El director Donald G. Jackson, al que la afición le vino de manera temprana cuando filmaba eventos deportivos de instituto con su Bolex de 16 mm, es un realizador peculiar donde los haya, que quizás encaminó su carrera por el lado más elemental a causa de la falta de trabajo o, en un segundo término, quizás, por la de talento. Al margen de eso, detestaba las películas en las que Satán es mostrado de manera ostentosa porque era un cristiano redomado, mientras que por otro lado fue “La matanza de Texas” la película que le llevó a querer dirigir cine.
Paradójicamente y traicionando a sus creencias, debuta en el mundo del cine, precisamente, con una película de contenido satánico como era “The Demon Lover” —estrenada en nuestro país en vídeo, espantosamente editada, bajo el título de “Ceremonia Satánica”. Conoció otra edición que, erróneamente, le otorgaba la dirección a Fred Olen Ray —, mientras que el culto y seguimiento a posteriori se lo debe a un par de películas de "serie B" no muy hábiles pero simpáticas, que son “El infierno vuelve a Frogtown”, con Roddy Pipper (terminada de rodar por otro mindundi) y “Roller Blade” de la que posteriormente rodaría remake y secuelas. Estas serían sus tres películas más populares y a las que ineludiblemente se les rinde el culto merecido dentro de los parámetros de la "serie B" más desacomplejada.
Sin embargo llegados los 90, y navegando en un mar de mediocridad en el que, por abaratar costes, si quería seguir rodando debía hacerlo en vídeo costroso de la época, llega a su vida otro peculiar director, experto en artes marciales y aún más costroso que el propio Jackson, que responde al nombre de Scott Shaw y cuya escasa popularidad se la debe a títulos como “Atomic Samurai” entre otras mil mierdas que tiene en su filmografía, ya sea en calidad de productor o de director. Shaw alaba la filmografía ochentera de Jackson y le propone que se asocie con él en su pequeña productora, para que forme parte de una nueva corriente cinematográfica artística de su invención a la que llama Zen filmaking. Y Jackson se enreda con él en ese tinglado. ¿Y en qué consiste el Zen filmaking? Pues nada más y nada menos que en rodar películas con el mínimo dinero posible, en el menor espacio de tiempo y sobre la marcha, sin un guion, improvisando y construyendo la película según van grabando. Lo que viene siendo una película amateur de toda la puta vida, y además, de las malas. Insufribles. De esta manera, juntos, se lían a rodar películas amateur a cholón, expoliando, en la medida de lo posible, los éxitos pasados en celuloide del señor Donald G. Jackson, por lo que la mayoría de esa producción la componen secuelas de “Roller Blade” y, sobre todo, de “El infierno vuelve a Frogtown”, pero con una pobreza de medios —y artística— similar a cualquier película facturada en el tercer mundo. También tienen especial predilección por hacer películas de terror protagonizadas por El Chupacabra. Pero les va bien y se hartan de vender VHSs para el mercado del alquiler, por lo que en cierto modo resultan ser un antecedente para productoras como The Asylum, Tomcat Films y similares.
En una de estas, Shaw se da cuenta que el mercado infantil está caliente en los Estados Unidos, que las copias de Disney provenientes de exóticos países tercermundistas se alquilan como churros y que, en definitiva, los niños suelen ser un público agradecido. De este modo, y siempre cumpliendo los dogmas de Zen filmaking, propondrá a su socio rodar una serie de películas de corte infantil (de las que daré buena cuenta por aquí empezando con la de hoy) que cuentan como principal reclamo con el protagonismo de Joe Estevez —el tío menos famoso de Emilio Estevez y Charlie Sheen y, por ende, hermano de Martin Sheen—, que debe ser uno de los peores sobreactuadores de la historia, y de Conrad Brooks, actor clásico de la serie B/Z de los años 50 que se haría popular por salir en las películas de Ed Wood y que en plenos 90 respiraba sus últimos estertores.
Fascinado me quedé al saber sobre el Zen filmaking (aunque en su día ya tratáramos el asunto en formato audio), pero más todavía cuando supe de esta rama del movimiento pensada para los niños. Así, llego a esta infamia titulada “Little lost sea serpent”.
Cuenta la historia de una pareja de niños que, en la orilla del mar, se encuentran un bebé de serpiente marina gigante, con sus aletitas y todo. Por supuesto, se la llevarán a casa. Cerca del lugar les espían un par de periodistas que al darse cuenta de la magnificencia de lo que se han encontrado ahí, les perseguirán con la idea de hacerle fotos al bebé serpiente para publicarlas en los diarios.
En casa los críos jugarán con la serpiente, la criarán y conseguirán que sus padres, que no sabían nada, lleguen a encariñarse de un bicho que, al ser marino, necesita estar en el mar o se muere. Así que pronto decidirán regresarla a su hábitat para que esté con sus papis. Los periodistas por el camino comprenderán también que devolverla al mar es lo mejor. Así que de vuelta al mar, la mamá de la serpiente vendrá a recibirla con sus 10 metros de tamaño, mientras la serpiente pequeñita ¡habla y dice que quiere volver a casa! Y fin.
“Little lost sea serpent” ¡es el enésimo exploit de “E.T. El extraterrestre”!
Básicamente, Shaw y Jackson copian la estructura narrativa de la película de Spielberg, la adaptan a sus escasos medios y rellenan metraje a base de improvisaciones y conversaciones interminables. Todo ello rodado fatal, sin ningún cuidado y como si en realidad todo importase un bledo. Además, la pequeña serpiente, que bien podría ser semi animatrónica, es un tarugo. No se mueve, nada, un muñecajo inerte medio marionetesco, que hace que cada vez que un actor interactúe con él parezca completamente estúpido —máxime si quien interactúa con él es Joe Estevez—. Es como hacer una película con el peluche de la feria como protagonista. Pero cuando aparece la madre de la serpiente, un ser que entendemos que ha de medir más de 10 metros… mi madre… mejor buscan la peli y la ven, porque es inenarrable.
