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martes, 19 de mayo de 2026

LANDA

Haciéndolo coincidir con la reedición de las memorias de Alfredo Landa, "Alfredo, el grande", Miguel Olid, esta vez acompañado de Gracia Querejeta, vuelve a ahondar en las figuras clásicas de nuestro cine, como ya lo hiciera en "Summers, el rebelde", centrando la temática de este documental en la vida y obra del actor (e icono pop desde hace ya mucho tiempo) Alfredo Landa.
De este modo, y sin ninguna innovación en la estructura —es un documental formal a más no poder, con abundante archivo y entrevistas—, pero con una narración veloz y dinámica, en poco más de una hora y cuarto se repasan más de 50 años de carrera actoral de Landa a través de declaraciones de todo tipo. Ergo, aquí se opina desde que el landismo era lo peor de lo peor hasta que no era para tanto, llegando incluso a la etapa de "El Crack" o "Los santos inocentes", en la que se acabó reconociendo su calidad como intérprete.
Asimismo, ha pasado suficiente tiempo desde el fallecimiento de Landa como para que los intervinientes tomen cierta distancia y, gracias a eso, el documental no sea la habitual lamida de culo que suelen ser este tipo de homenajes. Gente que trabajó con él cuenta anécdotas sobre la, por todos conocida, mala leche del actor, o sobre sus polémicas memorias, fantásticas en lo literario, pero en las que ponía a casi todos sus amigos y compañeros a caer de un burro.
Al mismo tiempo, hay algo que me llama poderosamente la atención, y es la narración en off en la que oímos contar la historia al propio Alfredo Landa en primera persona. Aquí me quedo un poco a cuadros y, mea culpa, puede que no prestara suficiente atención a los créditos y ahí lo aclarasen, pero el caso es que la voz de Landa suena o bien a un imitador asombroso, o bien a algún tipo de recreación por inteligencia artificial. De ser así, no creo que sea un mal uso de la misma.
En definitiva, no hay cosa más entretenida hoy en día que este documental, se sea fan o no de Alfredo Landa. Es probablemente uno de los trabajos más completos y con más archivo que se le pueda dedicar a uno de nuestros actores clásicos.
En las entrevistas aparecen familiares, amigos como Pepe Sacristán, Miguel Rellán o Resines, además de críticos e historiadores.
Mu majo.

martes, 18 de junio de 2024

SUMMERS EL REBELDE

Manuel Summers, director que venero y del que he pasado buena cuenta por aquí, consigue, por fin, una reivindicación dentro del mundo académico que siempre le había negado el pan y la sal, más por cuestiones políticas que artísticas. Por todos es sabido que el padre de Summers era un gobernador del régimen franquista y que el propio director no comulgaba del todo con la izquierda. Con todo eso, sin embargo, la derecha se le echó encima, siendo una de las víctimas más perjudicadas por la censura de la época, ya que esta le consideraba un hombre peligroso al no tener un filtro político contrario con el que lanzar mensajes en las películas. En resumidas cuentas, se le cogió manía por todas partes a nivel político. Así, Summers se abrazó al cine comercial hasta el final de sus días, luchó en contra de la crítica que desde sus inicios le había defenestrado, y se alió a los productores más conservadores en su cruzada contra los cineastas progresistas que se beneficiaban de las ventajas de la nueva ley Miró. Summers fue un auténtico outsider.
Por otro lado, el historiador y  Doctor Cum Laude en Comunicación Audiovisual Miguel Olid (debe ser primo mío), cuenta todo esto que he resumido yo en unas líneas en un documental que si bien a su paso por los distintos festivales llegaba a una duración estándar de 82 minutos, en su emisión por la televisión pública queda reducido a 58: “Summers, el rebelde”.
Lo mejor de todo es que Olid, comienza con su relato afirmando que en un principio el cine de Summers no era el que más le interesase —de hecho no le gustaba— y que es un acto de justicia poética el realizar un documental sobre el que probablemente es uno de nuestros mejores cineastas. El resultado tras 8 años de investigación, es esta estupenda película que, aunque avanza de manera común con la fórmula de cabezotes parlantes y mucho y buen material de archivo, no se conforma con el chupapollismo propio de este tipo de documentales, y a los comentarios positivos por parte de la familia (David Summers, Guillermo Summers, Beatriz Galbó…) o amigos (Garci, Tote Trenas…) se suman los de las voces discordantes, contemporáneas o provenientes del material de archivo, que vienen a decir poco menos que Summers hacía unas películas que o bien eran mierda, o eran flojas, o eras procaces, soeces, controvertidas…
Asimismo, podemos ver montones de entrevistas de la televisión pública en las que Summers decía lo que pensaba sin pelos en la lengua, con perlas de actitud tales como: “A mí ningún crítico puede decirme que mi película es mala mientras esta se tire nueve meses y medio en cartelera”.
Por lo demás, un repaso lógico a la carrera del director, sin llegar a profundizar en según que aspectos (la incursión en Estados Unidos de Summers, materializada en la película “Ángeles Gordos” después de pasar sus películas de adolescentes por productos exploit en cines del Deuce neoyorquino, sigue siendo una de las cuestiones que más en el aire queda siempre que se habla o escribe sobre el director sevillano), en un documental que significa, por fin, la reivindicación de uno de los mejores directores de cine españoles, cuya figura se vio ninguneada y vilipendiada por cuestiones meramente políticas, aun siendo vox populi que su obra (ya fuera en la etapa más autoral, en la más populachera, e incluso trayendo de Europa la cámara oculta para estrenar ese formato en cines y que toda España se lo comiera con agrado), estaba muy por encima de la del resto de sus coetáneos y merecía, no solo su estudio, sino también su divulgación y reivindicación. Y el documental de Miguel Olid, junto con el estupendo pack con sus mejores películas en Blu Ray que recientemente ha editado "A Contracorriente films", lo hacen… aunque sea en una época en la que, quizás, a nadie le importe el cine de Summers. O importe desde el esnobismo.

viernes, 4 de agosto de 2023

CUANDO ALMANZOR PERDIÓ EL TAMBOR

Era tendencia en nuestro cine popular de los años 80, que cuando una fórmula funcionaba bien, fueran varios los que la copiaran copando la cartelera de títulos de similares características. Y, mira tú por donde, el que solía traer esa fórmula solía ser siempre Mariano Ozores, que abría la veda para que directores, no necesariamente segundones, se sumaran al estilo que en ese momento cultivaba Mariano. Cuando Ozores se metió de lleno en aquellas películas con el divorcio como telón de fondo, por ejemplo “¡Qué gozada de divorcio!”, pronto llegaría Summers a hacer los propio con “El primer divorcio” y, copiando descaradamente, Juan Bosch con “Caray con el divorcio”.
“Cristóbal Colón… de oficio descubridor” fue el pistoletazo de salida que dio inicio a la popular trilogía de parodia histórica, el spoof autóctono, tres títulos de gran tirón popular producidos por José Frade, y en los que la mayor baza cómica consistía en los anacronismos y los chistes de política de la transición. Las tres películas partían de hechos históricos que, con cierto rigor a la hora de ser planteados, acababan siendo destrozados por los chistes sobre UCD o Alianza Popular. La mejor de todas, naturalmente, sería “Cristóbal Colón… de oficio descubridor”, por supuesto, dirigida por Mariano Ozores. A esta le seguirían, más mediocres, “Juana La Loca… de vez en cuando” con Lola Flores y dirigida por José Ramón Larraz, y “El Cid Cabreador” de Angelino Fons y protagonizada por Ángel Cristo. A este combo podíamos sumarle esa joya del cine valenciano parido desde la contracultura como fue “Que nos quiten lo bailao” de Carles Mira, no nos olvidemos de “La Biblia en Pasta” de Summers y la que nos ocupa, “Cuando Almanzor perdió el tambor”.
Pese a tener en plena forma a toda la plana mayor de la comedia popular española, esto es: Antonio Ozores, Juanito Navarro, Florinda Chico, Quique Camoiras, Luis Varela, Vicente Parra, Ricardo Merino.., sin lugar a ninguna duda “Cuando Almanzor perdió el tambor” es la peor de todas estas películas. Un intento de Luis María Delgado por recoger los frutos sembrados por la trilogía de Frade a destiempo y cuando la fórmula ya estaba más que agotada.
La acción se traslada al año 1002 cuando Almanzor tenía bajo su yugo a los cristianos y estos debían pagarle el pertinente tributo. Almanzor pide en pago doce doncellas y, a no tener ninguna disponible, lo que los Reyes Cristianos le envían es a doce putas. El festival de lo vulgar, lo chabacano y lo soez, está servido.
Una parodia histórica de menos de hora y media, con mucho menos presupuesto del que este tipo de películas solían contar y una dirección bastante apocada y perezosa por parte de otro de nuestros artesanos más exitosos, Luis María Delgado. Una metralleta de chistes de fútbol, política y guardias civiles que pierde fuelle a medio camino. Suerte que la presencia de Antonio Ozores, que suelta chascarrillos e improvisaciones a cascoporro, salvan de la quema una película que es de lo peorcito de aquellos años. Cosas como el memorable comienzo, con un plano de Ozores vestido de Almanzor subido a caballo y limpiándose las gafas con un Kleenex (y de la marca Kleenex como reza la cajita que lleva), consiguen que el espectador se ría. Pero nada más. Cuando no está Ozores en plano, el resto es terriblemente tedioso. Y, para más inri, no tenemos NADA de destape. Desde luego, “Cuando Almanzor perdió el tambor” es una auténtica rara avis de la época. Sin chispa, sin gracia, pero una rareza.
También resulta positivo, aunque cutre, que, nada más comenzar la película, una voz en off nos va introduciendo en la historia, acompañándose por una serie de bonitas ilustraciones hechas para lo ocasión por José Ramón Sánchez. El póster original de cines también es cosa suya. Y Sánchez siempre ha sido una maravilla.
El resto ¡No se toca! ¡Caca!

