En 1989 el cine de terror italiano, sobre todo aquel de baja estofa (es decir, saquen a Dario Argento y Michele Soavi de la ecuación. Tal vez también a Pupi Avati), llevaba casi una década intentando que sus productos pasaran por norteamericanos, generalmente a base de pseudónimos anglófilos, actores yankis en horas bajas, salidas narrativas propias de aquel cine, etc, etc (habrá quien considere que eso no ocurría con las de caníbales... y yo digo, ok, pero es que, para mí, esas eran de aventuras, de supervivencia, pero ni mucho menos terror en el sentido estricto) Normalmente nunca colaba. La cosa cantaba como una almeja. Sin embargo, poco a poco, y a base de intentarlo, al final lograron su objetivo. Al final, final. Ello coincidió, no por casualidad, con la decadencia de su respectiva micro-industria. Y el mejor ejemplo es esta "Witch Story" -título internacional, lo de "Pesadilla" para su versión patria obedecerá, supongo, a que por entonces el fenómeno "Freddy" comenzaba a despuntar con mucha fuerza-. Es la peli italiana más yanki concebible... el problema es que, para lograrlo, el "fetuccini horror" tuvo que deshacerse de todas y cada una de sus señas de identidad. Cero delirio, cero tetas, escasísima truculencia (¿se pueden creer que en un momento dado alguien utiliza una sierra mecánica para agredir y el asunto se desarrolla fuera de cuadro?) y todo cocinado casi a la manera de un telefilm, uno de esos entonces, que eran especialmente insulsos y muermos. Visto así, entiendo que el grifo dejara de chorrear porque el resultado es, ¿Cómo decirlo, diáfanamente? Espantoso. "Pesadilla" no es una película, es un generador de bostezos, y de gama alta. Mira que hace relativamente poco hablaba de otra de las producciones de tan gris periodo, "Specters", pero es que, comparándola a la ahora reseñada, y con todas sus carencias, aquella parecía un dechado de virtudes e imaginación, porque lo que es "Pesadilla"... en fin, no he visto cosa más muerta, genérica, plana, desalmada, perezosa y aburrrrrrrrrrida en mi puta vida. La odio.
Una turba descontrolada de pueblerinos cabreados prenden fuego a la bruja local. Esta, como no podía ser de otro modo, manda una maldición antes de fenecer y les asegura que sus parientes futuros pagarán el pato. Damos un salto de sesenta años. El ¿nieto? del dueño de la casa llega dispuesto a adecentarla con ayuda de unos amigos. Ello despertará las iras de la bruja en, primero, formato de niña chunga con camisón y pelotita (inevitablemente retrotrayendo a la cría fantasmagórica del capítulo que Federico Fellini rodó como parte de esa -pretenciosa y plasta- antología titulada "Historias extraordinarias") y, aluego, la posesión de algunos de los presentes, lo que les permitirá regodearse en sobreactuaciones descojonables. El problema está en que estos son una panda de adolescentes estereotipados, típicamente yankis de los ochenta, absolutamente insufribles. Detestables. Lo tenemos todo, la prota virginal, la golfa del grupo (se marca un bailecito sensual, sí, pero en ningún momento asoma una triste ubre), el mazas posesivo.... incluso el puto gordo gracioso que solo piensa en comer y se pasa media peli recibiendo toda clase de bromas crueles y desprecios. Si fuese una película actual habría un "friki" con camiseta de "La noche de Halloween", pero, afortunadamente, por entonces todavía no era algo recurrente. En cualquier caso, la chica virginal y su noviete, conscientes del cristo, deciden pedir ayuda... ¿a quién? la salida más recurrente y previsible, un cura.
Por lo visto en los USA este furruño se vende como una secuela de "Superstición" y, oiga, aquella tampoco es que fuese una joya, pero ya le gustaría a la que nos ocupa poder disponer de algunos de sus atributos (graciosamente, en Alemania pasa por segunda entrega de ¡¿"La bruja de mi madre?!"). ¿Y a quién tenemos que culpar? pues a unos cuantos, aunque comenzaremos por el padre del todo ello, el co-guionista, co-productor y director debutante, un señor que responde al gracioso nombre de Alessandro Capone. Sí, en serio, ¡Al Capone!. La cosa daría para unos cuantos chistes ("¡deja el cine y vuelve al contrabando de alcohol, desgraciao!"), pero no hace falta, él mismo se encarga de proporcionarnos materia cuando, al terminar el film, se lo dedica "a su familia". Da que pensar. Según declaraciones de la época para la añorada revista "Impact", se vendía como fan del género, pero enemigo del gore por el gore y, sobre todo, la escuela "exploit" italiana previa aunque, curiosamente, confesaba simpatías hacia "Evil Clutch"... ¡¿ma cosa dicce?!... sin embargo, para parafraseos absurdos, cuando asegura que su intención quedaba lejos de intentar mimetizar el cine yanki. ¡¡Aaaaaaro!!.
La consiguiente carrera del muchacho se desarrollaría de la misma poco emocionante manera a base de comedias, thrillers.... en fin, todo muy genérico. Tal vez únicamente destacaría, por la curiosidad implícita, la serie televisiva "El maxipolicía" a mayor gloria de un desubicado Bud Spencer. No es baladí porque, justo, el hijo de este, Giuseppe Pedersoli, ejerce de co-productor en "Witch Story". ¿¿Cómo se dice "¡enchufe!" en italiano??.
El otro único nombre destacable es el del compositor de la banda sonora, Carlo Maria Cordio, un habitual de ese "ítaloexploit" (con especial predilección por la factoría de Aristide Massaccesi) que tanto detestaba Al.
Decía que a la hora de culpar de semejante desaguisado tocaba señalar a más individuos que al mismo director (y a Spencer Junior). Pues bien, ahí va: primero a los señores de "Vinegard Syndrome", quienes tomaron la absurda decisión de sacar "Pesadilla" en blu-ray previa restauración en ¡¡4K!! ¡¡¿¿PARA ESTO??!! De verdad, lo de los yankis es preocupante. Y, justo, esta edición ha sido la culpable de que un puñado de mongolos la descubrieran tardíamente (como siempre) y reseñaran en sus redes sociales (ahí tenemos al resto de conspiradores). Claro, echando a la paella las gotas de nostalgia, el aparente exotismo (lo de su procedencia italiana, por mucho que no se note en ninguno de los fotogrumos) y la indulgencia + tragaderas propias del atontado fandom moderno del horror -más el de esos lares-, pues te encuentras que incluso la dejan medianamente bien. MEDIANAMENTE BIEN. ¡¡¿¿A ESTO??!!. De verdad, compañeros, algo no funciona en nuestro planeta. Maldigo el día que el cine de terror, incluido aquel de naturaleza más "anómala", pasó a ser materia aceptada y normalizada. Algo murió en ese fatídico momento.. y, por desgracia, no fue Alessandro Capone.
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sábado, 2 de mayo de 2026
martes, 7 de abril de 2026
EL CONTRAGOLPE
Al margen de las películas de Paul Smith y Michael Coby y sus descarados exploits de las de Bud Spencer y Terence Hill, podemos hablar de otro fenómeno estrictamente italiano, que quizás prosperó algo menos a nivel popular, pero convertiría las películas de Spencer + Hill en un género en sí mismo. Me refiero a aquellas similares a las de la pareja europea por antonomasia, en las que otros actores adoptarían los roles que ellos deberían asumir (sin que estos los interpreten ni Paul Smith ni Michael Coby). Para que me entiendan, películas como las de ellos, pero sin ellos (ni sus clones). “Forajidos 77” tendría ramalazos de esto que digo y “Dos primos y un destino”, con Tomas Milian y Renato Pozzetto, pese a ser una cinta más dentro de la saga de "Monnezza", uno de los personajes que popularizaría Milian en su cine, bien podría ser un producto más de los que protagonizaron Spencer y Hill.
Pero el caso que nos ocupa es más flagrante. Y se trata de una gran rareza.
Es una secuela directa del clásico “También los ángeles comen judías”, una comedia ambientada en el Nueva York de los años 30, al igual que su predecesora, que, a pesar de contar con su estreno en salas en Italia e incluso ser exportada a España, pasó inadvertida para el imaginario popular. No sin razón, porque se trata de una de Bud Spencer y Terence Hill sin Bud Spencer ni Terence Hill. Hablo de “El contragolpe” (el título, obviamente, trata de parodiar el del clásico americano “El golpe”) de 1973.
Y es que cuando Enzo Barboni puso en marcha su coproducción ítalo-hispano-americana “También los Ángeles comen judías”, lo que tenía en mente era hacer una película con Bud Spencer y Terence Hill, pero, a causa de problemas burocráticos que venían por parte de la producción estadounidense, se contrató a Spencer, pero no a Hill, por lo que se buscó un sustituto, en este caso Giuliano Gemma, que no había hecho nunca comedia. Así las cosas, se le pidió que, para la ocasión, imitara lo máximo que pudiera el estilo de Terence Hill y, obediente, Gemma así lo hizo.
Barboni rodó su película lo mejor que pudo; sin embargo, poco antes del estreno les advirtió a los productores que no se fliparan, que esto no iba a ser un gran éxito como las películas de “Trinidad”, porque aquí no estaba Terence Hill. Barboni se equivocaba, porque lo cierto es que hizo una de las mejores del subgénero, y Bud Spencer y Giuliano Gemma tenían la química suficiente como para que no se echara de menos a Hill. Hay quien dice que Bud funcionaba mejor con Giuliano que con Terence. Y la película resultó ser un éxito internacional. En España la vieron en el cine casi dos millones de espectadores.
