Sin llegar a ser fan, reconozco que siento respeto y simpatía por Jim Jarmusch. Suelo ver todas sus películas y, en general, me gustan. O, mejor, no me desagradan demasiado. Incluso "Flores rotas" que en su época recibió tanto desprecio (la excepción sería "Bajo el peso de la ley", que me parece un coñazo tremendo). Ese respeto viene, en parte, porque Jarmusch se ha mantenido "semper fidelis" a su manera de hacer cine, a pesar de que le ha llovido fama y prestigio, de haberse convertido en el paradigma humano de lo que se entiende por "cine indie norteamericano" y, también, en un personaje de "Los Simpson" (eminentemente ligado a la mentada etiqueta). Otro hubiese aprovechado el momento de gloria para intentarlo en un entorno más convencional, por aquello de experimentar qué se siente currando en, por y para Hollywood. Pero Jarmusch no, el ha seguido a la suyo... aunque también podríamos tildar de acomodaticia esa táctica porque, a fin de cuentas, el payo lleva haciendo la misma película desde que le conozco. Mi pregunta sería: ¿Le salen así honestamente o es que se limita a confeccionar "la peli de Jarmusch que Jarmusch piensa que el público de Jarmusch espera de Jarmusch"?. ¿Por qué no le echa huevos y rueda uno de sus dramas existenciales con estética de vídeo-clip, o hace una "spoof movie" a-narrativa?. ¡¡Porque no le sale de los cojones!!, diréis. Es posible, pero tal y como anda el patio, agradezco que exista un Jim Jarmusch y que se esfuerce tanto en no dejar de actuar como.... Jim Jarmusch.
Realmente, el hombre comenzó a destacar a partir de "Extraños en el paraíso". Es la película que le otorgó renombre y premios (en "Cannes", nada menos). También es en la que desarrolló el que, desde ese mismo instante, iba a ser su estilo recurrente e inconfundible, ese neorealismo minimalista trufado de silencios y un sutil sentido del humor, a base de largas tomas y ritmo pausado. De hecho, para mucha gente "Extraños en el paraíso" es la primera película de su director. Puede que incluso los haya que así lo crean de modo oficial. Pero no, antes hubo otra, "Vacaciones permanentes", poco difundida y no tan bien considerada.
Hay un motivo, amigos. "Vacaciones permanentes" es TOTAL y ABSOLUTA esclava de las tendencias de su época y momento. Tiene todos los tics de una moda que se dio a finales de los 70 e inicios de los 80 y que fue el verdadero gen de lo que hoy entendemos por cine independiente norteamericano, la llamada "new wave" o, mejor aún, "no wave". Era un especie de mini-movimiento muy unido a otras prácticas artísticas de orden contra-cultural como el punk, pero el neoyorquino, que era bastante diferente al británico. Mientras el punk de las islas se mutaba en algo fashion y engrosaba las páginas de la prensa sensacionalista, los creadores de la Gran Manzana prefirieron llevarlo a terrenos más anti-populares y minoritarios, convirtiéndolo en la mentada etiqueta "no wave". Cinematográficamente hablando, de ahí surgieron personajes tan interesantes como Amos Poe, Eric Mitchell, Beth y Scott B, Vivienne Dick, Bette Gordon y tantos otros que se especializaron en unas películas, generalmente rodadas en 16mm o Súper 8, muy influenciadas por el cine underground primigenio yanki (el de los 60 y, prácticamente, el único genuino), John Cassavetes y la "nouvelle vague". El mismo Amos Poe, que se convirtió un poco en el rey de la función, era un imitador compulsivo de Jean-Luc Godard y en sus características películas de entonces asomaban muchos personajes ilustres de la escena, incluida la musical (desde "Blondie", pasando por Robert Gordon hasta los mismos "Cramps", todos ellos ejerciendo de actores). Jim Jarmusch siempre ha reconocido que fue Amos Poe el que le inspiró realmente a dejarse de pamplinas (es decir, abandonar su carrera como estudiante de cine), pillar una cámara y rodar una película. Y esa fue "Vacaciones permanentes" que, como decía, hace gala de todas las tendencias estéticas de aquel infra-cine (que algunos llamarían underground, pero habría que ver qué tiene de marginal un largo, como el comentado, subvencionado por varios estamentos oficiales bien respetuosos). A inicios de los 90 yo andaba obsesionado con el "new/no wave cinema", era un concepto que me flipaba mucho, leía cuanto podía de el y me imaginaba las películas resultantes (a las que no pude acceder hasta la aparición de la mula descargadora). ¿Y en qué consistían las leyes del "no wave"?, pues en desarrollar tu historia en un entorno eminentemente urbano, dando absoluta prioridad a los paisajes más degradados, los edificios abandonados y en ruinas y las paredes de ladrillos repletas de grafitis. Sitúa en dicho escenario a un personaje joven, solitario, inadaptado, que ha perdido la capacidad de ser feliz y dedica todo su tiempo a dar largos paseos sin rumbo o sentarse frente a la ventana a pensar en sus rollos. Procura que en sus periplos callejeros se cruce con personajes extraños y variopintos, a medio camino entre el surrealismo y el lumpen. Candidatos adecuados son: Vagabundos, putas, ladrones, locos, asesinos, gangsters o artistas marginados (o auto-marginados). Narrativamente no te preocupes por explicar mucho, bastará con que te centres en esos encuentros, trufados de diálogos profundos, minimalistas, absurdos y existencialistas (por incoherente que suene, puede hacerse) y, pa rellenar, pues más paseos del protagonista hasta un final sin final. También suele funcionar mucho introducir códigos propios del cine negro clásico, con alguna pistola o tiroteo, pero no es obligatorio (siempre pueden acusarte de ser demasiado comercial). Y hala, ya tienes tu película underground "No wave". Pues bien, todo eso está en los films de Amos Poe. Y buena parte de ello también en la primera película de Jim Jarmusch, motivo por el cual ha quedado tan desfasada, se la ignora tantísimo, se la valora tan poco y resulta tan divertida... aunque no lo pretenda.
"Vacaciones permanentes" ("Permanent Vacation" en v.o.) narra dos días y medio en la vida de Allie, un joven -muy joven- hipster desgarbado que pasa las horas caminando por las sucias calles de Nueva York cruzándose con la peña más estrambótica (un ¿veterano del Vietnam? que cree encontrarse en plena guerra, un negro que cuenta largos y aburridos chistes malos, la encargada de vender palomitas en un cine que, si te descuidas, te explicará entera la película, una hispana loca de lo más descojonable, etc). A veces visita a su madre en el manicomio o a su novia, junto a la que vive en un sucio y deprimente apartamento. Cuando están juntos, hacen lo normal en este tipo de movidas, nada, aburrirse mucho, mirar por la ventana, estar siempre atormentados y dejar pasar largos silencios que únicamente rompen cuando se ponen a discernir sobre importantes cuestiones filosóficas, más profundas que un abismo y que no pegan nada de nada oídas en sus jóvenes e imberbes bocas. O peor, leen pasajes de libros la mar de cultos. Al final, Allie se cansa, hace las maletas y se va a Francia. Claro, hogar de la "nouvelle vague". Fin.
