En la España de 1980 el fenómeno del vídeo club todavía no estaba instaurado de manera masiva -aunque tampoco tardaría demasiado- y, cuando alguien quería explotar las habilidades de algún humorista en formato largo fuera del ámbito televisivo, una de las opciones consistía en levantar una producción y construir una película a su servicio.
Es por esto que, a imagen y semejanza de lo que unos años después sería habitual en vídeo de la mano de productoras/distribuidoras como Olimpy o Boulevar, se concibe, para total lucimiento del humorista Arévalo y sus chistes, esta “Su majestad la risa” que, por su propia naturaleza y su estructura de programa televisivo de sketchs, pobre como un "homeless", resulta ser una de las películas más extrañas del cine español. Y es rara porque aquí, como si una cinta de casete de gasolinera se tratara, más que la presencia del propio Arévalo, los reyes de la función son los propios chistes. Entonces, la película está estructurada de manera que, mayormente, vamos a escuchar en formato 35 mm los “greatest hits” de Arévalo. Pero sucede una cosa muy curiosa, y es que se recrean diferentes escenarios, no para escenificar chistes, sino para que Arévalo los cuente en distintas atmósferas. Así, tenemos a un anciano (Arévalo disfrazado) que acude a una emisora de radio a contarle chistes al locutor, y esto servirá como nexo de unión para que veamos al cómico en distintos escenarios ataviado con distintos disfraces, contando una y otra batería de chistes. Entonces, si por ejemplo la acción se traslada a una barbería, tenemos a Arévalo en plan barbero, cortándole el pelo a un cliente al que, a su vez, le cuenta unos cuantos chistes. Lo mismo sucede cuando la acción transcurre en una panadería; no se da pie a un chiste ficcionado en torno al lugar, sino que Arévalo cuenta se los cuenta a otro panadero mientras amasan pan. No chistes de panaderos, sino de gangosos, por ejemplo. Y, totalmente surrealista, en una secuencia con su diseño de producción y su vestuario, se sienta a una mesa a varios miembros de un circo (un domador, el jefe de pista, payasos...) para que, desde un atril, un Arévalo disfrazado de mujer les cuente chistes… Un segmento perturbador y sin sentido alguno.
Por supuesto, y como homenaje a los espectáculos de variedades, consciente la producción de que una hora y media de Arévalo se puede hacer un poco paliza, incluye actuaciones musicales de gente que lo petaba en el momento como puedan ser María Jesús y su acordeón, Regaliz o Parchís, que nos ofrecen sus canciones en contextos metidos con calzador en la película. También se nos ofrece un par de numeritos de variedades interpretados en un escenario por la estupenda Mary Santpere. Y poco más…
Sin embargo, el resultado de todo este artefacto es tosco, cutre y desasosegante. El paso de los años puede haber incrementado tal sensación, pero ya en la época esto debía ser un producto menos y sin relevancia alguna, por lo que, en un 1981 en el que la gente iba al cine a tropel, “Su majestad la risa” apenas consiguió reunir 177.000 espectadores (hoy a una comedia española que consiga hacer esos número se la pone un monumento en medio de la plaza del pueblo).
La verdad es que el visionado se hace verdaderamente duro gracias a una dirección que consiste en poco más que dejar una cámara ahí rodando. Y es que el director de este “entretenimiento”, un clásico del cine policíaco de los años 50, Ricardo Gascón, llevaba ya dos décadas sin ponerse detrás de la cámara y está claro que se encontraba algo oxidado, además de intuir que esto era un encargo meramente alimenticio.
Gascón, cuya carrera deambuló entre la dirección y la "ayudantía", no obstante, deja su marca con algunas referencias cinéfilas: el título con el que se bautiza esta colección de chistes es un homenaje directo al film de los años 40 “Su majestad la farsa”, para lucimiento de Eddie Cantor, del mismo modo que, para rellenar metraje, opta por meter una escena en la que algunos personajes van al cine y ven en pantalla el clásico de capa y espada español “Don Juan de Serrallonga”, dirigida en los años 40 por el propio Gascón. Ese momento en concreto es bastante alucinógeno porque, con la excusa de meter a Arévalo en el cine, Gascón recicla aproximadamente 6 o 7 minutos de su vieja película, y la vemos ahí como si nada.
El director fallecería siete años después, con 78 años, siendo este el colofón de su carrera.
Más allá de todo lo comentado, la gracia de “Su majestad la risa” radica en que sus ediciones en vídeo de la época eran la hostia de difíciles de conseguir. Hasta ahora, que alguien ha ripeado la cinta y puesto en circulación en las redes.
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martes, 25 de marzo de 2025
martes, 14 de enero de 2025
NI TE CASES NI TE EMBARQUES
Cuando se habla de la primera película para lucimiento de Martes y 13 en formato trío, “Ni te cases ni te embarques”, se tiende a decir que es malísima y no hace honor al talento del grupo. A mí de chaval me encantaba, años después me pareció floja y anoche me volvió a parecer genial. Esto va como va.
Desde luego es graciosa y está entretenida, si bien es cierto que es una de esas películas que vende a su trío protagonista, en principio alejado del cine y, una vez se tiene el cartel que los anuncia, el producto resultante es lo de menos. Por eso, en el montaje hay secuencias que no tienen continuidad o que, directamente, se pasan la narración por el forro de las pelotas, porque la historia en el fondo da lo mismo.
No obstante, me resulta una película curiosa y, fríamente, sentencio aquí que se trata, sin duda alguna, de la mejor de cuantas hicieron Martes y 13, muy por encima de “La loca historia de los tres Mosqueteros” de mi amado Mariano Ozores y, por supuesto, sustancialmente por encima de esos dos despropósitos de Álvaro Sáenz de Heredia que son “Aquí huele a muerto (Pues yo no he sido)” o “El Robobo de la Jojoya”, que, siendo más actuales que la que nos ocupa, sobreviven peor al implacable paso del tiempo. De chaval más o menos me gustaban ambas, pero vistas hoy… las películas de Martes y 13 como dúo son lo peor de lo peor, carentes de gracia y con una sobredosis de chascarrillos propios de los humoristas que ya son de otro tiempo (ergo, no funcionan).
Sin embargo “Ni te cases ni te embarques” aguanta algo mejor por varios factores, a saber; su intencionalidad. Quizá las películas al servicio de humoristas son un producto que se explotó más en los 90, por lo que en “Ni te cases ni te embarques” todavía no existía del todo ese pensar de convertir secuencias directamente en sketches, así, en lugar de tener una película de Martes y 13, tenemos a Martes y 13 en una película. Se trata de uno de esos films concebidos por Bermúdez de Castro para forrarse que, sí, está protagonizado por Martes y 13, pero que funcionaría igual de bien protagonizado por Antonio Ozores, Juanito Navarro o Raúl Sender, por ejemplo. Es ese tipo de cine de comedia español de los 80, solo que con el aporte juvenil y gamberro de Josema, Millán y Fernando.
Por otro lado, el estilo de los humoristas aún no se había definido del todo en 1982 —estaban empezando en verdad—, no eran ese muestrario de tics y chascarrillos que volvía loca a toda España y, aquí, podemos decir que más que haciendo humor, que lo hacen, están asumiendo la faceta de actores que coleaba desde sus inicios. Martes y 13 venían de tener una formación actoral, pero, sin duda, el que más se luce en esta película como tal es Fernando Conde, que se come a los otros dos caricatos con patatas. Asimismo, tenemos a un todoterreno tras las cámaras como es el director Javier Aguirre, rentando su profesión con las películas de Parchís en ese momento, haciendo un break para una cosa un poco más pequeña destinada a los cómicos de moda, mientras que en su tiempo libre le da a lo que realmente le gusta, que es el cine experimental. Tiene un guion endeble que él no ha escrito, pero coloca la cámara donde toca y dirige a los actores de manera más bien correcta, sin que se le rasguen las vestiduras por ello y sin hacer ningún esfuerzo. Otra cosa es que en el montaje hicieran el desbarajuste maravilloso que es esta película a nivel argumental, cuyo resultado el espectador no tiene en cuenta porque, al fin y al cabo, y aun siendo más cine que otras muestras posteriores del subgénero, el público natural, que es España entera, disfruta de los parabienes de Martes y 13 en una película.
Otro punto a favor, y que también se estilaría en productos del mismo corte a posteriori, es que, aunque es una película al servicio de unos cómicos muy famosos, se aprovecha para introducir a otros menos populares. Así, si en los vehículos para lucimiento de Chiquito de la Calzada teníamos a Bigote Arrocet acompañando al malagueño, en esta tenemos a una estupenda Beatriz Carvajal absolutamente desmelenada, interpretando a una gallega como ya solía hacer en sus intervenciones televisivas de la época. Añádanle una suerte de reparto de actorazos de primer orden haciendo los roles secundarios, como puedan ser Agustín González, Amparo Soler Leal, Alejandro Enciso o Luis Barbero. También tenemos por ahí a un niño pequeño que molesta a nuestros protagonistas y no es otro que Juan Diego Botto.
O sea, que al final "Ni te cases ni te embarques" se prodiga como una película muy divertida y desenfadada con la que uno se echa unas risas.
Aludiendo a la picaresca española, la cosa va de tres jóvenes parados que, para subsistir, tienen que recurrir a pequeños timos que siempre les salen mal. Hasta que un buen día, tras una serie de circunstancias, deciden abrir una agencia matrimonial, la excusa perfecta para que se sucedan toda suerte de disparatadas situaciones. No hay más.
Tontorrona y facilona, la película contiene desde gags muy graciosos hasta otros bastante vergonzantes, pero siempre dentro de un campo de acción agradable y entretenido, que se torna genial cuando roza lo políticamente incorrecto —mezclar un mismo gag discapacidad y homosexualismo, como sucede en un determinado momento, no es moco de pavo — y eso que del humor del grupo no hay más que pinceladitas.
Se estrenó en el mejor momento de Martes y 13 como trío (antes de convertirse en fenómeno social tras la marcha de Fernando Conde) y llevó a los cines a una marabunta de personas, casi 800.000, sin que la película llegara a trascender en el imaginario popular como sí lo hicieron las que vendrían ya en su época de esplendor. Asimismo, Millán, en sus memorias “En mis 13”, decía que no se había hecho buen cine para Martes y 13 y esta película era una muestra de lo poco que se confiaba en ellos para el medio, diciendo que no les dejaron meter mano ni en el guion, ni en la dirección, ni en la elaboración de gags… ahora les digo yo ¿no presumís de que erais actores? Pues ahí tenéis una película en la que interpretáis, hacéis humor, y la paleta de colores es tan amplia que os desenvolvéis con trabalenguas, slapstick , humor visual y textual, por obra y gracia del equipo del señor Bermúdez de Castro, que por aquella época ya viajaba en "Rolls Royce". Yo creo que es un trabajo del que sentirse orgulloso más que del que renegar visto lo visto.
A reivindicar y redescubrir como la estupenda obra de derribo que es.
Desde luego es graciosa y está entretenida, si bien es cierto que es una de esas películas que vende a su trío protagonista, en principio alejado del cine y, una vez se tiene el cartel que los anuncia, el producto resultante es lo de menos. Por eso, en el montaje hay secuencias que no tienen continuidad o que, directamente, se pasan la narración por el forro de las pelotas, porque la historia en el fondo da lo mismo.
No obstante, me resulta una película curiosa y, fríamente, sentencio aquí que se trata, sin duda alguna, de la mejor de cuantas hicieron Martes y 13, muy por encima de “La loca historia de los tres Mosqueteros” de mi amado Mariano Ozores y, por supuesto, sustancialmente por encima de esos dos despropósitos de Álvaro Sáenz de Heredia que son “Aquí huele a muerto (Pues yo no he sido)” o “El Robobo de la Jojoya”, que, siendo más actuales que la que nos ocupa, sobreviven peor al implacable paso del tiempo. De chaval más o menos me gustaban ambas, pero vistas hoy… las películas de Martes y 13 como dúo son lo peor de lo peor, carentes de gracia y con una sobredosis de chascarrillos propios de los humoristas que ya son de otro tiempo (ergo, no funcionan).
Sin embargo “Ni te cases ni te embarques” aguanta algo mejor por varios factores, a saber; su intencionalidad. Quizá las películas al servicio de humoristas son un producto que se explotó más en los 90, por lo que en “Ni te cases ni te embarques” todavía no existía del todo ese pensar de convertir secuencias directamente en sketches, así, en lugar de tener una película de Martes y 13, tenemos a Martes y 13 en una película. Se trata de uno de esos films concebidos por Bermúdez de Castro para forrarse que, sí, está protagonizado por Martes y 13, pero que funcionaría igual de bien protagonizado por Antonio Ozores, Juanito Navarro o Raúl Sender, por ejemplo. Es ese tipo de cine de comedia español de los 80, solo que con el aporte juvenil y gamberro de Josema, Millán y Fernando.
