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viernes, 22 de enero de 2016

¡BRUJA, MÁS QUE BRUJA!

Partiendo de la base de lo interesantísimo que me parece el cine popular español de los años 60, 70 y 80, hay que tener en cuenta también que muchos de los que cultivaban este tipo de cine, ya en la era de la Ley Miró, se pasaron al bando intelectualoide, no fuera que les fuera a caer encima el yugo de la Miró encima, y si bien, no renegaron del cine que venían haciendo hasta ahora, si que supieron excusar su existencia ante el juicio al que se sometió en los noventa al cine español de consumo. Por citar un par de nombres, los más palpables y prestigiosos a posteriori, fueron José Sacristán y Fernando Fernán Gómez. El primero me interesa muy poquito. Nada de hecho. Ni cuando perseguía a las Suecas. Del segundo, otro gallo canta, ya que como autor y director, me parece una de las propuestas más interesantes de cuantas ha habido en el cine español. Porque si, al final adquirió prestigio y llegó a pedantear con cosas como “El viaje a ninguna parte” por otro lado estupenda película o con “Mi hija Hidelgart”, también es el responsable de obras maestras del cine español como por ejemplo “El Extraño viaje” que es cojonudísima –y tontea, además, con el género fantástico por mucho que digan- combinando todo esto con cosas más populares como “La Venganza de Don Mendo” o “Los Palomos”.
Pero es que además del Fernando Fernán Gómez alagado por la intelectualidad del cine español, ese que es entrevistado durante horas en el pretencioso documental de David “te odiamos a ti  y a toda tu familia” Trueba, tenemos otro Fernando Fernán Gómez que no atina y cuyas películas no gustan a nadie. Ese es el que aquí reivindico, por supuesto. De ese tipo está “Pesadilla para un Rico” tan mala (pero divertida) que es para mear y no echar gota, verla y no acabar de creerla, y que los estudiosos omiten a la hora de  hacer sus retrospectivas en honor al director, y la que nos ocupa, que los mismos plumillas de los que os hablo, no han tenido los cojones de defenestrar, ni ignorar ni pronunciarse al respecto porque de tonta y de jodidamente extraña, es muy probable que los hijos de puta no sepan ni que cojones están viendo.
Pero es muy sencillo; se trata de una comedia negra, negrísima, que también tontea ligeramente con el fantástico que además es un musical y también es una zarzuela. Además de eso, está rodada con un presupuesto tan ínfimo –los productores no se estiraban ni lo más mínimo- que podría considerarse una película de Serie Z.
Fernán Gómez leyó en su momento en la prensa, como en un pueblo de estos perdidos de la mano de dios, un individuo, con el afán de rejuntarse y pacer en el lecho de la esposa de su tío,  parte a este la cabeza en dos con un hacha. Cuando le preguntaron que como es que había hecho esto, dijo al juez que había sido alentado por la bruja local, en realidad, una señora con mucha jeta que vivía de sacarle los cuartos a la credibilidad de estos gañanes de pueblo
A Fernán Gómez le entusiasmó este asesinato tan de aquí, de la españa negra, y decidió hacer una película al respecto, pero lejos de hacer la típica crónica negra del asunto –como si haría Paul Naschy con “El Huerto del Francés”- , el caso en concreto le parece tan  divertido que decide transformarlo en una comedia. Es más, lo convierte en una Zarzuela cinematográfica. Con lo que tenemos una cosa muy rara, tomada como a chufla, en la que cada dos por tres los actores se ponen a hacer playback de Zarzuelas, interpretadas por voces enormemente distintas a las de ellos… mientras, en tono casi vodevilesco, vemos los avatares de este muchacho que quiere quedarse con la mocita que es la mujer de su tío.
No gustó a nadie, en cines la vieron unos discretos 300.000 espectadores, pero a mí esta chabacanería –porque es cutre como ella sola- me parece una película estupenda, entretenida y un claro reflejo de lo loco que estaba el cine español de la transición. Que lastimita comparado con el de ahora.
Así, tenemos vestidos con boina y haciendo de gañanes de pueblo rozando la sobreactuación, al propio Fernán Gómez, a Paco Algora, y bien moza y mostrando su par de tetas bien puestas a Emma Cohen, quien siendo radicalmente más joven que Fernando Fernán Gómez, pronto este le convertiría en su compañera sentimental hasta el día de su muerte.
Haciendo de la bruja que da título a la película, una magnífica Mary Santpere, graciosa como ella sola.
Muy curiosa la película. Para guardarla en un dvd.

