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lunes, 16 de noviembre de 2020

EL VIOLADOR VIOLADO

“El violador violado”, también conocida como “El tío del saco” o con la combinación estúpida de ambos títulos —“El violador violado (El tío del saco)”— sería una genuina serie Z, y una de mis películas chungas de cabecera. Una verdadera muestra de lo fascinantemente chungo, tan chungo, que afortunadamente jamás ha generado culto alguno. Es, lo que yo llamo, un repelente de modernitos.
Y es que “El Violador Violado” es, probablemente, la peor comedia de la historia, no ya de nuestro cine, sino de la cinematografía mundial, que incapaz de inducir a la risa con su humor, en su desbarajuste reside la posible gracia de todo el asunto.
Tres tramas componen el argumento de esta película; Por un lado tenemos a dos agentes inmobiliarios que han practicado una estafa, han vendido unos apartamentos que en realidad ni se han empezado a construir. Luego tenemos a una especie de médium en cuya casa se refugian los agentes inmobiliarios cuando la cosa se pone fea y se les reclama el dinero que se han quedado de la venta de apartamentos, y lo hacen disfrazados de monjes de váyanse ustedes a saber que congregación y, en un intento de parodia a los caballeros templarios, montan ahí un pifostio incomprensible, eso sí, cargado de lo que su director cree que es desmadrada comedia. Para finalizar, tenemos a un violador que va dando buena cuenta de las jovencitas de la zona, hasta que un día una ninfómana acaba violándole a él.
Se trata de una película terriblemente aburrida y  nada graciosa, a pesar de los excelentes actores que rellenan el reparto, cuyas carencias técnicas, su nefasta factura y la pésima aplicación de cualquier medio a su alcance, la convierten en una película sórdida, grotesca y fascinante que, con toneladas de paciencia y las suficientes inquietudes cinéfilas, puede llegar a disfrutarse, eso sí, siempre como la rareza incompetente que es, y jamás como obra “cool”.
Sorprende llamativamente el hecho de que se trata de una película que “tira con lo puesto”, aquí no hay  más que una cámara de 35 mm, metros de película posiblemente caducada, y una serie de actores que representan frente a la cámara sus textos. Vamos, prácticamente una película amateur. O al menos lo parece. Además de carecer de medios (que igual esta película no requería más), la grandeza de esta película reside en lo chabacanamente que se usan: Hay desencuadres, desenfoques y, en general, se percibe una falta de ganas total por parte de todos los inmiscuidos en la película. Por no hablar del aspecto pobretón  de cada fotograma filmado: Los títulos de crédito se solucionan con cartulinas y no con el rodillo habitual. Sin disimular que son cartulinas, estas vienen decoradas, para que parezcan menos chungas, con las ilustraciones del humorista granadino Soria, cuya trayectoria estuvo limitada a dibujar viñetas para periódicos locales. Añádanle que la banda sonora se compone de una serie de tracks extraídos de “La Antología de la Zarzuela”, para así ahorrarse la composición del soundtrack, o bien, los derechos de autor. Pero lo mejor de todo es la ambientación e iluminación; se ha conseguido, de manera totalmente involuntaria, que esta desmadrada comedia  parezca un drama carcelario, o bien, una película de terror. Y da hasta miedo, con esas sombras de foco tras los actores.
No hay que dejar de decir, que el director, Juan José Porto, muy poco ducho a rasgos generales en esto de hacer cine a pesar de tener un currículum más o menos reconocible —suyas son películas como “El ultimo guateque” o “El año en que amamos a Kim Novak”— no acaba de dominar los géneros cinematográficos si le sacamos de los melodramas de corte nostálgico (que tampoco dominaba). Y lo avalan, además de esta comedia, sus escarceos con el cine de terror con esas dos películas, reivindicadas por el fandom más rancio, curiosas y extrañas pero, a todas luces, espantosas y aburridas como ellas solas, que son “Morir de miedo” o “Regreso del más allá” (1982). Está claro que no atina el hombre.
También se trata de una película para el lucimiento del florero Nadiuska, que se encargó de aumentar la líbido del espectador celtibero pre-clasificación “S”, y que, con los tiempos, ya empezaba a dar signos de decadencia. Su presencia es  anecdótica ya que a la hora de hacer memoria del visionado, ella queda a un lado; no es que no nos guste, es que nos estorba. Si no estuviera en la cinta, no pasaba nada.
Ricardo Merino, protagonista junto a Luis Lorenzo, dando vida a esos agentes inmobiliarios, da la sensación de no tomarse en serio la película en ningún momento, y haciendo un papel clónico de los que interpretaba el gran Antonio Ozores en las películas de su hermano Mariano, nos ofrece una serie de trabalenguas incomprensibles soltados en momentos en los que el personaje no quiere dar explicaciones, que lleva al espectador a preguntarse qué es lo que opinaría Don Antonio Ozores si es que llegó a ver la película. Merino tiene pinta todo el rato de estar deseando de trincar el cheque y marcharse a su puta casa. Luis Lorenzo, tiene la virtud, el don, o la mala suerte de parecer homosexual incluso cuando, esporádicamente, no lo interpreta (casi siempre interpreta a mariquitas), con lo cual su actuación nos deja fríos e inamovibles, al igual que el resto del reparto que, además de escaso, está mal avenido, con la excepción de María Vico, dando vida a Doña Otilia, cuya sobreactuación finalmente se antoja delirante y casi, casi, casi divertida.
El director Juan José Porto, fue uno de los más afectados por la Ley Miró, que si bien perjudicaba a excelentes artesanos como Mariano Ozores, me pregunto yo que no haría con inútiles como Porto al que encima le salían películas, además de malas, raras. Quizás por eso no volvería a rodar en las siguientes décadas hasta que en 2002 rodó su fallida adaptación de “El Florido Pensil”, con una excepción: Siendo como es “El violador violado” una película tan ignota, descubrimos que, curiosa e innecesariamente, en plenos años 90 (concretamente en 1993), se rodó una secuela (¡), “El tío del saco y el inspector Lobatón”, que contando con protagonismo del reparto original, más las presencias de Quique Camoiras y Adriana Vega, tiene pinta de ser mil veces peor que esta que la precede. Editada de mala manera en vídeo, esta secuela, según los datos del ministerio de cultura, la vieron más de 1000 espectadores en cines. Minucias si lo comparamos con los 40.000 largos que consiguió “El violador violado” que, a día de hoy, serían maná del cielo para cualquier comedia española actual.