En definitiva, una película/estafa que directamente no se puede ver. Hay que ser muy valiente para enfrentarse a un visionado completo. O muy estúpido. Y yo me la he comido de cabo a rabo.
Sin embargo, me alegra haberme adentrado en el Zen filmaking de Shaw y Jackson, porque, créanme, si hay un cine pobre, chabacano, sin vida, triste, sin duda es este. Podría competir con el “Yo quiero ser torero” de Miliki y con el dúo Sacapuntas, y ganaría de largo la española. Ver para creer.
Vamos a por otra…
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lunes, 21 de noviembre de 2022
viernes, 25 de noviembre de 2022
BABY GHOST
Más que por completismo, el hecho de enfrentarme a una nueva película de Zen filmaking — ¡vaya cara dura la del inútil de Scott Shaw!— dirigida por Donald G. Jackson y protagonizada por Joe Estevez y Conrad Brooks, es ya una cuestión de masoquismo. O de cabezonería. Y es que pasados cinco minutos de visionado, y pasada la gracia inicial del ponerte una mierda de estas, es mucho más entretenido, satisfactorio y enriquecedor ponerse en la tele un acuario digital, o incluso las imágenes que acompañan a unas de esas músicas neutras para coger el sueño o estudiar. Desde luego, están realizadas con mucho más cariño que una película de estas.
Sin embargo el interés por estas películas infantiles radica en que, con toda seguridad, se trata de las peores de la historia, máxime, si tenemos en cuenta que vienen facturadas por gente que venía de hacer cine “de verdad”. Nada es peor que esto. En serio. Y por eso quiero verlo aunque sea de pasada y modo "móvil en la mano".
En esta ocasión tenemos a Joe Estevez dando vida (o muerte) a un fotógrafo, de los que hacen fotos a niños, que tiene el estudio situado en el interior de un edificio de oficinas. Una noche, tanto él como el bedel, el guardia de seguridad e incluso dos ladrones que han entrado en el lugar no se sabe muy bien a robar qué, se quedan encerrados sin posibilidad de salir. El fotógrafo llama por teléfono a una vidente que le advierte que se ha quedado encerrado por culpa del fantasma de un bebé que fue asesinado en el pasado dentro del edificio. Su espíritu quedó confinado en el interior de una caja y se ha escapado de ella.
Después de muchas conversaciones improvisadas entre unos y otros, por fin hace acto de presencia el bebé fantasma — un muñecajo estático tratado a partir de los efectos digitales de alguna computadora Amiga 2000 de la época— para hacer la vida imposible a nuestros protagonistas, así que, se mofará de ellos, recortará con tijeras las fotografías de nuestro amigo fotógrafo y se comerá toda suerte de pasteles sorteando las trampas que los protagonistas le van dejando con el fin de capturarle.
Por supuesto, esta película rodada en ¡un día! fue puesta en los video-clubs americanos poco después del estreno de “Casper” y así aprovecharse del tirón, pero el fantasmita que sirve de reclamo es una suerte de Slimer de “Los cazafantasmas” en cutre. Tiene su misma actitud juerguista, aunque el aspecto recuerda vagamente a un Critter de rostro infantilizado. En cualquier caso, este muñecajo es, al igual que todos los de las películas infantiles Zen filmaking, una putísima mierda.
En definitiva, completar el visionado (seis sesiones me ha costado hacerlo y eso que dura hora y poco…) es un auténtico suplicio.
Por supuesto, no falta el grupo de señores con ganas de pitorreo que, junto a otros jóvenes posmodernos con un afán de protagonismo atroz y, como suele ser habitual, tratando de quedar por encima de una película de la que es muy fácil reírse, han cogido todas estas Zen movies y las han desollado en un programa deudor del clásico “Mystery Science Theater 3000” en el que, previo pago por visión, podemos ser testigos de lo irritantes que llagan a ser los responsables de algo genuino como fue “MST3” cuando ya hay una conciencia comercial de lo que se está haciendo. Se trata de Rifftrax. Supongo que a un advenedizo le pueden hacer gracia los chistes en torno a una película subnormal como esta, pero, al margen de que no tiene puta gracia, de lo que debería darse cuenta toda esta escoria es que una cosa como “Baby Ghost” no necesita de bromas externas, porque ya la película en sí misma es una broma. Y de mal gusto. Sería más ingenioso -y original- hacerlo con una película menos fácil y evidente. Pero pedirle eso a cierto fandom es pedir un imposible.
Sin más, el próximo día vendré con un nuevo Zen filmaking infantil… ya en plan fin de fiesta. Tengo paciencia, pero no tanta…
Sin embargo el interés por estas películas infantiles radica en que, con toda seguridad, se trata de las peores de la historia, máxime, si tenemos en cuenta que vienen facturadas por gente que venía de hacer cine “de verdad”. Nada es peor que esto. En serio. Y por eso quiero verlo aunque sea de pasada y modo "móvil en la mano".
En esta ocasión tenemos a Joe Estevez dando vida (o muerte) a un fotógrafo, de los que hacen fotos a niños, que tiene el estudio situado en el interior de un edificio de oficinas. Una noche, tanto él como el bedel, el guardia de seguridad e incluso dos ladrones que han entrado en el lugar no se sabe muy bien a robar qué, se quedan encerrados sin posibilidad de salir. El fotógrafo llama por teléfono a una vidente que le advierte que se ha quedado encerrado por culpa del fantasma de un bebé que fue asesinado en el pasado dentro del edificio. Su espíritu quedó confinado en el interior de una caja y se ha escapado de ella.
Después de muchas conversaciones improvisadas entre unos y otros, por fin hace acto de presencia el bebé fantasma — un muñecajo estático tratado a partir de los efectos digitales de alguna computadora Amiga 2000 de la época— para hacer la vida imposible a nuestros protagonistas, así que, se mofará de ellos, recortará con tijeras las fotografías de nuestro amigo fotógrafo y se comerá toda suerte de pasteles sorteando las trampas que los protagonistas le van dejando con el fin de capturarle.
