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sábado, 9 de septiembre de 2023

LA ISLA

Definitivamente, Richard Laymon es mi novelista favorito. O el único que tolero. Lo dejé caer cuando reseñé tres de sus libros más célebres, "El sótano", "Apagadas están las luces" y "Sangre en el bosque". Pero ahora lo confirmo. Digamos que todo mi conocimiento al respecto se limitaba a los títulos mencionados. Y al túrmix iba añadida una enorme dosis de nostalgia. Sin embargo, ahora que acabo de consumir una obra del escritor ajena a ese "periodo de oro" y la he disfrutado -considerando lo poco que me pone la ficción impresa-, toca aceptar mi condición de "fan". Aunque no lo digo porque Laymon sea un literato de elefantiásico talento, capaz de generar poesía con el teclado, cuyo don natural por rejuntar letras esté a la altura de la genialidad, ni ninguna de esas monsergas. En realidad se trata de un escritor bastante normalillo bendecido por una serie de características que adoro. Para comenzar, ese espíritu "pulp", barato, propio del cine de explotación, que impregna todo lo suyo. Luego, que no pierde el tiempo con pijadas, ni se detiene a embellecer los textos innecesariamente, o pretende nada artístico, pomposo e intelectual. La literatura de Richard Laymon va asaco, gasta un ritmo vertiginoso, avanza a puñetazos y no se detiene. Muy sencilla, muy elemental, directa a la yugular. Y tercero, y casi mi aspecto predilecto, porque era un salido. Un marrano. Un cachondo. Un gordito calenturiento. Cosa totalmente delatada cuando lees sus historias, siempre cargadas de sexo, vicio y perversión.
En el caso de "La isla" la cosa se desmadra. Básicamente estamos ante una fantasía tardo adolescente que muchos de nosotros, sobre todo aquellos físicamente algo tarados a los que nunca nos fue demasiado bien con el sexo femenino, seguramente tuvimos en algún momento de nuestras sufrientes existencias. ¿Y si quedara varado en una isla con dos, tres o cuatro féminas, sin ningún otro macho a disposición? ¿y si, además, estuviesen todas de buen ver? Con semejante idea de base, el salido Laymon se inventa una especie de thriller con ribetes horroríficos en el que, pues ello, una familia al completo, más los novios de las respectivas hijas, salen a alta mar para celebrar el nosecuanto aniversario de los progenitores. En eso que el yate peta y terminan atrapados en una isla a merced de los elementos. Por si fuera poco, resulta que hay un asesino encabezonado en cargarse a todos los varones. Al final solo quedará uno, el prota, un adolescente pringadillo, flacucho, no muy agraciado y mal tratado por su novia -a la que no ha podido catar todavía-, que vivirá rodeado del resto de féminas en una auténtica fantasía pajera hecha realidad. Luego resultará que el asesino iba en el yate con ellos, formaba parte del clan, comenzando así un juego del gato y el ratón cuyo horror, angustia y violencia no impedirá que nuestro protagonista dedique muchas líneas a recrearse en los cuerpos de sus compañeras de isla. A describir cómo les votan los pechos, cómo las gotas de sudor se deslizan por sus caderas, sin importar que dichas descripciones se desarrollen en medio de una crisis intensa. Tampoco eso cortará al chaval -y a Laymon- a la hora de tener erecciones, encontrarse ante situaciones de absurda tensión sexual, ser "castigado" por esa novia que no cede pero a la que le encanta calentarle, lo mismo que cierta compinche del asesino, quien se despelota ante sus ojos, o el maravilloso momento en el que, con el fin de reconocer la identidad del cadáver de una tipa abierta en canal, ¡¡le palpa las tetas!!.
Y todo eso es solo la primera mitad. Porque, una vez las mujeres son secuestradas por el asesino, y el prota se queda solano, arranca una parte eminentemente descriptiva que, además de algo excesiva -digamos que el chaval se hace demasiadas preguntas a sí mismo-, corta el rollo. Relentiza la novela y nos pone al límite del aburrimiento. Aquí estuve apunto de rendirme... suerte que no lo hice porque, superado ello, y ya en la tercera mitad, y desenlace, reaparece el Richard Laymon que mola. Hasta ahora había sido el salido, pero el que asoma aquí es el perverso. Aquel al que Stephen King machacó en unas declaraciones. A la historia toca añadir un par de crías menores de edad y su dosis de violación + humillación que, a esas alturas, eran ya toda una marca en la carrera del escritor, como bien definieron las novelas que reseñé en su día. Podría decirse que lo hacía aposta, sabiendo que su público hardcore era lo que esperaba de él. Así pues, se recrea muy lascivamente en describir el cuerpo desnudo de las niñas, en cómo el asesino abusa de una o cómo el protagonista las desea secretamente. Demencial.
Afortunadamente, y como decía, toda esta parte viene justo antes del "The End", lo que contribuye a hacerlo doblemente divertido. Aquí también el autor tira mucho de descripción, pero centrada en momentos de acción pura, misterio y violencia, lo que resulta más ameno y gozoso. La guinda la pone una escena de tortura, sádica hasta las trancas. En fin, pura literatura "trash" que apela a nuestros más bajos instintos.
Hacer notar que "La isla" está escrita un poco a modo de diario. Es decir, se supone que el pringadillo salido es el que, mediante boli y libreta, va narrando los acontecimientos y, por ende, se regodea tanto en el tema sexual. Es, en cierto modo, un "found footage" formato escrito perpetrado por alguien que no es un maestro en lo suyo. Richard Laymon opta por teclear menos limpiamente para que de el pego, gesto este arriesgado y aplaudible pero que, por desgracia, se va al traste cuando llegan los pasajes más descriptivos y no puede evitar echar mano de toda su capacidad (que, aunque no sea mogollón, haberla hayla)
Como decía, Laymon vivió una primera época dorada en los ochenta, pariendo las tres novelas mentadas, para luego caer "en desgracia" y tener que buscarse un curre de oficina. Llegados los 90 consigue retomar el vuelo, y arranca aquí una segunda etapa que, hasta hoy, había ignorado por completo. Bien, "La isla" entra dentro de este grupo -es de 1995-. Dispongo de un par más. Espero reunir las suficientes ganas para ponerme con ellas y  reseñarlas.... sobre todo si son tan simpáticas y cochinotas como esta.

