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viernes, 22 de junio de 2018

JUSTINO, UN ASESINO DE LA TERCERA EDAD

“Justino, un asesino de la tercera edad” cuenta la historia de un apuntillador que se jubila. Ante el estupor que le produce la vida contemplativa, y la falta de respeto que recibe de su propia famila, se dedica a asesinar gente para para pasar el rato, mientras sueña con irse de vacaciones a Benidorm. La gracia está en que, como se trata de un anciano, nadie puede imaginarse que el artífice de estos asesinatos, pueda ser Justino.
“La cuadrilla”, tandem de directores españoles formado por Santiago Aguilar y Luis Guridi, irrumpe en el cine español en un momento bastante propicio para hacerlo; en plenos años 90 y con el boom del cine gore y la  caspa a pleno apogeo.
Son tiempos en los que se impone un cine gamberro (e irritante) con nombres como Santiago Segura o Alex de la Iglesia capitaneando lo que es también un relevo generacional, tiempos en el que el cortometraje de género español, lejos de ser relegado al ostracismo, se programa incluso en televisión, y tiempos en los que una película pequeñita, de no más de 13 millones de pesetas y rodada en 16 mm y blanco y negro, sobre un anciano que asesina gente para pasar el rato, aspira a varios Goya, e incluso se lleva alguno.
Ergo, perteneciendo esta película a aquella época fatídica, en la que incluso un director tan oscuro y personal como Juanma Bajo Ulloa cambia de registro para hacer el cafre de mala manera con la exasperante “Airbag”, “Justino, un asesino de la tercera edad” no gozaba en absoluto de mis simpatías.
Sin embargo, quedando lejos aquellos tiempos infames y siendo sus directores los más auténticos de aquella hornada , despojándome de los prejuicios que en mí generan aquellos tiempos, me siento frente al televisor dispuesto a ver y juzgar objetivamente, una película que, sin embargo, lleva en mi videoteca una buena ristra de años. Y, a parte de que posiblemente el paso de los años haya beneficiado a la cinta, así como el buen aspecto que brindan los 16 mm. en blanco y negro (que a poco que ilumines con un foquito bien colocado, ya le da a todo aspecto expresionista), lo cierto es que esta película, pequeña, barata, es demasiado extraña para tratarse de un producto mainstream, y demasiado ostentosa si la calibramos como un producto amateur, que es de lo que tiene alma.
Al margen de esto, yo diría que es un poco una revisión de aquellas comedias negras  españolas de los años 50 tipo “El Pisito”, pasada por la turmix de las tendencias de mediados de los 90 (o sea, gamberrismo, sangre, asesinatos…), lo cual, en cierto modo, es siempre positivo pese a que a los directores les precediesen cortos como “La hija de Fu – Manchú 72”, que derrochaba enojoso postmodernismo, y que podía hacernos intuir erróneamente que  los tiros de este “Justino…” iban a ir por ahí. Pero no.
Y es que, al margen de ese look a lo Marco Ferreri (¿voluntario o consecuencia directa del 16 mm. en blanco y negro?), la posible gracia que tenga la película, la puesta en escena vanguardista y lo divertido de la historia que nos cuenta, a mitad de película, cuando “La cuadrilla” tratan de inculcar a la caótica escena en la que Justino asesina a su vecina cierto toquecito “slapstick”, se ve que “La Cuadrilla” no estaban todavía muy curtidos y el ritmo que hasta ese momento tenían tan bien medido, se va al carajo  en adelante. La escena final, con la carnicería en la residencia de ancianos, se ve solapada por el humor chabacano que traen los policías que irrumpen en la escena del crimen, quedando todo, no solo muy de andar por casa, sino tonto. Queda mal.
Pero, para cuando hemos llegado a ese punto, ya la película esta a punto de acabar, y lo cierto es que es una hora y media que pasa en un santiamén, y en la que, sin duda, nos hemos entretenido. Y lo que es mejor, nos hemos hasta reído. No está mal la cosa.
“Justino, un asesino de la tercera edad”, sería, a pesar de todas sus carencias económicas, la primera —y la mejor— de la trilogía de “La Cuadrilla” a la que tuvieron a bien llamar “España por la puerta de atrás”, y si bien “Justino…” tiene cierta gracia y montones de aciertos estéticos y narrativos (tantos como fallos), sus siguientes películas, “Matías, Juez de línea” y “Atilano, presidente”, películas que debido al revuelo que tuvo “Justino…” en el media español, gozaron de mayor presupuesto, son ya una cosa aburrida, lenta y carente de la personalidad que sí tiene esta.
Con Saturnino García, Carlos Lucas y Paco Maestre encabezando el reparto, tenemos pequeños papelitos para Juanjo Puigcorbé, Popocho Ayestarán, Félix Rotaeta o la mítica Marta Fernández Muro.
“La Cuadrilla”, tras su trilogía, no volvieron a hacer más cine, ni juntos, ni separados, a parte de un documental muy triste que Santiago Aguilar dedicó a  Carlos Lucas; “De reparto”. Eso sí, se han ganado la vida en el audiovisual después.