Por supuesto, esta película rodada en ¡un día! fue puesta en los video-clubs americanos poco después del estreno de “Casper” y así aprovecharse del tirón, pero el fantasmita que sirve de reclamo es una suerte de Slimer de “Los cazafantasmas” en cutre. Tiene su misma actitud juerguista, aunque el aspecto recuerda vagamente a un Critter de rostro infantilizado. En cualquier caso, este muñecajo es, al igual que todos los de las películas infantiles Zen filmaking, una putísima mierda.
En definitiva, completar el visionado (seis sesiones me ha costado hacerlo y eso que dura hora y poco…) es un auténtico suplicio.
Por supuesto, no falta el grupo de señores con ganas de pitorreo que, junto a otros jóvenes posmodernos con un afán de protagonismo atroz y, como suele ser habitual, tratando de quedar por encima de una película de la que es muy fácil reírse, han cogido todas estas Zen movies y las han desollado en un programa deudor del clásico “Mystery Science Theater 3000” en el que, previo pago por visión, podemos ser testigos de lo irritantes que llagan a ser los responsables de algo genuino como fue “MST3” cuando ya hay una conciencia comercial de lo que se está haciendo. Se trata de Rifftrax. Supongo que a un advenedizo le pueden hacer gracia los chistes en torno a una película subnormal como esta, pero, al margen de que no tiene puta gracia, de lo que debería darse cuenta toda esta escoria es que una cosa como “Baby Ghost” no necesita de bromas externas, porque ya la película en sí misma es una broma. Y de mal gusto. Sería más ingenioso -y original- hacerlo con una película menos fácil y evidente. Pero pedirle eso a cierto fandom es pedir un imposible.
Sin más, el próximo día vendré con un nuevo Zen filmaking infantil… ya en plan fin de fiesta. Tengo paciencia, pero no tanta…
lunes, 28 de noviembre de 2022
ROLLERGATOR
Probablemente esta sea la más popular de las películas del tamdem G.Jackson/Shaw, gracias a la gente de RiffTrax, que 20 años después de su lanzamiento en vídeo le dedicó un programa mofándose de ella. Motivo suficiente para que las hordas fanáticas del cine chungo le rindan una pleitesía, que por mala que sea la puta peli, no se merece. Y probablemente también sea el título más soporífero dentro de este ciclo dedicado al Zen filmaking infantil con Joe Estevez y Conrad Brooks en el reparto.
La cosa carece de todo sentido. Tenemos por un lado a una chavalita rubia sobre patines, que en bikini está bastante buena, y que se encuentra un bebé de cocodrilo de color morado (una puta marioneta de goma para meter la mano desde abajo) que habla sin parar, hace chistes y hasta incluso rapea.
Por otro lado, tenemos al gerente de una feria itinerante que trata de capturar al cocodrilo. También hay un ninja en monopatín (¿?) que persigue —muy despacito— a la chavalita rubia de los patines. Y finalmente una especie de explorador que busca al cocodrilo para… ¿devolverlo a su hábitat? Y claro, como la chica que porta al animal durante toda la película va en patines, se justifica así el título que esta lleva: “Rollergator”, es decir, lagarto patinador o algo parecido. Y no hay más.
Por supuesto, el gerente malvado está interpretado por Estevez mientras que Brooks hace las veces de explorador bueno, se reparten sus escasas intervenciones a lo largo de la película de manera espaciada para que parezca que salen más de lo que lo hacen. El resto de los actores, que improvisan sobre la marcha, no sabemos quienes son y tampoco nos importa.
Por lo demás, lo de siempre, pero esta vez quizás un poco más coñazo, en parte porque el efecto sorpresa tras haber visto previamente otras dos cosas de estas desaparece, así que tenemos infinidad de conversaciones estúpidas entre los actores, destacando las que mantienen la chavalita con el irritante lagarto. Al final también aparece un señor disfrazado de reptil que mantiene una conversación con el personaje de Joe Estevez. La barrera idiomática en esta secuencia ha sido un problema porque no me he enterado de nada de lo que hacía ahí ese señor, aunque da igual porque aparece de golpe y luego no se vuelve a saber más del tema. Y que en el fondo da igual la película entera.
En definitiva, un desastre desastroso. No comprendo como estos señores, Scott Shaw y sobre todo Donald G. Jackson, que aunque fuera una mierda había hecho cine de verdad en los 80, consiguieron generar negocio, por ínfimo que este fuese, a costa de facturar estas películas caseras sin ganas, ni ilusión, ni garbo. El Zen filmaking ¡Es lo peor de lo peor!
Por ahí tienen los DVDs a la venta, si es que alguien quiere coleccionar estas cosas. Yo por lo pronto, y tras esta trilogía, me despido para siempre, no solo de este cine Zen, sino también de cualquier cosa que vaya firmada por G. Jackson o Shaw.
La cosa carece de todo sentido. Tenemos por un lado a una chavalita rubia sobre patines, que en bikini está bastante buena, y que se encuentra un bebé de cocodrilo de color morado (una puta marioneta de goma para meter la mano desde abajo) que habla sin parar, hace chistes y hasta incluso rapea.
Por otro lado, tenemos al gerente de una feria itinerante que trata de capturar al cocodrilo. También hay un ninja en monopatín (¿?) que persigue —muy despacito— a la chavalita rubia de los patines. Y finalmente una especie de explorador que busca al cocodrilo para… ¿devolverlo a su hábitat? Y claro, como la chica que porta al animal durante toda la película va en patines, se justifica así el título que esta lleva: “Rollergator”, es decir, lagarto patinador o algo parecido. Y no hay más.
Por supuesto, el gerente malvado está interpretado por Estevez mientras que Brooks hace las veces de explorador bueno, se reparten sus escasas intervenciones a lo largo de la película de manera espaciada para que parezca que salen más de lo que lo hacen. El resto de los actores, que improvisan sobre la marcha, no sabemos quienes son y tampoco nos importa.