Debido a semejante pepino, todavía caliente, Barboni escribió una secuela para seguir explotando la gallina de los huevos de oro, pero, consciente de la apretada agenda de Bud Spencer, contó con los servicios de Giuliano Gemma, que interpretaría el mismo rol que en la anterior, "Sonny", y escribió un papel para un sustituto de Spencer, que interpretaría el sueco Ricky Bruch, con un físico similar, quizás más mazado, pero espantoso actor en general y, en particular, espantoso imitador de Bud Spencer.
Bruch en realidad no era actor. El año anterior se hizo muy popular en Alemania porque, como atleta de élite, había ganado la medalla de bronce de lanzamiento de disco en las olimpiadas de Múnich, y como el público potencial de las películas de Barboni se encontraba en Alemania, quiso usar al deportista como reclamo. Luego aparecería en un par más de películas, pero su carrera como actor no prosperó más allá de “El contragolpe”.
Asimismo, aunque utiliza a un personaje principal de “También los ángeles comen judías”, el film no tiene continuidad con aquella.
"Sonny" es un tipo muy pobre que sueña con ser gánster. Con malas artes logrará embaucar a un mafioso que le ofrecerá una calle a su cargo en Nueva York, que a su vez está protegida por un tal "Rocky" quien resulta ser el cura del barrio que, además de exboxeador, regenta una destilería clandestina. Se creará un conflicto de intereses que desembocará en enredos y secuencias de peleas al estilo Spencer-Hill.
Esta vez la cosa resultó un fracaso. En España la vieron medio millón de espectadores de la época y ni siquiera tuvo edición en vídeo. La única forma de consumirla hoy es recurriendo a la descarga ilegal de una copia proveniente de su emisión en el canal 8 Madrid.
De título original “Anche gli angeli tirano di destro” (que podría haberse traducido como “También los ángeles se levantan con el pie izquierdo”), y conocida en según qué otros países como “Charlestón”, “El contragolpe” resulta una estupenda comedia de hostias, enredos y situaciones resueltas a base de slapstick y malentendidos que quizás no obtuvo el éxito que merecía porque en realidad es una película de Terence Hill y Bud Spencer en la que ellos no están; es decir, falta el reclamo principal por mucho que Gemma vuelva a interpretar el papel de "Sonny". Y no creo que el gigante sueco, que a buen seguro enviaba los discos que lanzaba al quinto coño, resulte tan atractivo para el público de este tipo de películas como sí lo era Bud Spencer. Por supuesto, no es tan divertida como “También los ángeles comen judías”, pero sí que es estimable y a tener en cuenta.
Pero el caso que nos ocupa es más flagrante. Y se trata de una gran rareza.
Es una secuela directa del clásico “También los ángeles comen judías”, una comedia ambientada en el Nueva York de los años 30, al igual que su predecesora, que, a pesar de contar con su estreno en salas en Italia e incluso ser exportada a España, pasó inadvertida para el imaginario popular. No sin razón, porque se trata de una de Bud Spencer y Terence Hill sin Bud Spencer ni Terence Hill. Hablo de “El contragolpe” (el título, obviamente, trata de parodiar el del clásico americano “El golpe”) de 1973.
Y es que cuando Enzo Barboni puso en marcha su coproducción ítalo-hispano-americana “También los Ángeles comen judías”, lo que tenía en mente era hacer una película con Bud Spencer y Terence Hill, pero, a causa de problemas burocráticos que venían por parte de la producción estadounidense, se contrató a Spencer, pero no a Hill, por lo que se buscó un sustituto, en este caso Giuliano Gemma, que no había hecho nunca comedia. Así las cosas, se le pidió que, para la ocasión, imitara lo máximo que pudiera el estilo de Terence Hill y, obediente, Gemma así lo hizo.
Barboni rodó su película lo mejor que pudo; sin embargo, poco antes del estreno les advirtió a los productores que no se fliparan, que esto no iba a ser un gran éxito como las películas de “Trinidad”, porque aquí no estaba Terence Hill. Barboni se equivocaba, porque lo cierto es que hizo una de las mejores del subgénero, y Bud Spencer y Giuliano Gemma tenían la química suficiente como para que no se echara de menos a Hill. Hay quien dice que Bud funcionaba mejor con Giuliano que con Terence. Y la película resultó ser un éxito internacional. En España la vieron en el cine casi dos millones de espectadores.
Debido a semejante pepino, todavía caliente, Barboni escribió una secuela para seguir explotando la gallina de los huevos de oro, pero, consciente de la apretada agenda de Bud Spencer, contó con los servicios de Giuliano Gemma, que interpretaría el mismo rol que en la anterior, "Sonny", y escribió un papel para un sustituto de Spencer, que interpretaría el sueco Ricky Bruch, con un físico similar, quizás más mazado, pero espantoso actor en general y, en particular, espantoso imitador de Bud Spencer.
Bruch en realidad no era actor. El año anterior se hizo muy popular en Alemania porque, como atleta de élite, había ganado la medalla de bronce de lanzamiento de disco en las olimpiadas de Múnich, y como el público potencial de las películas de Barboni se encontraba en Alemania, quiso usar al deportista como reclamo. Luego aparecería en un par más de películas, pero su carrera como actor no prosperó más allá de “El contragolpe”.
Asimismo, aunque utiliza a un personaje principal de “También los ángeles comen judías”, el film no tiene continuidad con aquella.
"Sonny" es un tipo muy pobre que sueña con ser gánster. Con malas artes logrará embaucar a un mafioso que le ofrecerá una calle a su cargo en Nueva York, que a su vez está protegida por un tal "Rocky" quien resulta ser el cura del barrio que, además de exboxeador, regenta una destilería clandestina. Se creará un conflicto de intereses que desembocará en enredos y secuencias de peleas al estilo Spencer-Hill.
Esta vez la cosa resultó un fracaso. En España la vieron medio millón de espectadores de la época y ni siquiera tuvo edición en vídeo. La única forma de consumirla hoy es recurriendo a la descarga ilegal de una copia proveniente de su emisión en el canal 8 Madrid.
De título original “Anche gli angeli tirano di destro” (que podría haberse traducido como “También los ángeles se levantan con el pie izquierdo”), y conocida en según qué otros países como “Charlestón”, “El contragolpe” resulta una estupenda comedia de hostias, enredos y situaciones resueltas a base de slapstick y malentendidos que quizás no obtuvo el éxito que merecía porque en realidad es una película de Terence Hill y Bud Spencer en la que ellos no están; es decir, falta el reclamo principal por mucho que Gemma vuelva a interpretar el papel de "Sonny". Y no creo que el gigante sueco, que a buen seguro enviaba los discos que lanzaba al quinto coño, resulte tan atractivo para el público de este tipo de películas como sí lo era Bud Spencer. Por supuesto, no es tan divertida como “También los ángeles comen judías”, pero sí que es estimable y a tener en cuenta.
lunes, 29 de abril de 2024
CITY OF BLOOD (CIUDAD ENSANGRENTADA)
Thriller sudafricano con toquecitos de terror en el que un médico forense cercano a la tercera edad —con cierto parecido a Paco Rabal—, investiga una serie de asesinatos de prostitutas blancas, realizados por alguien negro, que resultará ser un antiguo líder de una tribu local que ha vuelto a la vida tras muchos años muerto.
Una cosa insípida con investigaciones que llevaran a nuestro protagonista a hurgar en archivos y esquinas callejeras, lo que se traduce en ver al Paco Rabal de tercera caminando mucho, haciendo muchas preguntas a más personas de la tercera edad y sorprendiéndose en demasía cuando descubre que la proveniencia de los asesinatos pueda ser de corte sobrenatural. Vamos, el tedio más absoluto propio de un telefilme de cuarta categoría, rodado con los medios de una película de primera.
Al margen del aburrimiento generalizado, se trata de una producción sudafricana, por lo que el tempo es distinto al de las americanas y tiende a aburrirnos más todavía. Es igualmente desconcertante que el espectador tenga más información de la que necesita desde el minuto uno, gracias a un prologo que prácticamente nos revela el desenlace.
Por lo demás, estamos ante una película desangelada cuyos problemas propiciaron que, habiendo sido rodada en 1983, no se estrenara hasta bien entrado 1987 en los países de habla inglesa. Naturalmente, a España llegó en formato videográfico vía José Frade, en una versión mucho más digerible que la concebida originalmente (tampoco demasiado), porque está recortada deliberadamente, sin ningún tipo de problema, en unos 10 minutos.
Una cosa insípida con investigaciones que llevaran a nuestro protagonista a hurgar en archivos y esquinas callejeras, lo que se traduce en ver al Paco Rabal de tercera caminando mucho, haciendo muchas preguntas a más personas de la tercera edad y sorprendiéndose en demasía cuando descubre que la proveniencia de los asesinatos pueda ser de corte sobrenatural. Vamos, el tedio más absoluto propio de un telefilme de cuarta categoría, rodado con los medios de una película de primera.
Al margen del aburrimiento generalizado, se trata de una producción sudafricana, por lo que el tempo es distinto al de las americanas y tiende a aburrirnos más todavía. Es igualmente desconcertante que el espectador tenga más información de la que necesita desde el minuto uno, gracias a un prologo que prácticamente nos revela el desenlace.
Por lo demás, estamos ante una película desangelada cuyos problemas propiciaron que, habiendo sido rodada en 1983, no se estrenara hasta bien entrado 1987 en los países de habla inglesa. Naturalmente, a España llegó en formato videográfico vía José Frade, en una versión mucho más digerible que la concebida originalmente (tampoco demasiado), porque está recortada deliberadamente, sin ningún tipo de problema, en unos 10 minutos.
El Paco Rabal del que les vengo hablando desde hace un rato es Joe Stewardson, actor inglés todo terreno que aunque protagoniza esta cinta, en realidad su labor en el cine se reduce a interpretar papeles secundarios de variado pelaje, apareciendo por ejemplo en “Puños fuera” al lado de Bud Spencer, “Juego de buitres” de James Fargo y cosas de aún más baja alcurnia.
