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martes, 18 de febrero de 2025

EMMANUELLE (2024)

Emmanuelle es enviada a Hong Kong donde trabaja para un hotel de alto copete que está generando pérdidas. Su misión consiste en descubrir que es lo que no está funcionando. Todo parece ir sobre ruedas, salvo por el libertinaje que se respira en esos ambientes ricos, con scorts que se ofrecen en la piscina y casetas privadas donde se folla con total impunidad. Y Emmanuelle se deja envolver por ese ambiente guarrindongo de las élites en China. Así que se tira a todo lo que se menea, macho o hembra, como mujer independiente y feminista que es. Hasta que conoce a un enigmático chino que hace cosas raras fuera del hotel al que nunca va a dormir, y se obsesiona con él, entrando en su particular mundo de abstinencia sexual, perversión y perfume caro.
Es unánime. El "reboot" de “Emmanuelle” es una bosta considerable. En fondo y forma. No ha gustado a las élites intelectuales a las que parecía ir dirigida, ni ha gustado a los fans, entre los que me encuentro. Pero nobleza obliga y tuve que visionar esta nueva versión, pese a que, desde el primer momento, todo pintaba bastante mal.
Sin embargo, celebro que “Emmanuelle (2024)” sea una película fallida en todos los aspectos. Fallida porque es brutalmente aburrida, inmensamente aburrida, criminalmente aburrida. Con una estética tan aséptica y digital como la de un anuncio de cruceros. Y fallida porque, en el afán de la producción por darle la vuelta como a un calcetín al concepto “Emmanuelle” y convertirlo en una suerte de “50 sombras de Grey” sofisticado, lo que se consigue es un extraño efecto contrario. Aquí tenemos a una Emmanuelle empoderada, una ejecutiva poderosa… pero en esencia, y en parte gracias a los homenajes/guiños que se hacen a la versión de hace 50 años, al final obtenemos un sexploit. Fino, de clase alta y en esencia feminista, pero como se trata de versionear un clásico que trata de una mujer muy caliente que se entrega prácticamente a cualquiera con el fin de saciar su desmedido apetito sexual, el resultado es el mismo de cualquier entrega de Emmanuelle, una película de explotación sexual. La nueva Emmanuelle se regala a cualquiera que le haga tilín hasta que al final es echada a los perros para que la devoren por parte del hombre al que ama. Lo mismito que en la película de Just Jaecking. Lógico, hay que defender al clásico, así que la manera de justificar la jodienda indiscriminada de Emmanuelle, e incluso el eterno concepto de mujer objeto de la que también este "reboot" hace gala, es haciéndola un poco más inteligente de lo que era el personaje cuando lo interpretaba Sylvia Kristel y, obvio, fichar a una mujer para que dirija la cinta, en este caso la esteta franchute Audrey Diwan. 
Por lo demás, otros puntos en común con el clásico setentero serían la escena del avión, con la que abre créditos esta nueva película, el butacón de mimbre estratégicamente colocado en una secuencia vital de la misma, y la subtrama de sumisión en torno al maromo al que conoce en su hotel, que al igual que en el original (en donde lo hacía su marido), se la ofrece a otros para que sea penetrada de manera exótica por macarras.
Todo esto sin la gracia, la potencia visual y ¿por qué no? el erotismo que tan bien supo crear Just Jaecking a base de visillo trasparente y medias en el objetivo de la cámara. Y es que quizás yo ya ande más cerca del pensar de un viejo verde que del de un treintañero woke y vegano, pero lo cierto es que, mientras “Emmanuelle (1974)” es todavía una obra cumbre del cine erótico capaz de generar erecciones en su enésimo visionado 50 años después de su estreno, esta cosa franchute estrenada mundialmente en el Festival de San Sebastián, no sirve ni para hacerse una mala paja, siendo asimismo vulgar y rancio como lo era el film original. Lo del avión en la de los setenta era una cosa… esa secuencia rozó el fenómeno social, de hecho, todavía funciona con esa Emmanuelle lúbrica, sugerente y atrevida. Aquí, le da un condón al tipo, se da media vuelta y, hale, folla que te folla en el retrete del avión. En silencio. Como si le estuviera explotando un grano.  Horroroso.
Tras buscar muchas actrices para interpretar a Emmanuelle, puesto que el proyecto lleva en marcha más años de los que os pensáis, la elegida para encarnar el papel por el que Sylvia Kristel se convirtió en un icono internacional es Noémi Merlant que, bueno, si la Kristel podía ser Emmanuelle, a ver por que no lo iba a poder ser esta. A Merlant la pudimos ver en otra película para élites, “Un año, una noche” del extraño Isaki Lacuesta. También destaca la presencia de Naomi Watts, ya talludita, como jefa de Emmanuelle en esa empresa hotelera, y que está tan desubicada y perdida en esta película, que casi le dan ganas a uno de darle el pésame. Y no, guarros, no hay escena lésbica entre la Watts y la Merlant.
“Emmanuelle”, que poco después de ser vetada en nuestro país y movilizar a un buen número de españoles a Francia para poder verla, hizo unas cifras en taquilla del todo escandalosas, es lo que es por méritos propios. Y por méritos propios, también, “Emmanuelle (2024)” apenas congregó 12.000 míseros espectadores. Para ver la de la Kristel había hostias. Para ver la de la Merlant no había ni cines dispuestos a exhibirla.
Un bluff.