Por lo demás, lo de siempre, pero esta vez quizás un poco más coñazo, en parte porque el efecto sorpresa tras haber visto previamente otras dos cosas de estas desaparece, así que tenemos infinidad de conversaciones estúpidas entre los actores, destacando las que mantienen la chavalita con el irritante lagarto. Al final también aparece un señor disfrazado de reptil que mantiene una conversación con el personaje de Joe Estevez. La barrera idiomática en esta secuencia ha sido un problema porque no me he enterado de nada de lo que hacía ahí ese señor, aunque da igual porque aparece de golpe y luego no se vuelve a saber más del tema. Y que en el fondo da igual la película entera.
En definitiva, un desastre desastroso. No comprendo como estos señores, Scott Shaw y sobre todo Donald G. Jackson, que aunque fuera una mierda había hecho cine de verdad en los 80, consiguieron generar negocio, por ínfimo que este fuese, a costa de facturar estas películas caseras sin ganas, ni ilusión, ni garbo. El Zen filmaking ¡Es lo peor de lo peor!
Por ahí tienen los DVDs a la venta, si es que alguien quiere coleccionar estas cosas. Yo por lo pronto, y tras esta trilogía, me despido para siempre, no solo de este cine Zen, sino también de cualquier cosa que vaya firmada por G. Jackson o Shaw.
viernes, 31 de marzo de 2023
F.A.R.T: THE MOVIE
Casi parece una broma siniestra, un mal chiste que contarle a un deficiente mental, pero no, “F.A.R.T: The Movie” (traducido sería “P.E.D.O. La película”) existe, y es peor de lo que uno puede llegar a imaginarse. Es una estupidez supina. Se puede tender a pensar que esto es una tomadura de pelo, pero no lo es. Es una comedia legítima con la ventosidad como máximo exponente del humor. De hecho, su director Ray Etheridge lleva años ganándose la vida con esta tipo de películas indescriptibles y baratas —que se asemejan mucho al Zen filmaking— cuyo principal punto de venta son tiendas locales de productos tirados de precio, y su equivalencia la encontraríamos en nuestros bazares de todo a 100 regentados por chinos.
“F.A.R.T: The Movie” costó tan solo 43.000 dólares que se recuperarían a lo largo de su vida comercial en VHS y DVD, y se ha seguido vendiendo hasta hace relativamente poco en la página web oficial de la película.
Cuenta la historia de un individuo al que le encanta tirarse pedos. Se los tira además provocando, en la parada del autobús, en el taxi o en el ascensor, lo que causará el enfado y repulsa de quienes están a su alrededor y reciben una de esas ventosidades. Además el tipo siempre expele los aires de la misma manera: Hace un pequeño esfuerzo, suelta el pedo y después pone cara de alivio.
Todo bien, pero en casa continúa con la serenata. Ve la tele, come pizza y se tira pedos, muchos, motivo este por el que su mujer entra en cólera y discuten, pero nuestro protagonista no parece entender a su esposa y continúa tirando pedos y haciendo muecas. Y eso es todo, ese es el argumento de “F.A.R.T: The Movie”.
Para llegar a la duración estándar de una película, como el tipo está todo el rato viendo la televisión, llegados a la mitad de metraje, “F.A.R.T: The Movie” se convertirá en una suerte de film de segmentos en el que el espectador visionará la misma programación que está viendo el protagonista, así, desfilarán por pantalla monólogos de desangelados cómicos que hablan de pedos, spots que anuncian productos para tapar el olor de los pedos o concursos de televisión cuya ristra de preguntas gira en torno a los pedos. La infamia más absoluta hecha película.
Yo soy amigo del humor de caca-culo-pedo-pis, por lo que he de reconocer que los cinco primeros minutos me hicieron cierta gracia. Incluso la primera discusión con la mujer fue motivo de algarabía con esta película, pero cuando esa misma discusión se eterniza minutos y minutos, y la película entra en un bucle de pedos, ya queda una sensación agridulce, rancia, ocre y lo único que pide el cuerpo es quitar esa mierda que estás viendo. Por suerte, no llega a la hora y media de duración.
Poco más…
Ray Etheridge dirige esto, se trata de una de sus primeras películas y uno tiende a pensar que quizá hay algo de impostación o posmodernismo en algo tan malo. Da peor espina cuando dentro del reparto, al igual que las películas Zen de Donald G. Jackson, tenemos a un ajado Conrad Brooks, pero se trata de una producción de 1991 y el actor todavía no había sido descubierto para el mundo por Tim Burton en el biopic homónimo sobre Ed Wood. Si consultamos la filmografía de Etheridge y su modus operandi a la hora de distribuir sus películas, nos daremos cuenta de que nos encontramos ante un director genuino, un deficiente mental, un outsider que ha encontrado una pequeña vía en la que se siente a gusto, y en la que, si no gana dinero al menos no lo pierde y que le permite continuar haciendo sus películas.
Consultar su IMDB da escalofríos, ya que seremos testigos de las carátulas más cutres y con peor pinta, en títulos como “Mosquitos, alligators and bullets”, “Zombie drug Lord” o “Bigfoot and other adventures”. Asimismo, uno de los ¡tres guionistas que tiene esto! Ray Atherton, no deja de ser un personaje curioso ya que cuenta con una filmografía de lo más pintoresca, de hecho, suyo es el libreto de “Masacre en la Universidad” —la cual igualmente produce así como toda suerte de documentales e incluso mondos. — y también aparecía en un pequeño papel en “Henry: retrato de un asesino”. Los otros dos, Drew McWeeny y Scott Swan, se suponen responsables de un par de capítulos de la posterior "Masters of Horror" (además, uno de ellos considerado el mejor, "Cigarette Burns" de John Carpenter) lo que no deja de ser llamativo, salvo por el hecho de que, según donde mires, figuran o no... ¿error o ellos mismos intentando desvincularse de esto?.
