Si hay un fenómeno que pueda catalogarse sin pestañear de "totalmente noventero" ese es "Spawn", personaje de comic creado por Todd McFarlane y publicado por la editorial "Image". No voy ahora a dármelas de experto porque, no, aunque leer comics me gusta, no llega a la devoción que despierta en mi el cine. Sin embargo, si estabas un poco situado en "fricolandia", conocías a "Spawn", te dejabas impresionar por esos barrocos dibujos del tipo sentado con la mega-capa al viento y, sobre todo, babeabas con sus curradísimas y detalladas figuras, cortesía de "McFarlane Toys", un poco antes de que lo acabara de petar -al menos para mí- con la tremenda colección "Movie Maniacs" (y, de paso, cambiara totalmente la faz del mercado de las figuritas). Tienen muestras de ello aquí y aquí. Los 90 fueron años de mucho goticismo de chichinabo. Molaba lo oscuro, lo tormentoso, lo "mal lechado". A nivel cinematográfico, y a nivel superheróico, la culpa de todo la tuvo el "Batman" de Tim Burton. Sin duda. Tendencia a la que se apuntaron otros ilustres como "Flash" (¡al que le quedaba fatal!) y "El Cuervo", mucho más adecuado. Gracias al hombre murciélago, vivíamos entonces una oleada de tipos con mallas -negras-, mucho más modesta que la actual, pero notable. Así que, entre eso y la tendencia al goticismo de la chavalada, llevar "Spawn" a la gran pantalla era lo que se dice una decisión lógica, a la que se apuntó la entonces poderosa "New Line", con producción y -supongo- supervisión de Todd McFarlane himself.
Los habitantes de infernalandia pretenden destruir la tierra, para lo que están organizando un super ejército de "Spawns". Necesitan uno que ejerza de cabecilla, así que convencen al mandamás de una agencia de asesinos para que se cepille al mejor de los suyos y lo mande a los infiernos, donde será convertido en el "Spawn" supremo. Lo logrará, sí, pero de vuelta a la tierra -y removido por el amor a su esposa.... ¡buargh!- el tipo se revotará contra sus diabólicos jefes y pasará de villano a héroe.
La popularidad "subcultural" de "Spawn" motivó que, cuando se anunció -en 1997- que se había hecho una peli e iba a estrenarse en el Festival de Sitges, todos corriéramos a verla entusiasmados. ¿Y qué pasó? Pues la decepción fue tan, tan y tan gorda, que salimos con el rabo entre las piernas y nunca jamás volvimos a hablar de ella. Así ha sido en mi caso hasta que, el otro día, pensé aquello de "¿Cómo me sentará hoy?".
Sí, "Spawn" es bastante terrible toda ella. Sin duda, lo que más impacta al verla es la bajísima, pero bajísima, calidad de sus trucajes visuales. El CGI es tercermundista. Horripilante. Hay momentos en los que incluso vemos el corte del recuadro que enmarca la luzecita verde brillante. Cierto que en los 90 el CGI todavía andaba muy virgen, pero es que hablamos de un producto "mainstream" bajo el sello "New Line". No de una serie Z tipo "The Asylum", entre otras cosas porque el cine barato de esos años no podía permitirse filigranas informáticas. Tal vez piensen que el paso del tiempo ayude a superar el shock, pero no. Especialmente porque en el clímax final estalla a lo bestia, acompañado de unos cromas desconcertantemente mal ejecutados. Demencial, en serio. Los efectos físicos, de látex y tal, están bastante mejor y corren de la mano de la mítica KNB Group que, aunque se lo curran un rato -sobre todo por la versión animatrónica de "Violator"-, no pueden evitar el efecto "Tortuga Ninja" en lo que respecta al traje/look del mismo "Spawn".
