No hace demasiado tiempo, quizás con el uso de las redes sociales, se implantó en la jerga estadounidense el término “Karen”. Este sirve para referirse de manera despectiva a un estereotipo concreto: la típica cuarentona, bocazas, irrespetuosa y que a menudo suele llevar el pelo corto estilo chico. Aquí en España no se maneja —todavía— porque el castellano es rico en terminologías peyorativas y, de toda la vida, hemos empleado vocablos que vienen a significar lo mismo que “Karen”: “Maruja” o “Choni”, serían buenos ejemplos. Es más, diría que el más aproximado al término anglosajón sería concretamente “Choni”.
Una vez sabido esto, comprenderemos la estúpida broma perpetrada por el infame, calvo y miserable Shawn C. Phillips, uno de los nombres más recurrentes del SOV actual que, aparte de realizar sus películas grabadas en vídeo, tiene un canal de Youtube de gama media tirando a baja, en la que opera bajo el irritante nombre de “Coolduder”.
Como ya saben, lo de ambientar cualquier película de baja estofa en el “barrio” de Amityville, no es una cuestión homenajística (en algún caso sí, como en “The Amityville Legacy”), es pura rutina para aparecer primero en las búsquedas de las plataformas en las que se suelen alojar todas estas cosas (porque Amityville comienza por la letra “A”), y esa es la única razón de ser del “Amityvillexploitation”.
En esta ocasión, la acción se centra dentro del vecindario de Amityville, donde tenemos una “Karen” que además de depilarse los sobacos, ponerse mascarillas y perfume barato, gusta de coquetear con los hombres rudos y fortachones (los llamados “Guidos”) y echar reprimendas sin sentido a sus congéneres.
Cerca de donde vive hay un restaurante en crisis, así que Karen aprovechará para robarles una botella de vino que se beberá al calor de su hogar. Claro, la botella está maldita y, en consecuencia, Karen vivirá toda suerte de sucesos paranormales para luego ella asesinar a quien se ponga en su camino.
Al margen de que esta sinopsis suena algo mejor de lo que es, no hay nada en “Amityville Karen” novedoso, original o ingenioso. Esto es materia muerta por parte de Shawn C. Phillips, que le pone menos ganas y menos ilusión al asunto que si le tocara realizar un vídeo de boda. Phillips hace alarde de la vagancia más absoluta porque, al fin y al cabo, la película es lo de menos, tan solo está concebida para figurar, para estar en plataformas o, como Naxo diría, para conseguir clicks.
Entonces, "Amityville Karen" es medio visible durante los primeros diez minutos iniciales, que cuentan con un montaje más o menos dinámico y se nos presenta a Karen de manera más o menos divertida. Pasados esos minutos, la cosa va combinando eternos planos medios en los que los actores conversan intrascendentemente, tías escuálidas que muestran sus tetas, maquillajes y efectos especiales de baratillo, y algo de gore para justificar la adscripción de esta ponzoña al género de terror.
En el terreno de las tetas, ni siquiera se las vemos a la protagonista, Lauren Francesca, la que hace de Karen, habitual en cintas de corte independiente de variado pelaje, que es monilla, resultona y la intuimos unos estupendos pechos. Se las vemos, en cambio, a las secundarias esqueléticas y poco apetecibles que se prestan a desnudarse a cambio de un bocadillo de mortadela en la película de Phillips. Lo cual es casi mejor porque va acorde en baja calidad al resto del artefacto y este, en general, se vuelve más desagradable.
Por supuesto, Shawn C. Phillips tiene un ego inmenso equiparable únicamente a su falta de talento y se asigna un papel secundario; es uno de los camareros del restaurante donde la Karen manga el vino maldito, y le vemos en todo su esplendor, luciendo hechuras de ex obeso que va recuperando su estado natural, prominente calva y rodapiés a lo Saza. Y habla, habla, habla, dando vida a un personaje que, como el propio director, intuyo, vive en casa de sus padres.
La producción la firma Ron Bonk, estandarte del SOV noventero, que -tirando erróneamente de la etiqueta underground- gestiona los papeleos legales de toda esta ralea de películas, dándole igual el resultado de las mismas y poniendo el número de cuenta. Al menos no está matando perros.
Y poco más. Como digo, estas cosas no las veo buscando diversión, sino más bien por razones antropológicas y, en ese sentido, “Amityville Karen” cumple con creces su cometido, aunque para ello tenga que soportar una hora y cuarenta y seis minutos de la más absoluta nada.
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lunes, 1 de enero de 2024
martes, 8 de octubre de 2024
MOVIE MADNESS
Antes de entrar en esta cosa marciana que es “Movie Madness” (cuyo visionado es lo más semejante a mirar a través de un calidoscopio negro. Realmente la reseña de lo que es la peli se podía resumir en dos líneas), me gustaría hablar de su principal artífice, Phillip Penza, que me parece un tipo tan interesante como poco diestro a la hora de ejecutar cualquiera de sus producciones.
Penza, natural de Brooklyn, afroamericano, no dista mucho de cualquier cineasta adscrito a una corriente que, según moda y temporada, se estila mucho en nuestro país; la del cine “independiente”, o como los modernos lo llamaron hace no demasiado, películas “low cost” (termino que como no devino en nada, pronto pasó de moda, gracias a dios). Hablando en plata; Phillip Penza es productor, guionista y director de películas semi-amateur de bajísimo presupuesto que no interesan a nadie. Pasa que Estados Unidos es muy grande y un tipo de las calles como él, sabe monetizar y sacar beneficio de su material. Nada raro, hay individuos como Sean Weathers que también se dedica a eso, por no hablar de Dustin Ferguson o el calvo, Shawn C. Phillips, que económica y evolutivamente están varios peldaños por debajo de Penza, y son distintos tanto en fondo como en forma.
Phillip Penza en realidad es un ex soldado del ejército de los Estados Unidos, además de boxeador y preparador físico. Montó negocios en torno al fitness y, de rebote, tomó contacto con lo audiovisual a raíz de aparecer en programas de la ABC en calidad de entrenador deportivo. Pero claro, vio las cámaras, cómo realizaban los programas y demás, y quedó enamorado del medio, lo que le llevó a plantearse una carrera audiovisual y/o creativa. Así que, su primer impulso, fue escribir novelas.
Un productor de cine y televisión, David A. Rosemont, coincidió una vez con Penza, y este le instó a que leyera una novela que había publicado no hace demasiado, “My name is nobody”. Un folletín semi autobiográfico en torno al mundo del boxeo. Rosemont no solo la leyó, sino que le dio feedback positivo al respecto. Y no, no decidió producir la película; tan solo sirvió de percutor para que el propio Penza decidiera hacerlo por su cuenta , poniendo en marcha así "Little Books, Little Films", productora bajo la que el hombre da rienda suelta a su mediocridad en forma de novelas y películas muchas veces guerrilleras. El modus operandi consiste en filmar con cámaras de gama media, muchas veces teléfonos móviles, equipo humano reducido y planes de rodaje adaptados a las necesidades de sus “estrellas”. El montaje suele ser de lo más discretito y, la música, de librería, libre de derechos. Una vez que Penza finaliza una película, la estrena a sala llena en algún cine local. No se amedrenta si no la consigue, y estrena en restaurantes si es preciso, y, una vez ha estrenado (acto este que solo le sirve para dar bombo y platillo a su película en ciernes en las redes sociales) la mueve por toda plataforma de streaming a la que le dejen subirla, además de colgar alguna de ellas en su web de manera gratuita. Y así el hombre, además de con sus otros negocios, va tirando.