Asimismo el director de este desaguisado es Darrell Roodt, sudafricano como el demonio y como la propia película. “City of Blood (ciudad ensangrentada)” es una de sus primeras incursiones en cine y preludio de una carrera un tanto atípica que se completa con títulos de corte popular como puedan ser “Sarafina”, al servicio de Whoopy Goldberg, “El enemigo público número uno… Mi padre” con Patrick Swayze, “Tierra de odios” con Ice Cube o, ya bajando mucho el listón, “Drácula 3000”. Más demencial si cabe, suya es “Mandíbulas 6: El legado”.
“City of Blood (Ciudad ensangrentada)” es la película que pondría en el mapa al director y le permitiría rodar a posteriori todo eso que les he dicho y más. Y nada de ello excesivamente interesante.
Asimismo el director de este desaguisado es Darrell Roodt, sudafricano como el demonio y como la propia película. “City of Blood (ciudad ensangrentada)” es una de sus primeras incursiones en cine y preludio de una carrera un tanto atípica que se completa con títulos de corte popular como puedan ser “Sarafina”, al servicio de Whoopy Goldberg, “El enemigo público número uno… Mi padre” con Patrick Swayze, “Tierra de odios” con Ice Cube o, ya bajando mucho el listón, “Drácula 3000”. Más demencial si cabe, suya es “Mandíbulas 6: El legado”.
“City of Blood (Ciudad ensangrentada)” es la película que pondría en el mapa al director y le permitiría rodar a posteriori todo eso que les he dicho y más. Y nada de ello excesivamente interesante.
viernes, 10 de marzo de 2023
COSA DE BRUJAS
Otro de esos títulos españoles mediocres de la primera mitad de la década 00 que llegaban a nuestras salas un tanto sin saber por qué, y que el público olvidaba tan pronto como salía de la sala. “Cosa de brujas” destaca especialmente por una interpretación absolutamente subnormal por parte de Antonio Hortelano —que da vida a un mensajero un poco cortito… pero no tanto como él lo hace parecer— y la sensación inicial de que podemos estar ante un producto funcionalmente entretenido, hasta que la cosa se va de madre y ya no sabemos que demonios ocurre pasada media hora y, lo más triste, a esas alturas ya ni nos importa.
Se trata de una película de historias paralelas descolocadas que se cruzan entre sí formando de esta manera una sola, y con un guion tan enrevesado que hay que ser muy bueno para llevarlo a buen puerto. Da la casualidad que en este caso Amalio Cuevas y Agustín Póveda, responsables de “Bazar Viena” y “El chocolate del loro” respectivamente, son guionistas para salir del paso y están más preocupados de unir los cabos de este guion que de contarnos una buena historia, que, dicho sea de paso, puesta en orden, es una auténtica chorrada.
Un individuo de pasta pone una bomba para cargarse a un socio suyo. Durante la explosión aparecen dos extraños ancianos que le lanzan una maldición consistente en que sus sueños se van a cumplir, y que sabrá el motivo de todo ello cuando vea a un gato negro con una luna llena (¿?) Veinte años más tarde, un mensajero es protagonista de una serie de extraños sucesos que le llevarán a encontrar un gato negro y a conocer a la pareja de ancianos que, asimismo, le concederán la gracia de materializar sus deseos, que no van más allá de perder la virginidad y que le toque la primitiva. Por equis circunstancias acaba muriendo, y la acción nos traslada a lo que estaba pasando mientras, a través de los ojos de los otros personajes con los que se ha ido cruzando el mensajero durante su insulso relato. Un cristo en el que abundan las malas interpretaciones, el sinsentido y sobre todo la comedia involuntaria. Es tan ridícula que, para hacerla parecer menos, en las bases de datos de Internet se la cataloga de thriller con dosis de humor. Vamos, un poco como cuando el productor de “Fotos” recomendó a Elio Quiroga que dijera en la rueda de prensa de su estreno en Sitges que su película era una comedia para así justificar el hecho de que el público se estaba partiendo el culo.
El reparto asimismo es aleatorio a más no poder, y junto a Hortelano —al que habría que ponerle un monumento— tenemos muy desfasados a Pepe Sancho (excelente actor, hasta que le sueltan un poco la cuerda… y aquí no hay cuerda) y Manuel Manquiña (cuya secuencia esnifando cocaína y el recital de gestos y convulsiones con los que acompaña la esnifada son para darle un premio), Alberto San Juan haciendo de Alberto San Juan, Jorge Sanz, Pilar Bardem y Saturnino García ¡haciendo de hijo de la Bardem! También tenemos un papel protagónico para una modelo italiana, Manuela Arcuri, que tiene bastante peso en la historia y que en su casa conocerán. Eso sí, luce tanto palmito que uno se cuestiona si la muchacha está en la película exclusivamente para eso.
El director es José Miguel Juarez, que tuvo su momento de bonanza con su ópera prima en los 90, un film al servicio del entonces de moda Jorge Perugorría titulado “Dile a Laura que la quiero”, continuó con una cosa extraña sobre conquistadores con Bud Spencer titulada “Hijos del viento” y ya, después de “Cosa de brujas” no ha vuelto a dirigir película alguna.
En definitiva “Cosa de brujas” es bastante mala, pero entre las risas y que la cosa en general ha degenerado mucho desde 2003, pues uno se sienta y la ve de principio a fin tranquilamente, sin mirar el móvil.
Se trata de una película de historias paralelas descolocadas que se cruzan entre sí formando de esta manera una sola, y con un guion tan enrevesado que hay que ser muy bueno para llevarlo a buen puerto. Da la casualidad que en este caso Amalio Cuevas y Agustín Póveda, responsables de “Bazar Viena” y “El chocolate del loro” respectivamente, son guionistas para salir del paso y están más preocupados de unir los cabos de este guion que de contarnos una buena historia, que, dicho sea de paso, puesta en orden, es una auténtica chorrada.
Un individuo de pasta pone una bomba para cargarse a un socio suyo. Durante la explosión aparecen dos extraños ancianos que le lanzan una maldición consistente en que sus sueños se van a cumplir, y que sabrá el motivo de todo ello cuando vea a un gato negro con una luna llena (¿?) Veinte años más tarde, un mensajero es protagonista de una serie de extraños sucesos que le llevarán a encontrar un gato negro y a conocer a la pareja de ancianos que, asimismo, le concederán la gracia de materializar sus deseos, que no van más allá de perder la virginidad y que le toque la primitiva. Por equis circunstancias acaba muriendo, y la acción nos traslada a lo que estaba pasando mientras, a través de los ojos de los otros personajes con los que se ha ido cruzando el mensajero durante su insulso relato. Un cristo en el que abundan las malas interpretaciones, el sinsentido y sobre todo la comedia involuntaria. Es tan ridícula que, para hacerla parecer menos, en las bases de datos de Internet se la cataloga de thriller con dosis de humor. Vamos, un poco como cuando el productor de “Fotos” recomendó a Elio Quiroga que dijera en la rueda de prensa de su estreno en Sitges que su película era una comedia para así justificar el hecho de que el público se estaba partiendo el culo.
El reparto asimismo es aleatorio a más no poder, y junto a Hortelano —al que habría que ponerle un monumento— tenemos muy desfasados a Pepe Sancho (excelente actor, hasta que le sueltan un poco la cuerda… y aquí no hay cuerda) y Manuel Manquiña (cuya secuencia esnifando cocaína y el recital de gestos y convulsiones con los que acompaña la esnifada son para darle un premio), Alberto San Juan haciendo de Alberto San Juan, Jorge Sanz, Pilar Bardem y Saturnino García ¡haciendo de hijo de la Bardem! También tenemos un papel protagónico para una modelo italiana, Manuela Arcuri, que tiene bastante peso en la historia y que en su casa conocerán. Eso sí, luce tanto palmito que uno se cuestiona si la muchacha está en la película exclusivamente para eso.
El director es José Miguel Juarez, que tuvo su momento de bonanza con su ópera prima en los 90, un film al servicio del entonces de moda Jorge Perugorría titulado “Dile a Laura que la quiero”, continuó con una cosa extraña sobre conquistadores con Bud Spencer titulada “Hijos del viento” y ya, después de “Cosa de brujas” no ha vuelto a dirigir película alguna.
En definitiva “Cosa de brujas” es bastante mala, pero entre las risas y que la cosa en general ha degenerado mucho desde 2003, pues uno se sienta y la ve de principio a fin tranquilamente, sin mirar el móvil.
viernes, 23 de septiembre de 2022
Y SI NO, NOS ENFADAMOS (2022)
Antes de que se estrenase siquiera, el sector rancio del fandom que le ha tocado padecer a Bud Spencer y Terence Hill, ya echaba pestes sobre la idea de que se lanzase un remake del clásico “Y si no, nos enfadamos”. Esputaban bilis como los pedazo de retrasados mentales que son.
A mí, de primeras, no me pareció mal del todo, un remake de una película de Bud Spencer y Terence Hill y que para más inri no tuviera nada que ver con el binomio Trinidad… me hacía cierta gracia la idea. El único problema al que me enfrentaba con respecto a este peliagudo tema, era la manera en la que lo abordarían, porque no creo que “Y si no, nos enfadamos” sea un producto fácil de remakear precisamente. Pero lo último que se pierde es la esperanza.
Al final hay que darle la razón a todos estos tontos del culo por sus capacidades para la clarividencia, porque el resultado de esto es poco menos que una abominación. Todo mal. Pero yo digo todo esto tras ver la película, no antes, porque al contrario que ellos yo no soy adivino.