lunes, 6 de agosto de 2018

UN BIGOTE PARA DOS

Acercarse a estas alturas a la denominada “La otra generación del 27” es una labor que requiere paciencia. Y la requiere porque si en Tono, Poncela, Mihura, encontramos unos antecedentes históricos —y maestros— que preceden a todo el humor que se desarrolla en España posteriormente (España, gran tierra de humoristas, que algo bueno teníamos que tener) también es cierto que estamos hablando de un tipo de humor surrealista  fabricado por una generación que en pocos años va a cumplir 100.  ¿Qué quiero decir con esto? Pues que este humor que se debate entre el más puro cafrerío  y la intelectualidad más elevada, puede que se rija por unos códigos a veces difíciles de descifrar para un cuarentón como yo. No digamos para un Millenial, por avezado que sea. Vamos, que se hace durillo. Digamos que, en mi incursión —o intrusión— en el universo de los otros del 27, me encuentro con que, o no entiendo bien los gags, o no me hacen gracia, o no asimilo el ritmo de esas comedias, ya sea de forma escrita, ilustrada o filmada. Sin embargo, y es aquí es dónde radica la grandeza de estos autores, cuando el gag escrito en, pongamos, los años 30 perdura por la calidad del mismo y en pleno 2018 soltamos una carcajada, es cuando nos damos cuenta de que estamos ante algo muy especial y genuino. Una genialidad, no obstante, con el paso del tiempo como enemigo, pero que asimismo, y como pasa con Buster Keaton, Harold Lloyd o Chaplin en el cine mudo, llega a nuestros días con rompedora fiereza. Y eso hay que reconocerlo, o al menos, hacer un esfuerzo por intentar comprenderlo. Si lo conseguimos, merece la pena.
Entonces, las incursiones de esta gente en el cine no dejan de ser, también, pioneras y genuinas. Como la película que nos ocupa, idea loca y gamberra de Tono y Mihura que se inventaron —en realidad, se lo inventó Jardiel Poncela con “Celuloide rancio”,  ellos se lo robaron. Pero como eran todos colegas, no pasaba nada— el doblaje humorístico. Vamos, que lo de doblar otras películas en plan cachondeo, no es consecuencia de lo que hiciera en su día Woody Allen o aquellos franceses que también doblaron no se que pollada. Incluso, algún pedazo de subnormal descubre esto con "La hora chanante" y le saca parecidos con lo que nos ocupa... En los albores del sonoro, estos señores, entre libros, comedias y teatro, se les ocurrió doblar una película.
Así, como a principios de los años 30, con la llegada del sonoro se facturaron tropecientas películas cuyo único valor cinematográfico consistía en que sonaban, los otros del 27, compraron una película  del año 35 de procedencia austriaca, “Unsterbliche Melodien”, un soso biopic sobre el músico Johan Strauss, en el que el ritmo brilla por su ausencia y donde las canciones suenan estruendosamente, mientras que el guion resultaba de lo más insulso.
Tono y Mihura se cargaron toda la banda sonora de la misma, y sobre esas imágenes se escribieron desde cero un guion con diálogos aún más estúpidos que los originales. También, sustituyeron las toscas canciones austriacas por tonadillas y cuplés castizos y al gusto popular, convirtiendo aquél bodrio en una chorrada mayúscula, una película doblada de cachondeo que tuvieron a bien llamar “Un bigote para dos” y cuya trama gira en torno a un señorín que se siente atraído por una bella muchacha, a la que al mismo tiempo desprecia porque tiene voz de barítono. Las cosas se van enredando entre actuación  musical y actuación musical, al mismo tiempo que el bigote de uno de los protagonistas sirve de mofa constante.
La película, se estrenó con gran éxito en los años 40, pero antes de llegar a 1950, las copias existentes fueron destruidas, por lo que la obra de Tono y Mihura quedaba perdida.
Sin embargo, sesenta años después, gracias a Santiago Aguilar, uno de los miembros de “La Cuadrilla”, quienes dirigieron, por ejemplo, “Justino, un asesino de la tercera edad”, que resulta que es un apasionado de la comedia, un estudioso, y al escritor e historiador Felipe Cabrerizo, biógrafo de Tono y experto en “La otra generación del 27”, podemos disfrutar a día de hoy de algo bastante parecido a lo que debía ser aquella película.
Obviamente, no han encontrado una copia visible y para restaurar de “Un bigote para dos”, pero si que han encontrado el guion original de Tono y Mihura así como han localizado  una copia de la versión original de la película Austriaca “Unsterbliche Melodien”.  Y sobre esa versión original los dos expertos han subtitulado el guion que concibieron Tono y Mihura, dando así a luz una versión apócrifa del “Un bigote para dos” original. Obviamente, pierde todo el sentido, pero no deja de tener gracia y sirve para hacernos una idea de lo que los otros de 27 hicieron. Aquí no hay doblaje, sino subtítulos, ni suenan las coplas y canciones a la española que utilizaron, sino los valses originales. Al margen de eso, es lo más parecido que podremos ver jamás, a lo que Mihura y Tono concibieron.
El resultado de esto es tosco y abigarrado, cuesta entrar de esta manera en la película, pero también es cierto que, como hombre de conceptos que soy, el de esta versión, y el de esta película en general, me resultan del todo fascinantes por mucho que me cueste entrar en el humor de la película, sin duda ya lejano a mi concepción de la comedia.
Los estudiosos del cine de humor no pueden dejar de verla, sin duda.
Por otro lado, me gustaría reseñar a modo de anécdota, las declaraciones de un cenutrio que se ha descargado la película por internet (la única forma de verla a día de hoy) y se lamentaba de que una película de su admirado Mihura, estuviera tan solo en Alemán y no en castellano, intuyendo de que se trataba de la única copia existente, pero ignorando lo que en realidad es la cinta. Mucho no lo admiraría cuando no sabía la coña de todo este asunto, ni le estaba juzgando con justicia, ya que si no sabemos que la película original es en realidad un doblaje humorístico, y esta, una aproximación al mismo realizada por dos expertos, la verdad es que esta versión a partir de la película Austriaca  de  Aguilar y Cabrerizo, es bastante, bastante ladrillo.
Como siempre digo; Internet da margaritas a los cerdos.
Acérquense a ella, merece la pena.