sábado, 14 de diciembre de 2019

EL SÓTANO

Puede que "El Sótano" sea una de las obras más populares de su autor, Richard Laymon. Junto a la ya comentada "Apagadas están las luces" y "Sangre en el bosque", conforman el flamante triunvirato de novelas laymonianas editadas en España por Martínez Roca como parte de la legendaria colección "Super Terror".
Nada más tener entre las zarpas (por segunda vez en mi vida) esta "The Cellar", fechada en 1980 (y editada cuatro años después por el Roca de leer, no el de jiñar), me sorprendió ver que ganaba en grosor a "Apagadas están las luces". Teniendo en cuenta que aquella pecaba un poco de centrarse casi más en culebrones románticos que terror puro, me acojoné. Sin embargo, la buena nueva es que, al contrario de las apariencias, "El Sótano" ha resultado ser una novela más "sencilla" en su estructura y sus maneras. Más cinemática dirían algunos, yo lo llamo peliculera. Laymon no se va por lo cerros de úbeda contando trifulcas que no interesan demasiado. Todo lo que pasa tiene que ver con la historia principal y las dosis de terror y violencia están más repartidas. Vamos, que "El Sótano" es mejor novela que "Apagadas..." y, también, sería una peli de terror ochentera casi perfecta. De hecho, la gran cuenta pendiente es ver un largometraje con cara y ojos adaptando alguna de las novelas del escritor, cuando lo único que tenemos es un corto y, encima, de temática policiaca. A ver cuando alguien osa. Tal vez debamos culpar de ello al contenido perturbador de sus historias, que en "El Sótano" canta como una almeja. Cierto que podrían ignorar las partes más burras, pero de todos modos imagino que Richard Laymon no caería muy simpático. Primeramente porque el mismo Stephen King le dedicó unas palabras poco amables criticando, justamente, su tendencia a regodearse en los elementos no ya truculentos (que los hay, pero no son nada del otro jueves), más bien los sexualmente retorcidos. Además de narrarnos explícitamente momentos de folleteo, el autor goza mucho desviándose a temáticas menos agradables como violaciones, incesto e incluso pederastia. Uno de los pasajes más incómodos de "El Sótano" se centra en el abuso a una niña pequeña por parte de un psicópata de tomo y lomo. Deleitándose en la descripción, sin demasiados miramientos, de la aún verde anatomía de la víctima. Luego hay más materia cafre que se entremezcla con otros "hits" como cuando se detalla la extraña forma de la polla de un monstruo que, páginas después, eyaculará sobre la faz de una anciana, nada menos. Sí amiguitos, hoy día atarían a Laymon a un poste y le prenderían fuego. Tal vez, por eso mismo, resulte tan refrescante leerle.
El psicópata pederasta del que les hablaba persigue a las dos verdaderas protas de la novela, su mujer y la hija pequeña, ambas terriblemente mal tratadas y que escapan de sus garras instalándose en un pueblo tras sufrir un accidente. Allí descubren la existencia de un caserón donde años atrás una supuesta bestia sanguinolenta asesinó a unas cuantas personas. Lo han convertido en una atracción turística para mayor mosqueo de un superviviente de dichas matanzas. Este contratará a un especie de soldado de fortuna para que visite la casa de noche y se cepille al supuesto monstruo. No hace falta decir que todos estos individuos/as terminarán encontrándose e interactuando de muchas y variadas maneras.
Lo dicho, una novelita de lectura amena, nada complicada, y con los ingredientes perfectos, en las cantidades justas. Si te va la ficción de terror sin demasiadas pijadas intelectualoides, te la recomiendo.
Ahora toca "Sangre en el bosque". Que en su día no llegara a terminarla, la hace aún más interesante. ¡Veremos!.

