Aquel fue un sábado intensamente lluvioso, lo que me condenó a un enclaustramiento total y el visionado de hasta tres películas en busca de la más desesperada evasión. Vi "Indiana Jones y el dial del destino", "Hellboy: El hombre retorcido" y "Campamento Sangriento 3". La primera sabía que cumpliría su función, y cumplió (me gusta más incluso que la previa, la de la calavera de cristal), la segunda fue un varapalo de tres pares de cojones que ni terminé y la tercera... reconozco que la puse ya entrada la medianoche con el fin de coger el sueño. Paradójicamente, acabé consumiéndola entera y fue la que me gustó más de la extensa velada. No digo que sea mejor que la del arqueólogo del látigo, pero, no sé, creo que su procedencia del año 1989, su brutal honestidad y ese look de cine-cine, sin la frialdad digital hoy día como parte de la norma, contribuyeron.
A estas alturas no es necesario entrar mucho en detalles. Hablamos de la tercera entrega de la saga "cult" de slashers segundones "Sleepaway Camp", con una ensalada de títulos (o, mejor dicho, de numeraciones) algo liosa. Hablé de todo ello cuando reseñé la primera, la fundacional. Luego vinieron la productora "Double Helix", el director Michael A. Simpson y la actriz Pamela Springteen (siiii, hermana de...) y se sacaron dos entregas más de la manga, rodadas back-to-back en un periodo de seis semanas. Sobre la segunda ya di la brasa cuando fue de menester, "Campamento Sangriento" (e, insisto, que no lleve el 2 tras el título tiene su explicación), a esta tercera la mencioné de pasada tras fracasar en un primer intento de deglutirla. Iba siendo hora de darle un segundo muerdo.
La famosa asesina "trans" (¿¿se consideraría hoy ofensivo??) Angela se carga a la monitora de un campamento. Haciéndose pasar por ella, acude al susodicho donde formará parte de un "experimento social". Por un lado están los campistas pijos, y por otro los menos favorecidos. Naturalmente, estos responden a una serie de estereotipos exagerados, casi de dibujo animado, un rato graciosos. No hace falta decir que, aprovechando una acampada bosquil, Angela se los irá cepillando uno a uno, en riguroso orden, sin considerar clase social pero sí maneras (el motivador homicida de la muchacha sigue siendo su recta moral, solo que, en ocasiones, se pasa de exigente)
Es muy evidente que Michael A. Simpson y la "Double Helix" abordaron "Sleepaway Camp 3: Teenage Wasteland" a piñón, asaco, sin plantearse ofrecer mucho más allá de los mínimos requeridos. El mismo director reconoce la escasez de tiempo para todo y su preferencia por la entrega previa. "Campamento sangriento 3" es tosca, cutrona, elemental como ella sola y tira de diálogos de mierda... pero hay muchas tetas (nada más comenzar vemos dos, y luego tenemos las increíbles perlas de Stacie Lambert, actriz que no volvería a rodar nada más) y no menos asesinatos. Eso sí, poco sucosos. Por desgracia, la censura metió mano, a lo bestia, llevándose por delante material gráfico y truculento. Era una práctica muy común entonces, ya terminando los ochenta y con los temibles noventa a la vuelta de la esquina. Sin embargo, y eso no dice nada bueno de mí, actualmente lo percibo hasta como entrañable.
La ausencia de chicha -es decir, la razón de ser de un slasher- contribuye a incrementar la sensación de que la peli se hizo por hacer. De que el equipo responsable no estaba para puñetas. Había prisa y, total, aquello era basura. Ellos lo sabían, la futura audiencia lo sabía... ¿para qué complicarse? Déjate de florituras y pijadas, julai. Todo hace suponer, pues, que estamos ante una sagrada puta mierda sin el más mínimo elemento redentor. Y no vale la pena ni verla. Mmmmmh... sí, pero no.