Por otro lado, el estilo de los humoristas aún no se había definido del todo en 1982 —estaban empezando en verdad—, no eran ese muestrario de tics y chascarrillos que volvía loca a toda España y, aquí, podemos decir que más que haciendo humor, que lo hacen, están asumiendo la faceta de actores que coleaba desde sus inicios. Martes y 13 venían de tener una formación actoral, pero, sin duda, el que más se luce en esta película como tal es Fernando Conde, que se come a los otros dos caricatos con patatas. Asimismo, tenemos a un todoterreno tras las cámaras como es el director Javier Aguirre, rentando su profesión con las películas de Parchís en ese momento, haciendo un break para una cosa un poco más pequeña destinada a los cómicos de moda, mientras que en su tiempo libre le da a lo que realmente le gusta, que es el cine experimental. Tiene un guion endeble que él no ha escrito, pero coloca la cámara donde toca y dirige a los actores de manera más bien correcta, sin que se le rasguen las vestiduras por ello y sin hacer ningún esfuerzo. Otra cosa es que en el montaje hicieran el desbarajuste maravilloso que es esta película a nivel argumental, cuyo resultado el espectador no tiene en cuenta porque, al fin y al cabo, y aun siendo más cine que otras muestras posteriores del subgénero, el público natural, que es España entera, disfruta de los parabienes de Martes y 13 en una película.
Otro punto a favor, y que también se estilaría en productos del mismo corte a posteriori, es que, aunque es una película al servicio de unos cómicos muy famosos, se aprovecha para introducir a otros menos populares. Así, si en los vehículos para lucimiento de Chiquito de la Calzada teníamos a Bigote Arrocet acompañando al malagueño, en esta tenemos a una estupenda Beatriz Carvajal absolutamente desmelenada, interpretando a una gallega como ya solía hacer en sus intervenciones televisivas de la época. Añádanle una suerte de reparto de actorazos de primer orden haciendo los roles secundarios, como puedan ser Agustín González, Amparo Soler Leal, Alejandro Enciso o Luis Barbero. También tenemos por ahí a un niño pequeño que molesta a nuestros protagonistas y no es otro que Juan Diego Botto.
O sea, que al final "Ni te cases ni te embarques" se prodiga como una película muy divertida y desenfadada con la que uno se echa unas risas.
Aludiendo a la picaresca española, la cosa va de tres jóvenes parados que, para subsistir, tienen que recurrir a pequeños timos que siempre les salen mal. Hasta que un buen día, tras una serie de circunstancias, deciden abrir una agencia matrimonial, la excusa perfecta para que se sucedan toda suerte de disparatadas situaciones. No hay más.
Tontorrona y facilona, la película contiene desde gags muy graciosos hasta otros bastante vergonzantes, pero siempre dentro de un campo de acción agradable y entretenido, que se torna genial cuando roza lo políticamente incorrecto —mezclar un mismo gag discapacidad y homosexualismo, como sucede en un determinado momento, no es moco de pavo — y eso que del humor del grupo no hay más que pinceladitas.
Se estrenó en el mejor momento de Martes y 13 como trío (antes de convertirse en fenómeno social tras la marcha de Fernando Conde) y llevó a los cines a una marabunta de personas, casi 800.000, sin que la película llegara a trascender en el imaginario popular como sí lo hicieron las que vendrían ya en su época de esplendor. Asimismo, Millán, en sus memorias “En mis 13”, decía que no se había hecho buen cine para Martes y 13 y esta película era una muestra de lo poco que se confiaba en ellos para el medio, diciendo que no les dejaron meter mano ni en el guion, ni en la dirección, ni en la elaboración de gags… ahora les digo yo ¿no presumís de que erais actores? Pues ahí tenéis una película en la que interpretáis, hacéis humor, y la paleta de colores es tan amplia que os desenvolvéis con trabalenguas, slapstick , humor visual y textual, por obra y gracia del equipo del señor Bermúdez de Castro, que por aquella época ya viajaba en "Rolls Royce". Yo creo que es un trabajo del que sentirse orgulloso más que del que renegar visto lo visto.
A reivindicar y redescubrir como la estupenda obra de derribo que es.
viernes, 31 de mayo de 2024
DISCO, IBIZA, LOCOMÍA
¿Podríamos considerar a Locomía una “boyband”? yo supongo que sí. Como fuera, lo que vengo a decir es que recuerdo a la perfección cuando salió a la palestra la “boyband” Locomía, creo que fue en un magazine de los de al medio día en la televisión pública. Iban vestidos como Parchís, pero de manera extravagante y daban vueltas, sin mucho orden, a sus abanicos, amanerados como ellos mismos y ofreciendo un tipo de música (¿eurohouse?, ¿eurobeat?) de la que en esos momentos yo era un enemigo acérrimo. A las pocas semanas de su irrupción en radio y televisión, Locomía ya estaban sonando en todas partes, y lo único que generaba en mí era rechazo y desasosiego.
Sin embargo, independientemente de los gustos, el periodo y el grupo se quedaron grabados en mi psique y, desde hará cinco o seis años, quizás por nostalgia, he desarrollado el gusto por estas músicas discotequeras de primeros de los 90 como quien no quiere la cosa. Y al menos la canción que les hizo famosos, “Locomía”, me parece un temazo con una producción increíble y una línea de bajo agresiva y absolutamente sampleable. Una canción muy bien hecha y que hoy suena mejor que hace 35 años.
Muchos debieron pensar igual que yo, porque lo cierto es que estos últimos tiempos Locomía han pasado de estar condenados al ostracismo a ser reivindicados como grupo de dance autóctono, más allá del público homosexual que tampoco se encuentra entre su más fieles seguidores, quizás por el hecho de que en plenos 90 Locomía, a pesar de su evidente pluma, se mantenían bien dentro del armario con todas sus consecuencias. Cosas de su descubridor y productor, José Luis Gil, que con muy buen ojo quiso recolectar las ganancias de su público potencial: mujeres adolescentes de habla hispana que hacían de estos sus referentes sexuales.
A raíz de dicho revival, se rodó una estupenda serie documental de Pablo Aguinaga y Mariano Tomiozzo, que nos contaba con pelos y señales la fascinante historia de Locomia, además de presentarnos a su líder, Xavier Font, como alguien oscuro y turbio que manipulaba a sus amigos a antojo y gestionaba el dinero que ganaban en Ibiza con sus bailes de abanicos. Se lo gastaba, como él mismo dice: “En alguna joya. Y yo no uso bisutería”. Font en ese documental es la viva imagen del megalómano.
Dos años después se estrena en nuestros cines, por todo lo alto, una película biopic que básicamente viene a contar lo mismo pero a modo de ficción y, suavizando mucho algunos pasajes con respecto a la serie. Nos cuenta, sin salirse ni un ápice de la fórmula del biopic, cómo un individuo metido de lleno en la industria musical, José Luis Gil, consigue, en palabras del propio personaje, que “una anécdota ibicenca se convirtiera en un grupo de éxito internacional”. Así somos testigos de los primeros pasos de Locomía como diseñadores de moda de andar por casa y gogós de discoteca que, al ser descubiertos por Gil, se convierten en el combo dance más importante del país y latinoamérica. Pero claro, la banda tiene un handicap y es que a pesar de la poderosa puesta en escena con el rollo de los abanicos, cantan como perros, motivo por el cual es el propio productor quién se encargaría de grabar las voces principales. Locomía, pues, tenían que limitarse a bailar y tirar de playback. Sin embargo, el líder, Xavi Font, no es capaz siquiera de hacerlo en condiciones, por lo que es semi-expulsado de Locomía, sembrándose así el caos y la sinrazón en un entramado que incluye drogas, fiesta, juicios, contratos, copyright y hasta la suplantación de identidad…
Tengo debilidad por los biopics, más aun si estos se centran en entorno musical, y, “Disco, Ibiza, Locomía”, que además se mira en el modelo americano —incluyendo dinámicas secuencias de grabación de tracks como ya habíamos visto en “Bohemian Rapsody”, “Straight Outta Compton” o “Rocket Man”—, me ha resultado una película vibrante y enloquecida con la que he disfrutado mucho. Y es que, fiel a los hechos que ya se contaban en el documental, no se deja ninguno de los escándalos en el tintero y la película empieza y acaba justo de la manera que ha de hacerlo. Y está muy bien… pero no es tan buena como la serie documental, esa sí que es una maravilla.
Como fuere, tenemos en el reparto a Jaime Lorente que se mete en la piel de Xavi Font otorgándole más pluma de la que hacía gala el personaje real, al mismo tiempo que gasta dejes propios del otro personaje real de la cultura popular al que interpretó hace poco, Ángel Cristo en “Cristo y Rey” —pero que está bien a rasgos generales—. Tenemos a Blanca Suárez haciendo de Blanca Suárez y un actor que está genial y contribuye a que la película entera merezca la pena aunque el fenómeno Locomía nos importe tres cojones: el argentino Alberto Ammann, quien pasa de un registro sereno en la también estupenda “Upon Entry” al histrionismo de un productor musical con una forma de hablar muy concreta llevada por el actor a cotas casi paródicas, convirtiéndose, sin duda, en lo más celebrado de la película ¡Menuda transformación! Disimular el acento argentino en esta ocasión sería lo de menos.
Dirige la función, con un pulso narrativo envidiable y una velocidad de vértigo, Kike Maíllo. “Eva” y “Toro” serían sus películas de mayor importancia. Pero esta es la más interesante.
Sin embargo, independientemente de los gustos, el periodo y el grupo se quedaron grabados en mi psique y, desde hará cinco o seis años, quizás por nostalgia, he desarrollado el gusto por estas músicas discotequeras de primeros de los 90 como quien no quiere la cosa. Y al menos la canción que les hizo famosos, “Locomía”, me parece un temazo con una producción increíble y una línea de bajo agresiva y absolutamente sampleable. Una canción muy bien hecha y que hoy suena mejor que hace 35 años.
Muchos debieron pensar igual que yo, porque lo cierto es que estos últimos tiempos Locomía han pasado de estar condenados al ostracismo a ser reivindicados como grupo de dance autóctono, más allá del público homosexual que tampoco se encuentra entre su más fieles seguidores, quizás por el hecho de que en plenos 90 Locomía, a pesar de su evidente pluma, se mantenían bien dentro del armario con todas sus consecuencias. Cosas de su descubridor y productor, José Luis Gil, que con muy buen ojo quiso recolectar las ganancias de su público potencial: mujeres adolescentes de habla hispana que hacían de estos sus referentes sexuales.
A raíz de dicho revival, se rodó una estupenda serie documental de Pablo Aguinaga y Mariano Tomiozzo, que nos contaba con pelos y señales la fascinante historia de Locomia, además de presentarnos a su líder, Xavier Font, como alguien oscuro y turbio que manipulaba a sus amigos a antojo y gestionaba el dinero que ganaban en Ibiza con sus bailes de abanicos. Se lo gastaba, como él mismo dice: “En alguna joya. Y yo no uso bisutería”. Font en ese documental es la viva imagen del megalómano.
Dos años después se estrena en nuestros cines, por todo lo alto, una película biopic que básicamente viene a contar lo mismo pero a modo de ficción y, suavizando mucho algunos pasajes con respecto a la serie. Nos cuenta, sin salirse ni un ápice de la fórmula del biopic, cómo un individuo metido de lleno en la industria musical, José Luis Gil, consigue, en palabras del propio personaje, que “una anécdota ibicenca se convirtiera en un grupo de éxito internacional”. Así somos testigos de los primeros pasos de Locomía como diseñadores de moda de andar por casa y gogós de discoteca que, al ser descubiertos por Gil, se convierten en el combo dance más importante del país y latinoamérica. Pero claro, la banda tiene un handicap y es que a pesar de la poderosa puesta en escena con el rollo de los abanicos, cantan como perros, motivo por el cual es el propio productor quién se encargaría de grabar las voces principales. Locomía, pues, tenían que limitarse a bailar y tirar de playback. Sin embargo, el líder, Xavi Font, no es capaz siquiera de hacerlo en condiciones, por lo que es semi-expulsado de Locomía, sembrándose así el caos y la sinrazón en un entramado que incluye drogas, fiesta, juicios, contratos, copyright y hasta la suplantación de identidad…
Tengo debilidad por los biopics, más aun si estos se centran en entorno musical, y, “Disco, Ibiza, Locomía”, que además se mira en el modelo americano —incluyendo dinámicas secuencias de grabación de tracks como ya habíamos visto en “Bohemian Rapsody”, “Straight Outta Compton” o “Rocket Man”—, me ha resultado una película vibrante y enloquecida con la que he disfrutado mucho. Y es que, fiel a los hechos que ya se contaban en el documental, no se deja ninguno de los escándalos en el tintero y la película empieza y acaba justo de la manera que ha de hacerlo. Y está muy bien… pero no es tan buena como la serie documental, esa sí que es una maravilla.
Como fuere, tenemos en el reparto a Jaime Lorente que se mete en la piel de Xavi Font otorgándole más pluma de la que hacía gala el personaje real, al mismo tiempo que gasta dejes propios del otro personaje real de la cultura popular al que interpretó hace poco, Ángel Cristo en “Cristo y Rey” —pero que está bien a rasgos generales—. Tenemos a Blanca Suárez haciendo de Blanca Suárez y un actor que está genial y contribuye a que la película entera merezca la pena aunque el fenómeno Locomía nos importe tres cojones: el argentino Alberto Ammann, quien pasa de un registro sereno en la también estupenda “Upon Entry” al histrionismo de un productor musical con una forma de hablar muy concreta llevada por el actor a cotas casi paródicas, convirtiéndose, sin duda, en lo más celebrado de la película ¡Menuda transformación! Disimular el acento argentino en esta ocasión sería lo de menos.