sábado, 6 de diciembre de 2025

YELLOW HAIR Y PECOS KID

A mediados de los ochenta, el realizador Matt Cimber (Cimbrel para los amigos, con un currículum colorido repleto de "explotación" de variada naturaleza, como "Africanus Sexualis (Black Is Beautiful)", "La marca de la mariposa" -el otro delirante vehículo de ¿lucimiento? para Pia Zadora-, "El Vengador" -co-dirigida con Joe Tornatore- o "The Witch Who Came from the Sea" ejerciendo de su aportación al terror) y Laurene Landon (ex pareja / musa de Larry Cohen), se vinieron con sus cámaras a las Españas para rodar un par de producciones, por aquello de abaratar costes. La primera fue una -según recuerdo- aburrida revisión femenina de "Conan, el bárbaro" titulada "Hundra". La siguiente, esta "Yellow Hair y Pecos Kid", que con la excusa de mandar un guiño afectuoso a los viejos seriales del oeste (la nostalgia de 1984), en realidad se sube al carro del "Indianajonismo", tan en boga durante el periodo (aunque, bien mirado, también este tomaba a los viejos seriales como referente). En USA fue rebautizada "Yellow Hair y la fortaleza de oro", con una Landon sujetando un látigo que no usa en toda la película y, también, luciendo un par de ubres bastante gruesas que nada tienen que ver con su, más bien escasa, genuina "pechonalidad". Este asunto fue igualmente explotado en Alemania, donde la muchacha sale representada en la ilustración mucho más desnuda y carnosa de lo que es, acompañada de otro título sin desperdicio, "El templo del oro sangriento". Aunque pa cero sutilidades mercantiles, los franchutes y su "En busca del sol de oro", toma ya. Raro rarísimo que, por una vez, España tirara de honestidad mostrándola como lo que mayormente es, un western. Tal vez el ser país productor despertó sus conciencias.
¿Qué significa pues la adscripción al formato de indios y vaqueros? que pasaron unas cuantas semanas sacándole todo el suco posible a Almería -y demás-, sus decorados y sus escenarios, cosa que por entonces era bastante habitual (tal y como se vio en "Esos locos cuatreros" o una peli con la que, espiritualmente y por lo del látigo inexistente para el cartel, la reseñada guarda puntos en común, "Tex y el señor de los abismos"). Así, la galería de rostros patrios habituales en esta clase de movidas son los tan recurrentes entonces como entrañables, dándole un especial protagonismo a Luis Lorenzo cual terrateniente (y sí, con inevitable remalazo homosexualista... vamos, la especialidad de la casa. Ríanse ustedes del encasillamiento), a Aldo Sambrell como su matón de confianza, a Frank Braña mostrando pelo en pecho y, rematando la jugada, Eduardo Fajardo y Ramiro Oliveros. A la Landon (la "Yellow Hair" del título) la acompaña la blanquísima dentadura de Ken Roberson como "Pecos Kid", un tipo que fue engatusado por Matt Cimber para invertir en el film dos millones de su "buchaca", imagino que prometiéndole fama y gloria (todo pinta a que era un niño rico con ganas de ser actor y, en fin, ingenuamente vio ahí una oportunidad). Luego hizo otra y nunca más se supo. Todo un misterio. La dupla protagónica unirá fuerzas para localizar un templo perdido repleto del preciado metal dorado y protegido por una panda de indios, a la par que son perseguidos por los mexicanos malos de rigor, uno de ellos responsable de la muerte de la "anciana" india que crió a la pelos amarillos.
En favor de "Yellow Hair y Pecos Kid" podemos hablar de un aprovechamiento más que notable de los medios disponibles y una capacidad decente de Matt Cimber por dar forma a las imágenes y, especialmente, las escenas de acción, donde nuestros aguerridos especialistas se lucen y dejan la piel. Vamos, que la peli no se ve excesivamente pobretona. Lástima que la historia es bastante simple y, bueno, que a mi el western no me tira... por eso he vibrado subzero durante el visionado, pero, al menos, la terminé sin ensuciar los calzoncillos, lo que ya es algo. Sorprende cierta violencia tirando a gráfica -especialmente porque, se supone, estamos ante una película destinada a plateas juveniles, sino infantiles- y no sorprende el mal trato real contra sendas bestias, sobre todo serpientes. Ya saben, era la época (y el país).
Se encarga del libreto el fascinante hombre de cine -más bien rancio- José Truchado. En los efectos especiales, otro clásico, Carlo de Marchis.
Supongo que a "Yellow Hair..." le pasó lo mismo que a todos esos intentos de recuperar el western durante los años ochenta. No coló. Se veía algo anticuado y al espectador "teen", que era el que mandaba en taquilla (es decir, los que mandábamos), no le interesaba. Así, el Cimbrel y la Landon hicieron las maletas y regresaron a los USA donde siguieron intentándolo, pero por separado.

