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martes, 8 de octubre de 2024

MOVIE MADNESS

Antes de entrar en esta cosa marciana que es “Movie Madness” (cuyo visionado es lo más semejante a mirar a través de un calidoscopio negro. Realmente la reseña de lo que es la peli se podía resumir en dos líneas), me gustaría hablar de su principal artífice, Phillip Penza, que me parece un tipo tan interesante como poco diestro a la hora de ejecutar cualquiera de sus producciones.
Penza, natural de Brooklyn, afroamericano, no dista mucho de cualquier cineasta adscrito a una corriente que, según moda y temporada, se estila mucho en nuestro país; la del  cine “independiente”, o como los modernos lo llamaron hace no demasiado, películas “low cost” (termino que como no devino en nada, pronto pasó de moda, gracias a dios). Hablando en plata; Phillip Penza es productor, guionista y director de películas semi-amateur de bajísimo presupuesto que no interesan a nadie. Pasa que Estados Unidos es muy grande y un tipo de las calles como él, sabe monetizar y sacar beneficio de su material. Nada raro, hay individuos como Sean Weathers que también se dedica a eso, por no hablar de Dustin Ferguson o el calvo, Shawn C. Phillips, que económica y evolutivamente están varios peldaños por debajo de Penza, y son distintos tanto en fondo como en forma.
Phillip Penza en realidad es un ex soldado del ejército de los Estados Unidos, además de boxeador y preparador físico. Montó negocios en torno al fitness y, de rebote, tomó contacto con lo audiovisual a raíz de aparecer en programas de la ABC en calidad de entrenador deportivo. Pero claro, vio las cámaras, cómo realizaban los programas y demás, y quedó enamorado del medio, lo que le llevó a plantearse una carrera audiovisual y/o creativa. Así que, su primer impulso, fue escribir novelas.
Un productor de cine y televisión, David A. Rosemont, coincidió una vez con Penza, y este le instó a que leyera una novela que había publicado no hace demasiado, “My name is nobody”. Un folletín semi autobiográfico en torno al mundo del boxeo. Rosemont no solo la leyó, sino que le dio feedback positivo al respecto. Y no, no decidió producir la película; tan solo sirvió de percutor para que el propio Penza decidiera hacerlo por su cuenta , poniendo en marcha así "Little Books, Little Films", productora bajo la que el hombre da rienda suelta a su mediocridad en forma de novelas y películas muchas veces guerrilleras. El modus operandi consiste en filmar con cámaras de gama media, muchas veces teléfonos móviles, equipo humano reducido y planes de rodaje adaptados a las necesidades de sus “estrellas”. El montaje suele ser de lo más discretito y, la música, de librería, libre de derechos. Una vez que Penza finaliza una película, la estrena a sala llena en algún cine local. No se amedrenta si no la consigue, y estrena en restaurantes si es preciso, y, una vez ha estrenado (acto este que solo le sirve para dar bombo y platillo a su película en ciernes en las redes sociales) la mueve por toda plataforma de streaming a la que le dejen subirla, además de colgar alguna de ellas en su web de manera gratuita. Y así el hombre, además de con sus otros negocios, va tirando.
Antes de embarcarse en la producción de estos "films", Penza tuvo la oportunidad de realizar un programa de entrevistas sobre estilos de vida saludables, donde se incluían a varias celebridades. De este modo, contactó con gente como Lorenzo Lamas o Eric Roberts, que no solo se unirían a los repartos de sus películas sino que, en alguna ocasión, incluso le ayudarían a financiarlas (como es el caso de Lamas, que co-produce aquella de la que les voy a hablar a continuación). Famosos venidos a menos como Vivica A. Fox (salía en alguna de Tarantino) también formarían parte de su elenco habitual, Pero, sobre todo, hizo buenas migas con la leyenda del rap Big Daddy Kane con el que trabajaría codo con codo en la mayoría de sus películas en calidad de co-productor, actor, e incluso de co-director. Es decir, que Kane y Penza, formaron tándem en esto del "cine" de bajo presupuesto, cosa que no deja de llamarme la atención porque, puedo entender que Big Daddy Kane, al igual que Lorenzo Lamas, estén en horas bajas económicamente hablando, pero meterse en embolados de este calibre que, obviamente, no les puede reportar mucho, es un acto de amor o de ingenuidad ¿Qué necesidad tiene Big Daddy Kane de firmar y financiar estas cosas? ¿Qué necesidad hay de hacer una serie de películas tan horrorosas?