Si repasamos el reparto, encontramos a un John Leguizamo la mar de bien caracterizado al que dejaron hacer demasiado y carga bastante (salvo alguna puntilla graciosa. Y esos chistes de pedos). Tampoco convence mucho el héroe de la función, un Michael Jai White que únicamente sabe poner cara y poses de malote, sin aportar mucho más (como producto superheróico de la década, que no falte el maldito plano de "Spawn" apoltronado sobre la cruz de una catedral gotiquísima en plan vigía, acompañado de rimbombante música orquestal. Recurso cansino que llegó a durar demasiado). Una Melinda Clarke recién salida de aquella ñorda infame titulada "La lengua asesina" (precedida unos pocos años antes por "Mortal Zombie", ¡anda que seleccionabas bien tus papeles, niña!) y un Martin Sheen al que, supongo, debería avergonzar soltar todos esos discursos de villano de opereta que quiere dominar el mundo. También rula por ahí Miko Hughes, el niño de "El Cementerio viviente" y "La nueva pesadilla de Wes Craven".
Para añadir más leña noventera al fuego, tenemos una banda sonora trufada de lo que era habitual entonces, grupos de metal gótico y tecno-chunda-cool como "Orbital", "Korn", "Marilyn Manson" o "Prodigy" (alguno de ellos firma el resultón tema que acompaña a los feísimos y agotadores títulos de crédito. Mención también para los del final, muy inspirados en los de "Seven", algo bastante común entonces).
El guionista principal no es otro que Alan B. McElroy, a quien debemos títulos como "Halloween 4: El regreso de Michael Myers" o "Km.666".
El director de discordante nombre, Mark A.Z. Dippé, venía del mundo de los efectos visuales para títulos de relumbrón, lo que aún hace más incomprensible la incapacidad destilada en "Spawn". Habrá quien piense que el dinero invertido terminó destinándose a otras cosas, como cocaína y putas. O será que Dippé es un negado cuando se trata de dirigir. En cualquier caso, perdió la oportunidad brindada y acabó a la riendas de subproductos como "Frankenfish: La criatura del pantano", mucha televisión y películas de "Garfield" destinadas a mercados menores. Bien le deben de ir cuando su film más reciente sigue por esos derroteros, solo que cambiando al gato gordo naranja por el perro "Marmaduke".
"Spawn" podría ser uno de esos extrañísimos productos "mainstream" que alcanzan el renglón de lo involuntaria y puramente "trash", aunque si debo decir algo positivo de ella, por mucho que cueste, es que no es excesivamente aburrida. Tiene su ritmillo y, entre vergüenza ajena y vergüenza ajena, hasta puede verse entera sin morir en el intento.
Un anti-clásico de su década.
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sábado, 22 de mayo de 2021
sábado, 9 de marzo de 2024
LA TIERRA DE LOS MUERTOS VIVIENTES
Y seguimos con Romero, Romerito, Romerales. Guardo un grato recuerdo de "La tierra de los muertos vivientes" ("Land of the dead" en v.o.). No tanto por ella misma como por el contexto en el que la vi. Aquel fin de semana estrenaba pisito (o mini-pisito). Uno situado en el centro de la ciudad. Así, decidí celebrarlo acudiendo a las pinículas (solo, como siempre)... dos veces, ya que tenía las respectivas salas más o menos próximas. Primero fui a ver la reseñada. Terminó y corrí hasta la segunda sesión de la otra, "The Descent". Una jornada intensa, feliz y muy satisfactoria. Ya adelanto que ambas me gustaron. ¿Influyó el mentado contexto en ello?. Es probable... aunque, a estas alturas, pasados tantos años, las he revisionado suficientes veces como para poder afirmar que, sí, en general, y sin deslumbrar, mantengo esas buenas impresiones primigenias. En este caso, referidas al film de George A. Romero.
El mundo sigue infestado de zombies y los humanos han tenido que adaptarse. Aquellos con mayor poder adquisitivo viven en un edificio convertido en una especie de paraíso de cristal. El resto, pues ejerce de su servidumbre, saliendo al exterior con un macro-camión armado dispuestos a localizar víveres, exterminar revividos y lo que haga falta. Así van las cosas, más o menos bien, hasta que, por un lado, los explotados se hartan de serlo y, por otro, los zombies o, mejor, uno de ellos comienza a demostrar ciertos signos de inteligencia, tanta como para acudir al edificio fortificado en busca de alimento, bien acompañado por los de su prole.