"Vacaciones permanentes" no solo es la típica película "No wave", también es la típica película de un ambicioso estudiante de cine. Tan pretenciosa e intelectual que da asco. O, mejor, que daría asco sino fuese porque, gracias a su pátina ingenua, inocentona y abiertamente amateur, resulta muy divertida. No sé hasta qué punto Jim Jarmusch se toma en serio su propuesta, pero yo diría que mucho. Demasiado. De hecho, algo aprendería al respecto porque, a partir de entonces, todas sus obras harían gala de un agradecido sentido del humor. Pero en el caso que nos ocupa, uno realmente no sabe si las risas son provocadas o son involuntarias. Yo diría que más lo segundo. Jarmusch nos está contando un drama existencial de lo más angustioso.... trufado de momentos inquietantemente casi surrealistas (hay unas gotas de experimentalismo muy curiosas que nunca más volveremos a encontrar en la carrera del cineasta), y no creo que estuviera para gilipolleces. De hecho, si lees el texto dedicado a la película en el estupendo e imprescindible libro "Cine independientes americano: una introducción", que tengo la infinita suerte de poseer, podrás corroborar que Jim Jarmusch, entonces jovenzuelo, inexperto, ambicioso y con poco más hecho a sus espaldas (salvo la versión corta de "Extraños en el paraíso" y un porrón de proyectos en 16 e incluso 8mm con el mismo equipo artístico y creativo de "Vacaciones permanentes" que se irían al garete cuando lograra convertir el corto en largo, ganar un porrón de premios y aspirar a cotas más altas), habla muy en serio de su obra y del contenido de la misma.
Así pues, si a todas las carencias comentadas añadimos sus actores malísimos, su banda sonora chirriante y horrible (cortesía del propio Jarmusch junto al jazzman John Lurie. La última vez que los vi juntos fue en un capítulo de Bob Esponja), sus sutiles desenfoques, la mierda de sonido y cierta torpeza artesanal en todo ello, nos encontramos ante un film realmente simpático e incluso encantador si, sobre todo, nos lo tomamos como hay que tomárselo. Un poco a coña. Me parece imposible ver algo realmente profundo y trascendente en "Vacaciones permanentes". Puedo entender que en la época alguno picara -y picó, ya que se llevó algún premio y todo- pero el tiempo ha hecho mella en ella y hoy resulta muy anticuada y algo ridícula, casi una caricatura involuntaria de lo que entendemos por cine de arte y ensayo. Es lo que tiene sumarse a una moda, que cuando pasa, te arrastra con ella. Me gustaría saber qué opina hoy día el director de su opera prima, algo me dice que no sería muy diferente a lo que opino yo.
Entre el curioso personal que pulula por delante y/o detrás de la cámara (muchos de ellos hacen ambas cosas), encontramos al ya mentado John Lurie (en el dvd editado por el "Fnac" se incluye una bio en los extras y, como era de esperar, se pasa por alto su participación en otras piezas legendarias del "No wave" como "Rome 78" de James Nares, "The offenders" de Beth & Scott B., "Underground USA" de Eric Mitchell o "Subway Riders" de Amos Poe. Es más, incluso Lurie dirigió su propia aportación, "Men in orbit". Junto al Jarmusch triunfador, Lurie abandonó el lado más oscuro del celuloide para colarse en el más... ¿gris?). Richard Boes (actor habitual de Jarmusch y del cine "indie" en general). Sara Driver (también eventual directora y ex de Jimmy). Frankie Faison (el único actor que posteriormente hizo algo parecido a una verdadera carrera). Eric Mitchell (otro esteta del "No wave" que colaboró con los "grandes" de la escena e hizo sus propias pelis -la mentada "Underground USA"-, además de inaugurar una sala exclusivamente dedicada a esa clase de films y que cerró en tiempo récord). Finalmente localizamos a Tom DiCillo como cinematógrafo (quien años después se pasaría a la dirección y debutaría con "Johnny Suede", peli que guarda muchos puntos en común con "Vacaciones permanentes" y todo el cine "No wave" en general -y en la que también actúa Richard Boes, añado-), tarea que comparte con James A. Lebovitz, quien acabó currando para la Troma y en films como "Maniac Cop 2", nada menos.
Curiosa, sí. Interesante, también. Buena, no. Horrible, tampoco. Trascendente, ni de coña.
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domingo, 2 de marzo de 2014
sábado, 23 de enero de 2016
BLANK CITY
De todo el paripé cinematográfico acaecido durante las escenas punk, post-punk y no wave del Nueva York de finales de los 70 ya hablé largo y tendido cuando escribí sobre esta película, y esta otra. Así que no voy a extenderme más, basta decir que llevaba mucho tiempo deseando ver “Blank City” (si finalmente pude desquitarme fue gracias a la generosidad del amigo José Manuel Romero Moreno) siendo como es un documental dedicado a ese curioso momento de la historia del séptimo arte, el nacimiento del cine “indie” norteamericano, tal y como lo conocemos hoy previa desnaturalización y exterminio por parte de "Miramax" y "Sundance". Naturalmente sus más primigenias raíces estarían en el “underground” de los 60, con la diferencia que, salvo casos específicos, aquel era un cine menos accesible por su espíritu abiertamente experimental, mientras este del que hablamos ahora apostaba por un rollo más urbano y realista.
Así pues el docu arranca entrevistando a aquellos que con sus películas de súper 8 y 16mm dieron inicio al pseudo-movimiento, destacando Amos Poe como auténtico padre fundador, Eric Mitchell, actor y director, el músico John Lurie, que improvisaba sus propios cortos en casa una aburrida tarde de Domingo, y, claro está, el único de todos ellos que alcanzó fama y prestigio, Jim Jarmusch (acompañado de cerca por los otros famosos que rulan por el docu, Deborah Harry, Steve Buscemi y el inevitable John Waters, que no entiendo que siempre lo asocien a cualquier movida etiquetable de "underground" cuando él no lo era, ni lo fue, y todo su mérito estuvo en el hurto de ideas y estéticas ajenas).
Esta es la parte más interesante de “Blank City”, básicamente porque retrata el pifostio cuando más honesto, crudo, espontáneo y libre era, cuando sus implicados rodaban de forma visceral, renegando de academicismos y profesionalidad, o se colaban en edificios antiguos para currarse peplums semi-urbanos, caso del curioso James Nares y su “Rome 78”.