lunes, 16 de septiembre de 2019

ADIOS, EMMANUELLE

Si hay que oficializar hasta lo purista la saga de “Emmanuelle”, esta “Adiós Emmanuelle” sería la ultima película oficial de lo que podríamos considerar una trilogía  con Sylvia Kristel a la cabeza (a partir de la cuarta película, “Emmanuel IV”, la Kristel aparece de manera testimonial, en pequeños cameos, nunca más como protagonista).
Para ese año de producción 1977, el personaje de Emmanuelle ya era un fenómeno del erotismo que encontró en las pequeñas salas de barrio de medio mundo y en el subproducto (las “Emanuelles negras” y derivados) su campo de acción, por lo que ante el erotismo rancio, violento y a la italiana de los apócrifos italoparlantes, la saga original no era más que un producto de escaso interés para el pajillero. Ante los objetivos aceitosos de esos productos, la sofisticación —y la superioridad moral— swinger del personaje creado teóricamente por Emmaniuelle Arsan, no era más que morralla soft para ancianos aburguesados que continuaban masturbándose ante la visión de una ya ajada y contrahecha Sylvia Kristel.
Pero al margen de su público natural, lo verdadero es que, no me tiembla la voz al aseverar que, probablemente, “Adiós Emmanuelle” se encuentre entre las dos o tres peores películas de la saga, incluidas las apócrifas. Está a la altura, incluso, de la de Jess Franco. Nada. Ni puta gracia. Celuloide desechable.
Y es que en esta ocasión, lo que cambia es el escenario dónde Emmanuelle se pasa por la piedra todo lo que se mueve; nos plantamos en las islas Seychelle y, venga, a follisquear.  Sin embargo, esas islas Seychelle salen muy mal paradas en la película, porque salvo por algunos planos de recurso exteriores, la integridad de la película sucede en interiores. Con lo cual tenemos un folletín tremendamente aburrido donde las parejas hablan y hablan y, de vez en cuando, echan algún polvete muy soft y recortado —dicen que existe una versión X de la cinta cuyos derechos pertenecieron al mítico exploiter Jerry Gross, quien en su momento exhibiera cintas tan célebres como “Me bebo tu sangre/ Perros rabiosos” o llevara el Mondo a salas americanas—. Un pestiño de los de padre y muy señor mío.
En esta ocasión, Emmanuelle, casada, suponemos, que por enésima vez, hace uso de su sexualidad acompañada por su marido en las Islas Seychelle. Económicamente bien posicionados, no dudan en montárselo con el servicio, o con otros matrimonios afines mientras se les llena la boca con discursos trasnochados (a día de hoy) sobre la libertad sexual. Lo malo es que un director de cine acude a la zona en busca de localizaciones para su próxima película, una película de folleteo y de temática, como no, swinger, del que Emmanuelle acabará encaprichándose y al que, lógicamente, se tirará sin atisbo de culpa. Por supuesto, el lío se montará cuando el marido, al cual se le ha llenado la boca con lo de la libertad cuando se ha puesto las botas con su mujer y la criada negra, le entran unos celos terribles al ver que el del cine se la trajina mejor que él,  por lo que Emmanuelle, querrá poner pies en polvorosa.
“Adiós Emmanuelle” debía ser rancia incluso para los estándares de 1977.
Nada, una película muerta cuya única razón de ser consiste en ser parte de una saga mítica. Más allá de eso, es una película muerta. Fílmica y eróticamente.
Dirige la película, poniendo, eso sí, mucho empeño en la fotografía que es muy bonita, el franchute Françoise Leterrier, conocido por ser el protagonista del clásico de Robert Bresson “Un condenado a muerte se ha escapado” y que posteriormente se granjeó una carrera como director en la que su película más popular, sin duda, es la que nos ocupa.
Como anécdota contar que en año 1980, dos individuos desaliñados con unos pocos dólares en el bolsillo, se paseaban por el mercado de films del festival de Cannes de 1980 buscando alguna película que distribuir en los Estados Unidos. Compraron “Adiós Emmanuelle” pasa su exhibición en las américas y la estrenaron en circuitos reducidos, pero supieron sacarle beneficio a la película con las ventas a las televisiones, que la programaban en pases de madrugada. Estos individuos eran Bob y Harvey Weinstein y su compañía, se llamaba Miramax. Ergo, la primera película que distribuiría la Miramax en su tortuosa existencia, fue esta “Adiós Emmanuelle” que, por supuesto, les reportaría unos buenos cuartos.