Como sea, el caso es que estas celebridades en decadencia le permiten a Penza tener un cartel más o menos interesante con el que vender sus películas, unos créditos en los que aparecen como protagonistas pero, luego, sus actuaciones se reducen a lo mínimo, cinco o seis minutos en pantalla, con el grueso del largometraje compuesto de actores amateur cuyas interpretaciones desafían las leyes de la lógica.
“Movie Madness” sería una de estas películas de Phillip Penza. Junto a él, en la producción tenemos a Lorenzo Lamas y a Antonio Hardy (verdadero nombre de Kane), en la dirección figura el propio Penza codo a codo con Kane y, en el reparto, a todos ellos, además de otra vieja leyenda del rap, Christopher “Play” Martin de Kid –n- Play. Sus nombres salen en primer término en los títulos de crédito, pero tienen que pasar 48 minutos para que Lorenzo Lamas haga acto de presencia. Seguidamente aparece Kane, y luego desaparecen hasta llegado el final que vuelven a salir otro momento. El papel de Christopher Martin se reduce a cameo de menos de un minuto, insertado ahí con calzador para justificar su presencia. Le habla al teléfono sobre una serie de negocios en un único plano que, imagino, iría igual de bien aquí que en cualquier otra película de la casa.
Entonces, la cosa va de dos individuos que, ataviados de una forma muy extraña (vestidos de mujer, mascaras de carnaval y peluca), secuestran un cine (en el que están proyectando una película del propio Penza) y allí, organizan una masacre disparando a sangre fría a todo aquel que les lleva la contraria. Los criminales no tienen una motivación aparente para hacer hacer eso. Cuando ejecutan a casi toda la platea, deciden poner fin a sus vidas suicidándose. Pronto la policía (Lamas y Kane) irá al lugar de los hechos para averiguar que ha pasado. Y fin. Esa sería la sinopsis, pero, nada más comenzar, el espectador es testigo de una trama semigangsteril en la que uno de los protagonistas negocia algo relativo al cine donde van a suceder los hechos, en un arco que nunca llega a finiquitarse o a tener relación con la trama principal. Así mismo, a modo de epílogo (y después de otra escena anterior que ya servía de epílogo…) tenemos unas imágenes rodadas en plan guerrillero, probablemente con el móvil, en las que los hombres enmascarados interactúan con los viandantes (uno de ellos le da limosna a un mendigo, en lo que parece una acción real filmada a hurtadillas…) o se nos muestra la Torre Eiffel de arriba abajo y grabada con zoom desde lo lejos. Una forma como otra de alargar metraje o de aprovechar un viaje a París. Nada nuevo por otro lado. Nos lo sirven en el montaje de manera onírica y no desentona mucho, pero es tan cutre… y no solo cutre, es que no tiene absolutamente nada que ver con lo que estamos viendo, por mucho que los que se dan paseos por París sean los dos individuos que se cargan al cine entero.
Otra cosa digna de reseñar es que, una vez entran en el cine y comienza la función, todo se desarrolla a oscuras, por lo que más de un 70% no se ve… Como aquellas antiguas cintas VHS mal telecinadas, solo que esta vez, con los adelantos digitales, se debe a la absoluta incompetencia de la producción. O quizás esa mierda es una elección estética, váyanse a saber.
Pero la guinda del pastel llega justo al final, antes de dar paso a los créditos volvemos al patio de butacas y vemos, con la imagen en negativo, todo los cadáveres repartidos por los asientos y cómo un individuo apunta con una recortada hacia nosotros los espectadores, y dispara. Entonces, Phillip Penza rompe la cuarta pared y, dirigiéndose a nosotros, aparece soltando un discursito anti violencia, acusándonos de haber disfrutado de esta durante el visionado, en lugar de ser mejores personas con nuestros congéneres. También insta a que, si somos testigos de una de estas catástrofes humanas, en lugar de utilizar nuestros móviles para grabar, lo usemos para llamar a emergencias. Todo muy moralista, con un tufo evangélico-cristiano que tira de espaldas y no exento de vergüenza ajena. Además de hipócrita, porque menudo discursito se suelta después de haber hecho una película en la que solamente hay muerte y disparos, se sitúa el resto del reparto detrás de él, incluidos Kane y Lamas, y citan un lugar real en el que ha ocurrido alguna de estas matanzas, a saber; el 11 de Septiembre, la maratón de Boston, Columbine… o el cine donde un zumbado disfrazado del Joker se lió a tiros durante la proyección de “El caballero oscuro”. Para mear y no echar gota.