Pero como pasa con absolutamente todo, la escena comenzó a desintegrarse en el instante en que el “media” se hizo eco de ella. Cuando algunos de sus integrantes demostraron mayor capacidad y ambición que la mayoría y a los críticos sesudos y los festivales respetables les dio por tomárselos en serio. Ello empujó al resto, cegados por la atención prestada, a depurar más sus respectivos estilos y maneras.
Aquí el documento se vuelve aburrido, centrándose en películas carentes de garra y actitud, preocupadas todas por lucir bien, según los cánones establecidos, tocar temas políticos o implicarse socialmente en cuestiones preocupantes como el racismo o el feminismo. Buf!. El clavo en el ataúd lo puso la recién llegada Susan Seidelman, cuya aportación tardía, “Smithereens/La chica de Nueva York” (en la que intervienen astros del mundillo como Richard Hell o el mismo Amos Poe) le abrió las puertas del cine comercial nada menos que con “Buscando a Susan desesperadamente”.
Para entonces la escena ya estaba agonizando. Se hacía necesario un relevo que apostara por un tipo de cine más radical… y ahí es donde entra el “Cinema of Transgression”, encabezado por Nick Zedd (cuyo nombre, haciendo honor a su condición, no sale en el cartel, cuando es uno de los integrantes de la movida que más habla), Richard Kern o Lydia Lunch. También a alguno de ellos les acabó devorando el "media", pero de otra manera. El problema del “Cinema of Transgression” es que vendría a ser como una repetición del nacimiento de la escena en sí misma, solo que sin la frescura original, de un modo más premeditado, sensacionalista y, este es un dato importante, buscando la atención a base de escándalo y provocación por la vía bestia, cosa que los primigenios ni tan siquiera se plantearon.
Finalmente “Blank City” termina siendo una peli curiosa, interesante, cuya mejor baza se encuentra en sus primeros 30 o 40 minutos, luego uno no puede evitar comenzar a pensar en la compra del día siguiente.
Los créditos finales cuentan con imágenes de los entrevistados, solo que mostrándolos cuando eran jóvenes en plena efervescencia creativa, y no como los cansados y algo hastiados adultos en los que el paso de los años los ha acabado convirtiendo. Dato este bastante significativo.
Así pues el docu arranca entrevistando a aquellos que con sus películas de súper 8 y 16mm dieron inicio al pseudo-movimiento, destacando Amos Poe como auténtico padre fundador, Eric Mitchell, actor y director, el músico John Lurie, que improvisaba sus propios cortos en casa una aburrida tarde de Domingo, y, claro está, el único de todos ellos que alcanzó fama y prestigio, Jim Jarmusch (acompañado de cerca por los otros famosos que rulan por el docu, Deborah Harry, Steve Buscemi y el inevitable John Waters, que no entiendo que siempre lo asocien a cualquier movida etiquetable de "underground" cuando él no lo era, ni lo fue, y todo su mérito estuvo en el hurto de ideas y estéticas ajenas).
Esta es la parte más interesante de “Blank City”, básicamente porque retrata el pifostio cuando más honesto, crudo, espontáneo y libre era, cuando sus implicados rodaban de forma visceral, renegando de academicismos y profesionalidad, o se colaban en edificios antiguos para currarse peplums semi-urbanos, caso del curioso James Nares y su “Rome 78”.
Pero como pasa con absolutamente todo, la escena comenzó a desintegrarse en el instante en que el “media” se hizo eco de ella. Cuando algunos de sus integrantes demostraron mayor capacidad y ambición que la mayoría y a los críticos sesudos y los festivales respetables les dio por tomárselos en serio. Ello empujó al resto, cegados por la atención prestada, a depurar más sus respectivos estilos y maneras.
Aquí el documento se vuelve aburrido, centrándose en películas carentes de garra y actitud, preocupadas todas por lucir bien, según los cánones establecidos, tocar temas políticos o implicarse socialmente en cuestiones preocupantes como el racismo o el feminismo. Buf!. El clavo en el ataúd lo puso la recién llegada Susan Seidelman, cuya aportación tardía, “Smithereens/La chica de Nueva York” (en la que intervienen astros del mundillo como Richard Hell o el mismo Amos Poe) le abrió las puertas del cine comercial nada menos que con “Buscando a Susan desesperadamente”.
Para entonces la escena ya estaba agonizando. Se hacía necesario un relevo que apostara por un tipo de cine más radical… y ahí es donde entra el “Cinema of Transgression”, encabezado por Nick Zedd (cuyo nombre, haciendo honor a su condición, no sale en el cartel, cuando es uno de los integrantes de la movida que más habla), Richard Kern o Lydia Lunch. También a alguno de ellos les acabó devorando el "media", pero de otra manera. El problema del “Cinema of Transgression” es que vendría a ser como una repetición del nacimiento de la escena en sí misma, solo que sin la frescura original, de un modo más premeditado, sensacionalista y, este es un dato importante, buscando la atención a base de escándalo y provocación por la vía bestia, cosa que los primigenios ni tan siquiera se plantearon.
Finalmente “Blank City” termina siendo una peli curiosa, interesante, cuya mejor baza se encuentra en sus primeros 30 o 40 minutos, luego uno no puede evitar comenzar a pensar en la compra del día siguiente.
Los créditos finales cuentan con imágenes de los entrevistados, solo que mostrándolos cuando eran jóvenes en plena efervescencia creativa, y no como los cansados y algo hastiados adultos en los que el paso de los años los ha acabado convirtiendo. Dato este bastante significativo.
sábado, 20 de septiembre de 2014
BLANK GENERATION
Justo huyendo de las Alemanias, y antes de arrancar con su periodo como -frustrado- director de cine de terror, Ulli Lommel vivó un escueto sueño: Formar parte de la bohemia artística de Nueva York a finales de los 70, de la mano nada menos que de Andy Warhol. Rodó dos películas, back-to-back, de rollo "auteur" y con el famoso artista ¿albino? colaborando en escuetas intervenciones actoriles. La primera se tituló "Cocaine Cowboys" y para la banda sonora pudo contar con las canciones de "Richard Hell & The Voidoids", el legendario cantante/combo del punk original (el forjado en la Gran Manzana antes de que los Ingleses lo mangaran y se lo cargaran) de fascinante carrera (Músico, escritor, cineasta superochero y actor en cosas raras. No olvidemos que fue uno de los protagonistas del bizarro "Geek Maggot Bingo", obra del simpático poseur profesional Nick Zedd). Tanto le gustó su música a Lommel que pal siguiente proyecto decidió contar con él en tareas protagónicas. De hecho, lo tituló exactamente igual que uno de sus discos más míticos -así como una de sus canciones más emblemáticas-, "Blank Generation" (no confundir con el documental de Amos Poe, "The Blank Generation", a pesar de las evidentes e indiscutibles conexiones).