lunes, 25 de marzo de 2024

TEO, EL PELIRROJO

“Teo, el pelirrojo” es una ignota película del no menos ignoto director burgalés Paco Lucio. Compitió en el festival de Berlín, pero, más allá de eso, apenas tuvo vida comercial tras su discreto estreno en cines, donde la vieron poco menos de 60.000 personas. No consiguió el apoyo de las televisiones y no se emitió hasta muchos años después, ya en los 90, del mismo modo que nunca tuvo una edición oficial en vídeo.
Sin embargo, sí obtuvo apoyo de la Junta de Castilla y León y fue financiada por el Ministerio de Cultura solo en parte, cosa rara considerando que, por forma y fondo (película de tono serio y culto, ambientada en la época del desarrollismo y con un reparto de renombre), a priori, cumplía con todo lo que exigía la ley Miró a una producción.
Vista hoy puedo comprender el ninguneo esnob, porque, pese a que se trata de una película muy para ese público de los ochenta, la tosquedad y poca pericia con la que está rodada debió tirar para atrás a todos aquellos entes bienpensantes que podían decidir sobre su futuro.
La cosa va de un juez que, junto con su esposa e hijo pequeño, se va al pueblo del que es originario porque le han avisado de que el abuelo va a morir. Una vez allí, el hijo del juez, además de contactar con otros críos, se hace amigo de un cateto, Teo el pelirrojo, aspirante a policía local que es rechazado por los dirigentes por mala bestia, lanzar proclamas comunistas en la tasca y tener un pasado turbio. Pero el chaval y el bruto se llevan estupendamente y tienen conversaciones de lo más enriquecedoras. Todo se tuerce cuando el pedazo de animal saca un día la escopeta y se carga a todas aquellas personas relevantes que le han negado el pan y la sal como policía.
Por supuesto, como el chaval ha hablado de muchas cosas con el asesino, será sometido a un tercer grado por parte de su padre el juez y las autoridades del pueblo.
Como pueden ver, un argumento muy viable para lo que se estilaría en el cine español a finales de los ochenta. Sin embargo, y al margen del politiqueo que pudiera haber silenciado (o no) esta película, “Teo, el pelirrojo” es aburrida como una mala cosa, amén de tener una estructura extraña, de tres o cuatro actos, incapaz de llevar una línea narrativa coherente; los hay largos en exceso y otros —como cuando Teo el pelirrojo  se lía a tiros— suceden en un santiamén. En definitiva, y hablando en plata, se trata de una película cultureta, sí, pero bastante mala.
El reparto esta formado por actores de la talla de Álvaro de Luna “El Algarrobo”, incapaz de desencasillarse de los papeles de garrulo tras su paso por “Curro Jiménez”, Ovidi Montllor, con la parsimonia que le caracteriza, y María Luisa San José, que sobrevivió al destape para, en esta época, especializarse en dramas rurales tras “Réquiem por un campesino español”. Asimismo, tenemos a todos los hijos de Cristina Rota aquí enchufados, en una producción leonesa, siendo Juan Diego Botto el niño protagonista —y que actúa con un gracejo y una frescura que ya no tendría en “Historias del Kronen” (ahí tendría gracejo, pero en otro sentido)— y sus hermanas Nur Al Levi y María Botto, que serían dos de las niñas que pululan por el largometraje (y que, aunque recientemente visionado, ahora mismo no sitúo).
Por su lado, el director Paco Lucio, que se ganó mejor la vida como asistente, encargándose de la segunda unidad de films del mismo palo que este, como por ejemplo “El espíritu de la colmena” o “El Sur” (ambas de Víctor Erice, al que Lucio considera su maestro), tuvo oportunidad de dirigir dos películas más durante toda su carrera, ambas en los 90 y de mínima repercusión, “El aliento del diablo” y “La sombra de Caín”.

viernes, 4 de febrero de 2022

EROS HOTEL (EL HOTEL DEL AMOR)