Dirige la función, con un pulso narrativo envidiable y una velocidad de vértigo, Kike Maíllo. “Eva” y “Toro” serían sus películas de mayor importancia. Pero esta es la más interesante.
viernes, 19 de enero de 2024
TREBOL NEGRO: SIDA, MALDICIÓN DESCONOCIDA
La cinematografía mexicana es inmensa e inabarcable, y más si nos detenemos en los parámetros de la serie B/Z. Ahí los mexicanos no tienen parangón ni remilgo alguno a la hora de explotar, con el fin de vender el mayor número de entradas posible, algunos de los temas sociales más escabrosos del momento.
Por otro lado, la enfermedad del SIDA fue un filón en este sentido, no solo para los gerifaltes de la industria B, sino también para los estudios de Hollywood que, con otras formas y maneras, supieron explotar las consecuencias del virus (por ejemplo, con “Philadelphia”). Jess Franco lo intentó en los ochenta, así que podemos hablar, sin temor a errar, de un subgénero en toda regla y llamarlo “sidaxploitation”. Y ahí, por supuesto, México es el país líder.
Sin embargo, ninguna película es tan salvaje, incisiva y anárquica con respecto al tema como esta “Trébol negro (SIDA, maldición desconocida)”, que además de contar con muy poquita vergüenza, se rodó en el año 1991 (aunque las bases de datos la fechan en 1996), cuando todo estaba más claro con respecto al SIDA y tenía menos sentido explotar el tema. Sin embargo, tiene el aspecto de una película de principios de los 80. El director Ismael Rodríguez Jr. (hijo de Ismael Rodríguez Sr.) se rueda, yo creo que sin ser demasiado consciente, una obra maestra del despropósito.
El caso es que da la sensación que el guion inicial fuera simplemente una historia de venganzas en torno al juego y las infidelidades, y que, para darle más morbillo a la cosa, añadieran en última instancia la subtrama con el SIDA por medio. El resultado es una película tan amoral como estúpida, que se corona como uno de los hitos de la comedia involuntaria.
Un traficante de drogas, que alardea de lo mucho que le gusta arponearse (inyectarse heroína), descubre en la consulta del doctor que ha contraído el SIDA. Pero no queda muy convencido ya que, según él “yo soy macho, el SIDA es de maricones”, así que, pese a las advertencias de su médico no hace caso alguno, y continúa su vida de vicioso como si nada. En una partida de cartas, en la que un mafioso le está sacando ingentes cantidades de pasta, decide meterse un pico. Pronto pasa un niño gordo —que se parece al Piraña— a recoger los vasos de las mesas, cuando se topa con la jeringuilla del individuo llena de sangre. “¿Qué pasa, te da asco mi sangre?” le pregunta. “¡Pues toma!” y acto seguido, con una maldad incalculable, le clava la jeringuilla infectada de SIDA en el brazo al niño. Se lo llevan sin darle más importancia a un asunto tan grave, pero el juego de cartas continúa, y como a nuestro protagonista ya no le queda más dinero, decide jugarse a su novia (lógicamente infectada de SIDA) perdiéndola en la partida. A partir de ahí la película es un desmadre de venganzas, traiciones, trafico de drogas y acción ¡sin apenas tiros! en el que se pueden imaginar el desenlace.
Lo cierto es que todos los personajes son unos cretinos y el tratamiento que se le da al virus de inmunodeficiencia adquirida es poco menos que denunciable (el protagonista es tan malo y desalmado, que va por ahí contagiando el SIDA con total ligereza), además de resultar escasamente creíble la poca información al respecto que manejan los personajes, pero a su vez, todo eso es lo que convierte a este film en un entretenimiento sin parangón.
Y es que, al margen del descerebre general (el protagonista que se va muriendo de SIDA según avanza la película, es el mayor villano, el más malvado que yo he visto en una película) “Trébol negro (SIDA, maldición desconocida)” es condenadamente entretenida, con sus muchos personajes liándola cada vez más parda y más gorda. Es un poco “Ebola Syndrome” mezclado con las aventurillas de Parchís, y rebañado en muy, muy mala leche.
Por otro lado, la enfermedad del SIDA fue un filón en este sentido, no solo para los gerifaltes de la industria B, sino también para los estudios de Hollywood que, con otras formas y maneras, supieron explotar las consecuencias del virus (por ejemplo, con “Philadelphia”). Jess Franco lo intentó en los ochenta, así que podemos hablar, sin temor a errar, de un subgénero en toda regla y llamarlo “sidaxploitation”. Y ahí, por supuesto, México es el país líder.
Sin embargo, ninguna película es tan salvaje, incisiva y anárquica con respecto al tema como esta “Trébol negro (SIDA, maldición desconocida)”, que además de contar con muy poquita vergüenza, se rodó en el año 1991 (aunque las bases de datos la fechan en 1996), cuando todo estaba más claro con respecto al SIDA y tenía menos sentido explotar el tema. Sin embargo, tiene el aspecto de una película de principios de los 80. El director Ismael Rodríguez Jr. (hijo de Ismael Rodríguez Sr.) se rueda, yo creo que sin ser demasiado consciente, una obra maestra del despropósito.
El caso es que da la sensación que el guion inicial fuera simplemente una historia de venganzas en torno al juego y las infidelidades, y que, para darle más morbillo a la cosa, añadieran en última instancia la subtrama con el SIDA por medio. El resultado es una película tan amoral como estúpida, que se corona como uno de los hitos de la comedia involuntaria.
Un traficante de drogas, que alardea de lo mucho que le gusta arponearse (inyectarse heroína), descubre en la consulta del doctor que ha contraído el SIDA. Pero no queda muy convencido ya que, según él “yo soy macho, el SIDA es de maricones”, así que, pese a las advertencias de su médico no hace caso alguno, y continúa su vida de vicioso como si nada. En una partida de cartas, en la que un mafioso le está sacando ingentes cantidades de pasta, decide meterse un pico. Pronto pasa un niño gordo —que se parece al Piraña— a recoger los vasos de las mesas, cuando se topa con la jeringuilla del individuo llena de sangre. “¿Qué pasa, te da asco mi sangre?” le pregunta. “¡Pues toma!” y acto seguido, con una maldad incalculable, le clava la jeringuilla infectada de SIDA en el brazo al niño. Se lo llevan sin darle más importancia a un asunto tan grave, pero el juego de cartas continúa, y como a nuestro protagonista ya no le queda más dinero, decide jugarse a su novia (lógicamente infectada de SIDA) perdiéndola en la partida. A partir de ahí la película es un desmadre de venganzas, traiciones, trafico de drogas y acción ¡sin apenas tiros! en el que se pueden imaginar el desenlace.
Lo cierto es que todos los personajes son unos cretinos y el tratamiento que se le da al virus de inmunodeficiencia adquirida es poco menos que denunciable (el protagonista es tan malo y desalmado, que va por ahí contagiando el SIDA con total ligereza), además de resultar escasamente creíble la poca información al respecto que manejan los personajes, pero a su vez, todo eso es lo que convierte a este film en un entretenimiento sin parangón.
Y es que, al margen del descerebre general (el protagonista que se va muriendo de SIDA según avanza la película, es el mayor villano, el más malvado que yo he visto en una película) “Trébol negro (SIDA, maldición desconocida)” es condenadamente entretenida, con sus muchos personajes liándola cada vez más parda y más gorda. Es un poco “Ebola Syndrome” mezclado con las aventurillas de Parchís, y rebañado en muy, muy mala leche.
viernes, 24 de noviembre de 2023
LA BANDA DE LA MANO
Cinco peligrosos delincuentes adolescentes son detenidos para ser encarcelados como adultos, debido a la fiereza de sus delitos. Sin embargo, durante su traslado a la prisión, son abandonados en plena selva donde serán interceptados por un veterano de Vietnam que les enseñará a sobrevivir en territorios hostiles y entrenará para convertirlos en máquinas de combate. Cuando termine su formación, serán instados a limpiar de narcotraficantes y delincuentes la ciudad de Miami Beach. Estos aceptan de buen grado y comienza la escabechina.
“La banda de la mano” es uno de esos títulos ochenteros que si bien en el momento de su estreno se promocionó como película de primer orden, su discreta recaudación en taquilla —107.000 espectadores en la España de la época— propiciaría el olvido sistemático por parte del público con el paso de los años. No funcionó en cine, en vídeo algo mejor pero tampoco para lanzar cohetes, y fue una película habitual en las emisiones de los primeros años de Tele 5. Después, es como si a “La banda de la mano” se la hubiese tragado la tierra.
En los USA la cosa no fue mejor: Michael Mann, que por aquel entonces triunfaba en el mundo de la televisión con la serie “Corrupción en Miami”, quedó fascinado por la idea que se le presentó sobre cinco críos delincuentes que acaban declarándole la guerra al narcotráfico en Miami Beach. Un argumento un poco naif e infantiloide, que recuerda levemente a los que escribiría Javier Aguirre para sus películas con Parchís. Sin haber visto tan siquiera un esbozo de guion, Mann se decide a producirlo ejecutivamente y, cuatro meses después, ya tiene todo preparado para ponerse a rodar. De este modo, contrata los servicios de Paul Michael Glaser (Hutch en “Starsky & Hutch”), que tras unos cuantos trabajos televisivos detrás de la cámara, debutaría como director de largometrajes para cine con “La banda de la mano”.
Ruedan la película, pero tanto Mann como su equipo están demasiado viciados por el ritmo de trabajo televisivo de “Corrupción en Miami”, por lo que, en consecuencia, la película acaba teniendo un tono y unas maneras un tanto telefílmicas. De hecho, parece un mal capítulo de “Corrupción en Miami” pero sin Ricardo Tubbs ni Sony Crockett.
Consciente de esto, Mann aparca la película para seguir con lo suyo, pero, obsesionado con la historia de “La banda de la mano”, le da vueltas a la cabeza y decide convertirla en una serie para televisión. De este modo, la monta a modo de episodio piloto.
El material se nota apresurado y algunas secuencias no se entienden bien, por lo que no se da luz verde al proyecto de serie, y el montaje de lo que se iba a presentar como episodio piloto es finalmente estrenado en salas, de mala manera, deprisa y corriendo. Resultaría un fracaso que, además, fue asediada por la crítica. De hecho, en los premios stinkers de ese año, una suerte de anti-Oscar yankis cuyo trofeo es la reproducción de una taza del váter rodeada de celuloide, “La banda de la mano” compitió en la categoría de peor película perdiendo ante “Howard: Un nuevo héroe” que ese año arrasó como mala película (cosa que no entiendo). Después de aquello, aun vendida al extranjero, quedaría condenada al olvido.
Desde luego se trata de una película bastante tonta que resulta demasiado infantil para el público adulto, y demasiado violenta para el público infantil. Asimismo, el cambio de tono en los tres actos es tan marcado que cuando, en su meridiano, parece que estamos ante un tipo de película concreto, al llegar los personajes a la selva parece que estemos en otra. Y al regresar a la ciudad, volvemos a notar un cambio radical, asemejándose a una epopeya barata de Charles Bronson, sin Bronson.
“La banda de la mano” es uno de esos títulos ochenteros que si bien en el momento de su estreno se promocionó como película de primer orden, su discreta recaudación en taquilla —107.000 espectadores en la España de la época— propiciaría el olvido sistemático por parte del público con el paso de los años. No funcionó en cine, en vídeo algo mejor pero tampoco para lanzar cohetes, y fue una película habitual en las emisiones de los primeros años de Tele 5. Después, es como si a “La banda de la mano” se la hubiese tragado la tierra.
En los USA la cosa no fue mejor: Michael Mann, que por aquel entonces triunfaba en el mundo de la televisión con la serie “Corrupción en Miami”, quedó fascinado por la idea que se le presentó sobre cinco críos delincuentes que acaban declarándole la guerra al narcotráfico en Miami Beach. Un argumento un poco naif e infantiloide, que recuerda levemente a los que escribiría Javier Aguirre para sus películas con Parchís. Sin haber visto tan siquiera un esbozo de guion, Mann se decide a producirlo ejecutivamente y, cuatro meses después, ya tiene todo preparado para ponerse a rodar. De este modo, contrata los servicios de Paul Michael Glaser (Hutch en “Starsky & Hutch”), que tras unos cuantos trabajos televisivos detrás de la cámara, debutaría como director de largometrajes para cine con “La banda de la mano”.
Ruedan la película, pero tanto Mann como su equipo están demasiado viciados por el ritmo de trabajo televisivo de “Corrupción en Miami”, por lo que, en consecuencia, la película acaba teniendo un tono y unas maneras un tanto telefílmicas. De hecho, parece un mal capítulo de “Corrupción en Miami” pero sin Ricardo Tubbs ni Sony Crockett.
Consciente de esto, Mann aparca la película para seguir con lo suyo, pero, obsesionado con la historia de “La banda de la mano”, le da vueltas a la cabeza y decide convertirla en una serie para televisión. De este modo, la monta a modo de episodio piloto.
