el punto de vista con respecto a las mujeres.
Al margen de estos temas peliagudos, “La casa de la fraternidad” es un absoluto insulto a la inteligencia y una de las peores películas de fraternidades de toda la historia del subgénero.
Chistes con consoladores, ventosidades, taras físicas, pechos siliconados y mujeres florero, más que salvarla de la quema la condenan, siendo esos elementos, en esta ocasión, en vez de un aliciente, un lastre dentro del ya de por sí lastrado argumento.
Lo verdaderamente vergonzante (de lo mucho que hay en la cinta), es que no te puedes creer a los protagonistas como mujeres, porque la producción lejos de currarse una apariencia convincente, se limita a poner a los tres protagonistas algo de maquillaje, unos tacones y espantosas pelucas compradas en el más infecto badulaque pakistaní que hubiera cerca del set. Y este aspecto, lejos de divertirnos mínimamente, sonroja al espectador durante el 70% de la película. Para más inri, uno de los protagonistas, Michael Rosembaun, usó pelucas femeninas y masculinas en toda su intervención. El tipo estaba en esos momentos trabajando en una serie de televisión en la que hacía de calvo, por lo que iba completamente rapado al cero. Así, le colocaron una peluca de caballero, la cual era sustituida por la de mujer cuando tocaba. Una chabacanería impropia de una producción hollywoodiense. Espantosa.
Un film de la era Tom Green concebido para que un aspirante a estrella cómica como era Harland Williams se luzca haciendo el mongólico disfrazado de mujer. Williams, al igual que Green y toda su nefasta generación, fue tan solo flor de una primavera.
La gracia más reseñable de la película básicamente radica en que los padres de los universitarios en curso, antiguos miembros de la fraternidad, están interpretados por viejos conocidos del género, así, de manera homenajística, contamos con los cameos de  Stephen Furst, James Daughton y Mark Metcalf,  presentes muchos años atrás en “Desmadre a la americana” en un guiño —estando a años luz— a la misma, algo que ya vimos con más fortuna en la superior “Van Wilder: Animal Party”.
Otra de las características por las que puede destacar este film, es por pertenecer al famoso listado que elaboró el crítico Rogert Ebert, el “Most Hated”, con las películas que más odiaba de cuantas había visto. “La casa de la fraternidad" encabezaba uno de los puestos de honor. Asimismo, encontraremos en esa lista títulos tan evidentes como “¡Este cuerpo no es el mío!” qué también trataba sobre la transmutación de un cuerpo masculino a uno femenino, y que era una más de tantas películas protagonizadas por Rob Schneider presentes en esa lista.
En cuanto al director de la cinta, Wally Wolodarsky, con cierto prestigio en Hollywood por ser uno de los guionistas de “El show de Tracy Ullman” o “Los Simpsons”, dirige la película con el piloto automático y sin ningún cuidado ni ningún amor por el trabajo alimenticio que se le ha encargado, de la misma forma que dirigió los otros dos films intrascendentes que completan su filmografía.
La película recaudó por los pelos los 12 millones de dólares que se invirtieron para su producción. Aquí en España llegó directa en DVD. Y sin más.