lunes, 13 de septiembre de 2021

CHICANO

El boxeador Dum Dum Pacheco, olvidado del imaginario popular básicamente desde que dejó de boxear, está viviendo en estos momentos un revival por parte de gente que quizás se acerca a él en pleno siglo XXI  por una cuestión de extraño esnobismo, gracias a la publicación de una serie de libros de corte “cool” que, a parte de para satisfacer al lector —puesto que sin duda son todos ellos libros interesantes— , sirven para que sus autores peleen entre sí  en las redes sociales y ver cuál de sus libros es mejor o más genuino. Y a partir de ahí, el boca a boca natural en redes traduce este eco en una serie de fuegos de artificio que durarán a penas unos meses para que, luego, Dum Dum Pacheco, vuelva a ser el personaje oscuro y olvidado que era hace unos años.
La única verdad es que todos esos libros son complementarios, y supongo que si alguien siente verdadero interés por el apodado “El puño del tercio”,  deglutirá todas esas publicaciones sin importar quien tuvo la idea primero o cuál de los autores es mejor. Pero, por lo que a mí respecta, mi interés se vuelca inicialmente en la autobiografía de Dum Dum, “Mear Sangre”, no por quién lo haya editado, sino porque, sencillamente, porque es un libro que lleva 40 años escrito y el autor es el propio Dum Dum. Todo lo demás es una guerra de egos mal gestionados en redes sociales, que, sin duda, vista desde fuera es mucho más entretenida que la película de la que vengo a hablarles tras el inciso, del mismo modo que lo era ver "El gran circo de Televisión Española" después de la merienda.
No es que sienta un especial interés por Dum Dum Pacheco; Mi interés por él se reduce al par de películas en las que participó, motivo este por el que no me es una cara desconocida, pero, como boxeador, como personaje marginal que consiguió la suficiente popularidad como para que el mundo del cine se fijara en él —y al margen de sus celebradas colaboraciones con Mariano Ozores y Manuel Summers—, como estudioso de las cinematografías exóticas (y marginales, y de derribo, y raras, y misteriosas, y desperadas), Pacheco me puede llegar a causar el interés suficiente como para ponerme a leer alguno de los libros sobre su figura y ver alguna de las películas en las que intervino —de las que apenas se habla en ninguna parte en general—. Un interés similar al que me puede suscitare ver las películas porno de La Veneno, o ver “Un genio en apuros”. Porque es algo inusual y marciano. Así, me pongo la película en la que el boxeador estuvo más involucrado.
“Chicano”, dirigida por el inefable José Truchado gracias a la pequeña inyección que aportó el propio boxeador en calidad de productor, es un tardío chorizo western rodado con lo puesto mas cinco o seis actores (y actrices) como todo reparto, cuya incompetencia solo serán capaces de calibrar aquellos que hayan visto alguna película del director con anterioridad. Se trata de la nada más absoluta.  Y uno ya tiene las retinas desgastadas de ver basura; “Chicano”, tras su soso visionado, me ha dejado impávido. Tan solo es una película mal ambientada en el Oeste, mal rodada, mal montada, mal interpretada y mal contada. Una sucesión de escenas de gente hablando, a veces montando a caballo, a veces incluso peleando y usando una técnica que recuerda vagamente a las artes marciales. Carece de humor, voluntario e involuntario,  y no nos entretenemos ni un segundo de la hora y diez escasa que dura.  Tan solo comprendemos que pasa en el encuadre cuando, tras finalizar el visionado, consultamos la sinopsis en internet. Normal, entonces, que esta película sea tan ignota. Lo único bueno que se puede decir de ella, es que es una genuina película mala, de las que duelen.
La cosa va de un matrimonio que, al llegar a un pueblo, es víctima de unos bandoleros que, en un atraco al banco, asesinan a la mujer. Por supuesto, su marido, se tomará la justicia por su mano yendo a por los tres o cuatros bandoleros que han matado a su esposa, siendo un tal Anderson (Dum Dum) el más fiero y duro de pelar de todos ellos.
El morbo de la película radica, naturalmente, en ver a Dum Dum Pacheco actuando.
Es una lástima  la poca información  que hay acerca de esta película, porque me gustaría saber por qué el boxeador mira a un punto fijo cada vez que tiene que decir diálogos (¿Estará leyendo algún tipo de cartel?) o como de hábil era recitándolos, porque lo cierto es que, al igual que el resto del reparto, la voz de Pacheco está doblada por un actor  de doblaje profesional y no le escuchamos a él. Más allá de eso, la película no tiene nada.
A su lado, en pantalla, no se lo pierdan, tenemos nada menos que a otro icono del cine mierdoso nacional, el incombustible Max-B aka Max H. Boulois, protagonista de clásicos de la inmundicia como “Cazar al negro” u “Otelo, Comando negro” que, si bien su presencia es siempre un aval para disfrutar de una película, aquí está tan soso que nos da exactamente lo mismo. También tenemos a Guillermo Antón firmando aquí su intervención con el pseudónimo de ¡Williams Anthony!, supongo que en un afán de exportar la cinta internacionalmente y que no se viera tan claro que esto era un chorizo. A Guillermo le vimos también en “Los nuevos extraterrestres” donde firmaba como William Anton, en “Al Este del Oeste” con Fernando Esteso o en “Policía” junto a Emilio Aragón. Puede que “Chicano” sea la película donde este tenga más presencia. El resto del reparto, a bote pronto, carece de interés y, la verdad, poco más puedo decirles de una película que, si no existiera, tampoco pasaría nada. Ni tan siquiera se puede permitir el lujo de denominarse “joya del trash español”,  porque no llega.
Eso sí, Dum Dum Pacheco, está muy fuerte y lozano.
El film estuvo en salas cinematográficas, por supuesto, e incluso llegó a congregar a 36.000 espectadores. Una minucia para el año en que se estrenó, 1980, pero a día de hoy, esa cifra sería considerada casi un éxito.
Para antropólogos cinematográficos. Aunque desde aquí les recomiendo que, en lugar de ver la película, se lean cualquiera de esos libros que se centran en su figura; seguro que son infinitamente mejores.