sábado, 14 de marzo de 2020

SANGRE EN EL BOSQUE

Lo primero que llama la atención de esta edición de "Sangre en el bosque" es la introducción, donde el editor nos aclara en qué consiste esa cosa del "gore" y del que, dicen, Richard Laymon es considerado un maestro. Recuerden que estamos en 1988, glorioso año en el que ser fan del cine "gore" (y hacer cortos) eran marcianadas disfrutadas por unos muy pocos individuos a los que se miraba con recelo cuando hablaban sobre todo ello en público. Para aclarar el origen de la palabreja, se tiran de referentes cinematográficos tan fundamentales como "La noche de los muertos vivientes", "Viernes 13", "Re-Animator" o "Hellraiser". Lástima que seguidamente metan la gamba añadiendo al pack "La noche de Halloween" que, como saben, va más bien escasa en lo referente a hemoglobina. Curiosamente, cuando las novelas de Laymon fueron reeditadas por Martínez Roca en los 90, ya no hizo falta aclarar nada de nada. Por entonces el "gore" era un término dolorosamente integrado en el mainstream, institucionalizado que decían en "Cadena perpetua". Incluso salía en anuncios de coches. Explotarlo era tan normal como, dada su popularidad, oportuno (u oportunista). Y yo que me parto de dolor recreando tan funestos momentos. En fin.
Pero centrémonos en el libro propiamente dicho, que narra la epopeya de varios personajes (Laymon sigue tirando de las narrativas entrecruzadas que convergen al final) enfrentados a una misma amenaza: los krulls, seres deformes que habitan en lo más profundo del bosque, se alimentan de carne humana y/o violan a las damas por aquello de ampliar prole. El pueblo que habita justo al lado, Barlow, vive amenazado por la hambruna de los bichos y el único modo de aplacarla consiste en cazar turistas y entregárselos a modo de ofrenda. Varios de estos serán los que lo pasen canutas intentando sobrevivir a los krulls, cayendo bajo sus zarpas o siendo sexualmente forzados (en este caso, forzadas).
Aquellos que busquen el elemento perverso propio de su autor, lo encontrarán sin problemas. Hay escenas de violación para parar un tren, perfectamente descritas y bien desagradables. Es más, Laymon recurre ooootra vez a la madre y la niña acosadas por un malvado padre (padrastro pa la ocasión) que las mal trata (cosa que ya hiciera en "El Sótano"). La diferencia es que, aquí, la cría es un rato bruta y no tiene problema alguno en matar a quien se ponga a tiro, incluido aquel que intenta endiñársela sin autorización y da carta blanca para que el marrano de Richard vuelva a dedicar unas breves líneas a describirnos el virginal cuerpo de la chavalilla.
"Sangre en el bosque" es, sin duda, el libro más flojito de la trilogía Laymon-"Super Terror". El más lineal y simplón, lo que no significa que sea ilegible o aburrido, porque no. Va a mil por hora, y el escritor parece especialmente interesado en suministrar a su audiencia la carnaza requerida. Sin embargo, ese deseo tan evidente de complacer se vuelve contra él, dando como resultado una obra bastante previsible y carente de sorpresas. La parte buena de todo ello es que, ahora sí, estamos ante el libro más sangriento de los tres, el más "gore", sobre todo en lo que respecta a un clímax atolondrado y en el que las mutilaciones, los ojos acuchillados, las decapitaciones y los cuerpos descuartizados son incontables. A todo eso hay que sumarle una especie de sorpresa final algo delirante y un desenlace tirando a seco.
Pero, como digo, aún así el libro puede disfrutarse perfectamente si lo que buscas es un poco de entretenimiento previo a la siesta. La cuestión es que ya he logrado reunir los tres y ahora gozo cual enano situándolos juntos y observándolos. ¡Qué bien lucen, par diez!.