sábado, 20 de diciembre de 2025

RUNAWAY, BRIGADA ESPECIAL

No deja de tener cierta gracia que Steven Spielberg "deba" su mayor éxito noventero a Michael Crichton, autor de la novela que inspiró "Parque Jurásico", mientras que este, en su faceta como cineasta (suyas son "Almas de metal", "Coma", "El primer gran asalto al tren", "Ojos asesinos" o "Contra toda ley"), pariera en 1984 un thriller de ciencia-ficción muy influenciado por las maneras del "cine espectáculo" propios del papá de "E.T.", cuando solían encasquetarle aquello de "Rey Midas de Hollywood". Estoy hablando, obvio es, de "Runaway, brigada especial", otro de los vehículos de lucimiento para Tom Selleck confeccionados durante la dorada década (y ahí tenemos de nuevo la conexión Spielberg, con el bigotudo apunto de dar vida a cierto famoso arqueólogo aventurero de látigo fácil).
Hasta cierto punto, "Runaway, brigada especial" vendría a ser un poco el "Blade Runner" para "tontos", por así decirlo. Tampoco es tan descabellado, siendo Crichton escritor de -más o menos- ciencia ficción, indudablemente conocía la novela de Philip K. Dick que inspiró aquella y se dejaría salpicar. Las dos hablan de un policía especializado en detener robots descontrolados y asesinos. Y que en el título ambos films aludan a la acción de "run" tiene doble guasa. En fin, pues eso, que estamos en un futuro no muy lejano donde un tipo la mar de malo (muy fácil de identificar porque, vamos, ¡es que TIENE cara de malo!) trafica con chips y demás zarandajas y, cuando es de menester, fabrica máquinas homicidas o altera aquellas destinadas a facer tareas del hogar para que adquieran capacidades letales. El bigotudo Selleck se encargará de pararle los pies, proteger a su retoño, enamorar a su nueva compañera en apenas dos o tres días y superar el paralizante vértigo que le atormenta. Menudo crack.
Si nos ponemos farrucos, mirada la película con todos estos años de por medio, lógicamente muchos de los adelantos tecnológicos que muestra han quedado mazo desfasados, empezando por esos robots tan armatoste y poco prácticos. Sin embargo, cabe decir que en otros aspectos Michael Crichton tuvo muy buen ojo, especialmente respecto a la cámara flotante mediante hélice que induce a pensar en los actuales drones. También molan los explosivos rodantes en miniatura cuya función es situarse bajo un automóvil y reventarlo (no muchos años después veríamos algo parecido en "La lista negra", la quinta aventura de "Harry Callahan"), esa bala inteligente que persigue a sus víctimas a base de steadycam acelerada / trucada y, por supuestísimo, las arañas mecánicas especializadas en lanzar ácido mediante temibles agujas. Ideas estas que en esos años hacían vibrar al espectador más joven e inocente (trad: muá).
El resultado, pues, es una peliculita bastante del montón, con salidas de esas de manual (el forzado final feliz, el villano secuestrando al ser querido del prota, bla, bla...), pero bien realizada y lo suficientemente llevadera/amena como para rellenar una noche de fin de semana.
Por supuesto el reparto es un regalo para los sentidos. Cynthia Rhodes, compañera de Selleck, iba para actriz revelación pero, extrañamente, no logró despegar. De hecho, puso punto y final a su carrera tras protagonizar el zetismo de Joe Tornatore "Crystal eye: el ojo de cristal". Kirstie Alley marcándose un rol de chica sessssi, tanto como para medio mostrar palmito. Todo un G.W. Bailey, alias el "Teniente Harris" de la franquicia "Loca academia de policía", como encabritado comisario jefe. Stan Shaw, el inevitable "compañero negro". Chris Mulkey en plan informático chantajeado. Anne-Marie Martin, la futura compañera de "Sledge Hammer", ejerciendo de puta. Una actriz que nunca gozó de demasiada suerte, pasando de roles segundones pero algo notables (como en "Prom Night") a casi cameos, algunos sin acreditar. No extraña nada que dejara la interpretación tras su intervención en la afamada serie lo que, curiosamente, sería aquello que le daría más nombre. Perra vida. Y lo mejor para el final, Gene Simmons de "Kiss" como villano, cosa en la que se especializó durante aquellos tiempos (imposible otra clase de papel con semejante faz). Su muerte en "Runaway, brigada especial" es muy espectacular y reserva un sustazo final a la manera de una peli de terror.
La música lógicamente tira de sintetizador a lo bestia y se encarga de componerla el todoterreno Jerry Goldsmith.