viernes, 27 de agosto de 2021

FIEBRE DE AMOR

Apenas ha pasado un año desde la anterior película de Luis Miguel, pero este, que en “Ya nunca más” era un niño imberbe de voz aflautada,  en “Fiebre de Amor” pega un gran estirón y ya tenemos a un adolescente con las hormonas a flor de piel. Es por eso que para esta segunda película se le busca un interés romántico, la también cantante Lucerito, para concebir uno de los éxitos más sonados de la historia de México. A su vez, se lanza una banda sonora con las canciones que ambos cantan en la película, y ya tienen un negocio entre manos cuyos beneficios son casi imposibles calibrar a día de hoy.
La dirección de esta segunda película de Luismi, corre a cargo de René Cardona hijo, por lo que el resultado, que cumple de sobras con su cometido, es más marciano aún si cabe que el de “Ya nunca más”.
Lucerito es una fan acérrima de Luis Miguel, que fantasea con conocerlo o incluso casarse con él, cosas estas que vemos a través de las ensoñaciones de la niña, en escenas que sugieren un soterrado erotismo, con Lucerito, con apenas 12 o 13 años, posando en bikini para un lascivo Luis Miguel que la mira con deseo, o siendo provocado sexualmente por la chica, en la onírica noche de bodas de sus delirios. Cosas de los ochenta. El caso es que la muchacha se entera de que Luis Miguel va a dar un concierto en su ciudad, Acapulco, por lo que asiste al mismo. Después, esta sigue a Luis Miguel y su staff hasta su casa, y allí, buscándole por las habitaciones, se topa con unos individuos ¡que están degollando al personal de servicio! Huyendo de estos, entra en la habitación en la que descansa Luis Miguel y, juntos, escapan de los psycho killers, generándose una persecución por carretera en las calles de Acapulco. Por supuesto, Luis Miguel, que contará con unos escasos 13 o 14 años conducirá su vehículo con violencia. Todo saldrá bien para los chavales.
Claro que la primera hora y diez de la película, es un encadenado de clips musicales en los que Luis Miguel hace alarde de sus cualidades vocales en diferentes y exóticos escenarios, con pequeñas transiciones en las que los diálogos nos dejan saber que hay una trama. Tras una hora de cancioncitas (algunas muy buenas, y es que no me desagrada la música del Luis Miguel) y ya presentados los personajes, comienza la sangría en casa del cantante y… pum, se acabó.
Loca, desmadrada, estúpida  y paradójicamente entretenida, la película entera no es más que una excusa para mostrar las canciones de la banda sonora que van a vender, y el argumento es lo de menos, por eso la historia pasa en un santiamén. Lo que no entiendo es qué cable se le cruzó a Cardona cuando escribía el guion, porque la idea de los asesinos en casa de Luis Miguel es de lo más retorcida, máxime cuando vemos algún asesinato muy gráfico en una secuencia de apenas unos minutos; Lucerito abre un armario y de él sale un trabajador de Luismi con el cuello rebanado y sangrando como un cochino.
“Fiebre de amor” es al cine mexicano lo que al español fue “Sufre Mamón”, sólo que Manuel Summers tenía más interés por el material que se disponía  rodar que Cardona que, básicamente, hizo lo que le salió de los cojones, rodando deprisa y corriendo para generar la pasta lo antes posible.
Desde luego, es una verdadera curiosidad. Y, sin duda, funcionaría en una reunión entre amigotes, con unos productos matutano y una botellica de Licor 43.

miércoles, 17 de febrero de 2021

ALGUNOS FOTOCROMOS DE "ME HACE FALTA UN BIGOTE"

Comenzamos aquí y ahora un mini-mini-ciclo fotocromil de Summers con dos películas suyas. "Me hace falta un bigote" es la primera, y si no les digo nada al respecto es porque ya lo hizo Víctor en su día.






lunes, 28 de diciembre de 2020

LA MIEL

En “La Miel”, por un lado tenemos a Don Agustín (José Luis López Vázquez), un profesor de cultura general en un colegio regentado por curas, que fue expulsado del seminario en su momento por tener problemas con el celibato. Aun así, permanece virgen y, también, reprimido por culpa de su dominante, beata y ludópata hermana con la cual vive. Por otro lado tenemos a Paco (Jorge Sanz), un niño de 9 años gamberro a más no poder, que se entretiene insultando a su profesor escribiendo “Don Agustín es Gilipollas” en los lavabos, a ritmo de cigarrito que se va fumando y embozando el graffiti con su propia mierda para ocultar el cuerpo del delito cuando es descubierto. Y por fin tenemos al tarrito de miel, la mamá de Paco (Jane Birkin) que trabaja en una Boutique como tapadera para su principal fuente de ingresos; la prostitución. 
Cuando Don Agustín acude a ella para informarle de lo buena pieza que está hecho su hijo, este se acaba enamorando de ella, máxime cuando ella le pide que le de clases particulares a su retoño. A ella le hace cierta gracia Don Agustín, por lo que la cosa se irá complicando sentimentalmente a medida que transcurre el metraje.
Más que a cualquier otro género “La Miel” de Pedro Masó se adscribe a la comedia negra. Muchos la metieron en el mismo saco del destape y el clasificado “S” solo por contener algún desnudo de Jane Birkin en una época en la que rodar este tipo de cine picante era de recibo, pero nada más lejos de la realidad. Es una comedia pura y dura, pero con una mala leche que asusta y, más que las películas de Mariano Ozores, un verdadero reflejo de la sociedad de la España de 1979, donde pacatos dejan de serlo gracias a la evolución de los tiempos y donde la libertad sexual de la transición está más a la orden del día. Además, es una feroz crítica a las clases pudientes, mostrando al único personaje adinerado que hay en la película, como un despreciable ser que solo logra excitarse si hay adulterio de por medio, hecho este que marca el final de esta estupenda película.
Y es que Masó, más interesado en la vida comercial de la cinta que de la calidad de la misma, ofrece una dirección de lo más rutinaria, pero, al tener un guion tan magistral en el que apoyarse —y que él mismo firma junto a Rafael Azcona— la cosa acaba bastante compensada.
Masó, en su afán de exportar el producto, contrata a la actriz y cantante francesa Jane Birkin, por aquel entonces una estrella, y junto con la maravillosa actuación de un López Vázquez en su mejor momento, y un pequeño Jorge Sanz que pasó de ser un gran actor —como muestra esta película— a ser un actor incapaz de hacer bien de borracho —mucho menos un personaje con matices—, consigue, por otro lado, una película memorable que queda en el recuerdo del espectador que en seguida asociará está a los primeros papeles del ya citado Jorge Sanz.
Birkin no sabía una sola palabra de Castellano, por lo que ella rodó sus diálogos en Francés y el resto del reparto le daría la réplica en nuestro idioma, lo que ocasionó no pocos equívocos y confusiones en las escenas, pero nada que no se pudiera subsanar in situ o posteriormente en el doblaje.
José Luis López Vázquez aseguró en su momento que fue un placer rodar con la estrella, la tildó de gran profesional y de ser una persona humilde que en ningún momento dio muestras de divismo durante el rodaje; Sin embargo, ella pensó que el director Pedro Masó le trataba con mayor dureza que al resto de sus compañeros, acción que la actriz achacó al hecho de “no tener tetas”. Masó, siempre desmintió esta opinión diciendo que, efectivamente, la actriz no era pechugona, pero si guapa, inteligente y con un culo maravilloso, pero que, sobre todo, era una gran actriz y por eso fue contratada. Terceros opinan que quizás la Birkin pensaba que Masó era duro con ella, porque al dirigir y hacerle llegar sus explicaciones al traductor, este, alzaba la voz, pensando inconscientemente que quizás hablando más alto, la actriz le iba a entender mejor. Un malentendido, en cualquier caso.
Como anécdota, contaba Masó que el guion requería para Jane Birkin unas bragas negras, así que se mandó al jefe de producción a por ellas. Cuando volvió al set, lo hizo con las manos vacías porque  no encontró ni una sola mercería en todo Madrid en la que  vendieran bragas de un color tan atrevido. Algo normal en la España de 1979. Ante el revuelo para ver con qué tipo de bragas rodarían, alguien le explicó a Birkin lo sucedido, así que ni corta ni perezosa, se quitó las que llevaba ella bajo la falda que casualmente eran negras y, agitándolas delante del equipo, anunció que ya había bragas negras, así que usó las suyas propias ante imposibilidad de conseguir unas nuevas a bote pronto.
La película se estrenó en Madrid en el cine Coliseun, donde permaneció la friolera de casi seis meses en cartel durante los que fueron a verla casi un millón de espectadores, convirtiéndose en un éxito de público —no así de crítica— máxime, cuando en un logro de exportar la producción, esta se tiró 38 semanas en uno de los cines de la calle 42 de Broadway, en Manhattan, cosa de la que Pedro Masó estaba muy orgulloso, pero no hay que equivocarse; en aquellos cines se albergaban las películas de serie Z más feroces, el Kung Fu de tercera categoría más barato y el terror más chabacano; “La Miel”, al igual que muchas de las películas de Manuel Summers, se estrenó en aquellos locales como pieza exótica, por su erotismo, y como complemento de relleno a la programación que, como ya he dicho, la componían películas de variado y dudoso pelaje. Pero esto no lo vean como motivo de denuncia; me flipa que “La Miel” estuviera representando nuestro cine en aquella tesitura, de la que, por otro lado, soy fan.
Como compañeros de reparto, junto a trío protagonista, tenemos al inconmensurable Agustín González en un rol poco explotado en la cinta para mi gusto, Guillermo Marín o Amelia de la Torre.

