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martes, 2 de febrero de 2010

EL PAN DEBAJO DEL BRAZO

La fiebre de los remakes asola el mundo sin piedad. Se hacen remakes hasta de películas españolas de éxito. Bien, esto no es ni bueno ni malo, da lo mismo. Pero si en la actualidad el remake es algo que no se estila mucho en la industria de nuestro país (debido lógicamente a que no hay ninguna industria), en los años ochenta Mariano Ozores fue pionero en eso. Con "El rollo de septiembre" lo fue en lo que a "comedia teen" se refiere, y con "El pan debajo del brazo" lo fue en la cosa esta del remake. Y no solo eso, también del autoremake, igual que ahora hacen directores de prestigio como Michael Haneke -caso de "Funny Games"-.
En 1984 Ozores gozaba de un éxito atronador, con cuatro duros hacía películas que generaban millones, así que ávido de dinero, el productor Andrés Vicente Gómez le propuso producirle una película para rodarla lo antes posible. Como Don Mariano estaba muy atareado con alguna de Pajares y Esteso, se negó, alegando falta de tiempo para escribir un guion original (porque, diga lo que diga, no le gustaba dirigir guiones de otros), así que Vicente Gómez le propuso hacer una nueva versión de una película suya de éxito. Ozores aceptó y actualizó a los tiempos de la época el que hasta entonces había sido su mayor éxito, "Crónica de Nueve Meses", y tiró para adelante con el proyecto. Lejos de lo que creía Andrés Vicente Gómez, por lo que fuera la peli se estrelló en taquilla. Pocas veces más (por no decir ninguna) productor y director volvieron a trabajar juntos.
El caso es que "El pan debajo del brazo" está muy bien. Es innegable que Ozores estaba en plena forma, en su mejor momento, y facturó una película como las que estaba rodando en aquellos momentos: como una película de Pajares y Esteso, pero sin Pajares ni Esteso.
Cuenta el cómo tres parejas de distintas posiciones sociales viven lo que supone la noticia de un embarazo, unos con alegría y otros con tristeza, enlazando las historias como solo Ozores sabe hacerlo y metiendo gags típicos de la época, echando mano de humoristas de moda entonces como Fedra Lorente 
(especialmente jamona en esta peli), que por aquel entonces estaba haciendo de “La Bombi” en el "Un, Dos, Tres" y, para garantizarse el éxito, suelta los chascarrillos típicos de su célebre personaje.
Como todo lo de Ozores, imposible aburrirse viéndola. Esta es de las grandes, al nivel de un “Roque” o unos “Liantes”, quizás más ñoña en sus intenciones, pero igualmente divertida, y con un pedazo de reparto de gente tan mítica como su hermano Antonio, su sobrina Adriana antes de convertirse en la respetada actriz que es hoy, Pepe Da Rosa (le metió en el cine después de sus “J.R´s”), Juanjo Menéndez, Juanito Navarro, Lolo García, María Casanova, Arévalo, Luis Lorenzo, María Luisa Ponte... lo más granado de las tarimas y las pantallas, oiga.
Por eso digo que el cine español de ahora es una mierda (porque no hay actores de carisma y por mil millones de cosas más) y el antiguo cojonudo.
Luego en la época de “directos a vídeo”, Mariano Ozores se volvió a remakear con "Ya no va más", explotando 
esta vez el guión de "Los Bingueros", pero esa es otra historia.