Es un dato bien conocido que con "El día de los muertos" (supuesto cierre oficial de la trilogía zombie Romeriana original y, a mi gusto, broche de oro) George A. tenía en mente algo mucho más espectacular. Su guion chorreaba acción, explosiones, etc. Pero la panoja que le entregaron no daba para tanto, así que, muy frustrado, se vio obligado a reducir los elementos hasta lo clásico, pocos personajes encerrados y asediados por zombies. Bien, a la hora de enfrentarse a "La tierra de los muertos vivientes", desempolvó aquel libreto inproducible, rescatando algunas ideas y lanzándose, por fin, a rodar su aparatosa película de acción. Todo ello gracias al "boom" del cine de muertos vivientes que, por entonces, aún se encontraba en pleno despegue. Era, pues, lógico rescatar al padre de la criatura, al iniciador de todo ello, y darle la oportunidad de situarse de nuevo en primera fila, tras años de cierto olvido. Fue la última ocasión que tuvo George A. Romero de recuperar el brillo perdido. Más teniendo en cuenta que se le consideró para dirigir la primera entrega de "Resident Evil", finalmente descartado al juzgar sus maneras demasiado clásicas y "viejunas" para la platea moderna. Y algo de razón tendrían, porque, finalmente, "La tierra de los muertos vivientes" fue el inevitable fracaso taquillero que fue. Aquello terminó de matar al cineasta, quien acabó sus días -muy a su pesar- rodeado de zombies, contando con mucho menos presupuesto y pariendo películas entre la mediocridad y el horror absoluto. Luego, palmó. Y lo hizo frustrado. Jamás logró despegarse del terror (cada vez que lo intentaba se pegaba unos hostiacos gordos, viéndose obligado a regresar con el rabo entre las piernas) y nunca pudo rodar aquel drama victoriano con el que pretendía debutar a finales de los sesenta pero aparcó, consciente que recaudaría escaso montante en taquilla. No puedo evitar pensar en él, u otros de idéntico calibre como Wes Craven o Tobe Hooper, y sentir cierta lástima. Todos parieron grandes obras, pero ¿a qué precio?.
Perdonen el lapsus. Volvamos a "La tierra de los muertos vivientes" y confirmemos que, yes!, sigue siendo un film muy entretenido, de buen ritmo y que pasa bastante rápido. En ese sentido, es uno de los más llevaderos de Don Romerales. La historia resulta interesante, los personajes carismáticos y la supuesta morralla "social" habitual del cineasta prácticamente desaparece (o es tan evidente y trillada, que ni se nota ni traspasa). Hay las esperadas secuencias de truculencia chorreante, aunque sin llegar -obvio, estaba "Universal" detrás- a la crudeza y brutalidad de "El día de los muertos". No obstante, se agradece (a pesar de fugaces feos destellos de CGI) porque somos testigos de una práctica que, lentamente, y a medida que el "boom" zombie crecía y se asentaba, iba desapareciendo: el efecto de los ataques de revividos sobre los humanos. Se ha convertido ya en norma cebarse con los zombies, que son quienes sufren la inmensa ristra de mutilaciones y barbaridades. Pero ya resulta raro ver a una persona con la panza abierta y las tripas siendo devoradas. Eso todavía se da en "La tierra de los muertos vivientes" y, aunque suene enfermizo, uno lo celebra.
En el reparto, unas cuantas caras interesantes. Simon "El mentalista" Baker, el todoterreno pero eficiente Dennis Hopper, un macarra John Leguizamo, el habitual del género Robert Joy y la nota sentimental con el fichaje de la bambina de Dario Argento, Asia (no hace falta hablar a estas alturas de la más que notable relación creativa que Romero y el italiano mantuvieron en el pasado). Todo ello coronado por tres cameos de lujo: Tom Savini retomando su personaje de "Dawn of the dead" (ahora, lógicamente, zombificado) y Simon Pegg + Edgar Wright, por entonces frescos del éxito obtenido con "Shaun of the dead", de la que George A. Romero era fan.
El mundo sigue infestado de zombies y los humanos han tenido que adaptarse. Aquellos con mayor poder adquisitivo viven en un edificio convertido en una especie de paraíso de cristal. El resto, pues ejerce de su servidumbre, saliendo al exterior con un macro-camión armado dispuestos a localizar víveres, exterminar revividos y lo que haga falta. Así van las cosas, más o menos bien, hasta que, por un lado, los explotados se hartan de serlo y, por otro, los zombies o, mejor, uno de ellos comienza a demostrar ciertos signos de inteligencia, tanta como para acudir al edificio fortificado en busca de alimento, bien acompañado por los de su prole.
