Mostrando las entradas para la consulta WENSTEIN ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta WENSTEIN ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

lunes, 24 de octubre de 2022

SWINGERS

En pleno 2022 podemos decir, sin que se nos rasguen las vestiduras, que aquello del cine independiente de los 90 que empezó de forma más o menos genuina hasta que llegaron los Wenstein para de manera camuflada convertirlo en mainstream, no fue más que una moda del momento (ya teorizamos sobre todo ello aquí). Un puñado de jóvenes más o menos aburguesados que, como se lo podían permitir, se ponían a hacer películas al margen de los estudios, de relativo bajo presupuesto.
A día de hoy ni Dios recuerda el cine indie y, salvo Tarantino, Spike Lee o Kevin Smith, el resto de sus cabezas visibles se ha quedado para vestir santos.
Aparte de esto, me resulta muy curioso comprobar como una de las películas más pequeñas de aquel movimiento, con un par de buenas ideas, un par de actores con carisma y siendo un film que despertaba mucho menos interés general que la mayoría de sus compañeros de promoción (los Tom DiCillos o Alexandre Rockwells de turno), sin que tampoco fuese un taquillazo —de hecho no consiguió recaudar el dinero que se gastó Harvey Wenstein en comprársela a sus propietarios—, sus principales artífices se encuentran a día de hoy en primera línea del mainstream y gozando, en el mejor de los casos, hasta de cierto reconocimiento por parte de la industria. Y es que “Swingers” es una película con un presupuesto de tan solo 200.000 dólares que realizaron, casi por diversión, un grupo de amigos compuesto por Jon Favreau, Vince Vaughn y Dough Liman. Rodaron sin permisos, en plan guerrilla, sobre la marcha y en dos semanas una película que sin hacer demasiado ruido los lanzó a todos ellos al estrellato cuando no eran más que unos pipiolos que buscaban hacer algo con sus vidas.
“Swingers” no hace referencia a los clubs de intercambio de parejas como pudiera parecer, sino que por lo visto, a finales de los 80 y hasta mediados de los 90 se puso de moda en Los Angeles lo que fue una tendencia pasajera llamada neo-swing, y que consistía en reivindicar la música swing y vestir con camisas de bolos e indumentaria más propia de aquel movimiento de los años 40. Entonces, “Swingers” transcurre dentro de ese entorno, y a los que se apuntaban a ese revival se les denominaba, valga la redundancia, swingers.
Sin un argumento muy preciso, la película nos presenta a un grupo de actores en paro que con la excusa de que a uno de ellos le ha dejado su novia, salen por la noche, beben, ligan y se meten en algún que otro lío. Y poco más. Una peliculita entretenida que sin demasiados aspavientos nos presentó a un par de actores y guionistas, y un director que luego demostraron tener talento y que acabaron haciendo películas de lo más gordas.
El verdadero cerebro de “Swingers” fue Jon Favreau, entonces un joven aspirante a actor que se instaló en el ordenador un programa para escribir guiones. Se puso a trastear con el programita y, para probarlo, comenzó a escribir en forma de guion las aventurillas nocturnas vividas por sus amigos y por él, centrándose en la relación que tenía con Vince Vaughn al que había conocido años atrás en el rodaje de la película “Ruby” donde ambos tenían sendos papelitos. Así que los personajes principales a los que dan vida Favreau y Vaughn están inspirados en ellos mismos.