lunes, 27 de marzo de 2023

LA CORTE DE FARAÓN

De 1910 data la opereta, zarzuela, o musical —llámenlo como quieran— “La corte de Faraón”, escrita por Miguel de Palacios y Guillermo Perrín y con música de Vicente Lleó.
Se trata de una obra absolutamente inofensiva ambientada en Egipto y cuyos numeritos musicales recuerdan más a una revista de vodevil, que a una epopeya bíblica, y la característica principal de “La corte de Faraón” consiste en unos numeritos musicales picantones en cuyas letras abundan los dobles sentidos y las insinuaciones sexy por parte de las vicetiples que los interpretaban. La cosa, hablando en plata, va de un pastor virgen, un meapilas llamado El casto José, al que se quieren tirar todas las mujeres que se cruzan en su camino. Una chorradita que servía para entretener al público aunque, dicen, verdaderamente contenía mensajes velados de alto contenido político.
Años después de su estreno, la censura decidió prohibir directamente la obra, porque, según ellos, era un canto a la concupiscencia que se mofaba del caudillo, del orden establecido e incluso de Dios. En consecuencia, la obra no se volvería a representar durante años.
“La corte de Faraón” cobró su fama de manera incluso internacional, motivo por el que se adaptó al cine en México donde no vieron ningún comportamiento ácrata en la misma, en un film del año 1944 dirigido por Julio Bracho y para el lucimiento de primeras figuras mexicanas de la época.
Y por fin llegamos a la película española de gran éxito en el momento de su estreno, 1985, que en lugar de adaptar directamente la obra, recrea una situación en la posguerra  en la que un grupo de teatro representa “La corte de Faraón” sin haber pasado previamente la censura. Un censor del clero que se encuentra en el teatro, denunciará la situación, y la policía se llevará a toda la compañía detenida. En comisaría, el comisario les irá interrogando con el fin de averiguar si la obra que han interpretado es o no es antifranquista.
Se trata de un intento por parte de José Luis García Sánchez de emular, como viene siendo habitual en la mayoría de sus películas, el cine de Luis García Berlanga, compartiendo pluma con Rafael Azcona y rodeándose de la creme de la creme del cine español en lo que a actores se refiere.
Pese al enorme éxito de su momento y ese reparto absolutamente maravilloso — a saber: Fernando Fernán Gómez, Agustín González, José Luis López Vázquez, Antonio Banderas, Luis Ciges, Quique Camoiras, Juan Diego, María Luisa Ponte y Antonio Gamero (además de la repelente de Ana Belén)— no es una película que haya resistido bien el paso de los años y la cosa se torna rancia, desfasada y salvo algún momento francamente divertido (como la escena del “descapullamiento”), con tanto numerito musical de corte popular y un montaje tosco que tira de flashback al corte — por lo que a veces cuesta un poco detectar si es un flashback o si es que está avanzando la historia—, acaba resultando un poco pelma. Y es que, desengañémonos; la obra de “La corte de Faraón” de los años 10, opereta, tan atrevida y osada, tan política que la censura tuvo que prohibirla, como la zarzuela, la copla o la música ligera es un género muerto, de otra época. Y quizás en 1985 todavía quedaran generaciones del pasado que supieran apreciarlo o modernos del momento que lo reivindicaran por esnobismo, pero, a mí en la época, siendo niño (y ahora en mi mediana edad) me parece completamente insoportable. Entonces, una película que incluye en su metraje la obra completa original ocupando un 75% de la misma, se pueden imaginar ustedes lo desesperante que se me puede llegar a hacer. Se soporta, como ya he dicho, gracias a los momentos divertidos de entre medias, que son los menos.
Realmente lo que me ha instado a revisar una película que no me ha gustado nunca especialmente, es la lectura del libro “No se lo digas a nadie: Historias secretas de Martes y Trece” en el que cuentan que esta película aparece en sus vidas justo en el impás que sufrieron cuando convinieron que Fernando Conde abandonara la agrupación cómica para irse a hacer teatro. Como Josema y Millán se consideraban actores antes que cómicos, y como estaban en un momento de gran popularidad y decidiendo que hacer con Martes y 13 tras la marcha de Fernando, García Sánchez les ofreció un papel en la película. Pero hay algo que no cuaja, porque Josema tiene un papel de gran importancia, casi de protagonista, mientras que a Millán se le concede uno nimio, casi en calidad de extra —no me quiero imaginar el cuadro de envidia y la lucha de egos de esos dos durante la filmación—. Y, quizás por el nivel de los actores que tienen a su lado, sus presencias se antojan sosas, incluso molestas. Es una lástima, pero “La corte de Faraón” es la muestra de que ni Josema ni Millán son buenos actores si los sacas de sus roles de Martes y 13. Se supone que sus papeles en esta película servían para desmarcarse un poco de su imagen de humoristas, para ver sí podían ganarse la vida como actores si finalmente Martes y 13 desaparecía, pero ninguno de los dos puede abandonar los tics, muecas y gestos que les hicieron populares. Josema actúa como en un sketch cualquiera de sus especiales televisivos, mientras que a Millán, que sale poco, tienen que eliminarle en montaje el exceso de “millanadas” que, intuyo (y se nota además), a buen seguro hizo durante su interpretación, incapaz de olvidarse de que era Millán.
Por suerte para ellos, poco después del estreno de la película, se decidieron a continuar con Martes y 13 sin Fernando y, en el especial de fin de año no se les ocurrió otra cosa que inventar in situ el sketch de “La empanadilla de Móstoles”. El resto es historia. Y como fuera, lo cierto es que mientras que el dúo permaneció en activo, el cine español no les volvió a ofrecer una película (con excepción de las concebidas para su lucimiento como cómicos). Y con la disolución del grupo… casi tampoco. He dicho casi.