lunes, 27 de julio de 2020

¡YA SOY MUJER!

Si Manuel Summers viviera a día de hoy y se le ocurriera hacer una de las películas que hacía en los setenta, probablemente, le metieran en la cárcel sin ningún tipo de titubeos. Sin embargo la sociedad en los setenta era muy distinta a la actual y actitudes como forzar a una chica o intentar tener sexo con una menor se mostraban en pantalla con total naturalidad, no porque el director sea un amoral, sino porque las cosas en aquella sociedad tardofranquista eran así, y  Summers tan solo las retrataba sin hipocresías. Así, en este film suyo, vemos  de todo. Para empezar vemos desnuda a una menor (o al menos parece una menor. Como sea, no he sido capaz de contrastar la edad de la actriz Cristina Ramón cuando hizo esta película, la cual, después, apenas si apareció en media docena de títulos, todos ellos de corte erótico, por lo que intuyo que, si no era mayor de edad, estaba cercana a serlo), vemos niñas mostrándose sin rubor el vello púbico, vemos perros follando, adolescentes teniendo conversaciones sobre la eyaculación y la menstruación, confesando haber sido acosadas por pederastas o, más fuerte aún,  siendo  la protagonista menor, directamente acosada sexualmente por el padre de una amiga.
Lo que trata Summers, por supuesto, es de contarnos una historia dentro de un universo que parece que conocía muy bien como era el de las inquietudes sexuales adolescentes y no duda en mostrarnos una escena en la que el grupo de amigas juega a los papás y las mamás, como tantos pre-púberes de aquellos años (y supongo que actuales), que descubrían su temprana sexualidad con niños del mismo sexo. Y aquí, con Franco vivo, no pasaba nada porque, repito, las cosas eran así entonces, así de sórdidas y así de naturales. Mientras, la película, precisamente por estas anomalías sexuales aquí normales, se estrenaba en USA en cines para pajilleros bajo el título de “I`m a woman already”, como otras tantas películas de la filmografía de Summers.
Como sus películas anteriores “Adiós, cigüeña, adiós” y “El niño es nuestro” habían funcionado muy bien, Summers se procuró prácticamente el mismo reparto infantil y adolescente de aquellas y cambió de tercio esta vez dándole protagonismo a las chicas, a su despertar sexual y a sus miedos.
Celia es una niña de 12 o 13 años que comienza a experimentar cambios físicos a la vez que va creciendo junto a los niños de su clase. De este modo, va teniendo con ellos sus primeros morreillos, sus primeros tocamientos, sus primeras decepciones. En un determinado momento, el anciano profesor de religión de las chicas fallece por ahogamiento, por lo que es sustituido por un nuevo cura joven y atractivo que traerá por el camino de la amargura a la chicas, sobre todo a Celia, que se enamora perdidamente de él. Para que el cura la haga caso, en secreto de confesión, se inventa tórridas relaciones sexuales con todo tipo de hombres que, más que excitar al cura, le hacen pensar que la niña necesita ayuda psicológica o de lo contrario acabará sus días como una puta.
La película da lo que se espera de una propuesta de Summers, que es un funcional entretenimiento y un drama adolescente que, pese a lo rancio del asunto, por algún motivo funciona. Además, las películas de Summers cobran valor con el paso del tiempo porque poseen una manera de contar historias que hoy no podría ser de ninguna manera, y que se podría tachar absolutamente de sensacionalista, amén de ser una manera de hacer cine que conectara con los bajos instintos del gran público, que no dejaba, ni por lo más remoto, de ser cine de autor.
Vamos, que uno a estas alturas sabe a lo que se expone con Summers. Y está bien.
Obviamente, es uno de los grandes éxitos de Summers que llegó a llevar a los cines a 1.800.000 espectadores, que no es moco de pavo, y, seguramente, más que por el retrato sociológico del que les he estado hablando todo el tiempo, esto se deba al morbo.
En el reparto, habituales de la escudería Summers como su sobrino Currito Summers, su amante adolescente Beatriz Galbó, los hermanos Rodríguez o Emilio Fornet.

viernes, 5 de junio de 2020

PUBERTAD... ADOLESCENCIA, LA EDAD DIFÍCIL

La factoría Balcázar, sacando partido al cine adolescente de Summers y, en concreto, a “Adiós, cigüeña, adiós”,  en una película de idéntica finalidad, pero sin un ápice del talento que tenía el de Huelva. Por supuesto, si las películas de Summers eran un pelín sensacionalistas, esta ya riza el rizo.
Cutre, escabrosa y con un malsano y conservador punto de vista, cuenta la historia de una serie de adolescentes y sus tempranas experiencias con el sexo contrario. Mientras que en colegio se les educa para que sitúen todo lo relacionado con el sexo dentro del contexto del amor y la familia, Óscar, el protagonista, tiene ideas al respecto mucho más liberales. Tras una serie de experiencias sexuales y una sucesión de desprecios, acaba dejando embarazada a una chica. Como es un embarazo inadecuado, los padres de esta optarán por hacerle abortar, cosa esta que, en unos tejemanejes de los adolescentes, no llegará a suceder. Por supuesto, no faltarán imágenes de quirófano que nos mostrarán con todo lujo de detalles el sangriento nacimiento de un bebé.
Por supuesto, es su condición de película rara y casi extinta la que motiva el visionado, porque, como se podrán imaginar, sentarse frente a esta serie Z de corte lacrimógeno, es tan agradable como hacerlo frente a un pelotón de fusilamiento. Cero valor cinematográfico, cero interés general, pero interesante como subproducto raro, misterioso y desperado.
Por lo visto la película, rodada en  1975, permaneció en las latas hasta que finalmente pudo estrenarse en 1979, cuando estas películas de adolescentes que se hacen padres antes de tiempo y con los films intelectuales de la nueva comedia madrileña campando a sus anchas en los cines, ya no importaban un carajo. En consecuencia, fracasó en taquilla, teniendo posteriormente alguna ignota edición videográfica como toda constancia de su existencia. Ahora, gracias a Internet y sus inquietos usuarios, podemos localizar una cochambrosa copia sin que escarbemos mucho, y así podemos quitarnos el mono de rareza. Pero la magia de lo raro y oscuro, desaparece cuando le damos al play y comprobamos en propias carnes el por qué este tipo de películas permanecen ocultas; porque es donde mejor están.
Dirige el inefable Alfonso Balcázar, firmando la cinta esta vez con uno de sus seudónimos, Albagran, que  es una forma de hispanizar el otro pseudónimo con el que firmaba películas de posible tirón más internacional, Al Bagran. Se quedó a gusto.
El prota, Jaime Gamboa, es un clónico de Pedro Mari Sánchez pero con parálisis facial, incluso llegó a aparecer en unas cuantas películas más, pero pronto, al tiempo que esta película se estrenaba, abandonaría la interpretación para siempre. Es tan inexpresivo, que sabemos que en una escena en la que vacila a su profesor, se está haciendo el chulito porque el tono del actor de doblaje que suplanta su voz así nos lo hace ver, que por lo que a su interpretación se refiere, podía estar en un velatorio.
También tenemos por ahí, más perdido que un hijo puta en el día del padre, al coreógrafo y bailarín Nacho Duato, que asomaba su careto por primera vez en una película.
Ahora, si quieren, ya pueden borrar el archivo.

