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lunes, 12 de marzo de 2012

EKIPO JA

Resulta cuanto menos curioso –y edificante- que tras ver como esa autentica infamia hecha celuloide que es JA, ME MAATEN! (Infamia esta, que por su propia condición resulta un incunable), que dejó claro que para hacer una película, en absoluto es necesario ser cineasta ni tener noción alguna de cine, alguien se atreva a producir años después una secuela del disparate.
Juan Muñoz, el más perjudicado en todos los sentidos de “Cruz y raya”, principal perpetrador del invento, lo tenía bien pensado y maquinado: Quería hacer un mega-taquillazo. Por eso, sin venir mucho a cuento, vistió a uno de “Los Chunguitos” de MR.T, y se sacó de la manga una parodia muy “sui géneris” de EL EQUIPO A, a destiempo y usando a los personajes gitanos que tanta popularidad consiguieran hace doce años en el show televisivo de “Cruz y Raya”, y emulando a Santiago Segura con TORRENTE, llena la película de cameos de famosos (José Mercé, Santiago Segura, Gabino Diego, Richy Castellanos, Silvia Pantoja etc…) con lo que la receta para hacer una película de éxito está servida. Pues no. Ni por esas. EKIPO JA, fue un fracaso, precisamente por saturar al espectador con una serie de elementos, que, como todo buen producto de moda, acaba pasando. Además, intuyo otro factor en su contra: Juan Muñoz, no goza de la simpatía del público, porque estos mismos ingredientes, le siguen funcionando a Santiago Segura…
La película, obviamente hace agua por todos lados. Es más, pensándolo fríamente –sin motivos personales- incluso me cuesta catalogar este producto como película… yo diría que es otra cosa. De mi interés, en cualquier caso.
Cuenta, como un grupo de gitanos, tiene en su poder un cofre con un anillo en su interior que cumple los deseos de aquel que lo posee. Así pues, mafiosos, Rusos y aristócratas, harán todo lo posible para hacerse con el, mientras el gitano Juan de Dios, el papa, y su equipo (El ekipo Ja) harán todo lo posible para evitarlo. Entre tanto, se sucederán una serie de gags, nunca efectivos. Es como si Juan Muñoz, sin su partenaire José Mota, estuviera más perdido que un hijoputa en el día del padre.
Muñoz, resulta, como actor solvente. Como cineasta, una patata cruda con proyección… es decir: si lavara su imagen, tuviera talento y se centrara en el cine, llegaría a hacerlo bien. La película, que reduce presupuestos aprovechando escenarios naturales, pero no escatima a nivel técnico (tiene look de película de Guy Ritchie o Tarantino, con iluminación “cool” y chanante), tiene momentos muy bien filmados, y otros absolutamente penosos, amen de un montaje de encargo a algún profesional del medio, y no parece una película barata. Lo malo es el resto, guión, historia y diálogos.
En cualquier caso, como curiosidad, a mí por lo menos me funciona.
Tras la disolución de “Cruz y Raya”, Juan Muñoz tiene como objetivo realizar un film cómico de piratas. A estas alturas, nadie apuesta por ese proyecto. Personalmente, me gustaría que lo consiguiese.

viernes, 12 de septiembre de 2014

SUPERNOVA

Posiblemente, una de las peores películas de la historia, no ya de nuestro cine, sino del cine mundial, sea esta “Supernova” concebida para conseguir montones de dinero a costa de la explotación fílmica de la conocida cantante Marta Sánchez, pero que supuso un fracaso y la muerte cinematográfica como actriz de la Sánchez, y de su director Juan Miñón.
Miñón venía como director emergente del “Nuevo cine español”, pero tras esta basura solo rodó una película más –si no es esa pobre carrera posterior culpa de "Supernova", será por su incapacidad- y no se convirtió, afortunadamente, en una figura reconocible del cine español. Ahora, se marcó un gol en aquello del cine exótico. Pero no un gol que concediera la victoria, sino uno que consigue que años después se hable de él.
Para empezar, y aún siendo una película de los noventa, está rodada al estilo de los ochenta, los de Álvaro Sáenz de Heredia y, aunque Miñón decía inspirarse para esta película en el “Metrópolis” de Fritz Lang, la verdad es que el resultado es más cercano al “Aquí huele a muerto (pues yo no he sido)” del anteriormente citado.
Sin embargo, es una película sin subvenciones y seudoindependiente. En producción lo tenían claro; Le dijeron a Miñón que rodara rápido, gastando poco, pero haciéndolo parecer una super producción, y así trincar la pasta lo antes posible. A finales de la década anterior, las películas para lucimiento de los “Hombres G” habían sido un éxito. Marta Sánchez tenía el mismo nivel de popularidad que el conjunto pijo, por lo que la sola existencia de “Supernova”, ya tenía que dejar pingues beneficios. Sin embargo, el público es gilipollas, pero no tanto como los productores creen, y mientras que los “Hombres G” llevaban a millones de espectadores al cine, Marta Sánchez solo congregó 86.000. No creo que fuera culpa de ella, sencillamente, que la película apestaba a podrido desde el momento en que apareció anunciada en los medios. Fue una de las campañas publicitarias más potentes de 1993, pero las perdidas fueron tremendas.
En una sociedad futurista, el Conde Nado (¡chiste de mierda!) está enamorado de la cantante “Fénix”. Con la ayuda de un retrasado obeso, secuestra a una científica, a la que obligará a fabricar un clon de la muchacha llamado “Supernova”, violento y  agresivo, que la suplantará en los conciertos y en la vida privada, así, el condenado conde Nado podrá penetrar a “Fénix” y tener descendencia con ella. Pero entre un bombero deficiente y “Supernova” le girarán la tortilla.
Para que se hagan una idea: El conde es Javier Gurruchaga, la científica Chus Lampreave y el bombero deficiente Gabino Diego.
Bien, Gurruchaga está haciendo de si mismo, completamente desatado y dando un recital de sobreactuación que es lo que se espera de él,  lo mismo con Lampreave, pero Gabino Diego -es sorprendente comprobar como sobrevive dentro del cine español- hace aquí una actuación de vergüenza ajena. Y es que, ciertamente, es un muy mal actor al que, en esta ocasión, se la ha dirigido muy por encima, por lo que tenemos aquí una cosa vergonzante. Mejor no hablar de eso que hace delante de la cámara Marta Sánchez, pero ella tiene excusa, ella no es actriz. Para compensar, amigos de las pajas, la Sánchez muestra sus famosas tetas, y es generosa con su anatomía todo el metraje. De hecho, en su reciente visionado, he descubierto que Marta Sánchez, conocida por sus tetas, lo que tiene, es un portentoso culazo como pocos he visto yo en la gran pantalla.
Cerrando el “modo pajero”, pasaré a decir que la película es un absoluto despropósito, un claro ejemplo de la dejadez y la desidia más absoluta. A nadie, salvo a la Sánchez, le importaba un bledo esa película. Por eso la dirección es casi inexistente, el montaje es incomprensible, y la historia una chorrada. Cierto que es una pieza “naïf” y con toques “pulp”, pero eso no es cosa de Juan Miñón, es cosa de la casualidad. El ritmo es una autentica mierda. Cuando la película lleva veinte minutos de metraje, no solo se nos ha presentado mal a los personajes, sino que no sabemos nada de ellos, ni sabemos que es lo que va a pasar… ¡no se entiende un carajo! Luego va a trompicones, con una colección de gags que no hacen ninguna gracia y una serie de escenas que no aportan nada. Para colmo de males, una película concebida como lucimiento de una cantante, y tan solo hay un numerito musical, a medias, y no es de ninguna de las canciones famosas de “Olé, Olé” (grupo pop dónde militaba la Sánchez por aquellos años), si no de un a canción horrorosa, en Inglés, y creada en exclusiva para la película, por lo que imagino las caras de decepción de los primeros fans que se acercaran al cine a ver una película llena de vídeo clips de su cantante favorita (que es lo que realmente debía haber sido) y encontrarse con esa mierda donde su ídolo –y todos los que aparecen- parece ser retrasada mental.
Ahora, yo se que en los círculos  de cine “trash” de por estas tierras de dios se la reivindica, cosa que entiendo a medias, porque, basándose esa gente en que estas películas son ideales para verlas en parroquia con la finalidad de pitorrearse de ella, la verdad es que “Supernova”, no tiene ni una sola escena en la que el humor, ya sea voluntario o involuntario, nos haga esbozar, siquiera, una sonrisilla.
Total, que fue un fracaso que no se esperaban ni el productor, ni el equipo, ni mucho menos Marta Sánchez, que a día de hoy reniega absolutamente de esta película, pero que mientras que la rodaba, decía que “Está muy bien hecha y va a ser maravillosa”. Claro, que ver a día de hoy las entrevistas de la Sánchez, dejan en evidencia como anda de luces la artista. De hecho, por lo que fuera, no ha vuelto a hacer nada para cine.
Iba a decir que la estética futurista, el diseño de vestuario y demás, es bastante deudor de “Acción Mutante”, pero esta apreciación es errónea porque “Acción Mutante” se estrenó tres semanas después el mismo año, y “Supernova” comenzó su rodaje con anterioridad, lo que me lleva a esta otra apreciación. Tanto “Acción Mutante” como “Supernova” son dos películas de estética asquerosamente posmoderna y “noventera”.
Con todo, como curiosidad que es, hay que echarle un ojete (lo mio fue peor, fui a verla en su momento al cine “Palacio de la Música” en un pase en el que estaba, prácticamente, solo), e insisto en que merece la pena descubrir ese enorme, redondo y carnoso culo que tiene Marta Sánchez.

