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lunes, 26 de diciembre de 2022

I WANNA DANCE WITH SOMEBODY

Se ha estrenado recientemente, con más pena que gloria, un biopic sobre Whitney Houston cuya frase promocional reza: “Del escritor de “Bohemian Rapsody”. Esa es su baza fuerte, su gancho: el guionista de uno de los biopics más exitosos de los últimos años porque por lo demás hay poco que promocionar. Y no me extraña, más teniendo en cuenta que la protagonista, la actriz que da vida a la Houston, Naomi Ackie, se le parece tanto como un huevo a una castaña.  
Recientemente visionada esta “I Wanna Dance With Somebody” (título demasiado largo para no haber sido traducido, por cierto) en un cine para mí solo (debido posiblemente a que la vi en una matinal en nochebuena), no pude entrar de lleno en la película precisamente porque la Ackie no es la Houston. No me transmite nada. De hecho, me tiro toda la película pensando en lo mucho que se parece esta chica a Angela Bassett, porque a esta sí que se parece. Y así no hay forma de conectar con la historia.
¿La peli? Se deja ver, tampoco voy a decir que es un zurullo, pero se rige tanto por los clichés del biopic que casi acaba pareciendo una broma: Dos horas y media en las que se nos cuenta —fatalmente ambientada— el auge y caída de Whitney Houston, haciendo una parada ya sea recreando un vídeoclip, ya sea recreando una actuación, en cada uno de sus éxitos más reconocibles, sumando a eso la concepción en el estudio de sus canciones más emblemáticas, como en “Bohemian Rhapsody” o “Rocket Man” o “Streight Outta Compton”. Todo ello con un presupuesto medio que hace que la película no acabe funcionando del todo y pasando de puntillas por los pasajes más escabrosos —y bien conocidos— en torno a su brutal y destructiva adicción al crack. Todo eso se muestra de manera muy sutil, tanto, hace parecer que las adicciones de Whitney, que eran terminales, casi carezcan de importancia.
Sin embargo, es una película muy de nuestra época, muy hipócrita y complaciente con el “buenismo” imperante en nuestros días, y si bien no vemos una clara decadencia en los pasajes dedicados a su drogodependencia, tampoco vemos ni una sola escena en la que Bobby Brown la maltrate, cosa que es vox populi que también sucedía. Eso sí, la película insinúa, desde el minuto uno, la relación homosexual que la Houston mantenía con su asistente creativa, Robyn Crawford, sacando así a Whitney del armario cuando esta toda su puta vida había permanecido dentro. Ahora hay que visibilizarlo, claro. Como se degrada con el crack no, como Brown le curtía el lomo tampoco, pero su lesbianismo sí. De hecho aquí no hay sutileza, se nos muestra a capón, con toda normalidad… tampoco se jacta de ello, aunque la artista en vida ocultó ese detalle celosamente. Probablemente se fue con el secreto a la tumba, pero la película nos lo anuncia, decidiendo por alguien que ya no puede decidir. Solo por colgarse algún tipo de medallita. El concepto “woke”, ya saben.
Como fuere, la película tiene un serio problema de ritmo y va desgranando la vida de la Houston a toda leche, sin centrarse en profundidad en ningún aspecto y haciendo que dos horas y media de metraje se queden cortas. Como si faltaran mogollón de momentos en esta biografía. Pero, sin más, como ya he dicho se deja ver.
Obviamente no es el primer material autobiográfico sobre la vida de Whitney que llega a las pantallas, tenemos por un lado el sensacional documental de Netflix titulado “Whitney” y el biopic telefílmico para Lifetime, dirigido por la anteriormente citada Angela Bassett, titulado exactamente igual: “Whitney”.
Lo curioso del asunto es que, siendo esta la versión mainstream de la vida de Whitney Houston, resulta infinitamente mejor el telefilme al que acabo de hacer referencia, verdaderamente entretenido e interesante, y que, igual de blanco que la película recién estrenada, al menos tiene más chicha. “I Wanna Dance With Somebody” no es una superproducción, y en la línea de otros biopics recientes como el de Aretha Franklyn, “Respect”, apenas llega a los 50 millones de presupuesto. Bien, pues el telefilme de Lifetime, que no habrá ni sobrepasado los 10 millones, hace a esta película parecer barata. Si han de ver solo uno de estos biopics, vean el de la Bassett.
Por lo demás, “I Wanna Dance With Somebody” no tiene lo que vulgarmente se llama un reparto de campañillas, pero la presencia de Stanley Tucci interpretando al productor musical Clive Davis, le da algo de empaque al conjunto, porque Tucci está de cojones.
Dirige la orquesta Kasi Lemmons, directora negra y actriz que con un par de películas menores en su currículum, se hace fuerte con series televisivas donde dirige capítulos de “Luke Cage” o “Women of the movement”, hasta llegar al título que nos ocupa del que, en adelante, no se va a hablar demasiado. Qué lástima que un personaje tan potente como Houston no tenga un biopic al menos tan grande como sus éxitos.