La cosa, producida para Netflix, es una especie de de secuela/remake de la película dirigida por Marcelo Fondato en 1974 que nos sitúa en un extraño lugar costero. Una breve introducción nos resume lo acontecido en la película original y nos presenta a unos dobles de Terence Hill y Bud Spencer tras unas vidrieras —para que no podamos distinguirlos bien— discutiendo sobre la autoría del mini bólido rojo y con capota amarilla que era objeto de deseo y conflicto en la primera película. Y resulta que han pasado algunos años y han tenido hijos que son exactamente igual que ellos. Mientras ellos discuten, a los niños no se les ocurre otra cosa que conducir el mini bólido, hasta que unos tipos que piden ayuda en la carretera les roban el cochecito, generando así la enemistad entre ellos. De este modo se traslada la acción a la actualidad, los niños ya son mayores, y se repite, punto por punto, el argumento del “Y si no, nos enfadamos” primigenio recreando de nuevo todos los momentos míticos y los arquetipos, no ya de la película en sí, si no de todo el cine de Hill/ Spencer (a saber; salchichas y cerveza, el rally inicial, el duelo de las motos, los macarras chungos, pero muy tontos…), omitiendo, sin embargo, las secuencias más complicados de rodar a día de hoy, esto es, persecuciones y peleas que conllevan una mayor elaboración. Cambian personajes y situaciones y listo, habemus filme. Eso sí, el tema de “Dune Buggy”, el “Coro dei Pompieri” (ya saben… lalalalalala, lalalalalala…) y todo lo que ha de estar, está, no sea que la platea cincuentona no asocie y se cabree.
El problema de la película, a parte de ser hiper aburrida, reside en que la dirección se la han encomendado a un par de directores nacidos en el año 86, Niccoló Celaia y Antonio Usbergo, conocidos como dupla con el irritante nombre de YouNuts!, que son populares por dirigir videoclips de música urbana —trap y esas cosas—, ergo, sus gustos e influencias, más allá de que por edad lo que les ha tocado remakear les pilla un poco fuera de época, son los propios de un millenial; esta gente ha visto más series que películas. Entonces lo que tenemos aquí no llega ni a ser un ejercicio de nostalgia posmoderno, porque los directores son demasiado jóvenes para que les pille el posmodernismo.
“Y si no, nos enfadamos 2022” es una película sobreproducida, con un exceso total de planos aéreos, steadys y cámaras lentas en las peleas. Pero lo más excesivo es que se gasta un look a medio camino entre una película de Rob Zombie y otra de Tarantino, que verdaderamente tira de espaldas. Un daño colateral si quienes dirigen son atolondrados treintañeros. Pero esta es la opinión de un señor de mediana edad con mogollón de prejuicios a la hora de enfrentarse a según que productos, aún así, procurando ser objetivo, diré que si esto no fuera un remake de una película de Bud Spencer y Terence Hill de los que tampoco soy fan, fan, fan acérrimo, pecaría de esas mismas fallas de novato: Mucho aspaviento, mucho montaje, y querer parecerse a Tarantino. En definitiva, puta mierda.
En el reparto, el sosias de Bud Spencer es Edoardo Pesce, un actor de los de nueva hornada que ha ganado premios por aparecer en películas de Matteo Garrone, es en realidad un guaperas con la cara un poco redonda que ha tenido que engordar un poquitín (muy poco) para parecerse al bueno de Bud, mientras que para dar vida al trasunto de Terence Hill tenemos a Alessandro Roja del que podemos decir más o menos lo mismo que de Pesce. Ambos, además, son populares por intervenir en la serie de gran audiencia en Italia, “Roma criminal”. Y por supuesto, no puede faltar en una comedia italiana que se precie Christian De Sica, dando vida al malo malísimo —y megalomaníaco— de toda esta historia y cuya presencia se antoja ya, a estas alturas, una parodia de sí mismo. Con todo, esa misma presencia es al final lo mejor de una película destinada a ser odiada de por vida. O peor aún, olvidada en pocos meses.
A mí, de primeras, no me pareció mal del todo, un remake de una película de Bud Spencer y Terence Hill y que para más inri no tuviera nada que ver con el binomio Trinidad… me hacía cierta gracia la idea. El único problema al que me enfrentaba con respecto a este peliagudo tema, era la manera en la que lo abordarían, porque no creo que “Y si no, nos enfadamos” sea un producto fácil de remakear precisamente. Pero lo último que se pierde es la esperanza.
Al final hay que darle la razón a todos estos tontos del culo por sus capacidades para la clarividencia, porque el resultado de esto es poco menos que una abominación. Todo mal. Pero yo digo todo esto tras ver la película, no antes, porque al contrario que ellos yo no soy adivino.
La cosa, producida para Netflix, es una especie de de secuela/remake de la película dirigida por Marcelo Fondato en 1974 que nos sitúa en un extraño lugar costero. Una breve introducción nos resume lo acontecido en la película original y nos presenta a unos dobles de Terence Hill y Bud Spencer tras unas vidrieras —para que no podamos distinguirlos bien— discutiendo sobre la autoría del mini bólido rojo y con capota amarilla que era objeto de deseo y conflicto en la primera película. Y resulta que han pasado algunos años y han tenido hijos que son exactamente igual que ellos. Mientras ellos discuten, a los niños no se les ocurre otra cosa que conducir el mini bólido, hasta que unos tipos que piden ayuda en la carretera les roban el cochecito, generando así la enemistad entre ellos. De este modo se traslada la acción a la actualidad, los niños ya son mayores, y se repite, punto por punto, el argumento del “Y si no, nos enfadamos” primigenio recreando de nuevo todos los momentos míticos y los arquetipos, no ya de la película en sí, si no de todo el cine de Hill/ Spencer (a saber; salchichas y cerveza, el rally inicial, el duelo de las motos, los macarras chungos, pero muy tontos…), omitiendo, sin embargo, las secuencias más complicados de rodar a día de hoy, esto es, persecuciones y peleas que conllevan una mayor elaboración. Cambian personajes y situaciones y listo, habemus filme. Eso sí, el tema de “Dune Buggy”, el “Coro dei Pompieri” (ya saben… lalalalalala, lalalalalala…) y todo lo que ha de estar, está, no sea que la platea cincuentona no asocie y se cabree.
El problema de la película, a parte de ser hiper aburrida, reside en que la dirección se la han encomendado a un par de directores nacidos en el año 86, Niccoló Celaia y Antonio Usbergo, conocidos como dupla con el irritante nombre de YouNuts!, que son populares por dirigir videoclips de música urbana —trap y esas cosas—, ergo, sus gustos e influencias, más allá de que por edad lo que les ha tocado remakear les pilla un poco fuera de época, son los propios de un millenial; esta gente ha visto más series que películas. Entonces lo que tenemos aquí no llega ni a ser un ejercicio de nostalgia posmoderno, porque los directores son demasiado jóvenes para que les pille el posmodernismo.
“Y si no, nos enfadamos 2022” es una película sobreproducida, con un exceso total de planos aéreos, steadys y cámaras lentas en las peleas. Pero lo más excesivo es que se gasta un look a medio camino entre una película de Rob Zombie y otra de Tarantino, que verdaderamente tira de espaldas. Un daño colateral si quienes dirigen son atolondrados treintañeros. Pero esta es la opinión de un señor de mediana edad con mogollón de prejuicios a la hora de enfrentarse a según que productos, aún así, procurando ser objetivo, diré que si esto no fuera un remake de una película de Bud Spencer y Terence Hill de los que tampoco soy fan, fan, fan acérrimo, pecaría de esas mismas fallas de novato: Mucho aspaviento, mucho montaje, y querer parecerse a Tarantino. En definitiva, puta mierda.
En el reparto, el sosias de Bud Spencer es Edoardo Pesce, un actor de los de nueva hornada que ha ganado premios por aparecer en películas de Matteo Garrone, es en realidad un guaperas con la cara un poco redonda que ha tenido que engordar un poquitín (muy poco) para parecerse al bueno de Bud, mientras que para dar vida al trasunto de Terence Hill tenemos a Alessandro Roja del que podemos decir más o menos lo mismo que de Pesce. Ambos, además, son populares por intervenir en la serie de gran audiencia en Italia, “Roma criminal”. Y por supuesto, no puede faltar en una comedia italiana que se precie Christian De Sica, dando vida al malo malísimo —y megalomaníaco— de toda esta historia y cuya presencia se antoja ya, a estas alturas, una parodia de sí mismo. Con todo, esa misma presencia es al final lo mejor de una película destinada a ser odiada de por vida. O peor aún, olvidada en pocos meses.
miércoles, 5 de febrero de 2020
LOS (POCOS) FOTOCROMOS DE "... Y SI NO, NOS ENFADAMOS"
A estas
alturas ¿Qué podemos decir de “…Y si no, nos enfadamos"? Un clásico de la comedia de mamporros y uno
de los títulos más queridos de Bud Spencer y Terence Hill, en el que ambos se
disputan la paternidad de un mini bólido con capota amarilla que han ganado en
una carrera de coches. Cuando unos mafiosos se lo destrozan impunemente,
nuestros hombres harán todo lo posible para que
les compren uno nuevo… a base de hostias.
Dirigida por
Marcello Fondato, la principal característica de esta película, que recaudó
tanta pasta como cualquier peli de "Marvel" de hoy, es que está rodada en Madrid
y en ella aparecen lugares verdaderamente emblemáticos como puedan ser la casa
de campo o las inmediaciones del estadio Santiago Bernabeu. Se trata de una
pasada que a día de hoy sigue funcionando y que sirvió, a los que la vimos
siendo niños, para darnos cuenta de que, igual, Bud Spencer y Terence Hill no
eran un par de actores americanos como creíamos, juzgando otros films de
factura menos mediterránea y que puede que
fuesen más cercanos. Y tanto que lo eran…
Sin más, aquí
les dejamos los pocos fotocromos de los
que disponemos pertenecientes a esta película.