viernes, 3 de mayo de 2019

EMMANUELLE 2, LA ANTIVIRGEN

Regresan, un año después, los excéntricos millonarios “Swinger” más famosos del cine, en una secuela que explota el filón  y el rastro que dejó la innovadora cinta de Just Jaeckin, “Emmanuelle”, siendo esta segunda parte nada más que un producto mercantil rodado sin ganas, sin pasión y, sobre todo, sin el sentido de la estética de su predecesora, aunque, paradójicamente, se trata de una de las secuelas favoritas de los estudiosos.
No es que “Emmanuelle” tuviera un brillante guion o un argumento sobrecogedor, pero si que fue un hito que revolucionó el mercado del cine erótico amén de convertirse en un título icónico de la historia del cine y todo ellos por méritos propios. Sin embargo, “Emmanuelle 2: La antivirgen”, se queda con la idea de base, esto es, un matrimonio liberal que, sin problemas económicos, se entregan al placer, juntos o por separado, en exóticos parajes asiáticos. Y nada más. A esa premisa le secundan una buena sucesión de escenitas eróticas, tríos, numeritos lésbicos y demás, donde lo más exótico que podemos ver es a Emmanuelle montándoselo con un tío lleno de tatuajes. Por lo demás se trata de una película vacía, sosa, y de descuidada fotografía —aunque su intención sea emular, como buenamente se pueda, a la original—, cuyo resultado es igual de malo o incluso peor, que cualquiera de los exploits que fueron apareciendo posteriormente, que dicho sea de paso, aguantan mejor el chaparrón de los años que las secuelas oficiales. Aquí no hay nada de cámaras cubiertas por velos, no  hay una sugestiva banda sonora y lo que es mucho peor, se ha quedado tan anticuada que  ni tan siquiera pone cachondo a uno/a, cosa que su antecesora todavía consigue.
Por otro lado, en una escena en la que nuestro matrimonio disfruta de una serie de masajes ejecutados por bellas y menudas señoritas de exóticas razas mezcladas, vemos que una de ellas es nada menos que Laura Gemser. Gemser, sería poco después, y en consecuencia a su aparición en esta cinta, la no menos mítica Emanuelle negra que tantas y tantas películas, descabelladas, subidas de tono, locas y divertidas protagonizó, que son el legado de derribo que dejó el tremendo éxito del “Emmanuelle” original.
“Emmanuelle 2: La antivirgen” no es la peor de las secuelas oficiales, pero sí que estaría muy cerca de serlo y sería un preludio de lo que vendría en el futuro con una decadente Sylvia  Kristel muy deteriorada por las drogas y actuando con el piloto automático, convirtiéndose en otras películas, en poco más que un caricato que muestra las tetas, como se vería en alguna que otra producción de la Cannon donde se muestran evidencias de esto que digo.
Poco más que decir. Sólo para completístas.
Dirige la función el enigmático Francis Giacobetti, que no volvería a dirigir película alguna, pero que produjo, para su escarnio, la cuarta parte de la franquicia.