domingo, 12 de mayo de 2019

APAGADAS ESTÁN LAS LUCES

Llevaba tiempo queriendo recuperar algunos libros de la mítica colección ochentosa "Super Terror" según las artes editoriales de Martínez Roca. De chaval me fascinaban, no tanto por su contenido como por el aspecto, el diseño, el formato y las notorias ilustraciones de portada, cortesía de Horacio Salinas Blanch. Ya saben -o deberían- que no me gusta demasiado leer ficción. Únicamente lo he hecho cuando la ocasión ha sido especial, como con las dos novelas originales de "Death Wish". En este caso el motivador era la dulce y terrible nostalgia. 
Curiosamente, solo hay un escritor del que me he leído más de un libro. Concretamente dos. Y no, no es Stephen King. Es Richard Laymon, a quien Martínez Roca editó tres obras, la reseñada, "El Sótano", que también me leí, y "Sangre en el bosque", que no logré terminar. Por ello me hacía especial ilusión recuperarlas. Cosa que conseguí -en parte- visitando una tienda de antigüedades y rebuscando en los estantes sin esperar nada de nada. Menuda alegría me llevé cuando localicé tres tochitos de "Super Terror" y uno de ellos era... este.
"Apagadas están las luces" cuenta la historia de un cine donde se proyectan las películas "snuff" que confeccionan una panda de psicópatas. Aunque quedarse con eso sería no hacerle justicia al libro, porque en realidad esa es una especie de trama secundaria, de fondo. La realmente principal se centra en un trío amoroso. Una escritora a quien su marido le pone los cuernos con una auténtica zorruna despiadada. Cuando las evidencias de que hay infidelidad se hacen demasiado evidentes, la chica se lía con un detective del que se enamora perdidamente a pesar del mosqueo del marido legítimo, que sigue ocultando que se folla a otra y decide matar al recién llegado. Aunque parezca mentira, las tres narraciones terminarán confluyendo en las últimas páginas. Me mola especialmente cómo se lo monta Laymon para que la escritora descubra el pastel de las pelis "snuff", es un giro que un lector menos tonto que yo habría podido ver venir. Pero a mi, oiga, pues me sorprendió.
Antes de ponerme a leer "Apagadas están las luces", y teniendo en cuenta que no me acordaba casi nada de la primera vez que lo hiciera siendo jovenzuelo, me esperaba una trama más lineal, propia de una peli de terror de segunda llevada al formato "letril". Sin embargo, fue grato descubrir que no, que el modo de estructurar los hechos y tal lo era todo menos previsible o convencional, cosa que hizo la lectura más interesante, a pesar de ese tufo culebronesco. Las secuencias netamente de horror tampoco son tan brutales como las pintaban, aunque sí hay una, que sucede durante una cena en la que se sirve carne humana, capaz de dejarte un poso así como incómodo.
En resumen, una lectura bastante amena gracias al estilo directo y dinámico de Richard Laymon.
Ya tengo "El Sótano" en camino.

sábado, 27 de agosto de 2016

AL ACECHO

Ya he dicho unas cuantas veces que lo mío no es leer ficción. Solo rompo la norma en ocasiones especiales puesto que, generalmente, mi déficit de atención suele dificultármelo mucho. Claro, con semejante curriculum es lógico pensar que nunca antes había puesto los ojos sobre alguna de las obras de Jack Ketchum, reputado escritor especialmente conocido por sus duras aportaciones al género del horror. Muy al contrario, sí que había visto películas basadas en sus labores, ¿cómo cuales?, pues la odiosa "The Woman", la normalita "Red" y la olvidable "The girl next door". Digamos que ninguna me dejó precisamente con ganas de buscar libros de su autor. Salvo el de "Off season". ¿Motivo?, pues que desde hacía años retumbaban en mi cabestro un montón de palabras favorables al respecto, centradas siempre en su contenido ultra-violento, sangriento y pavoroso. Ya una vez hice un amago de ver si había edición patria, pero no localicé nada. El empuje definitivo vino recientemente, leyendo una entrevista con el malogrado Chas.Balun quién culpó al trabajo de Jack Ketchum, y especialmente a "Off season", de su súbito interés por escribir ficción. La calificó como ejemplo de lo que deberían ser todas las novelas de terror. Directa, cruda, sin florituras ni excusas. Ya no pude más, ¡tenía que saciar mi curiosidad!, así que volví a buscar y esta vez, ¡bingo!, di con ella, en castellano, bajo el título de "Al Acecho" (nada que ver con esto) y editada por "JP Libros". Solo costaba diez euritos, así que dije "¡Trae pacá!". Y me llegó (¡que maravilloso servicio el de Amazon!) y leí.
"Al Acecho" narra las trifulcas de un grupo de amigos que se encuentran en una casita junto a la costa para pasar el finde, sin saber que en las grutas que hay al lado del mar vive una extensa familia de salvajes caníbales que planean atacarles esa noche para cazarlos y devorarlos. Por ahí rula un sheriff, típicamente gordo, que hará algo por ayudar, pero no mucho.
¿Suena verdad?. "Off Season" originalmente se publicó en 1980, tres años después del estreno de "Las colinas tienen ojos", con la que guarda inevitable parecido. Y es que ambas se inspiraban en el caso escalofriantemente -y supuestamente- real de Sawney Beane, del que ya hemos hablado en otras ocasiones.
Cuando llegó a las librerías, se armó una buena por su "escandaloso" contenido. Imagino que en esos tiempos todavía no se aceptaba que un libro de terror lanzado y distribuido a "gran escala" pudiese reunir tantas atrocidades crudamente narradas. Y eso que antes había sido sutilmente censurado por sus editores, obligando al autor a poner un final feliz. Bien, la versión que yo he leído es una reedición publicada en 1992 que se vende como integra. Incluido su final trágico. Sin embargo, el contenido macabro hoy día se encuentra dentro de lo común y corriente. Nada que no hayamos leído y, sobre todo, visto cientos de veces. Así que por ahí me sentí defraudado.
Por lo demás, hombre, pues le cuesta arrancar un poco. Más de la mitad está centrado en contarnos rollos sobre sus protagonistas que, al menos a mí, no me interesan nada de nada. ¡¿Por qué las putas novelas siempre pierden tanto tiempo explicándonos esa clase de chorradas?!, ¿por rellenar?. Algún experto diría que es para humanizar a sus personajes y que el lector cree vínculos con ellos... pero a mí me aburre... tal vez he visto demasiados "slashers".
Superada esta parte, llega lo realmente interesante, que arranca con el ataque de los caníbales. Ahí sí, ahí Ketchum hace gala de una narrativa vigorosa y dinámica, llena de brío que, por unos momentos, incluso logró engancharme y hasta emocionarme. Pero solo es un rato. En general se mantiene el tono ya hasta el desenlace, pero se relaja levemente y no se anima hasta que uno de los protas entra en la cueva donde viven los salvajes y la emprende a disparos y hostias con todos ellos, lo que incluye niños con la cabeza pisoteada y otras delicias.
¿El veredicto?, pues hombre, no ha sido una agonía, está bien, se deja leer, lo que ocurre es que ni es tan fuerte y horrorífica como me esperaba ni ha despertado en mí un súbito interés por leer más libros del género. Y eso que quería recuperar lecturas de juventud que seguramente no supe apreciar debidamente entonces, como las de Richard Laymon o Shaun Hutson... pero me temo que tendrán que seguir esperando.
Curiosamente "Al Acecho" se cierra con un relato hasta entonces inédito, "Hija del invierno", y que salvo por su anodino desenlace creo que me gustó más que la novela entera que le precede. Incluso daba un poco de miedo. No mucho. Y es que, estamos con lo de siempre, al final las cosas cortitas son como más agradecidas porque van directas al grano... salvo los cortometrajes, claro, que a esos los detesto.