El material se nota apresurado y algunas secuencias no se entienden bien, por lo que no se da luz verde al proyecto de serie, y el montaje de lo que se iba a presentar como episodio piloto es finalmente estrenado en salas, de mala manera, deprisa y corriendo. Resultaría un fracaso que, además, fue asediada por la crítica. De hecho, en los premios stinkers de ese año, una suerte de anti-Oscar yankis cuyo trofeo es la reproducción de una taza del váter rodeada de celuloide, “La banda de la mano” compitió en la categoría de peor película perdiendo ante “Howard: Un nuevo héroe” que ese año arrasó como mala película (cosa que no entiendo). Después de aquello, aun vendida al extranjero, quedaría condenada al olvido.
Desde luego se trata de una película bastante tonta que resulta demasiado infantil para el público adulto, y demasiado violenta para el público infantil. Asimismo, el cambio de tono en los tres actos es tan marcado que cuando, en su meridiano, parece que estamos ante un tipo de película concreto, al llegar los personajes a la selva parece que estemos en otra. Y al regresar a la ciudad, volvemos a notar un cambio radical, asemejándose a una epopeya barata de Charles Bronson, sin Bronson.
En definitiva, un desbarajuste que, aun con un par de momentos medio memorables, no resulta interesante a ningún nivel, máxime cuando hablamos de acción, con explosiones y tiros, terriblemente aburrida en el grueso de su hora y media larga.
En el reparto destacan Lauren Holly y Laurence Fishburne, que después se harían populares, James Remar, o Danny Quinn, hijo de Anthony Quinn, quien posteriormente se casaría con Lauren Holly y protagonizaría un sonado juicio por malos tratos en Hollywood del que se acabaría declarando culpable.
En cuanto a director, Paul Michael Glaser, tras este debut comenzaría su carrera y rodaría clásicos como “Perseguido”, “Una tribu en la cancha” o “Kazaam”… y luego otra vez a currar a la tele.
“La banda de la mano” es bastante mala y bobalicona, pero ahí queda.
En el reparto destacan Lauren Holly y Laurence Fishburne, que después se harían populares, James Remar, o Danny Quinn, hijo de Anthony Quinn, quien posteriormente se casaría con Lauren Holly y protagonizaría un sonado juicio por malos tratos en Hollywood del que se acabaría declarando culpable.
En cuanto a director, Paul Michael Glaser, tras este debut comenzaría su carrera y rodaría clásicos como “Perseguido”, “Una tribu en la cancha” o “Kazaam”… y luego otra vez a currar a la tele.
“La banda de la mano” es bastante mala y bobalicona, pero ahí queda.
viernes, 10 de junio de 2022
BOLERO
Cuando la Cannon, de puro resultona, consiguió que una potente major como Metro Goldwin Mayer se hiciera cargo de la distribución en cines de su catálogo en ciernes, era de esperar que, tarde o temprano, Menahem Golan y Yoran Globus la cagasen por el camino. Y es que los entrañables israelíes ponían sobre la mesa los cojones y las excentricidades por encima de la razón. Ahora, tampoco perdamos de vista el matrimonio formado por John Derek y Bo Derek cuyo modus operandi no era otro que el exhibicionismo y el retraso mental —no hay que olvidarse de que Bo Derek es a día de hoy un icono del cine, pero lo es por guapa, no por talentosa—, atributos estos con los que se rodaron cuatro películas que vistas hoy, sin duda resultan obras maestras del descerebre. Cualquiera diría que estaban dirigidas por un orangután en celo y protagonizadas por tres kilos de ternera. “Bolero” es el máximo exponente de todo esto que digo y el motivo por el que Frank Yablans de Metro Goldwin Mayer rescindió su importante contrato de distribución con Cannon, al querer mantener el nombre de su compañía bien alejado de esta caterva de deficientes mentales con ínfulas artísticas.
“Bolero” en sí misma es un despropósito. Se trata de un drama de aventuras de corte erótico, con los ojos puestos en los clásicos de los 70 (“Emmanuelle” y demás) que, ambientado en los años 20, cuenta una historia que realmente importa un pijo; Una mujer adinerada, víctima de la más pura represión en su educación, se despendola al graduarse y emprenderá, junto a una amiga y su chófer, un viaje por el mundo con el fin de encontrar al maromo que habrá de desvirgarla, siendo los principales aspirantes un jeque árabe —que la embadurna en miel y, teniéndola cachonda perdida, se queda dormido antes de penetrarla—, y un torero andaluz con muchas propiedades que se la folla al amanecer e incluso llega a enamorarla, sin embargo cuando mejor van las cosas, le coge un toro y le deja impedido de cintura para abajo, lo que hará plantearse a nuestra protagonista si merece la pena estar con un hombre que no puede darle placer. En lo sucesivo, intentará seducirle montando a caballo en pelotas para ver si así se le endereza la cosa al hombre. Mientras, el jeque árabe intentará secuestrarla y llevársela consigo con el fin de penetrarla, pero no lo conseguirá porque el chófer de nuestra protagonista es más bruto que un arado y detiene con sus manos desnudas el avión donde el jeque pretende llevarse a nuestra amiga. ¿Suena bien, eh? Pues vista es todavía mejor.
Se trata de una de las películas más ridículas de la historia, con los diálogos más estúpidos escritos por mano humana, pero además de todo eso, y de su ostentosa pompa, el contenido erótico roza el porno soft. La mera excusa de la existencia de la película, además, es eso, mostrar el palmito de Bo Derek y poder verla hacer el amor con galanes latinos buscados ex profeso para que hagan juego con la diva. Quizás a día de hoy esas secuencias resulten más horteras que pornográficas, pero en 1984 quizás si eran motivo de algarabía.
El caso es que durante la concepción de la cinta, Menahem Golan no paraba de sugerir tanto al director John Derek, como a su esposa, que rodaran escenas eróticas más explícitas, cosa esta a la que los Derek se negaron porque, ir más lejos de lo que habían rodado era ya entrar en terrenos de porno hardcore, por lo que se negaron a meter más folleteo a una película que ya era todo el rato eso. Como fuere, antes de su exhibición en cines, se le preparó un pase de prueba de la película a Frank Yablans que al verla quedó horrorizado, no solo por el alto contenido erótico, sino por la gilipollez que en sí era. Además, la junta de censores otorgaría a la película una “X” como una catedral, lo que reduciría la exhibición de esta a cines porno. Yablans sugirió así a Golan que cortara material erótico para poder exhibirla en cines normales, cosa a la que este se negó y, en consecuencia, Metro Goldwin Mayer se negó a distribuir la película.
Menahem Golan no se amilanó con la decisión de Yablans y la solución que tomó fue estrenarla él mismo bajo distribución de la propia Cannon, como ya había hecho antes del acuerdo con metro, y para que no le encasquetasen una X, decidió estrenarla sin calificación alguna. Haciendo esto, incumplía partes de las cláusulas del contrato de distribución con Metro, por lo que Yablans se acogió a eso para rescindir su contrato y, ya de paso, quitarse a esta puta gente de encima. Cannon siguió después operando por su cuenta y riesgo.
“Bolero”, que tuvo una campaña de promoción brutal para ser una película sin calificar, a duras penas consiguió recuperar sus costes, siendo un fracaso total y absoluto no solo de público, sino también de crítica, consiguiendo en su carrera nueve nominaciones a los premios razzie de los cuales se llevó seis. Asimismo, a día de hoy es una película de absoluto culto, como pueden serlo todas las ejecutadas por los Derek.
El caso es que, estúpida y vergonzante como es, está un rato entretenida precisamente por estúpida y vergonzante, y resulta imposible no descoyuntarse de la risa en escenas como la del jeque árabe lamiendo el cuerpo embadurnado de miel de Bo Derek, que más que provocar excitación provoca asco, o cuando el personaje del pobre George Kennedy intenta parar una avioneta que va a despegar con sus propias manos. Lo cierto es que cada cinco minutos viene algo, ya sea una escena risible, ya sea un dialogo subnormal, que convierten “Bolero” en una cinta altamente disfrutable. Y los pajilleros que no sean excesivamente tontos, obtendrán el doble de disfrute, si es que son capaces de centrarse un poquito en la película y tener las manos quietas.
Otro de los disparates es contar con la presencia de Olivia d’Abo, que se despelota cada dos por tres teniendo en el momento del rodaje ¡¡13 años de edad!!
Como parte de la película se desarrolla en España, el reparto tiene una gran presencia española, así que, junto a Bo Derek y el anteriormente mentado George Kennedy, tenemos a una jovencita Ana Obregón que se buscaba la vida en los USA como buenamente podía —y que participó en una serie de películas, durante su carrera como actriz, a mi juicio estupendas— y a la que también se le concede una escena erótica, así como tenemos pequeños papeles para Mirta Miller, que se encargará de meterse en la cama con el bueno de Kennedy o la perra Mary, esa perrita deliciosa que salía en todas las películas españolas de la época y que dio vida al perro Superman en las películas de Parchís.
En un principio el papel de Ángel, el galán andaluz, estaba previsto que lo interpretara Fabio Testi, pero tenía una especie de afección cutánea muy visible que era difícil de camuflar con el maquillaje, por lo que pronto fue sustituido por Andrea Occhipinti, galán italiano que tiene cierta retirada a Hugh Jackman y al que hemos podido ver en cosas tan populares como “El destripador de Nueva York” o “Cuchillos en la oscuridad”.
John Derek, después del fracaso, rodaría alguna película más al servicio de su esposa, quizás más descerebrada incluso que esta, pero de eso ya hablaremos en otra ocasión, porque pienso verme toda la filmografía de este matrimonio que permaneció unido, no obstante, hasta el fallecimiento de él en 1998.
“Bolero” es una película que en su momento era “muy de padres”, porque estaba destinada mayormente al público adulto. Bien; recuerdo a la perfección a mis señores padres viniendo del cine y echando pestes de la película tras verla. A mí, me encanta.
“Bolero” en sí misma es un despropósito. Se trata de un drama de aventuras de corte erótico, con los ojos puestos en los clásicos de los 70 (“Emmanuelle” y demás) que, ambientado en los años 20, cuenta una historia que realmente importa un pijo; Una mujer adinerada, víctima de la más pura represión en su educación, se despendola al graduarse y emprenderá, junto a una amiga y su chófer, un viaje por el mundo con el fin de encontrar al maromo que habrá de desvirgarla, siendo los principales aspirantes un jeque árabe —que la embadurna en miel y, teniéndola cachonda perdida, se queda dormido antes de penetrarla—, y un torero andaluz con muchas propiedades que se la folla al amanecer e incluso llega a enamorarla, sin embargo cuando mejor van las cosas, le coge un toro y le deja impedido de cintura para abajo, lo que hará plantearse a nuestra protagonista si merece la pena estar con un hombre que no puede darle placer. En lo sucesivo, intentará seducirle montando a caballo en pelotas para ver si así se le endereza la cosa al hombre. Mientras, el jeque árabe intentará secuestrarla y llevársela consigo con el fin de penetrarla, pero no lo conseguirá porque el chófer de nuestra protagonista es más bruto que un arado y detiene con sus manos desnudas el avión donde el jeque pretende llevarse a nuestra amiga. ¿Suena bien, eh? Pues vista es todavía mejor.
Se trata de una de las películas más ridículas de la historia, con los diálogos más estúpidos escritos por mano humana, pero además de todo eso, y de su ostentosa pompa, el contenido erótico roza el porno soft. La mera excusa de la existencia de la película, además, es eso, mostrar el palmito de Bo Derek y poder verla hacer el amor con galanes latinos buscados ex profeso para que hagan juego con la diva. Quizás a día de hoy esas secuencias resulten más horteras que pornográficas, pero en 1984 quizás si eran motivo de algarabía.
El caso es que durante la concepción de la cinta, Menahem Golan no paraba de sugerir tanto al director John Derek, como a su esposa, que rodaran escenas eróticas más explícitas, cosa esta a la que los Derek se negaron porque, ir más lejos de lo que habían rodado era ya entrar en terrenos de porno hardcore, por lo que se negaron a meter más folleteo a una película que ya era todo el rato eso. Como fuere, antes de su exhibición en cines, se le preparó un pase de prueba de la película a Frank Yablans que al verla quedó horrorizado, no solo por el alto contenido erótico, sino por la gilipollez que en sí era. Además, la junta de censores otorgaría a la película una “X” como una catedral, lo que reduciría la exhibición de esta a cines porno. Yablans sugirió así a Golan que cortara material erótico para poder exhibirla en cines normales, cosa a la que este se negó y, en consecuencia, Metro Goldwin Mayer se negó a distribuir la película.
Menahem Golan no se amilanó con la decisión de Yablans y la solución que tomó fue estrenarla él mismo bajo distribución de la propia Cannon, como ya había hecho antes del acuerdo con metro, y para que no le encasquetasen una X, decidió estrenarla sin calificación alguna. Haciendo esto, incumplía partes de las cláusulas del contrato de distribución con Metro, por lo que Yablans se acogió a eso para rescindir su contrato y, ya de paso, quitarse a esta puta gente de encima. Cannon siguió después operando por su cuenta y riesgo.
