Resulta curioso el comprobar que dentro de los listados existentes en internet, que clasifican todo aquello que huela a “cine quinqui”, no se suele tener en cuenta esta cinta de Javier Elorrieta que, sin ser eminentemente quinqui, sí que guarda una gran deuda y parentesco con aquellas películas de los 70 y 80. Y es que “Cautivos en la sombra” es un film un tanto ignoto que quizás se les ha escapado a los estudiosos del subgénero.
La película, basada en la novela “La otra orilla de la droga” de José Luis Tomás —un comisario de policía reciclado a escritor que dice haberse basado en hechos reales para la confección de su libro—, está totalmente impregnada por la firma de Elorrieta, que suele ser bastante irregular y a veces no atina, y en “Cautivos en la sombra”, se nota, más que en ninguna otra de sus películas, sus carencias y virtudes. En ese sentido, siendo la película técnicamente muy mala, te la comes con patatas y arroz porque, aunque lo que sucede en pantalla es bastante difuso y los actores están para matarlos, la película está plagada de humor involuntario, que siempre se agradece, y, entre unas cosas y otras, finalmente resulta un artefacto de lo más entretenido.
Durante el visionado pasaban muchas cosas y ninguna. Hay un exceso de montaje que propicia que las escenas de acción se desarrollen en pocos minutos —algunas escenas, en segundos—, para luego recrearse en las escenas de actores durante largas conversaciones vacías e irrelevantes, que parecen no terminar nunca. La película es un caos absoluto, pero uno muy divertido.
Es todo tan disperso, que no he sabido redactar una sinopsis. Y buscando las de la red, veo que las que hay tampoco son muy profusas…
Dos politoxicómanos, tras salir de la cárcel, se reúnen con sus novias. Estas, para traer dinero a casa se prostituyen, pero además, una de ellas va a castings porque es actriz (¡!). Por otro lado, tienen una especie de banda organizada para atracar joyerías. A eso hay que sumarle sus problemas de drogodependencia, el embarazo de una de las prostitutas, y la venganza de un individuo que el protagonista, Manuel Bandera, tenía como rival en la cárcel y que le anda buscando para, literalmente, darle por el culo. Todo eso (y más) sucede en la película entre persecuciones, disparos y mucho, mucho aspaviento.
En definitiva, que entre unas cosas y otras, se ve relativamente bien. Además, a mí Elorrieta me cae muy bien y, su estilo, tanto cuando acierta como cuando no, me parece muy personal y único. Vamos, que me gusta Elorrieta.
En el reparto tenemos al mastuerzo de Manuel Bandera, que por aquel entonces, 1994, estaba de moda tras haber protagonizado “Las cosas del querer”, era un tipo guapo al que habían metido en las películas porque las señoras de 50 años se ponían cachondas con solo verle, pero en realidad era un actor espantoso que merecía el olvido en el que está sumido hoy. Bien, pues te descojonas vivo con él. Verle cabreado o escupiendo los diálogos de la película se convierte en una experiencia casi religiosa, sólo comparable a la que supone el contemplar los largos planos en los que su inexpresividad es la verdadera protagonista. Le secunda Antonio Flores que, amén de estar tan resultón como en todas sus intervenciones en el cine, aquí, ante el desconocimiento sobre el mundo de la droga por parte de Elorrieta, Flores hace de asesor, diciéndole al director en todo momento como debía enfocar el uso de la droga en cada secuencia. No olvidemos que este asesoramiento viene precedido de los años de yonki que le otorgaron al actor y cantante la experiencia suficiente como para dar consejos sobre el tema en la película. En los roles femeninos tenemos a la hija del tenista Manolo Santana, Beatriz Santana, que también podemos darla de comer a parte. Cuando interpreta a Juana de Arco en uno de esos castings a los que asiste su personaje, da pena escucharla. Ni siquiera comprendo cómo esta chica pudo trabajar como actriz, porque hay que tenerlos bien cuadrados para darle un papel a la Santana, viendo lo estrepitosamente mala que es. Para completar el cuarteto principal y que den la serenata, tenemos a Neus Asensi que, si por norma general y siendo discretita, según el rol que se le asigna suele interpretar medianamente bien, aquí suelta los diálogos como leyendo de carrerilla y parece como si le hubiera dado un chungo… En cualquier caso, y a juzgar por una escena gratuita en la que tanto ella como Beatriz Santana se bañan en la playa en porretas y tiran piropos a los runners (¡!), lo único que puedo decir es que, con todo, tiene un culo estupendo.
Por lo demás, desfilan por la pantalla a toda hostia, a la velocidad del rayo y casi sin que nos inmutemos, actores de la talla de Tony Isbert, Tony Fuentes, Manolo Zarzo y, en un rol altamente dramático, el humorista Tony Antonio.