Cuando terminó de escribirlo, Favreau decidió que ese guion podía convertirse en película y se lo pasó a Dough Liman, que ya había rodado una película independiente en 1994, “Getting in”, y ya tenía hechos los contactos en Hollywood, por lo que movió el guion por los estudios. La idea era que Liman dirigiese y Favreau y Vaughn, que entonces no eran nadie, lo protagonizasen, cosa que no les entusiasmó a los estudios que querían estrellas tipo Johnny Depp en el caso de que se diera luz verde a la película. Finalmente nuestros hombres decidieron hacer la película por su cuenta y de manera independiente, y consiguieron los 200.000 dólares que les costaría por su cuenta, si bien la película ya terminada no interesó a demasiados exhibidores. De hecho, fue rechazada en Sundance.
Sin embargo Miramax andaba por ahí gastando dinero de mala manera y les compró la película a nuestros protagonistas. Wenstein la puso en los cines y fue un pequeño éxito del cine indie que consiguió 4 millones de dólares. Obviamente Miramax no cubrió gastos, pero a nivel taquilla, lo cierto es que se trata de una película que costó 200.000 y recaudó 4 millones. Y los nombres de Favreau, Vaugnh y Liman comenzaron a sonar.
Como parte de esos 200.000 dólares de presupuesto se los gastaron en licenciar la música que suena en la película, con el fin de conseguir los derechos de la banda sonora de “Tiburón” para incluir la música en una escena, se le entregó una copia de “Swingers” a Spielberg que la vio, y decidió fichar a Vince Vaughn para uno de los papeles de la segunda parte de “Parque Jurásico” y de ahí el salto a Hollywood por parte del actor. Los otros irían de cabeza detrás. Favreau, que fue trabajando de lo que le iba saliendo, acabaría siendo por un lado director recurrente de Marvel Studios, por otro combinaría esa tarea con trabajos más independientes —por ejemplo “Chef” de presupuesto nimio si la comparamos con “Iron Man”—. Por su parte Dough Liman pasaría de inmediato a dirigir “El caso Bourne” y de ahí a ser un director eminentemente de estudio, por lo que no les fue nada mal a posteriori con esta película de colegas con un presupuesto por el que casi podemos calificar a la película de semi-amateur.
Por otro lado, marcaría definitivamente el tipo de papeles en los que se encasillaría Vince Vaughn, ya que aunque posteriormente lo intentó en registros dramáticos (fue un extraño Norman Bates en el “Psicosis” de Gus Van Sant) lo único que le funcionaba eran roles como el que interpretó aquí, el canalla juerguista y ligón, arquetipo que pasada la década de los 90 asumiría, llevándole no obstante a convertirse en un solvente actor de comedia.
En definitiva, “Swingers” no es una obra maestra, se trata de una película en la que los actores están muy bien y con momentos divertidos y, sobre todo, que saca mucho partido al bajo presupuesto con el que se contaba, pero sí me parece bastante mejor que la mayoría de películas indies de los 90 que a día de hoy no aguantan un puto visionado.
Por otro lado me hace gracia la autoconciencia de la película de pertenecer a ese movimiento de los 90 y, sabiéndose rival de otras películas de la época, por un lado homenajea el par de planos más celebres de “Reservoir Dogs”, mientras que por otro lado, en una escena que recrea la famosa conversación inicial en torno a Madonna de la película de Tarantino, acusa a este de copiar otras películas en su cine, detalle que me hace mucha gracia, pese a que en la otra mano parece que sus autores tienen devoción por Tarantino y la película de la que en cierto modo se pitorrean.
Unos años después, Favreau y Vaughn intentaron volver a estos orígenes con la estupenda “Crimen desorganizado