lunes, 25 de marzo de 2024

TEO, EL PELIRROJO

“Teo, el pelirrojo” es una ignota película del no menos ignoto director burgalés Paco Lucio. Compitió en el festival de Berlín, pero, más allá de eso, apenas tuvo vida comercial tras su discreto estreno en cines, donde la vieron poco menos de 60.000 personas. No consiguió el apoyo de las televisiones y no se emitió hasta muchos años después, ya en los 90, del mismo modo que nunca tuvo una edición oficial en vídeo.
Sin embargo, sí obtuvo apoyo de la Junta de Castilla y León y fue financiada por el Ministerio de Cultura solo en parte, cosa rara considerando que, por forma y fondo (película de tono serio y culto, ambientada en la época del desarrollismo y con un reparto de renombre), a priori, cumplía con todo lo que exigía la ley Miró a una producción.
Vista hoy puedo comprender el ninguneo esnob, porque, pese a que se trata de una película muy para ese público de los ochenta, la tosquedad y poca pericia con la que está rodada debió tirar para atrás a todos aquellos entes bienpensantes que podían decidir sobre su futuro.
La cosa va de un juez que, junto con su esposa e hijo pequeño, se va al pueblo del que es originario porque le han avisado de que el abuelo va a morir. Una vez allí, el hijo del juez, además de contactar con otros críos, se hace amigo de un cateto, Teo el pelirrojo, aspirante a policía local que es rechazado por los dirigentes por mala bestia, lanzar proclamas comunistas en la tasca y tener un pasado turbio. Pero el chaval y el bruto se llevan estupendamente y tienen conversaciones de lo más enriquecedoras. Todo se tuerce cuando el pedazo de animal saca un día la escopeta y se carga a todas aquellas personas relevantes que le han negado el pan y la sal como policía.
Por supuesto, como el chaval ha hablado de muchas cosas con el asesino, será sometido a un tercer grado por parte de su padre el juez y las autoridades del pueblo.
Como pueden ver, un argumento muy viable para lo que se estilaría en el cine español a finales de los ochenta. Sin embargo, y al margen del politiqueo que pudiera haber silenciado (o no) esta película, “Teo, el pelirrojo” es aburrida como una mala cosa, amén de tener una estructura extraña, de tres o cuatro actos, incapaz de llevar una línea narrativa coherente; los hay largos en exceso y otros —como cuando Teo el pelirrojo  se lía a tiros— suceden en un santiamén. En definitiva, y hablando en plata, se trata de una película cultureta, sí, pero bastante mala.
El reparto esta formado por actores de la talla de Álvaro de Luna “El Algarrobo”, incapaz de desencasillarse de los papeles de garrulo tras su paso por “Curro Jiménez”, Ovidi Montllor, con la parsimonia que le caracteriza, y María Luisa San José, que sobrevivió al destape para, en esta época, especializarse en dramas rurales tras “Réquiem por un campesino español”. Asimismo, tenemos a todos los hijos de Cristina Rota aquí enchufados, en una producción leonesa, siendo Juan Diego Botto el niño protagonista —y que actúa con un gracejo y una frescura que ya no tendría en “Historias del Kronen” (ahí tendría gracejo, pero en otro sentido)— y sus hermanas Nur Al Levi y María Botto, que serían dos de las niñas que pululan por el largometraje (y que, aunque recientemente visionado, ahora mismo no sitúo).
Por su lado, el director Paco Lucio, que se ganó mejor la vida como asistente, encargándose de la segunda unidad de films del mismo palo que este, como por ejemplo “El espíritu de la colmena” o “El Sur” (ambas de Víctor Erice, al que Lucio considera su maestro), tuvo oportunidad de dirigir dos películas más durante toda su carrera, ambas en los 90 y de mínima repercusión, “El aliento del diablo” y “La sombra de Caín”.

