lunes, 28 de marzo de 2022

NOTHINGWOOD

Me hierve la sangre cada vez que algún periodistilla que habrá visto cuatro películas en su vida, descubre a un individuo que hace cine de una manera diferente a lo que es canon, y entonces bautiza al individuo como el “Ed Wood” de tal o cual país. Dejen ya de hacer ese alarde de ignorancia, señores. Son ustedes un puto cliché.
Digo esto a raíz de ver que esa es la etiqueta que le ponen al tal Salim Shaheem, protagonista del documental que vengo a reseñarles, al que la prensa ha llamado “El Ed Wood de Afganistan” simplemente por la manera en que hace sus películas. Y es que aunque al igual que Ed Wood este se rodee de un séquito de tullidos y descerebrados para realizar sus producciones, realmente se trata de un director de cine afgano, sin más. Si factura esa suerte de películas caseras, no lo es porque busque esa estética expresamente, o por la falta de talento —que, por supuesto, mucho de eso hay también—; lo es porque a este hombre le ha dado por hacer películas en un país en el que el cine está prohibido, en el que los talibanes te matan si descubren que estás viendo una película o, sencillamente, porque está en un lugar que lleva 30 años en guerra.
Salim Shaheem, según su testimonio, es un individuo que de pequeño se escapaba para irse al cine a ver películas indias en contra de la voluntad de su familia que condenaba este tipo de ocio y que, en consecuencia, recibía brutales palizas. Cuanto más le pegaban sus familiares, más se escapaba para ver películas y, como no podía ser de ninguna otra forma, acabó dedicándose al cine. Por supuesto en Afganistán hacer películas es poco más que una utopía, porque por no haber, no hay ni cines para poder exhibirlas. Aun así, Shaheem ha conseguido hacer 110 películas en distintos formatos de vídeo, y hasta hacerse famoso con ellas… Afganistán entero, algunos talibanes incluidos, le adoran.
Desconozco si en Afganistán hay muchos más directores, pero yo diría que el motivo de su fama se debe a que, la afgana, es una cinematografía emergente de un solo hombre. Entonces, este tío ha hecho con una factura amateur mogollón de películas de acción, con tramas militaristas, usando gente que se encuentra por el camino, utilizando armamento y soldados reales para sus historias registradas en Hi-8. Además, como por allí están en guerra y los cadáveres campan a sus anchas por las calles como si se tratara de cacas de perro, Shaheem no duda en filmar esos cadáveres y hacerlos formar parte de las tramas que idea y dicta a su ayudante, porque él no sabe ni leer ni escribir muy bien. En el caso de necesitar efectos especiales, por ejemplo, sangre, tampoco dudará a la hora de desollar una gallina para que se desangre en un barreño y usar esa sangre en la película (algunos momentos al respecto, ponen mal cuerpo a uno…). El tipo llegó a rodar una película en plena guerra civil, entre medias casi se lo cargan a él y a los incautos que convence para que le hagan de actores, pero es tal la obsesión que tiene por su película que, con palos y piedras, consigue terminarla. Un tipo muy interesante… tanto como antipático, porque lo es un rato, yo creo que más a causa de la idiosincrasia afgana que a una cuestión de personalidad, porque luego el tipo como cineasta que es, es bastante abierto.
El título viene dado por el propio director que abre este documental diciendo que está Hollywood, luego está Bollywood y por fin está la industria del cine de Afganistán que él llama “Nothingwood” porque allí no hay nada; ni dinero, ni medios, ni cines. Aun así, Shaheem se las ha apañado para que el público vea sus películas en proyecciones que él mismo monta o a través de archivos de vídeo que los afganos se van rulando a través de whatsapp.
“Nothingwood” no es un documental al uso perpetrado por la gente de Narnaland o similares, popes del cine malo que siempre ruedan sus documentales sobre el cine emergente tercermundista con cierta sorna, como para hacer mofa. Se trata de un documental con todas las de la ley realizado por reporteros de guerra. Sonia Kronlund es una documentalista francesa que llevaba años en Afganistán retratando la guerra, filmando documentales muy crudos en los que los talibanes cortaban cabezas, jugándose la vida en zona de guerra y, en definitiva, pasándolas canutas. Claro, operando por esa zona acabaría enterándose de la existencia de Shalim Shaheem, le llamó la atención un individuo tan singular y decidió rodar un documental sobre él. Entonces, la documentalista junto a un par de cámaras, se embarca en la aventura de seguir y filmar a Shaheem de una punta a otra del país, con el fin de ir a Kabul a proyectar una de sus películas. El camino está compuesto por los terrenos más hostiles del Afganistán profundo, siendo testigo la directora de la megalomanía de un cineasta amateur al que las circunstancias le han conferido estatus de estrella, y que despliega un abanico de excentricidades que hacen al espectador dudar de la salud mental del director. Le acompañan sus actores y equipo habitual y, como es un hombre que no para, durante el camino hasta Kabul va rodando la que será su última película, empleando el atrezzo natural que le ceden gustosos los soldados que se encuentra por el desierto y contando a la reportera su historia.
Da gusto ver los momentos dedicados a cómo dirige nuestro protagonista, cómo improvisa sobre la marcha, cómo se cabrea porque los actores dicen mal el texto, el poco miedo que se le tiene a la muerte y a las armas —las cuales usan, cargadas, con poquísimo cuidado—, o cómo el muy pillo del director se percata de que el equipo con el que se está filmando el documental es mejor que el que está usando él y les pide a los operadores que filmen su película con sus cámaras y luego le pasen las imágenes, cosa a la que el equipo que acompaña a Sonia Kronlund accede encantado.
Todo ello aderezado con secuencias de varias de sus películas, en todos los formatos de vídeo domestico habidos y por haber, que amenizan un metraje tomado tan en serio y con afán de documentar, y que nos deja adivinar que el tipo del cine que practica nuestro hombre no es muy distinto al que se practica en otro tipo de cinematografías emergentes como las de Nollywood, la dominicana o la rural peruana, solo que la situación vital del de Afganistán es un pelín más complicada que la de esos países. También diré que me he quedado con ganas de ver alguna de esas películas que tanto gustan al pueblo afgano.
Recomendable documental.