lunes, 11 de mayo de 2020

ATRAPADA ENTRE DOS HOMBRES

John Cassavetes dejó muchos proyectos sin realizar antes de su muerte. De hecho, “Atrapada entre dos hombres” (estúpido título castellano para “She’s so lovely”) es una película que a finales de los 80 tenía previsto rodar con Sean Penn, pero justo antes de ponerse manos a la obra, Cassavetes fallecía aquejado de una cirrosis hepática.
El guion se quedó aparcado entre tantos otros proyectos durante más de diez años durante los cuales, Nick, el hijo de John, se forjaba como cineasta. Debutó en el cine con la su primera película, “Volver a vivir” para después pasar a formar parte de la escudería de Miramax y rodar “Atrapada entre dos hombres” bajo el auspicio de los hermanos Weinstein que en principio recibieron el proyecto con los brazos abiertos.
Nick Cassavetes, ofreció rodar la película a Sean Penn, que iba a haberla protagonizado con su padre y este aceptó de buen grado, aunque debían esperar que su agenda le permitiese poder incorporarse al rodaje. Entre tanto, Nick, adaptaba el guion al temperamento de los 90 y reescribia parcialmente algunas cosillas.
Un matrimonio un tanto desarraigado con claras muestras de trastorno mental por parte de ambos, se quiere con locura. Pero él es un estafador y suele desaparecer de casa por periodos largos de tiempo durante los cuales, debido a los celos y la impotencia, ella entra en crisis consumiendo alcohol sin medida. En una de estas, un buen día, se pondrá a tontear con el vecino que, emborrachándola, intenta tener sexo con ella. Esta al  negarse, recibe una paliza. Esa misma noche regresa su marido y verá que su mujer tiene la cara golpeada y, aunque ella le dice que esos golpes son consecuencia de una caída, al día siguiente él se imagina que ha sido cosa del vecino y entrará en una crisis esquizofrénica que propiciará que, enloquecido y buscándole para matarle, dispare accidentalmente a un cuidador social que ha acudido tras la llamada de su mujer. Entonces, es detenido e ingresado en  un manicomio. Pasan 10 años y ella ya ha rehecho su vida con otro hombre que la ha convertido en una ama de casa convencional, pese a que ella desde el primer momento le ha dicho que amaba a su marido que estaba ingresado. Sólo que ahora, su marido está recuperado de su enfermedad y ha salido del sanatorio dispuesto a reunirse con su mujer querida, cosa que al actual marido no le parece nada bien. Se complicará la cosa.
“Atrapada entre dos hombres”, que en un principio levantó gran expectación por tratarse de un guion no realizado de John Cassavetes que, por primera vez, iba a ser filmado, fue maltratado por Harvey Wenstein que en ese momento tenía proyectos que le interesaba más mover que esta pequeña película del hijo de Cassavetes, por lo que tras someterle a diversos cortes con el fin de reducir su duración, hizo con la película una autentica escabechina. Y además fue un destrozo en balde puesto que, para cuando la película se fue a estrenar, el desinterés era total y se estrenó en poquísimas salas y sin apenas promoción. Digamos, que destrozó lo que podía haber sido una de las mejores películas de los 90. No obstante, y con ganas de poder ver algún día el corte del director, el resultado no se resiente demasiado en el sentido que estamos ante una película estupenda. “Atrapada entre dos hombres” es una de las historias de amor más bonitas y menos babosas de cuantas he visto, amén de tratarse de una comedia negra, negrísima con momentos verdaderamente hilarantes. Es comenzar su visionado y quedar embobado con esta extraña y divertida historia de gente histérica.
La mano de Cassavetes padre se ve en todo momento, ya sea en el retrato de esos personajes desquiciados, ya sea en la presencia de las enfermedades mentales que solían ser recurrentes en su filmografía, ya sea en su extraña estructura de dos bloques donde predominan las diálogos y donde se dan muy poquitos detalles sobre los personajes.
En España, como todo lo de Miramax de la época, se estrenó en cines, pero el maltrato al que la película fue sometida en los USA, de rebote, alcanzó a la película por aquí también ya que se estrenó deprisa, corriendo, de tapadillo y en apenas un par de semanas de exhibición tan solo llegó a interesar a 149.000 paupérrimos espectadores del año 1998. Después apareció en vídeo de alquiler y ya no ha vuelto ha tener una edición en condiciones, quedando la película, hasta el día de hoy, inédita en DVD en nuestro país. Una autentica pena.
El siguiente paso de Nick Cassavetes, lejos de abrazar el cine independiente, fue abrazarse al sistema de estudios, facturando pequeños bodrietes mainstream como la infame “John Q” o la rematadamente edulcorada “El diaro de Noah”. Volvería a lo independiente con la correcta “Alpha Dog” y después, digamos que Cassavetes se convirtió en un director impersonal que facturaba toda suerte de peliculitas sin ninguna enjundia. No siguió los derroteros marcados por papá.
Junto a Sean Penn, tenemos a su mujer Robin Wrigth, a la que enchufó para la ocasión, un histriónico y descacharrante John Travolta, y las presencias del gran Harry Dean Stanton, Debi Mazan y James Gandolfini
Muy, muy, muy recomendable.