viernes, 26 de enero de 2024

PLENILUNIO (2000)

Otra película española de los dosmiles más o menos olvidada. Pero, esta vez, y a diferencia de las varias de aquella década que de un tiempo a esta parte vengo reseñando, está francamente bien… sin embargo, en su momento la crítica fue más bien discreta con la cinta, y el público apenas llegó a 200.000 espectadores que, igual para el año 2000, ya era un éxito.
Se trata de la adaptación de la novela homónima de Antonio Muñoz Molina que, para la ocasión, adapta al cine su propia mujer, la también escritora Elvira Lindo (la de “Manolito Gafotas”) que firma el guión. Y así todo queda en casa. Dirige el que en su momento fuera uno de nuestros directores más prestigiosos de los 90, Imanol Uribe.
Se trata de un thriller serio y sobrio a más no poder, en el que, tras encontrar el cadáver de una niña que ha sido brutalmente asesinada, un inspector de policía investiga a la vez que las pistas le llevan a conocer a una mujer de la que se enamorará. De este modo, somos testigos de las fechorías del asesino en serie que ha cometido tan atroz crimen, un pescadero sexualmente reprimido que vive con sus padres y se pasa la vida mascullando. Con un par de copitas encima, las noches de luna llena sale a asesinar niñas inocentes. Hasta que un día una de sus víctimas resultará no estar muerta, lo que agilizará la investigación.
En un momento de la película, el inspector, interpretado por Miguel Ángel Solá, dice: “Lo que me da más asco del cine es la forma en que hace atractivo un crimen cuando en realidad no es más que crueldad y chapuza”. Y casi parece una declaración de intenciones porque, efectivamente, “Plenilunio” se cuida de hacer que los crímenes del asesino sean interesantes: este es un tipo repugnante y sus crímenes una auténtica chapuza. A ello contribuye la interpretación de Juan Diego Botto que, pese a que no es un actor al que yo considere muy dotado, aquí, maldiciendo por lo bajini, con ese pelo largo y grasiento y fumando cigarrillos como un poseso, no solo está muy bien, sino que consigue que sus apariciones generen algo de inquietud. Podíamos destacar todas sus escenas como lo mejor del film, y estas se van entrelazando con el romance del inspector de policía con una mujer de mediana edad interpretada por Adriana Ozores, que tampoco están exentas de interés por el trato que se le da al romanticismo, frío, tosco y totalmente alejado de lo rosa. Y me resulta muy curioso ver una historia de amor en una película llevada con la solera del que transporta un saco de patatas.
Así que, en definitiva, tenemos aquí una película serena, oscura, densa y en la que cada pocos minutos estamos palpando el mal rollo. Además de tener una fotografía en scope acojonante —de cuando las películas todavía se rodaban en celuloide—, una estupenda banda sonora firmada por Antonio Meliveo y una cuidada dirección por parte de Uribe, que en lo sucesivo, aunque nunca le faltó trabajo, iría perdiendo el prestigio que en los 90 le proporcionó una que, al contrario que la reseñada, le ha sentado bastante mal el paso de los años: “Días contados”.
En papeles secundarios tenemos a un estupendo Fernando Fernán Gómez haciendo de cura comunista, Chete Lera haciendo de Chete Lera, María Galiana o Manuél Morón.
“Plenilunio” fue nominada a cinco premios Goya. No consiguió ninguno.

lunes, 12 de enero de 2009

DE TRIPAS CORAZÓN

Un abogado alcohólico libra de la cárcel a un delincuente. Este está tan agradecido que procura hacerse amigo del abogado, pegándose a él y su novia durante todo el tiempo. Entre la chica y el macarra acaba surgiendo el amor, lo que dará pie a un montón de problemas.
Mi delincuente-actor favorito es sin duda José Luis Fernández “El Pirri”, surgido de las calles mas sórdidas del Vallecas de los 80, junto a José Luis Manzano. Entre pico y pico que se metían, Eloy de la Iglesia los “rescató” para que protagonizaran la peli de maleantes que les lanzó a la fama, "Navajeros".
Y es que el Pirri es el típico yonki escuálido, desdentado y hecho polvo que podías ver tirado en cualquier descampado metiéndose un chute bien guapo por las venas en aquella época en la que había mas heroinómanos que otra cosa en el extrarradio madrileño. Es uno de esos tipos que si te lo encuentras por la calle, te cambias de acera, porque está claro que nada bueno te va a hacer.
Después de sus apariciones en todas esas películas, el Pirri comenzó a gozar de mucha popularidad mediática, y como una de sus pasiones era el cine, acabó como critico cinematográfico del programa de tv "Pirulí que te ví", donde te morías de risa escuchando al jodio yonki dar su opinión sobre los estrenos de cartelera del momento. Recuerdo una critica suya de "Nunca fuimos ángeles" sin desperdicio alguno. Claro que esta sección duró poco, pues transcurridos escasos meses apareció muerto en un descampado de Villaverde, victima de, como no podía ser de otra manera, una sobredosis.
"De tripas corazón" es una película muy curiosa, ya que, aparte de estar concebida para lucimiento total y absoluto de las dotes interpretativas del Pirri, es una mezcla de dos géneros que estaban llenando las salas en los 80: La comedia madrileña y las películas de maleantes. Con todo, el resultado está entretenido, viendo los problemas de pareja de Juan Diego y Patricia Adriani y la parte cómica de la cinta por parte del Pirri. Además esta película es la afortunada poseedora de la escena más violenta de cuantas se han podido ver en el subgénero, una escena sangrienta, que para sí hubieran querido cualquiera de las partes de "El Pico" o "Perros Callejeros", y que se agradece debido a la condición blanca de la película. Es una escena en la que uno de los amigos del Pirri entra a atracar a una joyería y revienta al dependiente con una recortada. Jamás vi tanta sangre en una simpática película española. Una exageración, que en montaje acentúan con cámara lenta, y que consumí repetidas veces, dando para atrás en mi reproductor, por lo impactante que es.
El director es un cualquiera llamado Julio Sánchez Valdés, que después de un par de películas menores se curtió en series de televisión, volviendo al cine en 2004 con una infame comedia juvenil llamada "XXL".