Ese escaso interés de sus autores acaba beneficiándola porque, al no molestarse en humanizar a los personajes, ni sorprender con giros, ni, por supuesto, abusar de guiños a los clásicos añejos (salvo una graciosa cita de manual a Jason / "Viernes 13". Angela encuentra una máscara de hockey y, cuando alguien le pregunta de dónde la ha sacado, exclama "De una cloaca"), dicho de otro modo, al no currárselo ni unos mínimos, pues les sale un slasher en el que, cuando se mata, no importa si está justificado o no, si la víctima lo merecía o no, si era buena gente o no, o si era un padre en busca de venganza por la muerte de su hijo en la peli previa, cosa que, por norma, se incluiría en el guion con la intención de sacarle alguna clase de jugo narrativo. ¡¡Pa un personaje con enjundia que hay!!. Pos no, hija. Ni eso.
Alguien se quejaba en redes porque, decía el infeliz, Angela mataba a "campistas majos". Nos han acostumbrado demasiado a que en los slashers modernos las víctimas sean tan irritantes y gilipollas que casi celebremos su muerte (ejemplo: "Black Friday"). Pero en 1989 eso todavía no pasaba. Y menos en manos de unos mercenarios del cine. Así pues, a lo tonto, se podía decir que "Campamento Sangriento 3" "sorprende". O, cuanto menos, no nos resulta tan previsible y monótona. Eso es bueno.
Cumplida la papeleta, Michael A. Simpson continuó su errática trayectoria hasta que dejó la dirección para ejercer solo en producción, y la cosa le fue mejor (podemos ver su nombre como tal en "Corazón Rebelde" o "El caso Heineken", ambas muy buenas). Pamela Springteen hizo una película más, una comedia que nadie recuerda, y dejó la interpretación para convertirse en fotógrafa de músicos (vamos, que aceptó el enchufe de su hermano). Es por ello que nunca llegaría a protagonizar el "Sleepaway Camp 4" que "Double Helix" estaba decidida a facturar (en la que tampoco iba a intervenir el director de las dos previas). Rodó algunas escenas de prueba y se fue a la quiebra, dejando el asunto en ascuas. Años después, ya con el fandom descontrolado (especialmente el dedicado a la franquicia en cuestión. Tanto es así que dispone de hasta dos páginas web oficiales) alguien se hizo con el material y contrató nada menos que al temible Dustin Ferguson para que, montaje mediante, y a base de reciclar escenas de las entregas precedentes, se cascara un largometraje con todo ello. Uno del que nadie dice nada bonito.
Finalmente existió otro "Sleepaway Camp 4", con parte del equipo original -incluido director y la auténtica Angela, Felissa Rose- que ignoraba las secuelas. Fue una decepción tocha para los devotos. También entonces Simpson se planteó parir tardíamente una nueva dosis de SU porción de la saga, adentrándose en terreno sobrenatural. Pero de ello únicamente quedó la intención. Que extraño e incomprensible es todo este mamoneo en torno a los "Sleepaway Camp", oiga.
Volviendo a la tercera parte, cabe mencionar que, en su condición de producto desalmado y crematístico, dispuesto a complacer sin cansarse demasiado los más bajos instintos de su público teenager, tiran de lo facilón trufando la banda sonora a base de heavy metal cutre. No niego que queda de lo más chulo.
En el reparto destacan algunas caras curiosas (de las tetas ya he hablado) Comenzando por una bien fea, Michael J. Pollard quien, a pesar de ello, y su ya edad considerable (seguramente la mía), se enrolla con la campista de ubres bonitas (tal vez fuese ello un guiño al tono vicioso del "Sleepaway Camp" original, en el que también teníamos a una jovencita pirrándose por los huesos de un vejestorio, aunque allí nunca pasaban a la acción) Le sigue, en el terreno de los veteranos, Sandra Dorsey. Estuvo en "Grizzly", la del setentero oso encabronado, y sus últimas dos películas las firmaban nada menos que los hermanos Farrelly (anda que no debe molar formar parte del rodaje de una producción medianamente mainstream, y descubrir que el actor o actriz entrado/a en años de al lado participó siendo joven en sendas y oscuras películas "cult") Centrándonos en el reparto de menor edad, destaca Kim Wall, quien hizo algo de carrerilla posterior, podemos verla -por los pelos- en "La niebla" de Stephen King o "American Pie: El reencuentro", donde se marca un rol algo más destacado.