sábado, 14 de septiembre de 2024

TROG

Ocasionalmente he comentado lo tontito que me ponen las historias sobre rodajes de películas, a base de actores encarnando personas reales de la farándula, escenificando situaciones supuestamente genuinas, etc. Me encanta. Sea formato largometraje ("Hitchcock" es especialmente gozable), sea serie (ya dije mil maravillas de "The Offer" en su día) Bien, toca añadir una nueva al pack, "Feud" del 2017 (primera temporada). La he visto tardíamente porque desconocía su existencia. Narra en ocho capítulos la complicada relación de amor / odio entre Joan Crawford y Bette Davis, encarnadas por Jessica Lange y una Susan Sarandon que, según el plano, luce guapísima. Y lo remarco porque gastaba 70 tacos en aquel momento y, en fin, nunca una dama de esas edades había provocado en mi semejante impresión. ¿Hiper-maquillada, digitalmente mejorada? podría ser, pero tengan en cuenta que "Feud" juega con el hecho de que ambas estrellas son eso, señoras de avanzada edad y, en general, se explotan más sus arrugas que su atractivo. No sabría decir.
Me costó entrar en la serie. Pero cuando ocurrió, ya no pude soltarla, consumiendo hasta tres dosis diarias, algo muy raro en mí. Entre el mondongo humano, las judiadas que se hacían ambas marujas y demás -todo muy tremendo- destacan, obvio, aquellos segmentos dedicados a la realización de sendas películas. Y aunque ver a un maravilloso Alfred Molina dando vida a Robert Aldrich (siempre enfrentado a un no menos fantástico Stanley Tucci como Jack Warner) durante la creación de "¿Qué fue de Baby Jane?" es sumamente estimulante, lo supera el momento que se aborda la etapa todavía más decadente de Joan Crawford quien, les recuerdo, se convirtió en musa eventual de William Castle.
Durante el visionado, me pregunté si serían capaces de mostrar esa faceta de la actriz, y cómo procederían. Aquella misma tarde fui debidamente achantado al encontrarme el respectivo capítulo iniciándose con una recreación del trailer de "Strait-Jacket" o "El caso de Lucy Harbin" (un gallifante para los traductores. A diferencia de otras ocasiones, hicieron los deberes respecto a los títulos que algunas de estas películas han tenido en nueso país), primera colaboración Castle-Crawford. El segundo sorpresón fue una escena en la que se muestra el estreno de la misma, con un sosias del cineasta currándose sus legendarios "gimmicks" (y Jessica Lange encarnando a una beoda Crawford como pez fuera del agua). ¡¡Mola!! ¿y de quién se trataba? desde luego alguien muy distinto físicamente, pero en cierto modo adecuado: John Waters. Sí, el John Waters de "Pink Flamingos" al que tanto hemos recriminado por su condición de vendido y mangante. El mismo John Waters que, en muchas ocasiones, se declaró gran fan de William Castle, lo que por un lado le da un gracioso sentido a su elección, un genuino guiño a "connaisseurs", aunque, por otro, resulta un pelín irritante.
Pero no acaba aquí la cosa, porque fruto de su delirante divismo, la carrera de Joan Crawford siguió cuesta abajo, y lo siguiente fue aliarse con el productor Herman Cohen para participar en dos de su paternidad, "El circo del crimen" y, muy especialmente, "Trog", viéndose obligada a trasladarse hasta Inglaterra y dejarse dirigir por Freddie Francis. Esta parte mola especialmente. Resulta hilarante ver a la ex estrella rebajándose a un subproducto como aquel y sus muchas limitaciones, incluido cambiarse de vestuario en una sucia flagoneta a falta de camerino (aunque Herman Cohen aseguraría años después que el vehículo estaba en perfectas condiciones)
La actriz da vida a una científica emperrada en estudiar, domesticar y proteger a un troglodita localizado en una cueva. Vivía ahí metido sin enterarse que el resto de la humanidad había... errr... ¿evolucionado? Le llama Trog cariñosamente, y él responde haciendo toda suerte de cucamonas y ruiditos. Hasta logran que escupa algunas palabrejas en inglés. No obstante, los bípedos racionales somos muy malos, y lo único que queremos es ver a Trog muerto. Ahí es donde Doctora Crawford hará lo indecible por evitarlo.
Volviendo a "Feud", podría considerarse que cae un poco en la trampa de, una vez más, tratar el terror, o el cine de género, como basura rastrera, algo indigno que avergüenza a sus propios artífices, quienes proceden motivados únicamente por el vil metal. En algún momento Jack Warner se refiere al asunto valiéndose de etiquetas como explotación, serie B, gran guiñol o el continuo "desprecio afectuoso" que dispensa a Robert Aldrich por ello. Honestamente, viendo "Trog", cuesta mucho no darles la razón.
Aunque el terror británico de tirón clásico queda fuera de mis apetencias, tras la serie me entraron ganas de ver la movida esta del troglodita, así que recurrí a mi amigo Enorm, quien me la consiguió en escasas horas. Y, jodeeeer, decir mala es quedarse corto. Sí, amigos, "Trog" es un truñaco de tres pares de cojones que provoca, justo, tres cosas: sopor, vergüenza ajena y risas. Hay absurdeces a mansalva, incongruencias narrativas, momentos muy muy ridículos (ver al simio emitir ruidos duele) y un desenlace mega-tonto de aquellos que dices "¿Tanto drama pa esto?" No, no logran que empatices con Trog (bastante lamentable en su aspecto. El careto era un sobrante de "2001: Una odisea en el espacio", y no es un chiste, es un hecho) Francamente, te da igual lo que le ocurra. En cualquier caso, empatizas con Joan Crawford y su sufrimiento... salvo si te llamas Bette Davis, quien dijo que lo suyo hubiese sido cometer suicidio tras participar en semejante ñordo.
Otros de los implicados (y suicidas en potencia) son Michael Gough y, sorpresón, un jovenzuelo David Warbeck encarnando a un periodista (y preparándose para lo que le esperaba en el futuro) La "story" se la debemos en parte a John Gilling, director de algunos títulos bien reconocibles como "La carne y el demonio", "La plaga de los zombies" + "El reptil" (ambas para Hammer), la española "La cruz del diablo" y "Cuando las balas vuelan", secuela de "Licencia para matar" según Lindsay Shonteff, la franquicia exploiter de 007 que dio pie al nacimiento del agente "Charles Vine", posteriormente relanzado por Shonteff como "Charles Bind" en otra oscura saga de entrañable recuerdo.