lunes, 27 de marzo de 2023

LA CORTE DE FARAÓN

De 1910 data la opereta, zarzuela, o musical —llámenlo como quieran— “La corte de Faraón”, escrita por Miguel de Palacios y Guillermo Perrín y con música de Vicente Lleó.
Se trata de una obra absolutamente inofensiva ambientada en Egipto y cuyos numeritos musicales recuerdan más a una revista de vodevil, que a una epopeya bíblica, y la característica principal de “La corte de Faraón” consiste en unos numeritos musicales picantones en cuyas letras abundan los dobles sentidos y las insinuaciones sexy por parte de las vicetiples que los interpretaban. La cosa, hablando en plata, va de un pastor virgen, un meapilas llamado El casto José, al que se quieren tirar todas las mujeres que se cruzan en su camino. Una chorradita que servía para entretener al público aunque, dicen, verdaderamente contenía mensajes velados de alto contenido político.
Años después de su estreno, la censura decidió prohibir directamente la obra, porque, según ellos, era un canto a la concupiscencia que se mofaba del caudillo, del orden establecido e incluso de Dios. En consecuencia, la obra no se volvería a representar durante años.
“La corte de Faraón” cobró su fama de manera incluso internacional, motivo por el que se adaptó al cine en México donde no vieron ningún comportamiento ácrata en la misma, en un film del año 1944 dirigido por Julio Bracho y para el lucimiento de primeras figuras mexicanas de la época.
Y por fin llegamos a la película española de gran éxito en el momento de su estreno, 1985, que en lugar de adaptar directamente la obra, recrea una situación en la posguerra  en la que un grupo de teatro representa “La corte de Faraón” sin haber pasado previamente la censura. Un censor del clero que se encuentra en el teatro, denunciará la situación, y la policía se llevará a toda la compañía detenida. En comisaría, el comisario les irá interrogando con el fin de averiguar si la obra que han interpretado es o no es antifranquista.
Se trata de un intento por parte de José Luis García Sánchez de emular, como viene siendo habitual en la mayoría de sus películas, el cine de Luis García Berlanga, compartiendo pluma con Rafael Azcona y rodeándose de la creme de la creme del cine español en lo que a actores se refiere.
Pese al enorme éxito de su momento y ese reparto absolutamente maravilloso — a saber: Fernando Fernán Gómez, Agustín González, José Luis López Vázquez, Antonio Banderas, Luis Ciges, Quique Camoiras, Juan Diego, María Luisa Ponte y Antonio Gamero (además de la repelente de Ana Belén)— no es una película que haya resistido bien el paso de los años y la cosa se torna rancia, desfasada y salvo algún momento francamente divertido (como la escena del “descapullamiento”), con tanto numerito musical de corte popular y un montaje tosco que tira de flashback al corte — por lo que a veces cuesta un poco detectar si es un flashback o si es que está avanzando la historia—, acaba resultando un poco pelma. Y es que, desengañémonos; la obra de “La corte de Faraón” de los años 10, opereta, tan atrevida y osada, tan política que la censura tuvo que prohibirla, como la zarzuela, la copla o la música ligera es un género muerto, de otra época. Y quizás en 1985 todavía quedaran generaciones del pasado que supieran apreciarlo o modernos del momento que lo reivindicaran por esnobismo, pero, a mí en la época, siendo niño (y ahora en mi mediana edad) me parece completamente insoportable. Entonces, una película que incluye en su metraje la obra completa original ocupando un 75% de la misma, se pueden imaginar ustedes lo desesperante que se me puede llegar a hacer. Se soporta, como ya he dicho, gracias a los momentos divertidos de entre medias, que son los menos.
Realmente lo que me ha instado a revisar una película que no me ha gustado nunca especialmente, es la lectura del libro “No se lo digas a nadie: Historias secretas de Martes y Trece” en el que cuentan que esta película aparece en sus vidas justo en el impás que sufrieron cuando convinieron que Fernando Conde abandonara la agrupación cómica para irse a hacer teatro. Como Josema y Millán se consideraban actores antes que cómicos, y como estaban en un momento de gran popularidad y decidiendo que hacer con Martes y 13 tras la marcha de Fernando, García Sánchez les ofreció un papel en la película. Pero hay algo que no cuaja, porque Josema tiene un papel de gran importancia, casi de protagonista, mientras que a Millán se le concede uno nimio, casi en calidad de extra —no me quiero imaginar el cuadro de envidia y la lucha de egos de esos dos durante la filmación—. Y, quizás por el nivel de los actores que tienen a su lado, sus presencias se antojan sosas, incluso molestas. Es una lástima, pero “La corte de Faraón” es la muestra de que ni Josema ni Millán son buenos actores si los sacas de sus roles de Martes y 13. Se supone que sus papeles en esta película servían para desmarcarse un poco de su imagen de humoristas, para ver sí podían ganarse la vida como actores si finalmente Martes y 13 desaparecía, pero ninguno de los dos puede abandonar los tics, muecas y gestos que les hicieron populares. Josema actúa como en un sketch cualquiera de sus especiales televisivos, mientras que a Millán, que sale poco, tienen que eliminarle en montaje el exceso de “millanadas” que, intuyo (y se nota además), a buen seguro hizo durante su interpretación, incapaz de olvidarse de que era Millán.
Por suerte para ellos, poco después del estreno de la película, se decidieron a continuar con Martes y 13 sin Fernando y, en el especial de fin de año no se les ocurrió otra cosa que inventar in situ el sketch de “La empanadilla de Móstoles”. El resto es historia. Y como fuera, lo cierto es que mientras que el dúo permaneció en activo, el cine español no les volvió a ofrecer una película (con excepción de las concebidas para su lucimiento como cómicos). Y con la disolución del grupo… casi tampoco. He dicho casi.