(Víctor Olid)
(Víctor Olid)
lunes, 23 de diciembre de 2019
SIMÓN Y MATEO
“Simón y Mateo” es una de las películas más divertidas de
Paul Smith y Michael Coby, ya saben, los clones de Bud Spencer y Terence Hill.
Una chabacanería donde las máximas cotas de humor las ponen los chistes sobre
cuernos —y cornudos, al más puro estilo garrulo italiano— y donde nuestros dos
protagonistas tienen conversaciones absolutamente demenciales. Un guion que
hace parecer a sus protagonistas poco menos que deficientes mentales. Así, se
nos presenta a un par de ladrones de poca monta que deciden pasarse a echar un
rato a la oficina de empleo (no tienen la más mínima intención de trabajar) y
allí les ofrecen un trabajo que no podrán rechazar. Tienen que llevar un camión
con una carga de sprays anti-mosquito hasta una dirección concreta en Marsella.
Durante el periplo descubren que no es la oficina de empleo la que les ha
enviado a hacer ese trabajo, ni que lo que transportan son sprays anti-mosquito
y pronto se las tendran que ver con un clan mafioso que es el que los ha metido
en semejante lío. Ante tal tesitura, y mientras se pelean entre ellos por
chorradas, nuestros protagonistas resolverán sus diferencias con los mafiosos a
mamporro limpio.
Ambientada en la actualidad del momento (los años 70) y
consciente la producción de que lo que vende es una burda imitación de las
películas de Bud Spencer y Terence Hill, nada como introducir elementos que la
hagan parecerse a “Y si no… nos enfadamos” con unos toquecitos de “También los
ángeles comen judías” y ya tenemos el producto servido. La cosa funcionó bien
y, antes de que se fuera de madre, les dio tiempo a rodar una secuela para después, por su propia naturaleza y, para siempre, desaparecer lo que fue la pareja
de clones más descarada de la historia del cine.
Eran tiempos de sesiones dobles, salas de barrio y Drive-in,
por lo que la venta de las películas de serie B y Z europeas, estaba a la orden
del día. Con esto quiero decir que si bien las películas de Bud Spencer y
Terence Hill llegaban de alguna manera a los Estados Unidos, estas de los
clones también lo harían. Y se desató la polémica el día que la Venture Films
de Edward L. Montoro —que distribuyó en USA las películas de Juan Piquer Simón
o el “Tiburón 3” de Castellari— adquirió “Simón y Mateo” para su distribución en cines
americanos. Algo de popularidad debían tener entonces las de Spencer/Hill,
sobre todo, sus westerns, por lo que Montoro decidió hacer más notoria la
condición de plagio de “Simón y Mateo” haciendo figurar en los créditos a Paul
Smith y Michael Coby bajo los nombres de Bob Spencer y Terrence Hall en lo que
se llamó en los USA “Convoy Buddies” (cuyo póster hemos elegido para ilustrar
esta reseña), cosa esta que cabreó particularmente a Paul Smith quien había
firmado un contrato en calidad de estrella principal. En la versión USA, no
solo no aparece su nombre, sino que el pseudónimo que se le endosa aparece en
segundo lugar después del de Terrence Hall, motivo por el cual Paul Smith
denunció a Montoro en un juicio en el que no se sabe a favor de quién falló el
jurado.
La película, una co-producción de Italia con España, cuenta
con papeles secundarios para Eduardo Fajardo que interpreta al padrone del clan
mafioso que hace la vida imposible con el camión a nuestros protagonistas,
Francisco Merino o Fernando Bilbao, así como la dirección está a cargo de
Giuliano Carnimeo, artesano y responsable de títulos tan populares como
“Jaimito, médico del seguro”, “El hombre rata” o “Computrón 22”. Se dice que
las películas de Smith y Coby no eran del todo horripilantes gracias al trabajo
solvente de los artesanos que las dirigieron. Algo de razón hay en eso.
Como anécdota, decir que estas películas, igual que las de
Spencer/Hill, se rodaban sin sonido directo, por lo que se doblaban dejando a
Bud y Terence una pareja de dobladores fijos que, para acabar el chiste,
también doblaron a Smith y Coby en sus películas. Y más marciano todavía, en
España, doblaron a estos actores los mismos que doblaban a Bud Spencer y
Terence Hill en sus películas… cosas de aquella época.
Por lo demás, “Simón y Mateo”, que en nuestro país llegó a
reunir en salas a casi medio millón de espectadores, es una película agradable
y, como ya he dicho en otras ocasiones, a la altura de las de la pareja
original Spencer/Hill que tampoco es que estuvieran mucho más dotados para la
actuación que Smith/Coby. Si acaso, las coreografías de pelea, si que eran
mejores, que estas son una puta mierda.
viernes, 13 de octubre de 2017
DRÁCULA PADRE E HIJO
Eduard Molinaro, reputado director clásico gabacho, que gozó
de fama internacional gracias a su película “Vicios pequeños”, realiza una
parodia del cine vampírico –y gótico- como ya lo hiciera Roman Polanski en “El
baile de los Vampiros”, adaptando la novela “Paris Vampire” de Claude Klotz, y
para ello, no se le ocurre otra cosa que contratar a Christopher Lee para que
haga, por enésima vez, del Conde Drácula, aunque poco tiene que ver el carácter
de esta versión con el que ya interpretó previamente con los films de “Hammer”,
o con el de Jess Franco. Claro, que Lee tenía la fea costumbre de no rechazar
papeles, pero como tendría que estar hasta los cojones de hacer de Drácula, que tras esta película ya
nunca volvió a interpretarlo. Por otro lado, el hacer una comedia de Molinaro
en aquél 1976, era una señal de prestigio, y quizás por eso no lo rechazó.
La película es de lo más tonta; El Cónde Drácula logra
enamorar a una joven que le servirá para
engendrar un hijo muy deseado. Poco después ella muere, y el hijo de Drácula,
Ferdinando, resulta ser un jovencito un tanto trasto. Llegan hasta nuestros
días, y huyendo del bolcheviquismo, Drácula y su hijo acaban escapando,
separando sus destinos durante el viaje, a París. Allí Drácula se desenvolverá
a sus anchas en el mundo del cine, y chupando la sangre de bellas jovencitas,
mientras que Ferdinando no se adapta a su condición de Vampiro, queriendo
convertirse en humano a toda costa. La cosa se complicará cuando ambos se
enamoran de la misma mujer.
La comedia Francesa es característica por ser más serena,
menos desmadrada que otras muestras Europeas y aunque queda claro desde el
principio que “Drácula, padre e hijo” es una comedia paródica sin mayores
pretensiones, el cómo se va desarrollando la acción hace que por momentos no
parezca una comedia, si bien es cierto que el comportamiento del conde Drácula
es el de un padre abnegado que lucha para que su hijo sea como ha de ser un
vampiro, y le sale rana, es tan propio de la comedia, que casi da pena que esta
no haya salido un pelín más alocada. Vamos, que es de ritmo agradable, está
bien filmada, pero no esbozamos ni una sola sonrisita mientras la vemos, a
pesar de que los gags son numerosos, muchos de ellos, filosóficos o de
contenido político. Muy a la Francesa.
Al final, lo más interesante es poder ver a Christopher Lee haciendo de Drácula en una
comedia, sin más. Por ver la gracieta. Aunque tampoco sería la primera parodia
en la que Lee hace de vampiro, sin ir más lejos, hizo el caricáto en los años
50 en “Agárrame ese Vampiro”, italianada del director Steno, antes de
convertirse en un director habitual de las películas de Bud Spencer.
Pasable, sin más.
lunes, 18 de septiembre de 2017
POPEYE
Popeye es un personaje que de siempre me ha obsesionado.
Poco a poco he ido coleccionando una buena cantidad de sus cortometrajes
animados, o de los largometrajes a base de cortos que se estrenaban en cines
españoles, que me instaron incluso a montar el mío propio, aprovechando la
coyuntura que me ofrece el dominio público de esos cortos, y ser uno de los
responsables del sello “Vial of Delicatessens”.
Y ahora esa obsesión se
acrecenta con el descubrimiento de las tiras cómicas de su creador, Segar, y de Bobby London, quién magistralmente
continuó con el trabajo de Segar en los ochenta, modernizando a los personajes
y utilizándoles como portavoces de sus protestas hacia unos editores que eran
más tontos que la madre que los parió, y cuya estrechez de miras contribuyó al
despido de uno de los más grandes dibujantes de Popeye, y cargarse así una
obra maestra del cómic contemporáneo y
quedarse tan panchos. Pero eso es otra cuestión mucho más larga de la que
quizás les hable en otro momento. Pero si gustan, “Kraken” está editando esas
maravillas en España ahora mismo. Del autor que más dibujó a Popeye, Bob
Sagendorf, poco he visto, y lo poco que he visto tampoco era muy
sugestivo, como tampoco lo es lo de su
actual dibujante en prensa, Hy Eisman. Me gustan, sí, pero lo de Segar y London
es que me vuelve loco.
Al margen de esto, que yo soy consumidor de Popeye hasta
límites insospechados, me resistía a volver a ver la famosa película de RobertAltman. Es unánime, todos la vimos de pequeños esperando una cosa, y recibimos
otra, en el recuerdo, bastante aburrida. Así que en plena fiebre “Popeyera”,
considero que es un buen momento para recuperarla y ver como afecta el
visionado a mi mediana edad, y sin volver a
haberla visto desde que era un infante. “Popeye” es una cosa muy rara,
muy bizarra, y he llegado a la siguiente conclusión; o bien mi amor hacia el
personaje me ha hecho perder toda objetividad, o bien “Popeye” es una película
muy buena pero muy poco indicada para el
público infantil.