lunes, 20 de enero de 2020

MY BABY IS BLACK

Una joven estudiante blanca da a luz un niño negro. De esta forma la acción nos trasladará tiempo atrás y veremos cómo la chica conoce a un estudiante negro en la facultad de medicina, cómo se enamora de él y tienen relaciones sexuales (mostradas de manera figurada enseñándonos, el encuadre, unas fruslerías como pueda ser un cañito de agua que se derrama sobre el asfalto, el vaivén de unas llavecitas, para sugerir al espectador que los protagonistas están follando). Por supuesto, estamos a principios de los años 60 y esta relación traerá cola en el entorno social y familiar de la chica, que no ve con buenos ojos que esta salga con un negro.
En realidad, estamos ante una película de corte social y de arte y ensayo de proveniencia francesa. Su título real es “Les lâches vivent despoir”, algo así como “Los cobardes viven después” y en ningún momento se hace referencia a un niño negro en el título. Se trata de una película con un punto de vista amable hacia las relaciones interraciales y con un final esperanzador y buen rollista en el que prevalece el amor ante el odio del que los protagonistas son víctimas durante todo el metraje. Dirigida por Claude Bernard-Aubet, director francés de cine de autor más o menos discretito, que durante mucho tiempo estuvo firmando sus películas bajo el pseudónimo de Burt Traver y cuyas películas, en muchas ocasiones, han llegado a estrenarse en nuestro país, como por ejemplo y, que fuera medio popular en su momento, “Adiós, te quiero”, con Bruno Cremer.
Es una película absolutamente moderna de la era beatnick, con una banda sonora a base de Jazz histérico que sirve para dar énfasis a según que escenas y, aunque es repetitiva, lenta y sosa, se puede ver sin mayor problema, recordando en algunos momentos a las películas de nuestro Summers de aquella misma época.
La gracia está en que la película pasó sin pena ni gloria por salas francesas, pero fue adquirida en algún mercado de cine por despiadados distribuidores americanos que operaban mayormente en  autocines y salas de mal vivir. La película sufrió un nuevo montaje, fue doblada, se le puso un nuevo y más explícito título, “My baby is black”, y se convirtió en una pieza exploit que se vendía  alterada, como si fuera una película terrible sobre una mujer que tiene un niño negro no deseado. Y eso se consigue tan solo haciendo que la escena final, en la que la mujer blanca trae un niño negro, sea colocada al principio a modo de prólogo, dando lugar este nacimiento a unos títulos de crédito un tanto inquietantes. Después de eso, la película transcurre con normalidad. El resultado de este desbarajuste es que la película se estrenó y pasó aún más inadvertida en el circuito de autocines que en las salas de arte y ensayo francesas, puesto que se trataba de una película demasiado light y convencional para lo que el público del Drive in demandaba.
Pronto, la película quedó enterrada en el olvido hasta que la gente de Something Weird Vídeo la recuperó y la puso a disposición de los usuarios en vídeo y DVD. Tampoco fue un título de los más demandados.
La película, como ya he dicho, se deja ver, pero más allá de eso, lo importante es cómo fue distribuida por los americanos, que ni engañando y escandalizando al personal consiguieron que esta película fuera un éxito. Ahora bien; la versión francesa pasaría, sin duda, inadvertida ante mis ojos en cualquier circunstancia, mientras que la americana, con ese título y tufillo sensacionalista, ha llamado mi atención lo suficiente como para que indagara, la viera y aquí la reseñara para todos ustedes. Y es que el título americano “My baby is black”, conlleva consigo cierto racismo implícito que, por el contrario, en ningún momento ocurre en el francés.
Por otro lado, curiosamente, en Francia incluso llegó a hacerse una novelización de la película en un libro homónimo que se vendía como si fuese una novela de autor cuando, probablemente, esta estuviera más cercana a las novelas románticas de Corin Tellado.
Adjunto tanto el póster francés como el americano de la película, porque, en cuanquier caso, ninguno de los dos tienen el más mínimo desperdicio. 

viernes, 6 de diciembre de 2019

MI MUJER ES MUY DECENTE DENTRO DE LO QUE CABE

Paulino es un español medio de la época que vive con su esposa, una ex cabaretera a la que tiene encerrada entre cuatro paredes y sometida a, prácticamente, una dictadura. Ella asume su rol de esposa con resignación.
El día que Paulino en representación de la comunidad de vecinos sube a un piso a cantar las cuarenta por las continuas fiestas que realizan en el domicilio, conocerá a Paloma, poco más que un putón verbenero neo hippie y reivindicadora del amor libre, y se enamorará de ella precisamente porque ofrece una imagen fresca y pizpireta, todo lo contrario que su esposa, que es sosa y mojigata porque él la ha convertido en eso. Dejará a su esposa para irse con Paloma y, poco a poco, la irá encerrando en la casa y convirtiendo en otra mujer sin voluntad a imagen y semejanza de su ex esposa. Es entonces, cuando ve que su mujer vuelve a los escenarios, cuando se da cuenta de lo que ha perdido.
Españolada típica  de cuando, aún con Franco vivo, el cine se volvió algo más permisivo con el tema sexual y, con esa excusa, se atrevió a mostrar cacha y algún escote. Salvo eso,  no ofrece nada de particular, ni mejor que otro tipo de películas de su misma época. En cualquier caso, el material mostrado causaría el resquemor de la progresía de hoy día. No en valde, “Mi mujer es muy decente dentro de lo que cabe” es la película más misógina y machista que existe sobre la faz de la tierra. El personaje de Paulino, interpretado por Sacristán, es poco más que un carcelero que impone su ley y voluntad anulando la de su mujer o su amante. El film muestra sin remilgo que el que manda es el hombre y que la mujer no es más que un complemento que lo más que debe hacer es obedecer,y lo hace de la manera más natural. Pero lo “mejor” de esto, es que la actitud de Paulino no se denuncia, que va. La película tan solo retrata una actitud por parte del protagonista masculino que es la normal de la época.  Incluso, su mujer de vuelta al cabaret le continúa siendo fiel, aún cuando sabe que este se está poniendo las botas con una pedazo de rubia, que además le saca la pasta a base de pedir regalos.  No lo tiene en cuenta cuando este se cansa y vuelve con ella. Regresa con él, sin más.
La película es entretenida, como cualquier españolada de tantas que hemos visto y con ese humor español tan característico de la época, pero si es cierto que, al igual que otros títulos permanecen frescos y  vistosos, esta, aunque solo sea por el tratamiento machista que por defecto se le da al personaje, se queda de un rancio que echa para atrás. Que no es que critique el machismo, que me la pela… pero el  cómo se nos muestra aquí es de un anticuado, de un antipático y  de un facha que, la verdad, aún sabiendo que este film tiene más de 40 años y que las cosas eran distintas, echa a uno bastante para atrás, porque, además de normalizarlo, no está mostrado bien del todo.
Por lo demás, una españolada del montón, sin alma ni especial gracia.
Junto a José Sacristán, Conchita Velasco, Antonio Ferrandis, María Luisa San José, Mirta Miller, Fernanda Hurtado, Manuel Aleixandre…
El guion corre a cargo de Garci, Chumi Chumez, Summers y José Dibildos, y por momentos le hace preguntar a uno si será en plan satírico, cosa que dudo. Pero si lo fuese, pues sí, le han echado mala hostia, aunque toda esa mala hostia tampoco compensa un producto en definitiva mediocre.
Dirige Antonio Drove quien firmaría la que, probablemente, sea su película más popular.