viernes, 3 de marzo de 2023

EL TÍO DEL SACO Y EL INSPECTOR LOBATÓN

Extraña, ignota, a todas luces innecesaria, chabacana y fraudulenta secuela de “El violador violado” Dirigida por el experiodista franquista Juan José Porto, que más rancia si cabe que su predecesora, peor rodada y más pobre, llegó a nuestras pantallas en plenos años 90 cuando este tipo de subproductos de serie Z no tenían cabida en nuestros cines. El cine español ya andaba dando cobertura a los Armero, Martínez - Lázaro y Gómez Pereira de rigor en aquellos años y, un subproducto como este, tan tosco, tan de otra época, todavía me estoy preguntando como es que consiguió distribución de algún tipo. Obviamente esta fue ínfima, yendo la película a parar a unos cuantos cines de barrio de provincias y congregando en total a poco más de 1000 espectadores del año 1993, cifra que para aquellos años, es pasar completamente inadvertido. Posteriormente, su vida en vídeo de alquiler no fue mucho más fructífera.
Como fan de “El violador violado”, que según mi fuero considero la peor película española de todos los tiempos, había oído hablar  sobre su secuela, esta “El tío del saco y el inspector Lobatón” durante años, sin que nada indicara que existiera o se hubiera estrenado. Llegué a dudar de su concepción al verme incapaz de encontrar un dato que confirmara su existencia. En plena década de 2000, no había nada. Cero. Ni un triste fotocromo, ni un fotograma. Pero justo cuando ya había desistido en la búsqueda de algo relacionado con esta película, cuando uno menos se lo espera, aparece por todos lados teniendo copias de la misma en VHS a precios prohibitivos en Todocolección y, mejor todavía, algún alma caritativa se ha molestado en colgarla en Internet. Y su visionado supera las expectativas.
“El tío del saco y el Inspector Lobatón” traslada la acción ocho años después de lo acontecido en “El violador violado”. El tío del saco tiene a toda la policía en vilo porque durante todo este tiempo el individuo ha violado mujeres de entre 16 a 116 años y no son capaces de capturarle. El inspector Lobatón junto con “El Paja”, también conocido como “El Harry el sucio español”—e interpretado por el entrañable Carlos Lucas— se están volviendo locos en la investigación cuando aparece Dorita, la mujer que violó al tío del saco en el pasado (en la anterior película) y que le busca porque, casadera como está, considera que el tío del saco es el hombre ideal para ella. Como cambia la actriz (María Mateo en la primera película, en esta, Adriana Vega) solucionan este problema haciendo que ella haya cambiado de aspecto gracias a la cirugía estética y fin de la historia.
Realmente esta sinopsis queda bastante clara, pero he tenido que hacer grandes esfuerzos para reconstruirla y redactarla, porque lo cierto es que la película es tal desbarajuste que uno no se entera de nada. Ni falta que hace porque el interés que pueda despertar la trama en el posible espectador es cero.
Pero lo mejor de todo esto es que la sinopsis ocupa tan solo la primera media hora de la película porque “El tío del saco y el inspector Lobatón” es un corta pega descarado y sin ningún tipo de vergüenza. A la media hora exacta de metraje, Dorita cuenta su historia y, a través del flashback, se nos ofrece un resumen de otra media hora de duración de “El violador violado” que con cartelitos explicativos en los que no se entiende nada y metraje rescatado de la misma, nos van contando de inicio a fin todo lo acontecido en la película predecesora. El resto de celuloide hasta llegar a la hora y diez lo componen los títulos de crédito, excesivos en duración y para el lucimiento, al igual que en la primera película, del historietísta granadino Soria —intuyo que amigo de Porto— o el rodillo de créditos final, también largo en exceso, y en el que encima tienen la jeta de incluir al reparto original de “El violador violado” —es decir, Nadiuska, Ricardo Merino, Luis Lorenzo…—que no solo no aparecen ni en uno de los fotogramas originales de este film, sino que, a buen seguro, no vieron ni un duro. Eso sí, añadieron, por todo el morro, un título más a sus respectivas filmografías.
Los actores que sí que aparecen en el negativo original son Quique Camorras, los anteriormente mencionados Adriana Vega y Carlos Lucas, y Antonio Bravo.
Una película absolutamente espeluznante. Terrible. Verla para creerla y, como las genuinas películas malas, sin un ápice de gracia, elementos sorpresivos ni sobreactuaciones épicas como para que los popes del posmodernismo la adopten y generen un culto forzado, gracias a dios. El nombre de Porto no suena a diestro y siniestro en esos pozos de cine malo en Internet, lo cual está muy bien porque hay que tener dos cojones muy gordos, como los que tenemos en "Aquí Vale Todo", para aguantar esto. Y toneladas de paciencia. Y arrojo. Y valentía. Y estupidez.Y...