jueves, 18 de diciembre de 2025

MALDITAS VACACIONES, BENDITAS PELÍCULAS

"Malditas Vacaciones" es un simpático y entretenido vehículo de lucimiento para John Candy dirigido en 1985 por un Carl Reiner (descanse en paz Rob) en modo artesano, sin aportar ápice de su personalidad y partiendo de un guion escrito por manos ajenas. Hasta cierto punto, podría sospecharse que era un intento de "Paramount" por cascarse su propia "Las vacaciones de una chiflada familia americana", que no porque sí había sido un pepino dos años antes (y en la que Candy tenía papelito). A fin de cuentas, de eso va un poco el asunto, familia yanki con padre bienintencionado pero algo patoso se pira de vacas y se mete en mil movidas graciosas. Esa clase de universo en el que los gordos están casados con bellezones, más jóvenes y, sobre todo, más delgadas. De hecho, la esposa -muy- ficticia de John Candy se parece bastante a la de Chevy Chase en aquella.
En cualquier caso, como les decía la película está un rato maja, perfectamente consumible, un mata-ratos de pura cepa, pero tampoco es que inspire mucho sobre lo que escribir.... salvo un detallito. En un momento dado, la familia acude al cine. Claro, estamos en 1985... así que imagínense qué posters adornan el vestíbulo. Por supuesto, todo productos "Paramount". Ahí van unas capturas del instante:

¿Las detectan? "Footloose", "Top Secret!", "Más allá del valor", "El dragón del lago de fuego" y, así un poco de canto, "Aterriza como puedas 2" (que no la 1, como algunas fuentes afirman) y el pre-cartel anunciando el pronto estreno de "Viernes 13 - 5ª parte". ¡Maravilloso!

sábado, 13 de diciembre de 2025

SESIÓN DOBLE: UNA FRÍA NOCHE DE MUERTE + ESTUDIO DE TERROR

Con "Una fría noche de muerte" estamos ante un curiosísimo thriller televisivo del año 1973 producido por el todopoderoso Aaron Spelling y con ciertos tintes teatrales al situarse todo el en un mismo escenario ocupado por apenas dos actores. Dos no acostumbrados a eso de que se les confíe plenamente el desarrollo de una historia durante una agradecidamente justita duración de 74 minutejos -y de ahí que, ocasionalmente, se entusiasmen un poco demasiado-, Robert Culp, el poli colega de "El gran héroe americano", y Eli Wallach, el feo de "El bueno, el IDEM y el malo". Les envían a una base en el ártico porque el científico allí dispuesto hizo unos comentarios de lo más extraños justo antes de dejar de dar señales de vida. Al llegar, se lo encuentran congelado, no así los numerosos monos metidos en sus jaulas que son la base de unos experimentos destinados a descubrir como afecta a la salud vivir en un ambiente tan hostil y aislado. El caso es que se instalan y, claro, comienzan a pasar cosas misteriosas. Se abren ventanas. Se cierran puertas. Se apaga la calefacción, etc, etc. Pronto, la paranoia florece y, con ella, cierta tendencia a la sobreactuación, especialmente por parte de Eli Wallach, lo que, acompañado de unos diálogos en ocasiones algo delirantes, aproximan peligrosamente el conjunto a la comedia involuntaria. Pero no, consiguen mantener unos mínimos de sobriedad hasta el más o menos sorpresivo desenlace. Total, ¿¿qué son 74 minutos??. Apenas te enteras de que han pasado y el regusto final es de moderada satisfacción.