Es un dato bien conocido que con "El día de los muertos" (supuesto cierre oficial de la trilogía zombie Romeriana original y, a mi gusto, broche de oro) George A. tenía en mente algo mucho más espectacular. Su guion chorreaba acción, explosiones, etc. Pero la panoja que le entregaron no daba para tanto, así que, muy frustrado, se vio obligado a reducir los elementos hasta lo clásico, pocos personajes encerrados y asediados por zombies. Bien, a la hora de enfrentarse a "La tierra de los muertos vivientes", desempolvó aquel libreto inproducible, rescatando algunas ideas y lanzándose, por fin, a rodar su aparatosa película de acción. Todo ello gracias al "boom" del cine de muertos vivientes que, por entonces, aún se encontraba en pleno despegue. Era, pues, lógico rescatar al padre de la criatura, al iniciador de todo ello, y darle la oportunidad de situarse de nuevo en primera fila, tras años de cierto olvido. Fue la última ocasión que tuvo George A. Romero de recuperar el brillo perdido. Más teniendo en cuenta que se le consideró para dirigir la primera entrega de "Resident Evil", finalmente descartado al juzgar sus maneras demasiado clásicas y "viejunas" para la platea moderna. Y algo de razón tendrían, porque, finalmente, "La tierra de los muertos vivientes" fue el inevitable fracaso taquillero que fue. Aquello terminó de matar al cineasta, quien acabó sus días -muy a su pesar- rodeado de zombies, contando con mucho menos presupuesto y pariendo películas entre la mediocridad y el horror absoluto. Luego, palmó. Y lo hizo frustrado. Jamás logró despegarse del terror (cada vez que lo intentaba se pegaba unos hostiacos gordos, viéndose obligado a regresar con el rabo entre las piernas) y nunca pudo rodar aquel drama victoriano con el que pretendía debutar a finales de los sesenta pero aparcó, consciente que recaudaría escaso montante en taquilla. No puedo evitar pensar en él, u otros de idéntico calibre como Wes Craven o Tobe Hooper, y sentir cierta lástima. Todos parieron grandes obras, pero ¿a qué precio?.
Perdonen el lapsus. Volvamos a "La tierra de los muertos vivientes" y confirmemos que, yes!, sigue siendo un film muy entretenido, de buen ritmo y que pasa bastante rápido. En ese sentido, es uno de los más llevaderos de Don Romerales. La historia resulta interesante, los personajes carismáticos y la supuesta morralla "social" habitual del cineasta prácticamente desaparece (o es tan evidente y trillada, que ni se nota ni traspasa). Hay las esperadas secuencias de truculencia chorreante, aunque sin llegar -obvio, estaba "Universal" detrás- a la crudeza y brutalidad de "El día de los muertos". No obstante, se agradece (a pesar de fugaces feos destellos de CGI) porque somos testigos de una práctica que, lentamente, y a medida que el "boom" zombie crecía y se asentaba, iba desapareciendo: el efecto de los ataques de revividos sobre los humanos. Se ha convertido ya en norma cebarse con los zombies, que son quienes sufren la inmensa ristra de mutilaciones y barbaridades. Pero ya resulta raro ver a una persona con la panza abierta y las tripas siendo devoradas. Eso todavía se da en "La tierra de los muertos vivientes" y, aunque suene enfermizo, uno lo celebra.
En el reparto, unas cuantas caras interesantes. Simon "El mentalista" Baker, el todoterreno pero eficiente Dennis Hopper, un macarra John Leguizamo, el habitual del género Robert Joy y la nota sentimental con el fichaje de la bambina de Dario Argento, Asia (no hace falta hablar a estas alturas de la más que notable relación creativa que Romero y el italiano mantuvieron en el pasado). Todo ello coronado por tres cameos de lujo: Tom Savini retomando su personaje de "Dawn of the dead" (ahora, lógicamente, zombificado) y Simon Pegg + Edgar Wright, por entonces frescos del éxito obtenido con "Shaun of the dead", de la que George A. Romero era fan.