En cuanto al anecdotario, cuentan que Conrad Brooks, cuando vio el festival de pedos en el que se había metido, se acercó a Ray Etheridge y le dijo que a partir de ahora iba a ser conocido por haber trabajado en las dos peores películas de la historia, una “Plan 9 From Outer Space” y otra “F.A.R.T: The Movie”. También dicen que, en las agencias de casting y demás lugares donde se estaba buscando personal, había un gran número de individuos que no ponían objeción al mal gusto de la cinta, y no solo eso, sino que también pedían trabajar en ella particularmente, eso sí, siempre y cuando aparecieran acreditados en la misma bajo pseudónimo. De hecho, aparecen acreditados bajo pseudónimo… como si los fueran a reconocer de algún modo.
“F.A.R.T: The Movie”, de largo, es una de las peores películas que he visto nunca, con toda seguridad una de las más incapaces de provocar la risa del espectador cuando está totalmente concebida para lograrlo, es cutre, chabacana, estúpida, insultante… pero no deja de hacerme gracia el hecho de que exista un film cuyo argumento gira en torno a un tío al que le gusta peerse en lugares públicos.
No obstante no es tan raro, y podemos hablar de un subgénero marginal en esto de tirarse pedos, porque anterior y posteriormente han salido películas igual de baratas que esta que van exactamente de lo mismo; por un lado tenemos la rarísima (hasta que la compró la Troma) “Silent But Deadly”, que quizás argumentalmente tiene un poco más de enjundia que esta ya que en ella una presidenta de los Estados Unidos judía construye una poderosa arma de destrucción masiva a base de ventosidades, y otras dos películas que se titulan exactamente igual que esta: “F.A.R.T: The Movie”, una de ellas de origen malayo y otra a la que también se la conoce bajo el título de “Artie” y que tiene una pinta bastante parecida a la reseñada. Por supuesto, son jodidas de encontrar. Igual algún día caen por aquí.
“F.A.R.T: The Movie” costó tan solo 43.000 dólares que se recuperarían a lo largo de su vida comercial en VHS y DVD, y se ha seguido vendiendo hasta hace relativamente poco en la página web oficial de la película.
Cuenta la historia de un individuo al que le encanta tirarse pedos. Se los tira además provocando, en la parada del autobús, en el taxi o en el ascensor, lo que causará el enfado y repulsa de quienes están a su alrededor y reciben una de esas ventosidades. Además el tipo siempre expele los aires de la misma manera: Hace un pequeño esfuerzo, suelta el pedo y después pone cara de alivio.
Todo bien, pero en casa continúa con la serenata. Ve la tele, come pizza y se tira pedos, muchos, motivo este por el que su mujer entra en cólera y discuten, pero nuestro protagonista no parece entender a su esposa y continúa tirando pedos y haciendo muecas. Y eso es todo, ese es el argumento de “F.A.R.T: The Movie”.
Para llegar a la duración estándar de una película, como el tipo está todo el rato viendo la televisión, llegados a la mitad de metraje, “F.A.R.T: The Movie” se convertirá en una suerte de film de segmentos en el que el espectador visionará la misma programación que está viendo el protagonista, así, desfilarán por pantalla monólogos de desangelados cómicos que hablan de pedos, spots que anuncian productos para tapar el olor de los pedos o concursos de televisión cuya ristra de preguntas gira en torno a los pedos. La infamia más absoluta hecha película.
Yo soy amigo del humor de caca-culo-pedo-pis, por lo que he de reconocer que los cinco primeros minutos me hicieron cierta gracia. Incluso la primera discusión con la mujer fue motivo de algarabía con esta película, pero cuando esa misma discusión se eterniza minutos y minutos, y la película entra en un bucle de pedos, ya queda una sensación agridulce, rancia, ocre y lo único que pide el cuerpo es quitar esa mierda que estás viendo. Por suerte, no llega a la hora y media de duración.
Poco más…
Ray Etheridge dirige esto, se trata de una de sus primeras películas y uno tiende a pensar que quizá hay algo de impostación o posmodernismo en algo tan malo. Da peor espina cuando dentro del reparto, al igual que las películas Zen de Donald G. Jackson, tenemos a un ajado Conrad Brooks, pero se trata de una producción de 1991 y el actor todavía no había sido descubierto para el mundo por Tim Burton en el biopic homónimo sobre Ed Wood. Si consultamos la filmografía de Etheridge y su modus operandi a la hora de distribuir sus películas, nos daremos cuenta de que nos encontramos ante un director genuino, un deficiente mental, un outsider que ha encontrado una pequeña vía en la que se siente a gusto, y en la que, si no gana dinero al menos no lo pierde y que le permite continuar haciendo sus películas.
Consultar su IMDB da escalofríos, ya que seremos testigos de las carátulas más cutres y con peor pinta, en títulos como “Mosquitos, alligators and bullets”, “Zombie drug Lord” o “Bigfoot and other adventures”. Asimismo, uno de los ¡tres guionistas que tiene esto! Ray Atherton, no deja de ser un personaje curioso ya que cuenta con una filmografía de lo más pintoresca, de hecho, suyo es el libreto de “Masacre en la Universidad” —la cual igualmente produce así como toda suerte de documentales e incluso mondos. — y también aparecía en un pequeño papel en “Henry: retrato de un asesino”. Los otros dos, Drew McWeeny y Scott Swan, se suponen responsables de un par de capítulos de la posterior "Masters of Horror" (además, uno de ellos considerado el mejor, "Cigarette Burns" de John Carpenter) lo que no deja de ser llamativo, salvo por el hecho de que, según donde mires, figuran o no... ¿error o ellos mismos intentando desvincularse de esto?.