viernes, 26 de octubre de 2018

EMMANUELLE

“Emmanuelle” más allá de ser un mito histórico en lo referente al cine erótico, se ha convertido por derecho propio en un clásico del cine en general, y de la cultura popular en particular.  En “Dónde hay patrón…” de Mariano Ozores y para lucimiento de Manolo Escobar, existe una escena en la que Mirta Miller se aproxima de manera sugerente al tonadillero y este, como piropo, le espeta: “¿Dónde vas? ¡Emanuele!”. El “Emanuele”, pronunciado tal cual lo escribo, viene a decir que su actitud provocadora le está seduciendo, como lo hacía Sylvia Kristel en la película que le dio fama internacional.
Se trata de una película cuyo morbo sigue latente hoy, 44 años después de su concepción, y que supuso un revulsivo para el feminismo (aunque en el fondo es la película más machista que existe, paradójicamente), que sirvió para que millones de mujeres se sintieran por fin representadas, o al menos, que ansiaran ser tan libres como sugería la Emmanuelle de la película. Porque, de estética arrolladoramente cínica, con visillos trasparentes delante del objetivo y muy auto consciente de querer ser sofisticada, en esencia, es una película erótica para mujeres. De hecho, de los casi 9 millones de espectadores que fueron a verla solo en Francia, la mayoría de ellos eran mujeres. En Japón, en una escena en la que Emmanuelle se coloca encima de su marido, las señoras que asistieron a esos pases se ponían de pie a aplaudir tal gesto, conscientes de que allí en Japón ponerse encima de su marido para follar es una osadía.
Al tanto de todos estos atributos, a la Columbia Pictures, casi en quiebra por culpa del fracaso financiero que supuso la película “Horizontes perdidos”, no se le ocurrió otra cosa que comprar la película para su distribución en los Estados Unidos. Menos adelantados en lo sexual que los europeos, a la cinta se la clasificó X, motivo este que usaron a su favor para el estreno con la frase comercial “X was never like this”  —Las películas X nunca fueron así— sugiriendo que esta no era una película X al uso, si no, algo más sutil y sofisticado. Ganaron 11 millones de dólares con su exhibición y la Columbia se repuso del fracaso de su anterior película.
Consecuencia, también, de “El último tango en París”, los españolitos corrían con  sus vehículos a Biarritz, con la intención de ver furtivamente y fuera de su país “Emmanuelle” con las consiguientes batallitas al respecto a su vuelta al carpetovetonísmo.
Consecuencia de este éxito comercial que ponía en el mapa el cine erótico (y también el pornográfico), la película se prodigó como una de la más expoliadas e imitadas de la historia del cine, teniendo una cantidad de secuelas oficiales, a bote pronto, incalculables, así como una serie de televisión y una verdadera colección de “exploits” donde destaca, por ser casi más famosa que la original, la saga italiana de “Emanuelle negra”, en la que no solo cambian el color de la piel a Emmanuelle si no que además, le quitan una “M” al nombre, para no tener problemas con el copyright. Por otra parte, hasta nuestro Jesús Franco se aprovechó del tirón, bautizando para su estreno una película “S” de las que tenía con algo de erotismo como “Las orgías inconfesables de Emmanuelle” cuando la película de marras no tenía nada que ver con nada de eso. Pero el número de explotaciones y plagios a través del mundo son incontables. Iremos desgranando por aquí, de vez en cuando, algunos de ellos.