Richard Hell interpreta a un aspirante a estrella del (punk) rock llamado Billy. Un día, justo cuando se le presenta la oportunidad de despegar, conoce a una periodista francesa que le entrevista y termina perdidamente enamorado de ella. Lo que sigue es la crónica de una historia de "amor fou" en la que se aman, se gritan, se separan, se juntan, etc, etc. Billy, que es un calzonazos, abandona su carrera musical por ella, y vende todos los derechos de sus canciones. Pero entonces la gabacha, que tiene exabruptos imprevisibles, absurdos y exagerados, le manda al carajo y va al encuentro de... su otro novio, un acaudalado productor televisivo -interpretado por el mismo Ulli- obsesionado en entrevistar a -cómo no- Andy Warhol. Así las cosas, Billy retoma sus tareas musicales a pesar de lo mucho que le cuesta canturrear frente a una audiencia pasiva que no se toma la molestia de prestar atención a sus letras. Justo ahí, la francesita vuelve... pero se marcha de nuevo. Luego deja al productor germano para regresar con Billy, pero no del todo. Y entre esto y aquello, llegamos al "Fin". La verdad es que viéndola se te quitan las ganas de echarte novia (aunque al final ella paga por sus desplantes, lo que me parece muy bien y muy justo -y muy poco verosímil-).
Según leí, Richard Hell tiene un concepto muy negativo de "Blank Generation" y, especialmente, de su director, al que califica de "forma de vida rastrera". Alaba la fotografía -con razón- pero echa pestes del resto, y confiesa que si durante todo el metraje le vemos ausente y con cara de bobo, es porque decidió actuar así aposta. Pero a mí la peli no me ha parecido tan terrible, quizás porque esperaba un tocho acojonante y no lo es. Tengan en cuenta que la consumí justo al terminar un film previo que me decepcionó, que era muy tarde y que la vi en versión original con subtítulos en francés... y aún así, no tiré de avance rápido, no me cogió sueño, no me tembló la pierna y no me aburrí demasiado. Algo querrá decir todo eso, ¿no?.
Supongo que contribuyó al disfrute toda la parte dedicada a Richard Hell (que sale tocando varias veces. A lo largo de la banda sonora se escuchan como cuatro canciones suyas, tres de ellas se repiten hasta la saciedad) y a la escena del punk neoyorquino. Aparece el legendario "CBGB" que vemos desde dentro, desde fuera y desde atrás. (Por lo visto) aparece toda una leyenda del cine underground de los contornos como Eric Mitchell (y probablemente también asomen el careto más integrantes del mundillo, solo que no los reconozco). También tenemos a los "Voidoids" al completo, Robert Quine, Ivan Julian y Mark Bell/Marky Ramone. Y hay unos pocos punks que rajan de la escena británica ("Hablan de política en sus canciones", "Eso es una gilipollez"). Estamos en 1980, el punk neoyorquino lleva tiempo agonizando y en Inglaterra el boom del 77 ya ha dado paso a la época de las crestas y el imperdible con regusto "cartoon". A quien le mole todo eso, y ver el oscuro, sórdido pero extrañamente bonito Nueva York de la época, gozará.
Resulta gracioso que Andy Warhol aparezca en los créditos iniciales como el tercer actor de la película, cuando en realidad únicamente se marca un cameo de 10 minutos muy forzado, algo que no deja de formar parte de la mentalidad "exploitation" que Ulli Lommel desarrollaría no mucho más tarde. Merece destacarse también, como fricada, la notoria atención que se presta al formato vídeo, por entonces aún en pañales. La francesita se pasa toda la peli con un armatoste grabando todo lo que puede, y en lugar de dejarle a Richard Hell una nota para decirle que le abandona, le deja una cinta enorme -y de paso el equipo necesario para visionarla-. Otro momento curioso lo tenemos cuando esta misma pava sufre un escueto flashback, de esos que tienes antes de caer desde una azotea y toda tu vida pasa por delante de tus bonitos ojos, solo que en este caso se trata de escenas del mismo film visionado pero re-grabados de un televisor sin disimulo alguno. Me encanta. Y no olvidemos el asssurdo y regocijante momento en que Hell y la muchacha van en coche y discuten si ir a la playa o volver a la ciudad, al final ella se harta, estalla de modo muy desmedido, le roba el coche a él y se pira. Puro arte. ¡Ah! y que en los diálogos no falte un par de menciones a Jean-Luc Gordard, claro, de quien -muy probablemente- Lommel tomó buena nota para hacer su película.
Al reparto mencionado cabe añadir a la guapa pero sosa Carole Bouquet (que, justo tras la peli reseñada, saldría en "Solo para sus ojos", la de James Bond) e, inevitablemente, Suzanna Love, ex-mujer de Lommel, interpretando a una punkita con aspiraciones cinéfilas que rueda un largometraje con una cámara de Super 8 y se obsesiona luego en pasar lo filmado a 35mm. El mismo Ulli le dice que no lo haga, que eso podría acarrearle éxito y fama, lo que perjudicaría a su integridad. Un discurso parecido le hace la Bouquet a Hell con respecto a su música. No deja de ser divertido que Lommel andara tan obsesionado con la "integridad artística" viendo los derroteros por los que tiró su carrera justo después (si no lo digo reviento: Su nuevo film no es otra cosa que un regreso a los documentales "shock" de los 70, sobre el lado más bizarro de las Américas, se titula muy adecuadamente "Mondo Americana". Que le den un Oscar!!!).
Podría decir aquello de que "Blank Generation" es más interesante como documento histórico que como película... y algo de eso hay, pero la verdad es que como lo segundo se puede aguantá y está entre lo mejor de su señor director (lo que tampoco es muy difícil).
Gracias a Pere Koniec por el préstamo.
Richard Hell interpreta a un aspirante a estrella del (punk) rock llamado Billy. Un día, justo cuando se le presenta la oportunidad de despegar, conoce a una periodista francesa que le entrevista y termina perdidamente enamorado de ella. Lo que sigue es la crónica de una historia de "amor fou" en la que se aman, se gritan, se separan, se juntan, etc, etc. Billy, que es un calzonazos, abandona su carrera musical por ella, y vende todos los derechos de sus canciones. Pero entonces la gabacha, que tiene exabruptos imprevisibles, absurdos y exagerados, le manda al carajo y va al encuentro de... su otro novio, un acaudalado productor televisivo -interpretado por el mismo Ulli- obsesionado en entrevistar a -cómo no- Andy Warhol. Así las cosas, Billy retoma sus tareas musicales a pesar de lo mucho que le cuesta canturrear frente a una audiencia pasiva que no se toma la molestia de prestar atención a sus letras. Justo ahí, la francesita vuelve... pero se marcha de nuevo. Luego deja al productor germano para regresar con Billy, pero no del todo. Y entre esto y aquello, llegamos al "Fin". La verdad es que viéndola se te quitan las ganas de echarte novia (aunque al final ella paga por sus desplantes, lo que me parece muy bien y muy justo -y muy poco verosímil-).