martes, 2 de febrero de 2010

EL PAN DEBAJO DEL BRAZO

La fiebre de los remakes asola el mundo sin piedad. Se hacen remakes hasta de películas españolas de éxito. Bien, esto no es ni bueno ni malo, da lo mismo. Pero si en la actualidad el remake es algo que no se estila mucho en la industria de nuestro país (debido lógicamente a que no hay ninguna industria), en los años ochenta Mariano Ozores fue pionero en eso. Con "El rollo de septiembre" lo fue en lo que a "comedia teen" se refiere, y con "El pan debajo del brazo" lo fue en la cosa esta del remake. Y no solo eso, también del autoremake, igual que ahora hacen directores de prestigio como Michael Haneke -caso de "Funny Games"-.
En 1984 Ozores gozaba de un éxito atronador, con cuatro duros hacía películas que generaban millones, así que ávido de dinero, el productor Andrés Vicente Gómez le propuso producirle una película para rodarla lo antes posible. Como Don Mariano estaba muy atareado con alguna de Pajares y Esteso, se negó, alegando falta de tiempo para escribir un guion original (porque, diga lo que diga, no le gustaba dirigir guiones de otros), así que Vicente Gómez le propuso hacer una nueva versión de una película suya de éxito. Ozores aceptó y actualizó a los tiempos de la época el que hasta entonces había sido su mayor éxito, "Crónica de Nueve Meses", y tiró para adelante con el proyecto. Lejos de lo que creía Andrés Vicente Gómez, por lo que fuera la peli se estrelló en taquilla. Pocas veces más (por no decir ninguna) productor y director volvieron a trabajar juntos.
El caso es que "El pan debajo del brazo" está muy bien. Es innegable que Ozores estaba en plena forma, en su mejor momento, y facturó una película como las que estaba rodando en aquellos momentos: como una película de Pajares y Esteso, pero sin Pajares ni Esteso.
Cuenta el cómo tres parejas de distintas posiciones sociales viven lo que supone la noticia de un embarazo, unos con alegría y otros con tristeza, enlazando las historias como solo Ozores sabe hacerlo y metiendo gags típicos de la época, echando mano de humoristas de moda entonces como Fedra Lorente 
(especialmente jamona en esta peli), que por aquel entonces estaba haciendo de “La Bombi” en el "Un, Dos, Tres" y, para garantizarse el éxito, suelta los chascarrillos típicos de su célebre personaje.
Como todo lo de Ozores, imposible aburrirse viéndola. Esta es de las grandes, al nivel de un “Roque” o unos “Liantes”, quizás más ñoña en sus intenciones, pero igualmente divertida, y con un pedazo de reparto de gente tan mítica como su hermano Antonio, su sobrina Adriana antes de convertirse en la respetada actriz que es hoy, Pepe Da Rosa (le metió en el cine después de sus “J.R´s”), Juanjo Menéndez, Juanito Navarro, Lolo García, María Casanova, Arévalo, Luis Lorenzo, María Luisa Ponte... lo más granado de las tarimas y las pantallas, oiga.
Por eso digo que el cine español de ahora es una mierda (porque no hay actores de carisma y por mil millones de cosas más) y el antiguo cojonudo.
Luego en la época de “directos a vídeo”, Mariano Ozores se volvió a remakear con "Ya no va más", explotando 
esta vez el guión de "Los Bingueros", pero esa es otra historia.

lunes, 22 de abril de 2019