En cuanto al anecdotario, cuentan que Conrad Brooks, cuando vio el festival de pedos en el que se había metido, se acercó a Ray Etheridge y le dijo que a partir de ahora iba a ser conocido por haber trabajado en las dos peores películas de la historia, una “Plan 9 From Outer Space” y otra “F.A.R.T: The Movie”. También dicen que, en las agencias de casting y demás lugares donde se estaba buscando personal, había un gran número de individuos que no ponían objeción al mal gusto de la cinta, y no solo eso, sino que también pedían trabajar en ella particularmente, eso sí, siempre y cuando aparecieran acreditados en la misma bajo pseudónimo. De hecho, aparecen acreditados bajo pseudónimo… como si los fueran a reconocer de algún modo.
“F.A.R.T: The Movie”, de largo, es una de las peores películas que he visto nunca, con toda seguridad una de las más incapaces de provocar la risa del espectador cuando está totalmente concebida para lograrlo, es cutre, chabacana, estúpida, insultante… pero no deja de hacerme gracia el hecho de que exista un film cuyo argumento gira en torno a un tío al que le gusta peerse en lugares públicos.
No obstante no es tan raro, y podemos hablar de un subgénero marginal en esto de tirarse pedos, porque anterior y posteriormente han salido películas igual de baratas que esta que van exactamente de lo mismo; por un lado tenemos la rarísima (hasta que la compró la Troma) “Silent But Deadly”, que quizás argumentalmente tiene un poco más de enjundia que esta ya que en ella una presidenta de los Estados Unidos judía construye una poderosa arma de destrucción masiva a base de ventosidades, y otras dos películas que se titulan exactamente igual que esta: “F.A.R.T: The Movie”, una de ellas de origen malayo y otra a la que también se la conoce bajo el título de “Artie” y que tiene una pinta bastante parecida a la reseñada. Por supuesto, son jodidas de encontrar. Igual algún día caen por aquí.
lunes, 24 de abril de 2023
SAN FRANPSYCHO
Los hermanos Quiroz, Eduardo y Juan, de ascendencia latina, manazas donde los haya, encontraron en la primera década del nuevo mileno, gracias al resurgir del formato domestico con la llegada del DVD, un nicho al que se abrazaron como si de una amante se tratara. Así que comenzaron a facturar toda suerte de películas de carácter amateur en las que contaban únicamente con localizaciones de corte guerrillero, actores de tercera fila y una cámara de vídeo, con la finalidad de distribuirlas en dicho formato. Eso sí, se ganaron cierto seguimiento por parte del fandom más cafre gracias a que se especializaron en hacer películas de gangsters chicanos a ritmo de un hip-hop de quinta regional facturado también por los propios hermanos.
La década de 00, a la que yo llamo “segunda era dorada del videoclub”, retrospectivamente hablando puede que sea la que más títulos de segunda, tercera y cuarta fila generó gracias a las bondades del entonces nuevo disco versátil digital. Apareció un nuevo cine de serie B y serie Z que alimentaba las estanterías de los videoclubs, pero también comenzaron a aparecer en el mercado americano películas amateur con ediciones en DVD bastante decentes que tenían cierta vida comercial. Dentro de esta categoría también hubo cosas mejores y peores, pero, los hermanos Quiroz puede que sean lo peor de lo peor del cine amateur americano distribuido comercialmente. Estos tipos básicamente lanzan una idea atractiva al aire, diseñan un póster más o menos llamativo y luego la película la resuelven con la mayor tacañería posible, tirando de conversaciones insulsas y evitando la posible elaboración de efectos especiales y/o escenas de acción mínimamente complicadas. Aplican la ley del mínimo esfuerzo llevada a cabo con el mínimo talento.
La película más conocida de esta dupla es la titulada “The Dope Game”, un folletin sobre narcos y venganzas en la que actores inexpertos hablan y hablan y hablan. Y poco más. Yo no fui capaz de aguantarla entera. No les iría mal, porque poco después rodaron una secuela, “The Dope Game 2”, cuya caratula de vídeo era más espectacular que la anterior, la película me imagino que sería un mojón de similares características.
Los Quiroz duraron en el tiempo lo que duró el auge del formato DVD y, cuando este empezó a estar de capa caída, dejaron de facturar películas, por lo que estuvieron en activo desde 1998 hasta 2012. Pariendo absolutas infamias. Cuando el negocio del DVD pegó el bajonazo ya no les salía rentable seguir en el juego, así pues, se buscarían las habichuelas en otros menesteres, si es que no han acabado en las calles vendiendo heroína y crack.
Lo que les diferencia de otros amateur de la época es que estas películas son especialmente malas, especialmente aburridas, están especialmente mal dirigidas y son absolutamente incapaces de conseguir algún tipo de efecto o emoción en el espectador. Aquí no hay risas involuntarias, ni efectos especiales cutres. Nada. Solo actores malos improvisando sobre la marcha, guardando —un poco— deuda con el Zen filmaking, que posiblemente sea la mayor patraña de la historia de las imágenes en movimiento.
De esta “San Franpsycho” lo único que mola es el título. Por lo demás, cuando los hermanos la rodaron, lo hicieron un poco con la mentalidad de expoliar por enésima vez el reciente éxito de “Zodiac” de David Fincher. Y en cierto modo es un buen exploit porque en “San Franpsycho”, al igual que en “Zodiac” también se habla mucho. De hecho no hacen otra cosa.
La movida va de un asesino en serie (al que nunca vemos claramente asesinar a nadie porque, salvo por el asesinato por asfixia de apertura, jamás se nos muestra un asesinato directamente en cámara) que tras una escabechina deja mensajes ininteligibles en hojas de papel a modo de pistas. Un detective irá investigando al respecto consultando con reporteros, curas, etc…
Pues la película tiene la gracia justa. Imagínense aguantar las dos horas que dura esto…
En la otra mano, tenemos a Joe Estevez (ya saben, hermano de Martin y tío de Charlie, Emilio y Ramón) más contenido que de costumbre —pero actuando tan mal como siempre— dando vida al detective que investiga a esta especie barata de asesino del zodiaco que se da paseitos por el centro de la ciudad a cámara lenta, con el fin de alargar la agonía (y el metraje) y que le entran ataques de histeria en su domicilio. Al asesino lo interpreta un amigo de los directores llamado José Rosete, pero en el plantel de estrellas, también contamos con Todd Bridges, que en nuestro país se hizo popular por interpretar a Willis en la sitcom “Arnold” junto a Gary Coleman, y que en “San Franpsycho” aparece un par de momentos, habla un poco y se va…
En definitiva. Para ver que cojones es esto y, tras comprobarlo, borrar la suscripción a Plex que es donde tienen películas de estas a cholón.