A la hora de elegir una imagen ilustrativa, en lugar de echar mano de la caratula yanki, muy llamativa ella, preferí rescatar la española en su edición para DVD -nunca la hubo en VHS- por lo feísima que era. Al final resultaron ser dos.... ambas idénticamente horribles. Imposible resistirse a colarlas juntitas. Menudo país el nuestro, amigos.
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sábado, 28 de diciembre de 2024
martes, 8 de octubre de 2024
MOVIE MADNESS
Antes de entrar en esta cosa marciana que es “Movie Madness” (cuyo visionado es lo más semejante a mirar a través de un calidoscopio negro. Realmente la reseña de lo que es la peli se podía resumir en dos líneas), me gustaría hablar de su principal artífice, Phillip Penza, que me parece un tipo tan interesante como poco diestro a la hora de ejecutar cualquiera de sus producciones.
Penza, natural de Brooklyn, afroamericano, no dista mucho de cualquier cineasta adscrito a una corriente que, según moda y temporada, se estila mucho en nuestro país; la del cine “independiente”, o como los modernos lo llamaron hace no demasiado, películas “low cost” (termino que como no devino en nada, pronto pasó de moda, gracias a dios). Hablando en plata; Phillip Penza es productor, guionista y director de películas semi-amateur de bajísimo presupuesto que no interesan a nadie. Pasa que Estados Unidos es muy grande y un tipo de las calles como él, sabe monetizar y sacar beneficio de su material. Nada raro, hay individuos como Sean Weathers que también se dedica a eso, por no hablar de Dustin Ferguson o el calvo, Shawn C. Phillips, que económica y evolutivamente están varios peldaños por debajo de Penza, y son distintos tanto en fondo como en forma.
Phillip Penza en realidad es un ex soldado del ejército de los Estados Unidos, además de boxeador y preparador físico. Montó negocios en torno al fitness y, de rebote, tomó contacto con lo audiovisual a raíz de aparecer en programas de la ABC en calidad de entrenador deportivo. Pero claro, vio las cámaras, cómo realizaban los programas y demás, y quedó enamorado del medio, lo que le llevó a plantearse una carrera audiovisual y/o creativa. Así que, su primer impulso, fue escribir novelas.
Un productor de cine y televisión, David A. Rosemont, coincidió una vez con Penza, y este le instó a que leyera una novela que había publicado no hace demasiado, “My name is nobody”. Un folletín semi autobiográfico en torno al mundo del boxeo. Rosemont no solo la leyó, sino que le dio feedback positivo al respecto. Y no, no decidió producir la película; tan solo sirvió de percutor para que el propio Penza decidiera hacerlo por su cuenta , poniendo en marcha así "Little Books, Little Films", productora bajo la que el hombre da rienda suelta a su mediocridad en forma de novelas y películas muchas veces guerrilleras. El modus operandi consiste en filmar con cámaras de gama media, muchas veces teléfonos móviles, equipo humano reducido y planes de rodaje adaptados a las necesidades de sus “estrellas”. El montaje suele ser de lo más discretito y, la música, de librería, libre de derechos. Una vez que Penza finaliza una película, la estrena a sala llena en algún cine local. No se amedrenta si no la consigue, y estrena en restaurantes si es preciso, y, una vez ha estrenado (acto este que solo le sirve para dar bombo y platillo a su película en ciernes en las redes sociales) la mueve por toda plataforma de streaming a la que le dejen subirla, además de colgar alguna de ellas en su web de manera gratuita. Y así el hombre, además de con sus otros negocios, va tirando.
