viernes, 15 de abril de 2011

LA NUEVA PESADILLA

A mediados de los 90, el grado de putismo de Freddy Krueger había alcanzado ya cotas absurdas. Después de tantas pelis, tantos anuncios, tanto merchandising desbocado y tanta tontería, se había convertido en una pálida sombra de lo que fue. El más famoso, simpático y amado pederasta del cine era un personaje casi infantil, totalmente blanco, ridículo y nada amenazador. Su padre, el papanatas de Wes Craven, decidió hacer una peli que, no solo le devolviera la digndidad, también recuperara sus más aterradoras virtudes. Semejante invento se tituló "La nueva pesadilla" (o "La nueva pesadilla de Wes Craven"... aunque podría haberse titulado "La nueva pesadilla del espectador") y se suponía que, contando con guión y dirección del mismo tipo que hizo el "Pesadilla en Elm Street" original, el mito iba a volver por la puerta grande. Nada más falso. La gente (y sobre todo, los productores) habían olvidado uno de los aspectos más recurrentes en la carrera de Wes Craven, su capacidad de pifiarla tremebundamente tras parir un éxito. Bien, este último hacía ya años que quedaba atrás, y era momento de que Mr.Craven volviera a tropezar. Cosa que hizo sonoramente.
El mayor tributo de "La nueva pesadilla" consiste en narrar la historia desde el otro lado de las cámaras. Es decir, los protas son los perpetradores del primer film, Heather Langenkamp se interpreta a si misma (tan sosamente como siempre), Robert Englund hace de Robert Englund, Wes Craven de Wes Craven, Robert Shaye (jefe de "New Line") de Robert Shaye y John Saxon de John Saxon (más algunos de los actores secundarios que se prestan a escuetos roles... o directamente, cameos). Toda esa parte es la más graciosa, en la que se retratan las movidas entre bambalinas y Craven aprovecha para echar unas cuantas puyas al resto de pelis... y a sí mismo... no sé yo si lo hace a drede o no, pero aparece como un gilipollas pretencioso que no acepta que únicamente hace pelis de terror adolescente y las reviste de pajas mentales filosóficas (por cierto, en su mesa del comedor reposa la Maria, el trofeo oficial del Festival de Sitges). Total, que Freddy Krueger, el personaje, era algo así como "la cárcel metafórica" de una entidad maligna. Al morir el personaje, dicha entidad se quedó con ganas de más, así que se transumtó en su propio Freddy y decidió putear a aquellos que le vieron nacer y crecer y, muy especialmente, a la churri que lo mató en el film original, la mentada Langenkamp (que por cierto, se supone que tiene un hijo... un niño de lo más repugnante, feo y odioso... de verdad, yo tengo un hijo así y lo lanzo por la ventana). Pues vale.
En aquellos tiempos se habló mucho de que Krueger aparecería con una imagen más dura y terrorífica... y sí, se intenta... lleva pantalones de cuero negro y botazas, los colores de su jersey son más oscuros, su maquillaje más feo que en los títulos precedentes, sus uñas de acero más largas y él se gasta un poco más de mala uva, además de reservarse la aparición hacia la parte final del film. Sin embargo, cuando se deja ver, resulta ser patético... muy fácil de tumbar y con unos caretos que provocan la risotada. Una pena. La cosa en general es una pifia tremendamente aburrida y previsible, directamente mala, a la que no la salva ni la nostalgia. Después de ver esto, no me sorprende que para el nuevo Freddy buscaran a otro actor y apostaran por hacerlo más hijo de puta, porque ¿quien quería un payaso en la pesadilla del nuevo siglo?.
Recuerdo haber visto "La nueva pesadilla" en el cine, con un amigo, y bostezar tanto como hace un par de noches. La cuestión es que fue un merecido fracaso de taquilla y Krueger no volvió a asomar el careto hasta que "Jason Voorhees" salió en su ayuda.
Lo dicho, mala de esas que duelen.