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viernes, 4 de noviembre de 2022

YO SOY ESA

La primera mitad de los noventa todavía albergaban, en la cultura popular, los últimos rescoldos de la España rancia y folclórica que movilizaba a las masas. El mundo de las tonadilleras, la pandereta y el torero galán no tardaría en diluirse dentro de la parrilla televisiva dedicada a la prensa del corazón, donde encontraba un nicho mucho más acorde con el consumidor de este tipo de productos. Aunque el mundo de la farándula propiamente dicha mutaría, pasando los protagonistas de la misma, es decir, los "artistas", a un segundo plano cediendo el testigo de la popularidad a personajes satélites menos interesantes de lo que ya de por sí podían ser ellos a estas alturas. Así, Jesulín de Ubrique quedaría atrás para ceder tiempo televisivo a su novia, la vaga Belén Esteban, que lidera la parrilla hasta el día de hoy, y la Pantoja sería más popular entrado el nuevo milenio por sus escándalos económicos al amparo de su nuevo novio, Julián Muñoz, entonces alcalde de Marbella, que por sus conciertos o nuevos discos que cada vez eran menos. Kiko Rivera “Paquirrín” en décadas posteriores se convertiría en pinchadiscos, reggeatonero, y sería acusado de vago y non grato por su propia madre… Pero eso sería otro asunto.
Sin embargo, en 1990 todo ese rollo de las peinetas y los trajes de luces estaba de plena actualidad y, aunque no le quedaba demasiado, todavía se explotaba ese filón hasta las ultimas consecuencias, ya fuera en conciertos en plazas de toros, fiestas de los pueblos o actuaciones en televisión. En el cine, desde la época de Cifisa a la que esta película pretende homenajear, sería tocado a finales del siglo XX tangencialmente.
6 largos años de luto llevaba Isabel Pantoja tras el fallecimiento de Paquirri cuando en un intento por resucitar el género folclórico al estilo de los años 40, se le ofreció la oportunidad de debutar en el cine en una película para su completo lucimiento de la mano de unos Víctor Manuel y Ana Belén que ejercerían de productores ejecutivos. Una película donde lo único que importaba era la tonadillera, sus canciones —canta 12 en un metraje de 90 minutos— los vestidos que luciría —22 en toda la película— y la historia de amor que para la ocasión viviría en la ficción con un novato José Coronado, y que trascendería a la pantalla porque, dicen, Coronado entre toma y toma, le quitaba las penas a la Pantoja en el camerino, alzando con furia su falo enhiesto y bamboleante ante la estrella de la canción que lo recibía como si fuese agua de Mayo.
También produce José Luis García Sánchez que iba a dirigirla, pero que cedió el testigo a Luis Sanz que venía de producir con tremendo éxito más folclore español con aquella cosa titulada “Las cosas del querer”.
Todo en esta “Yo soy esa” gira en torno a la Pantoja. La única obligación de la película es contentar a sus fans. En ese sentido, es de intuir que la selección de canciones es buena, que el vestuario de la cantante es el adecuado (de hecho la película fue nominada a los Goya en las categorías de maquillaje y vestuario) y que, con esos elementos cubiertos lo de menos era la historia —y por ende, el resultado general de la cinta—. Y Luiz Sanz, experimentado productor pero novato tras las cámaras, rodó un batiburrillo de conceptos y situaciones que no tienen por donde sostenerse.
