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lunes, 22 de abril de 2024

FRANKY BANDERAS

El fenómeno de la música infantil tuvo su auge durante la década de los 80 y en nuestro país aguantó hasta la de los dos mil -mucho menos intensamente- cuando, casi sin darnos cuenta, se diluiría por completo.
Sin embargo, en los 90, con la tendencia dando coletazos, a un individuo especializado en producir música dance se le ocurrió grabar voces a su hijo de tres años con el fin de producir un hit, “Dur, dur, d’etre bebe”, que vendió más de seis millones de copias en todo el mundo. Por supuesto, a la masa que demandaba el disco lo que le hizo gracia fue, precisamente, que fuera un bebé el que cantaba. Así, esa lumbrera de la música dance noventera decidió convertirlo en toda una superestrella, Jordy, ¿se acuerdan? Récord Guiness por tratarse del cantante más joven del mundo.  Inevitablemente su carrera funcionaría bien los primeros dos años para luego caer estrepitosamente en el olvido y, lo que es peor, crecer el niño con unas carencias que, ya mayor, harían mella en su personalidad.
Por supuesto, nuestro país no es ajeno a eso de explotar bebés (y copiar al vecino). Así, el 2002 aparece en televisión Raulito. Un niño de cuatro años que canta y baila un tema original de David Civera. El chaval hace gracia a las marujas y, en consecuencia, tenemos a un nuevo bebé estrella con álbum musical en el mercado. Todo versiones interpretadas con el desparpajo de cualquier bebé un poco salao, tampoco es que sea un superdotado ni nada eso (es más, salvo cuando se pone a cantar, por lo demás se le veía poco despierto). Por supuesto el invento duró año o año y medio, nada más. Y es que tan gracioso no era. A Raulito le dio tiempo hasta de protagonizar una película, antes de volverse un adulto con ciertas peculiaridades (haciendo alardes vocales en vídeos colgados en su cuenta de Instagram).
Gracias a la (esta vez sí) despierta mente de Enrique Cerezo, se da luz verde a uno de esos productos que al expresidente del atlético de Madrid tanto gustan, con actores de renombre, mogollón de cameos sin coherencia, e ideas imposibles que pretende servir de lucimiento para Raulito, amén de ser una película de José Luis García Sánchez con guion de Rafael Azcona y todas las de la ley.
A priori, esta extraña mezcla, marciana donde las haya,y aún con el niño cantor de por medio, es una extravagancia condenada al fracaso —de hecho, lo fue, con poco más de 78.000 espectadores—, pero al final, gracias a un argumento más bien destinado al público adulto, unos gags efectivos y ligeras trazas de cine costumbrista, resulta que “Franky Banderas” está muy, pero que muy bien. Vamos, una comedia realmente entretenida y una de las mejores películas españolas de aquella primera década de los dosmiles, repleta de enormes bostas desalmadas y mediocres. Y sin despeinarme lo digo.
La película nos presenta a Avelino Lechuga, un payaso de circo venido a menos que sobrevive gracias a las bodas, bautizos y comuniones. Un buen día descubre a un niño que canta y baila con cierto desparpajo y decide convertirse en su manager con la intención de explotarlo al máximo y forrarse. Así, y en referencia a Joselito, el ruiseñor de las cumbres, nace Franky Banderas; el jilguero de Madrid. Por el camino el crío y el payaso tendrán que deshacer entuertos y vicisitudes.
Da la sensación que en el papel la historia iba a ir por otros derroteros y la inclusión como protagonista de Raulito fue en última instancia, ya que la idea inicial surge directamente del director José Luis García Sánchez, quien leyó en prensa una noticia en la que un cura se ofrecía a participar en fiestas infantiles dando un espectáculo en el que mezclaba el canto gregoriano con el flamenco. Le hizo gracia y se le pasó por la cabeza convertirla en película. De este modo, García Sánchez comienza con el tratamiento del guion hasta llegar a la presente película, donde el cura flamenco-gregoriano tiene un papel secundario en la trama y está interpretado por otro artista de la época que también fue flor de una primavera, Valderrama, el hijo de Juanito Valderrama, que con un disco en el mercado en aquel momento tampoco acabaría de despuntar. Curiosamente se prodiga como un actor bastante eficaz, dando vida a ese cura moderno, hijo del personaje del payaso interpretado por Juan Luis Galiardo, y cuya misión en la película es que su personaje escriba las canciones que deberá interpretar Franky Banderas (uno de los nombres artísticos que el personaje de Raulito tiene en el largometraje).
No solo se cuenta en el reparto con Valderrama (mira que hay que ser rebuscado para llegar a la conclusión de que quieres en uno de los papeles a Valderrama…), también tenemos a Chiquito de la Calzada como el abuelo de Franky Banderas, y aquí la inclusión del humorista me gusta mucho porque Chiquito interpreta, y lo hace bien, es tierno cuando toca, pero sin dejar de ser en ningún momento Chiquito. Se tira toda su intervención soltando sus típicos chascarrillos. Enternece y resulta muy agradable verlo.
Completan el reparto de verdadero lujo Tete Delgado, María Barranco, Manuel Alexandre, Manuel Morón, Pablo Carbonell y Simón Andreu.
“Franky Banderas” es un vodevil clásico, con los inevitables toquecitos berlanguianos que gusta dejar a García Sánchez en todas sus películas y un film que, quizás no cambiará nuestra vida, pero nos va a hacer pasar un rato bastante simpático. Eso no sería algo muy a tener en cuenta de no ser por que, A) se trata de una película para lucimiento de Raulito, cosa que no tiene razón de ser, B) gasta una pinta de rancia que tira de espaldas y, C) hace gala de uno de los pósters más feos de la historia del cine.
También es curioso que García Sánchez y Rafael Azcona, con el sobrado prestigio del segundo y el estilo diferenciable del primero, se tomen en serio lo que es la primera (y única) película de Raulito y la lleven a buen puerto como llevaron, por ejemplo, “La corte de Faraón” o “Suspiros de España (y Portugal)”. Incluso puede que "Franky Banderas" hasta las supere.