Todo esto hace a Penza sumamente fascinante. Pero claro, ver una película suya supone un sobre esfuerzo.  Supongo que iré consumiendo algunas poco a poco (además en todas sale Big Daddy Kane que ha debido cogerle el gusto a la mierda, porque, después de estas experiencias con Penza, le podemos ver metido hasta el cuello en otras producciones similares de otros realizadores baratos), pero sin demasiada fruición porque, al final, no son más que la mierda que podría hacer cualquiera de ustedes con un par de contactos, un par de actores en decadencia, y un par de cámaras y móviles de última generación: la nada más absoluta. No obstante, si les puede la curiosidad, Penza es responsable de títulos como “Real Blood”, “Boyz from the streetz” o “Water”.
Quizás el amigo aparezca de nuevo por aquí en el futuro. Pero no les aseguro nada.

viernes, 8 de diciembre de 2017

SCUMBAG HUSTLER

Uno de los personajes más interesantes del underground americano contemporáneo —más interesante como concepto que como artista, como debe ser— tiene un carácter “Exploit”, tiene su residencia sita en Brooklyn, New York y factura películas eminentemente amateur que luego un sello especializado en este tipo de productos lanza a la venta en DVD. Y tiene su público. Su nombre es Sean Weathers.
Su forma de grabar es sencilla: da al rec de su videocámara —que suele usar, muchas veces, alguna que otorga a sus películas una calidad de imagen de lo más ponzoñosa— y graba y graba, dejando que la película vaya saliendo prácticamente sola. Como la mayoría de sus películas las protagoniza él mismo, desde que empezó a grabar en los 90 se hace acompañar de un tal Aswad Issa que es quién lleva la cámara en sus producciones, mientras este da rienda suelta a sus locuras. A veces, este Issa, también co-dirige.
Cultiva el “cine de guerrilla” en todo su esplendor, puesto que tiene el morro suficiente como para meterse junto a Issa en un centro comercial e improvisar allí mismo, delante de la gente, una escena en la que se inyecta heroína, para después salir de allí como si tal cosa con una escena completa. Luego lo monta todo de una manera bastante torpe en el ordenador de su casa, y a veces compone la música que servirá de banda sonora en un sintetizador, a veces la roba, y la mayoría de las veces, utiliza música libre de derechos decantándose por la música clásica.
Le pasa factura a todos los géneros, comedia, terror, drama, acción… y su estilo se caracteriza por ser escandalosamente violento, pasarse de sensacionalista y darle tal importancia al erotismo, que muchas veces lo confunde con el porno. De hecho, tiene a su disposición un ejército de zorrillas barriobajeras que no dudan en someterse a sus instrucciones de director, instrucciones estas que Weathers aprovechará en su propio beneficio: El porno que vemos en sus películas no es explícito, nunca vemos penetraciones o felaciones, pero haberlas, haylas. Se ve claramente que Weathers se folla a las actrices de verdad en esas escenas.
Weathers no va a convenciones de cine raro ni a festivales de ningún tipo, no porque no quiera, sino porque, en su torpeza, no sabe como hacer para estar allí, por un lado, y por otro porque no le invitan. Toda su experiencia con público se limita al pase de su película más bruta y conocida (“They all Must Die”, una peli rodada en vídeo cutre sobre violaciones en la que se ve que se pasa tres pueblos…) en un televisor de un bar cochambroso de Manhattan, del que casi sale apaleado porque el público, compuesto de blancos y de negros, se enfrentó entre sí; mientras que los blancos se ofendían por la violencia y las escenas de violación que mostraba su película, los negros aplaudían estas con efusividad. A Weathers le pilló en medio del pifostio.
Sin embargo, no se dejen fascinar del todo por esto que les cuento; Weathers es un individuo odiable. Por un lado, es un director trillado y  obvio que en su estupidez afirma que sus influencias van de Orson Welles a Tarkovski o Kubrick (cuando sus películas tienen una mentalidad del todo “Expolit”), y por otro, es el clásico cachitas vanidoso y cholillo al que no le pega nada hacer cine amateur chungo y feista. Si visitan su instagram, comprobarán que está más preocupado en hacerse selfies mostrando sus trabajados abdominales que en cualquier otra cosa. No obstante, resulta entrañable su ingenuidad; como un Tommy Wiseau cualquiera, el cree estar haciendo un cine de la hostia, aunque también es consciente de que se mueve en terrenos marginales, terrenos dónde se siente a gusto porque tiene un público. Vamos, que hay intencionalidad de ser, y permanecer underground.