viernes, 11 de noviembre de 2022

LA LOLA SE VA A LOS PUERTOS

En un último intento por incentivar el cine folclórico en plenos 90 (esta es de 1993) y para que la ranciedad nos salga hasta por las orejas, se recupera para el cine a Rocío Jurado que regresaba tras un montón de años sin aparecer en una película, aunque en general, incluso en sus tiempos de bonanza, se había prodigado mas bien poco en el medio. Su intervención en esta “La Lola se va a los puertos” le valió un premio Yoga a la peor actriz.
Por supuesto, y pensado quizás que se jugaba sobre seguro, se devuelve al cine a la Jurado con un remake de la película del mismo título de 1947 dirigida por Juan de Orduña concebida al servicio de Juanita Reina, que a su vez estaba inspirada en la obra homónima escrita por los hermanos Machado. “La Lola se va a los puertos” es un clásico total y absoluto de nuestro folclore del que se han adaptado incluso zarzuelas.
Para esta revisión por todo lo alto se contó con los talentos de actores como Pepe Sancho o Paco Rabal, del mismo modo que se contó con la prestigiosa pluma de Joaquín Oristell para escribir parte del guion, y la dirección de Josefina Molina, reputada realizadora televisiva que a principios de los 90 estaba disfrutando de una carrera cinematográfica con títulos exitosos y alabados por la crítica como puedan ser “Esquilache” o “Lo más natural”.
Ambientando la acción en los años 20 —la obra original está ambientada en mil ochocientos y pico— y como excusa para insertar el mayor número de canciones posible, tenemos a la tal Lola que se gana la vida por los tablaos tocando flamenco con su guitarrista Heredia. Pronto un potente terrateniente, Don Diego, se encapricha de Lola y la contratará para que cante en la fiesta de compromiso de su hijo, en la finca de la que es dueño. Una vez allí, este potentado la propondrá quedarse allí a cantar en exclusiva para él y, si se tercia, echarle algún que otro polvo de vez en cuando. Como al guitarrista Heredia le ha salido un contrato de 6 meses para irse a tocar la guitarra él solo, la Lola acepta quedarse con el hacendado con la idea de sacarle hasta el tuétano, sin intención de sucumbir a sus deseos sexuales. La cosa se complica severamente cuando el hijo de Don Diego se enamora perdidamente de la Lola, esta le corresponde, y se arma el cristo cuando tanto a Don Diego como a la prometida del hijo de este les entra la pelusa y luchan cada uno por lo suyo.
Un auténtico folletín para público de otras épocas, tristón y decadente, que no se sostiene a pesar de que el elenco principal esté ahí echando todo el resto.  Hasta a las señoras de 90 años les pareció tosca y anticuada.
Por supuesto la película supuso un fracaso de taquilla —el pasado éxito de Isabel Pantoja en el género con “Yo soy esa” no fue más que un espejismo— que no llegó a congregar más de 160.000 espectadores cuando las expectativas de público eran bastante altas. Y ahora sí, con este fracaso podemos decir que estamos ante la última película para lucimiento de una folclórica del sigo XX… a no ser que me deje alguna por ahí de después. El último clavo del cochambroso ataúd.
Desde luego, lo que me resulta del todo curioso es este resurgir del cine folclórico en plenos años 90, década en la que aunque aún existían las estrellas de la canción ligera, el éxito masivo de este género ya era residual. Pero que no se diga que no lo exprimieron hasta la última gota.
Como curiosidad, decir que leí una reseña norteamericana de “La Lola se va a los puertos” que resaltaba el cante jondo de la Jurado para la película, lamentaba que esta no hubiera cultivado más el flamenco en lugar de la canción ligera y que esta película permaneciera inédita en Estados Unidos puesto que le parecía esencial su visionado si se era un estudiante de flamenco o un aficionado yankee. Como El Pollito de California ¡Ea! Y quizás tenga razón y sea una buena película para el aficionado americano. Yo, como no soy aficionado, ni americano, tuve que limpiar la grasaza de mi pantalla de TV al terminar.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

TENGO 17 AÑOS

A parte de los rasgos meramente populares, existe una gran diferencia entre el cine español de ahora y el facturado antes de 1988; el filtro. ¿Qué es el filtro? Pues nada específico. Es algo más bien onírico, pero palpable al mismo tiempo. Verán, cuando vemos una película española actual (y subvencionada), esta tira para atrás, hablando, ya no solo de argumentos, si no esta vez de aspectos técnicos, en parte por ese agrio y grisáceo “filtro” (imaginario) que hace que se note que la película es española. Y te entran las ganas de vomitar, no ya porque Juan Diego Botto no sepa actuar o por los diálogos de vergüenza ajena, si no por ese repugnante aspecto que se gasta la imagen y el look impostado.
Así, con las mismas que digo que el cine Español actual es el peor cine del mundo, digo también que pocas cinematografías son mejores que la nuestra cuando el cine era cosa de inversores inmobiliarios. Y cuando había súper producción, había súper producción. Había un dinero en la película, no como ahora que se gastan lo mínimo en esta, para invertir el grueso en la cocaína que consume el equipo.
Como muestra, sin ir más lejos esta "Tengo 17 años", película-vehículo para lucimiento de Rocío Dúrcal en su etapa adolescente, que bailaba bien, cantaba mejor, y encima, estaba más buena que el pan, y al contrario que Maribel Verdú, no tenía que mostrar sus asquerosas tetas para triunfar.
A ver: No existe una sola película española actual que tenga la factura técnica que tiene esta película. Con un scope glorioso, un tecnicolor que duele a la vista de lo bueno que era, y unos decorados para según que numeritos musicales, en la primera mitad de "Tengo 17 años", que poco o nada tienen que envidiar a un "West Side Stort", o cualquier musical Hollywoodiense de la época. Y digo la primera mitad, porque el resto transcurre en un pueblo – Claro es que después de todo estamos en España, donde tira más un chorizo que el caviar- y ya entre vacas, cerdos y cabras, el nivel de espectáculo cede. Pero es igual, porque el tempo, dirección y montaje es inmejorable. Que aprenda Ricardo Santiago.
Así pues, tras la pataleta, vamos al filme en cuestión.
Rocío, que aspira a irse de gira con una compañía de teatro amateur, decide robar la pitillera de su padre para empeñarla y conseguir el dinero que necesita. En su casa pija, echan la culpa a uno de los criados, y tras confesar Rocío el delito, ni la policía ni su madrastra la creen, por lo que a base de autoestop y de mentiras, esta se escapa y llega a un pueblo, donde se cuela en la casa de un abuelo con su hijo y los cinco nietos, alfareros obsesionados con la formula química con la que podrán hacer el color Bermellón para pintar sus vasijas, que a cambio de que les haga la comida (que cocine, nada que ver con las felaciones…) y les planche la ropa, le dejarán cobijarse allí, mientras surge el amor por un lado, y una gran amistad con esa gente por el otro.
En definitiva, se trata de una versión muy “Sui Generis” del cuento de “Blancanieves y los siete enanitos”. Pues a estas alturas, y con casi 50 años de antigüedad, y si hacemos caso omiso del extremo nivel de ñoñería del que hace alarde la película, la verdad es que "Tengo 17 años", es una comedia romantico-músical que ha envejecido muy bien, que está muy poco trasnochada (los paletos del pueblo visten como los modernos actualmente); donde los actores son profesionales y no chirrían (no como los de ahora), y que se queda en el subconsciente de por vida. Verán, de pequeño esta película me gustaba mucho, la tenía en betamax y la consumía regularmente. Pero puede hacer fácil 25 años que no la veo, y anoche incluso soltaba diálogos durante el visionado. Vamos, que me acordaba de todo, como si se tratara de "E.T. El extraterrestre" o "Gremlins", y eso sin que hiciera efecto en mí el factor nostalgia, pues en años posteriores a la infancia, lo que tocaba era renegar de estas películas, hasta ahora que me hago mayor y las reivindico.
Muy maja, y sobretodo, muy bien hecha.
En el reparto divisamos, jovencísimos, a Pedro Osinaga, Emilio Gutiérrez Caba o Ricardo Palacios, gordo como una sabandija, en un simpático papel, con puyita incluida para los gafapastas de la época (si se dignan en verla, sabrán a que me refiero).
Dirige con MAESTRÍA, José María Forqué, papá de Verónica Forqué y productor y director de montones de clásicos de nuestra cinematografía.