Antes de embarcarse en la producción de estos "films", Penza tuvo la oportunidad de realizar un programa de entrevistas sobre estilos de vida saludables, donde se incluían a varias celebridades. De este modo, contactó con gente como Lorenzo Lamas o Eric Roberts, que no solo se unirían a los repartos de sus películas sino que, en alguna ocasión, incluso le ayudarían a financiarlas (como es el caso de Lamas, que co-produce aquella de la que les voy a hablar a continuación). Famosos venidos a menos como Vivica A. Fox (salía en alguna de Tarantino) también formarían parte de su elenco habitual, Pero, sobre todo, hizo buenas migas con la leyenda del rap Big Daddy Kane con el que trabajaría codo con codo en la mayoría de sus películas en calidad de co-productor, actor, e incluso de co-director. Es decir, que Kane y Penza, formaron tándem en esto del "cine" de bajo presupuesto, cosa que no deja de llamarme la atención porque, puedo entender que Big Daddy Kane, al igual que Lorenzo Lamas, estén en horas bajas económicamente hablando, pero meterse en embolados de este calibre que, obviamente, no les puede reportar mucho, es un acto de amor o de ingenuidad ¿Qué necesidad tiene Big Daddy Kane de firmar y financiar estas cosas? ¿Qué necesidad hay de hacer una serie de películas tan horrorosas?
Como sea, el caso es que estas celebridades en decadencia le permiten a Penza tener un cartel más o menos interesante con el que vender sus películas, unos créditos en los que aparecen como protagonistas pero, luego, sus actuaciones se reducen a lo mínimo, cinco o seis minutos en pantalla, con el grueso del largometraje compuesto de actores amateur cuyas interpretaciones desafían las leyes de la lógica.
“Movie Madness” sería una de estas películas de Phillip Penza. Junto a él, en la producción tenemos a Lorenzo Lamas y a Antonio Hardy (verdadero nombre de Kane), en la dirección figura el propio Penza codo a codo con Kane y, en el reparto, a todos ellos, además de otra vieja leyenda del rap, Christopher “Play” Martin de Kid –n- Play. Sus nombres salen en primer término en los títulos de crédito, pero tienen que pasar 48 minutos para que Lorenzo Lamas haga acto de presencia. Seguidamente aparece Kane, y luego desaparecen hasta llegado el final que vuelven a salir otro momento. El papel de Christopher Martin se reduce a cameo de menos de un minuto, insertado ahí con calzador para justificar su presencia. Le habla al teléfono sobre una serie de negocios en un único plano que, imagino, iría igual de bien aquí que en cualquier otra película de la casa.
Entonces, la cosa va de dos individuos que, ataviados de una forma muy extraña (vestidos de mujer, mascaras de carnaval y peluca), secuestran un cine (en el que están proyectando una película del propio Penza) y allí, organizan una masacre disparando a sangre fría a todo aquel que les lleva la contraria. Los criminales no tienen una motivación aparente para hacer hacer eso. Cuando ejecutan a casi toda la platea, deciden poner fin a sus vidas suicidándose. Pronto la policía (Lamas y Kane) irá al lugar de los hechos para averiguar que ha pasado. Y fin. Esa sería la sinopsis, pero, nada más comenzar, el espectador es testigo de una trama semigangsteril en la que uno de los protagonistas negocia algo relativo al cine donde van a suceder los hechos, en un arco que nunca llega a finiquitarse o a tener relación con la trama principal. Así mismo, a modo de epílogo (y después de otra escena anterior que ya servía de epílogo…) tenemos unas imágenes rodadas en plan guerrillero, probablemente con el móvil, en las que los hombres enmascarados interactúan con los viandantes (uno de ellos le da limosna a un mendigo, en lo que parece una acción real filmada a hurtadillas…) o se nos muestra la Torre Eiffel de arriba abajo y grabada con zoom desde lo lejos. Una forma como otra de alargar metraje o de aprovechar un viaje a París. Nada nuevo por otro lado. Nos lo sirven en el montaje de manera onírica y no desentona mucho, pero es tan cutre… y no solo cutre, es que no tiene absolutamente nada que ver con lo que estamos viendo, por mucho que los que se dan paseos por París sean los dos individuos que se cargan al cine entero.
Otra cosa digna de reseñar es que, una vez entran en el cine y comienza la función, todo se desarrolla a oscuras, por lo que más de un 70% no se ve… Como aquellas antiguas cintas VHS mal telecinadas, solo que esta vez, con los adelantos digitales, se debe a la absoluta incompetencia de la producción. O quizás esa mierda es una elección estética, váyanse a saber.
Pero la guinda del pastel llega justo al final, antes de dar paso a los créditos volvemos al patio de butacas y vemos, con la imagen en negativo, todo los cadáveres repartidos por los asientos y cómo un individuo apunta con una recortada hacia nosotros los espectadores, y dispara. Entonces, Phillip Penza rompe la cuarta pared y, dirigiéndose a nosotros, aparece soltando un discursito anti violencia, acusándonos de haber disfrutado de esta durante el visionado, en lugar de ser mejores personas con nuestros congéneres. También insta a que, si somos testigos de una de estas catástrofes humanas, en lugar de utilizar nuestros móviles para grabar, lo usemos para llamar a emergencias. Todo muy moralista, con un tufo evangélico-cristiano que tira de espaldas y no exento de vergüenza ajena. Además de hipócrita, porque menudo discursito se suelta después de haber hecho una película en la que solamente hay muerte y disparos, se sitúa el resto del reparto detrás de él, incluidos Kane y Lamas, y citan un lugar real en el que ha ocurrido alguna de estas matanzas, a saber; el 11 de Septiembre, la maratón de Boston, Columbine… o el cine donde un zumbado disfrazado del Joker se lió a tiros durante la proyección de “El caballero oscuro”. Para mear y no echar gota.
Todo esto hace a Penza sumamente fascinante. Pero claro, ver una película suya supone un sobre esfuerzo. Supongo que iré consumiendo algunas poco a poco (además en todas sale Big Daddy Kane que ha debido cogerle el gusto a la mierda, porque, después de estas experiencias con Penza, le podemos ver metido hasta el cuello en otras producciones similares de otros realizadores baratos), pero sin demasiada fruición porque, al final, no son más que la mierda que podría hacer cualquiera de ustedes con un par de contactos, un par de actores en decadencia, y un par de cámaras y móviles de última generación: la nada más absoluta. No obstante, si les puede la curiosidad, Penza es responsable de títulos como “Real Blood”, “Boyz from the streetz” o “Water”.
Quizás el amigo aparezca de nuevo por aquí en el futuro. Pero no les aseguro nada.