UN ROLLS PARA HIPÓLITO

Juan Bosch fue uno de nuestros directores de género más prolíficos que lo mismo se cascaba un spaghetti western como “La diligencia de los condenados” —dónde firmó bajo el pseudónimo de John Wood— como se cascaba una película al servicio de Paul Naschy como pueda ser “Exorcismo”. Y habiendo rodado en los setenta películas adscritas al “landismo” con mayor o menos fortuna, en los años ochenta firma sus dos últimas películas entrando en la dinámica que, con pocos duros, genera su buena pasta en la taquilla; emular el cine de Mariano Ozores quién, por otro lado, colabora junto a Bosch en esta empresa. Una de esas películas con las que pone fin a su carrera sería “¡Caray con el divorcio!”, que con Fernando Esteso como principal protagonista sería la respuesta a la coetánea “¡Que gozada de divorcio!” dirigida por Ozores y protagonizada por Pajares y la otra, absolutamente “landista” y absolutamente “Ozoriana” —con guion de Ozores que acerca esta aún más a su cine— sería esta “Un Rolls para Hipólito” que nos ocupa.
En ella, los trabajadores de una empresa fabricante de compresas se ponen en huelga, eligiendo como portavoz para negociar con el jefe a Hipólito, el portero, que ideará un plan infalible. Engorda sustancialmente las reivindicaciones de los trabajadores para así, al negociar, conseguir justo lo que piden. Por otro lado, el jefe, decide colmar a Hipólito de atenciones con el fin de tenerle contento y que afloje con las reivindicaciones. Entre tanto, Hipólito, se va convirtiendo en un pez gordo de la empresa al tiempo que consigue las peticiones de los trabajadores, mientras se suceden toda suerte de líos de faldas —puestos ahí para justificar el destape al que también se adscribe esta cinta— y descacharrantes situaciones cómicas.
Verdaderamente, si te dicen que esta es una película de Ozores, te lo crees, no ya solo porque este ande detrás de lo que es el guion y los diálogos, sino porque los recursos técnicos que emplea Bosch en la película, son exactamente los mismos que emplea Ozores. Claro, que  realmente esos recursos son la manera de rodar clásica, común y corriente de este tipo de películas, por lo que todo puede ser producto de la casualidad, pero es indudable, que planos como ese en el que vemos a Antonio Ozores en primer término hablando por teléfono de negocios y la cámara se aleja para mostrarnos que está sentado en la taza del báter mientras trabaja, está claro que es más de Ozores que de Bosch.
Divertida, grosera, vulgar y chabacana, desde luego se trata de un film menor de aquellos años, pero que deja con un agradable sabor de boca y hace a uno añorar aquellos tiempos tan políticamente incorrectos en los que un caballero trajeado puede rechazar con toda suerte de insultos a un homosexual que se le declara, y que sea motivo de mofa y nunca de denuncia, como ocurre en una escena entre Antonio Ozores y el eterno mariquita Luis Lorenzo.
Muy entretenida.
La protagonizan Alfredo Landa y Antonio Ozores, ambos están enormes y graciosísimos, y les secundan habituales de la escudería Ozores como puedan ser Rafaela Aparicio, Jenny Llada, Francisco Camoiras o Emilio Fornet.
Si son amantes del subgénero, yo no me la perdería.