Según leí, Richard Hell tiene un concepto muy negativo de "Blank Generation" y, especialmente, de su director, al que califica de "forma de vida rastrera". Alaba la fotografía -con razón- pero echa pestes del resto, y confiesa que si durante todo el metraje le vemos ausente y con cara de bobo, es porque decidió actuar así aposta. Pero a mí la peli no me ha parecido tan terrible, quizás porque esperaba un tocho acojonante y no lo es. Tengan en cuenta que la consumí justo al terminar un film previo que me decepcionó, que era muy tarde y que la vi en versión original con subtítulos en francés... y aún así, no tiré de avance rápido, no me cogió sueño, no me tembló la pierna y no me aburrí demasiado. Algo querrá decir todo eso, ¿no?.
Supongo que contribuyó al disfrute toda la parte dedicada a Richard Hell (que sale tocando varias veces. A lo largo de la banda sonora se escuchan como cuatro canciones suyas, tres de ellas se repiten hasta la saciedad) y a la escena del punk neoyorquino. Aparece el legendario "CBGB" que vemos desde dentro, desde fuera y desde atrás. (Por lo visto) aparece toda una leyenda del cine underground de los contornos como Eric Mitchell (y probablemente también asomen el careto más integrantes del mundillo, solo que no los reconozco). También tenemos a los "Voidoids" al completo, Robert Quine, Ivan Julian y Mark Bell/Marky Ramone. Y hay unos pocos punks que rajan de la escena británica ("Hablan de política en sus canciones", "Eso es una gilipollez"). Estamos en 1980, el punk neoyorquino lleva tiempo agonizando y en Inglaterra el boom del 77 ya ha dado paso a la época de las crestas y el imperdible con regusto "cartoon". A quien le mole todo eso, y ver el oscuro, sórdido pero extrañamente bonito Nueva York de la época, gozará.
Resulta gracioso que Andy Warhol aparezca en los créditos iniciales como el tercer actor de la película, cuando en realidad únicamente se marca un cameo de 10 minutos muy forzado, algo que no deja de formar parte de la mentalidad "exploitation" que Ulli Lommel desarrollaría no mucho más tarde. Merece destacarse también, como fricada, la notoria atención que se presta al formato vídeo, por entonces aún en pañales. La francesita se pasa toda la peli con un armatoste grabando todo lo que puede, y en lugar de dejarle a Richard Hell una nota para decirle que le abandona, le deja una cinta enorme -y de paso el equipo necesario para visionarla-. Otro momento curioso lo tenemos cuando esta misma pava sufre un escueto flashback, de esos que tienes antes de caer desde una azotea y toda tu vida pasa por delante de tus bonitos ojos, solo que en este caso se trata de escenas del mismo film visionado pero re-grabados de un televisor sin disimulo alguno. Me encanta. Y no olvidemos el asssurdo y regocijante momento en que Hell y la muchacha van en coche y discuten si ir a la playa o volver a la ciudad, al final ella se harta, estalla de modo muy desmedido, le roba el coche a él y se pira. Puro arte. ¡Ah! y que en los diálogos no falte un par de menciones a Jean-Luc Gordard, claro, de quien -muy probablemente- Lommel tomó buena nota para hacer su película.
Al reparto mencionado cabe añadir a la guapa pero sosa Carole Bouquet (que, justo tras la peli reseñada, saldría en "Solo para sus ojos", la de James Bond) e, inevitablemente, Suzanna Love, ex-mujer de Lommel, interpretando a una punkita con aspiraciones cinéfilas que rueda un largometraje con una cámara de Super 8 y se obsesiona luego en pasar lo filmado a 35mm. El mismo Ulli le dice que no lo haga, que eso podría acarrearle éxito y fama, lo que perjudicaría a su integridad. Un discurso parecido le hace la Bouquet a Hell con respecto a su música. No deja de ser divertido que Lommel andara tan obsesionado con la "integridad artística" viendo los derroteros por los que tiró su carrera justo después (si no lo digo reviento: Su nuevo film no es otra cosa que un regreso a los documentales "shock" de los 70, sobre el lado más bizarro de las Américas, se titula muy adecuadamente "Mondo Americana". Que le den un Oscar!!!).
Podría decir aquello de que "Blank Generation" es más interesante como documento histórico que como película... y algo de eso hay, pero la verdad es que como lo segundo se puede aguantá y está entre lo mejor de su señor director (lo que tampoco es muy difícil).
Gracias a Pere Koniec por el préstamo.
sábado, 20 de julio de 2024
VIAJE AL CENTRO DE LOS CRAMPS + AXEGRINDER 666
Siempre he sentido bastante simpatía por "The Cramps". Desde que los descubrí a mediados de los ochenta adquiriendo el vinilo de "El regreso de los muertos vivientes", sin saber ande coño me metía, pero sistemáticamente atraído por esa irrepetible y maravillosa cubierta. Y redondeado, el mismo periodo, por su entonces recién editado "A date with Elvis", regalo cumpleañoso de mi hermana. Con el tiempo me pillaría más material del combo y, aunque no lo escucho asiduamente, de vez en cuando cae y entra bien (o mal, pero simplemente porque no es el momento adecuado. Esas cosas pasan con sonidos tan específicos). Llegados los noventa, "The Cramps" comenzó su lento y progresivo declive, hasta la muerte del frontman, y absoluta mitad de su mero existir, Lux Interior. El otro cincuenta por ciento, como saben, era cosa de la carismática guitarrista, Poison Ivy. Pues, justo, sobre ellos gira este "Viaje al centro de los Cramps", firmado Dick Porter, una notable biografía por la que sentía franca curiosidad y anduve persiguiendo hasta dar con ella en una biblioteca. Así, en plan revisión generalista, se puede decir que la lectura es amena, genuinamente entretenida, con buen ritmo... aunque, al chaparlo, te queda una sensación raruna de la que aluego hablaré.
"The Cramps" eran Lux e Ivy. Ivy y Lux. El resto, peña que pasaba por allí, dejaba más o menos huella, y terminaban largándose por distintos motivos. La historia de aquel par es sanamente envidiable. Dos personas de apetencias peculiares y un pelo excéntricas se conocen, se gustan, se aman, echan adelante su sueño de tener un grupo de genuino rock and roll, a pesar de no disponer de la mínima experiencia, y triunfan. Vivieron juntitos las décadas siguientes, gozando de la aventura musical y alguna extra de tipo cinematográfica que, obvio, son las que más cosquillas me daban mientras leía. Que sí, que el cine es mi primer amor, a pesar de los pesares.