Igualmente interesante debe estar la novela que la película adapta, de una novelista llamada Emmanuelle Arsan que se supone que contaba retazos de su vida real en esos libros. Arsan era el pseudónimo de Marayat Rollet Adriane, esposa del diplomático Francés Louis Jaques Rollet Adriane, del que años después se supo que era él quién escribía las novelas, cediendo la autoría a su esposa porque, sin duda, era un reclamo comercial y erótico mucho mayor. No es lo mismo que unas novelas de corte erótico las escriba una apetecible señorita asiática que un purulento y orondo hombre de negocios.
Dirigida por el fotógrafo Just Jaeckin, que debutaba en el cine tras una larga carrera tras la reflex, este usó todo sus conocimientos en ese campo para aplicarlos a la imagen en movimiento, motivo por el cual “Emmanuelle” tiene esa estética tan particular y reconocible que tanto gustó a las mujeres. Y aunque siguió dirigiendo cine erótico a posteriori, tras esta, no quiso saber nada más de la serie “Emmanuelle”.
Por otro lado ¿recuerdan la escena en que una pequeña asiatica se abre de patas en un escenario y se fuma un cigarrillo, literalmente, por el coño? Pues cuenta Jaeckin que él no dirigió esa escena, que no sabe nada al respecto. Tan solo, fue a ver su película el día del estreno y se encontró esa escena ahí, con el consiguiente cabreo que aquello le ocasionó porque, dicha escena tan poco acorde con el resto de lo rodado, directamente, fulminó lo que había hecho. Fue idea del productor Yves Rousset Rovard que la rodó por su cuenta en algún sucio show pornográfico de Bankog, y lo incluyó en el metraje por sus santos cojones. A día de hoy, paradójicamente, y junto con la famosa escena del avión, es una de las secuencias más recordadas y famosas de la película.
Resulta curioso ver a día de hoy “Emmanuelle” y comprobar que, por un lado, la película ha ganado calidad con el paso de los años. Resulta ser una película dirigida con soltura e inventiva a la vez que, de puro moderna que era en su momento, todavía resulta impactante y provocadora. Amén de desarrollarse de manera exquisita y volviéndose fascinante a cada nueva secuencia. Incluso hay un combate de Thai Boxing donde el premio es follarse a Emmanuelle que para nada se diría filmada en los 70. Así que, estamos ante una buena película. Un clásico del cine aunque naciera para alimentar los bajos instintos de los pajilleros de la época.
Por otro lado resulta curioso como las escenas eróticas son demasiado lights comparadas con cualquier cosa que podamos ver ahora ( o qué podíamos ver hasta ahora, porque está la sociedad de un pacato que asusta…) siendo, no obstante, cierto el tópico de que es mejor sugerir que mostrar; así, puedo decir sin despeinarme, que la escena del avión en la que Emmanuelle se insinúa sexualmente a un pasajero y este acaba penetrándole en el asiento de al lado, logró excitarme y sorprenderme, porque encima es una secuencia que hemos visto mil veces, sino en la película, en la televisión, mostrada siempre que se hace alusión a la película. Por lo demás, la película no es tan fuerte como la recordamos.
¿El argumento? Fácil. Una mujer casada con un individuo que la insta a que viva su sexualidad libremente, se monta unos cacaos mentales terribles que la llevan a desaparecer y montarse numeritos sexuales con toda clase de individuos o individuas, a la par que su marido, por darle alas, siente que la está perdiendo. Mientras, se folla putas. No hay más, porque el resto es ritmo, dirección y estética.
Ha estado muy bien verla en 2018. Y me ha gustado, aunque al final, en esencia, no es más que una tontería.