lunes, 19 de febrero de 2024

TAG: EL JUEGO ASESINO

Película a mayor gloria de un Robert Carradine que despuntaba y al que, para variar, el papel de galán se le quedaba grande desde el día uno. Tuvo que hacer de feo de cojones en “La revancha de los novatos” para llegar al “estrellato” y, aún así, y más allá de eso, nunca acabó de florecer. “TAG: El juego asesino”, además, es un film completamente olvidado que no logró obtener el beneplácito del público ni tan siquiera con una segunda oportunidad; se estrenó cine mediante en 1982 bajo el título de “Everybody gets in the end” y no fue nadie a verla. Un par de años después se le hizo una limpieza de cara, se la vendió como una comedia y se estrenó en la televisión por cable y vídeoclubs bajo el título de “TAG: The Assassination Game”. Pero en los USA fue distribuida de tapadillo y, aunque se presume que los derechos pueda poseerlos Disney —que le pasa con el catálogo de películas medianas USA lo mismo que sucede aquí con el grueso del cine español y Don Enrique Cerezo—, a día de hoy no hay más copias que aquellas que sobrevivan a la única edición en vídeo de 1984, una un poco chusquera con la imagen oscurísima, dicho sea de paso. En España sucedió lo mismo; se estrenó directa a vídeo con el título que ilustra esta entrada y ya está. Ni la han emitido en televisión, ni nada que se le parezca. Tampoco es de extrañar porque, aunque en un principio la cinta sea interesante por lo que es, se trata de una comedieta con toques de thriller psicológico muy mal combinados entre sí, que pese a uno o dos buenos momentos, resulta una peliculucha bastante mala y con alma de telefilm, carente de interés más allá de esto que les cuento.
Sin embargo, el reparto es, como se suele decir, de campanillas, y no solo tenemos a Robert Carradine mostrando dentadura y correteando de aquí para allá, sino que además, debutaban para el cine en un papel protagonista Linda Hamilton (inmediatamente después se fue a hacer “Terminator”) y Bruce Abbot que interpreta al malo de la función (después se iría con Stuart Gordon a hacer “Re-Animator”). Se ve que se Hamilton y Abbot se llevaron bien durante el rodaje, echaron algún que otro polvo y después se casaron. No durarían mucho de todas formas. Como veterana tendríamos un pequeño papel para la “albondiguera” Kristine DeBell y, por primera vez en una pantalla, y casi en calidad de figuración —con frase el primero, sin ella el segundo— Michael Winslow y Forest Whitaker. Ahí es nada. Pero más allá de todas estas presencias anecdóticas, la película es, como ya les digo, flojita.
Cuenta la historia de una serie de estudiantes universitarios que se divierten jugando a un juego en el que, fingiendo ser espías, tienen que cazarse unos a otros con pistolas de juguete que disparan ventosas. La cosa es tan novedosa que llama la atención del redactor del periódico universitario, quien acompañará a una bella damisela en su periplo durante el juego. Por otro lado, un individuo que es hasta ahora el rey indiscutible del TAG (así se llama la tontería) al que nadie ha podido cazar y que se lo toma muy en serio, es disparado casi por accidente por un gordo purulento que, desnudo, se enjabona en la ducha. Ante la vergüenza y la frustración de haber sido vencido por ese desgraciado, pierde la cabeza, mata al gordo con una pistola de verdad y continuará el juego, esta vez asesinado de manera real a sus oponentes. El redactor y la damisela se dan cuenta de esto y tratarán de impedirlo.
Poco más.
También se trata del primer film como director de Nick Castle (ya saben, “The Shape” en varias de la saga Halloween), que rinde algún que otro homenaje aquí a su colega John Carpenter ya sea poniendo su nombre a un personaje, ya sea con tiros de cámara propios del director de “La cosa”.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

