sábado, 28 de marzo de 2026

EL ACTOR DEL TERROR

El actor especializado en cine de terror "Conrad Radzoff" no se lleva demasiado bien con sus directores. En apenas quince minutos de película, se carga a dos de ellos. Así pues, ya vemos cómo las gasta. Por ese motivo, cuando tras palmar por causas naturales y terminar como cadáver / entretenimiento en manos de un grupo de fans para dar color -paliducho- a una reunión social, revive gracias a la ayuda de una médium (en una escena de sobreactuación desaforada) y comienza a cepillárselos mediante crímenes que van de lo majo o truculento, a lo completamente tonto. Y eso es "El actor del terror" ("Frightmare" como título original, "Horror Star" como más popular segunda opción), película de inicios de los ochenta algo oscurilla, de buen arranque aunque plomizo desarrollo y no especialmente bendecida por los favores del fandom moderno, uno que queda en las antípodas de aquel que la protagoniza. Eran otros tiempos, y por ello aquí los devotos del terror son una panda de fiesteros, con cierta predilección por estéticas "new wave", que pasan mucho tiempo de charla y chirigota, pero poco viendo cine. Habitan un enorme edificio victoriano en cuya entrada destaca una hilarante placa donde reza "Horror Film Society" (también presente en su coche oficial, funerario por supuesto) y con variados posters en las paredes ("Las colinas tienen ojos", "Nueva York bajo el terror de los zombi", "Ssssilbido de muerte") o memorabilia en los estantes (parte cedida por Forrest J. Ackerman y David Del Valle, dos reputados expertos y/o coleccionistas). En lo que sí superan a los fans de hoy día es en devoción, tanta como para mangar el fiambre del Vincent Price, Peter Cushing o Christopher Lee de la ficción... y, justo, recurren a una añeja película de este último cuando se supone que estamos viendo al "Conrad Radzoff" más joven en el apogeo de su carrera, impogtando un cagajo que el parecido físico entre el famoso "Drácula" y el del "actor del terror", Ferdy Mayne, sea escaso. De inmenso currículum iniciado nada menos que en los años cuarenta, Mayne reserva una llamativa sorpresita, fue "dios" en "Noche en el tren del terror", película con la que, para bien o para mal, mantenemos una relación bastante estrecha (busquen la respectiva edición patria en dvd). Aunque decir que ese es su rol más icónico sería injusto considerando que dio vida al "Conde Von Krolock" de "El baile de los vampiros" (cuyo poster igualmente luce en los muros de la "Horror Film Society", toma guiño legañoso). También lo has visto en "Los desmadrados piratas de Barba Amarilla", "Conan, el destructor", "Aullidos 2" y un montón de productos añejos mejor considerados pero que, en fin, quedan fuera de nuestros intereses.
Le acompañan Luca Bercovici, que cuando no dirigía (como con "Ghoulies" y "Rockula"), gustaba también de actuar (en el "Parásito" de Charles Band, por ejemplo), Scott Thompson, el "Copeland" de la franquicia -iniciada con- "Loca academia de policía" y que, básicamente, encarna al mismo personaje que interpretara en, justo, "Ghoulies", el del colgado incapaz de quitarse las gafas de sol (pero, eso sí, que dedica un ratico a leer una novela de Stephen King), Jennifer Starrett como la chica buena del clan, un jovenzuelo Jeffrey Combs y, en el grupo de los veteranos, Chuck Mitchell (el mismísimo "Porky" de ya saben qué franquicia -es decir, la uno y la tres-), Nita Talbot, Leon Askin y Barbara Pilavin. Escribe y dirige Norman Thaddeus Vane, de poco lustrosa trayectoria. Otra suya que me sonaba haber visto chorromil veces en los vídeo-clubs es "Midnight" de 1988. Palmó en 2015.
Jeffrey Combs no es la única conexión indirecta de "El actor del terror" con la posterior "Re-Animator". Su personaje fallece decapitado, cosa especialmente graciosa dadas las circunstancias. Y su compañera de reparto, doña Starrett, gasta un aire a lo Barbara Crampton. Encima, ambas actrices responden al mismo nombre en sus respectivas ficciones, "Meg". ¡Asstupendo todo!.
Chapo el chiringo con una llamativa estampa (ausente en el film) escaneada de las páginas de un "Fangoria" de la buena época, de esas que le ponían los dientes largos a un jovenzuelo impresionable de mi porte.