viernes, 6 de marzo de 2020

RHYME & REASON

Miramax en su momento de mayor esplendor, sin dejar de lado los proyectos independientes más por el que dirán que por otra cosa, da luz verde a un ambicioso proyecto documental por parte de Peter Spirer, hoy prestigioso documentalista especializado en Hip-Hop, que se embolsó con este “Rhyme & Reason” más de un millón de dólares proyectando su película en cerca de 300 salas. Puede parecer un hito para una película documental sobre rap, pero para Miramax no era sino calderilla.
La gracia del asunto está en que, en el documental, se entrevista a toda la plana mayor del
Rap de los 90 cuando este está en su mejor momento, con lo que van circulando por pantalla casi todos los artistas relevantes de la escena, cosa que está muy bien ¿Qué es lo que no está tan bien? Pues que como son un montonazo, al final cada uno de ellos da una o dos declaraciones y el resultado es un batiburrillo de raperos dirigiéndose a cámara y diciendo cosas relacionadas con el rap, pero nada verdaderamente relevante. Por eso mismo, a la fuerza, el ritmo va a una velocidad tan de vértigo, con planos de apenas segundos, que al espectador no le da tiempo a asimilar lo que está viendo. Mucho rapero contando sus cosas.
“Rhyme & Reason” es un documental bastante mediocre que no cuenta nada. El guion es pobre y los raperos hablan de su actual estatus, de sus turbulentos pasados y del papel que desempeña en dinero y la violencia dentro de esta cultura, pero lo hace todo de soslayo, muy por encima, tirando de irritantes clichés y sin nada importante o innovador que mostrarnos. Y aunque en el montaje se procura aglutinar todas las declaraciones de los artistas en bloques, lo que aquí tenemos es una especie de álbum de cromos con tus raperos favoritos. Por momentos, el documental roza el aburrimiento.
Sin embargo funcionó bien porque era la primera vez que una productora poderosa apoyaba una película de estas características, aunque solo fuera para cubrir el cupo de los independientes mientras se gestaban los tejemanejes varios en los que estaba metido Harvey Wenstein con películas como “Shakespeare enamorado”. Puro material de relleno.
Por otro lado, “Rhyme & Reason” es una muestra de lo que cualquier película documental puede conseguir amparada por una compañía potente, porque la crítica fue unánime con críticas positivas, cuando la realidad es que estamos ante un documental torpe, descuidado y sin ningún punto de partida ni conclusión claro.
Spirer, que incluso dio el salto a la ficción con una película también ambientada en círculos Hip-Hop, “Just Another Day”, sobre raperos que compiten en batallas de emcees, consiguió su mayor cota de reconocimiento con una serie de documentales sobre piques entre raperos, con la narración de Ving Rhames, titulados “Beef”. Por lo que se ve, el tipo estaba obsesionado con las aquí conocidas como “batallas de gallos”.
Muy mediocre y sin nada que aportar al género. Pero por verle los caretos a Cypress Hill, Ice-T, Nas, Dr. Dre, Kurtis Blow, Guru y E-40 entre otros, pues tampoco pasa nada.