“Bolero”, que tuvo una campaña de promoción brutal para ser una película sin calificar, a duras penas consiguió recuperar sus costes, siendo un fracaso total y absoluto no solo de público, sino también de crítica, consiguiendo en su carrera nueve nominaciones a los premios razzie de los cuales se llevó seis. Asimismo, a día de hoy es una película de absoluto culto, como pueden serlo todas las ejecutadas por los Derek.
El caso es que, estúpida y vergonzante como es, está un rato entretenida precisamente por estúpida y vergonzante, y resulta imposible no descoyuntarse de la risa en escenas como la del jeque árabe lamiendo el cuerpo embadurnado de miel de Bo Derek, que más que provocar excitación provoca asco, o cuando el personaje del pobre George Kennedy intenta parar una avioneta que va a despegar con sus propias manos. Lo cierto es que cada cinco minutos viene algo, ya sea una escena risible, ya sea un dialogo subnormal, que convierten “Bolero” en una cinta altamente disfrutable. Y los pajilleros que no sean excesivamente tontos, obtendrán el doble de disfrute, si es que son capaces de centrarse un poquito en la película y tener las manos quietas.
Otro de los disparates es contar con la presencia de Olivia d’Abo, que se despelota cada dos por tres teniendo en el momento del rodaje ¡¡13 años de edad!!
Como parte de la película se desarrolla en España, el reparto tiene una gran presencia española, así que, junto a Bo Derek y el anteriormente mentado George Kennedy, tenemos a una jovencita Ana Obregón que se buscaba la vida en los USA como buenamente podía —y que participó en una serie de películas, durante su carrera como actriz, a mi juicio estupendas— y a la que también se le concede una escena erótica, así como tenemos pequeños papeles para Mirta Miller, que se encargará de meterse en la cama con el bueno de Kennedy o la perra Mary, esa perrita deliciosa que salía en todas las películas españolas de la época y que dio vida al perro Superman en las películas de Parchís.
En un principio el papel de Ángel, el galán andaluz, estaba previsto que lo interpretara Fabio Testi, pero tenía una especie de afección cutánea muy visible que era difícil de camuflar con el maquillaje, por lo que pronto fue sustituido por Andrea Occhipinti, galán italiano que tiene cierta retirada a Hugh Jackman y al que hemos podido ver en cosas tan populares como “El destripador de Nueva York” o “Cuchillos en la oscuridad”.
John Derek, después del fracaso, rodaría alguna película más al servicio de su esposa, quizás más descerebrada incluso que esta, pero de eso ya hablaremos en otra ocasión, porque pienso verme toda la filmografía de este matrimonio que permaneció unido, no obstante, hasta el fallecimiento de él en 1998.
“Bolero” es una película que en su momento era “muy de padres”, porque estaba destinada mayormente al público adulto. Bien; recuerdo a la perfección a mis señores padres viniendo del cine y echando pestes de la película tras verla. A mí, me encanta.
lunes, 14 de junio de 2021
NO DESEARÁS AL VECINO DEL QUINTO
“No desearás al vecino del quinto”, aún con su fama de chabacana, es una película importante para el cine español porque, por un lado, tenemos la que durante más de 30 años se erigió como el mayor taquillazo de la producción patria con casi cinco millones de espectadores (hasta que llegó alguno y la reventó) y, por otro, tenemos aquí la piedra angular del denominado “landismo” —subgénero de la comedia española a la que se adscriben todas esas películas de humor cafre y cañí, llenas de tópicos sexuales y políticamente incorrectos que, indefectiblemente, estaban protagonizadas por Alfredo Landa— que tantos y tantos títulos dio a nuestra cinematografía. Se trata de una buena muestra de lo que, por aquél entonces, era el gusto del español medio cuando se decidía ir al cine. Los gustos hoy no han cambiado demasiado, el modelo “8 Apellidos Vascos” viene a confirmarlo porque, siendo justos, y aunque sean otros tiempos, ambas comparten similar intención y resultado.
No obstante, “No desearás al vecino del quinto” sería un film de carácter festivo, colorido, de simpática apariencia a la que los años han perjudicado severamente y, si la vemos hoy, nos enfrentaremos a un ladrillo insulso que poca justicia le hace a otros títulos del “landismo”, sin lugar a duda alguna infinitamente más divertidos y edificantes, pero menos conocidos y considerados. “No desearás al vecino del quinto” es una mamarrachada.
Cuenta la historia de un par de hombres en un pueblo de provincias; El primero un individuo que, para evitar problemas con los maridos celosos de las clientas de su boutique, finge ser homosexual, por lo que su negocio es prospero, mientras que el segundo es un ginecólogo muy atractivo al que le va como el culo, porque los maridos, celosos como son, no permiten que sus mujeres vayan a la consulta de un hombre tan guapo que, para más inri, ha de tocarles los bajos.
Cuando por trabajo el ginecólogo acude a Madrid, se encuentra en una discoteca a su vecino homosexual, el de la boutique, sólo que bien acompañado por dos jovencitas con las que se morrea alternativamente. Cuando este le explica que lo del homosexualismo es una tapadera para que le dejen trabajar tranquilo, ambos se harán amigos inseparables ya que allí, en Madrid, no solo nadie les conoce, sino que, aprovechando el ginecólogo su estancia, y alegando que está harto de pasarse las tardes jugando al parchís en casa de sus suegros, se sumergirá, junto con su nuevo amigo, en una vorágine de sexo descarnado y juerga, que incluye orgías y demás variantes propias de la libertad sexual. En definitiva, el tema de la película gira en torno a la dificultad masculina para obtener sexo. Va de que en España no se folla, hablando en plata.
En pleno 1970, con el régimen franquista en pleno apogeo, tanto la temática como el mensaje no eran del todo oportunos, por lo que poco le faltó para no estrenarse por culpa de la censura. Sin embargo, la pericia del productor, el genio de José Frade, supo capear la situación, estrenándola sin mayores problemas. La cinta fue mostrada al censor con la más variada amalgama de títulos, a saber: “Yo engaño sin daño”, “Es cosa de hombres” o “Ama a tu prójimo… y verás” Todos fueron prohibidos salvo el que todos conocemos que, en el fondo, es tan picarón y provocativo —y propio de la época— como cualquiera de los otros.
No obstante, “No desearás al vecino del quinto” sería un film de carácter festivo, colorido, de simpática apariencia a la que los años han perjudicado severamente y, si la vemos hoy, nos enfrentaremos a un ladrillo insulso que poca justicia le hace a otros títulos del “landismo”, sin lugar a duda alguna infinitamente más divertidos y edificantes, pero menos conocidos y considerados. “No desearás al vecino del quinto” es una mamarrachada.
Cuenta la historia de un par de hombres en un pueblo de provincias; El primero un individuo que, para evitar problemas con los maridos celosos de las clientas de su boutique, finge ser homosexual, por lo que su negocio es prospero, mientras que el segundo es un ginecólogo muy atractivo al que le va como el culo, porque los maridos, celosos como son, no permiten que sus mujeres vayan a la consulta de un hombre tan guapo que, para más inri, ha de tocarles los bajos.
Cuando por trabajo el ginecólogo acude a Madrid, se encuentra en una discoteca a su vecino homosexual, el de la boutique, sólo que bien acompañado por dos jovencitas con las que se morrea alternativamente. Cuando este le explica que lo del homosexualismo es una tapadera para que le dejen trabajar tranquilo, ambos se harán amigos inseparables ya que allí, en Madrid, no solo nadie les conoce, sino que, aprovechando el ginecólogo su estancia, y alegando que está harto de pasarse las tardes jugando al parchís en casa de sus suegros, se sumergirá, junto con su nuevo amigo, en una vorágine de sexo descarnado y juerga, que incluye orgías y demás variantes propias de la libertad sexual. En definitiva, el tema de la película gira en torno a la dificultad masculina para obtener sexo. Va de que en España no se folla, hablando en plata.
En pleno 1970, con el régimen franquista en pleno apogeo, tanto la temática como el mensaje no eran del todo oportunos, por lo que poco le faltó para no estrenarse por culpa de la censura. Sin embargo, la pericia del productor, el genio de José Frade, supo capear la situación, estrenándola sin mayores problemas. La cinta fue mostrada al censor con la más variada amalgama de títulos, a saber: “Yo engaño sin daño”, “Es cosa de hombres” o “Ama a tu prójimo… y verás” Todos fueron prohibidos salvo el que todos conocemos que, en el fondo, es tan picarón y provocativo —y propio de la época— como cualquiera de los otros.
La película es también una muestra de lo relativo e impredecible que es todo en la vida, porque cuando se estrenó en Madrid, “No desearás al vecino del quinto” fue un fracaso absoluto; de hecho, se estrenó el 26 de Octubre de 1970 en varios cines de la capital para dos semanas después desaparecer de la cartelera debido a la floja afluencia de público y dejar paso en las salas a algo más comercial. Sin embargo, cuando cuatro meses después se estrenó en Barcelona, arrasó, y el boca a boca se puso en marcha. En Sevilla fue un éxito apoteósico y esto se fue contagiando al resto de regiones donde se iba estrenando, por lo que las salas de Madrid se vieron obligadas a reestrenarla, esta vez sí, con el enorme éxito por el que es conocida. Y el merecimiento es doble, ya que acercarse a los cinco millones de espectadores con tan solo 35 copias exhibidas, en contraposición a las 300 o 400 con las que se estrena hoy en día una película media, supone un gran mérito y muchas, y agradecidas semanas en cartel.
Por la parte actoral, decir que Alfredo Landa no está demasiado memorable, al igual que ninguno de sus compañeros. En especial, el coprotagonista Jean Sorel. Resulta que el director, Ramón Fernández, venía de trabajar en otra película en Italia, por lo que al contactar con el productor Frade para hacer esta, gestionaron todo para que la película se materializara en coproducción. Fernández estaba prendado del actor, Jean Sorel, que había trabajado recientemente para Visconti, así como para Dino Risi, e incluso Luis Buñuel en “Belle de Jour” —y en las antípodas de todo ello, trabajó incluso con Lucio Fulci— así que le contrataron. El resultado de su actuación es como si pusieran un mueble al lado de Alfredo Landa, y este le soltara sus frases de diálogo a lo inerte. Aunque por otro lado, tenemos a clásicos de la escena de comedia española como Doña Isabel Garcés, Margot Cottens o Adrián Ortega, que nunca están mal.
Por la parte actoral, decir que Alfredo Landa no está demasiado memorable, al igual que ninguno de sus compañeros. En especial, el coprotagonista Jean Sorel. Resulta que el director, Ramón Fernández, venía de trabajar en otra película en Italia, por lo que al contactar con el productor Frade para hacer esta, gestionaron todo para que la película se materializara en coproducción. Fernández estaba prendado del actor, Jean Sorel, que había trabajado recientemente para Visconti, así como para Dino Risi, e incluso Luis Buñuel en “Belle de Jour” —y en las antípodas de todo ello, trabajó incluso con Lucio Fulci— así que le contrataron. El resultado de su actuación es como si pusieran un mueble al lado de Alfredo Landa, y este le soltara sus frases de diálogo a lo inerte. Aunque por otro lado, tenemos a clásicos de la escena de comedia española como Doña Isabel Garcés, Margot Cottens o Adrián Ortega, que nunca están mal.
En cuanto a las labores de dirección de Ramón Fernández, correctas, sin estridencias.
La película, como ya les he venido diciendo, es un ladrillo, lo gracioso que pudiera tener se quedó en 1970, pero sólo por histórica, por tener una entidad propia y el ostentoso récord de ser la nº 1 en taquilla del cine español durante 31 años —ninguna película española lo ha sido durante tanto tiempo— bien merece que le echemos un ojillo aunque sea de soslayo.
Por otro lado, incluso a día de hoy, bate récords de audiencia en televisión cada vez que se emite, así que José Frade aún debe estar frotándose las manos.
La película, como ya les he venido diciendo, es un ladrillo, lo gracioso que pudiera tener se quedó en 1970, pero sólo por histórica, por tener una entidad propia y el ostentoso récord de ser la nº 1 en taquilla del cine español durante 31 años —ninguna película española lo ha sido durante tanto tiempo— bien merece que le echemos un ojillo aunque sea de soslayo.
Por otro lado, incluso a día de hoy, bate récords de audiencia en televisión cada vez que se emite, así que José Frade aún debe estar frotándose las manos.
lunes, 6 de enero de 2020
EL FABULOSO MUNDO DE LA CANCIÓN INFANTIL
“El fabuloso mundo de la canción infantil” es una obra con valor enciclopédico. El periodista Jorge Lérida, motivado seguramente por la nostalgia y cubriendo un hueco en el mercado editorial —que yo sepa, hasta ahora no había nada relacionado con el tema—, se marca un libro absolutamente imprescindible para conocer más a fondo el fenómeno de la canción infantil que tan bien funcionó en nuestro país y en latinoamerica en el periodo comprendido entre mediados de los setenta y mediados de los ochenta.
Y digo que tiene valor enciclopédico porque es un libro de consulta en el que está todo.