jueves, 20 de marzo de 2025

HABITÁCULO 1991

Localicé recientemente una grabación videográfica de naturaleza casera fechada el año 1991. Normalmente era yo el que rondaba el hogar con la cámara, pero aquella tarde fue mi madre la que decidió encargarse de inmortalizar el entorno mediante ojo electrónico. Diría que la casualidad quiso que me pillara totalmente volcado en mis pasiones cinéfagas.... pero mentiría. Y digo que mentiría porque yo era -y soy- así las 24 horas del día, de lunes a domingo. Para mí, toda esta morralla es un auténtico modo de vida, una filosofía.
En un momento dado, tras pillarme en el sillón disfrutando de las lecturas adecuadas (ver última imagen), visitamos el que era mi dormitorio en 1991. Y ahí me dio el subidón, y unos pocos escalofríos, al rememorar la bella decoración que inundaba mis paredes, o se apoltronaba sobre los estantes. Decidí pues sacar capturas de todo ello y compartirlas con ustedes en este, mi blog de pajillismo "fanatoso". El lugar más adecuado posible.
Dice así...


A- El póster de "Robocop". Una de mis diez películas favoritas de todos los tiempos. Este, además, lo obtuve de forma gratuita el día que acudí al estreno, allá en el cine "Comedia" de Barcelona. Al salir, un tipo disfrazado del madero robótico los regalaba. En el lado positivo, y a causa del gran gozo experimentado durante el visionado del clásico, regresé una semana después con amigos. Esta vez la voz había corrido y la cola era inmensa. En el lado negativo, ese mismo póster terminó hecho añicos por las implacables garras del gato doméstico. Siendo un ser humano le habría asesinado... pero al él se lo perdoné. Y se lo sigo perdonando a día de hoy.

B- Una de mis obsesiones entonces, "Fonda Sangrienta". Supe de ella gracias a mis revistas franchutes, como bien expliqué en su momento. Y anduve como loco buscándola por vídeo-clubs hasta que di con ella en uno inhóspito, situado cerca de donde estudiaba primero de BUP (lo recuerdo repleto de clientes... que tiempos aquellos). Como era costumbre en esos casos, me hice socio, la alquilé y, una vez devuelta, nunca jamás regresé.
Desconozco cómo conseguí el cartel -que era el de los vídeo-clubs-, pero ahí lo tuve un tiempo, colgado en mis paredes.

C / D / E- En los estantes, y de izquierda a derecha, los muñecos de "Iron Man" (colección "Secret Wars"). Otro de "El Castigador" (uno de mis héroes de tebeo favoritos). Y la banda sonora de "Agárralo como puedas (1 y 2)" en cinta de casete.
Detrás, algunos libros ilustres. Los dos primeros "Libros Sangrientos" de Clive Barker. Varios de la colección "Super Terror", destacando los de Richard Laymon. Y dos biográficos en inglés, el de Roger Corman ("How I Made a Hundred Movies in Hollywood and Never Lost a Dime") y el de George A. Romero ("The zombies that ate Pittsburg").