Dirige Jerrold Freedman, con una trayectoria muy centrada en la televisión, aunque si rascas un poco localizarás "A 20 millas de la justicia", película de lucimiento para Charles Bronson. Menos es nada.
"Estudio de terror", de 1965, fue la primera obra creativa en juguetear con la atractiva premisa de enfrentar a "Sherlock Holmes" y "Jack, el destripador". Ficción versus realidad. Al fin y al cabo compartían época, andaban situados en extremos opuestos de la ley y, bueno, aunque el primero fuese fruto de la imaginación de Arthur Conan Doyle, el segundo casi parecía un personaje de ficción por todo el envoltorio mediático y legendario que arrastró y arrastra.
La cuestión es que anda por ahí aniquilando mujeres de la vida y el de la pipa decide intervenir. Por supuesto que no todo se reduce al bien contra el mal, hay una trama medianamente enrevesada (o al menos así se lo pareció a mi limitada capacidad de atención) que, también por primera vez, coquetea con la fascinante idea de que "Jack" no era únicamente un tarado solitario y ocultaba toda una conspiración que salpicaba a la nobleza. Considerando que, salvo honrosas excepciones, no soy muy de cine de aquellos años, "Estudio de terror" termina funcionando. Vamos, entretiene. La visión que da de "Sherlock Holmes" se ajusta como un guante a aquella más canónica y popular. Y, considerando su naturaleza y el año de gestación, los crímenes resultan comedidamente gráficos (cierto que en 1963 el gore ya había echado a volar como género de la mano de Herschell Gordon Lewis, pero por entonces se consideraba materia indigna, carne de auto-cine impropia de cualquier producto mínimamente decente). El enfoque terrorífico se debe a la presencia como productor de Herman Cohen, todo un especialista en el tema como bien prueba su currículum ("I was a teenage werewolf", "I was a teenage Frankenstein", "Konga", "Trog"...) quien pretendía titular al film "Fog" (niebla), pero el estudio distribuidor ganó la partida. Para asegurarse el tiro, se contó con el hijo de Arthur Conan Doyle supervisando el tinglado y aportando su conocimiento en cuanto a las acciones del famoso detective se refiere.
A James Hill, director, se deben títulos reconocibles como "El capitán Nemo y la ciudad sumergida" o "Nacida libre", aunque la caja lerda fue su campo de acción habitual.
El jugosito reparto lo componen John Neville como "Holmes" (volveríamos a verle como "Munchausen" para el descalabro de Terry Gilliam), Donald Houston en la piel de "Watson", secundados por Anthony Quayle, Frank Finlay, Robert Morley y una joven Judi Dench, futura "M" del universo "007". Algunos se dejarían ver catorce años después en "Asesinato por decreto" (como Anthony Quayle o Frank Finlay encarnando al mismo personaje, el "Inspector Lestrade"), la más que solvente película de Bob Clark donde, nuevamente, "Sherlock" y "Jack" se enfrentaban. Semejante gesto certifica lo muy conscientes que eran de su deuda con el film ahora reseñado. No obstante, ello no descendió un grado el mosqueo de Herman Cohen, quien directamente les acusó de plagio.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