martes, 10 de diciembre de 2024

BEN & ARTHUR

No conocía yo este pequeño clásico del cine homosexual de más baja alcurnia. Resulta que, a pesar de tenerlo todo en su contra, posteriormente a su estreno consiguió un culto más o menos considerable, no ya entre su público natural (el gay), sino entre el público de cine malo. Por supuesto, se encuentra en la dichosa lista de peores películas de la historia. En cierto modo no es justo, ya que, más que una de las peores películas, “Ben y Arthur” es, en todo su esplendor, una película amateur.
Un joven con sueños Hollywoodienses llamado Sam Mraovich decide poner todos sus esfuerzos en triunfar en la meca del cine. No lo consigue, pero cae en la cuenta que existe algo llamado cine independiente que, para su ópera prima, decide que quiere probar. Así, toma su cámara de vídeo, su trípode y sus ahorros para escribir (en seis meses) dirigir, producir, protagonizar y musicar, lo que en el papel es una dramática historia con un desenlace desgarrador. Paga sueldos a los actores que ha de utilizar y durante el rodaje se da cuenta que, igual, hacer una película no es tan fácil, pero, lejos de tirar la toalla, la lleva a buen puerto, montándola en un ordenador vulgar y corriente con la ayuda de su hermano, Chris Mraovich, que se desenvuelve bastante bien con las computadoras. El siguiente paso es enviar su película a los distintos distribuidores sin que, naturalmente, ninguno de estos le haga caso.
Ni corto ni perezoso, Mraovich juntó más dinero, a pesar de todo lo que había gastado, con el fin de alquilar una sala de cine, de este modo proyectaría su película para mostrársela a otra decena de productores a los que invitaría a la "premiere", y al público que quisiera verla.
Y no le salió mal la cosa porque, una pequeña distribuidora especializada en cine gay, "Ariztical Entertainment", decidió moverla y editarla posteriormente en dvd. ¿Por qué?, probablemente no sea por el raccord asesino que posee la película, ni por el audio sin solapar en un solo "frame", ni por la absoluta negación para la dirección (e interpretación) que se gasta Mraovich, sino porque en aquella proyección hubo risas en todas las latitudes. Y es que no es para menos; Cuenta la historia de dos pizpiretos homosexuales que, entusiasmados, planean un viaje a Hawaii con el fin de celebrar allí su boda tras recibir la noticia de que, en ese estado, por fin es legal que dos hombres se unan en matrimonio. Su gozo cae en un pozo cuando, tras sacar los billetes de avión, el gobierno decide recular en la decisión de legalizar el matrimonio homosexual, quedándose ambos chavalotes para vestir santos. Aprovecharán que no viajan a Hawaii para que uno de ellos pida el divorcio a su esposa a la que hace tres años que no ve (!). Finalmente se van a Vermont, lugar donde la boda gay sí es legal, y se casan.
El Arthur del título decide ir a visitar a su hermano, un tipo con el pelo oxigenado que parece homosexual y redomado, pero no; resulta ser un fanático religioso heterosexual decidido a sacar el demonio del cuerpo a Arthur y Ben por las vías más elementales: agua bendita y exorcismos. No lo consigue.
En una de estas, el padre de la iglesia que frecuenta el fanático religioso decide echar a su feligrés por miedo a que, al ser hermano de un homosexual, se le llene la parroquia de demonios. Y como este muchacho no quiere que le repudien, le dice al párroco que está dispuesto a lo que sea con tal de quedarse. Y con lo que sea, se refiere a asesinar a su hermano. La cosa acabará como el mismísimo rosario de la aurora.
Desde que se estrenó, “Ben & Arthur” ha sido motivo de ira y mofa, pero Mraovich agradece el que su película haya engrosado las filas del cine malo porque, de otra manera, jamás habría recibido la atención, incluso internacional, que esta ha recibido.
Como digo, es una película amateur y como tal yo creo que merecía otro tratamiento, pero al margen de eso, lo delirante del argumento, la paja mental que supone una trama en torno a la homosexualidad, fanáticos religiosos, demonios y todo ello aderezado con unos toquecitos de thriller, no me ha dejado indiferente en ningún momento, máxime cuando el único personaje heterosexual, un beato, villano que, como todos los buenos villanos, engrandece la película, es en realidad un homosexual con más pluma que un pavo real; el actor de cine porno gay Michael Hashboush, incapaz de convencer como heterosexual ultra religioso. Los americanos esto lo ven como un gran motivo de mofa, cómo no. Mraovich se defiende diciendo que buscaba que el público lo identificase con un homosexual que odia su propia condición.
Por otro lado, destaca el gran ego de Mraovich, que no solo no sale de plano en la película, sino que su nombre aparece 20 veces en total durante los créditos. No está mal. Asimismo, resulta desconcertante la carátula de la película, con el co-protagonista (no Mraovich) en primer término, mientras al fondo, difuminado, vemos al actor/director sosteniendo una pistola… Y bueno, alguna vez vi en algún lugar esta carátula, no llamándome en absoluto la atención al suponer que se trataba de una vulgar película indie de la era Wenstein. Mi madre, lo que me perdí.
Uno ya ha visto de todo, y no voy a decir que esta película, a la que en USA llaman el “The Room” de los gays (esto es mucho peor que la de Wiseau), me haya fascinado como tantas otras películas de factura similar, aunque “Ben & Arthur” es genuina e ingenua, cine malo en todo su esplendor. Pero sí la he visto sin pestañear, me he echado unas muy buenas risas y, lo más importante, contiene momentos, situaciones e interpretaciones que, todavía hoy, me han sorprendido. Y solo por eso, merece ser tenida en cuenta, pero sin rasgarme las vestiduras en absoluto.
“Ben & Arthur” es de 2002; Mraovich tardaría 18 años en rodar su segunda película que, si mal no me equivoco, todavía no tiene distribución. En fin.