“Cautivos en la sombra” es un desmadre técnico y artístico, un exceso, mala de solemnidad... pero ¡Me encanta!
Mostrando las entradas para la consulta Beatriz Elorrieta ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Beatriz Elorrieta ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
lunes, 15 de marzo de 2021
lunes, 8 de mayo de 2017
LOS GUSANOS NO LLEVAN BUFANDA
Desde
luego, el interés de esta película radica en lo descabellado y bizarro de su
reparto. ¿A quién se le ocurriría meter en la misma película a Anthony Perkins,
Quique Camoiras, Rody McDowall, José Luis López Vázquez y Beatriz Carvajal?
Pues nada menos que al productor José Frade y al compositor/actor/director
Javier Elorrieta, que estaban convencidos de que, por encima del talento, y con
un pensamiento muy a la americana, lo que prima en el éxito de una película es
el número de estrellas internacionales que contrates para ella, aún estando
estas en decadencia. Con esa premisa rodaron en 1989 “Sangre y Arena” que
cuenta con la particularidad de tener en su reparto a Sharon Stone que aún no
era una súper estrella y con la que ya sonaron campanas en cuanto a su carácter
de mujer caprichosa irracional e insoportable. Y en 1992, disponen todo para
poner en marcha esta “Los gusanos no llevan bufanda”.
Aunque esta
películas con estrellas internacionales probablemente funcionarían bien en el
resto del mundo, ya fuera en ediciones en vídeo, ya fuera en ventas a
televisión, lo cierto es que en España pasaron inadvertidas, si bien es cierto
que, mal publicitadas, y malas como el mismo diablo, lo más probable es que sus
estrenos comerciales en la península importaran un pimiento; no eran esas vías
las que harían que los bolsillos de Frade se llenasen, sino las anteriormente
mencionadas.
Estrenada
internacionalmente con el título de “The Naked Target”, en clara alusión y
explotando el tirón de la saga “The Nuked gun” - “Agárralo como puedas” , “Los gusanos no llevan bufanda” cuenta la historia de un inepto
mensajero neoyorquino que, sin saberlo, es enviado por la CIA a España a una
misión secreta, para la cual se le esposará a la mano un misterioso maletín
metálico. Una vez en España es recibido a tiros, comenzando así una trama
incomprensible, liosa e incoherente que se irá desarrollando entre gags cómicos
de sal gruesa. El tedio más absoluto se apodera del espectador.
Y es que
esta película es una rara avis, quizás, la película más extraña del cine
español. Una mezcla, intuyo que involuntaria, de acción al más puro estilo
americano –pero muy mal rodada- con la comedia española de toda la vida, la de
la pandereta, los cuernos y el esconder al amante dentro del armario.
Para que el
entramado internacional cuadre más, y rodada íntegramente en Madrid, se
soluciona esta papeleta rodando unos planos de Nueva York muy bonitos y
pintones que se colocarán al principio,
durante los títulos de crédito, y así queda cubierta la parte americana de la
película.
Protagonizada,
sin comprender muy bien por qué, por el actor Clayton Rohner, secundario
americano especializado en producciones de serie B, su nombre sonará a amantes
del género de terror al estar su nombre implicado en los repartos de películas
como “Inocentada Sangrienta”, “Lecturas Diabólicas” o más recientemente “The Human Centipede III”,
pero para el resto de los mortales, y más en concreto para el publico del cine
español, un completo desconocido. Rohner encabeza el reparto intentando ser lo
más gracioso posible, sin conseguirlo, y con cara de preguntarse todo el tiempo
qué demonios hace ahí.
Más
decadente resulta la aparición de Anthony Perkins dando vida a una especie de
putero homosexual adicto a los
accidentes de tráfico, con medio cuerpo articulado en plan robot, que va en busca de travestís y que por
motivos meramente cómicos, acaba contratando los servicios de nuestro
protagonista perfectamente disfrazado de mujer por motivos que no vienen al
caso, ni en lo que cuento, ni tan siquiera en la película. Y a pesar de lo
decadente de esta intervención del que fuera antaño Norman Bates en “Psicosis", esta se antoja de largo como lo mejor y más divertido
de la película, lo más desmadrado, y un claro guiño a clásicos de de la serie B
americana como, por poner un ejemplo, “La carrera de la muerte del año 2000”
producida por Roger Corman, en caso de que, efectivamente,
existiera la intención de homenajear por parte del director Javier Elorrieta.
Mucho me temo, que el posible homenaje, sería también involuntario, pero ahí
queda.