Los "Cramps" participaron como actores en "The Foreigner" de Amos Poe (donde agredían con genuinas navajas y consiguientes cortes reales a su protagonista, Eric Mitchell, dato este ignorado en el libro). Aportaron una canción fabulosa a la mentada "El regreso de los muertos vivientes" (en la época se decía que también salían interpretando a unos zombies, pero el tochito no lo confirma... ni desmiente). Colaboraron en el "Drácula" de Coppola. John Waters rechazó unos temas que grabaron para "Cry-Baby, el lágrima" (básicamente porque dejó el curro a un subordinado. Otra muestra más de la discutible "autenticidad" del mangante y vendido director de "Pink Flamingos", ¡¡¡espero que ardas en el infierno!!!) y, por supuesto, Lux puso voz a una resultona copla de "Bob Esponja".
El resto, lo estrictamente musical, no se sale de la norma. Disco nuevo, consiguiente gira. Y así todo el rato, con pequeños momentos de pausa para contarnos puntuales trifulcas. Pero sin mucha variación. Y, de hecho, pasa con la bio de los "Cramps" lo mismo que con la de Mel Brooks. O la de Dario Argento. A medida que los años van sumándose, y el grupo asentando y profesionalizando, todo se vuelve más monótono. Desapasionado. Rutinario. Lux e Ivy se limitaban a cumplir con su curro y poco más, materia esta que contribuye al poso raro del que hablaba. Pero esas cosas ocurren cuando, como digo, alcanzas ciertas cotas de popularidad y credenciales. Nada que criticar al respecto. Desde el principio, Lux e Ivy tenían clarísimo que no deseaban ser de culto, su intención consistía en triunfar a lo grande y formar parte del mainstream, solo que sin cambiar un ápice su manera de hacer. Obviamente iba a ser prácticamente imposible... pero consiguieron aproximarse mucho.
Y, justo, gracias a la lectura, me dio por revisar algunos de sus discos. Decidí que serían el acompañamiento ideal para ilustrar sonoramente el visionado de sendas ponzoñas. A estas alturas ya deberían conocer mi hobby. Y, buscando, me decanté por una titulada "Axegrinder 666" (no lo niego, su llamativa caratula contribuyó).
Es un fenómeno tan fascinante como desconcertante. El mundillo del SOV y, por ende, el de las plataformas, anda plagado de auténticas franquicias adscritas al slasher. Títulos compuestos de interminables entregas, con sus propios pseudo-Jasons (la verdadera razón de que existan), siendo "Truth or Dare" (cuya primera dosis llegó acá bajo el título de "Eliminator") o "Camp Blood" las más extensas. Incluyan en el pack a "Axegrinder" y sus seis chutes. Ninguno consumible más allá de su terreno. Sin embargo, y ahí viene la parte fascinante, es tanto el tirón que gastan esta clase de subsubproductos que, eventualmente, su responsabilidad "directiva" recae en manos de ciertos "nombres" -dentro de lo suyo, el "clickxploitation"- como los de Mark Polonia, Joe Sherlock o Dustin Ferguson.
La parte desconcertante viene dada por el hecho de que, en fin, como dijo aquel en una ocasión, ¿qué sentido tiene querer situarse tras una cámara para dejar explotar tu creatividad y, luego, decantarse por el más rutinario, inimaginativo y hueco de los subgéneros? ¿cuánto más dará de sí el asunto de los campistas acosados y espachurrados por un tipo con careta? En el fondo, si lo miras bien, el devoto de esta clase de películas dedica gran parte de su tiempo de ocio a ver personas insufribles haciendo cosas inútiles y dialogar sin decir nada, a base de cháchara interminable y vacía, durante minutos y minutos y minutos... solo para poder presenciar un par de tetas -otra reflexión: ¿qué son sino dos bolsas de grasa colgantes?, ¿de verdad nos ponen tanto como para justificar tal mandanga?- y un par de crímenes que, encima, ni son creativos ni espectaculares. Triste y miserable existencia la nuestra, amigos.
En el caso de "Axegrinder 666" todo eso se multiplica por diezmil. Para empezar, la pandi de víctimas son un grupo de góticos -en su universo no existe nadie más que no pertenezca al gremio- que ya suman unos cuantos años de edad -incluso más de unos cuantos- y otros tantos de grasa, especialmente si nos referimos a las señoritas. Hablan y hablan, sobreactúan, dicen sandeces sin descanso, son absolutamente inaguantables, irritantes, totalmente "anti-empatizantes", para, finalmente, caer en las zarpas del asesino de rigor. ¿Merece la pena la espera? No mucho, la verdad...
Los efectos gore resultan de lo más rudimentario, echando mano de material de un "Party Fiesta" al que han añadido algo de pintura roja y algún cacho de carne cruda sacada del supermercado, pero poco más. El mismo asesino luce, tras la reglamentaria careta, otra en plan cadavérico que, se supone, es su verdadero rostro. La embadurnan de tomate para disimular, pero los agujeros de los ojos siguen dando el cante. No me entiendan mal, ¡adoro esas tácticas! pero solo cuando no pretenden hacerse pasar por genuinas, menos formando parte de algo que intenta desesperadamente parecerse al cine de verdad, sin lograrlo. Y uno se ofusca porque, entiende, un producto de esta naturaleza debería cuanto menos ofrecer ingentes cantidades de la más extrema violencia, a base de detallada carnicería efectuada látex mediante por algún voluntarioso fan del género. Si le quitas eso, ¡¿qué demonios queda?! y, por ende, ¡¿qué sentido tiene su mero existir?!
En fin. ¿Algo bueno que decir? pues sí, Cara Fay, actriz de talento y belleza que merecería más suerte, y el desenlace, no del todo desdeñable. El único momento de la función donde, por fin, osan transgredir un pelín la biblia del slasher. Lástima que, para entonces, ya sea demasiado tarde.
"The Cramps" eran Lux e Ivy. Ivy y Lux. El resto, peña que pasaba por allí, dejaba más o menos huella, y terminaban largándose por distintos motivos. La historia de aquel par es sanamente envidiable. Dos personas de apetencias peculiares y un pelo excéntricas se conocen, se gustan, se aman, echan adelante su sueño de tener un grupo de genuino rock and roll, a pesar de no disponer de la mínima experiencia, y triunfan. Vivieron juntitos las décadas siguientes, gozando de la aventura musical y alguna extra de tipo cinematográfica que, obvio, son las que más cosquillas me daban mientras leía. Que sí, que el cine es mi primer amor, a pesar de los pesares.