viernes, 27 de noviembre de 2020

CHECHU Y FAMILIA

De Heredia hace un paréntesis en sus películas-vehículo para humoristas, para confeccionar una de verdad y demostrar una solvencia y un buen hacer a prueba de balas y, de paso, tapar la boca de aquellos que pudieran pensar que no sabía hacer cine más allá de registrar en imágenes las patochadas del cómico de turno. Aunque bueno, según para quién, “Chechu y familia” también sería una puta mierda.
Aunque para mi, sin duda, sería la mejor película del director. Claro que, probablemente, la culpa la tiene Rafael Azcona que le escribe el guion, basándose en un cuento propio del que el De Heredia se enamoró. Y, ya saben “con buena picha bien se jode”.
Un matrimonio pudiente se marcha de vacaciones dejando en su domicilio, un chalet con piscina, a su hijo Chechu, que ha suspendido y se ha de quedar estudiando, al abuelo, al tío del chaval, y al servicio, compuesto de criada, cocinera y jardinero. Por un lado Chechu lo que quiere es tener sexo con la criada, con el hándicap de que mientras que ella ronda los treinta años de edad, él cuenta con tan solo trece. El acoso al que, de buena gana, es sometida la muchacha por el menor, formaría el grueso del argumento, secundado este por las subtramas que nos presentan al abuelo cascarrabias que fuma a escondidas y hace las necesidades en el servicio de su hijo y su nuera, el tío obeso incapaz de seguir el régimen que le han asignado, o los problemillas con personajes externos, como el novio de la criada, que arma un pifostio al intuir que esta se acuesta con el “señorito” de la casa.
Con tono de vodevil, que por momentos roza el sainete, pero todo ello servido de la manera más contemporánea posible, “Chechu y familia” resulta ser una comedia al más puro estilo españolada clásica, con personajes que entran y salen del cuadro de la acción, pero situando esta en  un único escenario —en ese caso el chalet— como si de una película de Ozores se tratara,  si bien es cierto que, tal vez involuntariamente, también muestra elementos afines a las genuinas "sex comedies" americanas (en esa vertiente que desciende directamente de “El Graduado”) en cuanto a que el protagonista es un adolescente que trata por todos los medios perder su virginidad con la criada (si lo consigue o no… al final de la película se desvela), con planos referenciales que recuerdan por ejemplo a “Risky Business” —Chechu luciendo gafas de sol "Rayban" parece calcado de la película interpretada por Tom Cruise— y ramalazos humorísticos también deudores de la comedia adolescente americana.
Por otro lado, el guion impecable y una velocidad que no da tregua durante los escasos ochenta minutos de metraje, hacen de “Chechu y familia” la mejor de las comedias de corte popular de los noventa, cuando el estilo que parece cultivar aquí Álvaro Sáenz de Heredia, estaba ya muerto y enterrado.
El elenco le va a la zaga. César Lucendo, actor adolescente resultón, ejecuta sus labores con total convicción, dándole al personaje ese rollito cabrón y macarrilla que necesita, amén del toquecito repelente que hace que Chechu, aun pudiéndose el espectador sentirse identificado, acabe cayendo un poquito mal. A pesar de que el chaval está francamente bien, Lucendo no tuvo a posteriori la suerte que merecía, interpretando después pequeños papelitos en películas menores o episódicos en toda suerte de series de televisión. Le secundan un obvio Fernando Fernán Gómez al cual da gusto ver y oír, una Neus Asensi con hambre de notoriedad, consiguiendo una pizpireta criada andaluza (siendo catalana) y demostrando ser mejor actriz en esta época que unos años después, cuando obtuvo mayor popularidad y su anatomía parecía un muestrario operaciones estéticas. También memorables resultan Amparo Moreno como la cocinera que da sus “alegrías” a  más de un habitante de esa casa, Luis Lorenzo en su papel de eterno mariquita, o Emilio Mellado como comedor compulsivo y estúpido chivato. Antonio Flores ejerciendo de secundario, se prodiga en esta película como un cómico nato  —e involuntario—, que es el contrapunto humorístico al caos anárquico que reina en el chalet donde todo se desarrolla, dándonos un par de gags slapstick tronchantes (¡cómo se cae de la moto al vacilar haciendo un caballito el muy cabrón!). Esperanza Roy, muy desaprovechada, hace acto de presencia, sin más.
Amena, divertida, descarada e incluso excitante en algunos momentos (da, sin ninguna duda, para paja), yo creo que merece la pena acercarse a ella. Sin embargo, no fue demasiado bien en taquilla: Solo asistieron 118.000 espectadores a verla en los cines.