sábado, 3 de diciembre de 2016

CONDESA DRÁCULA

El propietario de un museo de cera instalado en Los Ángeles organiza una expo sobre Drácula, y lo hace a lo grande, agenciándose objetos importados desde Transilvania y que, se supone, fueron genuina propiedad del rey de los vampiros. Ese día recibe una caja de más, una bastante grande. ¿Y que contiene?, fácil: a la viuda de Drácula. Vanessa. Una chupasangre con mucha mala hostia que se encoñará de él y recorrerá las calles en busca de alimento. La novia de aquel y un detective que parece salido de una novela negra unirán fuerzas para detener al monstruo y recuperar al muchacho.
Cuando vi esta peli en su día, editada en vídeo por "Dister", me pareció un rollo macabeo. Pero desde hace un tiempo me hacía tilín revisarla, únicamente por su director, Christopher Coppola, sobrino de Francis Ford y medio hermano de Nicolas. ¿El motivo?, pues que el muchacho fue alumno del legendario George Kuchar en el San Francisco Art Institute y mantuvieron la amistad hasta el fallecimiento de este. Podemos ver a Christopher en algunos de los video-diarios de Kuchar, en el recomendable documental "It came from Kuchar" y, más curioso si cabe, entrevistando a su ex-profe para las páginas de la revista "Fangoria". Fue ahí cuando Coppola explicó que durante el rodaje de "Condesa Drácula", que si en algo se destaca es en su estilizada utilización de iluminación a base de colores primarios, puso en práctica algunos de los trucos caseros aprendidos bajo tutela Kuchariana ante los horrorizados ojos del resto del equipo técnico. El mismo George Kuchar comenta en la entrevista que le gusta "Condesa Drácula" por su aspecto de comic y por su "extraño look". Entonces Coppola añade: "El problema fue que a la gente no le pareció terrorífica".
Tal declaración nos pone a huevo el que, justamente, es el problema de la peli reseñada. No es ya que no dé miedo, es que resulta altamente sosa. Sí, muy estilizada. Molan los colorines y tal. Pero a veces lo es tanto que te da la sensación de que estás viendo algo estéril, un anuncio de colonia. Lo compensan leves arrebatos de gore "old school", efectos visuales zopencos (ese terrible croma con el murciélago volador) e ideas puntuales que funcionan, destacando la secuencia de la misa negra (el obligado momento "tetil" de la función, a falta de que la prota se quite la ropa, y no será porque no tuviese experiencia previa tal y como luego veremos) con la masacre de satanistas, y ese Helsing senil y exaltado tan gracioso, especialmente cuando entra en la morgue y comienza a clavar estacas a los cadáveres. Son destellos que no arreglan la peli en su totalidad, pero que la hacen un poco más soportable. Logramos llegar al final sin volvernos locos de aburrimiento, pero también sin la sensación de haberlo pasado demasiado bien. "Condesa Drácula" se queda en un "pasable, por los pelos".
En el apartado de curiosidades, podemos citar ese plano en el que nos muestran descaradamente una placa a nombre de Francis Ford Coppola en el asfalto del famoso paseo de la fama o el pequeño papel como policía que se marca George Stover, el mítico astro de la serie Z, musa eventual de John Waters y mano derecha de Don Dohler.
La protagonista, Doña Drácula, no es otra que Sylvia Kristel, la famosa "Emmanuelle" que entonces vivía el peor momento de su carrera. Imagino que no se sentiría muy feliz caracterizada con una peluca cutre y todo ese maquillaje, tal vez ello explique su interpretación tirando a poco entusiasta. La acompañan otro del clan Coppola, Marc. Josef Sommer, un secundario de esos que salen en mil películas. Y Lenny Von Dohlen, al que hemos visto en algunos productos clásicos de los ochenta como "Sueños Eléctricos".
En cuanto al amigo Christopher Coppola, pues seguidamente rodó su título más respetado (y con protagonismo de Nicolas Cage), "El riesgo del vértigo", para volver un poco a cierta oscuridad pariendo mucho cine de género segundón y algunos productos televisivos. Entre sus últimas obras tenemos una "comedia de horror" que no he visto pero tiene pinta de ser curiosa, "The creature of the Sunny Side Up trailer park". Su más reciente aportación es del 2015 y se titula "Sacred Blood".