Como fuere, “Popeye” cuenta la historia de un marinero rudo
y tuerto, que en busca de su padre perdido, llega a un lugar llamado Puerto
Dulce, y se amoldará a esa fauna a las mil maravillas. Conocerá a Rosario
(Olivia) de a cual se enamorará, a Pilón que come hamburguesas, a Perendengue
que las cocina, y a Brutus, el pretendiente de Rosario, al cual se la
levantará y se convertirá en su acérrimo enemigo. Hasta adoptará a un bebé que
habla al que llama Cocoliso; y por supuesto, encuentra a su padre. Es así de
sencillo. No hay más, eso es lo que cuenta.
Lo que pasa, es que la película, y por eso no me gustó de
niño, es una extravagancia de tomo y lomo; sin embargo, es lo más fiel que hay
a las primeras tiras de Segar a las que antes hacía referencia, ya que en ellas
se basa, a pesar de que cuando se rodó, el concepto de Segar y sus años 30,
estaba ya bastante desfasado. El Popeye al que estaba acostumbrado todo el
mundo, posiblemente fuera en de los dibujos animados de los años 50 y 60, o
bien, el de los 80 de la factoría Hanna Barbera. Entonces, si buscamos ese
Popeye, está claro que no lo vamos a encontrar en esta película. Es más, la
película es rara hasta si la comparamos con las tiras de Segar. Pero eso no es
malo en absoluto.
En definitiva, que me ha gustado, y mucho.
La película está considerada uno de los grandes fracasos de
Hollywood, pero este fracaso es relativo. Relativísimo, porque la película tuvo
un coste de 20 millónes de dólares de la época, y recaudó en taquilla cerca de
sesenta. Pero para las expectativas de los directivos de Paramount eran de
sobrepasar los 100, por lo tanto, al no alcanzar esas cifras, relegaron la
película al ostracismo. Nuestro país era un fiel reflejo de la medianía de
taquilla, y siendo una película distribuida por Disney, que tenía los derechos
de explotación para Europa, 426.000 espectadores no están mal, pero no son nada del otro mundo.
Todo esto viene dado por la falta de cabeza y el exceso de
coca de “El chico que conquistó Hollywood”, Robert Evans. La adaptación al cine
del musical “Annie” era un proyecto acariciado por los grandes estudios. En
concreto, los derechos del mismo se los disputaban Universal y Paramount, para
los que trabajaba Evans. Tras una ardua lucha para conseguirlos, se ve que el
mejor postor fue Universal, quienes se quedaron con los derechos y produjeron
uno de los musicales más célebres de los 80.
Evans, caprichoso y testarudo como pocos, que quería
quedarse sin si musical de moda con el que hacerle la competencia a “Annie”, y
sabiendo que Paramount tenia un buen número de personajes de cómic y de ficción
en su poder, congregó una reunión con los ejecutivos para ver con cual de todos
esos personajes podían realizar una superproducción. En cuanto alguien dijo
Popeye, Evans ya no se lo pensó más. Se puso manos a la obra con la producción
de esa cinta. Los derechos del personaje pertenecían a la King Factures
Sindicate a efectos televisivos, radiofónicos y editoriales, pero, Paramount
conservaba los derechos de explotación del personaje para cines y teatros, con
lo que era totalmente lícito hacer una película con el personaje, que no solo
se valdría de su fama para triunfar, sino que además, serviría para darle un
empujón de audiencia a la serie que sobre el personaje estaba en aquellos
momentos en televisión “La hora de Popeye”, los míticos dibujos animados de
Hanna-Barbera, con los que nos criamos todos los cuarentones. Así pues, el tema
del papeleo fue sobre ruedas.
Robert Evans, no era muy listo, pero no muy inteligente, y
contratando al historietista Jules Feiffer para que escribiera el guion, pensó
en películas exitosas del estudio, y se acordó de “Cowboy de medianoche”, por
lo que quería a su director, John Schlesinger, y a la estrella de la película,
Dustin Hofman (¿) como director y protagonista, respectivamente, se su
adaptación de Popeye.
Feiffer, conocedor de los cómic, lógicamente, escribió un
libreto que adaptaba fielmente el universo creado por Segar, al mismo tiempo
que introducía elementos propios de los cortometrajes para cine de la factoría
Fleischer. Así, tenemos en la película personajes primigenios de “Thimber
Teather” –que es como se llamaba la tira de Popeye en su momento- como puedan
ser Castor Oyl, hermano de Olivia, o su primer novio, Ham Gravy, o detallitos
como el hecho de que a Popeye no le gusten las espinacas, y tenemos una fuerte
presencia de Brutus, como en los dibujos animados de Fleischer, mientras que en
la tira cómica este aparecía tan solo de pasada.
Aunque Schlesinger no era el director adecuado, finalmente
se contrató a uno que tampoco lo era demasiado, por su condición autoral;
Robert Altman. Robert Evans estaba hasta
los cojones que Altman llevara varios fracasos de taquilla seguidos desde que
rodó “Nashville”. Y estando de farra una
noche, se lo encontró en un bar, alicaído, borracho, enfarlopado. Evans ante
tan patética imagen, tuvo una idea; para que Altman volviera a estar en primera
linea, debería dirigir un éxito comercial, y como “Popeye” estaba concebida
para que fuera eso mismo, contrató a Altman para dirigir la película. Es entonces
cuando entran en casting Robin Williams como Popeye, Shelley Duvall como
Rosario (Olivia) y Paul Smith –el clon de Bud Spencer- com Brutus. Y sin duda,
es el mejor casting que puede tener una película. A mí no se me ocurre ninguno
mejor que ese.
Disney que entró en proyecto porque estaba en su momento de
mayor decadencia y quería hacer películas de imagen real que enganchara a un
público más o menos adulto, puso toda la carne sobre el asador.
Previo al inicio del rodaje, se construyó en Malta un enorme
plató que representaría el pueblo donde transcurrían las tiras de “Thimble
Theater”, Puerto Dulce. Un plató que, un tanto abandonado, aún permanece en el
lugar dónde se construyó, y que supone una de las atracciones turísticas de la
zona
Una vez iniciado el rodaje todo eran problemas, sobretodo
entre productor y director. Evans se presentaba en el rodaje y no hacía más que
increpar a Altman, que llevaba cinco fracasos a sus espaldas, que si no
convertía esta película en un éxito, estaba acabado. Y Rober Altman pedía que
se le dejara hacer su trabajo y que no tocara los cojones.
Es muy probable que el tono Bizarro y enrarecido de la
película, más que una cuestión estilística, sea debido a los excesos
lisérgicos, ya que la cocaína circuló
por ese rodaje como en pocos. Altman y Evans la consumían con avidez, lo que
originó que en uno de sus constantes enfrentamientos, acabaran a puñetazos, a
hostia limpia, mientras que Robin Williams y Shelley Duvall, estaban más
centrados en esnifar entre toma y toma que en interpretar sus, por otro lado,
ensayadísimos papeles. Paul Smith, que no tenía los mismo hábitos que las
estrellitas, no consumía ningún tipo de drogas, motivo este por el que fue
ninguneado. Evans llegó a decirle que si llega a saber lo soso que era, hubiera
contratado a ese actor Italiano al que
suplantaba –refiriendose a Bud Spencer- pero que por el caché de aquél, tendría
tres Paul Smiths haciendo nada.
Por otro lado, Altman no se hacia con la dirección, estaba
tan drogado que cuando había muchos actores en plano, no sabía bien lo que
hacer. Los técnicos también le daban a la cocaína cosa mala, y todo era un
pifostio de tres pares de cojones. Por eso es una película tan extraña.
Cundo se estrenó, aunque dobló su presupuesto, no fue
suficiente para Evans, con lo que declaró a la película y a su director, non
gratos.
La película tampoco recibió críticas halagueñas, y en
general, se prodigó como uno de los grandes fracasos de la historia del cine.
Vista ahora, yo creo que ni tanto ni tan calvo. La verdad es que está muy bien,
y todo ese halo de rareza, yo creo que la convierte en una película única, más
cercana a cierto cine de autor Europeo ( “Sweet Movie” tiene algunas
similitudes estéticas) que al cine comercial americano, y sin embargo, su
estética le viene muy bien al universo Popeye.
Robert Altman, por otro lado, recuperaría el prestigio
perdido poco a poco, y con los años.
También, y como todos esos films que Hollywood se empeña en
marginar y etiquetar de fracaso –Ya sea “Ishtar”, ya sea “Howard, un nuevohéroe”, ya sea “Cuatro Fantásticos” (esta hundida en el fango más por parte de
los fans)- se trata de una película injustamente olvidada. Y lo que son las
cosas, teniendo en mi psique durante años y años la percepción de que “Popeye”
era una basura infecta, hay que ver cuanto me ha gustado verla la otra noche.
Mucho, de hecho.
viernes, 24 de marzo de 2017
CARAMBOLA
“Carambola”, probablemente sea la más popular de las
películas protagonizada por los clones de Bud Spencer y Terence Hill, PaulSmith y Michael Coby, de los que ya he hablado tanto por aquí, que con pinchar
en sus nombres ya les debería bastar para saber quienes son, si es que a estas
alturas, y visitando un blog como este no lo saben ya.
Así pues, “Carambola” es una de las consecuencias directas
del éxito de “Le llamaban Trinidad” y en
la que Paul Smith y Michael Coby procuran imitar a Spencer y Hill al máximo. Y
lo consiguen hasta tal punto que parece que estés viendo una película de ellos.
Porque, si algo me ha llamado la atención, es que la película es tan difrutable
como las de los originales, incluso más, que algunas de las mas flojas de la
pareja clonada.