jueves, 6 de febrero de 2014

LOS PECADOS DE MAMÁ

Una de las películas más extrañas de Javier Aguirre dentro de su vertiente comercial (que como director de cine experimental, ya sabemos que es rarito), y que buscando info de la misma en Internet, lo único que encuentro es una pequeña reseña de un pase de la misma en televisión en el año 1992, de un crítico del país, que por otro lado, no la firma y que reza de la siguiente manera. “Una comedia que da reparo ver a estas alturas de nuestro siglo. Un fiasco camp y de lo más vulgar”. Y se queda tan pancho.
Bueno, hay que ser un mastuerzo para no ver que esta película es producto de una época, y, sobretodo, que es una comedia, por lo tanto no es como para indignarse.
Pero el principal punto fuerte de esta película es que, comenzando como una alocada y zafia comedia de destape, según va avanzando se convierte en un drama de corte social, con el engaño y los cuernos de  por medio, y siempre con consecuencias catastróficas de cara a terceros. Digamos que arranca como una absoluta gilipollez  para volverse algo más trascendente en su desenlace.
Un padre de familia, con un puesto de trabajo privilegiado, es adicto a las revistas guarras. Un buen día, su mujer se las pilla y, después del rapapolvo, accede a hacer todas las guarrerías de las revistas, pero le coge gusto a la jodienda y en consecuencia, su marido no podrá con tanta actividad sexual, por lo que no rinde en el trabajo ya que le deja echo polvo. Así que acepta un traslado a Guinea, a pesar de su racismo exacerbado, con el fin de tomarse vacaciones de su mujer y el sexo que le proporciona.  Como esta está ya cachonda perdida, no dudará en tirarse al novio de la sirvienta, un boxeador que responde al nombre de “Rockillo”, lo que desencadenará una serie de dramas.
Lo dicho, una cosa de risa que se torna seria, que fue un fracaso de taquilla para lo que Aguirre estaba acostumbrado a facturar (88.000 espectadores), y que tuvo una segunda vida en el vídeo-club, ya que, conscientes de que el póster original era poco atractivo, diseñaron un cartel más acorde con los gustos de la época, en la que se la vende como comedia pura cediéndoles el protagonismo a la criada y al novio boxeador,  vendiéndonos la película como una posible parodia del mundo de boxeo y de “Rocky” en particular. Nada más lejos de la realidad.
En el reparto, grandes de la época como Ricardo Merino, María Kosty, Luis Lorenzo y Fernanda Hurtado, cosa que es una rara avis, puesto que cuando las Hermanas Hurtado hacían cine, o lo hacían juntas, o lo hacía Paloma Hurtado, nunca una de las gemelas como es el caso.
Bueno, no es para tirar cohetes, se puede ver y listo. Más que nada a destacar por película atípica dentro de la españolada, pero nada más.