jueves, 13 de octubre de 2011

ATRACCIÓN DIABÓLICA

Durante mucho tiempo, viví convencido de que "Atracción Diabólica" era la última película realmente buena de George A. Romero. Hasta ayer noche, que la vi -en VHS- y cambié sutilmente de opinión. En su época, fue la primera "peli de estudio" del papá del zombie moderno... pero no se saldó con demasiados buenos resultados. Por un lado, el estudio hizo el montaje final. Por otro, le impuso a Romero un susto que no cuadraba con el tono y la trama general. Y en última instancia, no funcionó en taquilla. Amarga experiencia esta para el amigo Georgie... poco sabía él que aún le esperaba una peor, "La mitad oscura". Pero esa es otra historia.
La que ahora nos ocupa narra los avatares de un ex-atleta condenado a una silla de ruedas por culpa de un accidente. Toda su vida se desmorona hasta que entra en acción Ella, una monita entrenada para ayudarle en las tareas más básicas. Lo que él no sabe, es que el animal está siendo sometido a un experimento que creará una conexión mental muy fuerte entre ambos, llegando este a cometer los crímenes sobre los que el minusválido fantasea en sus numerosos momentos de odio.
A ver, la peli está muy correcta... bastante bien hecha, bastante entretenida... es un producto digno. Pero visto ayer noche, encontré que hacia aguas por algunos lados. Para empezar, lo más molesto de todo, su actor protagonista, Jason Beghe. Resulta genuinamente irritante cuando hace de tio cabreado... incluso un poco ridículo. Tampoco funcionan del todo algunas de las acciones supuestamente inteligentes de la mona. Y ya puestos, el clímax final se alarga excesivamente. En realidad, lo mejor de todo es el animal, logra algunos momentos francamente simpáticos e incluso tiernos (el abrazo que dedica a su dueño)... y cuando se cabrea, también da el pego. Por cierto, que en la vida real semejante monada se llamaba Boo.
El reparto es un tanto desconocido, destacando únicamente la presencia del hoy más reputado Stanley Tucci. Bueno, y la señora Romero, haciendo de enfermera amargada. Los efectos especiales corren a cargo de Tom Savini, que disfrutaría como una mona (je!) al salirse de su truculenta especialidad habitual.
No digo que sea una caca evitable... "Atracción Diabólica" funciona si no eres demasiado exigente... solo que ahora opino que la última peli realmente buena de George A. Romero fue la que iba justamente antes, la estupenda "El día de los muertos".