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viernes, 8 de junio de 2018

HISTORIAS DEL KRONEN

En los albores de los 90, en los USA se hablaba de un cambio generacional, o no se que zarandajas, metiendo en un mismo saco a un determinado tipo de jóvenes al que bautizaron como “Generation X”.
A la culturilla española —madrileña más bien— de aquellos años le hizo gracia el término, por lo que no tardaría en dedicarle en gacetas, suplementos dominicales y revistas de tendencias, extensos artículos sobre la “Generation X” y el desencanto que provocaba pertenecer a esa generación desarraigada y en tierra de nadie, bla,bla,ba.
Como en España tampoco se puede decir que la culturilla tenga muchas ideas propias, sí en los 80 copiaron el concepto de la gala de los Oscar haciendo un plagio de la misma en lo que llamaron premios Goya —y encima esa misma culturilla, se tiró ventitantos años despreciando, a posteriori, los Oscar y todo lo americano, manda cojones—, en los 90, como niño con rabieta que anhela el soldadito del otro niño, la culturilla también quiso tener su propia “Generación X”.
Casualmente, un niñato pijo que se dedicaba a salir de copas por ahí y ponerse hasta el culo de todo, José Ángel Mañas, escribe una novela titulada “Historias del Kronen” en la que, inspirándose levemente en sus vivencias, un grupo de jóvenes de entre 20 y 25 años, salen por ahí de fiesta, se ponen hasta el culo de todo y follan. Vamos, una novela que podría escribir cualquiera con unas nociones mínimas de literatura. Pero como la novela habla de drogarse, de follar y de ese tipo de excesos, resulta entretenida.
Entonces, una cosa así viene de perlas para que toda esa culturilla tenga, por fin,  al máximo representante de nuestra patria “Generación X”, y en consecuencia, la novela es promocionada a bombo y platillo, y Mañas comparado con Brett Easton Ellis, e incluso con Hemingway. Ya teníamos a un escritor joven y outsider con el que reivindicar nuestro derecho a tener las mismas etiquetas generacionales que los americanos. Y la flauta sonó para Mañas que desde entonces no ha parado de escribir, si bien es cierto que en los últimos años ha tenido que volver a revisitar el universo “Kronen” para que se le haga algo de caso.
Poco después, como era de prever, se rueda una adaptación al cine. Entonces, qué mejor para que se nos cuente la historia de unos veiteañeros desfasados, que un viejo trasnochado meta sus manos en todo este asunto. Así, Elias Querejeta produce una película en la que Montxo Armendáriz dirige, además de co-escribir el guion junto a José Ángel Mañas.
Entonces tenemos una película con unos jóvenes que no se sabe muy bien a que extracto social pertenecen, porque por un lado parecen pijazos niños de papá, pero asisten a conciertos punk que muy poco (o nada) tienen que ver con su aspecto o maneras, que se divierten bebiendo, esnifando, viendo cine gore —como no…— y follando todo lo que se mueve, mientras se cuestionan sus identidades sexuales constantemente, y un final en el que se recurre a una primigenia estética “Found Footage” (antes del “Found Footage”). Todo esto, con unos diálogos surgidos de la mente de un viejo que imagina como hablan los jóvenes en los 90 y mete expresiones de treinta años atrás, cuando él era joven y usaba jerga. Cosa que no se explica, estando el autor de la novela escribiendo el guion ahí con él (¿o es que, quizás, si hablaban así los jóvenes en los 90?).
Y pasa como con la novela, que como es de drogas y de follar, la película resulta harto entretenida.
En su momento se estrenó, se marcó sus buenos 700. 000 espectadores (aunque se rumorea por ahí que ni por esas recuperaron los 450 millones de pesetas del presupuesto gastado) e incluso tuvo su buen tirón mediático. Ya se consolidaba la tan deseada “Generación X” española. Pero como eso resultó ser una moda, la película se evaporó con ella quedando relegada posteriormente a pases televisivos, si bien, sigue siendo recordada por los jóvenes que la vieron en su momento, pero como una peli entretenida, sin más, no como el símbolo generacional que pretendía ser.
La gracia está en que la película es una puta mierda y casi 25 años después, la manera en la que ha envejecido, los diálogos y las interpretaciones, llevan a uno a hacerse la pregunta de cómo percibiría la cinta en la época del estreno, porque no tiene ningún desperdicio. Por lo que a mí respecta, “Historias del Kronen”, hoy por hoy, es una obra cumbre del “Trash” español. Te descojonas vivo, comedia involuntaria de primer calibre, a la altura de “The Room” por lo menos. O peor.
Tiene primeros papeles para actores que debutaban y que, al menos, si perteneces a una generación; la de la hornada de actores jóvenes de los 90. El enchufado de Juan Diego Botto. Enchufado, no, enchufadísimo, porque si no fuera hijo de quién es ¿A santo de qué un actor tan HORRIBLE iba a hacer carrera en el cine? Claro, luego con los años, a fuerza de hacer muchas películas ha aprendido a actuar algo, pero aquí…. Madre de mi vida ¡verlo para creerlo! Cuando suelta por su boca torcida la frase “La amistad es para débiles, los fuertes no necesitamos amigos”, en un momento en el que el personaje está borracho y puesto de coca, es el bochorno, la vergüenza ajena, el despiporre. ¿Qué opinará Botto de su interpretación en esta película? También decir, que el parecido de Botto con Sylvester Stallone  de joven en esta película, es alarmante.
También están, risibles completamente, Jordi Mollá, Aitor Merino y Armando del Río. ¡Qué panda tan graciosa!
Así pues, recomiendo su visionado, pero como aquél que se va poner una película de serie Z con amigos para echarse unas risas. “Historias del Kronen” no decepciona, así como se trata una obra cumbre del elitismo, estupidez, ignorancia, arrogancia y subnormalismo, de lo que vengo denominando desde el principio de la reseña, “culturilla” española de principios de los 90.
Ah, y Montxo Armendáriz, que mal dirige.