viernes, 21 de enero de 2022

JOY

Las películas de Emmanuelle, expoliadas e imitadas a lo largo y ancho del mundo, podrían muy bien ser las percusoras de ese nuevo cine erótico contemporáneo y de corte comercial, muy del gusto de las señoras casadas, que tiene sus máximos exponentes en cintas como “9 semanas y media” o, más recientes, las de la saga de “50 sombras de Grey”.  Estas películas, que consiguieron popularidad y taquillas decentes —en el caso de “50 sombras…”, millonarias— no dejan de ser “series B” de lujo que, aún inspirándose o adaptando novelas de a duro, tienen sus ojos bien puestos en el cine exploit de los 70 y 80. Ahí entraría la película de la que paso a hablarles a continuación, y que sería un precedente directo para “9 semanas y media” con la que guarda más de un punto en común.
“Joy” es una producción franco-canadiense de presupuesto más o menos holgado, que se inspira en la autobiografía de una mujer liberal llamada Joy Laurey. Más o menos, viene a ser una puesta al día de las aventuras de Emmanuelle Arsan en versión nuevaolera, con todos los clichés de las películas de los 80, pero con similares intenciones. La principal, claramente, era convertirse en exitosa franquicia.
Para su ejecución, los productores Benjamin Simon y Stephen J. Roth (que venía de producir “Paradise”, ese exploit de "El lago azul", y que no pararía hasta formar parte activa de la producción de títulos mainstream como “Los fantasmas atacan al jefe” o “El último gran héroe”) contrataron a un artesano que filmara bien las escenas eróticas, pero que fuera apañado y baratito, así que le ofrecieron el proyecto a Sergio Bergonzelli, metido por aquel entonces en cosas de presupuestos ínfimos y que, con algo más de dinero, supo demostrar que muchas veces se puede filmar algo más o menos digno (“Joy” es infinitamente mejor que otras cintas suyas como “Apocalipsis Sexual” o “Eros Hotel”, por ejemplo) y con un rodaje que desplazaba localizaciones a lugares como México, Nueva York u otras ciudades, supo hacer lo que, sin duda, podemos considerar la “Emmanuelle de los 80”, puesto que la película se exportó bien y consiguió beneficios.
Para internacionalizar un poco la cosa, a Bergonzelli le hicieron firmar la cinta bajo el seudónimo de Serge Bergon.
La cosa va de una atractiva muchacha de sociedad, modelo y “viva la virgen” que vive su sexualidad desacomplejadamente. De niña descubrió a sus padres follando en el salón de casa y desde entonces desarrolla un complejo de Electra de tres pares de cojones, por lo que acaba estableciendo relaciones con un hombre mayor que, harto del hastío sexual del que durante su vida ha follado todo lo que ha querido, cada vez será más exigente en sus apetencias, llegando a instar a Joy a participar en orgías multitudinarias. Tras un par de ellas, a Joy no le parece ni medio normal que a este hombre le parezca bien que a ella se la jodan otros tíos en su presencia y entrará en conflicto con él.
Sencillo argumento —el típico y necesario para toda aspirante a nueva Emmanuelle—. Ya saben, un fino hilo argumental que sirve para ir desarrollando lo que de verdad interesa que son las escenas de folleteo estiloso.
La película, así de golpe, puede resultar un poco ladrillo y hortera, con escenas eróticas que causan cierta vergüenza ajena; sin embargo, filmando las orgías, Bergonzelli se apunta un tanto, ya que ambienta estas de manera psicodélica, creando una atmósfera onírica y luminosa que, estéticamente, queda de lo más resultona y, efectivamente, es lo que pedía el cine erótico de tercera en los 80. Se le puede echar un vistacillo.
Por otro lado, hay fans de la película que aseguran que Bergonzelli no tiene nada que ver con esta película, que Serge Bergon es una persona real y no un seudónimo. Probablemente esto sean rumores y nada más, ya que lo cierto es que no hay más información  al respecto sobre el tal Serge Bergon más allá de su relación con esta película y, en cualquier caso, Bergonzelli nunca ha manifestado no ser él quien dirigiera “Joy” (tampoco es que sea un director con la suficiente relevancia como para hacer declaraciones de este tipo).
Como fuera, la película se estrenó en nuestro país con un número de espectadores nada despreciable, casi 300.000, y además se convirtió en un pequeño clásico de nuestros vídeoclubs, que la alquilaban entre los mayores de 40 con bastante asiduidad. La distribuyó Polygram.
En cuanto a la actriz que dio vida a esta Joy, Claudia Udy, que era guapa pero que tenía las tetas peor operadas y más feas de toda la “serie B” mundial, aparecería después en títulos más o menos populares como “Skull: El crimen perfecto”, “Fuera de control” o “Amanecer Salvaje”, pero nunca trascendería en adelante como para ser considerada la nueva Sylvia Kristel. Y es que era una actriz espantosa.
El señor de mediana edad que se la beneficia, Gérard- Antoine Huart, aprovechó el tironcillo que en Europa tuvo “Joy” y al año siguiente sería el protagonista de “Emmanuelle 4”, la última secuela oficial de la franquicia original, repitiendo un poco el rol de cincuentón salido y sofisticado que había realizado aquí.
Desde luego, “Joy”, a rasgos generales, no debió funcionar mal, ya que a continuación, y como se tenía previsto, se realizaron un sinfín de secuelas que rozaban ya la “serie Z” más infame, y que ya no contaban con Claudia Udy en su reparto. La mayoría fueron producidas por Benjamín Simon y, básicamente, repetían la formula abierta con “Joy”, pero trasladando a nuestra heroína a algún exótico país en el que dar rienda suelta a sus fantasías eróticas. Estas secuelas serían “Joy & Joan”, “Joy In Love”, “Joy à Hong Kong”, “Joy à San Francisco”, “Joy en Afrique”, “Joy à Moscu” y “Joy & Joan chez les pharaons”. Muchas de ellas rozando el porno, algunas concebidas para la programación nocturna de la televisión francesa y con la actriz porno Zara Whites sustituyendo a la Udy como principal reclamo. Intuyo que cualquiera de estos títulos tienen que ser terribles.