Penza, natural de Brooklyn, afroamericano, no dista mucho de cualquier cineasta adscrito a una corriente que, según moda y temporada, se estila mucho en nuestro país; la del cine “independiente”, o como los modernos lo llamaron hace no demasiado, películas “low cost” (termino que como no devino en nada, pronto pasó de moda, gracias a dios). Hablando en plata; Phillip Penza es productor, guionista y director de películas semi-amateur de bajísimo presupuesto que no interesan a nadie. Pasa que Estados Unidos es muy grande y un tipo de las calles como él, sabe monetizar y sacar beneficio de su material. Nada raro, hay individuos como Sean Weathers que también se dedica a eso, por no hablar de Dustin Ferguson o el calvo, Shawn C. Phillips, que económica y evolutivamente están varios peldaños por debajo de Penza, y son distintos tanto en fondo como en forma.
Phillip Penza en realidad es un ex soldado del ejército de los Estados Unidos, además de boxeador y preparador físico. Montó negocios en torno al fitness y, de rebote, tomó contacto con lo audiovisual a raíz de aparecer en programas de la ABC en calidad de entrenador deportivo. Pero claro, vio las cámaras, cómo realizaban los programas y demás, y quedó enamorado del medio, lo que le llevó a plantearse una carrera audiovisual y/o creativa. Así que, su primer impulso, fue escribir novelas.
Un productor de cine y televisión, David A. Rosemont, coincidió una vez con Penza, y este le instó a que leyera una novela que había publicado no hace demasiado, “My name is nobody”. Un folletín semi autobiográfico en torno al mundo del boxeo. Rosemont no solo la leyó, sino que le dio feedback positivo al respecto. Y no, no decidió producir la película; tan solo sirvió de percutor para que el propio Penza decidiera hacerlo por su cuenta , poniendo en marcha así "Little Books, Little Films", productora bajo la que el hombre da rienda suelta a su mediocridad en forma de novelas y películas muchas veces guerrilleras. El modus operandi consiste en filmar con cámaras de gama media, muchas veces teléfonos móviles, equipo humano reducido y planes de rodaje adaptados a las necesidades de sus “estrellas”. El montaje suele ser de lo más discretito y, la música, de librería, libre de derechos. Una vez que Penza finaliza una película, la estrena a sala llena en algún cine local. No se amedrenta si no la consigue, y estrena en restaurantes si es preciso, y, una vez ha estrenado (acto este que solo le sirve para dar bombo y platillo a su película en ciernes en las redes sociales) la mueve por toda plataforma de streaming a la que le dejen subirla, además de colgar alguna de ellas en su web de manera gratuita. Y así el hombre, además de con sus otros negocios, va tirando.
Antes de embarcarse en la producción de estos "films", Penza tuvo la oportunidad de realizar un programa de entrevistas sobre estilos de vida saludables, donde se incluían a varias celebridades. De este modo, contactó con gente como Lorenzo Lamas o Eric Roberts, que no solo se unirían a los repartos de sus películas sino que, en alguna ocasión, incluso le ayudarían a financiarlas (como es el caso de Lamas, que co-produce aquella de la que les voy a hablar a continuación). Famosos venidos a menos como Vivica A. Fox (salía en alguna de Tarantino) también formarían parte de su elenco habitual, Pero, sobre todo, hizo buenas migas con la leyenda del rap Big Daddy Kane con el que trabajaría codo con codo en la mayoría de sus películas en calidad de co-productor, actor, e incluso de co-director. Es decir, que Kane y Penza, formaron tándem en esto del "cine" de bajo presupuesto, cosa que no deja de llamarme la atención porque, puedo entender que Big Daddy Kane, al igual que Lorenzo Lamas, estén en horas bajas económicamente hablando, pero meterse en embolados de este calibre que, obviamente, no les puede reportar mucho, es un acto de amor o de ingenuidad ¿Qué necesidad tiene Big Daddy Kane de firmar y financiar estas cosas? ¿Qué necesidad hay de hacer una serie de películas tan horrorosas?
Como sea, el caso es que estas celebridades en decadencia le permiten a Penza tener un cartel más o menos interesante con el que vender sus películas, unos créditos en los que aparecen como protagonistas pero, luego, sus actuaciones se reducen a lo mínimo, cinco o seis minutos en pantalla, con el grueso del largometraje compuesto de actores amateur cuyas interpretaciones desafían las leyes de la lógica.
“Movie Madness” sería una de estas películas de Phillip Penza. Junto a él, en la producción tenemos a Lorenzo Lamas y a Antonio Hardy (verdadero nombre de Kane), en la dirección figura el propio Penza codo a codo con Kane y, en el reparto, a todos ellos, además de otra vieja leyenda del rap, Christopher “Play” Martin de Kid –n- Play. Sus nombres salen en primer término en los títulos de crédito, pero tienen que pasar 48 minutos para que Lorenzo Lamas haga acto de presencia. Seguidamente aparece Kane, y luego desaparecen hasta llegado el final que vuelven a salir otro momento. El papel de Christopher Martin se reduce a cameo de menos de un minuto, insertado ahí con calzador para justificar su presencia. Le habla al teléfono sobre una serie de negocios en un único plano que, imagino, iría igual de bien aquí que en cualquier otra película de la casa.
Entonces, la cosa va de dos individuos que, ataviados de una forma muy extraña (vestidos de mujer, mascaras de carnaval y peluca), secuestran un cine (en el que están proyectando una película del propio Penza) y allí, organizan una masacre disparando a sangre fría a todo aquel que les lleva la contraria. Los criminales no tienen una motivación aparente para hacer hacer eso. Cuando ejecutan a casi toda la platea, deciden poner fin a sus vidas suicidándose. Pronto la policía (Lamas y Kane) irá al lugar de los hechos para averiguar que ha pasado. Y fin. Esa sería la sinopsis, pero, nada más comenzar, el espectador es testigo de una trama semigangsteril en la que uno de los protagonistas negocia algo relativo al cine donde van a suceder los hechos, en un arco que nunca llega a finiquitarse o a tener relación con la trama principal. Así mismo, a modo de epílogo (y después de otra escena anterior que ya servía de epílogo…) tenemos unas imágenes rodadas en plan guerrillero, probablemente con el móvil, en las que los hombres enmascarados interactúan con los viandantes (uno de ellos le da limosna a un mendigo, en lo que parece una acción real filmada a hurtadillas…) o se nos muestra la Torre Eiffel de arriba abajo y grabada con zoom desde lo lejos. Una forma como otra de alargar metraje o de aprovechar un viaje a París. Nada nuevo por otro lado. Nos lo sirven en el montaje de manera onírica y no desentona mucho, pero es tan cutre… y no solo cutre, es que no tiene absolutamente nada que ver con lo que estamos viendo, por mucho que los que se dan paseos por París sean los dos individuos que se cargan al cine entero.
Otra cosa digna de reseñar es que, una vez entran en el cine y comienza la función, todo se desarrolla a oscuras, por lo que más de un 70% no se ve… Como aquellas antiguas cintas VHS mal telecinadas, solo que esta vez, con los adelantos digitales, se debe a la absoluta incompetencia de la producción. O quizás esa mierda es una elección estética, váyanse a saber.