DRÁCULA 3D DE DARIO ARGENTO

Fui a ver "El fantasma de la ópera" de Dario Argento en su pase por el Festival de Sitges del respectivo año. En plena proyección, y a pesar del supuesto tono trágico de la peli, el público comenzó a descojonarse ante lo ridículo de todo ello. Yo, que había crecido siendo fan del italiano, adorando "Tenebre", "Suspiria" o "Phenomena", no podía creer semejante falta de respeto. Sin embargo, a medida que el film avanzaba, tuve que rendirme a la evidencia: Sí, aquel "Fantasma de la ópera" era patético y risible... así que yo también me subí al carro del cachondeo reinante. Fue la primera señal de que Dario Argento estaba perdiendo su "touch". Y de ahí en adelante, todo fue cuesta abajo. Que sí, que aún tuvo tiempo de producir alguna cosa potable, como "Insomnio", su aportación a la serie "Masters of Horror" e incluso la incomprensiblemente denostada "Giallo", pero en general estaba claro que los mejores tiempos de Argento habían llegado a su fin. El día que se anunció que iba a dirigir una nueva adaptación del clásico de Bram Stoker, en 3D y producido por Enrique Cerezo, todos comenzamos a temblar. Y con razón.
No teníamos muy claro qué iba a pasar con tan absurdo proyecto una vez se terminara. Todos dábamos por sentado su pase por algún festival y, con suerte, una edición exclusiva en DVD, igual que le había pasado a otro de los Argentos recientes y más o menos soportables, "La madre de las lágrimas". Pero cual fue mi sorpresa al enterarme de que se estrenaba el Viernes pasado, y en uno de los cines punteros de Barcelona. Eso sí, dentro de un horario algo restringido ya que únicamente la daban a las 20 horas y en 2D. Si la querías en 3D, tenías que esperar hasta las 22. No tuve la más mínima duda de que quería ir a verla (al pase de las 20 horas... no me interesaba TANTO como para perderme la cena). Era totalmente consciente de que sería algo parecido a un churrasco, sin embargo, lo especial de la ocasión bien merecía el sacrificio, ¿cuando podría volver a ver una peli de Dario Argento en un cine de estreno?, seguramente nunca mais. Era todo tan anacrónico que merecía vivirse. ¿Un film italo-español de terror de presupuesto limitado, dirigido por una vieja gloria del cine fantástico europeo, repleto de un erotismo y una truculencia honestos en los tiempos que corren en los que todo es tan aséptico, tan falsamente estilizado, y en el que las multinacionales y sus productos perfectamente fríos dominan el cotarro?. Vivirlo para creerlo. Además, sin contar lo visto en Sitges, hacía muchos años que no iba al pase de una peli de Argento en un cine normal. Las últimas que recordaba eran "Los ojos del diablo" en funciones de co-director junto a George A. Romero y sus dos "apadrinamientos" para Michele Soavi, "La secta" y "El engendro del diablo".
¿Y que tal la experiencia?, pues "bien". Cuando la he calificado de anacrónica, no iba desencaminado. El "Drácula" de Dario Argento se inicia muy dolorosamente, con un supuesto vuelo rasante por una aldea que es puro CGI de saldo. Podéis tomarlo como un aviso, porque todos los efectos informáticos que seguirán están a la misma altura, la del betún caducado. A su lado, lo que hace Asylum parece el puto "Avatar". Lo que sigue, está bastante mejor. Una escena erótica de esas tan almidonadas y torpes típicas del cineasta, en la que una TREMENDÍSIMA Miriam Giovanelli luce TREMENDÍSIMO palmito (y lo volverá a hacer más adelante). Primera sonrisa, ¡que gusto recuperar esa clase de material!. Pronto nos encontraremos con más efectos de ordenador patéticos (el auténtico talón de aquiles del film, atención al tren que reposa parado en la estación), actores tirando a limitados y una ambientación correcta aunque por los pelos de un calvo. Se nota que el dinero escasea desde los créditos iniciales.
La puesta en escena de Argento es muy teatral, largos planos paridos por una cámara bastante reposada, aspecto este incrementado ante la sensación de "cartón piedra" que gasta todo el pack, desde la iluminación hasta los efectos de sonido. Casi todos ellos suenan como si alguien pisara cáscara de huevo. O mejor, como si "Calamardo" estuviera dando tumbos por el plató durante el rodaje.