Porque, si efectivamente, en las películas Israelíes en las
que Paul Smith hace las veces de Bud Spencer (“Si me enfado… lo rompo todo”) si
que puedo destacar la pobreza de medios con los que esas películas están
realizadas, aquí la producción no dista mucho de las de Bud Spencer y Terence
Hill. Es más, Carambola podría estar protagonizada por ellos perfectamente.
Teniendo en cuenta que en Italia “Carambola” funcionó de
perlas en Italia, e incluso, en nuestro país llevó casi 700.000 espectadores a
las butacas –váyanse a saber ustedes si engañados por el póster de la película
y el parecido de los clones, o por ser un western cómico-, me pregunto yo: ¿No
será que el hecho de que estas películas resultaban un éxito solo por ser
películas con clones? Yo creo que es más que probable, porque se trata de un
guion que perfectamente podrían haber hecho los auténticos, o que hubiera
resultado atractivo con otros personajes que no imitaran los arquetipos de
Spencer y Hill. Además el director, Ferdinando Baldi, ya había trabajado con
Terence Hill en otras ocasiones (en “El clan de los ahorcados”, por ejemplo).
Cuenta la historia de un experto del billar –graciosísimo el
verle ejecutar jugadas imposibles de billar, siendo estas resueltas con ¡Stop
Motion!- que es encarcelado por usar un revolver no reglamentario, y de un
busca bullas que es encarcelado por eso mismo, por montar bronca, y que estando
ambos en la cantera realizando trabajos forzados, uno de ellos mata en un
accidente a uno de los guardias y se ven obligados a fugarse de allí. Todo se
enredará cuando descubramos que en realidad no han matado a nadie y que todo es
una encerrona en la que se les mete, y de la que ellos saldrán a base de
mamporrazo, arte Italiana esta, en la que Smith y Coby, no son tan vistosos
como Spencer y Hill.
Funcional entretenimiento. Un Spaghetti Western de corte
cómico y autoconsciente, y espoliador de lo que espolia, que es su principal
atractivo.
Del dire, Ferdinando Baldi, decir que en una más que
prospera carrera, dirigió varias
películas del dúo Smit-Coby, llegó a dirigir, con anterioridad, al mismísimo
Orson Welles en “David y Goliat”, pero sobretodo, es popular para los
integrantes (y los asiduos) de este blog, por dirigir esa joyita del trash que
es “El tesoro de las cuatro coronas” de la que ya hemos hablado en varias
ocasiones, ya sea en formato podcast, como en formato “Pest Seller” en “Malas pero divertidas”.
domingo, 6 de noviembre de 2016
LOS FOTOCROMOS DE "CUATRO MOSCAS SOBRE TERCIOPELO GRIS"
En la época que era declarado fan de Dario Argento hubiese dado un riñón por ver esta película, entonces bastante difícil de localizar. Una de sus primeras obras ubicadas en pleno periodo pro-giallo. Años después conseguí verla durante el Festival de Sitges en pantalla grande como parte de una retrospectiva dedicada al italiano. ¿Valió la pena esperar tanto?, bueno, la encontré un poco aburrida, pero aún así me gustó.
Recientemente me la agencié de nuevo para darle un repaso y de este modo acompañar sus fotocromos con un poco de bla bla. ¿Resultado?, ¡menudo tostón!. No es ya que pueda ser peor o mejor dentro de la obra del papá de "Suspiria", es que directamente no soporto sus patéticos intentos de comedia y en "Cuatro moscas sobre terciopelo gris" hay muchos (¡Dario, no te dediques al humor que no es lo tuyo, cojones!). Sin hablar ya de la violencia, bastante más suave que de costumbre. Técnicamente tiene sus aciertos, sí (ese accidente en cámara lentísima), pero a rasgos generales no me gustó. Me aburrí mucho y un poco más.
Lo que llama la atención son algunos de los nombres que van apareciendo a lo largo de los créditos y en diversas funciones, gente como Mimsy Farmer (habitual del espagueti-trash, la has visto en pelis de Fulci, Deodato, Crispino o Margheriti), Bud Spencer, Ennio Morricone, Carlo Rambaldi y el eterno Luigi Cozzi. Como nota curiosa mentar que el prota, Michael Brandon, interpretaba al Senador Brandt en “Capitán América: El primer vengador”, es el tipo que convence a Steve Rogers para salir a los escenarios a dar un puñetazo a Adolph.
En cuanto a "Cuatro moscas sobre terciopelo gris", desde luego no puedo decir que esté entre lo mejor de Dario Argento, pero ya que tenemos sus entrañables fotocromos (además, parece que completos), se los dejamos para que puedan darle gusto a sus respectivas mingas.
Recientemente me la agencié de nuevo para darle un repaso y de este modo acompañar sus fotocromos con un poco de bla bla. ¿Resultado?, ¡menudo tostón!. No es ya que pueda ser peor o mejor dentro de la obra del papá de "Suspiria", es que directamente no soporto sus patéticos intentos de comedia y en "Cuatro moscas sobre terciopelo gris" hay muchos (¡Dario, no te dediques al humor que no es lo tuyo, cojones!). Sin hablar ya de la violencia, bastante más suave que de costumbre. Técnicamente tiene sus aciertos, sí (ese accidente en cámara lentísima), pero a rasgos generales no me gustó. Me aburrí mucho y un poco más.
Lo que llama la atención son algunos de los nombres que van apareciendo a lo largo de los créditos y en diversas funciones, gente como Mimsy Farmer (habitual del espagueti-trash, la has visto en pelis de Fulci, Deodato, Crispino o Margheriti), Bud Spencer, Ennio Morricone, Carlo Rambaldi y el eterno Luigi Cozzi. Como nota curiosa mentar que el prota, Michael Brandon, interpretaba al Senador Brandt en “Capitán América: El primer vengador”, es el tipo que convence a Steve Rogers para salir a los escenarios a dar un puñetazo a Adolph.
En cuanto a "Cuatro moscas sobre terciopelo gris", desde luego no puedo decir que esté entre lo mejor de Dario Argento, pero ya que tenemos sus entrañables fotocromos (además, parece que completos), se los dejamos para que puedan darle gusto a sus respectivas mingas.
miércoles, 7 de septiembre de 2016
LOS FOTOCROMOS DE "TAMBIÉN LOS ÁNGELES COMEN JUDÍAS"
Seguimos con el homenaje a Bud Spencer, y lo hacemos con los fotocromos de esta estupendísima película de la que ya les hablé en su momento.
Enjoy of the Lobby Cards!!
Enjoy of the Lobby Cards!!
viernes, 2 de septiembre de 2016
EL SUPERSHERIFF
No les dije en la anterior reseña de “El Sheriff y el
pequeño Extraterrestre” que, en un émulo por hacer pasar la película por
Americana, incluso yéndose a los USA a rodarla, se les pasó una cosa a los
Italianos; en una secuencia de pelea en un supermercado, aparece, en plena
pared, un enorme troquelado de ¡Asterix! ¿Cómo va a haber en un supermercado de
la América profunda un troquelado de Asterix? Si ni sabrán quién es… Perdonen
el inciso.
Como “El Sheriff y el pequeño Extraterrestre” funcionó
estupendamente en toda Europa –no tanto en España que no llegó a los 700.000
espectadores, cuando las pelis de Bud Spencer sobrepasaban, en algunos casos,
los dos millones de espectadores- el
paso natural era hacer una secuela, así que con el mismo equipo técnico, y
contratando esta vez más exteriores para que se vea bien que no están en
Europa, se pone en marcha este “El
Supersheriff” que continúa las hazañas de Bud Spencer y Cari Guffey por las
carreteras de varios estados, en una película mucho menos resultona que la que
le precede. Es un absoluto coñazo.
Para esta ocasión, huyendo del gobierno, el Sheriff y el
Alien, se instalan en un pueblecito de la América profunda que responde al
nombre de Monroe. Allí, Bud, pedirá trabajo como Sheriff, lo que le permitirá
poner orden en ese pueblo en el que
reina la delincuencia y la sin razón. Por otro lado, por allí pululan una serie
de extraterrestres medio nuevaoleros,
que deciden secuestrar al pequeño Extraterrestre, por lo que Bud Spencer
se liará a hostias él solito, con toda una horda de Aliens y Cyborgs, como
si de “Jack Brooks, Monster Slayer” se
tratase.
Al final, haciendo ver como que salva al niño. Estos se van
en coche al espacio, espacio este que es representado por una habitación negra
con lucecitas brillantes en la pared que emulan a las estrellas, en la que
vemos claramente que el coche está quietecito y estacionado. Pero Bud Spencer
hace como que está volando por el espacio y
que no le hace ninguna gracia.
Pues al contrario que con la anterior, con esta secuela si
que me he aburrido de lo lindo, a pesar de que ocurren muchas cosas, y que con el éxito de la anterior, le echaron
algo más de pasta a la producción; de hecho tenemos mogollón de tíos con
purpurina y pelucas al más puro estilo “Plan Nine from Outer Space” cada cual
más risible, y sin embargo, viéndolos, me quedo igual que estaba. Porque no se
trata de una cosa consecuencia de la inutilidad y la inegenuidad, sino de una
dejadez extraordinaria, al saberse que el producto que se fabrica, está comprado
de antemano. Vamos, que en una película de Bud Spencer, todo lo que no sea Bud
Spencer, da exactante lo mismo. Por eso lo Naïf, pierde todo el valor que
pudiera tener, si de otra película se tratase.
En definitiva, más de
lo mismo pero peor, mediocre a más no poder. Y claro, ya no funcionó tan bien
en los cines como la anterior, por eso no hubo trilogía.