MINUTOS MUSICALES 42: DOCTOR SENTIRSEBIEN

Poder acceder por fin, y tras años deseándolo, a "Oil City Confidential", me permite dos cosas. Una, escribir sobre ella. Dos, publicar el resultado en formato "Minutos Musicales" y, así, hablar y colar un tema de la banda que protagoniza lo que es un documental dedicado -aparentemente- a sus quehaceres, hablo de los legendarios y británicos "Dr.Feelgood". Aunque este segundo punto se ha truncado un poco, porque resulta que "Oil City Confidential", dirigida por todo un especialista como Julien Temple (responsable del famoso "The Great Rock and Roll Swindle" dedicado a los "Sex Pistols" -y el posterior, tampoco desdeñable, "The filth and the fury", igualmente sobre la icónica formación ¿punk?-), no cuenta el nacimiento, auge y caída de una banda de rock and roll (o "pub rock" que dirían los enterados). Habla del nacimiento, auge y caída de una amistad, una colaboración, la que se produce entre Lee Brilleaux y Wilko Johnson, cantante y guitarra respectivamente de "Dr.Feelgood". Ambos geniales en lo suyo, ambos carismáticos... aunque sorprende descubrir que el verdadero cerebro era Johnson, compositor de todos los temas y el genuino tipo creativo, inquieto y/o "artista" del pack. Y, por eso, por disponer de una personalidad única, un carácter especial, retorcido, complejo y, a su vez, brillante, pues llevó a lo que llevó, la inadaptación con sus compañeros, Lee Brilleaux en particular, y fin de la historia. Uno, además, cargado de odio mutuo y rencor. A partir de la huida de Wilko Johnson y el fichaje de otro guitarra más convencional, "Dr.Feelgood" ya no sonó igual. No mal, digo igual. Marcando así el cese de la pasión pura para dejar paso a la mera profesionalidad. Y, por eso, Julien Temple da un salto de ese momento al siguiente más importante, la muerte de Brilleaux por cáncer en 1994. Ignorando -voluntariamente- lo del medio (situado en plenos ochenta) y la carrera en solitario de Johnson. Este, inevitablemente, termina siendo el prota de la función, uno que se torna medianamente fascinante, en su casi locura genial y el enorme poso de tristeza que acaba transmitiendo (a lo que contribuye saber que murió en 2022). Con todo ello, lógicamente, iba a ser muy difícil que "Oil City Confidential" no resultara entretenidísimo, cargado de ritmo, buenas anécdotas, unas pocas gilipolladas de esas que provocan combinar éxito con abuso de sustancias varias y, sobre todo, buena música. Para completistas, se toca de refilón el nacimiento del punk, y hasta participan algunos lumbreras de la escena neoyorquina del "CBGB".
Suertudamente, mi copia venía beneficiada por un ¿defecto? En los momentos que sonaban las canciones, el volumen se doblaba. Así, y sin quererlo, gocé más intensamente del visionado cuando joyazas como -la increíble- "Going back home", "Back in the night", "Sneakin´ Suspicion" o "Walking on the edge", eran vomitadas con furia 
por mi televisor, haciendo temblar de las paredes del comedor.
Ocasionalmente me quejo de que elegir un solo tema representativo de la banda de turno es una putada. Sin embargo, y aunque me chiflan otras de las coplas de "Dr.Feelgood" (incluso algunas de la etapa post-Wilko Johnson, como "Milk and Alcohol" o "Honk Kong Money"), tengo clarísimo cual es la number one, lo ha sido desde la primera vez que la escuché en un cd recopilatorio adquirido siguiendo una recomendación de "Toy Dolls", nada menos, -cuyo logo/mascota debe mucho al de "Dr.Feelgood", diseñado por Wilko Johnson-, lo es y lo será: "She does it right", of course, su primera composición totalmente propia y original.