lunes, 25 de marzo de 2024

TEO, EL PELIRROJO

“Teo, el pelirrojo” es una ignota película del no menos ignoto director burgalés Paco Lucio. Compitió en el festival de Berlín, pero, más allá de eso, apenas tuvo vida comercial tras su discreto estreno en cines, donde la vieron poco menos de 60.000 personas. No consiguió el apoyo de las televisiones y no se emitió hasta muchos años después, ya en los 90, del mismo modo que nunca tuvo una edición oficial en vídeo.
Sin embargo, sí obtuvo apoyo de la Junta de Castilla y León y fue financiada por el Ministerio de Cultura solo en parte, cosa rara considerando que, por forma y fondo (película de tono serio y culto, ambientada en la época del desarrollismo y con un reparto de renombre), a priori, cumplía con todo lo que exigía la ley Miró a una producción.
Vista hoy puedo comprender el ninguneo esnob, porque, pese a que se trata de una película muy para ese público de los ochenta, la tosquedad y poca pericia con la que está rodada debió tirar para atrás a todos aquellos entes bienpensantes que podían decidir sobre su futuro.
La cosa va de un juez que, junto con su esposa e hijo pequeño, se va al pueblo del que es originario porque le han avisado de que el abuelo va a morir. Una vez allí, el hijo del juez, además de contactar con otros críos, se hace amigo de un cateto, Teo el pelirrojo, aspirante a policía local que es rechazado por los dirigentes por mala bestia, lanzar proclamas comunistas en la tasca y tener un pasado turbio. Pero el chaval y el bruto se llevan estupendamente y tienen conversaciones de lo más enriquecedoras. Todo se tuerce cuando el pedazo de animal saca un día la escopeta y se carga a todas aquellas personas relevantes que le han negado el pan y la sal como policía.
Por supuesto, como el chaval ha hablado de muchas cosas con el asesino, será sometido a un tercer grado por parte de su padre el juez y las autoridades del pueblo.
Como pueden ver, un argumento muy viable para lo que se estilaría en el cine español a finales de los ochenta. Sin embargo, y al margen del politiqueo que pudiera haber silenciado (o no) esta película, “Teo, el pelirrojo” es aburrida como una mala cosa, amén de tener una estructura extraña, de tres o cuatro actos, incapaz de llevar una línea narrativa coherente; los hay largos en exceso y otros —como cuando Teo el pelirrojo  se lía a tiros— suceden en un santiamén. En definitiva, y hablando en plata, se trata de una película cultureta, sí, pero bastante mala.
El reparto esta formado por actores de la talla de Álvaro de Luna “El Algarrobo”, incapaz de desencasillarse de los papeles de garrulo tras su paso por “Curro Jiménez”, Ovidi Montllor, con la parsimonia que le caracteriza, y María Luisa San José, que sobrevivió al destape para, en esta época, especializarse en dramas rurales tras “Réquiem por un campesino español”. Asimismo, tenemos a todos los hijos de Cristina Rota aquí enchufados, en una producción leonesa, siendo Juan Diego Botto el niño protagonista —y que actúa con un gracejo y una frescura que ya no tendría en “Historias del Kronen” (ahí tendría gracejo, pero en otro sentido)— y sus hermanas Nur Al Levi y María Botto, que serían dos de las niñas que pululan por el largometraje (y que, aunque recientemente visionado, ahora mismo no sitúo).
Por su lado, el director Paco Lucio, que se ganó mejor la vida como asistente, encargándose de la segunda unidad de films del mismo palo que este, como por ejemplo “El espíritu de la colmena” o “El Sur” (ambas de Víctor Erice, al que Lucio considera su maestro), tuvo oportunidad de dirigir dos películas más durante toda su carrera, ambas en los 90 y de mínima repercusión, “El aliento del diablo” y “La sombra de Caín”.