Se nos presenta una historia de “cine dentro del cine” en la que una tonadillera y su marido, actor, acuden al estreno de una película que han rodado juntos. Entonces comienza la película y tanto los protagonistas como el espectador vemos lo que en ella acontece; una sucesión de números musicales al servicio de la Pantoja que se intercala con la historia de amor en la que esta se enamora de un caradura. Mientras esto se va desarrollando torpemente, de vez en cuando se dan saltos a la vida real (de la película) porque durante la proyección del film que están viendo, al personaje de José Coronado le da tiempo a salir del cine, jugarse la pasta a las cartas, pillar heroína y morir de sobredosis en los servicios del cine ¡Ahí es nada!
Una mamarrachada mal hecha, mal dirigida, con interpretaciones espantosas —lo de José Coronado poniendo acento andaluz es para mear y no echar gota— y montada con total desgana, consiguiendo que, aun siendo consciente el espectador de que está viendo una película dentro de una película (y además de época), se despiste y no sepa si lo que está viendo pertenece a una cosa o la otra. Amén de la ristra de momentos dramáticos que se tornan comedia involuntaria. Nimiedades al fin y al cabo porque ahí de lo que se trataba era se sacar pasta, mucha y rápido. En ese sentido “Yo soy esa” se convirtió en uno de los acontecimientos cinematográficos de los años 90, ya que el público de la Pantoja ardía en deseos de verla en los escenarios y, por supuesto, en un film. “Yo soy esa” servía para contentar a esa horda y, además, para rellenar páginas de la prensa del corazón con el supuesto affaire entre Pantoja y Coronado que, en consecuencia, incluía de serie una infidelidad por parte del actor hacia su pareja de entonces, Paola Dominguín. Y fue sonado el asunto.
La película es una mierda, pero se convirtió en una de las producciones españolas más taquilleras de 1990, llevando a los cines a poco menos de millón y medio de espectadores. Un éxito sin precedentes.
Isabel Pantoja como actriz es un palo tieso, expresa menos sentimientos que una gamba a punto de ser hervida, pero el tirón que tenía era importante, hasta tal punto que al año siguiente se volvió a rodar una nueva película para su lucimiento “El día que nací yo” (de la que ya les hablaré)… pero la cosa no funcionó ni la mitad de bien, quizás porque estábamos ya ante un género muerto (el cine de folclóricas) y “Yo soy esa” puede que sea su lujoso epitafio.
Por lo demás, tenemos un elenco muy de la época, con una Elisa Matilla que debutaba, una Loles León muy en su salsa, leyendas como Luis Barbero y Aurora Redondo que se limitan a hacer sus papeles de abuelillos a la perfección sin importarles el artefacto promocional en el que se encuentran, Antonio Gamero o la intervención especial de Matias Prats padre, que evocaba a la nostalgia de aquellos fans de Isabel Pantoja de edad más avanzada que ya no sobrevivirían a la siguiente película de la cantante.
Como digo, el cine folclórico estaba respirando sus últimos estertores tras muchos años ausente de los cines. Aunque los respiraba con éxito, de momento.