sábado, 14 de febrero de 2026
EL INCIDENTE
La discografía de "The Damned" incluye un LP inicialmente destinado a titularse "Strawberries for Pigs" (finalmente reducido a "Strawberries"), una variación de "Pearls before swine", equivalente británico a nuestro "Dar margaritas a los cerdos". Cuando les preguntaron el motivo de su elección, Dave Vanian, carismático voceras, aclaraba que hacía alusión a su audiencia. Les desconcertaba -en plenos años ochenta- ver como durante sus actuaciones la peña únicamente buscaba bronca, mongolismo y, como mucho, exigía los "great hits" de la banda, pero nada ni medianamente parecido a interesarse por sus nuevas composiciones y/o la música en general. Y es que es muy duro ser un "entertainer", muy injusto. Dedicar todos tus esfuerzos creativos a amenizar a la plebe considero es una de las tareas menos gratas que existen (salvo si asumes una condición de "entertainer" destinado a un único objetivo: tu). ¿Por qué? porque, así a rasgos generales, la gente es muy idiota, caprichosa, ignorante, desconsiderada y cruel. Y lo mismo te ponen en un pedestal, que seguidamente eres hundido en la más apestosa y supurante mierda. Casi como si fuese un acto de venganza, un: "Te otorgamos toda nuestra confianza y ¿así nos lo agradeces? -traducción: no dándonos lo que queremos, del modo que lo queremos- Ahora sabrás lo que vale un peine". En la antigua Roma, aquellos dedicados a amenizar la mediocre existencia de las masas eran considerados ciudadanos de segunda (fuesen actores, fuesen gladiadores). Indignos. Prescindibles. Eso hubiesen sido "The Damned" y, también, M.Night Shyamalan, quien más que muchos, y mejor que otros, ha sufrido en sus carnes ese caprichismo del detestable "respetable".
Vale que, hasta cierto punto, él mismo se lo buscó. Tras recibir elogios mil y comidas de rabo infinitas con "El sexto sentido", "El protegido", "Señales" o, un poco menos pero también, "El bosque", hizo una costra tan inmensa y apestosa como "La joven del agua". Y es que, en su deseo de complacer a los culos plantados en las butacas, se dejaba las meninges cumpliendo con aquello que se esperaba de él: un giro final sorprendente, a cualquier precio, sacrificando incluso el trayecto. Y, claro, tan incansable e insistente dedicación en dorar la píldora a la peña, a empacharla, a mimarla, pues se volvió contra él. El problema es que no aprendió la lección, porque luego lo empeoró pariendo un tipo de cine totalmente ajeno a sus maneras, el "blockbuster", o, dicho de otro modo, productos destinados a hacer felices a TODA clase de público. Shyamalan, hasta entonces amigo de tempos reposados, tramas en torno a personajes, hacedor de un estilo muy personal y propio (que, extrañamente, y de primeras, logró conectar con el populacho), decidió convertirse en un nuevo Spielberg, un nuevo Cameron, pariendo películas espectaculares para la familia, que no solo necesitan ritmo y tramas elementales, también mucha guita, por lo que el riesgo de hostiarse se dobla o triplica. Y así ocurrió con "Airbender: el último guerrero" (que ni he querido ver) y la chaposa y cargante "After Earth". Claro, lo único que logró con ello fue, además de perder su sello personal, alimentar el odio, convirtiéndose en motivo de burla y chanza en las ruedas de prensa y, por supuesto, ese lugar tan mágico y a la vez infernal llamado internet.
Es posible que parte de las críticas negativas estuviesen justificadas, porque al fin y al cabo las respectivas películas -al menos la que yo vi- eran bastante olvidables, pero también lo es que tal torbellino exagerado, descontrolado y absurdo salpicó a las menos malas, o directamente decentes, que hizo entre medias, como "El incidente". Recuerdo la hiper-hostilidad que despertó en su estreno, con todo dios poniéndola a bajar de un burro, pisoteándola y riéndose de ella. Incluso de ideas que, ciertamente, no solo no eran tan risibles, es que el mismo director hacia chanza de ellas en el film, sin tomárselas en serio (por ejemplo, cierta charla entre el protagonista y una planta decorativa de plástico). Ya conocen el mecanismo propio del fanatismo: Ciega. Y la peña, que ha quedado claro es -o puede ser- lerda hasta el paroxismo, pues se apuntaba al linchamiento del pequeño -por tamaño físico- cineasta sin tener muy claro por qué, ni disponiendo de unos argumentos razonados y convincentes, agarrándose a un clavo ardiendo con tal de soltar el rebuzno y, así, situarse junto al resto del rebaño.