viernes, 13 de mayo de 2022

MI MINISTRO RUSO

Extraña película rusa en co-producción con Chile y con una pequeña participación española que, más allá del ámbito festivalero o algún pase en la filmoteca española, en pocos lugares se ha visto además de en Rusia.
Se trata de una de las fallidas incursiones en la comedia de Sebastián Alarcón, director chileno exiliado en Moscú que desarrolló el grueso de su carrera en la Unión Soviética consiguiendo algún que otro éxito en aquél país gracias a los documentales y las películas de contenido sociopolítico. Sin embargo, a finales de los 80 decide dar un cambio de tercio a su cine y se pone a realizar comedias que, para su desgracia, son recibidas con frialdad por el público ruso. A esta etapa pertenece “Mi ministro ruso” (conocida en Latinoamérica bajo el título de “Una actriz española para el ministro ruso”).
Cuenta la historia de un profesor de gimnasia de padres españoles cuya pasión es el cine. Un buen día, un amigo suyo le cuela en un foro cinematográfico que se celebra en la ciudad donde, para pasar inadvertido ante la prensa, se le presenta como el ministro de cinematografía rusa. En esa tesitura conocerá a una actriz española que aprovechará para seducirlo y que, de este modo, firme un acuerdo con un productor español para realizar una co-producción que ella misma protagonizará. El profesor no abandonará su papel, y con él continuará cuando, como parte de una comisión de profesores rusos, viaja a España en plan turista. Allí —en Sevilla nada menos— continuará su idilio con la actriz manteniendo la mentira y metiéndose en líos intentando no ser descubierto ni por esta, ni por los productores españoles que en consecuencia conocerá, ni por sus compañeros profesores que verán como hace sus escapadas nocturnas de manera un tanto sospechosa. Al mismo tiempo se desarrolla una subtrama en la que, como niño deportado que fue por culpa de su padre español, buscará a este por España para que de respuesta a sus incógnitas.
Pese a la participación española y la procedencia chilena de su director, “Mi ministro ruso” resulta interesante porque en realidad se trata de una comedia eminentemente rusa y por lo cual, el sentido del humor que se gasta es el de allí. Entonces tenemos un tipo de comedia muy fría e imperceptible, porque los gags y las situaciones cómicas son ejecutadas con un dramatismo al que los españoles (y supongo que el resto de habitantes de la tierra) no estamos acostumbrados. Detectamos la comedia en todo el metraje, pero no nos reímos ni un ápice. Sin embargo, la curiosidad que suscita un producto de estas características es grande y, tras el visionado, quedo saciado, entre otras cosas porque está lo suficientemente entretenido como para verlo con interés independientemente de su procedencia y exotismo.
Por otro lado, mientras la veía no podía quitarme de la cabeza otra comedia sobre el choque de culturas en la que un ruso tendrá que adaptarse a la excentricidades del país extranjero que le ha tocado visitar, “Un ruso en Nueva York” de Paul Mazursky, la cual no quiero decir que Alarcón haya plagiado, pero desde luego sí que ha tomado buena nota: Las secuencias en las que nuestro protagonista llega a España y va de compras buscando las liquidaciones en las tiendas junto a sus compañeros, son exactas a cuando en la película americana, Robin Williams hace lo mismo junto a sus compatriotas soviéticos en la ciudad de los rascacielos.
Asimismo, al tratarse de una película para el público ruso, no deja de parecerme fascinante la manera en la que se representa España, aferrándose al estereotipo más feroz y el cliché más lastimero, haciendo acto de presencia en cada secuencia los toros, el flamenco, camisetas de la “Expo 92”, el vino, los puros y hasta los caracoles que prueba nuestro protagonista por primera vez y que le dan tanto asco que tiene que escupirlos en una servilleta. A mí también me dan muchísimo asco.
Su principal protagonista, Sergey Gazarov, es un todoterreno ruso; actor, director y productor, rara es la película rusa en la que él no tenga que ver, así como es uno de los personajes más queridos de su país. En "Mi ministro Ruso" interpreta su papel no sin cierta gracia, máxime cuando le toca hablar castellano con los personajes españoles, más que nada, porque lo habla con cierta dificultad.
La actriz española elegida para que sirva de interés romántico del protagonista sería Victoria Vera, que si bien no es santo de mi devoción, aquí baja el nivel tres puntos. Vera actúa consciente de que es una película cuyo público va a ser mayoritariamente ruso y le importa un carajo hacerlo bien, por lo que la desgana y parsimonia con la que interpreta su papel es un factor a destacar. Casi parece una broma.
Por otro lado, en la participación española, tenemos también a la veterana María Luisa Ponte, que en un alarde de profesionalidad, y al contrario que Victoria Vera, aborda su papel con las ganas y el esfuerzo con el que lo hizo en todas sus películas… aunque quizás por eso tiene más gracia ver a la Vera soltar sus frases de carrerilla con las prisas por volverse a España y cobrar el, intuyo, escueto cheque.
No ha estado mal ver esta película. Una fría y extraña comedia que nos aporta una idea del sentido de la comedia que tienen los rusos.