lunes, 7 de noviembre de 2022

EL DÍA QUE NACÍ YO

Como es natural y lógico, con la millonada de espectadores que fueron a ver la primera película de La Pantoja era una necedad no darle continuidad a ese filón, y Ana Belén y Víctor Manuel, al igual que con “Yo soy esa” ejerciendo de productores ejecutivos, raudos pusieron el cazo para ver si trincaban algo más. Pero casi con desprecio, con desdén, con condescendencia… como si les interesara trincar la pasta pero que no se supiese mucho que el matrimonio diabólico se encontraba tras estos proyectos.
Se pergeño así una segunda película para lucimiento de la tonadillera. No obstante, y en búsqueda de una película quizás no tan frívola como la ejecutada el año anterior, sí que se cuidó más el aspecto técnico y argumental y se contrató a Jaime de Armiñan para que escribiera un guión y que Pedro Olea dirigiese todo ese tinglado. El galán sería Arturo Fernández y su rival más próximo a la hora de conquistar el corazón de la pescadera gitana que interpreta la Pantoja, sería el portugués Joaquim de Almeida. Vamos, un equipo de primera categoría a todos los niveles. De este modo, y respetando la estructura clásica y folclórica de la cantante que se debate entre más de un amor, se trata de dar a la película un trasfondo político como para dar empaque al producto, cosa que desde luego fue un craso error porque una película de la Pantoja no puede dejar de ser una película de corte popular —y populachero— y, más allá de su presencia, su cante y sus vestidos, poco importa. Al margen de eso, ese trasfondo político se posiciona claramente hacia la izquierda, sin caer la producción en la cuenta que, quizás, el grueso del público de Isabel Pantoja comulgaba más con la derecha y todo este rojerío implícito en el escueto argumento les sentaría como una patada en los cojones.
Al margen de esto, si “Yo soy esa” era un folletín alocado y rodado a mil por hora en el que Pantoja se marca una canción cada tres minutos para solaz de sus admiradores, esta “El día que nací yo”, con menos canciones, más manga ancha a la hora de dejarle interpretar a Pantoja, más madura, con más intención de ser una película —y no un producto como la otra—, resultó ser un aburrimiento de tomo y lomo. Lo que se supone que iba a ser la consagración como actriz de Isabel Pantoja (porque en una entrevista durante el estreno, la tonadillera aseguraba que pretendía darle continuidad a su carrera en el cine), resultó ser su testamento.
En esta ocasión, una pescadera gitana que en sus ratos libres actúa en tablaos, consigue enamorar, por un lado a un profesor en el exilio por su ideología política y, por otro, a un cura comunista que igualmente permanece oculto. La gitana se acerca al primero porque al ejercer de periodista para la prensa, igual consigue meterla en la radio. Así pues, este usará los conocimientos de esta para elaborar un diccionario castellano-caló. Entre medias, canciones y amores imposibles. Arturo Fernández está estupendo, Joaquim de Almeida doblado por un actor de doblaje y la Pantoja haciendo lo suyo, ya que en mayor o menor medida, y como declararía a la prensa Víctor Manuel en calidad de productor “Ella no es una actriz, es una estrella que eso es más todavía”.
En definitiva, un rollo que fracasó en taquilla no llegando a congregar ni a medio millón de espectadores —la vieron un millón de personas menos que “Yo soy esa”, o sea, no la vio ni su público potencial— y que supondría el punto y final para la carrera actoral de la viuda de España. No fue el fin del ramalazo de cine folclórico español de los 90 porque todavía dio tiempo a rodar una película más del género. Pero eso se lo cuento el próximo día...