Lérida, nos sumerge en el mundo de la canción infantil a través de fichas biográficas de todos y cada uno de los interpretes de la época a las que adorna con vistosas fotos y anécdotas, así como nos habla de aquellas bandas sonoras de series televisivas a las que, para la ocasión, ponían música estas estrellas infantiles. En ese sentido están todos reseñados, desde los mastodontes Enrique y Ana, Parchís o Torrebruno, hasta los que tuvieron una vida corta y efímera como por ejemplo Caramelos o Antonio y Carmen, pasando por escenas más localistas en las que se movían conjuntos como Canicas o Zipi y Zape. No se olvida tampoco de programas infantiles como “Dabadabadá” o “Barrio Sésamo” ni los discos que aparecieron al amparo de estos programas o los famosos recopilatorios tipo “Discolandia”.
Además Lérida va al grano; no aporta apenas literatura y sí un montón de datos útiles que convierten esta obra prácticamente en un libro didáctico. Asimismo, el entretenimiento está servido en todas y cada una de las páginas. Es muy gratificante conocer las biografías de estos grupos así como conocer los orígenes y circunstancias de cada uno de ellos, haciéndote volar a otros tiempos y poniendo la nostalgia a flor de piel. Un libro que, para los cuarentones, viene como caído del cielo.
Sin embargo, se detiene en aquellos grupos de los 80 olvidándose por completo de la decadencia del género no entrando en ningún momento en los 90 y olvidándose de productos también entrañables de cuando aquello daba sus últimos coletazos ya sea Bom Bom Chip, ya sea Jordi o, entrando ya en el nuevo milenio, cosas como Melodie o Raulito, igualmente interesantes. ¿Quizás material para un nuevo volumen? Espero que sí.
Como sea, “El fabuloso mundo de la canción infantil” es un libro de lo más entretenido, bien escrito, entrañable y en una edición estupenda por parte de Diábolo ediciones, que no debe faltar en nuestras bibliotecas, amén de ser un objeto estupendo en el que queda recogido todo este universo fascinante. Después de este, ya no puede salir nada más, y si lo hace, será, sin duda, sustancialmente peor.
Muy recomendable.
viernes, 19 de julio de 2019
PARCHÍS, EL DOCUMENTAL
Obviamente un documental como este, es esperado como agua de
Mayo por todo aquél que fuera niño en los ochenta y hoy ronde una edad comprendida
entre los 40 o 50 años, tan solo por el hecho de que se trata sobre un
documental sobre Parchís.
Por otro lado, tenía constancia desde hace algún tiempo de
que este documental se rodaba y los
palos que iba a tocar, por lo que me olí en su momento algo de sensacionalismo
al respecto, motivo por el cual, generaba, por un lado, cierto interés, y por
otro, cierta desconfianza.
No obstante, el trailer ya hacía calentar los motores con
muy buena pinta, alentándonos de que lo que íbamos a ver podía estar muy bien,
y tras el su estreno recientemente en Netflix y el hype generado por todo tipo
de espectadores en las redes sociales, espectadores estos que, la mayoría de
las veces, se han quedado a en la superficie de lo que en realidad es una
historia muy compleja, no me podía imaginar que el documental al que me iba a
enfrentar era tan jodidamente bueno, superando, con creces, mis expectativas.
Es una obra de referencia desde ya, no
solo en lo concerniente a los documentales sobre el mundo de la música, sino de
los documentales en general.
La estructura es la normal y lógica: cabezotes parlantes. Y
se resuelve a través de entrevistas a CASI TODOS los artífices del fenómeno Parchís
(no falta ni Rodrigo Valdecantos, ni Javier Aguirre…) se nos cuenta la creación,
auge, mega-auge, caída y descenso a los infiernos del grupo infantil más
popular de todos los tiempos, pero todo ello mostrado con un ritmo y, creo, que
un rigor a prueba de bombas. Un documental que cuando intuyes que se va a
terminar, te da pena que se termine.
Entonces, la parte buena del asunto viene en todo lo que se
puede suponer más amarillista. No es que “Parchís, el documental” tire de
sensacionalismo y cotilleo barato. En absoluto. Lo que pasa es que es un
documental que se centra en acontecimientos de hace ya casi cuarenta años, y
todos los protagonistas hacen un ejercicio de honestidad y cuentan lo bueno, lo
malo y lo regular de lo que supuso el fenómeno Parchís.
Las conclusiones que saco acerca de su visionado son que
Parchís era la máquina de hacer dinero de una serie de mafiosos con muy mala
leche, que cuando hay dinero a nadie le importa el bien estar de unos niños,
mucho menos (o principalmente) a sus padres que les echan a los leones de la
misma siniestra y egoista manera que los padres de las víctimas infantiles de
Michael Jackson hicieron de mamporreros para él. Y estos actos se justifican
con esa sentencia tan manida de que “los niños estaban a gusto”. Sin embargo, creo que las secuelas de esta
fama desmedida, que no se ha cobrado ninguna tragedia, como bien dicen al final
del documental, si que ha dejado ciertas secuelas en sus componentes, que
gestionan con peor o mayor suerte. Por ejemplo, David, hacia el final del
documental, cuenta al resto de sus compañeros que cuando se fue a vivir a Nueva
York hace ocho años, no podía imaginarse que en su propio trabajo, una
compañera le iba a reconocer y que todo el mundo le iba a felicitar por su paso
por el grupo. Sinceramente, creo que este caballero está fantaseando con lo que
a él le hubiera gustado que hubiera sucedido. Puede que sea cierto lo que
cuenta, pero por cómo lo cuenta, y por el mero hecho de que es el único miembro
de Parchís al que más ha transformado el paso del tiempo —es de todos los componentes
el que menos se parece al niño que fue— hacen que, desconfiado como soy, no me
lo crea, y considere que lo que pasa ahí es que, igual, no lleva demasiado bien
el hecho de pasar de ser todo a no ser nada. Sólo digo que pueda ser posible.
Por lo demás, a todo lo que ya conocemos, y sin llegar a ser
una cosa del todo sensacionalista y
desmesurada, a la historia de Parchís súmenle desmadre, alcohol, drogas, sexo a
destiempo, pederastia, frustraciones, envidias, corrupción por parte de los
empresarios, discusiones con los coreógrafos y señoras adultas a las que se
follaba Tino en la pubertad. Pero como lo estoy contando yo, si es
sensacionalista…
Altamente recomendable, como documento histórico y como
documental. Al finalizar, hasta he aplaudido.
Dirige con maestría Daniel Arasanz con amplia experiencia en
el mundo del documental sobre música, y que ya era popular por un documental
que, paradójicamente, y pese al contraste de envolturas de ambos, era más
amable que este: “Venid a las cloacas: La historia de La Banda Trapera del Río”.
lunes, 15 de abril de 2019
SALSA
Otra consecuencia “made in Cannon” del éxito de “Breakdance”
y anterior a la guerra de Lambadas de los primeros años de la década de los 90.
Golan y Globus, en sus años de decadencia, seguían emperrados en hacer
películas de bajo presupuesto cuyo gancho comercial fueran los ritmos urbanos
de los barrios. Por eso era inevitable que se sacaran de la manga una película
protagonizada íntegramente por latinos y para un público latino instalado en
los USA. Y se cascan un film como este, “Salsa”, que se encarga de seguir los
patrones establecidos cuatro años antes por “Breakdance” solo que multiplicando
por diez las dosis de romanticismo y mostrándonos una música atemporal pero de
corte clásico como es la Salsa, como si esta fuera una nueva tendencia
callejera. Y sí, pero en realidad, no.
Entonces, se nos presenta a lo que los Go-Go Boys
consideraban una futura estrella emergente, al puertorriqueño Bobby Rosa, que
con esas pintas de latin lover ochentero a lo Gerardo Mejía y esa manera de sobre actuar (que le valió un
razzie como peor nueva estrella), se prodiga como uno de los actores más
repugnantes vistos jamás en una película. Verle susurrar en español a un coche
al que acaba de reparar, mientras se pega unos bailes de lo más estúpidos,
además de esa melena rizada, da verdadera grima. Y por supuesto, el personaje
se llama Rico.
Rico, mecánico de profesión, por las noches baila Salsa en
la discoteca, género musical este en el que está hecho un verdadero as, cuando
para presentarse a un concurso que le puede llevar a su Puerto rico natal dónde
triunfará bailando, decide dejar a su novia para emparejarse artísticamente con
“La Reina de la Salsa”, una vieja gloria del baile que pretende revivir sus
tiempos de éxito bailando junto a Rico. Mientras tanto, los conflictos amorosos
se suceden, a Rico le da tiempo a tontear con alguna chica menor de edad y a
partirle la cara a su mejor amigo por echarle en cara que se enamore de esta,
que es su hermana pequeña.
Como la trama es tan endeble y para justificar el contenido
musical de la cinta, engordan el metraje con las actuaciones de Celia Cruz,
Tito Puente y otros tantos artistas populares latinos, amén de que los
numeritos de baile se antojan eternos. Insulsa a más no poder, quizás, la peor
de las películas de ritmos urbanos de la Cannon. Por supuesto, el humor
involuntario está a la orden del día igual que la vergüenza ajena que nos
proporciona en cada plano en el que hace acto de presencia el tal Bobby Rosa.
Rosa, era uno de los miembros del grupo infantil Menudo, una especie de Parchís
latino que se hicieron mega-famosos en todo el mundo. La Cannon se aprovechó su
facha y su baile para dar vida al protagonista de esta película. Rosa, que
venía de hacer una serie de televisión, debutaría en esta cinta con muy mala
fortuna, después haría un film de procedencia alemana para nunca más volver a
ponerse delante de una cámara. Eso sí, se gana la vida en el mundo de la música,
trabajando en el estudio en calidad de compositor.
Es malísima, por lo que queda claro que el tándem clásico de
Cannon que se ocupó de la película, Boaz Davidson a la dirección y co-escribiendo
el guión junto a Eli Tavor, lo hicieron con el piloto automático puesto. Chas,
chas, numerito musical, chas, chas, actuación de grupo musical y chas, chas,
confuso y extraño final que a nadie convence ni interesa.
En nuestro país la vieron unos escasos 126.000 espectadores,
que para el tipo de película que es y el tipo de público a la que va destinado,
no creo que sea un mal número.
viernes, 5 de octubre de 2018
LIGERAMENTE VIUDAS
De entre todos los trabajos alimenticios que realizó Javier Aguirre, que van desde el cine de terror a mayor gloria de Jacinto Molina, el
cine infantil al servicio de Parchís, o
la comedia pura y dura —no está nada mal
para un señor que lo que le gusta hacer es cine meramente experimental, lo que
el llama “anti-cine”—, de entre todos los palos que tocó durante el tardo franquismo, justo antes de la llegada del destape (al que Aguirre se acercó ya
en los años 90 con la desfasadísima “El amor sí tiene cura”), si existe una
película que yo utilizaría para mostrarle a un neófito lo que es la españolada,
puede que, con permiso de algún landismo recalcitrante, le hiciese ver esta “Ligeramente viudas” que
probablemente se encuentra entre lo peor de su director, pero que contiene
todos los clichés que ha de tener el subgénero en sí mismo. Porque tenemos un
par de individuos que se dedican a ligar guiris, tenemos dos viuditas que se
descocan para la ocasión, tenemos una trama de enredo que tarda en aparecer,
pero que cuando lo hace, lo hace con contundencia, tenemos picardías, corsés
y todo el contenido picante que una
película española podía tener en 1976, y tenemos a Saza (lo cual es un
aliciente), así como un poco de sainete, otro poco de vodevil, y el heterosexual
que para salvar una situación se hace pasar por mariquita. Un compendio de
todo. Filmes de los sesenta pueden carecer del elemento pseudo erótico así como
filmes de los setenta pueden carecer de cierta mentalidad mojigata por parte de
los personajes que, sin embargo, aquí sí tienen, entonces, siendo mejor o peor
película, lo que sí que es “Ligeramente viudas” es una españolada en toda
regla.
Cuenta la historia de dos mujeres de personalidades opuestas
que pierden a sus respectivos maridos en un accidente, así que deciden afrontar
juntas su nuevo estado civil. Pasado un tiempo prudencial, decidirán disfrutar de su recién adquirida libertad,
por lo que, para divertirse, deciden cazar a un par de solteros vividores y
“ligaguiris”, que para lo que ellas los quieren les sobra y les alcanza. Claro
que mientras que una tan solo se quiere pegar unos revolcones, la otra anda
pensando en tener una actitud más pasiva
con los hombres, lo que generará un sin fin de conflictos en lo que en realidad
es una carrera sin frenos hacia las segundas nupcias.
En realidad, nada
nuevo que no se hubiera visto en pleno 1976 nos ofrece Javier Aguirre en esta
cinta más allá del compendio de clichés, por otro lado tan manidos, de los que
antes les hablé, pero al igual que cualquier españolada, ver esto después de la
siesta en el sofá se convierte, sin duda, en una agradable y divertida
experiencia, máxime si le pilla a uno con la risa tonta.