viernes, 26 de enero de 2024

PLENILUNIO (2000)

Otra película española de los dosmiles más o menos olvidada. Pero, esta vez, y a diferencia de las varias de aquella década que de un tiempo a esta parte vengo reseñando, está francamente bien… sin embargo, en su momento la crítica fue más bien discreta con la cinta, y el público apenas llegó a 200.000 espectadores que, igual para el año 2000, ya era un éxito.
Se trata de la adaptación de la novela homónima de Antonio Muñoz Molina que, para la ocasión, adapta al cine su propia mujer, la también escritora Elvira Lindo (la de “Manolito Gafotas”) que firma el guión. Y así todo queda en casa. Dirige el que en su momento fuera uno de nuestros directores más prestigiosos de los 90, Imanol Uribe.
Se trata de un thriller serio y sobrio a más no poder, en el que, tras encontrar el cadáver de una niña que ha sido brutalmente asesinada, un inspector de policía investiga a la vez que las pistas le llevan a conocer a una mujer de la que se enamorará. De este modo, somos testigos de las fechorías del asesino en serie que ha cometido tan atroz crimen, un pescadero sexualmente reprimido que vive con sus padres y se pasa la vida mascullando. Con un par de copitas encima, las noches de luna llena sale a asesinar niñas inocentes. Hasta que un día una de sus víctimas resultará no estar muerta, lo que agilizará la investigación.
En un momento de la película, el inspector, interpretado por Miguel Ángel Solá, dice: “Lo que me da más asco del cine es la forma en que hace atractivo un crimen cuando en realidad no es más que crueldad y chapuza”. Y casi parece una declaración de intenciones porque, efectivamente, “Plenilunio” se cuida de hacer que los crímenes del asesino sean interesantes: este es un tipo repugnante y sus crímenes una auténtica chapuza. A ello contribuye la interpretación de Juan Diego Botto que, pese a que no es un actor al que yo considere muy dotado, aquí, maldiciendo por lo bajini, con ese pelo largo y grasiento y fumando cigarrillos como un poseso, no solo está muy bien, sino que consigue que sus apariciones generen algo de inquietud. Podíamos destacar todas sus escenas como lo mejor del film, y estas se van entrelazando con el romance del inspector de policía con una mujer de mediana edad interpretada por Adriana Ozores, que tampoco están exentas de interés por el trato que se le da al romanticismo, frío, tosco y totalmente alejado de lo rosa. Y me resulta muy curioso ver una historia de amor en una película llevada con la solera del que transporta un saco de patatas.
Así que, en definitiva, tenemos aquí una película serena, oscura, densa y en la que cada pocos minutos estamos palpando el mal rollo. Además de tener una fotografía en scope acojonante —de cuando las películas todavía se rodaban en celuloide—, una estupenda banda sonora firmada por Antonio Meliveo y una cuidada dirección por parte de Uribe, que en lo sucesivo, aunque nunca le faltó trabajo, iría perdiendo el prestigio que en los 90 le proporcionó una que, al contrario que la reseñada, le ha sentado bastante mal el paso de los años: “Días contados”.
En papeles secundarios tenemos a un estupendo Fernando Fernán Gómez haciendo de cura comunista, Chete Lera haciendo de Chete Lera, María Galiana o Manuél Morón.
“Plenilunio” fue nominada a cinco premios Goya. No consiguió ninguno.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