Claro, de entrada todo esto choca e invita al descojone. Lo que ocurre es que, una vez asumido, comienzas a meterte en la peli, un poquito, y terminas viéndola tranquilamente hasta que concluye. A ver, que es bastante pesadica, y más teniendo en cuenta que nos sabemos la puta historia de Drácula al dedillo (y dan igual los cambios aportados por Argento y su troupe, en esencia es lo mismo de siempre), pero en fin, que se puede ver como si fuera un telefilm de esos insulsos pero pasables. Ayudan un poco las tetas (las mentadas y las de Asia Argento), la epatante pero ridícula e innecesaria aparición de una mantis religiosa gigante (???????), el gore (no excesivo, pero bien presente), arrebatos nostálgicos (esos hachazos en primerísimo plano que nos recuerdan a "Tenebre"), la simpática y fantasmagórica banda sonora del inevitable Claudio Simonetti y, sobre todo, ese envejecido Rutger Hauer haciendo de un Van Helsing la mar de bruto, que extermina vampiros y lacayos con una rapidez, facilidad y contundencia que asusta. El actor holandés es sin duda lo mejor de este "Drácula" argentiano. 
Otro "clásico" que encontramos en el apartado técnico es Sergio Stivaletti, habitual chico de los efectos especiales que, supongo, se encarga aquí del poco látex que hay (porque si los de CGI son cosa suya, es pa darle de palos). Precisamente en una entrevista reciente, Stivaletti comentaba que el cine de Argento había perdido fuelle porque en realidad el director era ya un señor mayor cansado del terror y que se moría por rodar historias de amor. Bien, su "Drácula" es prueba de ello. El italiano intenta regodearse en todo el apartado romántico propio del libro de Bram Stoker, como hasta hoy han hecho casi todos los directores que lo han adaptado, pero claro, procede con ese sentido de lo romántico tan hortera, ñoño, acartonado y de "karaoke" que ya mostró en su temible "Fantasma de la ópera". Seamos prácticos, Dario Argento siempre fue un realizador eminentemente visual y en su cine los actores y los guiones no eran precisamente de lo mejor que uno podía encontrar. Claro, si le quitas los delirios estéticos, los colores chillones, la cámara circense y etc, ¿qué queda?... pues cosas como este "Drácula".
En fin, no sé muy bien qué decir. Si la miras con cariño, con afecto, pues tiene un pase y se deja ver, sobre todo si pones algo de paciencia por tu parte... pero por otro lado, no hay duda de que se trata de un producto terriblemente mediocre, cutre, pobre y almidonado. Duele pensar que tras el se encuentre el señor que hizo "Suspiria", "Inferno" o "El pájaro de las plumas de cristal".