Los "Cramps" participaron como actores en "The Foreigner" de Amos Poe (donde agredían con genuinas navajas y consiguientes cortes reales a su protagonista, Eric Mitchell, dato este ignorado en el libro). Aportaron una canción fabulosa a la mentada "El regreso de los muertos vivientes" (en la época se decía que también salían interpretando a unos zombies, pero el tochito no lo confirma... ni desmiente). Colaboraron en el "Drácula" de Coppola. John Waters rechazó unos temas que grabaron para "Cry-Baby, el lágrima" (básicamente porque dejó el curro a un subordinado. Otra muestra más de la discutible "autenticidad" del mangante y vendido director de "Pink Flamingos", ¡¡¡espero que ardas en el infierno!!!) y, por supuesto, Lux puso voz a una resultona copla de "Bob Esponja".
El resto, lo estrictamente musical, no se sale de la norma. Disco nuevo, consiguiente gira. Y así todo el rato, con pequeños momentos de pausa para contarnos puntuales trifulcas. Pero sin mucha variación. Y, de hecho, pasa con la bio de los "Cramps" lo mismo que con la de Mel Brooks. O la de Dario Argento. A medida que los años van sumándose, y el grupo asentando y profesionalizando, todo se vuelve más monótono. Desapasionado. Rutinario. Lux e Ivy se limitaban a cumplir con su curro y poco más, materia esta que contribuye al poso raro del que hablaba. Pero esas cosas ocurren cuando, como digo, alcanzas ciertas cotas de popularidad y credenciales. Nada que criticar al respecto. Desde el principio, Lux e Ivy tenían clarísimo que no deseaban ser de culto, su intención consistía en triunfar a lo grande y formar parte del mainstream, solo que sin cambiar un ápice su manera de hacer. Obviamente iba a ser prácticamente imposible... pero consiguieron aproximarse mucho.
Y, justo, gracias a la lectura, me dio por revisar algunos de sus discos. Decidí que serían el acompañamiento ideal para ilustrar sonoramente el visionado de sendas ponzoñas. A estas alturas ya deberían conocer mi hobby. Y, buscando, me decanté por una titulada "Axegrinder 666" (no lo niego, su llamativa caratula contribuyó).
Es un fenómeno tan fascinante como desconcertante. El mundillo del SOV y, por ende, el de las plataformas, anda plagado de auténticas franquicias adscritas al slasher. Títulos compuestos de interminables entregas, con sus propios pseudo-Jasons (la verdadera razón de que existan), siendo "Truth or Dare" (cuya primera dosis llegó acá bajo el título de "Eliminator") o "Camp Blood" las más extensas. Incluyan en el pack a "Axegrinder" y sus seis chutes. Ninguno consumible más allá de su terreno. Sin embargo, y ahí viene la parte fascinante, es tanto el tirón que gastan esta clase de subsubproductos que, eventualmente, su responsabilidad "directiva" recae en manos de ciertos "nombres" -dentro de lo suyo, el "clickxploitation"- como los de Mark Polonia, Joe Sherlock o Dustin Ferguson.
La parte desconcertante viene dada por el hecho de que, en fin, como dijo aquel en una ocasión, ¿qué sentido tiene querer situarse tras una cámara para dejar explotar tu creatividad y, luego, decantarse por el más rutinario, inimaginativo y hueco de los subgéneros? ¿cuánto más dará de sí el asunto de los campistas acosados y espachurrados por un tipo con careta? En el fondo, si lo miras bien, el devoto de esta clase de películas dedica gran parte de su tiempo de ocio a ver personas insufribles haciendo cosas inútiles y dialogar sin decir nada, a base de cháchara interminable y vacía, durante minutos y minutos y minutos... solo para poder presenciar un par de tetas -otra reflexión: ¿qué son sino dos bolsas de grasa colgantes?, ¿de verdad nos ponen tanto como para justificar tal mandanga?- y un par de crímenes que, encima, ni son creativos ni espectaculares. Triste y miserable existencia la nuestra, amigos.
En el caso de "Axegrinder 666" todo eso se multiplica por diezmil. Para empezar, la pandi de víctimas son un grupo de góticos -en su universo no existe nadie más que no pertenezca al gremio- que ya suman unos cuantos años de edad -incluso más de unos cuantos- y otros tantos de grasa, especialmente si nos referimos a las señoritas. Hablan y hablan, sobreactúan, dicen sandeces sin descanso, son absolutamente inaguantables, irritantes, totalmente "anti-empatizantes", para, finalmente, caer en las zarpas del asesino de rigor. ¿Merece la pena la espera? No mucho, la verdad...
Los efectos gore resultan de lo más rudimentario, echando mano de material de un "Party Fiesta" al que han añadido algo de pintura roja y algún cacho de carne cruda sacada del supermercado, pero poco más. El mismo asesino luce, tras la reglamentaria careta, otra en plan cadavérico que, se supone, es su verdadero rostro. La embadurnan de tomate para disimular, pero los agujeros de los ojos siguen dando el cante. No me entiendan mal, ¡adoro esas tácticas! pero solo cuando no pretenden hacerse pasar por genuinas, menos formando parte de algo que intenta desesperadamente parecerse al cine de verdad, sin lograrlo. Y uno se ofusca porque, entiende, un producto de esta naturaleza debería cuanto menos ofrecer ingentes cantidades de la más extrema violencia, a base de detallada carnicería efectuada látex mediante por algún voluntarioso fan del género. Si le quitas eso, ¡¿qué demonios queda?! y, por ende, ¡¿qué sentido tiene su mero existir?!
En fin. ¿Algo bueno que decir? pues sí, Cara Fay, actriz de talento y belleza que merecería más suerte, y el desenlace, no del todo desdeñable. El único momento de la función donde, por fin, osan transgredir un pelín la biblia del slasher. Lástima que, para entonces, ya sea demasiado tarde.
viernes, 14 de febrero de 2020
SEX IN THE COMICS
Durante
los años de la Guerra Mundial, los jóvenes apenas tenían acceso a la
pornografía. El cine X era consumido sólo por las élites y todavía no existían las revistas
pornográficas. ¿Cómo aliviaban tensiones entonces? Fácil. Existían unos
pequeños tebeítos de ocho páginas conocidos como “Tijuana Blues”, tiras cortas
en clave de humor que mostraban, como no podía ser de otra manera, actos
sexuales que desafiaban toda lógica natural. Esbeltas mujeres eran penetradas
por personajes de cómic grotescos que atravesaban sus anatomías con imposibles
y monstruosas pollas.
“Sex
in the comics” sería entonces, una extraña y cutre adaptación al cine de los
contenidos de estos pequeños tebeos pornográficos.
Un
popular dibujante de cómics es entrevistado por una periodista. Durante la
misma, este le recomienda que se lea algunos de esos cómics de 8 páginas, así
que la acción se vuelve ficción y a
partir de aquí, se nos mostrarán montones de historietas en las que
contemplaremos actos sexuales de lo más variopintos entre personajes de tira
cómica y bellas y despampanantes señoritas. Con lo cual lo que la pantalla nos
muestra son episodios de dos a tres minutos en los que, en un decorado construído
a mano —papeles pintados de chillones colorines— se caracteriza a los actores,
a base de algo parecido al papel mache, como si fueran personajes de Cartoon.