F- Estos eran los carteles de dos cortometajes que hice en aquella época, "El Principal" (mi versión de "El Rector" + "Curso 1984") y "El demonio del viento" (mi versión de "Posesión Infernal" + "Scalps", y del que ya hablé una vez por acá)



A- He comentado muchas veces en este ciber-antro que, siendo joven, sentía un fanatismo exacerbado por Fred Olen Ray. Puede sonar a chiste. Y tal vez nunca se lo hayan creído del todo. Pero ahí va la prueba irrefutable de ello. En mi dormitorio contaba con una imagen suya rescatada de las páginas de "Psychotronic" a modo de pedestal de adoración, exactamente igual a esta que les dejo a continuación...


B- Algunas de mis cintas de vídeo. Por entonces contaba con pocas de venta original, así que me fabricaba las caratulas o, en su defecto, les pegaba una fea tira de papel blanco con los respectivos títulos escritos en Olivetti (aquí un ejemplo más que gráfico). El estante superior (letra C) anda plagado de estas.

D- Comenzamos con los pósters grandes. No es que "King Kong contra Godzilla" me entusiasmara mucho, pero ese cartel molaba, con el bicho peludo sujetando un tren por los aires. Se lo dejo a continuación para que lo degusten íntegro.
El segundo no tiene truco, primera secuela de la franquicia iniciada con "Viernes 13". Por entonces la consideraba una de las mejores. Hoy ya no lo tengo tan claro.





Estos no necesitan presentación, ni introducción, ni nada.
"Commando" (otra de mis diez favoritas) y "Re-Animator".



A- Aunque no lo he comentado al principio, este recorrido es de derecha a izquierda, siguiendo el barrido que hizo la cámara. Así, pasamos a la siguiente pared donde, de primeras, destaca otro póster de otro clásico, "El día de los muertos", solo que en su versión francesa. Iba de regalo, bien plegadito, en las páginas centrales de una de mis queridas lecturas habituales, "L´Ecran Fantastique".
Se lo dejo a continuación versión JPG para que entiendan la razón de que formara parte de mi excelsa decoración...



B- Seguimos con más "Godzilla". Alguien podría sospechar que era un auténtico devoto de la criatura, cuando no se conocía a estas películas como "Kaiju Eiga" y solo eran "pelis cutres de monstruos nipones". Y lo cierto es que no, simpatía toda la que quieran... pero fanatismo, poco. Lo que me molaba, y supongo que de ahí su presencia constante, eran los carteles, sus diseños, algo muy propio de las "monster movies" clásicas. En este caso se trata de uno yanki (fotocopia a color ampliada, para más señas), el de "Godzilla versus The Thing" que lucía así de bien....



C- Y,  por supuesto, en este periplo "habitacionil" no podía faltar una referencia directa a la number one, a la diosa, a "Evil Dead". Pal caso hablamos de otro desplegable situado en las páginas centrales de otra publicación franchute (donde se la conoce como "La nuit des démons"), aunque ninguna de las habituales. No logro recordar cual. Con el tiempo y una caña acabé perdiendo dicho material, y no saben lo mal que me supo/sabe.

D- "Nº 1 del Servicio Secreto" y su super agente secreto, "Charles Bind", llegó a ser una seria obsesión en mis juventudes. Andaba loco con sus dos aventuras cinematográficas, la mentada y "Licencia para amar y matar" (la tercera jamás llegué a verla). Tanto como para que, nada más inaugurar este blog en el 2007, les dedicara una sentida entrada.
Visto ahora es algo que no acabo de comprender porque, salvo algunos "gags" puntuales, eran subproductos tremendamente mediocres. En cualquier caso, logré hacerme con su "affiche", así pues era de menester lucirla (además de que me encantaba en sí misma). La perdí, sí también, aunque muchos años después pude resarcirme agenciándome el póster y algunos fotocromos que, experiencia y canas obligan, andan perfectamente guardados junto a otra buena ristra de papelotes peliculeros. ¿Pa qué? Pues ni idea... pero, en fin, hay enfermedades incurables que gozas sufriendo.

Nota: Es curioso lo mucho que tiro de la palabreja "affiche", especialmente considerando su origen eminentemente francés. Supongo que podemos considerarlo influencia directa de mis lecturas cinéfilas habituales esos años. Visto así, encantado que forme parte de mi léxico.


A- Más "affiches" que solía conseguir en tiendas de coleccionismo cinematográfico. Esta es la de "Al filo del hacha", el aburridísimo slasher español de la mano de José Ramón Larraz que vi en el cine "Waldorf" de Barcelona. No, no me gustó nada... pero, tal y como siempre he dicho, me flipa el cartel. Es cojonudísimo. De ahí que lo pegara a mis paredes. 
Mi relación -por así llamarla- con el film se intensificó hace unos años, a raíz de disponer de sus fotocromos y póster y el interés de una compañía británica por incluirlos en la edición especial de la interfecta, tal y como narré poco después, coincidiendo con su salida al mercado. Es un pequeño logro del que estoy muy orgulloso.... no obstante, creo que mi reseña tirando a negativa 
de la película puso punto y final a posibles colaboraciones futuras con el sello. Ya saben,quien canta las verdades....