Según se cuenta, el trasfondo de esta película durante su preproducción era político, tratando de emular las películas exploit americanas que usaban ese tipo de reivindicaciones a la hora de mostrar teta en pantalla, darle un poco de enjundia al producto, no solo peludos coños y turgentes senos. Sin embargo, “Eros Hotel”, una vez rodada, resultó ser una más de las muchas películas “S” que se exhibieron en salas acondicionadas a películas de tal categoría antes de que el porno se legalizase, una mediocridad. Por otro lado, al tratarse de una co-produccion hispano- italiana, y al no existir en Italia una categoría como esa, el erotismo de esta película se queda un tanto descafeinado en comparación con otros títulos “S” de producción eminentemente española, para amoldarse al tipo de cine erótico italiano que se llevaba entonces en el país de la pizza, un poquito más comedido.
El argumento, como no, es una tontería: Con la excusa de mostrar carne y escenas de sexo,  tres parejas de distinta nacionalidad deciden ir a pasar una temporada a un hotel en Turquía —obviamente, para abaratar costes a la producción— y así resolver allí sus diferencias sexuales. Pero una de estas parejas acude con una joven sobrina de 18 años que dice ser muy liberada, lo que acarreará la discordia sexual entre todos ellos. Por otra parte, en el hotel hay una especie de sátiro con bigote, que tirará la caña a todas las hembras que por allí pululan, llegando a mojar en alguna que otra ocasión con algunas de ellas.
Nada. Una película de folleteo vacía y sin un atisbo de reivindicación política como se preveía —gracias a dios—.
Sin embargo llama poderosamente la atención que la película entera es un vehículo para el lucimiento del palmito de la actriz Violeta Cela, secundaria habitual del cine español en la era “Ley Miró” que aparecía en “Amanece que no es poco”, “El año de las luces” y tantas otras películas de prestigio, que ganó cierta popularidad a finales de los setenta por interpretar a un personaje del programa infantil “La mansión de los Plaff”, y que aseguró a la prensa que era sobrina de Camilo José Cela. Nadie puso en duda esto hasta que, años más tarde, se descubrió todo el pastel y se supo que no era sobrina de Cela, que se lo había inventado para darse importancia, pero sí lo era del director de las películas de Joselito, Antonio del Amo. También era prima de la vedette Paloma Cela. El caso es que me llama la atención, que con una carrera ascendente en televisión durante los primeros 80 que se tradujo luego en la regularidad que ofrece el ser una actriz secundaria, combinó esa faceta televisiva de marcado carácter infantil con los protagónicos en el cine “S”, apareciendo pizpireta en lo de “La mansión de los Plaff”, a la vez que de despendolaba, más pizpireta todavía, como Dios la trajo al mundo y completamente desinhibida en películas seminales del subgénero tales como “¡Susana quiere perder… eso!”, “Suave cariño, muy suave” y, más tarde, la que nos ocupa. Cosas de la época.
Por lo demás, un producto de lo más miserable, la típica película “S” que cubre el cupo de escenas picantonas y, para rellenar, construye un par de tramas insaboras y pretendidamente cómicas que en absoluto resultan eficaces. El cine menos autoral y menos eficaz de cuanto se hizo en nuestro país tras la muerte de Franco, que únicamente sirvió para cubrir la demanda pajera de la época, o para rellenar la programación de madrugada en canales de dudosa procedencia como 8 Madrid, a partir del nuevo milenio.
En esta ocasión, al ser una co-producción y ser el reparto procedente de distintos puntos de la geografía europea, se le encomienda la tarea de dirigir a todo un artesano de la serie B/Z italiana, Sergio Bergonzelli, que comenzó con el spagueti western, se paseó por el cine erótico y la comedia bobalicona, siendo una se sus películas más célebres una que co-dirigida con Carlos Aured, ni tan siquiera le da a Bergonzelli crédito como tal ; “Apocalipsis Sexual”.
Para completistas muy completistas.

lunes, 11 de mayo de 2015

GULLIVER

Amparada en ser una adaptación libre de “Los viajes de Gulliver” de  Jonathan Swift, lo que verdaderamente ofrece esta película, es la poca vergüenza del director Alfonso Ungría. Pero la poca vergüenza se vio justamente castigada. Lástima que ese castigo que destruyera la película, fuera proveniente de las últimas  cuchilladas de la asquerosa y vil censura.
Resulta que el director Ungría, vio la película de Werner Herzog “Los enanos también empezaron pequeños” sobre una sociedad de enanos que se rebelan, y como aún no se había estrenado en España, aprovecha  la ignorancia habitual del publico de este país y se junta con Fernando Fernán Gómez para, con dos cojones, y sin reconocerlo en ningún momento, plagiar la idea y el concepto de aquella. La única manera de defenderse de esta acusación es, como ya he dicho antes, el ampararse en que adapta “Gulliver”… pero en realidad, y con unos toques castizos, nos cuenta prácticamente lo mismo que la de Herzog, sin la pericia de aquél, por supuesto y  nada de “Los viajes de Gulliver”.
Así tenemos a un delincuente que escapa de la policía y, tras un accidente, acaba en un remoto pueblo perdido y desértico, habitado por enanos. Estos le recogen y es testigo de la sociedad de la que forman parte, con sus dictaduras, jerarquías y en torno al mundo del espectáculo –tauromaquia y teatro-.
Como el hombre es más fuerte que ellos, hará que las cosas en ese pueblo se pongan de su lado y, ofreciendo casinos y todo tipo de ocio a los enanos,  pronto tomará el poder, con las consecuencias que esto pueda acarrearle.
Rodada en 1977, la película no consiguió ser estrenada hasta dos años después. La censura la dejaba completamente amputada, se cebaron con una escena en la que, en teoría, se mostraba una felación, y otras tantas en las que los enanos cometían fechorías (o no). Entre eso, y que las distribuidoras no querían estrenar un producto tan peculiar, se quedó en las latas hasta que, pasados dos años, se estrenó de tapadillo, desplazándose hasta los cines, unos 48.000 míseros espectadores.
Desde los primeros fotogramas, detectando el plagio, la película ya me resulta antipática  y, según va avanzando, me voy aburriendo, me va cayendo más gorda y me  pongo de mala hostia. Además, es el precedente de lo que poco después vendría con la dichosa Ley Miró. Encima, la versión que yo he visto, no tiene la famosa escena de la felación.
Mala no, lo siguiente. Y pedante. Y pretenciosa.
Junto a Fernán Gómez, toda la cuadrilla de enanos del cine español de los setenta y ochenta: José Jaime Espinosa (“Cristóbal Colón de oficio descubridor”, “La Momia Nacional”, “La loca historia de los tresmosqueteros”) o José Rivera “Caracolillo” (“La Biblia en pasta”) junto a actores de tamaño normal de la talla de (jejeje!) José Riesgo.
En cuanto al director Alfonso Ungría, empezó su carrera con una película de prestigio como fue “El hombre oculto”, para pasar a una boicoteada por los mismos productores y nunca estrenada, “Tirarse al monte”. Siguió con típico cine español de mierda, como “África”, donde vemos las tetillas a ElenaAnaya, “El deseo de ser piel roja” o ese panfleto donde un grupo de profesionales nos dejan claro lo comprometidos que son (jajajajajajaja!!) titulado “¡Hay Motivo!”
Que mal me cae todo este universo.