Más digno
sería el papel que desempeña Roddy McDowell, que venía directamente del tirón
que el actor adquirió al protagonizar al cazador de vampiros Peter Vincent en
“Noche de Miedo” y que daría vida al contacto español que
capitanea la misión de nuestro protagonista y si bien es cierto que su rol
sería el menos excesivo de toda la película, la cosa se torna bizarra cuando en
la sala de doblaje de la versión española de la cinta se decide que su voz sea
doblada por ¡¡Jesús Puente!! El actor tenía una larga carrera de doblaje a sus
espaldas, pero el tono de su voz y el hecho
de que por aquél entonces gozaba de cierta popularidad por presentar en
televisión diversos programas televisivos, hacen su presencia en la película
demasiado evidente como para que esto no resulte hilarante y, en cierto modo,
incluso ridícula.
Y a todo
este elenco internacional, imagínenselos interactuando con un enloquecido
Quique Camoiras que, sierra mecánica en mano, está a punto de rebanarle los
sesos a Clayton Rohner, o con un José Luis López Vázquez que da vida a un
oficial del ejercito cuya mujer, Beatriz Carvajal, le pone los cuernos, y
creyendo este que el amante de su mujer es el mismo Rohner, la emprende con él a tiro limpio, o con un
Juan Carlos Martín, recién salido de los programas televisivos de Tele Cinco y
que comenzaba con su fallida carrera cinematográfica compartiendo un momento
con Rohner en el que son masacrados a golpe de metralleta en la cornisa de un
edificio. El resultado es del todo hilarante, pero dista mucho de ser de
interés o minimamente divertido, pero si que es una comedia española para nada
convencional. Tampoco es convencional su director, Javier Elorrieta, hijo del
famoso productor José María Elorrieta, y que empezó su carrera como compositor
–suya es la partitura de “Descanse en Piezas” para la
que además hace un papelito- y protagonizó la película “Freddie, El Croupier" , para rápidamente pasarse a la dirección
cinematográfica facturando títulos de cierto prestigio como “La noche de la Ira” , despropósitos deleznables como “Demasiado caliente para ti”
o acabar dirigiendo “Sitcoms” de factura patria que muy bien se podrían reseñar
en este blog como pueda ser “Arévalo & CIA” a mayor gloria del
humorista Arévalo, para acabar sus días en el cine filmando directamente en
vídeo con “Humo y Azar”.
Actualmente,
compagina la dirección por encargo con su tardía carrera paralela como cantante
y de la cual ya cuenta con cuatro discos en el mercado.
Un director
curioso.
viernes, 9 de junio de 2023
LA MUJER DEL JUEZ
En un principio “La mujer del juez” nace, casi en exclusiva, como vehículo para el lucimiento no ya de Norma Duval, la súper vedette a la que tantos españolitos de la transición le dedicaron sus prácticas onanistas, si no para el de su escultural físico. De hecho, el póster promocional de la película no es más que una ilustración de la secuencia en la que vemos a la Duval en todo su esplendor. Y lo que importaba era su cuerpo y nada más que su cuerpo. Daba lo mismo hasta la propia actuación de la muchacha que, además, aparece doblada por una actriz del medio, porque, guapa a rabiar, Norma no es que fuese una gran actriz precisamente (el co-protagonista, Miguel Molina, hijo del cantante Antonio Molina que a posteriori sí que desarrollaría una —irregular— carrera como actor, tampoco era especialmente diestro pronunciando frases, así que también su intervención es doblada).
El caso es que, quizás de pura chorra, con la tontería de querer mostrarnos las tetas de Norma Duval, entre Paco Lara Polop, director y principal promotor de la película y Julián Ibáñez, se escriben un thriller de corte erótico que se anticiparía a la corriente americana de los 90 con “Instinto Básico” a la cabeza y que, generando un desarrollo y un clímax malsano y malrollero (y sexista, y misógino, y…), resultaría ser una de las mejores películas de las muchas que dirigió Lara Polop. Porque el film es resultón y eficaz, con una trama a priori trillada que se va complicando hasta captar por completo la atención del espectador y, encima, se consigue que el momento en el que Norma Duval se despelota no sea del todo gratuito porque se integra muy bien en lo que es la trama. Y luego, al final, otro pequeño giro. Y cuando termina, uno acaba exclamando: Chapó.
Tenemos a un señor juez interpretado por el estupendo Manuel Tejada, que anda hasta el cuello de trabajo y, en la otra mano, tenemos a su sumisa esposa que, harta de gastar un dinero que no se acaba en insulsas compras, se aburre en el hogar conyugal cosa mala. Así que, en una de estas, acaba manteniendo una relación sexual con el joven dependiente de diecisiete años de la zapaterías donde se deja la pasta.