martes, 24 de marzo de 2026

LOS NEGROS TAMBIÉN COMEN

Aparte del exótico título español, la principal característica de esta película de Marco Ferreri de 1988, es que se trata de su reencuentro con Rafael Azcona al guion desde que colaborasen juntos por última vez diez años antes en "Adiós al macho". Y otra cosa que me llama la atención es que, aun siendo un Ferreri, la crítica sentenció que "Los negros también comen" es una muestra de «las discretas virtudes y visibles limitaciones del cine de su autor». Vamos, que lejos queda el Ferreri de "El Pisito" pasando a ser un negado. Curioso.
Lo cierto es que, si el cine de Ferreri en los 80 era más bien tirando a malo, esta película se lleva la palma. Es mala, mala a rabiar. Además, tiene un pestazo "Berlanguiano" que tira de espaldas. Es como si tratara de imitar los trabajos de Luis García Berlanga de la época, con muchos personajes en cuadro interactuando a la vez y de forma atropellada, pero mal hecho, deslavazado, sin el virtuosismo del director valenciano. Claro que eso puede ser solamente porque tenemos a Azcona en la escritura, acostumbrado como estaba a hacer guiones para Berlanga. 
Un desastre.
Cuenta la extraña historia de un grupo de europeos en misión humanitaria por África, que en una travesía por el desierto repartiendo productos alimentarios a los más desfavorecidos, obtienen unas reacciones con las que no contaban por parte de los negros, amén de que todo acaba saliéndoles como el mismo culo. Cuando una pareja de la expedición se queda sin gasolina en medio del desierto a la espera de que sus compañeros vengan a rescatarles, llegará a su campamento una tribu. Ese encuentro tendrá inesperadas consecuencias, que no cuento porque spolearía el único evento interesante de la película.
Como era de esperar, “Los negros también comen” fue un enorme fracaso de crítica y público, que tras su paso por los cines tuvo una discreta vida doméstica editada por la curiosa "Weekend Video".
"Los negros también comen" es una co-producción hispano-franco-italiana, por lo que el reparto está lleno de caras conocidas del cine europeo, a saber: Juan Diego y Pedro Reyes por parte de España, Maruschka Detmers (vista en "Los Reyes del Mambo") por parte de Holanda, Michel Piccoli desde Francia o Michele Placido por parte de Italia. 
Posteriormente a esto Ferreri continuaría su carrera, ya de manera irregular.

martes, 14 de enero de 2025

NI TE CASES NI TE EMBARQUES

Cuando se habla de la primera película para lucimiento de Martes y 13 en formato trío, “Ni te cases ni te embarques”, se tiende a decir que es malísima y no hace honor al talento del grupo. A mí de chaval me encantaba, años después me pareció floja y anoche me volvió a parecer genial. Esto va como va.
Desde luego es graciosa y está entretenida, si bien es cierto que es una de esas películas que vende a su trío protagonista, en principio alejado del cine y, una vez se tiene el cartel que los anuncia, el producto resultante es lo de menos. Por eso, en el montaje hay secuencias que no tienen continuidad o que, directamente, se pasan la narración por el forro de las pelotas, porque la historia en el fondo da lo mismo.
No obstante,  me resulta una película curiosa y, fríamente, sentencio aquí que se trata, sin duda alguna, de la mejor de cuantas hicieron Martes y 13, muy por encima de “La loca historia de los tres Mosqueteros” de mi amado Mariano Ozores y, por supuesto, sustancialmente por encima de esos dos despropósitos de Álvaro Sáenz de Heredia que son “Aquí huele a muerto (Pues yo no he sido)” o “El Robobo de la Jojoya”, que, siendo más actuales que la que nos ocupa, sobreviven peor al implacable paso del tiempo. De chaval más o menos me gustaban ambas, pero vistas hoy… las películas de Martes y 13 como dúo son lo peor de lo peor, carentes de gracia y con una sobredosis de chascarrillos propios de los humoristas que ya son de otro tiempo (ergo, no funcionan).
Sin embargo “Ni te cases ni te embarques” aguanta algo mejor por varios factores, a saber; su intencionalidad. Quizá las películas al servicio de humoristas son un producto que se explotó más en los 90, por lo que en “Ni te cases ni te embarques” todavía no existía del todo ese pensar de convertir secuencias directamente en sketches, así, en lugar de tener una película de Martes y 13, tenemos a Martes y 13 en una película. Se trata de uno de esos films concebidos por Bermúdez de Castro para forrarse que, sí, está protagonizado por Martes y 13, pero que funcionaría igual de bien protagonizado por Antonio Ozores, Juanito Navarro o Raúl Sender, por ejemplo. Es ese tipo de cine de comedia español de los 80, solo que con el aporte juvenil y gamberro de Josema, Millán y Fernando.
Por otro lado, el estilo de los humoristas aún no se había definido del todo en 1982 —estaban empezando en verdad—, no eran ese muestrario de tics y chascarrillos que volvía loca a toda España y, aquí, podemos decir que más que haciendo humor, que lo hacen, están asumiendo la faceta de actores que coleaba desde sus inicios. Martes y 13 venían de tener una formación actoral, pero, sin duda, el que más se luce en esta película como tal es Fernando Conde, que se come a los otros dos caricatos con patatas. Asimismo, tenemos a un todoterreno tras las cámaras como es el director Javier Aguirre, rentando su profesión con las películas de Parchís en ese momento, haciendo un break para una cosa un poco más pequeña destinada a los cómicos de moda, mientras que en su tiempo libre le da a lo que realmente le gusta, que es el cine experimental. Tiene un guion endeble que él no ha escrito, pero coloca la cámara donde toca y dirige a los actores de manera más bien correcta, sin que se le rasguen las vestiduras por ello y sin hacer ningún esfuerzo. Otra cosa es que en el montaje hicieran el desbarajuste maravilloso que es esta película a nivel argumental, cuyo resultado el espectador no tiene en cuenta porque, al fin y al cabo, y aun siendo más cine que otras muestras posteriores del subgénero, el público natural, que es España entera, disfruta de los parabienes de Martes y 13 en una película.
Otro punto a favor, y que también se estilaría en productos del mismo corte a posteriori, es que, aunque es una película al servicio de unos cómicos muy famosos, se aprovecha para introducir a otros menos populares. Así, si en los vehículos para lucimiento de Chiquito de la Calzada teníamos a Bigote Arrocet acompañando al malagueño, en esta tenemos a una estupenda Beatriz Carvajal absolutamente desmelenada, interpretando a una gallega como ya solía hacer en sus intervenciones televisivas de la época. Añádanle una suerte de reparto de actorazos de primer orden haciendo los roles secundarios, como puedan ser Agustín González, Amparo Soler Leal, Alejandro Enciso o Luis Barbero. También tenemos por ahí a un niño pequeño que molesta a nuestros protagonistas y no es otro que Juan Diego Botto.
O sea, que al final "Ni te cases ni te embarques" se prodiga como una película muy divertida y desenfadada con la que uno se echa unas risas.
Aludiendo a la picaresca española, la cosa va de tres jóvenes parados que, para subsistir, tienen que recurrir a pequeños timos que siempre les salen mal. Hasta que un buen día, tras una serie de circunstancias, deciden abrir una agencia matrimonial, la excusa perfecta para que se sucedan toda suerte de disparatadas situaciones. No hay más.
Tontorrona y facilona, la película contiene desde gags muy graciosos hasta otros bastante vergonzantes, pero siempre dentro de un campo de acción agradable y entretenido, que se torna genial cuando roza lo políticamente incorrecto —mezclar un mismo gag discapacidad y homosexualismo, como sucede en un determinado momento,  no es moco de pavo — y eso que del humor del grupo no hay más que pinceladitas.
Se estrenó en el mejor momento de Martes y 13 como trío (antes de convertirse en fenómeno social tras la marcha de Fernando Conde) y llevó a los cines a una marabunta de personas, casi 800.000, sin que la película llegara a trascender en el imaginario popular como sí lo hicieron las que vendrían ya en su época de esplendor. Asimismo, Millán, en sus memorias “En mis 13”, decía que no se había hecho buen cine para Martes y 13 y esta película era una muestra de lo poco que se confiaba en ellos para el medio, diciendo que no les dejaron meter mano ni en el guion, ni en la dirección, ni en la elaboración de gags… ahora les digo yo ¿no presumís de que erais actores? Pues ahí tenéis una película en la que interpretáis, hacéis humor, y la paleta de colores es tan amplia que os desenvolvéis con trabalenguas, slapstick , humor visual y textual, por obra y gracia del equipo del señor Bermúdez de Castro, que por aquella época ya viajaba en "Rolls Royce". Yo creo que es un trabajo del que sentirse orgulloso más que del que renegar visto lo visto.
A reivindicar y redescubrir como la estupenda obra de derribo que es.