Pero la guinda del pastel llega justo al final, antes de dar paso a los créditos volvemos al patio de butacas y vemos, con la imagen en negativo, todo los cadáveres repartidos por los asientos y cómo un individuo apunta con una recortada hacia nosotros los espectadores, y dispara. Entonces, Phillip Penza rompe la cuarta pared y, dirigiéndose a nosotros, aparece soltando un discursito anti violencia, acusándonos de haber disfrutado de esta durante el visionado, en lugar de ser mejores personas con nuestros congéneres. También insta a que, si somos testigos de una de estas catástrofes humanas, en lugar de utilizar nuestros móviles para grabar, lo usemos para llamar a emergencias. Todo muy moralista, con un tufo evangélico-cristiano que tira de espaldas y no exento de vergüenza ajena. Además de hipócrita, porque menudo discursito se suelta después de haber hecho una película en la que solamente hay muerte y disparos, se sitúa el resto del reparto detrás de él, incluidos Kane y Lamas, y citan un lugar real en el que ha ocurrido alguna de estas matanzas, a saber; el 11 de Septiembre, la maratón de Boston, Columbine… o el cine donde un zumbado disfrazado del Joker se lió a tiros durante la proyección de “El caballero oscuro”. Para mear y no echar gota.
Todo esto hace a Penza sumamente fascinante. Pero claro, ver una película suya supone un sobre esfuerzo. Supongo que iré consumiendo algunas poco a poco (además en todas sale Big Daddy Kane que ha debido cogerle el gusto a la mierda, porque, después de estas experiencias con Penza, le podemos ver metido hasta el cuello en otras producciones similares de otros realizadores baratos), pero sin demasiada fruición porque, al final, no son más que la mierda que podría hacer cualquiera de ustedes con un par de contactos, un par de actores en decadencia, y un par de cámaras y móviles de última generación: la nada más absoluta. No obstante, si les puede la curiosidad, Penza es responsable de títulos como “Real Blood”, “Boyz from the streetz” o “Water”.
Quizás el amigo aparezca de nuevo por aquí en el futuro. Pero no les aseguro nada.
viernes, 26 de agosto de 2022
AMITYVILLE IN THE HOOD
Tras la repercusión de su “The Amityville Legacy”, Dustin Ferguson continuó haciendo películas amateur como churros y a medida que se iba imponiendo el estilo idiotesco de “The Asylum” con los sharknados y demás, Ferguson, por demanda popular, fue idiotizando su estilo al mismo tiempo. Eso no fue óbice para que le sacara partido a su preciosa maqueta de la casa de Amityville y al hecho de que podía hacer tantas películas sobre el tema como le apeteciera puesto que no había derechos que amparasen a la franquicia. Así que grabó una segunda, más exagerada y con más efectos especiales que la primera, titulada “Amityville: The Evil never dies” (también conocida como “Amitivylle Clownhouse”) en la que esta vez se disponía de un payaso como móvil de la endeble trama.
Pero claro, cada vez es todo más como el coño de la Bernarda y se empiezan a estilar toda suerte de crossovers extraños, lo que propicia que montones de directores SOV quieran sacar provecho del nombre de Amityville rodando variantes a cada cual más desquiciada. El amigo Mark Polonia se saca de la manga “The Amityville Exorcism” y, más alocada todavía, “Amityville in Space”, pero también tenemos cosas ya absolutamente ridículas como “Amitivylle Thanksgivin”, una cosa cuya caratula expone en primer plano a un pavo de acción de gracias y, en la lejanía, la casa de Amityville (?) dirigida por un tal Will Collazo Jr., “Amityville Bigfoot” del youtuber/actor Shawn C. Phillips y, ya el colmo de la desfachatez, “Amityville Cop” de Gregory Hatanaka.
“Amityville in the hood” responde a una de estas variantes estúpidas, y la cosa consiste en ambientar Amityville en el gueto. Nada nuevo por otro lado, esto ya se ha hecho con anterioridad en la franquicia Leprechaun que llevaba al duende a los suburbios negros en dos películas, e incluso en el cine mainstream se ha coqueteado con mezclar horror y gangstas en films como “Bones” o “El convento del diablo”.
Así tenemos un grupo de pandilleros que roban una partida de marihuana cultivada en la casa de Amityville (??) y la distribuyen en Compton, en la otra punta del país, y como la marihuana está poseída por espíritus malignos se arma la marimorena. Una excusa como otra cualquiera para mostrarnos un par negratas (solo un par, que en el ambiente de Ferguson no debe haber demasiados) diciendo mother fucker continuamente y poco más.
Se trata de una película absolutamente incompetente que pretende tener una continuidad con los Amityvilles originales y con los títulos pergeñados por Ferguson, pero el individuo esta vez solo tiene la idea loca, sin nada que contarnos. Así, se la toma a total cachondeo e incluye escenas humorísticas, como la inicial en que una prostituta suelta chascarrillos con un pandillero que quiere que se la chupe por 20 dólares, para acto seguido ser eliminada de un disparo por el jefe de la pandilla por chuparla mal (otra vez ??). Por otro lado tenemos un detective que conduce por Compton y de esta manera Ferguson se quita de encima como diez minutazos de metraje, solucionando esto con un viajecito en coche por el gueto, grabando desde el asiento del copiloto y mostrándonos la miseria del suburbio en una travesía en coche real. También usa mucho relleno de exteriores filmados con drones, donde se saca de la manga una bonita panorámica nocturna de la estatua de la libertad que no viene ni a cuento. Y para rematar, y al mas puro estilo Amityville, más de media hora de metraje se compone de flashbacks que nos recuerdan acontecimientos de las dos anteriores películas de Ferguson sobre la celebre casa encantada… pero todo es impostado, nada genuino y hasta esos flashbacks están ahí de manera homenajística, (sin duda Ferguson podría haber desarrollado más la trama y ahorrarse el cortapega… pero hace cortapega porque en las películas originales de la saga se hacía y eso mola…) así que no tienen valor trash alguno. En letra de molde: “Amityville in the hood” es una basura. Y una estafa.
Ferguson además debe ser incluso consciente de esto, porque aunque todo el que la ha visto sabe que es una película suya, decide firmarla bajo el seudónimo Dark Infinity, váyanse ustedes a saber por qué.
Y sin más… Como siempre digo, estas películas sirven para saciar la curiosidad de uno, pero en pleno 2022 ni siquiera algo tan marciano como llevar Amityville al gueto es original o gracioso. Esto es ya el exploitation del exploitation del exploitation… pero en malo, mal hecho y aburrido.
Y todavía algún gilipollas se atreve a asegurar en la prensa especializada que Dustin Ferguson es el Roger Corman del siglo XXI. Algún amigo suyo, supongo. O algún gacetillero con cierto retraso mental. O algún desgraciado. O váyanse ustedes a saber.
Pero claro, cada vez es todo más como el coño de la Bernarda y se empiezan a estilar toda suerte de crossovers extraños, lo que propicia que montones de directores SOV quieran sacar provecho del nombre de Amityville rodando variantes a cada cual más desquiciada. El amigo Mark Polonia se saca de la manga “The Amityville Exorcism” y, más alocada todavía, “Amityville in Space”, pero también tenemos cosas ya absolutamente ridículas como “Amitivylle Thanksgivin”, una cosa cuya caratula expone en primer plano a un pavo de acción de gracias y, en la lejanía, la casa de Amityville (?) dirigida por un tal Will Collazo Jr., “Amityville Bigfoot” del youtuber/actor Shawn C. Phillips y, ya el colmo de la desfachatez, “Amityville Cop” de Gregory Hatanaka.