martes, 18 de junio de 2024

SUMMERS EL REBELDE

Manuel Summers, director que venero y del que he pasado buena cuenta por aquí, consigue, por fin, una reivindicación dentro del mundo académico que siempre le había negado el pan y la sal, más por cuestiones políticas que artísticas. Por todos es sabido que el padre de Summers era un gobernador del régimen franquista y que el propio director no comulgaba del todo con la izquierda. Con todo eso, sin embargo, la derecha se le echó encima, siendo una de las víctimas más perjudicadas por la censura de la época, ya que esta le consideraba un hombre peligroso al no tener un filtro político contrario con el que lanzar mensajes en las películas. En resumidas cuentas, se le cogió manía por todas partes a nivel político. Así, Summers se abrazó al cine comercial hasta el final de sus días, luchó en contra de la crítica que desde sus inicios le había defenestrado, y se alió a los productores más conservadores en su cruzada contra los cineastas progresistas que se beneficiaban de las ventajas de la nueva ley Miró. Summers fue un auténtico outsider.
Por otro lado, el historiador y  Doctor Cum Laude en Comunicación Audiovisual Miguel Olid (debe ser primo mío), cuenta todo esto que he resumido yo en unas líneas en un documental que si bien a su paso por los distintos festivales llegaba a una duración estándar de 82 minutos, en su emisión por la televisión pública queda reducido a 58: “Summers, el rebelde”.
Lo mejor de todo es que Olid, comienza con su relato afirmando que en un principio el cine de Summers no era el que más le interesase —de hecho no le gustaba— y que es un acto de justicia poética el realizar un documental sobre el que probablemente es uno de nuestros mejores cineastas. El resultado tras 8 años de investigación, es esta estupenda película que, aunque avanza de manera común con la fórmula de cabezotes parlantes y mucho y buen material de archivo, no se conforma con el chupapollismo propio de este tipo de documentales, y a los comentarios positivos por parte de la familia (David Summers, Guillermo Summers, Beatriz Galbó…) o amigos (Garci, Tote Trenas…) se suman los de las voces discordantes, contemporáneas o provenientes del material de archivo, que vienen a decir poco menos que Summers hacía unas películas que o bien eran mierda, o eran flojas, o eras procaces, soeces, controvertidas…
Asimismo, podemos ver montones de entrevistas de la televisión pública en las que Summers decía lo que pensaba sin pelos en la lengua, con perlas de actitud tales como: “A mí ningún crítico puede decirme que mi película es mala mientras esta se tire nueve meses y medio en cartelera”.
Por lo demás, un repaso lógico a la carrera del director, sin llegar a profundizar en según que aspectos (la incursión en Estados Unidos de Summers, materializada en la película “Ángeles Gordos” después de pasar sus películas de adolescentes por productos exploit en cines del Deuce neoyorquino, sigue siendo una de las cuestiones que más en el aire queda siempre que se habla o escribe sobre el director sevillano), en un documental que significa, por fin, la reivindicación de uno de los mejores directores de cine españoles, cuya figura se vio ninguneada y vilipendiada por cuestiones meramente políticas, aun siendo vox populi que su obra (ya fuera en la etapa más autoral, en la más populachera, e incluso trayendo de Europa la cámara oculta para estrenar ese formato en cines y que toda España se lo comiera con agrado), estaba muy por encima de la del resto de sus coetáneos y merecía, no solo su estudio, sino también su divulgación y reivindicación. Y el documental de Miguel Olid, junto con el estupendo pack con sus mejores películas en Blu Ray que recientemente ha editado "A Contracorriente films", lo hacen… aunque sea en una época en la que, quizás, a nadie le importe el cine de Summers. O importe desde el esnobismo.

viernes, 2 de abril de 2021

¡ESTO ES UN ATRACO!