lunes, 7 de octubre de 2019

EL NIÑO ES NUESTRO

Tras el éxito que obtuvo “Adiós, cigüeña, adiós”, lo más normal era que se rodara una secuela. Así que retomamos la acción justo dónde acaba la primera película para ver como la pandilla protagonista está sacando adelante al bebé de Paloma y Arturo, encargándose por turnos de su cuidado, e incluso ejerciendo de curas en una improvisada ceremonia de bautizo. Sin embargo, un día el bebé enferma y tienen que llevarle al médico, por lo que no les queda más remedio que confesar que el bebé es fruto de la unión sexual de los dos adolescentes. Ante la ira de los conservadores padres de los muchachos, enviarán al niño a un hospicio y, a la madre, la internarán en un colegio.
No contenta la pandilla con el devenir de los acontecimientos, decidirán, por su cuenta y riesgo, recuperar al bebé por todos los medios.
Al igual que “Adiós, cigüeña, adiós” el final de “El niño es nuestro” no queda del todo cerrado, quizás, con la idea ya preconcebida de continuar haciendo películas con estos personajes. Sin embargo, y aunque la película metió en las salas un millón setecientos mil espectadores, la cosa ya no era como en el primer título, que metió casi cuatro, y ya no se rodó una tercera parte.
El principal problema de “El niño es nuestro” es que es reiterativa con respecto a la anterior y se alarga una situación que ya no da más de sí, por lo que se nos plantean unos hechos durante el primer tercio de la película, para luego alargar el chicle hasta el máximo durante más de la mitad del film. Está entretenida, es divertida —a día de hoy completamente antigua y desfasada— pero es ligeramente inferior a su predecesora.
Por supuesto, el trabajo de los niños actores es el principal soporte de la película, y Currito Summers, sabedor su tío Manolo del gancho que tenía con el público, acapara los mejores momentos, los mejores chistes, e incluso se le hace protagonizar una subtrama en la que el muy granujilla se enamora de una niña dentona y con coletas.
Se deja ver, pero queda claro que es un trabajo que Summers realizó por explotar el filón de su anterior película. La historia que quería contar, ya estaba contada.
Me quedo con sus películas más morbosas y sensacionalistas, como por ejemplo “Charlie and the hooker”, es decir, “El primer pecado”.
Para completistas.

lunes, 4 de febrero de 2019

ADIOS, CIGÜEÑA, ADIOS

“Adiós, cigüeña, adiós” es uno de los grandes éxitos de Manuel Summers, un film que visto hoy resulta del todo entrañable y que aunque se reseñe por ahí la osadía que tuvo el director al tocar un tema tan peliagudo como es la sexualidad adolescente con Franco vivo, lo cierto es que, paradójicamente, la sociedad española  en temas sexuales —no siendo explícitos— no era tan pacata como lo pueda ser hoy en día.
Entonces, “Adiós, cigüeña, adiós”, nos cuenta la historia de un grupo de niños y de las picardías sexuales que cometen en su día a día, como es habitual en la filmografía de Summers de aquellos años, para pronto centrarse la historia en dos de ellos, un muchacho de 15 años y una chica de 13, que se enamoran. En consecuencia y en una relación sexual que, prácticamente, resulta una violación en toda regla —la muchacha todo el tiempo le dice al  muchacho que por favor no la penetre, a lo que este hace caso omiso—, ella queda embarazada. Así, y para evitar que sus padres se enteren de ese temprano embarazo, con la ayuda de los amigos de su entorno, vivirán esa preñez en clandestinidad.
Con un reparto donde predominan las niñas guapas y los chavales más feos que se puedan ver en el cine (¡como le gustaba a Summers hacer películas con niños feos!), Summers se desenvuelve como pez en el agua en lo que a sexualidad infantil y adolescente se refiere, haciendo de su filmografía casi una temática exclusiva. Rara es la película de Summers que no trata la sexualidad entre menores o la nostalgia, o como pasaba en “Me hacefalta un bigote”, las dos cosas juntas. Y es que con fama de sensacionalista —en USA sus películas tuvieron gran éxito en los circuitos Grindhouse— en realidad, si en sus películas hay sordidez, lo cierto es que esta no se alejaba en absoluto de la que tenía lugar entre los infantes en la vida real, ya sean las pajas colectivas, ya sea, como ocurre aquí, los embarazos antes de tiempo. Como niño de los setenta, no me despeino al decir que la sexualidad que refleja Summers en sus películas, es la sexualidad que yo pude vivir siendo un niño. Totalmente verídica. Al margen de eso, cabe destacar en “Adiós, cigüeña, adiós”, la fluidez de la narración, la agilidad de los acontecimientos y el buen hacer de Summers en todos los sentidos. Al final, las películas de Summers de esta época, además de clásicos, son el verdadero reflejo de la sociedad de aquellos días.
“Adiós, cigüeña, adiós” se tiró en cartelera más de un año, cosa habitual en la filmografía de Summers, y la vieron más de tres millones de españoles, aunque en otros lugares, como Latinoamérica, el éxito de esta película fue aún mayor superando en número de espectadores otros grandes títulos del mainstream internacional.
Tal fue el éxito, y como la trama no estaba cerrada del todo, que se rodó después una secuela, “El niño es nuestro” de la que les hablaré en otro momento.
A destacar, siempre, la presencia de Currito Summers, el niño pelirrojo y espabilado de la película, el alma de la fiesta en cualquiera de las películas de su tío, que nos dejó prematuramente hace un par de años. Un actor que a mí me gusta mucho, tanto de niño, como de adulto.

viernes, 18 de enero de 2019

NO SOMOS DE PIEDRA

“Juguetes rotos” puede que sea uno de los films más personales de Manuel Summers, sin embargo fue un descalabro en taquilla de padre y muy señor mío. Ante esta tesitura, el director lepero optó por cultivar, en lo sucesivo, una suerte de cine popular que gustara al gran público que, como confesó el propio director “al fin de al cabo es el que paga”. En consecuencia de esto, Summers concibe “No somos de piedra”, una comedieta ligera con alto contenido sexual que, por protagonismo absoluto de Alfredo Landa, se adscribe al “landismo” casi de forma accidental.
Con un guión a pachas con Juan Miguel Lamet, “No somos de piedra” se sostiene sobre dos tramas que ocupan el grueso de la película, en lo que es una estructura narrativa un tanto extraña para una película española de los años sesenta. Por un lado, la película cuenta como un hombre de familia numerosa  tiene que lidiar con las calenturas que le provoca la presencia de la nueva niñera, una ex prostituta proveniente de un programa de inserción social para señoritas de la vida, que entre lo jamona que está y las minifaldas que gasta, hacen pasar a nuestro protagonista unos momentos muy malos. Por otro lado, harto de tantos hijos, tendrá que ingeniárselas para que, por medio del engaño y las malas artes, su esposa comience a tomarse la píldora anticonceptiva, cosa esta a la que se opone al ser una mujer de moral cristiana. Los tejemanejes que se trae Landa para conseguirlo conforman el material cómico y, ergo, traen consigo los mejores gags.
Summers era un valiente, porque con “No somos se piedra”, pese a ser la película menos Summers de cuantas hizo, aborda temas que eran más que peliagudos, máxime teniendo al caudillo vivo. Entonces, Summers introduce el sexo en su comedia en la medida de lo posible; estamos en 1968 y ver carne por encima de la rodilla es ya un atrevimiento. Pues vemos el muslamen de Ingrid Garbo. Por otro lado, la osadía de hacer una apología de la píldora anticonceptiva —contrarestada por la oposición total de la esposa del protagonista principal, artimaña esta muy inteligente para poder contar lo que le da la gana— se me antoja todavía más suicida que el mostrar minifaldas. Lo que me extraña es que no hubiera en la época una controversia sonada al respecto al ser tomado el tema con toda ligereza. Y a lo mejor no la hubo por el mero hecho de que “No somos de piedra” no fue un fracaso tan grande como el de “Juguetes rotos”, pero apenas la vieron 390.000 espectadores, con lo que la estrategia comercial tampoco le fue muy bien.
Sin embargo, sí que se trata de una pieza seminal para todo lo que vendría después. Summers se agarró al cine comercial como un clavo ardiendo, eso sí, siendo lo suficientemente inteligente como impregnar su sello de autor, dando unos toques de sensacionalismo a todas esas cintas de adolescentes embarazadas que vendrían después y que significarían las obras más significativas de su carrera.
Por lo demás,“No somos de piedra” se deja ver, sin más. Osadías a parte, se trata de una comedia populachera como tantas y tantas se parían a finales de los años sesenta, siendo del montón en cualquier caso.
Junto a Landa en el reparto, tenemos a Laly Soldevila, Emilio Laguna, una jovencísima Terele Pávez pre “Los escondites”, Maricarmen Prendes y Tip y Coll, que aparecen en la cinta en calidad de actores, es decir, que no hacen de ellos mismos.
 Ver y olvidar, sin más.