“Amityville in the hood” responde a una de estas variantes estúpidas, y la cosa consiste en ambientar Amityville en el gueto. Nada nuevo por otro lado, esto ya se ha hecho con anterioridad en la franquicia Leprechaun que llevaba al duende a los suburbios negros en dos películas, e incluso en el cine mainstream se ha coqueteado con mezclar horror y gangstas en films como “Bones” o “El convento del diablo”.
Así tenemos un grupo de pandilleros que roban una partida de marihuana cultivada en la casa de Amityville (??) y la distribuyen en Compton, en la otra punta del país, y como la marihuana está poseída por espíritus malignos se arma la marimorena. Una excusa como otra cualquiera para mostrarnos un par negratas (solo un par, que en el ambiente de Ferguson no debe haber demasiados) diciendo mother fucker continuamente y poco más.
Se trata de una película absolutamente incompetente que pretende tener una continuidad con los Amityvilles originales y con los títulos pergeñados por Ferguson, pero el individuo esta vez solo tiene la idea loca, sin nada que contarnos. Así, se la toma a total cachondeo e incluye escenas humorísticas, como la inicial en que una prostituta suelta chascarrillos con un pandillero que quiere que se la chupe por 20 dólares, para acto seguido ser eliminada de un disparo por el jefe de la pandilla por chuparla mal (otra vez ??). Por otro lado tenemos un detective que conduce por Compton y de esta manera Ferguson se quita de encima como diez minutazos de metraje, solucionando esto con un viajecito en coche por el gueto, grabando desde el asiento del copiloto y mostrándonos la miseria del suburbio en una travesía en coche real. También usa mucho relleno de exteriores filmados con drones, donde se saca de la manga una bonita panorámica nocturna de la estatua de la libertad que no viene ni a cuento. Y para rematar, y al mas puro estilo Amityville, más de media hora de metraje se compone de flashbacks que nos recuerdan acontecimientos de las dos anteriores películas de Ferguson sobre la celebre casa encantada… pero todo es impostado, nada genuino y hasta esos flashbacks están ahí de manera homenajística, (sin duda Ferguson podría haber desarrollado más la trama y ahorrarse el cortapega… pero hace cortapega porque en las películas originales de la saga se hacía y eso mola…) así que no tienen valor trash alguno. En letra de molde: “Amityville in the hood” es una basura. Y una estafa.
Ferguson además debe ser incluso consciente de esto, porque aunque todo el que la ha visto sabe que es una película suya, decide firmarla bajo el seudónimo Dark Infinity, váyanse ustedes a saber por qué.
Y sin más… Como siempre digo, estas películas sirven para saciar la curiosidad de uno, pero en pleno 2022 ni siquiera algo tan marciano como llevar Amityville al gueto es original o gracioso. Esto es ya el exploitation del exploitation del exploitation… pero en malo, mal hecho y aburrido.
Y todavía algún gilipollas se atreve a asegurar en la prensa especializada que Dustin Ferguson es el Roger Corman del siglo XXI. Algún amigo suyo, supongo. O algún gacetillero con cierto retraso mental. O algún desgraciado. O váyanse ustedes a saber.
sábado, 11 de julio de 2026
MALDITA GENERACIÓN
Siempre he considerado a Gregg Araki como uno de los mayores oportunistas del "boom indie" de los noventa. Cuando la etiqueta petó, convirtiéndose en una manera establecida de hacer cine, corrió a producir películas que cumpliesen a rajatabla con las expectativas de público y media, alineando en riguroso orden todos y cada uno de sus dogmas, especialmente aquellos referidos a lo que en esos entonces era conocido como "Queer Cinema" ya que Araki era/es gay, uno de tirón combativo (o así se vendía él, claro). Todavía dispuesto a comprarle la moto ingenuamente, acudí al cine para ver "Vivir hasta el fin" que, de tan predecible y acomodaticia como era, me dijo cero. Aunque hubo una experiencia peor, "Nowhere", consumida en el Festival de Sitges. Una auténtica super-paja de un Araki descojonándose en el proceso, cuyo lefazo resultante iba directo a la jeta del personal. Y me parece bien... salvo por el hecho de que la broma se antojaba insufrible. Cuando tocó ver "Doom Generation", la evité. Ya tenía clichado al muchacho y, en fin, apestaba a aquel tipo de "rollo indie" tan de los noventa que detestaba, apoltronado en el efectismo, la violencia "cool", un desarraigo generacional del todo sintético y forzado, rebozado en el cansino "Tarantinismo" que ya todo lo impregnaba. Como decía, una vez más Araki se apuntaba a la tendencia reinante, tanto como para atenuar sus obsesiones homosexuales, remarcando la oportuna y conveniente heterosexualidad del film. Esta vez no piqué. Mi repulsión superaba a mi improbable curiosidad. Y así ha seguido la cosa hasta día de hoy. Nunca jamás vi ni una jodida película más del filmmaker y mucho menos le di una oportunidad a "Doom Generation". Localizarla en vhs como "Maldita Generación" entre la colección de un colega motivó que me replanteara la posibilidad de, por fin, romper con el tabú auto impuesto. He invertido el máximo de paciencia para evitar que mis muchos prejuicios y manías influyeran en el visionado. Ha costado mazo. En los noventa había demasiadas películas "indie" sobre jovenzuelos enfadados que la emprenden a tiros con todo (en lugar de buscar una vía más creativa e individualista... pero claro, eso no vende entradas). Todas artificiosas, desesperadas por llamar la atención a través del impacto y protagonizadas por la clase de chavalada que se consideraba alternativa en los años noventa, una profundamente estúpida (sobre todo porque, por entonces, lo alternativo había caído en las zarpas de las grandes corporaciones, del mainstream, por lo que aquellos que se sumaban asumiendo así una diferencia, únicamente demostraban su simpleza e ignorancia). En fins, vamos allá...
Una pareja de jóvenes desubicados, cabreados y atormentados por sus trifulcas existenciales, se hacen amigos de un tercero como ellos, pero peor, porque este no tiene reparos en matar si es necesario. Y ocurre que el trío protagoniza un homicidio bastante sangriento que les llevará a una eterna huida, carretera mediante, en la que seguirán con sus desmanes asesínicos (© Víctor), casi siempre propiciados por el tercero en discordia. Cuando no matan, follan (llega a oficializarse su condición de trío amoroso), devoran grasiento "fast food", discuten a base de extenso catálogo de tacos variados (con, y no podía ser de otro modo, "fuck" encabezando la lista) o, contrariamente, mantienen estúpidas y elementales charlas profundas sobre el por qué de todo, nada y lo demás.