Después de la Ley Miró, Mariano Ozores se vio obligado, visto que ya no podía estrenar en salas, y bajo producción de Carlos Cascales, fundador del mítico sello de distribución videográfica Olympi, a rodar sus películas con presupuestos ínfimos -aunque  seguía rodando en 35 mm, al contrario que otras muchas películas del sello que se rodaban en primigenio vídeo de la más baja estofa-, que luego serían explotadas en vídeo directamente para alquiler.
El negocio resultó rentable pero, también frustrante para Mariano Ozores que, si bien sabía el número de cintas vendidas en los videoclubes, no sabía el número de personas que alquilarían esos vídeos. A día de hoy, se calcula que el número de personas que alquilaron aquellas películas supera sustancialmente al número de espectadores que acudieron a las salas a ver las últimas películas de su etapa anterior en cine.
Así, de esta incierta etapa salieron películas que, ignorándose su condición de película videoclubera, se han convertido en clásicos menores de la filmografía de Mariano Ozores. Sirvan como ejemplo  “Los Obsexos”, “Capullio de Alhelí”, “Veneno que tú me dieras” o “Esto sí se hace”.
La lista de películas que Mariano Ozores escribió y dirigió para el mercado del vídeo ente los años 1986 y 1989 es encomiable. Además gozaron de gran éxito puesto que fueron justo los años en los que tanto Antonio Ozores como Juanito Navarro,  protagonistas de casi todas estas cintas, triunfaban, y a base de bien, haciendo numeritos humorísticos en el “Un, dos, tres, responda otra vez”, con lo que aprovecharon en las películas todos los chascarrillos y coletillas de los que hacían gala en el concurso televisivo.
De todas aquellas películas, entre las cuales las hay mejores y peores, destaca esta “¡Esto es un atraco!” que funcionó tan maravillosamente bien en su explotación en vídeo, que se decidió, un año después de su lanzamiento, tirar copias en 35 mm. para hacerle un reestreno en salas de cine, con lo cual, se trataría de la primera película de la historia del cine español que gozaría de una carrera comercial en vídeo, para después disfrutar de vida comercial en cine. Obviamente, el invento no era muy inteligente; estrenar la película cuando ya la habían visto en casa todos los fans del clan Ozores, no fue como se esperaba en un principio. No llegó a congregar más de 26.000 espectadores en los cines, pero ya es más de lo que se podía esperar.
La película es la mejor de cuantas Ozores rodó para el videoclub, si bien es cierto que aun aprovechando al máximo ese presupuesto bajo mínimos del que disponían, no sería, ni de lejos, una de sus mejores películas, pero sí  la más importante de aquella época.
La trama es interesante: Alguien convoca a cinco desahuciados para que, previamente entrenados, perpetren un atraco en el que sustraerán millones de pesetas en forma de lingotes de oro pertenecientes a algún potentado con tanto capital, que no lo echará de menos, lo que supondrá una solución total a sus problemas. Ataviados con trajes de bombero son adiestrados y, el día de autos, van viendo que todo se les está poniendo en bandeja cuando en un principio parecía una difícil misión. Pronto descubrirán que se trata de una jugarreta del potentado con el que nuestros cinco protagonistas tienen deudas pendientes.
Una película cómica que con tres pesetas que costó, acaba resuelta con eficacia, imaginación y mucho oficio, pero cierto es que en todo momento detectamos por todas partes esa falta de medios, echando de menos una producción mucho más holgada, ya que la película, la trama  y la historia lo pedían a gritos. “¡Esto es un atraco!” es una de esas películas cuyo bajo presupuesto, aún  bien capeado, le perjudica en lugar de beneficiarle.
Por otro lado, en cierto modo, las películas para vídeo de Ozores resultan ser muy libres, en el sentido de que a Ozores, por ejemplo, le gustaba la interacción de los personajes con el público, así que la película comienza con Antonio Ozores dirigiéndose a cámara y presentándonos un poco la película y el elenco protagonista.
Si la piratería en plenos ochenta era una minucia comparado con la que sufrimos antes de las plataformas digitales, Antonio Ozores aprovecha, dada su nueva etapa videoclubera y libre, para hacer que el protagonista principal sea propietario de un videoclub y, en medio del guion y sin venir demasiado a cuento, condene la piratería videográfica cuando su empleada le recrimina tener pocos títulos en las estanterías a causa de negarse a alquilar vídeos piratas. “Si no puedo mantener mi negocio de forma decente, cierro el establecimiento” o algo parecido sale muy claramente de la boca de Antonio Ozores en relación a este asunto. No deja de ser curioso, y hasta único, estas formas de romper la cuarta pared o introducir soflamas y/o ideas personales en el guion.
Básicamente la película se sustenta por un grupo de actores en estado de gracia, esquivando el bajo presupuesto feroz que les asola; Así, Antonio Ozores interpretando a Antonio Ozores está especialmente gracioso, enorme Fernando Conde, el tercer miembro (ex-miembro por aquél entonces) de Martes y 13, que haciendo un alarde de mimetismo absoluto, por momentos su interpretación recuerda a las del gran Andrés Pajares cuando trabajaba para Mariano Ozores, ya sea por inspiración o por instrucciones del señor director. Flavia Zarzo, hija del estupendo Manolo Zarzo, aprueba con suficiente una de las pocas intervenciones que hizo en el cine, mientras que Fedra Lorente, Ángel  de Andrés y Juanito Navarro ejecutan sus papeles al nivel  que se puede esperar de ellos. Por otro lado, para finalizar, decir que la película contiene algunas gotitas de destape, un destape que ya en 1987 estaba muerto, pero del que Ozores todavía parecía no querer desprenderse, quedando, esta vez sí, muy desfasado y rancio. Por lo demás, Ozores le echó ganas a la peliculita.
Hale, ya terminó la chapa de hoy.

