sábado, 14 de marzo de 2020

SANGRE EN EL BOSQUE

Lo primero que llama la atención de esta edición de "Sangre en el bosque" es la introducción, donde el editor nos aclara en qué consiste esa cosa del "gore" y del que, dicen, Richard Laymon es considerado un maestro. Recuerden que estamos en 1988, glorioso año en el que ser fan del cine "gore" (y hacer cortos) eran marcianadas disfrutadas por unos muy pocos individuos a los que se miraba con recelo cuando hablaban sobre todo ello en público. Para aclarar el origen de la palabreja, se tiran de referentes cinematográficos tan fundamentales como "La noche de los muertos vivientes", "Viernes 13", "Re-Animator" o "Hellraiser". Lástima que seguidamente metan la gamba añadiendo al pack "La noche de Halloween" que, como saben, va más bien escasa en lo referente a hemoglobina. Curiosamente, cuando las novelas de Laymon fueron reeditadas por Martínez Roca en los 90, ya no hizo falta aclarar nada de nada. Por entonces el "gore" era un término dolorosamente integrado en el mainstream, institucionalizado que decían en "Cadena perpetua". Incluso salía en anuncios de coches. Explotarlo era tan normal como, dada su popularidad, oportuno (u oportunista). Y yo que me parto de dolor recreando tan funestos momentos. En fin.
Pero centrémonos en el libro propiamente dicho, que narra la epopeya de varios personajes (Laymon sigue tirando de las narrativas entrecruzadas que convergen al final) enfrentados a una misma amenaza: los krulls, seres deformes que habitan en lo más profundo del bosque, se alimentan de carne humana y/o violan a las damas por aquello de poder ampliar prole. El pueblo que habita justo al lado, Barlow, vive amenazado por la hambruna de los bichos y el único modo de aplacara consiste en cazar turistas y entregárselos a modo de ofrenda. Varios de estos serán los que lo pasen canutas intentando sobrevivir a los krulls, cayendo bajo sus zarpas o siendo sexualmente forzados (en este caso, forzadas).
Aquellos que busquen el elemento perverso propio de su autor, lo encontrarán sin problemas. Hay escenas de violación para parar un tren, perfectamente descritas y bien desagradables. Es más, Laymon recurre ooootra vez a la madre y la niña acosadas por un malvado padre (padrastro pa la ocasión) que las mal trata (cosa que ya hiciera en "El Sótano"). La diferencia es que, aquí, la cría es un rato bruta y no tiene problema alguno en matar a quien se ponga a tiro, incluido aquel que intenta endiñársela sin autorización y da carta blanca para que el marrano de Richard vuelva a dedicar unas breves líneas a describirnos el virginal cuerpo de la chavalilla.
"Sangre en el bosque" es, sin duda, el libro más flojito de la trilogía Laymon-"Super Terror". El más lineal y simplón, lo que no significa que sea ilegible o aburrido, porque no. Va a mil por hora, y el escritor parece especialmente interesado en suministrar a su audiencia la carnaza requerida. Sin embargo, ese deseo tan evidente de complacer se vuelve contra él, dando como resultado una obra bastante previsible y carente de sorpresas. La parte buena de todo ello es que, ahora sí, estamos ante el libro más sangriento de los tres, el más "gore", sobre todo en lo que respecta a un clímax atolondrado y en el que las mutilaciones, los ojos acuchillados, las decapitaciones y los cuerpos descuartizados son incontables. A todo eso hay que sumarle una especie de sorpresa final algo delirante y un desenlace tirando a seco.
Pero, como digo, aún así el libro puede disfrutarse perfectamente si lo que buscas es un poco de entretenimiento previo a la siesta. La cuestión es que ya he logrado reunir los tres y ahora gozo cual enano situándolos juntos y observándolos. ¡Qué bien lucen, par diez!.