En cualquier caso, insisto, se trata de películas familiares
de Bud Spencer, pedirle peras al olmo es de lo más despiadado e ingenuo, así
que, miren. ¡Ni tan mal!, pero me costó acabarla, esa es la verdad.
Repite en la dirección Michele Lupo.
miércoles, 31 de agosto de 2016
LOS FOTOCROMOS DE "ALADINO"
El pasado mes de Junio falleció el mítico Bud Spencer. He querido esperarme un poco a que pasara la fiebre para recordarle, por eso los más avispados comprobarán que esta semana mi parte escrita o fotocromeada va dedicada al actor Italiano que tan buenos ratos nos hizo pasar de niños.
Por eso, aquí les dejo con los fotocromos de una de mis películas preferidas de cuantas protagonizó, el muy "sui generis" "Aladino" de la Cannon, del que ya todo lo que tenía que decir lo dije aquí.
Disfruten de los fotocromos.
Por eso, aquí les dejo con los fotocromos de una de mis películas preferidas de cuantas protagonizó, el muy "sui generis" "Aladino" de la Cannon, del que ya todo lo que tenía que decir lo dije aquí.
Disfruten de los fotocromos.
lunes, 29 de agosto de 2016
EL SHERIFF Y EL PEQUEÑO EXTRATERRESTRE
Yo lo siento mucho, pero si hay películas con las que el
paso del tiempo se ha cebado más de la cuenta, esas son sin duda las de BudSpencer y Terence Hill. Siempre hay excepciones, porque como todo hijo de
vecino también tienen sus obras maestras (“Y si no… Nos enfadamos”, el binomio
“Trinidad” o “También los Ángeles come judías” –esta sin Terence- que son todas
ellas cojonudas), sin embargo son el estupendo ejemplo de que algo que disfruté
en mi niñez, ahora ya en la mediana edad, me cuesta verles la gracia. Incluso
las señas de identidad, que son las peleas, me molestan cuando hacen acto de
presencia. Ya está uno harto de ver a
Bud Spencer dando bofetadas a los mismos, y de las mismas maneras.
Sin embargo, “El Sheriff y el pequeño Extraterrestre”, sigue
vigente y teniendo cierta gracia, más que nada por el imposible tandem que
forman Bud Spencer y el niño Cary Guffey.
Y si bien esta película es un intento italiano por
aprovecharse del tirón de “Encuentros en la tercera fase” también es cierto que
en muchos aspectos se anticipó a “E.T. El Extraterrestre”.
Cuenta la historia de un pequeño pueblo norteamericano en el
que aterriza una nave espacial. El alienígena de su interior, resulta ser un
niño pequeño de unos ocho años, que topa con el Sheriff del pueblo, que intenta
llevarlo a su casa, incrédulo este de que a quien tiene bajo su tutela, resulta
ser un Extraterrestre en realidad. Tras muchas exhibiciones de un aparato con
poderes que lleva el niño consigo, finalmente se hace cargo de la situación y
lo entrega al gobierno. Pero como estos quieren experimentar con el niño, y el
ejército quiere quedarse con el aparatito espacial para dominar el mundo, al
Sheriff le da pena, lo rescata de las manos del gobierno, y lo preparará todo
para que los padres del chico vengan a recogerlo en su nave espacial el día
señalado. Todo ello una burda excusa para ver lo que queremos ver, que no es
otra cosa que al tío Spencer dando sopapos aquí y allá.
Pues que quieren que les diga, a mí el argumento me parece
de lo más pareado al de “E.T. El Extraterrestre”… ¿Plagiaría Spielberg? En
cualquier caso, que se jodan estos italianos, porque, quien roba a un ladrón…
Y es que, cuando los italianos idearon esta producción para
lucimiento de Bud Spencer, fijaron tanto sus ojos en “Encuentros en la tercera
fase”, que a la hora de seleccionar al niño actor que habría de protagonizar la
película junto a Spencer, se fijaron en el niño que es abducido por los
extraterrestres en dicha película, Cary
Guffey. El chaval tenía su aquel para la gente del cine, porque si
podemos verle en esta película, fue porque había sido tentado por Stanley
Kubrick para que protagonizase “El Resplandor”, sin embargo, como sus padres no
querían que su hijo participase en una película de horror tan terrorífica, la siguiente
oferta que tuvo vino por parte de Italia, que al tratarse de una película
familiar, ya les pareció mejor. Y aquí le tenemos.
En realidad, la peli, de precioso título internacional –
“The Sheriff and the Satellite Kid”- no deja de ser un producto más a la Bud
Spencer con o sin niño –como en “Zapatones” que iba con un negrillo- al que a
estas alturas le falta ritmo y situaciones divertidas por doquier, aunque si lo
miramos por el lado de la nostalgia, pues miren ustedes; me las puse ayer
noche, y me zampé la hora y media del tirón. Tampoco son estas películas tan
malas o aburridas como para tener que pasarlas rápido o directamente quitarlas.
Vamos, que ahí permanecen.
El pequeño Guffey, luego hizo un par de películas más, acabó
en la serie “Norte y Sur”, pero esta sería su película más importante. Y su
secuela… de la que el próximo día les hablo.
En cuanto a la dirección, Michelle Lupo, artesano Italiano
sin ninguna personalidad, que dirigía algunos productos Spencer con la misma
eficacia –o ineficacia- con la que dirigía Peplums o Spaghetti Westerns.
lunes, 22 de febrero de 2016
SI ME ENFADO...
Ya hemos hablado de Paul Smith en otras ocasiones diciendo
prácticamente lo que voy a decir aquí, así que no me extenderé mucho.
Paul Smith actor estadounidense
que un buen día viajó hasta Israel para hacer un papel en la película “Exodo”,
hizo muy buenas migas con ese país. Tanto que se quedó alli. Iba viajando de
aquí para allá por motivos políticos y laborales, haciendo pelis en Alemania,
USA y demás, pero fijó su residencia el Tel Aviv. Pronto, las películas de Bud Spencer y Terence Hill pegaron el pepinazo en medio mundo. Y como más o menos
Paul –Lawrence- Smith se parecía un poco a Bud Spencer, a un productor sin
escrúpulos Israelí, se le ocurrió hacer una película explotando en, no tan notorio parecido. Así,
este tenía que hacer ver que era Bud Spencer,
tenía que imitarlo y dar mamporros a tuti plen en esa película. Esa
película se tituló “Fishke Bemilu’im” y se convirtió en un éxito mayor que
cualquiera de las verdaderas películas de Bud Spencer, a menos en Israel, por lo que se quedó allí como clon oficial del
actor Italiano, si bien era cierto que el público en realidad pensaba que era
el verdadero Bud Spencer. Y gracias a esto, Paul hizo películas como clon de
Spencer en Italia y Alemania tan ricamente. Lo mejor de todo es que gracias a
su popularidad, y a que era estadounidense, en los años ochenta pudo volver a
su país a hacer cine mainstream. Pero claro, allí no era una estrella. En
Israel si, y como su mujer, familia y amigos eran de allí, pronto volvió al
país que le había tratado tan bien y se fue a pasar sus últimos años de vida al
país del que llevamos un rato hablando (dije que no me extendería… en fin, ya
saben como va esto). Y todo esto gracias
a la película “Fishke Bemilu’im” que en su edición en vídeo en nuestro país se
tituló “Si me enfado… lo rompo todo” y que tras mucho buscar, por fin pude
encontrar, más que nada porque alguien tuvo la bondad de colgar en la red un
montaje de aquellos.
Y claro, como era de suponer, en nuestro país, la gente picába
con la película. Y muchos tampoco distinguían al original del clon.
Yo en aquella época era
más o menos fan de Spencer/Hill, la edad era la idónea ya que era yo muy
niño y de la misma manera que les digo que en su momento piqué con la estafa
videoclubera que era la película “Otra Loca Academia de Policía” (remítoles al
pest seller), también les digo que, a pesar de lo tuneadísima que estaba esta
carátula para que Smith pareciera Bud Spencer, cuando examiné la misma siendo
infante con el fin de alquilarla, desistí porque me parecieron nombres muy
extraños los que en la carátula aparecían, y no veía el nombre de Bud Spencer por ningún lado. Así
que, tonto de mí, nunca la alquilé… de hecho todo el interés por los clones me
vino ya de más mayor, cuando desarrollé cierta (odio llamarlo así) cinefágia.
¿La película? Es lo de menos, lo bueno es la historia que
hay detrás. Pero como además esta ya la sabían porque la he contado más veces
en este blog, que menos que comentarla aunque sea por encima.
Dos amigos de los campos de trabajo Israelíes, deciden
asociarse e ir a buscar trabajo a Tel Aviv, con el fin de salir un poco de la
miseria que arrastran. Una vez en la ciudad tendrán que usar sus puños para
salir de las dispares situaciones que vivirán, ya sean estas acudir a fiestas
de disfraces donde un grupo de funk autóctono se canta canciones horrorosas
enteras sin que la cámara cambie de plano ni una vez, ya sea Paul Smith seducido por un homosexual,
que más que seducir, acosa con el clásico “no sabes lo que te pierdes”.
Pues además de lo bizarra que resulta, lo exótica y el hecho
de que los homosexuales son retratados en esta película como seres casi
diabólicos –uno de los malos es homosexual y resentido- o que las peleas,
tratando de imitar las de Spencer/Hill, acaban siendo una cosa extrañísima y
hasta violenta porque hay moratones y sangre (cosa que en las de Spencer/Hill,
no), lo cierto es que, siendo mala como es –y ha de ser- la película es
condenadamente entretenida, lo que resulta ser un valor en alza si además
añadimos todo lo demás que he dicho antes. Así que si, merece la pena verla
también, aunque no haya mucho más que contar. ¿Les parece poco?
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