viernes, 12 de abril de 2013

BARCELONA CONNECTION

Miguel Iglesias Bonns, de dilatada carrera y que dirigió algunas películas de Paul Naschy, se despide del cine casi entrando en los noventa, con la ley Miró ya en ciernes, atreviéndose con un thriller basado en la novela homónima de Andreu Martín.
Las mafias internacionales comienzan a instalarse en  la ciudad de Barcelona, y un policía comienza a investigar para intentar impedir que esto ocurra.
Así de simple es la trama de la película. En realidad un ir y venir por parte del protagonista, que pregunta, vuelve a preguntar y compra jaco para confidentes yonkies, mientras las subtramas se van resolviendo ellas solitas.
Alguna persecución de coches más o menos aceptable y poco más.
Lo bueno de la película, es que se atreve con un género puro y duro en unos tiempos en los que ya se había instaurado el tipo de cine de los Carlos Sauras, Jose Luises Cuerdas, Vicentes Arandas y demás, que acabaron asesinando el cine español, y ya solo por eso, se merece mi respeto.
Sin embargo la película es lo que es; un pequeño bodriete con un argumento y una trama de lo más endeble que no se sostiene por ningún lado porque no hay una historia (ni buena, ni mala) que contar.
Las maneras de dirigir de Iglesias Bonns, a estas alturas están trasnochadas y le dan a la película apariencia de película chunga, y pese a que de ritmo anda la cosa bien, incluso con momentos trepidantes, al final, mientras la vemos, nos preguntamos que cojones estamos viendo y por qué nos aburrimos tanto con tanto camelleo, poli duro, juez corrupto y persecución, cuando todo esto debería ser, a priori, harto vibrante.
En el reparto, actores de la escuela Catalana de toda la vida como Alfred Lucheti, Jordi Torras o Sergi Mateu, junto con Fernando Guillén, Joaquín Kremel y una jovencísima Maribel Verdú, que, como siempre, nos muestra sus redondos pechos y rosados pezones… pero todavía no iba de diva...