Otros títulos de los Quiroz serían “The Dammed”, “Drug Lord” o “Veteranos”. Todo morralla.
La década de 00, a la que yo llamo “segunda era dorada del videoclub”, retrospectivamente hablando puede que sea la que más títulos de segunda, tercera y cuarta fila generó gracias a las bondades del entonces nuevo disco versátil digital. Apareció un nuevo cine de serie B y serie Z que alimentaba las estanterías de los videoclubs, pero también comenzaron a aparecer en el mercado americano películas amateur con ediciones en DVD bastante decentes que tenían cierta vida comercial. Dentro de esta categoría también hubo cosas mejores y peores, pero, los hermanos Quiroz puede que sean lo peor de lo peor del cine amateur americano distribuido comercialmente. Estos tipos básicamente lanzan una idea atractiva al aire, diseñan un póster más o menos llamativo y luego la película la resuelven con la mayor tacañería posible, tirando de conversaciones insulsas y evitando la posible elaboración de efectos especiales y/o escenas de acción mínimamente complicadas. Aplican la ley del mínimo esfuerzo llevada a cabo con el mínimo talento.
La película más conocida de esta dupla es la titulada “The Dope Game”, un folletin sobre narcos y venganzas en la que actores inexpertos hablan y hablan y hablan. Y poco más. Yo no fui capaz de aguantarla entera. No les iría mal, porque poco después rodaron una secuela, “The Dope Game 2”, cuya caratula de vídeo era más espectacular que la anterior, la película me imagino que sería un mojón de similares características.
Los Quiroz duraron en el tiempo lo que duró el auge del formato DVD y, cuando este empezó a estar de capa caída, dejaron de facturar películas, por lo que estuvieron en activo desde 1998 hasta 2012. Pariendo absolutas infamias. Cuando el negocio del DVD pegó el bajonazo ya no les salía rentable seguir en el juego, así pues, se buscarían las habichuelas en otros menesteres, si es que no han acabado en las calles vendiendo heroína y crack.
Lo que les diferencia de otros amateur de la época es que estas películas son especialmente malas, especialmente aburridas, están especialmente mal dirigidas y son absolutamente incapaces de conseguir algún tipo de efecto o emoción en el espectador. Aquí no hay risas involuntarias, ni efectos especiales cutres. Nada. Solo actores malos improvisando sobre la marcha, guardando —un poco— deuda con el Zen filmaking, que posiblemente sea la mayor patraña de la historia de las imágenes en movimiento.
De esta “San Franpsycho” lo único que mola es el título. Por lo demás, cuando los hermanos la rodaron, lo hicieron un poco con la mentalidad de expoliar por enésima vez el reciente éxito de “Zodiac” de David Fincher. Y en cierto modo es un buen exploit porque en “San Franpsycho”, al igual que en “Zodiac” también se habla mucho. De hecho no hacen otra cosa.
La movida va de un asesino en serie (al que nunca vemos claramente asesinar a nadie porque, salvo por el asesinato por asfixia de apertura, jamás se nos muestra un asesinato directamente en cámara) que tras una escabechina deja mensajes ininteligibles en hojas de papel a modo de pistas. Un detective irá investigando al respecto consultando con reporteros, curas, etc…
Pues la película tiene la gracia justa. Imagínense aguantar las dos horas que dura esto…
En la otra mano, tenemos a Joe Estevez (ya saben, hermano de Martin y tío de Charlie, Emilio y Ramón) más contenido que de costumbre —pero actuando tan mal como siempre— dando vida al detective que investiga a esta especie barata de asesino del zodiaco que se da paseitos por el centro de la ciudad a cámara lenta, con el fin de alargar la agonía (y el metraje) y que le entran ataques de histeria en su domicilio. Al asesino lo interpreta un amigo de los directores llamado José Rosete, pero en el plantel de estrellas, también contamos con Todd Bridges, que en nuestro país se hizo popular por interpretar a Willis en la sitcom “Arnold” junto a Gary Coleman, y que en “San Franpsycho” aparece un par de momentos, habla un poco y se va…
En definitiva. Para ver que cojones es esto y, tras comprobarlo, borrar la suscripción a Plex que es donde tienen películas de estas a cholón.
Otros títulos de los Quiroz serían “The Dammed”, “Drug Lord” o “Veteranos”. Todo morralla.
viernes, 23 de junio de 2023
VAMPIYAZ
Ya es una cuestión de masoquismo —y de completar la gran colección de cromos que al final es el blog de AVT— el sacar las dosis de paciencia justas para sentarte frente a la pantalla para ver una película que de antemano sabes que va a ser horrorosa.
Y es que algo (y nada bueno) había leído yo anteriormente sobre el director de este “Vampiyaz”, Zachary Snygg, que cámara de vídeo barata en ristre, y mezclando siempre los géneros de “gangstaz” y horror, se saca de la manga unas piezas amateur de dejarle a uno pasmado.