"El incidente" no es ni mucho menos una mala película. Ni una ridiculizable. Es un thriller solvente, bien facturado, de buen ritmo, entretenido y que parte de una idea refrescante: La naturaleza está tan hasta la polla del ser humano (¿metáfora / revancha por parte del director?) que las plantas comienzan a expulsar una toxina capaz de convertir a todo aquel que la aspire en un suicida dispuesto a quitarse la vida con lo primero que tenga a mano. Así, las respectivas escenas de muertes colectivas son genuinamente impactantes, con obreros saltando desde las azoteas de edificios en construcción, pistolas pasando de mano en mano, tipos apoltronándose bajo podadoras, cuidadores de un zoo dejándose comer por leones, en fin, una buena ristra de ideas retorcidas. De todo esto tratarán de huir los protagonistas, una pareja en crisis y un padre con su hija, acudiendo a pequeños pueblos -de hermoso aspecto- y viendo como, a pesar de ello, el "mal" se sigue extendiendo. Efectivamente, porque esto es Hollywood, y Shyamalan es Shyamalan, no puede faltar la niña + puyita moralista: La familia es lo primero. Tener hijos salva la vida. Las personas voluntariamente solitarias son peligrosas y están zumbadas. Chuminadas. "El incidente" asegura un rataco saludablemente ameno, y no hay nada mejor que eso.
Ahí va el reparto, injustamente relegado a aquellos rostros más conocidos y curiosos: Mark Wahlberg, la ultra "cuqui" Zooey Deschanel, John Leguizamo, Betty Buckley, Jeremy Strong, el bueno de Alan Ruck y Frank Collison, al que siempre recordaré como villano de cabeza flotante en nada menos que "Dollman".
En cuanto al bueno de M.Night Shyamalan, pues finalmente logró reencauzar su carrera. Quitarse de encima los moscardones y la mala prensa. Es lo que tienen las modas, que tal como vienen, se van. Pero dejó huella. El cineasta nunca se recuperó del todo, pariendo thrillers "como los que hacía antes" pero carentes de chispa ("Tiempo", "Llaman a la puerta"), o directamente productos de consumo medio tirando a insufribles u olvidables ("Múltiple", "Glass (Cristal)" esta última secuela tardía de uno de sus films mejor considerados, típica salida de todo creador consciente del descenso de su tirón comercial), especialmente en el caso de "La trampa", que podría haber estado muy bien, pero queda completamente destruida por el ansia nepotista del director, una tendencia por desgracia cada vez más recurrente. Cuidadín Manoj Nelliyattu "M. Night" Shyamalan, que con el currículum que gastas no estás tu para redespertar antipatías. Luego pasa lo que pasa y me lloras.
Vale que, hasta cierto punto, él mismo se lo buscó. Tras recibir elogios mil y comidas de rabo infinitas con "El sexto sentido", "El protegido", "Señales" o, un poco menos pero también, "El bosque", hizo una costra tan inmensa y apestosa como "La joven del agua". Y es que, en su deseo de complacer a los culos plantados en las butacas, se dejaba las meninges cumpliendo con aquello que se esperaba de él: un giro final sorprendente, a cualquier precio, sacrificando incluso el trayecto. Y, claro, tan incansable e insistente dedicación en dorar la píldora a la peña, a empacharla, a mimarla, pues se volvió contra él. El problema es que no aprendió la lección, porque luego lo empeoró pariendo un tipo de cine totalmente ajeno a sus maneras, el "blockbuster", o, dicho de otro modo, productos destinados a hacer felices a TODA clase de público. Shyamalan, hasta entonces amigo de tempos reposados, tramas en torno a personajes, hacedor de un estilo muy personal y propio (que, extrañamente, y de primeras, logró conectar con el populacho), decidió convertirse en un nuevo Spielberg, un nuevo Cameron, pariendo películas espectaculares para la familia, que no solo necesitan ritmo y tramas elementales, también mucha guita, por lo que el riesgo de hostiarse se dobla o triplica. Y así ocurrió con "Airbender: el último guerrero" (que ni he querido ver) y la chaposa y cargante "After Earth". Claro, lo único que logró con ello fue, además de perder su sello personal, alimentar el odio, convirtiéndose en motivo de burla y chanza en las ruedas de prensa y, por supuesto, ese lugar tan mágico y a la vez infernal llamado internet.