viernes, 29 de junio de 2018

ESTOY EN CRISIS

Una muestra seminal de lo que acabó siendo la comedia madrileña de principios de los ochenta; un estilo que, compartiendo cartelera con el cine de consumo y perdiendo la batalla de la taquilla contra este por aquél entonces, ganó paradójicamente la guerra en cuanto entró en vigor la famosa ley Miró. Aunque murió por el cambio generacional a principios de los 90.
Asimismo, con este tipo de comedia vista de manera retrospectiva, pasa lo mismo que ocurriría con el Landismo o el cine de Mariano Ozores; qué acaba traduciéndose como retrato de la época en que esta se rodó.
En este caso, con su director Fernando Colomo, considerado el padre de la comedia madrileña, volviendo a lo que sabía que funcionaba tras el fracaso de  su anterior película, “La mano negra”, en la que mezcló comedia con cine policiaco en lo que resultó ser su primer fracaso de taquilla.
Aquí, en “Estoy en crisis”, anulando todo atisbo de género opuesto a la comedia madrileña, la jugada le sale medio rana, y contra todo pronostico, no consiguió el beneplácito de la crítica ni el público no llegando al millón de espectadores en la taquilla ni teniendo reseñas demasiado entusiastas, no así en la Mostra de Venecia de aquél año, que reacia como era a programar comedias en sus secciones, hace una excepción con “Estoy en crisis”, y se mete al público en el bolsillo, pese a las demoledoras críticas que recibió.
“Estoy en crisis” cuenta la historia de un directivo publicitario en plena crisis de los cuarenta, que abandona todo para irse a vivir al campo con una modelo con la que ha trabajado, cuando esta acaba llevando a la casa  de este a todos sus amigos, poco menos que una comuna hippie, que se ponen a arar en la vuelta, mientras la muchachita que nuestro hombre pretende seducir se pasa toda su estancia allí acusándole de montar todo ese tinglado en el campo como una sucia artimaña para acostarse con ella, cosa que por otro lado es verdad. Cuando este se da cuenta de que esa chica no es más que un capricho infantil para él, será demasiado tarde para recuperar su vida.
De tono desenfadado y ritmo ágil, “Estoy en crisis” llega a 2018 con una frescura inusual en el cine español de los 80. Si nos dicen que es una película rodada en esta década, da el pego. Y eso es porque en su momento, 1982, se prodigaba como una película que retrataba una sociedad y unos personajes rematadamente modernos, por lo que han perdurado estupendamente, ya que no posee la película ningún agente externo que la haga chirriar en ese sentido.
Entretenida sin más, la importancia de esta película reside en que sería el film que da el pistoletazo al estilo de Colomo en particular y a la nueva comedia madrileña en general, siendo la mamá de títulos ya clásicos de Colomo como “Bajarse al moro”, “La vida alegre” o “Rosa Rosae”.
Se puede ver.
En el reparto tenemos a un  José Sacristán todavía no tan pedante como lo sería cuando los argentinos se lo disputaron para hacer bodrios petulantes, pero en estupenda forma y en el mejor momento de su carrera, cuando se hacía un hueco en el cine de autor a fuerza de despojarse, poco a poco, de los ramalazos adquiridos en la comedia clásica de la que proviene, de los años 60 y 70.
Con él, Cristina Marsillach, bellísima, pero enchufada a tope y sin una pizca de talento como actriz, Marta Fernández Muro, Quique SanFrancisco y Mercedes Samprieto.