No obstante, Znygg tuvo un pasado un pelín (solo un pelín) más relevante dentro del cine erótico de tercera categoría, en el que, firmando bajo el seudónimo de John Bacchus, dirige el que probablemente sea su título más popular, “Play-Mate of the Apes”, semi parodia erótica de “El planeta de los simios” que es para mear y no echar gota y que, si me animo, lo mismo algún día cae reseñada por aquí. También hizo lo propio con “El proyecto de la bruja de Blair” con su “The Erotic Witch Project” y, ya centrado en el subgénero que nos ocupa (y con el que se desvirgó en 1998 con “In The Hood”), durante la primera década de 2000 realiza clásicos del cine tercermundista facturado en Nueva York con las insufribles “Zombiez” o “Bloodz vs Wolvez”. En los últimos años ya expolia lo mismo que expolian todos, con cosas que no pienso ver jamás como “Bravengers: Age of Buldgetron” (parodia semi-erotica de “Los Vengadores: La era de Ultrón”) o “Mad Maxine: Frisky Road” (jodiendo la marrana con “Mad Max: Fury Road”).
“Vampiyaz” es lo peor de lo peor. Lo único que podría destacar de esta infra-producción es su tosquedad: Cámara de vídeo que traquetea, efectos especiales realizados con palos y piedras y nulo sentido del ridículo. Es una película amateur con todas las de la ley, incluso muy por encima de cosas ya tan pobres como el Zen filmaking. Y encima de vampiros, con sus dientes de plástico y todo. Y la sangre es ketchup.
Unos atracadores de bancos (que además son raperos) con cierta destreza para abrir cajas fuertes sin necesidad de recurrir al uso de herramientas (que de hecho, las abren fácil porque ya están previamente abiertas) se dedican a lo suyo. Uno de sus atracos sale mal, por lo que uno de ellos acabará metido en el trullo. Cuando sale de prisión unos años después, se encuentra con que su compañero es ahora un vampiro. Y ahora tenemos un montón de negratas cazando vampiros en el gueto (con pistolas de pistones).
Ciertamente, no hagan mucho caso a la sinopsis porque el argumento en realidad brilla por su ausencia. Sí que hago especial hincapié en lo de las cajas fuertes porque estos ladrones las abren con el clásico truco del estetoscopio pegado a la puerta; un clásico del cine amateur, así no es necesario romper la caja fuerte a la que han tenido acceso, ni partirla con una radial, ni explotarla con dinamita.
En definitiva, “Vampiyaz” es una de estas películas sin demasiada razón de ser, primero, porque esto, aun estando comercializado en diversos formatos —y ahora disponible en plataformas—, dudo que genere dinero. Y segundo, porque difícilmente Zachary Snygg (entre tantísimos otros directores) verá cubiertas ciertas inquietudes creativas con esto. No debe dirigir por amor al arte porque esta película, al igual que tantas otras de la misma índole, carecen absolutamente de alma.
“Vampiyaz” es, simplemente, una cosa que existe, pero que muy bien podría no haber existido.
Y es que algo (y nada bueno) había leído yo anteriormente sobre el director de este “Vampiyaz”, Zachary Snygg, que cámara de vídeo barata en ristre, y mezclando siempre los géneros de “gangstaz” y horror, se saca de la manga unas piezas amateur de dejarle a uno pasmado.
No obstante, Znygg tuvo un pasado un pelín (solo un pelín) más relevante dentro del cine erótico de tercera categoría, en el que, firmando bajo el seudónimo de John Bacchus, dirige el que probablemente sea su título más popular, “Play-Mate of the Apes”, semi parodia erótica de “El planeta de los simios” que es para mear y no echar gota y que, si me animo, lo mismo algún día cae reseñada por aquí. También hizo lo propio con “El proyecto de la bruja de Blair” con su “The Erotic Witch Project” y, ya centrado en el subgénero que nos ocupa (y con el que se desvirgó en 1998 con “In The Hood”), durante la primera década de 2000 realiza clásicos del cine tercermundista facturado en Nueva York con las insufribles “Zombiez” o “Bloodz vs Wolvez”. En los últimos años ya expolia lo mismo que expolian todos, con cosas que no pienso ver jamás como “Bravengers: Age of Buldgetron” (parodia semi-erotica de “Los Vengadores: La era de Ultrón”) o “Mad Maxine: Frisky Road” (jodiendo la marrana con “Mad Max: Fury Road”).
“Vampiyaz” es lo peor de lo peor. Lo único que podría destacar de esta infra-producción es su tosquedad: Cámara de vídeo que traquetea, efectos especiales realizados con palos y piedras y nulo sentido del ridículo. Es una película amateur con todas las de la ley, incluso muy por encima de cosas ya tan pobres como el Zen filmaking. Y encima de vampiros, con sus dientes de plástico y todo. Y la sangre es ketchup.
Unos atracadores de bancos (que además son raperos) con cierta destreza para abrir cajas fuertes sin necesidad de recurrir al uso de herramientas (que de hecho, las abren fácil porque ya están previamente abiertas) se dedican a lo suyo. Uno de sus atracos sale mal, por lo que uno de ellos acabará metido en el trullo. Cuando sale de prisión unos años después, se encuentra con que su compañero es ahora un vampiro. Y ahora tenemos un montón de negratas cazando vampiros en el gueto (con pistolas de pistones).
Ciertamente, no hagan mucho caso a la sinopsis porque el argumento en realidad brilla por su ausencia. Sí que hago especial hincapié en lo de las cajas fuertes porque estos ladrones las abren con el clásico truco del estetoscopio pegado a la puerta; un clásico del cine amateur, así no es necesario romper la caja fuerte a la que han tenido acceso, ni partirla con una radial, ni explotarla con dinamita.
En definitiva, “Vampiyaz” es una de estas películas sin demasiada razón de ser, primero, porque esto, aun estando comercializado en diversos formatos —y ahora disponible en plataformas—, dudo que genere dinero. Y segundo, porque difícilmente Zachary Snygg (entre tantísimos otros directores) verá cubiertas ciertas inquietudes creativas con esto. No debe dirigir por amor al arte porque esta película, al igual que tantas otras de la misma índole, carecen absolutamente de alma.
“Vampiyaz” es, simplemente, una cosa que existe, pero que muy bien podría no haber existido.
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