TENGO 17 AÑOS

A parte de los rasgos meramente populares, existe una gran diferencia entre el cine español de ahora y el facturado antes de 1988; el filtro. ¿Qué es el filtro? Pues nada específico. Es algo más bien onírico, pero palpable al mismo tiempo. Verán, cuando vemos una película española actual (y subvencionada), esta tira para atrás, hablando, ya no solo de argumentos, si no esta vez de aspectos técnicos, en parte por ese agrio y grisáceo “filtro” (imaginario) que hace que se note que la película es española. Y te entran las ganas de vomitar, no ya porque Juan Diego Botto no sepa actuar o por los diálogos de vergüenza ajena, si no por ese repugnante aspecto que se gasta la imagen y el look impostado.
Así, con las mismas que digo que el cine Español actual es el peor cine del mundo, digo también que pocas cinematografías son mejores que la nuestra cuando el cine era cosa de inversores inmobiliarios. Y cuando había súper producción, había súper producción. Había un dinero en la película, no como ahora que se gastan lo mínimo en esta, para invertir el grueso en la cocaína que consume el equipo.
Como muestra, sin ir más lejos esta "Tengo 17 años", película-vehículo para lucimiento de Rocío Dúrcal en su etapa adolescente, que bailaba bien, cantaba mejor, y encima, estaba más buena que el pan, y al contrario que Maribel Verdú, no tenía que mostrar sus asquerosas tetas para triunfar.
A ver: No existe una sola película española actual que tenga la factura técnica que tiene esta película. Con un scope glorioso, un tecnicolor que duele a la vista de lo bueno que era, y unos decorados para según que numeritos musicales, en la primera mitad de "Tengo 17 años", que poco o nada tienen que envidiar a un "West Side Stort", o cualquier musical Hollywoodiense de la época. Y digo la primera mitad, porque el resto transcurre en un pueblo – Claro es que después de todo estamos en España, donde tira más un chorizo que el caviar- y ya entre vacas, cerdos y cabras, el nivel de espectáculo cede. Pero es igual, porque el tempo, dirección y montaje es inmejorable. Que aprenda Ricardo Santiago.
Así pues, tras la pataleta, vamos al filme en cuestión.
Rocío, que aspira a irse de gira con una compañía de teatro amateur, decide robar la pitillera de su padre para empeñarla y conseguir el dinero que necesita. En su casa pija, echan la culpa a uno de los criados, y tras confesar Rocío el delito, ni la policía ni su madrastra la creen, por lo que a base de autoestop y de mentiras, esta se escapa y llega a un pueblo, donde se cuela en la casa de un abuelo con su hijo y los cinco nietos, alfareros obsesionados con la formula química con la que podrán hacer el color Bermellón para pintar sus vasijas, que a cambio de que les haga la comida (que cocine, nada que ver con las felaciones…) y les planche la ropa, le dejarán cobijarse allí, mientras surge el amor por un lado, y una gran amistad con esa gente por el otro.
En definitiva, se trata de una versión muy “Sui Generis” del cuento de “Blancanieves y los siete enanitos”. Pues a estas alturas, y con casi 50 años de antigüedad, y si hacemos caso omiso del extremo nivel de ñoñería del que hace alarde la película, la verdad es que "Tengo 17 años", es una comedia romantico-músical que ha envejecido muy bien, que está muy poco trasnochada (los paletos del pueblo visten como los modernos actualmente); donde los actores son profesionales y no chirrían (no como los de ahora), y que se queda en el subconsciente de por vida. Verán, de pequeño esta película me gustaba mucho, la tenía en betamax y la consumía regularmente. Pero puede hacer fácil 25 años que no la veo, y anoche incluso soltaba diálogos durante el visionado. Vamos, que me acordaba de todo, como si se tratara de "E.T. El extraterrestre" o "Gremlins", y eso sin que hiciera efecto en mí el factor nostalgia, pues en años posteriores a la infancia, lo que tocaba era renegar de estas películas, hasta ahora que me hago mayor y las reivindico.
Muy maja, y sobretodo, muy bien hecha.
En el reparto divisamos, jovencísimos, a Pedro Osinaga, Emilio Gutiérrez Caba o Ricardo Palacios, gordo como una sabandija, en un simpático papel, con puyita incluida para los gafapastas de la época (si se dignan en verla, sabrán a que me refiero).
Dirige con MAESTRÍA, José María Forqué, papá de Verónica Forqué y productor y director de montones de clásicos de nuestra cinematografía.