lunes, 16 de noviembre de 2020

EL VIOLADOR VIOLADO

“El violador violado”, también conocida como “El tío del saco” o con la combinación estúpida de ambos títulos —“El violador violado (El tío del saco)”— sería una genuina serie Z, y una de mis películas chungas de cabecera. Una verdadera muestra de lo fascinantemente chungo, tan chungo, que afortunadamente jamás ha generado culto alguno. Es, lo que yo llamo, un repelente de modernitos.
Y es que “El Violador Violado” es, probablemente, la peor comedia de la historia, no ya de nuestro cine, sino de la cinematografía mundial, que incapaz de inducir a la risa con su humor, en su desbarajuste reside la posible gracia de todo el asunto.
Tres tramas componen el argumento de esta película; Por un lado tenemos a dos agentes inmobiliarios que han practicado una estafa, han vendido unos apartamentos que en realidad ni se han empezado a construir. Luego tenemos a una especie de médium en cuya casa se refugian los agentes inmobiliarios cuando la cosa se pone fea y se les reclama el dinero que se han quedado de la venta de apartamentos, y lo hacen disfrazados de monjes de váyanse ustedes a saber que congregación y, en un intento de parodia a los caballeros templarios, montan ahí un pifostio incomprensible, eso sí, cargado de lo que su director cree que es desmadrada comedia. Para finalizar, tenemos a un violador que va dando buena cuenta de las jovencitas de la zona, hasta que un día una ninfómana acaba violándole a él.
Se trata de una película terriblemente aburrida y  nada graciosa, a pesar de los excelentes actores que rellenan el reparto, cuyas carencias técnicas, su nefasta factura y la pésima aplicación de cualquier medio a su alcance, la convierten en una película sórdida, grotesca y fascinante que, con toneladas de paciencia y las suficientes inquietudes cinéfilas, puede llegar a disfrutarse, eso sí, siempre como la rareza incompetente que es, y jamás como obra “cool”.
Sorprende llamativamente el hecho de que se trata de una película que “tira con lo puesto”, aquí no hay  más que una cámara de 35 mm, metros de película posiblemente caducada, y una serie de actores que representan frente a la cámara sus textos. Vamos, prácticamente una película amateur. O al menos lo parece. Además de carecer de medios (que igual esta película no requería más), la grandeza de esta película reside en lo chabacanamente que se usan: Hay desencuadres, desenfoques y, en general, se percibe una falta de ganas total por parte de todos los inmiscuidos en la película. Por no hablar del aspecto pobretón  de cada fotograma filmado: Los títulos de crédito se solucionan con cartulinas y no con el rodillo habitual. Sin disimular que son cartulinas, estas vienen decoradas, para que parezcan menos chungas, con las ilustraciones del humorista granadino Soria, cuya trayectoria estuvo limitada a dibujar viñetas para periódicos locales. Añádanle que la banda sonora se compone de una serie de tracks extraídos de “La Antología de la Zarzuela”, para así ahorrarse la composición del soundtrack, o bien, los derechos de autor. Pero lo mejor de todo es la ambientación e iluminación; se ha conseguido, de manera totalmente involuntaria, que esta desmadrada comedia  parezca un drama carcelario, o bien, una película de terror. Y da hasta miedo, con esas sombras de foco tras los actores.
No hay que dejar de decir, que el director, Juan José Porto, muy poco ducho a rasgos generales en esto de hacer cine a pesar de tener un currículum más o menos reconocible —suyas son películas como “El ultimo guateque” o “El año en que amamos a Kim Novak”— no acaba de dominar los géneros cinematográficos si le sacamos de los melodramas de corte nostálgico (que tampoco dominaba). Y lo avalan, además de esta comedia, sus escarceos con el cine de terror con esas dos películas, reivindicadas por el fandom más rancio, curiosas y extrañas pero, a todas luces, espantosas y aburridas como ellas solas, que son “Morir de miedo” o “Regreso del más allá” (1982). Está claro que no atina el hombre.
También se trata de una película para el lucimiento del florero Nadiuska, que se encargó de aumentar la líbido del espectador celtibero pre-clasificación “S”, y que, con los tiempos, ya empezaba a dar signos de decadencia. Su presencia es  anecdótica ya que a la hora de hacer memoria del visionado, ella queda a un lado; no es que no nos guste, es que nos estorba. Si no estuviera en la cinta, no pasaba nada.
Ricardo Merino, protagonista junto a Luis Lorenzo, dando vida a esos agentes inmobiliarios, da la sensación de no tomarse en serio la película en ningún momento, y haciendo un papel clónico de los que interpretaba el gran Antonio Ozores en las películas de su hermano Mariano, nos ofrece una serie de trabalenguas incomprensibles soltados en momentos en los que el personaje no quiere dar explicaciones, que lleva al espectador a preguntarse qué es lo que opinaría Don Antonio Ozores si es que llegó a ver la película. Merino tiene pinta todo el rato de estar deseando de trincar el cheque y marcharse a su puta casa. Luis Lorenzo, tiene la virtud, el don, o la mala suerte de parecer homosexual incluso cuando, esporádicamente, no lo interpreta (casi siempre interpreta a mariquitas), con lo cual su actuación nos deja fríos e inamovibles, al igual que el resto del reparto que, además de escaso, está mal avenido, con la excepción de María Vico, dando vida a Doña Otilia, cuya sobreactuación finalmente se antoja delirante y casi, casi, casi divertida.
El director Juan José Porto, fue uno de los más afectados por la Ley Miró, que si bien perjudicaba a excelentes artesanos como Mariano Ozores, me pregunto yo que no haría con inútiles como Porto al que encima le salían películas, además de malas, raras. Quizás por eso no volvería a rodar en las siguientes décadas hasta que en 2002 rodó su fallida adaptación de “El Florido Pensil”, con una excepción: Siendo como es “El violador violado” una película tan ignota, descubrimos que, curiosa e innecesariamente, en plenos años 90 (concretamente en 1993), se rodó una secuela (¡), “El tío del saco y el inspector Lobatón”, que contando con protagonismo del reparto original, más las presencias de Quique Camoiras y Adriana Vega, tiene pinta de ser mil veces peor que esta que la precede. Editada de mala manera en vídeo, esta secuela, según los datos del ministerio de cultura, la vieron más de 1000 espectadores en cines. Minucias si lo comparamos con los 40.000 largos que consiguió “El violador violado” que, a día de hoy, serían maná del cielo para cualquier comedia española actual.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

EL OTRO BAÚL DE TÍO VICENTE 2

Seguimos revisando y escaneando las páginas de la revista "Casablanca". Esta semana la cosa se ha saldado de la siguiente manera...

El desganado anuncio del rodaje del tercer "Superman". Fíjense que citan como villano de la historia a Richard Pryor que, en parte sí, pero a estas alturas todos sabemos que no del todo.


Una crítica, tirando a previsiblemente mala -aunque no sangrante- de "Historia Macabra". Destacar la siguiente curiosa frase: "Son esas cosas que no se entienden del cine comercial actual, costoso y mecánico". Para leer, tecla Ctrl + botón izquierdo del ratón.



Y, finalmente, mi escaneo favorito (extraído de un ejemplar de Febrero del 83). Una entrevista a ese cáncer para el cine patrio que fue Pilar Miró -por cruelmente irónico que suene- en la que no puede evitar vomitar la rabia que sentía (y la envidia, como dice Víctor) por Mariano Ozores y su obra. La cabrona hizo todo lo posible por eliminarlo (y, de paso, el resto de cine popular que se facturaba por acá). Y lo consiguió... pero solo por un tiempo. Al final, los productos de género recuperaron su lugar en la cinematografía patria, y aunque sean detestables en un 99%, los preferimos al tipo de mierdotes que Doña Miró pretendía imponernos como Belmondo imponía su ley, es decir, a sangre y fuego.


Griten todos al unísono: ¡Graaaaacias ooootra veeeez tío Vicenteeee!