Al margen de todo esto, especialmente reseñable me parece el momento en el que los protagonistas
van al cine y entran a ver “El asesino están entre los 13”, película que unos
meses antes había estrenado Aguirre. La gracia está en que entre nuestros
protagonistas y dos señores que hacen las veces de acomodadores, van comentando
lo que van viendo en la pantalla, acertando de pleno en las carencias de la
película con sus comentarios, esto es, que si no pasa nada, que si hablan mucho, que si tarda en
salir la sangre. Un ejercicio de metacine que se me antoja lo mejor de la
película, y muestra la capacidad que tiene el director para reírse de sí mismo.
Claro, que supongo que el hecho de odiar el cine alimenticio que hizo siempre
Aguirre, ayudaría a la eficacia del gag. Vamos, que probablemente Javier
Aguirre tan solo escribiera lo que pensaba sobre su anterior película mientras
redactaba el guion de esta.
En los papeles estelares, Esperanza Roy, María Kosti, Paco
Valladares, José Sazatornil “Saza” y Blacky.
Para echar un ratillo, alcanza de sobra.
viernes, 12 de mayo de 2017
LOS PORNOAFICIONADOS (LA PERSEGUIDA HASTA EL CATRE)
Genuina clasificada “S” que tiene como principal virtud el estar algo más
entretenida que las otras. No mucho más, pero vaya, me la comí del tirón,
sobretodo, porque como el protagonista, Emilio Linder, aparece poniéndose las
botas en esta película, uno está atento para ver si en algún momento captamos
alguna penetración real. Y diría que es posible que en algún momento si que
penetre a alguna de las mozas. Como fuere, se lo está pasando muy bien. Luego,
en entrevistas diría que no había sexo en estas películas, pero si después de
los rodajes. No obstante, también dijo que no había hecho porno nunca. En
cualquier caso, para desmentir su declaración, tan solo habría que echarle un
ojo a “Una rajita para dos”.
“Los Pornoaficionados (La perseguida hasta el catre)” no
deja de ser una película idealista. Cuenta la historia de dos jóvenes cineastas
que tratan de hacerse un hueco en el cine rodando porno, por lo que seducen a
dos jovencitas de las que se acaban enamorando y con las que filman mil y una
secuencias pornográficas en Súper 8. Al final uno decide irse a Madrid a probar
fortuna en el mundo del cine convencional, mientras que el otro decide quedarse
en Valencia, lugar donde se desarrolla la acción, a seguir con el porno, que
procura un dinero fácil. Parece una declaración de principios por parte del
director.
Con esta premisa se suceden las secuencias de folleteo soft,
en un agonizante tour de force por llegar a los 90 minutos de metraje, por lo
que rellenan el mismo, también, con metraje que nada aporta a la trama, como
pueda ser la actuación completa del famoso cantante Valenciano José Marqués, o
unos bailes modernos en la discoteca.
El tono de comedia se hace patente desde el subtítulo que
acompaña al título principal, “La Perseguida hasta el catre”, en referencia a
una broma que los protagonistas hacen en medio de una de sus orgías fílmicas.
Poco más que decir,
una película “S” concebida para saciar las lívidos de los españolitos de la
transición a poco análisis se puede someter. Pero dentro de la bazofia que, en
sí, nos ofrece el género, esta está simpática, y es de lo mejorcito.
Por otro lado, su director es de lo más interesante; Tras la
cámara, y firmando con el pseudónimo de Félix Varón, tenemos a Ismael González.
Un loco del cine de arte y ensayo, amigo personal de Françoise Truffaut que
durante los años 60 se encargó de la distribución en España de películas de
autor para salas especializadas.
En su filmografía como director tenemos un montón de
cortometrajes de arte y ensayo hasta que en los ochenta, y con la proliferación
de las películas-vehículo para grupos infantiles, rodó “La canción de los
niños” con Rodrigo Valdecantos (el “flaco” de las películas de Parchís), para
poco después, y de manera alimenticia pasarse a la producción y dirección de películas
“S” y, también, porno.
De hecho, gran amigo de Jess Franco, conocida es la anécdota
que cuenta, que estando los dos compartiendo estudio dónde montaban sus
respectivas películas, se apostaron, con la nueva ley que legalizaría el cine
X, a ver cual de los dos rodaba más filmes porno en una semana. Jess Franco
rodó tres. La apuesta la ganó Ismael González que rodó cuatro.
Por lo demás, citar algunos títulos de la filmografía de
González, que son música para mis oídos… por lo demás, habría que verlos: “El
Orgasmo y el Extasis”, “Yo amo a Hitler” o “Escuela de grandes putas”,
formarían parte de la peculiar filmografía de este amante del cine de Truffaut.
Junto a Emilio Linder, tenemos al actor catalán Joan
Monleon, el único que no se presta al folleteo en la película y a un par de
actrices “S” cuyos encantos relativos he visto pasear en otras películas de la
misma índole, pero cuyos nombres soy incapaz de recordar.
Tiene su gracia el asunto.
viernes, 5 de junio de 2015
CORSARIOS DEL CHIP
Estúpido, ridículo e incompetente vehículo para el
lucimiento de la familia Guillén, mezcla del cine español que se hacía en la
época, con las películas de Parchís, que
se estrenó de tapadillo y que congregó a unos miserables 30.000 espectadores en
los cines. Daba lo mismo, porque en esa época se estrenaban las películas por
estrenar. Con los chanchullos que se traían –maldito cine español-, una vez
acabadas y quedando los gastos cubiertos más que de sobra, con rollos entre
productoras y ministerio de cultura, el estreno y si iban o no a verlas los espectadores, era lo de
menos.
Cuenta como un muchacho gana, constantemente, un concurso de
televisión de preguntas y respuestas,
que hace sospechar a los directivos que hace trampas. Contratan a una
agencia de detectives para que miren a ver que pasa, y estos descubren que se
trata de unos chavales hackers informáticos que se meten en los ordenadores de
toda España. Esto desembocará en una trama, que entre la falta de interés que
suscita la película entera y que es mala y aburrida de pelotas, ya no me enteré
muy bien de por donde iban los tiros. Pero en el fondo da igual.
Aquí tenemos a Fernando Guillén Cuervo haciendo de ciego
¡fatal! Hay momentos en los que, a juzgar por ciertos gestos de Fernando,
parece que el personaje en realidad se esté haciendo pasar por ciego… y no, lo
que sucede es que es un espantoso actor, y lo hace fatal. Por otro lado tenemos
a papá Guillén, que como era buen actor, afronta su papel sin más, con
solvencia y automáticamente, mientras que la pizpireta Cayetana Guillén Cuervo,
aquí jovencita y muy follable, da grimilla de lo mucho que ríe, del entusiasmo
general de aquellos primeros papeles. Huelga decir, que como esto es una
comedia familiar, no le vemos las amígdalas, como si lo hacíamos en aquella oda
al mal gusto y a la vergüenza ajena que era “Hazlo por mí”.
Y tenemos también a Karra Elejalde haciendo de un macarra de
vuelta de todo, que no obstante, tiene una dicción perfecta para ser un macarra
periférico, y hasta se permite el lujo de improvisar unas líneas de diálogo en
un momento de la película (ja, ja, ja, que gracioso soy).
Por otro lado, tenemos a un grupo de adolescentes, jóvenes
que deambulan entre el retraso mental más absoluto y el poco talento, que a día
de hoy, seguro, serán actores en paro, buscando un puesto de frutero, lo más
probable. Y si no lo son, deberían.
Esta chorrada, la dirige Rafael Alcázar, director de carrera más bien discreta que en
las cuatro peliculillas que rodó, combinó el cine pretencioso y pedante español
( “El laberinto Griego”) con los géneros, como esta que nos ocupa o “Besos de
gato” con Juanjo Puigcorbé, película para darle de comer aparte, también.
Actualmente, rueda en vídeo HD -que a los inútiles les hace
parecer más inútiles que el 35 mm.-
bodrios pedantes como “Caleidoscopio”, que no se llegan a estrenar en
cines nunca.
Lo que me revienta de esta película, que presenta a Karra
Elejalde y a Fernandito Guillén Cuervo, es que igual aquí se gestó aquella
unión que idiotizo al cine español y a su platea con aquella mierda horrible y
vomitiva que fue “Airbag”, y todo lo que vino
después, -“Año Mariano”, etc..- que por suerte, duró lo que tenía que
durar: dos telediarios.
Recomendable para masoquistas que gusten experimentar la
vergüenza ajena, ya no solo en la mala ejecución del cine y/o las
interpretaciones, sino en la moda de los noventa, década que data esta mierda.
lunes, 4 de agosto de 2014
DUELO DEL DRAGÓN Y EL TIGRE
Las “Brucexploitation” trajeron como consecuencia, que los
clones de Bruce Lee se volvieran estrellas zetosas que lograban atraer culos a
las butacas. Por eso, Bruce Le (con una sola “e”) llegado un punto de su
carrera en el que era consciente de que, a pesar del nombre impuesto para el
cine que recaía sobre sus hombros, explotar la imagen del pequeño Dragón ya era
una cosa secundaria, se lanzó a la piscina con estas cosas de artes marciales
contemporáneas mezcladas con unas buenas dosis del cine de agentes secretos, la
locura reinante en este tipo de productos aquella época, y los elementos
primordiales a la hora de fabricar un éxito: Sexo, violencia y modernismo.
Por eso, Bruce Le, para esta película cargó todo de esos
elementos, más uno que, también, se puso de moda en el cine de kung fu serie Z
de aquellos años: El Europeísmo.
Así que en esta ocasión, Le, se alía con los italianos en la
producción y se viene a rodar a España una historia en la que él es el elegido,
junto al agente Inglés Richard (interpretado por el pobre Richard Harrison, al
que estos putos Chinos tanto putearon) para encontrar una formula secreta que
circula en manos malosas. Esta formula, descubierta por científicos españoles
posteriormente asesinados, puede ser súper perniciosa para la humanidad, así
que deben encontrarla como sea, contando que mientras que el Inglés es un
mujeriego que puede echarlo todo a perder por oler un coño, el Chino es un ser
impulsivo y violento. Echarlo todo a perder, no es para nada descabellado.
Lo que es descabellada es la puta película, de las más malas
de esta gentuza que me he echado a los ojos y no del todo divertida, como parecía
en un principio. Lo que, como siempre digo, es motivo de elogio en esta casa, y
no de denuncia.
Y es que, si de primeras apunta a que todo va a ser un
desmadre incomprensible, pulpero y postmoderno como lo era “La saga de Bruce Lee” (aquella en la que todos los clones de Bruce Lee aparecen juntos), pronto
la cosa pierde fuelle y pasa a ser una peli de artes marciales de las mas flojas,
con unas coreografías de lo más sosas, y con un imperante aburrimiento por
bandera. Pero destacaré que la primera media hora es un tremendo delirio con
tetas por todos lados; Solo por el
partido de tenis que juegan las chicas del harén de Richard Harrison, ya merece
la pena ver la película, porque si los desnudos gratuitos siempre están a la
orden del día en este tipo de films, en este ya no es que sean gratuitos, es
que se consigue que te descojones de una bella señorita de enormes tetas…
porque, ¿Qué coño hacen jugando al tenis con toda la indumentaria del tenis
femenino, pero haciéndolo con las tetas al aire? Todo eso acompañado por
cámaras lentas que realzan esos movimientos mamarios.
Por otro lado, siempre es habitual que en estas pelis, todo
el mundo sepa hacer Kung fu… Vale que Richar Harrison haga sus movimientos,
pero ver a Tito García, secundario del cine español de toda la vida, que
aparecía en las películas de “Parchís”(pincha aquí para ver su jeto), haciendo
un par de movimientos de Kung Fu… eso es para mear y no echar gota. Vamos lo
mejor de la película.
Por otro lado, decir que si los Japoneses años atrás se
colgaron la medalla de hacer una escena de Kárate con un hombre enfrentándose a
un toro en un tendido, Bruce Le tomó buena nota de aquella película, “KarateBull Fighter”, y aquí plagia casi plano por plano ese enfrentamiento, solo que
vemos claramente que cuando Bruce Le arrea al toro, este es claramente un
muñecote, y lo entremezcla con planos del toro yendo a su bola por el tendido.
No tuvo huevos a meterse con un toro de verdad. A su favor decir, que esta
escena es, además de infinitamente más ridícula que la de “Karate Bull
Fighter”, mucho menos violenta afortunadamente.
Y salvo estas estridencias tan míticas (“Duelo del Dragón y
el Tigre” es una película muy popular, por lo obvio, dentro del circuito de aficionados al cine de
artes marciales) como reconocibles y que le otorgan valor a la cinta, el resto
de la misma no es demasiado destacable, ni entretenida, ni rara. Eso si, la galería
de secundarios, con los españoles a la cabeza, no tiene desperdicio. Junto a
Bruce Le y Richard Harrison, y el anteriormente mentado Tito García, tenemos a
Nadiuska, Bolo Yeung, José Riesgo o Hwang Jang Lee.
En la dirección solo sale acreditado Bruce Le, pero las
malas lenguas dicen que Richard Harrison metió algo de baza, y que el hombre
que de verdad la dirigió fue Luigi Batzella, responsable del “Nazixploitation” “La
Bestia en calor” entre otras.