Jugueteando amorosamente en el cobertizo propiedad de los progenitores del adolescente, la mujer del juez y el muchacho son sorprendidos por el vecino de esta que pasa por allí en bicicleta —y que ya le tenía echado el ojo a la jamba porque está muy buena—, justo un rato antes de descubrirse que la mujer de este ha fallecido en un aparatoso accidente. Se sospecha del vecino, pero el encontronazo casual con la mujer del juez le sirve de coartada. No obstante, como ha pillado a esta fornicando con el chaval, la chantajeará haciéndole participar en sus juegos de corte sexual, si no quiere que desvele su affaire con el muchacho. Naturalmente la cosa se irá complicando.
Pues está muy bien, sobre todo, porque pese a la ranciedad de su diseño de producción y la tosquedad de toda la película en sí, rodada en una época en la que el hecho de filmar con película barata otorgaba al cine español un tono muy característico, y sin grandes alardes ni técnicos ni estéticos, consigue una película de una factura pobretona, pero que se ve compensada por la solvencia de lo que nos cuenta con una historia curiosa y bien escrita que logra que le veamos las tetas a Norma Duval, pero con consistencia. Y vaya si se las vemos.
“La mujer del juez” no fue un gran éxito de taquilla, aunque pasaron por caja casi medio millón de espectadores, pero sí que fue un gran éxito en vídeo de alquiler, con aquellas cintas que iban en las fundas gordas y mullidas de Izaro films, que la distribuyó.
En el reparto, junto a la Duval, el Tejada y el inútil de Micky Molina tenemos a un Héctor Alterio que da gusto verlo —las secuencias en las que se encuentra con la Duval en fiestas de sociedad y en las que la mira con cara de sátiro son tan inquietantes como involuntariamente divertidas— luciendo prolongada calvicie y bigotazo, tenemos a Beatriz Elorrieta y, eterno, Antonio Gamero.
El caso es que, quizás de pura chorra, con la tontería de querer mostrarnos las tetas de Norma Duval, entre Paco Lara Polop, director y principal promotor de la película y Julián Ibáñez, se escriben un thriller de corte erótico que se anticiparía a la corriente americana de los 90 con “Instinto Básico” a la cabeza y que, generando un desarrollo y un clímax malsano y malrollero (y sexista, y misógino, y…), resultaría ser una de las mejores películas de las muchas que dirigió Lara Polop. Porque el film es resultón y eficaz, con una trama a priori trillada que se va complicando hasta captar por completo la atención del espectador y, encima, se consigue que el momento en el que Norma Duval se despelota no sea del todo gratuito porque se integra muy bien en lo que es la trama. Y luego, al final, otro pequeño giro. Y cuando termina, uno acaba exclamando: Chapó.
Tenemos a un señor juez interpretado por el estupendo Manuel Tejada, que anda hasta el cuello de trabajo y, en la otra mano, tenemos a su sumisa esposa que, harta de gastar un dinero que no se acaba en insulsas compras, se aburre en el hogar conyugal cosa mala. Así que, en una de estas, acaba manteniendo una relación sexual con el joven dependiente de diecisiete años de la zapaterías donde se deja la pasta.
Jugueteando amorosamente en el cobertizo propiedad de los progenitores del adolescente, la mujer del juez y el muchacho son sorprendidos por el vecino de esta que pasa por allí en bicicleta —y que ya le tenía echado el ojo a la jamba porque está muy buena—, justo un rato antes de descubrirse que la mujer de este ha fallecido en un aparatoso accidente. Se sospecha del vecino, pero el encontronazo casual con la mujer del juez le sirve de coartada. No obstante, como ha pillado a esta fornicando con el chaval, la chantajeará haciéndole participar en sus juegos de corte sexual, si no quiere que desvele su affaire con el muchacho. Naturalmente la cosa se irá complicando.
Pues está muy bien, sobre todo, porque pese a la ranciedad de su diseño de producción y la tosquedad de toda la película en sí, rodada en una época en la que el hecho de filmar con película barata otorgaba al cine español un tono muy característico, y sin grandes alardes ni técnicos ni estéticos, consigue una película de una factura pobretona, pero que se ve compensada por la solvencia de lo que nos cuenta con una historia curiosa y bien escrita que logra que le veamos las tetas a Norma Duval, pero con consistencia. Y vaya si se las vemos.
“La mujer del juez” no fue un gran éxito de taquilla, aunque pasaron por caja casi medio millón de espectadores, pero sí que fue un gran éxito en vídeo de alquiler, con aquellas cintas que iban en las fundas gordas y mullidas de Izaro films, que la distribuyó.
En el reparto, junto a la Duval, el Tejada y el inútil de Micky Molina tenemos a un Héctor Alterio que da gusto verlo —las secuencias en las que se encuentra con la Duval en fiestas de sociedad y en las que la mira con cara de sátiro son tan inquietantes como involuntariamente divertidas— luciendo prolongada calvicie y bigotazo, tenemos a Beatriz Elorrieta y, eterno, Antonio Gamero.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