lunes, 27 de marzo de 2023

LA CORTE DE FARAÓN

De 1910 data la opereta, zarzuela, o musical —llámenlo como quieran— “La corte de Faraón”, escrita por Miguel de Palacios y Guillermo Perrín y con música de Vicente Lleó.
Se trata de una obra absolutamente inofensiva ambientada en Egipto y cuyos numeritos musicales recuerdan más a una revista de vodevil, que a una epopeya bíblica, y la característica principal de “La corte de Faraón” consiste en unos numeritos musicales picantones en cuyas letras abundan los dobles sentidos y las insinuaciones sexy por parte de las vicetiples que los interpretaban. La cosa, hablando en plata, va de un pastor virgen, un meapilas llamado El casto José, al que se quieren tirar todas las mujeres que se cruzan en su camino. Una chorradita que servía para entretener al público aunque, dicen, verdaderamente contenía mensajes velados de alto contenido político.
Años después de su estreno, la censura decidió prohibir directamente la obra, porque, según ellos, era un canto a la concupiscencia que se mofaba del caudillo, del orden establecido e incluso de Dios. En consecuencia, la obra no se volvería a representar durante años.
“La corte de Faraón” cobró su fama de manera incluso internacional, motivo por el que se adaptó al cine en México donde no vieron ningún comportamiento ácrata en la misma, en un film del año 1944 dirigido por Julio Bracho y para el lucimiento de primeras figuras mexicanas de la época.
Y por fin llegamos a la película española de gran éxito en el momento de su estreno, 1985, que en lugar de adaptar directamente la obra, recrea una situación en la posguerra  en la que un grupo de teatro representa “La corte de Faraón” sin haber pasado previamente la censura. Un censor del clero que se encuentra en el teatro, denunciará la situación, y la policía se llevará a toda la compañía detenida. En comisaría, el comisario les irá interrogando con el fin de averiguar si la obra que han interpretado es o no es antifranquista.
Se trata de un intento por parte de José Luis García Sánchez de emular, como viene siendo habitual en la mayoría de sus películas, el cine de Luis García Berlanga, compartiendo pluma con Rafael Azcona y rodeándose de la creme de la creme del cine español en lo que a actores se refiere.
Pese al enorme éxito de su momento y ese reparto absolutamente maravilloso — a saber: Fernando Fernán Gómez, Agustín González, José Luis López Vázquez, Antonio Banderas, Luis Ciges, Quique Camoiras, Juan Diego, María Luisa Ponte y Antonio Gamero (además de la repelente de Ana Belén)— no es una película que haya resistido bien el paso de los años y la cosa se torna rancia, desfasada y salvo algún momento francamente divertido (como la escena del “descapullamiento”), con tanto numerito musical de corte popular y un montaje tosco que tira de flashback al corte — por lo que a veces cuesta un poco detectar si es un flashback o si es que está avanzando la historia—, acaba resultando un poco pelma. Y es que, desengañémonos; la obra de “La corte de Faraón” de los años 10, opereta, tan atrevida y osada, tan política que la censura tuvo que prohibirla, como la zarzuela, la copla o la música ligera es un género muerto, de otra época. Y quizás en 1985 todavía quedaran generaciones del pasado que supieran apreciarlo o modernos del momento que lo reivindicaran por esnobismo, pero, a mí en la época, siendo niño (y ahora en mi mediana edad) me parece completamente insoportable. Entonces, una película que incluye en su metraje la obra completa original ocupando un 75% de la misma, se pueden imaginar ustedes lo desesperante que se me puede llegar a hacer. Se soporta, como ya he dicho, gracias a los momentos divertidos de entre medias, que son los menos.
Realmente lo que me ha instado a revisar una película que no me ha gustado nunca especialmente, es la lectura del libro “No se lo digas a nadie: Historias secretas de Martes y Trece” en el que cuentan que esta película aparece en sus vidas justo en el impás que sufrieron cuando convinieron que Fernando Conde abandonara la agrupación cómica para irse a hacer teatro. Como Josema y Millán se consideraban actores antes que cómicos, y como estaban en un momento de gran popularidad y decidiendo que hacer con Martes y 13 tras la marcha de Fernando, García Sánchez les ofreció un papel en la película. Pero hay algo que no cuaja, porque Josema tiene un papel de gran importancia, casi de protagonista, mientras que a Millán se le concede uno nimio, casi en calidad de extra —no me quiero imaginar el cuadro de envidia y la lucha de egos de esos dos durante la filmación—. Y, quizás por el nivel de los actores que tienen a su lado, sus presencias se antojan sosas, incluso molestas. Es una lástima, pero “La corte de Faraón” es la muestra de que ni Josema ni Millán son buenos actores si los sacas de sus roles de Martes y 13. Se supone que sus papeles en esta película servían para desmarcarse un poco de su imagen de humoristas, para ver sí podían ganarse la vida como actores si finalmente Martes y 13 desaparecía, pero ninguno de los dos puede abandonar los tics, muecas y gestos que les hicieron populares. Josema actúa como en un sketch cualquiera de sus especiales televisivos, mientras que a Millán, que sale poco, tienen que eliminarle en montaje el exceso de “millanadas” que, intuyo (y se nota además), a buen seguro hizo durante su interpretación, incapaz de olvidarse de que era Millán.
Por suerte para ellos, poco después del estreno de la película, se decidieron a continuar con Martes y 13 sin Fernando y, en el especial de fin de año no se les ocurrió otra cosa que inventar in situ el sketch de “La empanadilla de Móstoles”. El resto es historia. Y como fuera, lo cierto es que mientras que el dúo permaneció en activo, el cine español no les volvió a ofrecer una película (con excepción de las concebidas para su lucimiento como cómicos). Y con la disolución del grupo… casi tampoco. He dicho casi.