miércoles, 25 de mayo de 2022

EL OTRO BAÚL DE TÍO VICENTE 11 (CORTOMETRAJES)

Fue toda una sorpresa descubrir que ocasionalmente la revista "Casablanca" dedicaba espacio al mundo del cortometraje. Hablamos de los que se hacían entonces, concretamente Junio de 1983, cuando la herramienta recurrente era el Súper 8, hoy pasto de irritantes modernos. También lo normal era producirlos de tirón artístico y pretencioso. El que los hacía de género era minoría. Al revés de lo que comenzó a pasar a partir de los noventa.
Podemos hacernos una idea del percal dando un rápido repaso a la siguiente crónica del "V Concurso de Cortometrajes de la UCM", donde destacan por su condición genérica -y apetecible, al menos leído así en la distancia- cosas como "Na; naraná" de Juan Pablo Ocal o "La última sesión" de Luis Lara, ambos salpicados por la imperante tendencia punk-gotiquista del momento. También se cita a Escuadrilla Lafayette, colectivo especializado en comedia que acabaría evolucionando a La Cuadrilla, esa que en los noventa lo petó con la sobrevalorada "Justino, un asesino de la tercera edad" -¡¡y anda que no nos dieron por el culo con ella!!-, intentando luego repetir la jugada sin éxito hasta desaparecer como grupo y reciclarse a artesanos competentes.
Aunque, tal vez, lo mejor de la crónica viene cuando el autor cita a Vicente Amat y celebra que se haya repuesto de su "trascendentalitis" para dedicarse al humor negro. Impagable. Me puedo poner en el lugar de todos aquellos que ejercían de jurado en movidas parecidas y lo hartos que estarían de cortos aburridos facturados por progres con infulas, de ahí que la mayoría de premios recayeran en los más desenfadados y llamativos. Una vez más, justo al revés de lo que ocurrió en la década siguiente.
Para leer, tecla Ctrl + botón izquierdo del ratón. Luego griten todos al unísono: ¡Graaaaacias ooootra veeeez tío Vicenteeee!