martes, 14 de enero de 2025

NI TE CASES NI TE EMBARQUES

Cuando se habla de la primera película para lucimiento de Martes y 13 en formato trío, “Ni te cases ni te embarques”, se tiende a decir que es malísima y no hace honor al talento del grupo. A mí de chaval me encantaba, años después me pareció floja y anoche me volvió a parecer genial. Esto va como va.
Desde luego es graciosa y está entretenida, si bien es cierto que es una de esas películas que vende a su trío protagonista, en principio alejado del cine y, una vez se tiene el cartel que los anuncia, el producto resultante es lo de menos. Por eso, en el montaje hay secuencias que no tienen continuidad o que, directamente, se pasan la narración por el forro de las pelotas, porque la historia en el fondo da lo mismo.
No obstante,  me resulta una película curiosa y, fríamente, sentencio aquí que se trata, sin duda alguna, de la mejor de cuantas hicieron Martes y 13, muy por encima de “La loca historia de los tres Mosqueteros” de mi amado Mariano Ozores y, por supuesto, sustancialmente por encima de esos dos despropósitos de Álvaro Sáenz de Heredia que son “Aquí huele a muerto (Pues yo no he sido)” o “El Robobo de la Jojoya”, que, siendo más actuales que la que nos ocupa, sobreviven peor al implacable paso del tiempo. De chaval más o menos me gustaban ambas, pero vistas hoy… las películas de Martes y 13 como dúo son lo peor de lo peor, carentes de gracia y con una sobredosis de chascarrillos propios de los humoristas que ya son de otro tiempo (ergo, no funcionan).
Sin embargo “Ni te cases ni te embarques” aguanta algo mejor por varios factores, a saber; su intencionalidad. Quizá las películas al servicio de humoristas son un producto que se explotó más en los 90, por lo que en “Ni te cases ni te embarques” todavía no existía del todo ese pensar de convertir secuencias directamente en sketches, así, en lugar de tener una película de Martes y 13, tenemos a Martes y 13 en una película. Se trata de uno de esos films concebidos por Bermúdez de Castro para forrarse que, sí, está protagonizado por Martes y 13, pero que funcionaría igual de bien protagonizado por Antonio Ozores, Juanito Navarro o Raúl Sender, por ejemplo. Es ese tipo de cine de comedia español de los 80, solo que con el aporte juvenil y gamberro de Josema, Millán y Fernando.
Por otro lado, el estilo de los humoristas aún no se había definido del todo en 1982 —estaban empezando en verdad—, no eran ese muestrario de tics y chascarrillos que volvía loca a toda España y, aquí, podemos decir que más que haciendo humor, que lo hacen, están asumiendo la faceta de actores que coleaba desde sus inicios. Martes y 13 venían de tener una formación actoral, pero, sin duda, el que más se luce en esta película como tal es Fernando Conde, que se come a los otros dos caricatos con patatas. Asimismo, tenemos a un todoterreno tras las cámaras como es el director Javier Aguirre, rentando su profesión con las películas de Parchís en ese momento, haciendo un break para una cosa un poco más pequeña destinada a los cómicos de moda, mientras que en su tiempo libre le da a lo que realmente le gusta, que es el cine experimental. Tiene un guion endeble que él no ha escrito, pero coloca la cámara donde toca y dirige a los actores de manera más bien correcta, sin que se le rasguen las vestiduras por ello y sin hacer ningún esfuerzo. Otra cosa es que en el montaje hicieran el desbarajuste maravilloso que es esta película a nivel argumental, cuyo resultado el espectador no tiene en cuenta porque, al fin y al cabo, y aun siendo más cine que otras muestras posteriores del subgénero, el público natural, que es España entera, disfruta de los parabienes de Martes y 13 en una película.