lunes, 17 de junio de 2019

MALIZIA

Me imagino el impacto que causaría, a finales de los 60, la irrupción de Salvatore Samperi y su cine erótico en las pantallas de medio mundo y su gusto por realizar aquellas películas que deambulaban entre el erotismo más exacerbado y el más absoluto sensacionalismo en las que, en el mejor de los casos, la trama principal la sostenía la relación sexual que pudieran mantener una señorita adulta y un mocoso adolescente salido como un mono. La cosa se ponía más tensa cuando, además, la señorita madura era miembro de la familia del adolescente salido. Amén de esa cantidad de desnudos que nos ofrecía, desprejuiciadamente, una estupenda —y desmesuradamente bella— Laura Antonelli.
Semperi iba para erotómano de prestigio, sin embargo, el éxito de la película que nos ocupa, “Malizia”, le encasilló de tal manera que la posibilidad de convertirse en una suerte de autor se desvaneció para devenir en una especie de padre de la comedia sexy italiana. Obviamente, los paralelismos entre la comedia sexy y el cine de Semperi es notorio, y si bien se vio abocado finalmente a llevar unos niveles de calidad nimios a medida que su carrera avanzaba, con “Malizia”, supo marcar la diferencia. Para mí, una de las mejores películas del cine italiano. Una divertida comedia, pero también un drama. E incluso juguetea con el terror. Y, por supuestísimo, a Salvatore Semperi, teniendo películas divertidas e interesantes, ninguna le salió tan buena como esta.
Parte de la culpa de lo estupenda que es “Malizia”, la tiene el director de fotografía Vittorio Storaro, recién salido de fotografiar “El último tango en París” y que, quizás, sin él tras la cámara y la iluminación, “Malizia” podría haber resultado otra pobretona y chabacana película sexual  italiana más de la época. Su labor la dota de cierta clase.
“Malizia” podría entrar de lleno en esa categoría que en mi libro “Screwballs, 101 comedias sexuales” tuve a bien bautizar como “películas de graduados” y que, directa o indirectamente, serían una consecuencia de “El Graduado”, en las que el único requisito consistía en  que una mujer adulta seduzca a un jovencito —o viceversa—. Sin embargo, con “Malizia” los tiros van por otro lado, porque más allá de la seducción que pueda ejercer una mujer adulta sobre un jovencito, aquí lo que se trata es el brutal acoso sexual al que somete un adolescente a su futura madrastra, sin que esta actitud sea condenable o denunciable en ningún momento, sino que lo normaliza.
En otro orden de cosas y al margen de alguna actitud reprobable (que me la suda), “Malizia” cuenta en su haber con algunos de los desnudos (de Laura Antonelli) más sugestivos y excitantes de la historia del cine.
Tras la muerte de su mujer, un empresario de la industria textil se plantea como va a llevar su negocio, la casa y sus tres hijos, cuando, poco antes de morir, su señora dejó contratada a una empleada del hogar, Angela. Ella es una absoluta belleza y se ocupa de los quehaceres de la casa de manera extraordinaria, motivo por el cual su jefe se enamora perdidamente. No solo eso; dos de sus hijos, un veinteañero y un adolescente —que está más salido que un mono y ya tiene un buen historial en lo que a meter mano a señoras talluditas se refiere— también beben los vientos por ella, lo que acarreará la discordia entre los miembros de la familia, máxime cuando el padre de los chicos y Angela deciden casarse. En represalia, el adolescente comienza su particular y brutal acoso sexual, acoso que ella consiente y parece incluso excitarla, por lo que entran ambos en una extraña espiral sexual.
Se trata de una película imperecedera, un clásico absoluto del cine italiano, un producto injustamente infravalorado pero con un asombroso culto alrededor del mundo. Tiene locos a un buen sector de los cinéfilos más erotómanos del globo terráqueo.
Estrenada en el prestigioso festival de Berlín de1974, tanto Laura Antonelli como Turi Ferro (el padre del pequeño chimpancé salido), se alzaron con los premios a mejor actriz y mejor actor respectivamente.
Antonelli, a posteriori, se convirtió en uno de los mitos eróticos mas importantes del cine italiano, combinando producciones de mayor prestigio con otras de carácter meramente "exploitation". Sin embargo, ya en su ocaso, fue relacionada con el consumo y tráfico de drogas, por lo que ya no levantó cabeza.
Peor suerte correría su partenaire masculino en “Malizia”, el adolescente Alessandro Momo que contaba con tan solo 15 años cuando rodó la película. Tras esta, y siendo uno de los actores jóvenes más prometedores del cine italiano, repitió al año siguiente con Semperi y Antonelli en una de similar temática, “Me gusta mi cuñada”, para ese mismo año hacer un papelón junto a Vittorio Gassman en “Perfume de mujer” siendo su ultima intervención en pantalla. A finales de ese mismo año, con tan solo 17 primaveras, fallecía Alessandro Momo víctima de un fatal  accidente de moto. Una pena.
Como Semperi ya solo hacía productos de baja alcurnia, 20 años después trató de recuperar el tirón de su mayor éxito y rodó, sin mucho sentido, una secuela donde sus protagonistas han envejecido notablemente. Tan absurda que el espectador se sonroja por momentos; “Malizia 2000”, donde repetirían Laura Antonelli y Turi Ferro. Un despropósito fílmico.
Por otro lado, la película “Sueños eróticos” con Sylvia Kristel, se comercializó en algunos países como si fuera una secuela de la reseñada bajo el título de “Malizia 2”. Cosas de la época.
“Malizia” es verdaderamente una película estupenda. Muy, muy buena.