viernes, 8 de junio de 2018

HISTORIAS DEL KRONEN

En los albores de los 90, en los USA se hablaba de un cambio generacional, o no se que zarandajas, metiendo en un mismo saco a un determinado tipo de jóvenes al que bautizaron como “Generation X”.
A la culturilla española —madrileña más bien— de aquellos años le hizo gracia el término, por lo que no tardaría en dedicarle en gacetas, suplementos dominicales y revistas de tendencias, extensos artículos sobre la “Generation X” y el desencanto que provocaba pertenecer a esa generación desarraigada y en tierra de nadie, bla,bla,ba.
Como en España tampoco se puede decir que la culturilla tenga muchas ideas propias, sí en los 80 copiaron el concepto de la gala de los Oscar haciendo un plagio de la misma en lo que llamaron premios Goya —y encima esa misma culturilla, se tiró ventitantos años despreciando, a posteriori, los Oscar y todo lo americano, manda cojones—, en los 90, como niño con rabieta que anhela el soldadito del otro niño, la culturilla también quiso tener su propia “Generación X”.
Casualmente, un niñato pijo que se dedicaba a salir de copas por ahí y ponerse hasta el culo de todo, José Ángel Mañas, escribe una novela titulada “Historias del Kronen” en la que, inspirándose levemente en sus vivencias, un grupo de jóvenes de entre 20 y 25 años, salen por ahí de fiesta, se ponen hasta el culo de todo y follan. Vamos, una novela que podría escribir cualquiera con unas nociones mínimas de literatura. Pero como la novela habla de drogarse, de follar y de ese tipo de excesos, resulta entretenida.
Entonces, una cosa así viene de perlas para que toda esa culturilla tenga, por fin,  al máximo representante de nuestra patria “Generación X”, y en consecuencia, la novela es promocionada a bombo y platillo, y Mañas comparado con Brett Easton Ellis, e incluso con Hemingway. Ya teníamos a un escritor joven y outsider con el que reivindicar nuestro derecho a tener las mismas etiquetas generacionales que los americanos. Y la flauta sonó para Mañas que desde entonces no ha parado de escribir, si bien es cierto que en los últimos años ha tenido que volver a revisitar el universo “Kronen” para que se le haga algo de caso.
Poco después, como era de prever, se rueda una adaptación al cine. Entonces, qué mejor para que se nos cuente la historia de unos veiteañeros desfasados, que un viejo trasnochado meta sus manos en todo este asunto. Así, Elias Querejeta produce una película en la que Montxo Armendáriz dirige, además de co-escribir el guion junto a José Ángel Mañas.
Entonces tenemos una película con unos jóvenes que no se sabe muy bien a que extracto social pertenecen, porque por un lado parecen pijazos niños de papá, pero asisten a conciertos punk que muy poco (o nada) tienen que ver con su aspecto o maneras, que se divierten bebiendo, esnifando, viendo cine gore —como no…— y follando todo lo que se mueve, mientras se cuestionan sus identidades sexuales constantemente, y un final en el que se recurre a una primigenia estética “Found Footage” (antes del “Found Footage”). Todo esto, con unos diálogos surgidos de la mente de un viejo que imagina como hablan los jóvenes en los 90 y mete expresiones de treinta años atrás, cuando él era joven y usaba jerga. Cosa que no se explica, estando el autor de la novela escribiendo el guion ahí con él (¿o es que, quizás, si hablaban así los jóvenes en los 90?).
Y pasa como con la novela, que como es de drogas y de follar, la película resulta harto entretenida.
En su momento se estrenó, se marcó sus buenos 700. 000 espectadores (aunque se rumorea por ahí que ni por esas recuperaron los 450 millones de pesetas del presupuesto gastado) e incluso tuvo su buen tirón mediático. Ya se consolidaba la tan deseada “Generación X” española. Pero como eso resultó ser una moda, la película se evaporó con ella quedando relegada posteriormente a pases televisivos, si bien, sigue siendo recordada por los jóvenes que la vieron en su momento, pero como una peli entretenida, sin más, no como el símbolo generacional que pretendía ser.
La gracia está en que la película es una puta mierda y casi 25 años después, la manera en la que ha envejecido, los diálogos y las interpretaciones, llevan a uno a hacerse la pregunta de cómo percibiría la cinta en la época del estreno, porque no tiene ningún desperdicio. Por lo que a mí respecta, “Historias del Kronen”, hoy por hoy, es una obra cumbre del “Trash” español. Te descojonas vivo, comedia involuntaria de primer calibre, a la altura de “The Room” por lo menos. O peor.
Tiene primeros papeles para actores que debutaban y que, al menos, si perteneces a una generación; la de la hornada de actores jóvenes de los 90. El enchufado de Juan Diego Botto. Enchufado, no, enchufadísimo, porque si no fuera hijo de quién es ¿A santo de qué un actor tan HORRIBLE iba a hacer carrera en el cine? Claro, luego con los años, a fuerza de hacer muchas películas ha aprendido a actuar algo, pero aquí…. Madre de mi vida ¡verlo para creerlo! Cuando suelta por su boca torcida la frase “La amistad es para débiles, los fuertes no necesitamos amigos”, en un momento en el que el personaje está borracho y puesto de coca, es el bochorno, la vergüenza ajena, el despiporre. ¿Qué opinará Botto de su interpretación en esta película? También decir, que el parecido de Botto con Sylvester Stallone  de joven en esta película, es alarmante.
También están, risibles completamente, Jordi Mollá, Aitor Merino y Armando del Río. ¡Qué panda tan graciosa!
Así pues, recomiendo su visionado, pero como aquél que se va poner una película de serie Z con amigos para echarse unas risas. “Historias del Kronen” no decepciona, así como se trata una obra cumbre del elitismo, estupidez, ignorancia, arrogancia y subnormalismo, de lo que vengo denominando desde el principio de la reseña, “culturilla” española de principios de los 90.
Ah, y Montxo Armendáriz, que mal dirige.