B- De "Las aventuras de Flesh Gordon" nunca he escrito reseña, aunque sí tuve acceso al libro de memorias de su protagonista, Jason Williams, donde se contaban todas las respectivas trifulcas del rodaje. Inevitablemente, por su peculiar condición, es una película que me cae harto simpática, aunque probablemente más en 1991. Tenía la "affiche" española, con un gracioso dibujo de Jano (y un "Flesh Gordon" poco fiel al del film), y de ahí que optara por incluirla como parte de la decoración. Les dejo a continuación una imagen de la misma.... pero no, no es mía, tuve que buscar en las redes para dar con ella. Yo, desgraciadamente, la perdí. Igual que con la de "Al filo del hacha". En fin, ya saben, cosas de la juventud, de cuando todavía no has aprendido a valorar estas mierdas entrañables.


C- Ahí tienen una ristra de autógrafos. De izquierda a derecha, Bruce Campbell, Ted Raimi (ambos obtenidos durante el XXIV Festival de Sitges del mismo 91, donde acudieron a presentar "Lunáticos") y el tercero.... pues no logro discernir de quien se trata. Por época y momento, posiblemente sea John McNaughton, director de "Henry, retrato de un asesino". Si es así, su presencia en aquella edición venía motivada por la mediocre "Mutación Asesina" (tal vez sea momento de revisarla). Lo cierto es que no sentía ningún interés por el director y su obra, pero ya que lo teníamos ahí, mientras esperábamos que Campbell y Raimi salieran del hotel, pues le pedimos la estampita. Fans completistas es lo que éramos, témome.

Y cerramos con una imagen que, aunque ajena al tema central de esta entrada, pertenece al mismo vídeo, espacio y tiempo, aquel en el que mi devoción se encontraba en plena eclosión. Para el caso, lo que sujeto en mis manos era una de mis lecturas favoritas por aquellos días, con permiso de la prensa franchute habitual, el fanzine "Draculina", según las artes editoriales de Hugh Gallagher, mediocre dibujante / videoasta. Concretamente, ese número es el que me descubrió la existencia de Nick Zedd. Les dejo la portada a calidad para que se hagan una idea de lo irresistible de la publicación, por su contenido (cine de horror, sobre todo aquel de explotación y tipo casero / amateur) y su forma + estética (impresión mierdosa, fotos oscuras, papel barato y un punto de sordidez gracias a la ristra de imágenes chusqueras de tipas desnudas, salpicadas de sangre y mostrando sus poco llamativas tetas caídas). Lastimosamente, y como suele pasar, las ambiciones de Gallagher acabarían destruyendo a su creación, sobre todo cuando decidió profesionalizarse, tirar de papel satinado a color y centrar el contenido en el tema pajero... vale, es comprensible, seguro que así se vendía mejor, pero ello supuso anular por completo su naturaleza, esa que hacía de "Draculina" algo especial.