Otro punto a favor, y que también se estilaría en productos del mismo corte a posteriori, es que, aunque es una película al servicio de unos cómicos muy famosos, se aprovecha para introducir a otros menos populares. Así, si en los vehículos para lucimiento de Chiquito de la Calzada teníamos a Bigote Arrocet acompañando al malagueño, en esta tenemos a una estupenda Beatriz Carvajal absolutamente desmelenada, interpretando a una gallega como ya solía hacer en sus intervenciones televisivas de la época. Añádanle una suerte de reparto de actorazos de primer orden haciendo los roles secundarios, como puedan ser Agustín González, Amparo Soler Leal, Alejandro Enciso o Luis Barbero. También tenemos por ahí a un niño pequeño que molesta a nuestros protagonistas y no es otro que Juan Diego Botto.
O sea, que al final "Ni te cases ni te embarques" se prodiga como una película muy divertida y desenfadada con la que uno se echa unas risas.
Aludiendo a la picaresca española, la cosa va de tres jóvenes parados que, para subsistir, tienen que recurrir a pequeños timos que siempre les salen mal. Hasta que un buen día, tras una serie de circunstancias, deciden abrir una agencia matrimonial, la excusa perfecta para que se sucedan toda suerte de disparatadas situaciones. No hay más.
Tontorrona y facilona, la película contiene desde gags muy graciosos hasta otros bastante vergonzantes, pero siempre dentro de un campo de acción agradable y entretenido, que se torna genial cuando roza lo políticamente incorrecto —mezclar un mismo gag discapacidad y homosexualismo, como sucede en un determinado momento,  no es moco de pavo — y eso que del humor del grupo no hay más que pinceladitas.
Se estrenó en el mejor momento de Martes y 13 como trío (antes de convertirse en fenómeno social tras la marcha de Fernando Conde) y llevó a los cines a una marabunta de personas, casi 800.000, sin que la película llegara a trascender en el imaginario popular como sí lo hicieron las que vendrían ya en su época de esplendor. Asimismo, Millán, en sus memorias “En mis 13”, decía que no se había hecho buen cine para Martes y 13 y esta película era una muestra de lo poco que se confiaba en ellos para el medio, diciendo que no les dejaron meter mano ni en el guion, ni en la dirección, ni en la elaboración de gags… ahora les digo yo ¿no presumís de que erais actores? Pues ahí tenéis una película en la que interpretáis, hacéis humor, y la paleta de colores es tan amplia que os desenvolvéis con trabalenguas, slapstick , humor visual y textual, por obra y gracia del equipo del señor Bermúdez de Castro, que por aquella época ya viajaba en "Rolls Royce". Yo creo que es un trabajo del que sentirse orgulloso más que del que renegar visto lo visto.
A reivindicar y redescubrir como la estupenda obra de derribo que es.