viernes, 29 de mayo de 2020

EL CHOCOLATE DEL LORO

Dentro del cine español, con sus éxitos y, sobre todo, sus fracasos, a veces se paren películas que aunque sea únicamente por la falta de interés general que suscitan prácticamente desde el momento de su concepción, ya se vuelven un producto exótico y sugerente, merecedor de, al menos, un visionado. Este tipo de películas se daban mayormente en la década de 2000. Llegaban a estrenarse una serie de títulos que tras un par de pases en salas comerciales, desaparecían de la memoria popular como humo de un cigarrillo. No me refiero a pequeñas producciones independientes cuyo estreno es parte de la gracia de la película, que el estrenarse es casi un capricho que se pueden dar los productores, no sin esfuerzo. Me refiero a películas con una distribución estándar y producidas por profesionales del sector. Son películas que desde el momento que se da la voz de acción, son susceptibles de no ser rentables de manera comercial de ninguna de las maneras y, aun así, estas acaban estrenándose aunque las vayan a ver cuatro gatos. Y esto me lleva a preguntarme qué es lo que lleva a estos productores a estrenar estas películas que nacen muertas. Supongo que serán tejemanejes extracinematográficos que tienen más que ver con el eterno tema de las subvenciones y las evasiones de divisas que con el mero hecho de hacer dinero con una película. Chi lo sa.
“El chocolate del loro” es un flagrante ejemplo de esto que les digo. Producida por Enrique Cerezo y con una recaudación en taquilla de 283.000 euros aproximadamente según los datos del ministerio (no se lo creen ni ellos), cuenta la historia de un joven opositor al que, como han cerrado la biblioteca a la que iba a estudiar, se le fastidia la opción de estudiar plácidamente hasta el momento de opositar. Como en casa no puede porque hay mucho jaleo, a su madre se le ocurre que se vaya al chalet de su hermano en una urbanización de lujo mientras este permanece de vacaciones, con el fin de que este estudie tranquilo. Al final es peor el remedio que la enfermedad porque, durante su estancia, todo se complicará en un enredo que propiciará que este estudie menos todavía, debido a las distracciones externas.
No existe película más insípida que esta. Desde el minuto uno, sabemos que el chaval no va a poder estudiar tranquilo, así como sabemos, si me permiten el spoiler,  que al final aprobará las oposiciones. Esta previsión daría lo mismo si lo de en medio funcionase o fuese divertido, pero es que precisamente lo de en medio es lo anodino. Vamos, que al acabar de verla llegué a la conclusión de que esta película da igual que exista o no. Porque es mala, pero no tanto como para que lo que vemos se vuelva memorable por ser un despropósito, mientras que, por otro lado, le queda muchísimo para ser buena. Es una película sin alma ¡Ojo! no está mal hecha técnicamente, es funcional, realizada por profesionales… pero que trabajan con el piloto automático. En cualquier caso, lo creativo es lo que parece hecho sin ganas, sin esfuerzo. Si hay un talento, este tampoco aflora, como si al propio director también le diera lo mismo la película. Pero finalmente, su valor reside precisamente en eso, en que es una película desalmada que existe, que se estrenó en cine y tuvo una posterior vida en vídeo, sin tener ni un solo mérito para que eso fuera así. Naturalmente al público le dio lo mismo y pasó inadvertida. Y si preguntas a cualquier cinéfilo de los muchos que pululan por ahí, serán muy poquitos los que sepan de su existencia. Ahí está el mérito.
Según me informo, la producción costó millón y pico de euros, y no llegó a costar menos porque al final rodaron en España y no en Argentina para abaratar costes como en un principio estaba previsto y, aun así, y si su presupuesto no está inflado, me cuesta creer que en el momento que el proyecto se llevó a cabo, no dudaran  sus productores que iban a gastar un dinero que ni de coña iban a recuperar. Entonces ¿qué es lo que pasa? Es todo muy turbio… pero por suerte, ahí tenemos una película, “El chocolate del loro”, para reforzar esta teoría. Probablemente, el negocio ya estaba hecho antes siquiera de ponerse a rodar. No en balde, el proyecto fue un encargo que le vino que ni caído del cielo a su director, Ernesto Martín, tras ganar un premio con un cortometraje. ¿Martín volvió a rodar? Sí, otro largo todavía más ignoto que este, “Perro flaco” en 2011. Pero después de eso un corto y poco más. “El chocolate del loro”, fue su chocolate del loro y, probablemente, el director a día de hoy esté maldiciendo el día que aceptó rodar esta película. Pero ahí está, para bien o para mal.
En el reparto, Borja Elgea tras un periplo de éxito televisivo que duraría poco, Roger Pera en una de las peores y más desangeladas interpretaciones que he visto en mi vida, Quique San Francisco y Miguel Rellan, que tampoco están muy lúcidos. Y Paula Echevarría, que es muy mona.
Nada, reseña testimonial.