En contra de "Doom Generation" puedo soltar muchas más cosas de las que ya he soltado, como sus maneras caóticas, la relativa repetición de esquemas narrativos, el que realmente no cuente una historia, sino muestre una sucesión de situaciones, ese "hago cosas raras porque mola, y así soy distinto y más cool" propio del "indie" de la época, sus ansias de transgredir a base de blasfemia y anti-patriotismo tan de manual, etc, etc. Pero también hay cosas buenas. Para comenzar la duración. Agradecidamente escueta. Igualmente, ver en tetas a una joven Rose McGowan como chica mala. Luego, pues cierto sentido del humor más que evidente (en ningún momento Araki se toma en serio su película), una violencia exagerada, truculenta, tan gran guiñolesca que apesta a dibujo animado y, sobre todo, el desenlace, donde adquiere un tono más malrollero, sórdido y medianamente brutal. Eso lo agradecí y ahí se me medio ganó. No obstante, antes de continuar, toca hacer una puntualización.
En su imagen "indie" tan perfectamente milimetrada, Gregg Araki solía mentar al puñetero Jean-Luc Godard como máxima influencia (cineasta al que todos aquellos yankis situados en el supuesto cine independiente, o que pretenden dárselas de artista, citan siempre, tanto que se ha convertido en un cliché). Sin embargo, para "Doom Generation" no fue del gabacho del que más mangó la mariquilla, en realidad eso lo hizo de otro caballero, uno tan asiaticoamericano como él y que responde al nombre de Jon Moritsugu.
Moritsugu llevaba desde finales de los ochenta produciendo cortos y largometrajes desde la más -esta vez sí- genuina independencia (algunos usan el término underground, pero lo considero bastante debatible). Todos a base de mucha locura, caos, colorido (salvo cuando tiraba de blanco y negro), personajes extremos, humor extravagante, violencia y actitud (a Moritsugu se le conoce como "el padrino del cine punk"). ¿Títulos? "Hippy Porn", "Terminal USA", "Fame Whore", "Pig Death Machine" y "My degeneration". ¿Estoy insinuando que Gregg Araki robó de aquel? eeeeh.... no sabría decir, porque eran colegas y tal, pero las conexiones apestufan. Ya no solo por la coincidencia relativa de títulos en sendos casos ("Totally f***ed up" de Araki versus "Mod Fuck Explosion" de Moritsugu), también están el prota de "Doom Generation", actor habitual de Moritsugu (James Duval quien, curiosamente, ha terminado saliendo en las películas de Shawn C. Phillips, véase "Amityville Karen") y, bueno, que la misma "My degeneration" moritsuguiana asoma por una pantalla durante una escena del film de Araki. ¿Honesto? Tal vez. Claro que, después de todo Jon Moritsugu no dejaba de inspirarse en John Waters (+ Godard, oooooobvio es)... y John Waters en ya saben quien, así pues...
El resto del reparto lo componen el guaperillas Johnathon Schaech, quien luego haría algo de carrerilla (era el psycho en "Una noche para morir"), Parker Posey, la famosa "proxeneta de Hollywood" Heidi Fleiss y Perry Farrell de los "Jane´s Adiction". Todo muy "cool".
Una vez el "boom indie" noventero pasó, Gregg Araki comenzó a perder fuelle. Lo normal. Hizo algunas películas más que nadie recuerda y terminó dirigiendo episodios sueltos de series varias (entre ellas ese HORROROSO ABORTO titulado "Monster: the Ed Gein story", por el que deberían colgar a sus máximos responsables). Es lo que tiene apuntarse a una moda, o aprovechar su auge para exprimir la mandarina. Cuando se agota, tu te agotas con ella y, lo que es peor, dejas de ser un "auteur" para convertirte en un mero artesano cumplidor de amplias tragaderas. Le ha pasado a tantos otros, entre ellos Tom DiCillo (¿podríamos añadir a Gus Van Sant y Kevin Smith a la lista? ¡¡juas!!).
Una pareja de jóvenes desubicados, cabreados y atormentados por sus trifulcas existenciales, se hacen amigos de un tercero como ellos, pero peor, porque este no tiene reparos en matar si es necesario. Y ocurre que el trío protagoniza un homicidio bastante sangriento que les llevará a una eterna huida, carretera mediante, en la que seguirán con sus desmanes asesínicos (© Víctor), casi siempre propiciados por el tercero en discordia. Cuando no matan, follan (llega a oficializarse su condición de trío amoroso), devoran grasiento "fast food", discuten a base de extenso catálogo de tacos variados (con, y no podía ser de otro modo, "fuck" encabezando la lista) o, contrariamente, mantienen estúpidas y elementales charlas profundas sobre el por qué de todo, nada y lo demás.
En contra de "Doom Generation" puedo soltar muchas más cosas de las que ya he soltado, como sus maneras caóticas, la relativa repetición de esquemas narrativos, el que realmente no cuente una historia, sino muestre una sucesión de situaciones, ese "hago cosas raras porque mola, y así soy distinto y más cool" propio del "indie" de la época, sus ansias de transgredir a base de blasfemia y anti-patriotismo tan de manual, etc, etc. Pero también hay cosas buenas. Para comenzar la duración. Agradecidamente escueta. Igualmente, ver en tetas a una joven Rose McGowan como chica mala. Luego, pues cierto sentido del humor más que evidente (en ningún momento Araki se toma en serio su película), una violencia exagerada, truculenta, tan gran guiñolesca que apesta a dibujo animado y, sobre todo, el desenlace, donde adquiere un tono más malrollero, sórdido y medianamente brutal. Eso lo agradecí y ahí se me medio ganó. No obstante, antes de continuar, toca hacer una puntualización.
En su imagen "indie" tan perfectamente milimetrada, Gregg Araki solía mentar al puñetero Jean-Luc Godard como máxima influencia (cineasta al que todos aquellos yankis situados en el supuesto cine independiente, o que pretenden dárselas de artista, citan siempre, tanto que se ha convertido en un cliché). Sin embargo, para "Doom Generation" no fue del gabacho del que más mangó la mariquilla, en realidad eso lo hizo de otro caballero, uno tan asiaticoamericano como él y que responde al nombre de Jon Moritsugu.
Moritsugu llevaba desde finales de los ochenta produciendo cortos y largometrajes desde la más -esta vez sí- genuina independencia (algunos usan el término underground, pero lo considero bastante debatible). Todos a base de mucha locura, caos, colorido (salvo cuando tiraba de blanco y negro), personajes extremos, humor extravagante, violencia y actitud (a Moritsugu se le conoce como "el padrino del cine punk"). ¿Títulos? "Hippy Porn", "Terminal USA", "Fame Whore", "Pig Death Machine" y "My degeneration". ¿Estoy insinuando que Gregg Araki robó de aquel? eeeeh.... no sabría decir, porque eran colegas y tal, pero las conexiones apestufan. Ya no solo por la coincidencia relativa de títulos en sendos casos ("Totally f***ed up" de Araki versus "Mod Fuck Explosion" de Moritsugu), también están el prota de "Doom Generation", actor habitual de Moritsugu (James Duval quien, curiosamente, ha terminado saliendo en las películas de Shawn C. Phillips, véase "Amityville Karen") y, bueno, que la misma "My degeneration" moritsuguiana asoma por una pantalla durante una escena del film de Araki. ¿Honesto? Tal vez. Claro que, después de todo Jon Moritsugu no dejaba de inspirarse en John Waters (+ Godard, oooooobvio es)... y John Waters en ya saben quien, así pues...