 En contrariedad a sus influencias, Sean Weathers es un aficionado al cine “Exploitation”, al terror y a la serie B, que desarrolló su cinefilia a la vez que cometía delitos de toda índole al estar mezclado, en su adolescencia, con pandillas callejeras. Si en estas tropelías mató o no a otras personas es un detalle que el director omite en las entrevistas, pero asegura que la violencia y la muerte estuvieron muy presentes en su día a día como pandillero, y que sin duda, esos días fueron una inspiración para lo que plasma hoy en sus películas.
Lo curioso es que el cine le sacó del crimen y las pandillas. En uno de sus muchos asaltos, un buen día robó una videocámara domestica y comenzó a grabar las andanzas de sus amigos pandilleros. Se volvió adicto a la videocámara. A medida que experimentaba con ella, le fue interesando más el hecho de hacer sus propias películas que el de ir por ahí haciendo el mal, por lo que abandonó las bandas y se puso a grabar como loco toda suerte de cortos, hasta que en 1996, con tan solo 16 años, graba su primer largo “House of the Dammed” un pequeño “éxito” dentro de los circuitos especializados (y marginales). Y así hasta hoy.
Mi primer contacto con su obra es con la reciente “Scumbag Hustler” de 2014 y yo creo que es la película ideal para iniciarse con Withers ya que es una excelente carta de presentación.
Con estructura de película porno, “Scumbag Hustler”, en clave de comedia,  nos cuenta la historia de Solomon Crow, un politoxicómano de las calles de Brooklyn que lo único que hace es tratar de conseguir dinero para poder comprar su dosis diaria de crack, heroína o cualquier droga que se pone a tiro. Mientras que su cuñado trata de llevarle por el buen camino, este lo único que hará es conseguir dinero de la manera que sea y drogarse… además follarse a toda hembra que se encuentra por el camino.
Entonces, lo dicho, como una película porno. Una escena del negrata buscando pasta y drogándose da paso a una de folleteo, para volver a ponerse a buscar pasta, y así todo el rato. No hay planteamiento, nudo y desenlace. Por no tener, no tiene ni un final cerrado. Solo una escena tras de otra.
Pero todo este rollo tiene, a grandes rasgos, su gracia. El hecho de ser un vídeo tan crudo, un montaje tan tosco y estar casi toda la película resuelta a base planos secuencia, amén del morro que le hecha Weathers en sus escenas más de guerrilla, y el amateurismo que desprende la película entera, sumado a la inutilidad como creador de Weathers (eso sí, posee grandes habilidades como follador) ya me ganaron nada más ver la película. Y es que en el fondo está hasta entretenida según se mire.
Lo bueno es que hay una intencionalidad de hacer una comedia, y esta se resuelve a base de “slapstick” cuando el protagonista se va a drogar, básicamente, poniendo Weathers (que protagoniza la peli) caras de ansia, o con gags en los diálogos (muchas veces inapreciables para mí por la barrera que supone el idioma) de lo más tontos. En cualquier caso, ninguna de las formas de comedia ofrecidas por Weathers funciona, por lo que la comedia se torna involuntaria, y tiene más gracia de la que inicialmente el director pretende. La película acaba funcionando  a base de accidentes.
Por lo demás, el visionado de esta película se queda en mera anécdota; una vez ha terminado se acabó también la broma, pero por lo que sea, Sean Weathers ha despertado mi curiosidad y, sí, voy a ver alguna más de sus películas.
Obviamente, el fandom más mainstream (e incluso el especializado), que se abstenga de verla… esto es solo para los más curiosos e inquietos arqueólogos cinematográficos. Sean Weathers y “Scumbag Hustler” no se encuentra en la catacumbas del cine, pero sí en las cloacas ¡Y eso que se venden sus DVDs en los USA como churros!
Tampoco sean ustedes obvios ni asocien esta película al Hip-Hop por que esté realizada por negros; Sean Weathers odia el rap, sin embargo, fue amigo de Notorious B.I.G ya que eran del mismo barrio. Cuando este se hizo famoso y popular, Weathers le tentó para que apareciese en una de sus películas. Weathers dice que al final no acabó apareciendo en ella, porque su gente (su equipo, sus managers, la gente que rodeaba al rapero) no le dejó hacerlo. Pero estaba dispuesto a hacerlo.