Es posible que parte de las críticas negativas estuviesen justificadas, porque al fin y al cabo las respectivas películas -al menos la que yo vi- eran bastante olvidables, pero también lo es que tal torbellino exagerado, descontrolado y absurdo salpicó a las menos malas, o directamente decentes, que hizo entre medias, como "El incidente". Recuerdo la hiper-hostilidad que despertó en su estreno, con todo dios poniéndola a bajar de un burro, pisoteándola y riéndose de ella. Incluso de ideas que, ciertamente, no solo no eran tan risibles, es que el mismo director hacia chanza de ellas en el film, sin tomárselas en serio (por ejemplo, cierta charla entre el protagonista y una planta decorativa de plástico). Ya conocen el mecanismo propio del fanatismo: Ciega. Y la peña, que ha quedado claro es -o puede ser- lerda hasta el paroxismo, pues se apuntaba al linchamiento del pequeño -por tamaño físico- cineasta sin tener muy claro por qué, ni disponiendo de unos argumentos razonados y convincentes, agarrándose a un clavo ardiendo con tal de soltar el rebuzno y, así, situarse junto al resto del rebaño.
"El incidente" no es ni mucho menos una mala película. Ni una ridiculizable. Es un thriller solvente, bien facturado, de buen ritmo, entretenido y que parte de una idea refrescante: La naturaleza está tan hasta la polla del ser humano (¿metáfora / revancha por parte del director?) que las plantas comienzan a expulsar una toxina capaz de convertir a todo aquel que la aspire en un suicida dispuesto a quitarse la vida con lo primero que tenga a mano. Así, las respectivas escenas de muertes colectivas son genuinamente impactantes, con obreros saltando desde las azoteas de edificios en construcción, pistolas pasando de mano en mano, tipos apoltronándose bajo podadoras, cuidadores de un zoo dejándose comer por leones, en fin, una buena ristra de ideas retorcidas. De todo esto tratarán de huir los protagonistas, una pareja en crisis y un padre con su hija, acudiendo a pequeños pueblos -de hermoso aspecto- y viendo como, a pesar de ello, el "mal" se sigue extendiendo. Efectivamente, porque esto es Hollywood, y Shyamalan es Shyamalan, no puede faltar la niña + puyita moralista: La familia es lo primero. Tener hijos salva la vida. Las personas voluntariamente solitarias son peligrosas y están zumbadas. Chuminadas. "El incidente" asegura un rataco saludablemente ameno, y no hay nada mejor que eso.
Ahí va el reparto, injustamente relegado a aquellos rostros más conocidos y curiosos: Mark Wahlberg, la ultra "cuqui" Zooey Deschanel, John Leguizamo, Betty Buckley, Jeremy Strong, el bueno de Alan Ruck y Frank Collison, al que siempre recordaré como villano de cabeza flotante en nada menos que "Dollman".
En cuanto al bueno de M.Night Shyamalan, pues finalmente logró reencauzar su carrera. Quitarse de encima los moscardones y la mala prensa. Es lo que tienen las modas, que tal como vienen, se van. Pero dejó huella. El cineasta nunca se recuperó del todo, pariendo thrillers "como los que hacía antes" pero carentes de chispa ("Tiempo", "Llaman a la puerta"), o directamente productos de consumo medio tirando a insufribles u olvidables ("Múltiple", "Glass (Cristal)" esta última secuela tardía de uno de sus films mejor considerados, típica salida de todo creador consciente del descenso de su tirón comercial), especialmente en el caso de "La trampa", que podría haber estado muy bien, pero queda completamente destruida por el ansia nepotista del director, una tendencia por desgracia cada vez más recurrente. Cuidadín Manoj Nelliyattu "M. Night" Shyamalan, que con el currículum que gastas no estás tu para redespertar antipatías. Luego pasa lo que pasa y me lloras.
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