El resto del reparto lo componen el guaperillas Johnathon Schaech, quien luego haría algo de carrerilla (era el psycho en "Una noche para morir"), Parker Posey, la famosa "proxeneta de Hollywood" Heidi Fleiss y Perry Farrell de los "Jane´s Adiction". Todo muy "cool".
Una vez el "boom indie" noventero pasó, Gregg Araki comenzó a perder fuelle. Lo normal. Hizo algunas películas más que nadie recuerda y terminó dirigiendo episodios sueltos de series varias (entre ellas ese HORROROSO ABORTO titulado "Monster: the Ed Gein story", por el que deberían colgar a sus máximos responsables). Es lo que tiene apuntarse a una moda, o aprovechar su auge para exprimir la mandarina. Cuando se agota, tu te agotas con ella y, lo que es peor, dejas de ser un "auteur" para convertirte en un mero artesano cumplidor de amplias tragaderas. Le ha pasado a tantos otros, entre ellos Tom DiCillo (¿podríamos añadir a Gus Van Sant y Kevin Smith a la lista? ¡¡juas!!).
sábado, 30 de diciembre de 2023
APEX PREDATORS.. O LA TEORÍA DEL CLICKXPLOITATION
Antaño, una vez terminadas de rodar, las películas pasaban por las zarpas del productor, el distribuidor y el exhibidor. Quieras que no, eran sometidas a alguna clase de juicio o escrutinio y, si se consideraba necesario, un severo pulimiento. Legendarios son los remontajes que sufrieron varias obras de Jesús Franco por parte de aquellos que las producían y/o financiaban. Bien, eso se acabó. Las nuevas tecnologías han arrasado con todos los intermediarios. Ahora la película pasa directamente del ordenador del filmmaker a las plataformas. Sin intromisión ajena. Cosa que, en algunos casos se puede considerar una buena noticia pero, en otros, una.... ¿putada para los que luego amoquinarán por consumirlas?. Veámoslo...
El asentamiento del streaming, y la mentada facilidad que otorgan las nuevas herramientas digitales, han dado fondo y forma a un fenómeno prodigado los últimos tiempos: el "clickxploitation", una variación del llamado "cine de explotación" que consiste en, eso, lograr un click, el del botón reproductor.
Bien, ahora pónganse en la piel de un tipo sin escrúpulos cuya finalidad en la vida, su "raison d'être", consiste en llenar dichas plataformas de productos desalmados con una única misión: ser visionados (es decir, que den dinero) a cualquier precio, importándole un puto pimiento el posible espectador. Y no una o dos veces, cientos. Toda una filmografía creada con esa misma intención. Cantidad en pos de calidad, pero a lo bestia. Ese señor existe y ya habíamos hablado de él por acá unas cuantas veces, Dustin Ferguson.
Probablemente no sea el único, pero sí el más desvergonzado y prolífico, representante de toda una generación de nuevos "cineastas" dedicados a la explotación del click. Un director de ¿cine? nacido en, por y para la era digital. Es decir, graba en vídeo. Tiene presencia en toooodas las plataformas imaginables, así como en cada una de las redes sociales. También dispone de una completa ficha en IMDB. Y todo como parte de un plan, darse a conocer para que la gente, ya sea por interés, pero, sobre todo, morbo/curiosidad, quiera ver una de sus películas.
Durante mucho tiempo Víctor y yo vivimos convencidos que Dustin Ferguson lo que buscaba era figurar, jugar a ser un director de cine antes que a producir algo realmente de valor. De interés. Un mal también muy extendido estos tiempos, y que salpica a muchos de los actuales vídeo-creadores que pululan por la red, incluido este país. Para su especie, lo primordial consiste en sacarse muchas fotos junto a una cámara, correr a inflar una filmografía, dar entrevistas o lograr que le dediquen artículos y poder escribir aquello de "Filmmaker" en su perfil. Pero ahora ya tengo dudas. Creo que lo de Ferguson es incluso más bajo, porque normalmente el "figurador" ama el cine, y le pierde el deseo de formar parte de él. Pero Don Dustin lo utiliza para un fin, generar clicks (no me entiendan mal, es lícito y respetable buscar enriquecerse, solo que, al menos, ponle un poco de empeño, mamón). Y la función de todo el paripé promocional consiste, como decía, en atraer incautos divididos en dos tipos. Por un lado, el espectador ignorante/inocente que no tiene ni idea y únicamente pretende ver una película que le entretenga. Por otro, los fans del cine fantástico y, especialmente, aquellos pintamonas que se auto proclaman devotos de la "serie B" o el cine "trash" sin saber realmente en qué consiste. Virus este que incluso ha infectado a festivales, tal y como certificaba esto que leí hace poco en trágica alusión a una serie de películas amateurs con pretensiones de cine legítimo: "El certamen refleja la buena salud de la que goza actualmente el cine independiente de serie B rodado en España". Usan el término "serie B" como si fuese un género, desproveyéndolo de su genuina condición mercantil e ignorando su desaparición a finales de los años cincuenta. Que algo así lo diga un fan paleto, tiene un pase. Pero que sea todo un festival, es el acabose (claro que, como en el asunto de producir largometrajes, hoy cualquiera puede organizar un evento peliculero -de terror- y, en fin, pasa lo que pasa) Perdonen el arrebato, pero no he podido evitarlo. Decía que ese tipo de "fan idiota" es el 50% del público de un director "clickxploitation". Al primero, al inocente, lo engañas con un cartel espectacular y un título atractivo. Al segundo con alguna referencia a otro film considerado clásico o de culto. También exagerando los elementos delirantes y ridículos de tu subproducto, que ahora se lleva mucho.
Bien, ahora pónganse en la piel de un tipo sin escrúpulos cuya finalidad en la vida, su "raison d'être", consiste en llenar dichas plataformas de productos desalmados con una única misión: ser visionados (es decir, que den dinero) a cualquier precio, importándole un puto pimiento el posible espectador. Y no una o dos veces, cientos. Toda una filmografía creada con esa misma intención. Cantidad en pos de calidad, pero a lo bestia. Ese señor existe y ya habíamos hablado de él por acá unas cuantas veces, Dustin Ferguson.
Probablemente no sea el único, pero sí el más desvergonzado y prolífico, representante de toda una generación de nuevos "cineastas" dedicados a la explotación del click. Un director de ¿cine? nacido en, por y para la era digital. Es decir, graba en vídeo. Tiene presencia en toooodas las plataformas imaginables, así como en cada una de las redes sociales. También dispone de una completa ficha en IMDB. Y todo como parte de un plan, darse a conocer para que la gente, ya sea por interés, pero, sobre todo, morbo/curiosidad, quiera ver una de sus películas.
