Podemos decir, sin excesiva temeridad, que en el 2002 internet todavía era algo lo medianamente excitante y exótico como para que una película construyera toda su trama en torno a una página web maldita, de contenido totalmente sórdido, en la que un tarado transmite sus crímenes formato online. Si te haces cliente habitual, terminarás palmando (¡hola "The Ring"!) tras sufrir una serie de alucinaciones en torno a tus miedos más atávicos, acompañados por la ya recurrente aparición de una cría siniestra de blanco nuclear jugando con una pelotita. Un poli atormentado y su interés amoroso investigarán, se implicarán y solucionarán el entuerto.
Desde entonces se han hecho más largometrajes en torno a los peligros ocultos en la world wide web, pero "Miedo Punto Com" tiene una cualidad extra, y no es su condición de posible pionera (habría que estudiarlo y como que no me apetece), sino el hecho de quien la firma, William Malone, cineasta iniciado en el campo del bajo presupuesto con "Scared to Death" o "Creature" que logró internarse en cierto mainstream, ganándose un inexplicable estatus de "Master of Horror", especialmente cuando fue fichado por Mick Garris para formar parte del séquito de nombres ilustres asociados a aquella serie. La verdad, no me lo explico. Malone tendrá muchas cosas, pero lo de "Master of Horror" le viene así como muy grande. Básicamente porque él, sufriendo de "efectismitis" como sufría, contribuyó a que el género de nuesos amores (aunque cada vez me cueste más soltar tal afirmación) viviera sus peores momentos entre los noventa y los primeros dosmiles. De cuando los cineastas responsables olvidaron una cosa esencial: que el cine de terror debería dar miedo, y no sobrealimentarlo a base de sustos baratos y estilismos descontrolados.
¿No me creen? Pues sepan ustedes que Malone venía de rodar una de las peores piezas de su época, el remake de "House on Haunted Hill" para la compañía que, en términos generales, hirió de muerte al terror, "Dark Castle" (no en balde comandada por varios gerifaltes tochos de Hollywood con su visión deformada del asunto). La especialidad de Malone consistía en sobresaturar nuestros sentidos a base de luces estroboscópicas, montaje metralleta compuesto de supuestas imágenes "shock", cámara rápida a ráfagas, fogonazos, sobreexposición, lentes deformantes, y todo aquello que pudiera empujarnos al suicidio voluntario (o al ataque epiléptico indeseado), coronado por un fin de fiesta igualmente excesivo, verbenero, ruidoso y que te sacaba de la película mediante patada en el bul (si es que no estabas ya fuera desde hacía rato).
Y todo eso luce fantásticamente en "Miedo Punto Com". Lo triste es que arranca bien, presentando un misterio intrigante. Pero en cuanto comienzan las pesquisas, todo se va volviendo chaposo y desasosegante (en el peor sentido). Da la sensación que William Malone y su guionista (curiosamente una dama, Josephine Coyle. Figura como única culpable -sobre una "story" de Moshe Diamant-, aunque en algunos lugares pongan en tal cargo hasta tres personas. Doña Coyle no se ha prodigado nada en el campo del escribismo cinematográfico y antes únicamente había firmado una peli romántica con pinta razonablemente poco atractiva, "La balada del ruiseñor") no sepan muy bien por donde tirar, por qué decantarse. Tenemos asesino chungo a lo "Seven"/"Se7en" (otra notable influencia), tenemos, como decía, página web encantada y tenemos fantasma vengador, ¿el resultado? un batiburrillo indigesto rociado además con inadecuado y todavía algo fangoso CGI.
¿"Miedo Punto Com" un blanco fácil? Es probable. Pero mi intención era genuinamente redentora. Volver a verla desde la lejana primera insatisfactoria ocasión en busca de una segunda oportunidad. Pos no, esto es insalvable. Un chuzo épico y un modo de hacer cine que, por fortuna, ya ha dejado de practicarse.
Redondean el redondel las interpretaciones de Stephen Dorff, una bellísima Natascha McElhone (venía de títulos de solera como "La sombra del diablo", "El show de Truman" o "Ronin" y, básicamente, a raíz de esto su carrera se internó en parajes algo más tenebrosos), un actor británico haciendo de villano -para no perder las costumbres- (ya saben como las gastan los yankis), Stephen Rea, + la aparición de dos figuras de puro culto, Jeffrey Combs y un casi visto/novisto Udo Kier. Hablando de alemanes, si toda la película es ya de por sí profundamente agónica, encima tiran de esa tendencia tan en boga entonces a base de siniestrismo de saldo y matraca falsamente alternativa, destacando la presencia en la banda sonora de un grupo al que odio, "Rammstein". Aunque, seguramente, odie más a aquellos que les adoran, incapaces de rastrear de donde plagiaron sus maneras semejantes chorizos pelacañas.
sábado, 3 de octubre de 2026
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