sábado, 6 de diciembre de 2025

YELLOW HAIR Y PECOS KID

A mediados de los ochenta, el realizador Matt Cimber (Cimbrel para los amigos, con un currículum colorido repleto de "explotación" de variada naturaleza, como "Africanus Sexualis (Black Is Beautiful)", "La marca de la mariposa" -el otro delirante vehículo de ¿lucimiento? para Pia Zadora-, "El Vengador" -co-dirigida con Joe Tornatore- o "The Witch Who Came from the Sea" ejerciendo de su aportación al terror) y Laurene Landon (ex pareja / musa de Larry Cohen), se vinieron con sus cámaras a las Españas para rodar un par de producciones, por aquello de abaratar costes. La primera fue una -según recuerdo- aburrida revisión femenina de "Conan, el bárbaro" titulada "Hundra". La siguiente, esta "Yellow Hair y Pecos Kid", que con la excusa de mandar un guiño afectuoso a los viejos seriales del oeste (la nostalgia de 1984), en realidad se sube al carro del "Indianajonismo", tan en boga durante el periodo (aunque, bien mirado, también este tomaba a los viejos seriales como referente). En USA fue rebautizada "Yellow Hair y la fortaleza de oro", con una Landon sujetando un látigo que no usa en toda la película y, también, luciendo un par de ubres bastante gruesas que nada tienen que ver con su, más bien escasa, genuina "pechonalidad". Este asunto fue igualmente explotado en Alemania, donde la muchacha sale representada en la ilustración mucho más desnuda y carnosa de lo que es, acompañada de otro título sin desperdicio, "El templo del oro sangriento". Aunque pa cero sutilidades mercantiles, los franchutes y su "En busca del sol de oro", toma ya. Raro rarísimo que, por una vez, España tirara de honestidad mostrándola como lo que mayormente es, un western. Tal vez el ser país productor despertó sus conciencias.
¿Qué significa pues la adscripción al formato de indios y vaqueros? que pasaron unas cuantas semanas sacándole todo el suco posible a Almería -y demás-, sus decorados y sus escenarios, cosa que por entonces era bastante habitual (tal y como se vio en "Esos locos cuatreros" o una peli con la que, espiritualmente y por lo del látigo inexistente para el cartel, la reseñada guarda puntos en común, "Tex y el señor de los abismos"). Así, la galería de rostros patrios habituales en esta clase de movidas son los tan recurrentes entonces como entrañables, dándole un especial protagonismo a Luis Lorenzo cual terrateniente (y sí, con inevitable remalazo homosexualista... vamos, la especialidad de la casa. Ríanse ustedes del encasillamiento), a Aldo Sambrell como su matón de confianza, a Frank Braña mostrando pelo en pecho y, rematando la jugada, Eduardo Fajardo y Ramiro Oliveros. A la Landon (la "Yellow Hair" del título) la acompaña la blanquísima dentadura de Ken Roberson como "Pecos Kid", un tipo que fue engatusado por Matt Cimber para invertir en el film dos millones de su "buchaca", imagino que prometiéndole fama y gloria (todo pinta a que era un niño rico con ganas de ser actor y, en fin, ingenuamente vio ahí una oportunidad). Luego hizo otra y nunca más se supo. Todo un misterio. La dupla protagónica unirá fuerzas para localizar un templo perdido repleto del preciado metal dorado y protegido por una panda de indios, a la par que son perseguidos por los mexicanos malos de rigor, uno de ellos responsable de la muerte de la "anciana" india que crió a la pelos amarillos.
En favor de "Yellow Hair y Pecos Kid" podemos hablar de un aprovechamiento más que notable de los medios disponibles y una capacidad decente de Matt Cimber por dar forma a las imágenes y, especialmente, las escenas de acción, donde nuestros aguerridos especialistas se lucen y dejan la piel. Vamos, que la peli no se ve excesivamente pobretona. Lástima que la historia es bastante simple y, bueno, que a mi el western no me tira... por eso he vibrado subzero durante el visionado, pero, al menos, la terminé sin ensuciar los calzoncillos, lo que ya es algo. Sorprende cierta violencia tirando a gráfica -especialmente porque, se supone, estamos ante una película destinada a plateas juveniles, sino infantiles- y no sorprende el mal trato real contra sendas bestias, sobre todo serpientes. Ya saben, era la época (y el país).
Se encarga del libreto el fascinante hombre de cine -más bien rancio- José Truchado. En los efectos especiales, otro clásico, Carlo de Marchis.
Supongo que a "Yellow Hair..." le pasó lo mismo que a todos esos intentos de recuperar el western durante los años ochenta. No coló. Se veía algo anticuado y al espectador "teen", que era el que mandaba en taquilla (es decir, los que mandábamos), no le interesaba. Así, el Cimbrel y la Landon hicieron las maletas y regresaron a los USA donde siguieron intentándolo, pero por separado.