lunes, 19 de noviembre de 2018

MI PRIMER PECADO (CHARLIE AND THE HOOKER)

Manuel Summers es el claro ejemplo de un director de corte muy personal que supo hacer un cine de autor que a su vez resultaba del todo populachero. Además de ser un señor con un estilo propio anclado en los sesenta y setenta. Sus películas protagonizadas por adolescentes que se enfrentan a mil y un problemas, fueron del interés de las plateas de aquellos años. Y en parte, lo fueron gracias al sensacionalismo que le gustaba arrojar al director sobre el espectador.
Con la muerte de Franco, todos los españoles vieron una puerta abierta para hacer uso de su libertad, máxime en el gremio de los artistas. Así, Manuel Summers, que ya venía de hacer montones de películas sobre adolescentes embarazadas, hizo una película más sobre adolescentes en la que se pasaba de picante. En “Mi primer pecado”, también conocida como “La primera experiencia”, además de tener pre-adolescentes masturbándose cómo locos ante los Penthouse y Playboy de marras, tenemos una relación más o menos carnal entre un jovencito y una prostituta.
En consecuencia, con la censura todavía activa, y dado el alto contenido sexual de la cinta, esta no pudo ver luz aún con Franco muerto. Así que durante todo 1976 la película se quedó en las latas a la espera de que censura diera el visto bueno. Sin embargo, con la entrada de la democracia, la censura tenía los días contados, por lo que esta  quedó abolida el 1 de Diciembre de 1977. Cuatro meses después, cuando ya sí, los cineastas pudieron ejercer su libertad, “Mi primer pecado” se estrenó en salas de toda España congregando casi a un millón de espectadores a las salas. Uno más de lo éxitos de Summers.
Vista hoy, la película resulta de lo más cerda, sórdida y desagradable. Sin embargo, mucho me temo que la realidad sexual de los adolescentes de la España post-franquista, debía ser algo muy parecido a lo que se nos muestra aquí.
En ella, dos monaguillos, pasan las tardes después del cole masturbándose en grupo como jodidos monos salidos. Unas veces usan revistas, otras veces, ayudados por las grabaciones que de manera clandestina hacen de las confesiones de las feligresas que pasan por el confesionario de su parroquia.
En una de estas, descubren una atractiva muchachita que cuenta unas peripecias del todo carnales que les sirven a los muchachos de estímulo, hasta tal punto que llegan a seguirla por la ciudad y restregarse con ella en los autobuses. Tras una serie de infortunados encuentros, uno de los muchachos, Curro, entablará una amistad con ella, enamorándose perdidamente al mismo tiempo. La cosa se complicará cuando descubre que su amada es en realidad, una zorra, una puta.
Summers en estado puro, y con más desvergüenza que de costumbre, consigue que “Mi primer pecado” sea una película condenadamente entretenida y, por si sus otras películas de similar temática no lo eran lo suficiente, zafia hasta decir basta. A día de hoy, ver a esos jóvenes sucios y piojosos pelándosela en círculo, y haciendo concursos para ver quién se corre primero, resulta del todo turbador. Hoy, recurriendo al tópico, no se podría hacer una película así.
De hecho, la película es lo suficientemente sensacionalista como para que los americanos decidieran estrenarla doblada al Inglés en los cines de sesión golfa, convirtiendo a “Mi primer pecado” en un clásico de los circuitos Grindhouse, compartiendo tiempo y espacio con marcianadas como “Los maestros tullidos” y tirándose la tira de años exhibiéndose en los cines de la Calle 42 de Manhattan.
Como el nombre del protagonista, Curro, tenía difícil traducción al Inglés, los yankies le bautizaron Charlie, y la película pasó a titularse “Charlie and the hooker”, o lo que es lo mismo, “Carlitos y la puta”. Acertadísimo y comercial título.
Un clásico del cine de pajilleros que, paradójicamente, mientras aquí en España se le cataloga de melodrama, los americanos no tuvieron problema a la hora de catalogarla como “Sex Comedy”.
Estupenda; como casi todo lo que hizo Summers.
Junto a Currito Summers, que durante su niñez todos sus personajes se llamaron como él, Curro,  protagoniza la cinta Beatriz Galbó. Para más cerderío decir que Galbó se convertiría en la pareja de Summers aquellos años, por lo que, teniendo en cuenta que Currito Summers tiene una escena con ella en la cama, y otra en la que la besa, y teniendo en cuenta que era sobrino del propio Summers, esta cinta ¡¡comete semi-incesto!!
Como curiosidad, la versión internacional de la película cambia el nombre a todos los artífices, así,  Currito Summers pasó a ser bautizado como Francis Summer, la Galbó pasó a ser Beatrice Galbo, y nuestro querido Manuel Summers, pasó a firmar la película como Emmanuelle Summers. ¡Toma ya!

martes, 24 de mayo de 2016

MIS FOTOGRUMOS FAVORITOS

Aunque hoy se haya convertido en un panfleto lameculero de las distribuidoras y el cine español, y cada nuevo número parezca más un folletín publicitario que una revista de cine, hace años, muchos años, "Fotogramas" era mi lectura favorita. Mis mayores la compraban puntualmente cada mes, y siempre que la ojeaba encontraba imágenes, reportajes, posters o carátulas (durante el auge del video-club) que me fascinaban y disparaban mi imaginación. Luego, cuando dejaron de comprarla, cogí el testigo, aunque para entonces ya no molaba tanto. Llegué incluso a ganar una suscripción para un año. Por lo visto hubo un error en administración, porque, pasados esos 365 días, seguí recibiéndola gratis a mi casa durante bastante más tiempo. Lo malo es que, por entonces, "Fotogramas" iba siempre acompañada de esa basura hipnótica en su condición de aborto impreso que era "Fantastic Magazine".
Pero centrémonos en la buena época de "Fotogramas". Llegué a acumular un porrón de ejemplares, pero un día me dio el siroco (coincidiendo con mi primer intento de emancipación) y los tiré TODOS, uno por uno (junto a los "Pantalla 3", "Imágenes de actualidad" y tantas otras). Suerte de mi amigo Vicente que también los tenía y todavía no se había deshecho de ellos. Un día me comentó si quería echarle un ojal a alguno. Y, lógicamente, le pedí aquellos que encajaban entre finales de los 70 e inicios de los 90. Los que tanto devoré siendo chaval.
Tras darles un repasito bien completo, decidí recuperar algunas páginas concretas por considerarlas raras, curiosas, interesantes o por despertar al nostálgico que hay en mí, últimamente demasiado ocupado.
El resultado a tanto desbarajuste justo a continuación, en riguroso desorden...



Joder, ¿cómo olvidar el impacto que supuso para mi visionar este clásico del "trash" made in el temible René Cardona Jr.?.
Lanzada a rebufo de la moda "Indiana Jones", y con una engañosa caratula, como debe ser (El aparente "pseudo-Indy" de la portada no era el verdadero prota, y encima la palmaba antes de acabar la peli), la alquilé pensando que me encontraría pues con una de aventuras pa la familia... no me esperaba para nada ese festín de truculencia "a la italiana", con primeros planos de cangrejos extrayendo ojos y otras burradas.
Años después, ya superado el trauma, me la agencié en VHS y volví a verla... la diferencia es que esta vez únicamente me pareció jodidamente aburrida. Me deshice de ella.