sábado, 10 de octubre de 2026

THE HUNGER, EL LADO SALVAJE DEL DESEO

Originalmente, "The Hunger" era una serie comandada por los hermanos Ridley y Tony Scott. Su loable intención consistía en producir capítulos de terror destinado a un público adulto, sobre todo porque mucho de ello giraba en torno al erotismo. Hoy es algo más normal, pero en 1997 desde luego se trataba de una tarea arriesgada y novedosa. Tal vez por ello tampoco funcionó estratosféricamente, ni dejó una huella indeleble. Aunque, cuanto menos, contó con dos temporadas. En la primera el, por así decirlo, "Guardián de la Cripta" de cada capítulo era Terence Stamp (con unas "cápsulas" que aturden a base de excesos estilísticos videocliperos). En la segunda le sustituyó nada menos que David Bowie, lo que creaba un vínculo más evidente entre "The Hunger" serie y "The Hunger" película o, tal y como se llamó en España, "El Ansia". Muchos son los que no se explican por qué Tony Scott se decantó por el título de su propio largometraje para bautizar un producto televisivo en principio sin relación, desde luego no narrativamente. Sin embargo, bien mirado, sí hay un cordón umbilical -más allá de la presencia de Bowie- y consiste en las maneras, ese terror adulto "bonito" basado, como decía, en el deseo, el sexo, la pasión como elemento que consume, destruye y/o mata.
Pero no nos pongamos "profusdos", que todavía no he desayunado. La cuestión acá es que, por alguna razón desconocida, "The Hunger" -serie- a España primero llegó como largometraje compilador destinado a las salas de cine, que es donde yo la vi. Los motivos, aluego. Quedémonos con el hecho de que "Manga Films", su distribuidora, decidió rebautizarla como leen al encabezamiento. Y que unos años después, por fin, se atrevieron a lanzar el resto (lo que quedaba de la primera temporada y toda la segunda) vía formato dvd. De este modo, el film destinado a salas recogía los tres primeros capítulos de la primera temporada, que son los siguientes:
"Las espadas" cuenta la historia de una bella mujer (Amanda Ryan) destinada a no palmar nunca por mucho que le atraviesen el torso con una afilada espada. Protagoniza un espectáculo al que acude un yuppie ex-drogata (Balthazar Getty) que se pirra por tirarse a la muchacha, y lo consigue. Ella se enamora como una tonta, lo que, inevitablemente, dará pie al drama de rigor. Completa lo interesante del reparto el siempre eficaz Timothy Spall. Dirige Tony Scott himself.
La historia que suma dos llama la atención por varios factores. Primero, el título, "Menage a Trois". Después el director, Jake Scott, hijo de Ridley. Enchufe total. Y finalmente el reparto, encabezado por un joven Daniel "James Bond" Craig, seguido de la mítica Karen Black, la bella Lena Heady y un fugaz Joason Flemyng con algunos quilos de más. La cosa va de una vieja algo excéntrica cuidada por una enfermera recién llegada. Esta y el chapuzas del lugar comenzarán un tórrido romance... pero tiene truco, y no uno bonito.
"Menage a Trois" vendría a ser la más "thriller psicológico" del pack, por eso para la siguiente y tercera el cuerpo pedía género, terror puro, incluso gran guiñol. Y esta fue, justamente, la que me convenció para acudir al cine. Las críticas la destacaban especialmente por su delirio, incluso su lado risible. Y aunque nunca he confiado mucho en los gacetilleros (y menos los de la prensa de los noventa, cuando todos querían ser el más "cool" de la clase) me dije "Venga, vamos a probar". Y no, no es para tanto. Ya les decía. Pero bueno, cierto que "Necros" -así se titula- sería la más tradicional en cuanto a elemento horrorífico. No en balde está inspirada en un relato del escritor lovecraftiano Brian Lumley (ver anexo inferior). Y presenta una diabla con lengua quilométrica, rabo y que absorbe la energía vital de sus amantes hasta convertirlos en.... en.... en algo que merece verse. Dirige Russell Mulcahy, de cuando comenzaba ya a adentrarse en terrenos pantanosos. La única cara conocida del reparto es la de Leonardo Cimino, que hemos visto en chorromil películas. Algunos le recordarán como el "temible alemán" luego buen tipo de "Una pandilla alucinante". Aunque vale la pena mencionar también a la fémina, la gabacha Céline Bonnier, sin problemas a la hora de despelotarse completamente. Es decir, todas las actrices de la película salen en tetas (cosa que, viendo como anda el panorama, con señoritas luciendo decente sujetador a la hora de echar un caliqueño, es gustoso no... lo siguiente), pero Bonnier, de atractivo peculiar, es la más generosa.
Lo que queda es... pues una cosa medianamente entretenida y consumible, pero desde luego nada memorable. Sobre todo porque, si lo miras detenidamente, te darás cuenta que tras todo ese destete y esos contraluces y humaredas tan bonitas lo que queda, es decir, la narración, es de lo más tonta, elemental y poco original. Todas las tramas son muy previsibles y trilladas aunque, supongo, es el cómo vienen presentadas en imágenes donde estaría la gracia... digo yo.
Imposible resistirse a mencionar que cuando "The Hunger, el lado salvaje del deseo" fue editada a posteriori en Blu-Ray, los distribuidores exprimieron la presencia del entonces ya famoso Daniel Craig, hasta el punto de convertirlo casi en el único protagonista (en algunos casos incluso como imagen central de la carátula). Así mismo, mientras en el dvd se tiraba sutilmente de los dos hermanos Scott en plan gancho, sin especificar del todo bien su función y haciendo desaparecer a Mulcahy y al hijo de Ridley, para el Blu-Ray les otorgan directamente la película como totalmente de su autoría. Una indecorosa práctica por entonces ya algo olvidada pero, afortunadamente, no del todo muerta.
Anexo: El caprichoso pero, ocasionalmente, agradecido destino ha querido que disponga entre mis posesiones del relato impreso de Brian Lumley que inspira el capítulo titulado igual, "Necros". Cuando hace ya unos cuantos años, metido de lleno en mi recuperación de la obra de Richard Laymon, me hice con varios libros de la colección "Super Terror" de Martínez Roca, uno resultó ser la novena entrega de su famosa antología "Las mejores historias de terror". La pillé por meros motivos nostálgicos, sin genuina intención de consumirla. Hasta que, tras una breve búsqueda, descubrí que "Necros" formaba parte del contenido, así que me animé a leerlo, por aquello de la comparativa y la curiosidad. Bien, debo decir que el parecido es meramente superficial. La obra de Lumley y la de Mulcahy comparten la trama de base, el pipiolo que se encapricha de una misteriosa dama -de ciertas tendencias vampíricas- casada con un anciano, pero en lo demás no podrían ser más diferentes. Mientras el relato se decanta por sugerir de forma sobria y contenida, el producto audiovisual apuesta por el delirio de látex y sendas ideas descabelladas -y tetas-. Digamos que, si yo fuese Brian Lumley, me cabrearía el modo en que los cineastas convierten mi elegante historia en un perfecto gran guiñol a base de excesos. Por contra, el escritor nunca quiso pronunciarse al respecto.