Todo muy extraño y bizarro, con caretas absolutamente estúpidas y pollas reales
que en algunos capítulos, con el fin de darle un toque de cómic al asunto, son
sustituidas por pollas de goma con las que los actores se follan a las
actrices.
Por
lo visto, a pesar de que su estreno fue un acontecimiento en Nueva York en 1972
ya que, prácticamente, se inauguraban los locales pornográficos para exhibir
esta película, el resultado de la misma es un despropósito. Así que todo el
elenco, dónde hay algunos conocidos actores porno, aparecen acreditados bajo
pseudónimo. Por otro lado, la película es tan ridícula, que a duras penas el
pajillero podrá hacerse una paja, por lo que el cometido de esta cinta, como
película X que es, queda truncado por culpa de las pollas de goma y las
horrorosas prótesis faciales.
También,
se rumorea que uno de los tipos que aparece con una de esas caretas, podría ser
Duke Mitchell, el famoso clon de Dean Martin que tuvo sus quince minutos de
fama al lado de Sammy Petrillo (protagonizaron “Bela Lugosi contra el gorila”)
ya en horas bajas y aceptando incluso follar delante de la cámara a cambio de
unos dólares.
La
verdad es que entiendo que en su momento la película fuera considerada una
mierda. Lo cierto es que lo es, pero vista en retrospectiva, la verdad que de
lo poco graciosa que es no deja de tener cierta gracia, y el paso de los años
le otorga el encanto de lo kitch, siendo a día de hoy una marcianada bastante
simpática. Además, como sus capítulos apenas duran un par de minutos (y hay
muchos), la cosa pasa volando y, por lo menos, para saciar la curiosidad, la
cosa sirve. Ahora ¿para masturbarse? Me temo que en ese sentido esta película
es el anti erotismo. Da pena ver follar a esta gente.
Dirige
el experimento Antony Spinelli, autor de algunos clásicos (vintage, que dirían
los modernos) del porno convencional como pueda ser “Sex World (El mundo del
sexo)”, que con una dilatada carrera dentro de la industria del cine para
adultos, firmaría esta película bajo el pseudonimo de Eric Von Letch.
Es lo
suficientemente curiosa como para verla (siempre con el móvil en la mano) e
incluso, una vez vista, guardarla por si hace gracia pasados los años volver a
revisar esta bizarrada.
viernes, 25 de noviembre de 2016
JÓVENES ALOCADOS
Secuela no oficializada de la archipopular “Aquél Excitante
Curso”.
El éxito de aquella “Sex Comedy” propició que Universal
pusiera en marcha otra nueva producción de las mismas características, así que
contratando los servicios del guionista de la anterior, y futuro director de
éxito, Cameron Crowe, que inspirándose en los sucesos observados como
periodista infiltrado en el instituto, dio forma al guion de “Aquel Excitante
Curso”, se sacan de la manga este plagio consentido –por llamarlo de alguna
forma- en el que se repite la estructura de aquella, y los personajes
arquetipo.
Todo está narrado igual, en lugares parecidos y con la idea
de construir una película muy parecida a aquella, hasta tan punto que si en
“Aquél Excitante Curso” teníamos a un joven Sean Penn teñido de rubio pollito,
en esta tenemos, como principal protagonista y en un rol casi exacto a ¡¡Chris
Penn teñido de rubio pollito!! Solo que esta “Jóvenes Alocados” no tiene ni la
garra, ni la gracia ni el atrevimiento de su antecesora, si bien es cierto que
con el afán de hacer esta secuela más grosera y más acorde con el tipo de comedia “Screwball” que ya
imperaba por aquél entonces, introducen en la trama escenas de sexo un tanto
menos sofisticadas –mucho más vulgares; aquí no tenemos a Phoebe Cates
quitándose la parte de arriba del bikini sensualmente, como si teníamos en la
primera-, en un club de streaptease dónde nuestros protagonistas acabarán como
el rosario de la aurora.
Así, tenemos las historias de varios jóvenes que se
entrecruzan, sin que estas se desarrollen de manera muy hilvanada. Tenemos a un
joven que tras graduarse decide abandonar el hogar paterno e independizarse,
por otro lado tenemos a su hermano
pequeño, que entre ligoteo y ligoteo, parece obsesionado con la guerra de Vietnam
(¿), lo que le lleva a compartir su tiempo con un veterano de dicha guerra.
Asimismo tenemos los desmanes y amoríos de un descerebrado wrestler de
instituto, y unos almacenes de moda
dónde trabaja la novia de este, que a su vez es poco menos que acosada por su
jefe. Finalmente, tenemos a la dependienta de una tienda de Donuts que se
acuesta con un policia local que le es infiel a su mujer con ella.
Poco más al respecto. La película se desarrolla lenta,
tediosa, sórdida por momentos gracias a la fotografía, que para nada evoca a la
alegría juvenil que era característica en “Aquel Excitante Curso” y en general,
una “Sex Comedy” de lo más floja. De hecho, no se volvieron a hacer remedos,
secuelas y/o “Exploitations” de “Aquél Excitante Curso”.
Por otro lado, el reparto junta a un montón de actores que a
posteriori tendrían gran peso en el
Hollywood de aquellos años, así, desfilan por la ventana un delgadísimo Chris
Penn (acreditado para la ocasión como Christopher Penn), un Ilan Mitchell Smith
pre “La Mujer Explosiva”, Eric Stolz
poco antes de ser despedido de “Regreso al Futuro”, un Rick Moranis a punto de
participar en el reparto de “Cazafantasmas”, Lea Thompson a la que poco después
veríamos en “Regreso al futuro” y “Howard, Un nuevo héroe”o Randy Quaid, algo
más mayor que el resto de sus compañeros, pero joven y saludable, lejos, muy
lejos del fanático loco en que se ha convertido hoy. Por otro lado, la película
está plagada de cameos por parte de estrellas del Rock y el Punk de aquellos
años como puedan ser Nancy Wilson del grupo “Heart”, Ronnie Wood de “The Rolling Stones” o LeeVing de “Fear”, así como aparece un momento en la película Leo Penn, padre de
Chris y Sean.
Para desgracia de nuestros ojos, decir que Lea Thompson
tenía escenas de desnudo en la película, que fueron eliminadas del corte final,
por considerarlas la producción “demasiado Sexys” -¡idiotas! ¿No es esto una
“Sex Comedy? ¡Pues eso!-.
El director de la película es Art Linson, quien después de
esta, no volvió a dirigir película alguna, si bien cuatro años antes de esta,
en 1980, ya había dirigido una ignota película protagonizada por Bill Murray y Peter Boyle titulada “Where the Buffalo Roam?”.
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