Pues sí, amigos, la aristócrata del cine respetable y sensible, apreciada por críticos sesudos, feministas y demás hipócritas, tiene dos pecadillos de juventud. Uno ya lo conocemos, haber escrito el guión de la costrosa "Morbus (o bon profit)" de Ignasi P. Ferré. La otra, ¡haber sido "chica bond"!... eso sí, al fondo de todo y sin destacar.


Fue ver este cartel y, súbitamente, recuperar una serie de recuerdos que, la verdad, hasta ese momento andaban totalmente perdidos. Yo consumí este producto animado en su día, pero no alquilándolo... ¿por alguna tele autonómica? (¿existían ya entonces?) o, mejor, ¿en el cine?. No descarto esto último. El caso es que de pronto me vino la imagen de ese lobo patillero levantando el puño enfurecido y gritando eso de "¡Me las pagarás!", siempre como colofón de cada aventura. También recuerdo que la calidad de los dibujos era muy parecida a la de las pelis porno animadas de los 70. Te daba la sensación de que en cualquier momento el lobo y el conejo harían las paces por la vía rectal.


¡¡Ay Garci, Garciiiii!!, tuviste un berrinche de niño mal criado, soltaste el escupitajo, este quedó impreso y, hoy, tantos años después, vemos que no eres hombre de palabra. ¡Volviste a rodar!, y no poca cosa. Sería fácil decir aquello de: Seguramente muchos habrían dado una pierna para que esas palabras se cumplieran... pero también seguro que nuestro Víctor no sería uno de ellos, que siempre se ha declarado miembro honorífico de la "causa Garci".
Eso sí, enardece ver cómo no hemos cambiado nada en España. Ya en aquella época éramos unos envidiosos y rabiosos, unos "haters" que los llaman ahora, y vomitábamos nuestra bilis sin miramientos sobre aquellos que tenían éxito. ¡Biba Hezpaña!.



¿Os podéis creer que nunca he visto esta peli?, sin embargo el cartel me gustaba mucho. Y creo que vi el trailer en alguna cinta y también me gustó. Pero la peli no llegó a ser bendecida por mis bonitos ojos (hasta unos años después). En cualquier caso esta era una de esas imágenes resguardadas en lo más profundo de mi psique, que había olvidado por completo, y que despertó con violencia, como la corrida de un mono, cuando me topé con el cartel durante la sesión de revisaje fotogrumero.


A raíz del éxito de "Loca academia de policía" se ponen de moda las comedias con la palabra loco/loca en el título. Tenemos "Locademia de conductores", "La loca historia de los tres mosqueteros" o "Estos Zorros locos, locos, locos", entre cientos más. Entonces se anuncia el rodaje de una comedia en España con punkis de por medio y la inevitable e irritante "cinefilia respetuosa" de siempre de la mano de un viejo conocido de este blog, Santiago Lapeira. Que no, que dice que el título es una imposición comercial, que lo de "Loca patrulla de verano" es solo para que la peña pague entrada, pero que de homenajes a la moderna comedia yankee ni por el forro, en su lugar el discurso recurrente: cine clásico, carne de Filmoteca y el puto Billy Wilder. Bla, bla, bla.
La parte triste de esta historia no está en el párrafo anterior, sino ante el hecho de que, a pesar de las dolorosas concesiones comerciales que hizo su director, la peli... bueno, ¿alguien sabía de ella?, ¿esto se estrenó? , ¿lo sacaron en vídeo?. No sé... puestos a caer, al menos hazlo con el cuello bien alto, ¿no?.



Joder que puto mal rollo con las películas "mondo".
En fin, ahí va una de las carátulas que más corrieron por los video-clubs y uno de los "mondo" más burracos que recuerdo. Yo, como adolescente adicto a emociones extremas, me comí muchos "mondos" y la verdad es que era un acto sadomasoquista, porque lo pasaba fatal y al terminar me quedaba hecho polvo. Creo que había algo de "oscuro y prohibido" en ello que me alteraba el flujo de adrenalina, no sé. Hoy no sería capaz de comerme otro "mondo", lo reconozco, su solo "look" cerdo y granuloso ya me da mal cuerpo nomás comenzar. Cosas de la edad.



Hubo un tiempo en el que, como a todo jovenzuelo indocumentado, me flipaba John Waters y se me caía la baba ante un anuncio como este que ven aquí. ¡¡Que bizarrada!!. Y alquilé "Pink Flamingos", y flipé, e invité a mis amigos a verla, y fliparon, y la copié de vídeo a vídeo. Hasta que un día descubrí las dos dolorosas verdades con respecto a John Waters que hoy todavía muchos panolis desconocen: UNO- Todo su legado estético formal se lo mangó a los Hermanos Kuchar. DOS- Era y es un puto vendido.
¡Que le jodan!.




De esta no voy a hablar porque ya lo hizo Víctor en su día. Y de hecho, me mandó la peli, pero no llegué a verla, ahí la tengo, en el disco duro esperando a que me decida. Y como en el caso de "Me las pagarás" o "Johnny Peligroso", fue reencontrarme con su extraño y crudo cartel y recuperar todas las inquietantes y desconcertantes sensaciones que obtuve la primera vez que, siendo chinorri, esta imagen casi de peli porno gayer se plantó ante mí desde las páginas de "Fotogramas".



Lo flipante de este anuncio a doble página no son las pelis que promociona, sino... ¡¡lo genialmente cutre de su aspecto!!, hecho a mano por un retrasado, con Letraset pegado toscamente.... en fin, lo opuesto a los mandatos del diseño gráfico. Sin embargo, ahí lo tienen, dos páginas en el "Fotogramas", ¡qué maravilla!, ¡¡hay que ver cómo han cambiado los tiempos, cojones!!.



En una ocasión, hace ahora unos pocos años, editamos un fanzine apadrinado por este blog que incluía un artículo la mar de completo y entretenido sobre la trayectoria del cineasta español Manuel Summers. Bien, el firmante fue Víctor, verdadero interesado en el sujeto. No es ese mi caso. Sin embargo, por nostalgia, me ha hecho gracia recuperar acá para ustedes la publi de lo que fue un auténtico taquillazo (y fenómeno) en su época, "To er mundo e... güeno", la famosa película a base de bromas pesadas mediante cámara oculta. Naturalmente, siendo como era Summers humorista gráfico, la publi no podía limitarse al cartel, tenía que ir acompañada de un simpático dibujillo del interfecto.



Hace unas imágenes más arriba hablaba del "boom" de las comedias con la palabra loco en el título. Pues bien, ¡ahí va otra! y esta con más razón que nunca ya que el director, Hugh Wilson, es el mismo que firmó la madre de todas, la loca academia de maderos.
Lo curioso de "Esos locos cuatreros", aparte de lo mentado y del protagonismo de Tom Berenger, es que se parió en co-producción con España. Y recuerdo que cuando me enteré de eso en su época, ¡se me quitaron las ganas de verla!. Era como si, al ser medio Española, asumiera que el proyecto perdía categoría. ¡Chico listo era ya entonces!. Y la verdad es que, a día de hoy, aún no la he consumido.



¡¡Y mira que en “Fotogramas” había páginas y páginas dedicadas a anunciar lanzamientos videográficos!!, ¿por qué, pues, centrarse en esta?. Lo desconozco. Llámenlo instinto. Fue verla y no dudar un segundo en escanearla. Tal vez por la presencia de “Los albóndigas en remojo”, una de mis “comedias teen” favoritas. Tal vez por el cartel de “Mr.Boo”, que siempre me pareció fascinante. O tal vez porque por segunda vez en este post aparece la peli española “nuevaolera” “Un par de huevos”. No lo sé. Pero en cualquier caso, ¡¿a que es  maravilloso?!.

Si tal apreciación se expande como una enfermedad venérea al resto de imágenes, significa que esta entrada les ha gustado. Y también significa que algún día, en el futuro, habrá otra. Con más imágenes de “Fotogramas” o de alguna otra revista cinematográfica de la época. La cuestión es nadar en nostalgia un ratito y recordar lo que, indudablemente, fueron momentos no mejores, pero sí más inocentes y, por ende, mágicos.