Mala… pero de esas con encantillo.
jueves, 5 de diciembre de 2013
I LOVE HITLER
Extraña película perteneciente al catalogo del enigmático
Francisco Herrera, que cuenta en su poder con los derechos de los films
rodados por los cineastas del tercer Reich, además de aparentar cierta simpatía por lo nazi en general, así mismo poseedor de los
derechos de las películas de Germán Monzó y tantas otras joyas
inencontrables que, de vez en cuando,
edita en DVD y la mal distribuye por según que establecimientos. Y
de vez en cuando también, te topas con
uno, y si es de interés (por lo general el catálogo de este señor siempre lo
es) puedes comprarlo. Como me ha sucedido a mí con este “I Love Hitler” en una
tienda de segunda mano, a un precio más que justo, 1 Euro.
El DVD entero es un poema; desde las ilustraciones de dentro
del digipack, que nada tienen que ver con la película (un dibujo de lo más corrientucho
en el que reza la inscripción “Hail Hitler”) hasta lo de tratar de edición
especial para coleccionistas un disco que viene pelado de extras, aunque, eso
si, plagado de trailers de las películas nazis de Leni Riefenstahl (“El
triunfo de la voluntad”, “Olimpiada”) u otras del mismo palo como “Adolph
Hitler, Mi lucha” convenientemente remasterizadas y dobladas al castellano para
la ocasión. Vamos, todo de lo más cantoso.
Y en una edición como esta, donde reza que “El número de
expediente está en trámite”, la obsesión
de la distribuidora es la piratería, y si un DVD estándar lleva un
anuncio anti-piratería, este lleva cuatro seguidos, además de otro sobre dolby surround, para un producto que está en mono. ¡Que país!.
Vayamos a la película; “I Love Hitler” es una especie de obra de ficción, medio documental, medio experimental y medio surrealista,
y en definitiva una cosa rara cuyo interés radica, precisamente, en la rareza,
que sin un hilo argumental va combinando mogollón de escenas de archivo del “führer”
y de la guerra mundial, con filosofadas baratas pretendidamente profundas y
cómicas que pegan sin parar los protagonistas, Emilio Linder (según
los créditos del DVD, Emil Von Linvder), Lázaro Escarceller, prota
absoluto, y Fabián Conde con una
marioneta de Hitler, haciendo de mago ventrílocuo o algo así. Todo ello para
explicar que el dictador del mostachillo no murió, si no que escapó a España y desde entonces vive
como comediante en algún pueblo perdido. Y se nos da a medio a entender que
Hitler es en realidad Lázaro
Escarceller, todo ello en distintas localizaciones que van desde un
cementerio, pasando por el campo, terminando en el museo de cera.
Una paranoia que encima pretende más de lo que ofrece, con
un carácter cinematográficamente español por aquello de que hasta las
filosofadas profundas hay que tomárselas a cachondeo, y de ideología un tanto
ambigua, al igual que la de su distribuidor.
No dejan de ser curiosos los momentos en que, a sabiendas de
que la película posteriormente será doblada, se filma a los actores de espaldas
mientras oímos largas parrafadas, o comprobamos que Lázaro Escarceller
suelta sus diálogos pausadamente y mirando detrás de cámara entre frase y
frase. Obviamente, el director le está dictando lo que tiene que decir y el
hombre se limita a escucharlo y repetirlo. O esas bocas que nunca coinciden con
lo que oímos, simplemente, porque al no saberse el guión, decían cualquier
cosa y en doblaje se ponía el texto.
No obstante, absolutamente toda la película despide ese
rollo experimental involuntario y surrealista que la convierte en una cosa
curiosa y a tener en cuenta, solo en los casos más extremos de cinefilia,
porque es mala como ella sola. Se podría decir que el material filmado sirve de mera excusa
para mostrar lo que el director quiere mostrar realmente, que son ese mogollón
de material de archivo perteneciente al "No-Do" o documentales sobre Hitler.
Ahora vayamos a lo que interesa: Junto al trío protagonista,
destacar la presencia de Paco Porras, el vidente de las hortalizas… Sí, al que
arrastran por el mar en “F.B.I. Frikis buscan incordiar”, en una de sus primeras
incursiones en el cine, como travestí que aparece un momentín en un teatro y, tras las cámaras, fabricante de la marioneta de Hitler.
La película viene producida por Juan Piquer Simón, que firma
su participación con el avergonzado seudónimo de Alfredo Casado.
Váyanse ustedes a saber, con la de mierda que filmó como director, por qué oculta su función como productor ejecutivo en este caso.
Y por último, de la dirección se responsabiliza un tal Félix Varón.
Bien, pues este director no existe. En realidad es el seudónimo que utilizó Ismael
González, otro misterioso cineasta que dentro de las muchas facetas que
desarrolló a un nivel de cine, digamos, siempre marginal, destaca por haber
dirigido unos cuantos documentales, películas infantiles a mayor gloria del
gordito que salía en los vehículos de “Parchís”, Rodrigo Valdecantos, así como productos porno que firmó o bien con su nombre
o con el de Félix Varón, tales que “Escuela de grandes putas” o “Los
Pornoaficionados”.
Muy interesante todo. Y por 1 Euro, la cosa está que te
cagas. En un lugar de honor dentro de mi dvdteca. Pero por los 19,95 Euros que
pide Herrera desde su página web, como que no.
martes, 2 de julio de 2013
SEX HUMOR
Lo curioso de todo esto es que esta revista tuvo su versión cinematográfica.
O mejor dicho, su versión videográfica.
En 1992, en los video clubes Argentinos aparece en alquiler la película de mismo
nombre que la revista, “Sex Humor”, en la que vemos una serie de historias
cortas de contenido erótico-festivo, que son todas ellas enlazadas por un hilo
conductor. En este caso, ese hilo, es el de un matrimonio que dispuestos a
consumar el acto sexual, son interrumpidos por equis motivos (¡¡una tienda de
campaña que alguien ha montado en su salón!! O como dirían ellos, en su “Living”).
Entre tanto, por las manos del matrimonio se pasea una revista, el “Sex Humor”,
la leen, y esto acrecentará sus ganas de follar. Cada capítulo que ellos leen,
se escenifica en imágenes, que son las historias que componen la película.
Protagonizada por Javier Portales, visto en las películas
americanas de “Parchís” y en alguna de Olmedo y Porcel, la
gracia de esta película radica en su origen (una revista) y el que esté rodada
en vídeo. Un vídeo muy nítido y muy bonito, eso sí, y un montaje más dinámico y
acertado que los muchos vídeos que aparecieron en nuestro país en los ochenta.
Sin embargo, esto sale en los noventa, con lo que van un poco atrasados con lo
de las películas rodadas en vídeo para el vídeo club.
Como producto, me parece súper interesante, ahora, el
contenido… Teniendo en cuenta que el hilo conductor es un tanto
coñazo, y que entre los sketchs, los hay más afortunados y otros totalmente infames,
la media sería que estamos ante una película bastante floja. Pero como es
comedia, hay una buena ración de tetas (siliconadas y naturales, grandes y
pequeñas) y de ingles brasileñas, al final, entre unas cosas y otras, la cosa se soporta bastante bien.
A destacar el sketch que abre la película, que vendría a ser
el mito aquél de “El Violador violado” con
una mujer que es perseguida por un violador. Cuando esta dice que la
viole, pero con condón, él se achanta y será ella la que le persiga, con el
fin de follarle. O el que le sigue, donde una pareja va a un motel y el gerente les ofrece una habitación especial. Esta resulta ser una en la que
hay un palco de butacas llena de hinchas de fútbol, que animan sus tareas
amatorias como si de un partido de fútbol se tratase. El resto, son largos,
sosos y aburridillos.
Se puede ver, pero no pierdan el culo.
En cuanto al director, la película la firma un tal Alejandro
Cristian Fernández, que no posee ni ficha en IMDB, el pobre…
martes, 9 de agosto de 2011
LOS PAJARITOS
Soy fan de las películas para lucimiento de artistas de la canción infantil, y sobretodo, soy fan de Javier Aguirre, ya sea como director popular, o como director vanguardista. Así que si les digo que llevaba tiempo detrás de ver LOS PAJARITOS, deberían creerme.
La película cuenta, cómo una acordeonista ambulante al borde de la pobreza mas absoluta, hace amistad con una niña, un mono y un viejo piojoso, que no tienen ni donde caerse muertos. La idea, es unirse para hacer un tour por los pueblos de España, y acabar actuando en el circo mundial. Por el camino, situaciones más o menos graciosas se sucederán, hasta que empiezan los conflictos, cuando llegados al circo, este resulta que va a ser embargado.
Por lo general, los artistas infantiles de los 80, suelen ser de corte rancio vistos en la lejanía; Pero si hay una artista rancia (más incluso que Teresa Rabal), chusca y que represente los pueblos de España, esa es, sin duda, María Jesús y su acordeón. Yo en mi niñez era fan de prácticamente todos los artistas infantiles, pero de María Jesús, no tenía ni un puto disco, ni había visto la peli hasta anoche. Y es que ¿Dónde está el talento de esta acordeonista? Ni toca mejor ni peor que cualquier otro, ni es guapa, ni tiene nada especial… además, tras ver la película, resulta ser una actriz pésima. Pero en este país de paletos, el horroroso tema de “los pajaritos” caló hondo en las audiencias. De hecho, las orquestas de los pueblos, a día de hoy, siguen tocando tan infame pieza. Pero para que vean: “Los pajaritos”, ni siquiera es una obra original, se trata de una vieja canción caucasiana adaptada para los paletos que lo fliparon con la del acordeón en los 80.
Teniendo en cuenta lo rancio de la presencia de María Jesús, hay que romper una lanza a favor de Javier Aguirre, porque lo cierto es que la película es cojonuda. Sin amedrentarse ante la sosainas de la protagonista, que aunque siempre presente, la aparta a un segundo plano en el argumento, Aguirre construye una tragicomedia llena de ritmo, gags visuales, y secundarios que roban la película (en este caso la pareja formada por Alfonso del Real y Marisa Porcel, sosías de los Ricardo Merino y Paco Camoiras de las pelis de Parchís), dosificando los numeritos de acordeón, dando mas texto a Antonio Garisa (el viejo piojoso) y protagonismo al mono, y reservando el tema de “Los pajaritos” para el final apoteósico.
¿El montaje? Agilísimo, de lo mejorcito en este tipo de películas.
Aunque Aguirre, querido, eres un poquito cabrón. En ROCKY CARAMBOLA, en la que salía un bebé chimpancé, ya te pasaste tres pueblos en la escena del lavabo en la que homenajeas a los hermanos Marx, lanzando al mono de mano en mano, y luego contra la cámara. Aquí, metes a un mono tití en un traje de astronauta y lo clavas a la pared (clava la ropa, se entiende…), para hacer creer a Alfonso del Real, que es un extraterrestre… ¿Qué necesidad hay? ¿Qué tienes en contra de los primates?
Por lo demás, muy entretenida y recomendable. Le ha sacado partido a la basura que tenía para explotar.
jueves, 2 de junio de 2011
LAS LOCURAS DEL EXTRATERRESTRE
Argentina, sin ir mas lejos, con Olmedo y Porcel se marcó una de “E.T.” de lo mas chunga con LOS EXTRATERRESTRES. Pero para rizar el rizo, tanto en cutrez como en caradura, esta LAS LOCURAS DEL EXTRATERRESTRE. No solo aprovecha los últimos coletazos del éxito de E.T –ya saben, peli de extraterrestre que se hace amigo de un niño un tanto marginal- si no que se aprovecha del éxito de la serie de televisión ALF, diseñando un bichejo con cara de camello, que obviamente se basa en el extraterrestre televisivo.
Así que mezclamos todos esos tópicos mil veces vistos, e introducimos como protagonistas a dos cómicos de renombre como puedan ser Emili Disi y Javier Portales (al que en España tenemos echado el ojo por ser una especie de Lino Banfi que llevaba de aquí para allá a los Parchís, en sus películas Argentinas) y tendremos como resultado esta inaguantable bazofia con niño y extraterrestre, que de chabacana en los momentos mas lacrimógenos, no llega ni a babosa.
El argumento es mas simple y está mas sobado que un tebeo; Dos extraños individuos que van vestidos como retrasados, topan de repente en su casa con un niño mudo. Una nave espacial llega a la tierra y su tripulante se hace amigo del crío y se van de parranda por ahí, si es que las autoridades no se lo impiden por motivos de ufología, o de potestad del menor. Ya saben. Todo ello mostrado con mucha desidia y con un sentido del humor que, quizás sea porque soy español… pero no lo entiendo.
Y en cuanto a “Las locuras” a las que hace referencia el título, por lo que respecta a este parlanchín ALF con aspecto de retardado, pues que quieren que les diga… lo mas disparatado que hace es vaciar un bote de mostaza en una feria…
Dirige el afamado y multi-misceláneo Carlos Galettini, con títulos en su filmo de las sagas de los super agentes, los bañeros, los extermineitors y LOS MATAMONSTRUOS EN LA MANSIÓN DEL TERROR e incluso el slasher CHARLY, DIAS DE SANGRE. Ahí es nada.
Hay que ser un macho para sentarse a ver entera LAS LOCURAS DEL EXTRATERRESTRE.
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