martes, 2 de diciembre de 2025

REBELIÓN EN LAS ONDAS

Tras el desbarajuste sufrido en 1980 con la película “Times Square” (secuestrada por los productores e inacabada por el director), Allan Moyle se retira de la dirección de manera en principio permanente. No es hasta diez años después que, tras la escritura de un guion destinado a ser vendido a alguna productora indie para ser dirigido por vete tú a saber quién, Moyle se pone de nuevo tras las cámaras.
No fue fácil, el hombre se negaba en rotundo a volver a revivir el pifostio de su película ochentera, pero no pudo rechazar una oferta ofrecida por "SC Entertainment", compañía independiente del Canadá, que prácticamente convence al realizador para que dirija su guion. Y accede, y rueda una película al servicio de un emergente Christian Slater —la primera opción de cast fue John Cusack, quien tuvo buen ojo y rechazó el papel— que termina siendo un rotundo fracaso financiero, esta “Rebelión en las ondas”.
Sin embargo, se trata de una película a todas luces estimable que cosecha un buen puñado de críticas positivas, premios en festivales de cine independiente, incluso es alabada por Ebert y Siskel que la ponen como ejemplo de película fracasada que merece una segunda oportunidad.
Pero después de eso, nada, ni siquiera genera culto. Se distribuye malamente en vídeo y se queda dando vueltas en un limbo del que difícilmente saldrá. “Rebelión en las ondas” es una de esas películas olvidadas que merecen una revisión y, tal vez, una reivindicación… o tal vez no, porque, datada en 1990, quizás en pleno 2025 resulta tremendamente ingenua y anticuada, y es que la tecnología ha avanzado tanto en los últimos treinta años, que las formas de comunicación sobre las que versa la cinta a día de  hoy no solo se han quedado obsoletas, sino que, además, son incomprensibles para cualquier espectador menor de 20 años, rango de edad al que la película va destinada.
Resumiendo; “Rebelión en las ondas” se ha quedado tremendamente vieja, casi naíf.
No recuerdo un estreno en salas de la película, ni recuerdo ver copias en ninguno de los videoclubs que yo frecuentaba en el año 1991, pero la pusieron en "Canal +" y, casi de casualidad, la vi uno de los muchos días que la emitieron. Trataba sobre algo que en la época me apasionaba como eran las emisiones de radio pirata, y recuerdo que me entusiasmó. 
Un joven bastante retraído, recién mudado a un árido pueblo de Arizona, monta una emisora pirata en el sótano de sus padres y, por las noches, emite un programa del todo rompedor y revolucionario. Reflexiona en voz alta, y transgrede soltando sonidos de pedos o simulando masturbaciones, además de pinchar temas controvertidos de punk y rap, por lo que se granjea un buen número de seguidores en la zona. Su feliz hobby se complicará en el momento que un oyente le llama en directo anunciando que se va a suicidar. O cuando le da por denunciar toda suerte de corruptelas entre el profesorado del instituto. Generará, como bien dice el título español (el americano es “Pump Up The Volume”, “Sube el volumen”), una auténtica revolución en las ondas.
Hacía muchos años que no veía esta película y el recuerdo era dulce. Anoche la volví a ver y, bueno, sin que me desagrade del todo y, pareciéndome a rasgos generales una buena cinta, sí me pareció tonta, como para niñas… y es que, claro, no es lo mismo ver “Rebelión en las ondas” en los 90 cuando se tienen 14 años, que en 2025 cuando se tienen ya 50, poca capacidad de concentración y la sensación de que, a uno, cada vez más, le gustan menos las películas.
Al margen de eso, no deja de parecerme curioso que es una película sobre un influencer que la lía parda… uno de los 90. Solo que en lugar de hacerlo a través de "TikTok" y para una audiencia mundial, lo hace montando un tinglado cojonudo de radiofrecuencias para emitir en un radio de apenas unos kilómetros, en lo que entonces se conocía como radio pirata. Explíquenle a sus sobrinos, hijos o nietos, qué era aquello y para qué servía.
Y encima, acaba en la cárcel.
En el reparto, además de Christian Slater, que arrastraba terribles problemas de alcoholismo ya por aquel entonces, tenemos a la que era su novia en aquel momento, Samantha Mathis, y a la entrañable "Audrey" de “La tienda de los horrores”, Ellen Green, que se marca un papel de lo más insulso y anecdótico.
Por otro lado, Moyle, fan hasta la médula de “American Graffiti”, tanteó a su ídolo George Lucas con el fin de que la producción lo contratase como asesor y supervisor. Y Lucas estuvo a punto de aceptar, pero prefirió producir una película con guion suyo y del director de “Howard, el pato”, también sobre el mundo de la radio, en un fracaso estrepitoso, más malo que pegarle a un padre con un calcetín sudado, titulado “Asesinato en la radio”.
Después de la reseñada, Allan Moyle tuvo un pequeño éxito con otra película sobre la radio, “Empire records”. Y aunque demodé, sosita y anticuada, “Rebelión en las ondas”, es su mejor película.