miércoles, 22 de febrero de 2012

DESDE QUE AMANECE, APETECE

La película española que más veces he visto de las rodadas en el periodo de tiempo comprendido entre 2000 y 2012, es esta. Le tengo un especial cariño. Cine español, popular y sin pretensiones, y una rara avis dentro del panorama actual de comedia. Una facturada a la vieja usanza, como se hacían las comedias en los años setenta y ochenta, y prescindiendo en su reparto de niños de papá que se creen -y hacen creer al estúpido público- que son , además de unos grandes actores, unos grandes cómicos. Y cito en concreto a Alberto San Juan y Ernesto Alterio.
En "Desde que amanece, apetece", sin embargo, sí hay grandes actores y grandes cómicos. No ya por Gabino Diego, sobrevalorado a más no poder en ambas funciones desempeñadas, si no por, y en concreto, Arturo Fernández, interpretando a Arturo Fernández, en una película donde hace lo que le sale de los mismísimos cojones. Porque puede, porque es Arturo Fernández.
Sin ánimo de ser un homenaje a aquel cine, al menos veladamente, cuenta la manida y desfasada historia de un paleto de pueblo que va a una gran ciudad a prosperar. Allí se reúne con su tío, quien le ayudará en tan ardua tarea, pensando el paleto que se trata de un gran empresario, pero no; se trata de un chulo de tres al cuarto que representa a un grupo de “Boys” más de tres al cuarto todavía. Se complican las cosas, y este acaba creando una agencia de gigolós, en la que el paleto, con sus gritos guturales de pastor de vacas, logra seducir a un inmenso número de señoras y señoritas, haciendo de oro a su tío y proporcionando un sin fin de situaciones delirantes.
En definitiva, una comedia de destape realizada en la tan cercana pasada década. Y lo más curioso es que yo creo que ni los propios artífices de la cinta eran conscientes de que lo estaban haciendo…
El director, Antonio del Real, está especializado en comedia. Siempre se adaptó a su tiempo, del tipo que tanto gusta al treintañero intelectual, con las tan noventeras como horrorosas "Los hombres siempre mienten" o "Cha-Cha-Cha" Aunque venía de hacer cosas con más entidad como "Café Coca y Puro", "Buscando a Perico" y, sobretodo "Y del seguro... ¡líbranos señor! películas post Almodóvar, y en parte consecuencia de este, en las que los chistes de drogas son el telón de fondo. En ese sentido, resultó rompedor.
Sin embargo, a medida que va avanzando su carrera, su cine se vuelve más cazurro ("Trileros" es una buena muestra de ello) o directamente soez (la que nos ocupa). Y yo me pregunto… ¿Es esto un acto terrorista, una protesta, una reivindicación, o es que le sale este tipo de comedia de forma natural? En cualquiera de los casos, yo me alegro de que así sea. De hecho, nadie más ha tenido cojones para hacer una comedia a la vieja usanza, y… fracasar en el intento. "Desde que amanece, apetece" no la vio en el cine nadie más que yo, su fan número uno. Y no le echemos la culpa a la poca publicidad que pudo tener; echémosela al HORRIPILANTE póster, y al DOLOROSO título.
Así, lo que da gusto es ver a Arturo Fernández interpretando, ya con una edad avanzada, a un tal Lorenzo “El pollas”. Más que nada, porque este hombre no se deja dirigir, o eso parece, ya que su actuación entera es un muestrario de improvisaciones aderezadas con chascarrillos suyos, muy bien soltados.
Las pocas críticas que recibió la película fueron criminales. Leí por ahí lo siguiente: “El argumento es infumable, y el elenco de actores no hacen sino lastrar más un proyecto que debería haber muerto antes de nacer”. Bien, pues yo rompo una lanza a favor de "Desde que amanece, apetece", y digo que los actores están todos muy bien (excepto Gabino Diego), el argumento está gracioso y es una pena que no se hagan hoy en día más películas así. No entiendo ese odio hacia el tipo de cine más nuestro, más divertido, honesto y popular. Como si entretener al espectador más sencillo fuera pecado.
En cuanto a destetes, tenemos por ahí a Kira Miró, posiblemente la peor actriz, no ya de España, si no del mundo, que, sin embargo, cuando muestra su pubis en el que vemos claramente unas ingles brasileñas, y sus repugnantes tetas operadas, al menos a mí, para hacerme una pajilla, me sirvió.
Y es que hasta en el enseñar carne de manera gratuita es genuina "Desde que amanece, apetece".
Para los que añoran un cine más cazurro.