Durante mucho tiempo Víctor y yo vivimos convencidos que Dustin Ferguson lo que buscaba era figurar, jugar a ser un director de cine antes que a producir algo realmente de valor. De interés. Un mal también muy extendido estos tiempos, y que salpica a muchos de los actuales vídeo-creadores que pululan por la red, incluido este país. Para su especie, lo primordial consiste en sacarse muchas fotos junto a una cámara, correr a inflar una filmografía, dar entrevistas o lograr que le dediquen artículos y poder escribir aquello de "Filmmaker" en su perfil. Pero ahora ya tengo dudas. Creo que lo de Ferguson es incluso más bajo, porque normalmente el "figurador" ama el cine, y le pierde el deseo de formar parte de él. Pero Don Dustin lo utiliza para un fin, generar clicks (no me entiendan mal, es lícito y respetable buscar enriquecerse, solo que, al menos, ponle un poco de empeño, mamón). Y la función de todo el paripé promocional consiste, como decía, en atraer incautos divididos en dos tipos. Por un lado, el espectador ignorante/inocente que no tiene ni idea y únicamente pretende ver una película que le entretenga. Por otro, los fans del cine fantástico y, especialmente, aquellos pintamonas que se auto proclaman devotos de la "serie B" o el cine "trash" sin saber realmente en qué consiste. Virus este que incluso ha infectado a festivales, tal y como certificaba esto que leí hace poco en trágica alusión a una serie de películas amateurs con pretensiones de cine legítimo: "El certamen refleja la buena salud de la que goza actualmente el cine independiente de serie B rodado en España". Usan el término "serie B" como si fuese un género, desproveyéndolo de su genuina condición mercantil e ignorando su desaparición a finales de los años cincuenta. Que algo así lo diga un fan paleto, tiene un pase. Pero que sea todo un festival, es el acabose (claro que, como en el asunto de producir largometrajes, hoy cualquiera puede organizar un evento peliculero -de terror- y, en fin, pasa lo que pasa) Perdonen el arrebato, pero no he podido evitarlo. Decía que ese tipo de "fan idiota" es el 50% del público de un director "clickxploitation". Al primero, al inocente, lo engañas con un cartel espectacular y un título atractivo. Al segundo con alguna referencia a otro film considerado clásico o de culto. También exagerando los elementos delirantes y ridículos de tu subproducto, que ahora se lleva mucho.
Así las cosas, y por si todavía dudan, ahí va una prueba. Hace unas noches, empujado por la vil curiosidad, vi una de las incontables aportaciones al subgénero de tiburones desalmados de Dustin Ferguson, "Apex Predators" (originalmente concebida "Jaws of Los Angeles"). La experiencia fue muy reveladora. Los primeros quince minutos consistían en imágenes submarinas de peces e inevitables escualos nadando alegremente, seguidas de tomas aéreas a base de dron sobrevolando alguna clase de resort paradisíaco. Todo ello a muy alta calidad, bien rodado, fotografiado, etc. Obviamente, se trataba de material de stock, imágenes ajenas listas para adquirir e incorporar a tu peliculita. Sabía de la tendencia de Ferguson a explotar tal recurso, pero esta vez me sorprendió lo mucho que abusaba. Sí, claro, la idea consistía en rellenar minutos de metraje, no lo duden. Pero ahí había algo más. Y entonces lo entendí.
Se trataba de engañar al espectador, al pobre diablo que le da al click, quien, ante semejante material digno de todo un "National Geographic", tan bello, bien parido y convincente, aguantaría sin presionar el stop, esperando que comenzara la verdadera acción. Para cuando ocurre, el cambio es traumático. De pronto vemos a dos chorbas, realmente desagradables, tomando el sol en top-less, actuando con el culo y vomitando diálogos chuscos repletos de clichés. Grabadas además en un evidente vídeo de baja estofa a base de imágenes tambaleantes sobrexpuestas, quemadas. El contraste con el material previo resulta abismal. Es aquí cuando, seguramente, el espectador se sienta engañado y detenga la "proyección"... pero... ¿ha acumulado ya los suficientes minutos como para generar alguna clase de ganancia? ¿o se trata de dar tiempo a que salten cuantos más anuncios, mejor (ya que la película se ofrece gratuitamente)? Desconozco cómo funciona el streaming, pero no me extrañaría ir bien encaminado. Claro, esto, una sola vez, no da para mucho. Ahora multiplíquenlo por diez.... o veinte.... y en tres, cuatro o cinco plataformas distintas, independientemente de su popularidad. Entonces la cosa cambia.
A partir de ahí, "Apex Predators" se convierte en un auténtico festival de "me importa una puta mierdeismo". Ferguson termina de rellenarla a base de los personajes dando garbeos interminables, charlas eternas, imágenes sin fin de playas y... pocos tiburones. O casi ninguno. Por cierto, uno de los implicados en la estafa es el colega Shawn C. Phillips, auténtico "superstar" del "clickxploitation".
Las jugarretas de Dustin Ferguson no se limitan a lo expuesto. Hay más. Como coger tres películas suyas previas con payaso chungo, recortarlas reduciéndolas a lo esencial, y hacerlas formar parte de una cuarta en plan antología (exactamente la misma estrategia seguida en su día por los productores de "Noche en el tren del terror"). Abusar hasta la náusea del filtro de "película rayada", sin ton, ni son, ni sentido alguno. Grabar secuelas de títulos añejos libres de derechos (caso de "Noche silenciosa... noche sangrienta", por decir una). Y alcanzar duraciones no superiores a los cincuenta minutos. A veces, menos.
Lo doloroso del caso es que, incluso así, los hay que le dedican reseñas positivas en Letterboxd. Vale, posiblemente peque de ingenuo y sea él, o un amigo suyo, o su puta madre, pero me ofusca pensar que podría ser material genuino.
Cuando descubrí que el primer corto juvenil de Dustin Ferguson fue una secuela del "Scalps" de Fred Olen Ray, me enterneció. Semejante dato debería garantizar que el tipo es un enamorado del cine. Pero, visto lo visto, o nos ha engañado a todos, o algo se torció en el camino. Tal y como lo veo, sus maneras distan mucho de amar lo que factura. Si estuviese en la piel de Fred Olen Ray (la versión "High Tech" del "clickxploitation") me deprimiría saber que fui indirecto creador de semejante monstruo.
La "clickxploitation" -y, sobre todo, Dustin Ferguson- representa el punto más bajo del "exploitation", quedando reducido a su mínima expresión. Lo más elemental y básico. Siempre se ha tratado de un póster chulo y un título llamativo, aunque tras ello había una película lista para consumir. Ahora son esas dos cosas, el click y.... prácticamente NADA.
Si consideramos que esa ha sido su evolución desde los tiempos del pionero Dwain Esper, y añadimos a la ensalada lo rápido y despiadadamente que cada nuevo juguete tecnológico nace y se impone, da canguelo pensar en cómo serán las cosas dentro de, pongamos, diez años.
Por supuesto, no estoy rajando del streaming -como mucho pazguato querrá entender-. Me parece fantástico. El palo va contra los que lo utilizan del modo más fraudulento. Ofreciendo cero a cambio. Un cero sin gracia, ni encanto.
Si consideramos que esa ha sido su evolución desde los tiempos del pionero Dwain Esper, y añadimos a la ensalada lo rápido y despiadadamente que cada nuevo juguete tecnológico nace y se impone, da canguelo pensar en cómo serán las cosas dentro de, pongamos, diez años.
Por supuesto, no estoy rajando del streaming -como mucho pazguato querrá entender-. Me parece fantástico. El palo va contra los que lo utilizan del modo más fraudulento. Ofreciendo cero a cambio. Un cero sin gracia, ni encanto.
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