Antes de embarcarse en la producción de estos "films", Penza tuvo la oportunidad de realizar un programa de entrevistas sobre estilos de vida saludables, donde se incluían a varias celebridades. De este modo, contactó con gente como Lorenzo Lamas o Eric Roberts, que no solo se unirían a los repartos de sus películas sino que, en alguna ocasión, incluso le ayudarían a financiarlas (como es el caso de Lamas, que co-produce aquella de la que les voy a hablar a continuación). Famosos venidos a menos como Vivica A. Fox (salía en alguna de Tarantino) también formarían parte de su elenco habitual, Pero, sobre todo, hizo buenas migas con la leyenda del rap Big Daddy Kane con el que trabajaría codo con codo en la mayoría de sus películas en calidad de co-productor, actor, e incluso de co-director. Es decir, que Kane y Penza, formaron tándem en esto del "cine" de bajo presupuesto, cosa que no deja de llamarme la atención porque, puedo entender que Big Daddy Kane, al igual que Lorenzo Lamas, estén en horas bajas económicamente hablando, pero meterse en embolados de este calibre que, obviamente, no les puede reportar mucho, es un acto de amor o de ingenuidad ¿Qué necesidad tiene Big Daddy Kane de firmar y financiar estas cosas? ¿Qué necesidad hay de hacer una serie de películas tan horrorosas?
Como sea, el caso es que estas celebridades en decadencia le permiten a Penza tener un cartel más o menos interesante con el que vender sus películas, unos créditos en los que aparecen como protagonistas pero, luego, sus actuaciones se reducen a lo mínimo, cinco o seis minutos en pantalla, con el grueso del largometraje compuesto de actores amateur cuyas interpretaciones desafían las leyes de la lógica.
“Movie Madness” sería una de estas películas de Phillip Penza. Junto a él, en la producción tenemos a Lorenzo Lamas y a Antonio Hardy (verdadero nombre de Kane), en la dirección figura el propio Penza codo a codo con Kane y, en el reparto, a todos ellos, además de otra vieja leyenda del rap, Christopher “Play” Martin de Kid –n- Play. Sus nombres salen en primer término en los títulos de crédito, pero tienen que pasar 48 minutos para que Lorenzo Lamas haga acto de presencia. Seguidamente aparece Kane, y luego desaparecen hasta llegado el final que vuelven a salir otro momento. El papel de Christopher Martin se reduce a cameo de menos de un minuto, insertado ahí con calzador para justificar su presencia. Le habla al teléfono sobre una serie de negocios en un único plano que, imagino, iría igual de bien aquí que en cualquier otra película de la casa.
Entonces, la cosa va de dos individuos que, ataviados de una forma muy extraña (vestidos de mujer, mascaras de carnaval y peluca), secuestran un cine (en el que están proyectando una película del propio Penza) y allí, organizan una masacre disparando a sangre fría a todo aquel que les lleva la contraria. Los criminales no tienen una motivación aparente para hacer hacer eso. Cuando ejecutan a casi toda la platea, deciden poner fin a sus vidas suicidándose. Pronto la policía (Lamas y Kane) irá al lugar de los hechos para averiguar que ha pasado. Y fin. Esa sería la sinopsis, pero, nada más comenzar, el espectador es testigo de una trama semigangsteril en la que uno de los protagonistas negocia algo relativo al cine donde van a suceder los hechos, en un arco que nunca llega a finiquitarse o a tener relación con la trama principal. Así mismo, a modo de epílogo (y después de otra escena anterior que ya servía de epílogo…) tenemos unas imágenes rodadas en plan guerrillero, probablemente con el móvil, en las que los hombres enmascarados interactúan con los viandantes (uno de ellos le da limosna a un mendigo, en lo que parece una acción real filmada a hurtadillas…) o se nos muestra la Torre Eiffel de arriba abajo y grabada con zoom desde lo lejos. Una forma como otra de alargar metraje o de aprovechar un viaje a París. Nada nuevo por otro lado. Nos lo sirven en el montaje de manera onírica y no desentona mucho, pero es tan cutre… y no solo cutre, es que no tiene absolutamente nada que ver con lo que estamos viendo, por mucho que los que se dan paseos por París sean los dos individuos que se cargan al cine entero.
Otra cosa digna de reseñar es que, una vez entran en el cine y comienza la función, todo se desarrolla a oscuras, por lo que más de un 70% no se ve… Como aquellas antiguas cintas VHS mal telecinadas, solo que esta vez, con los adelantos digitales, se debe a la absoluta incompetencia de la producción. O quizás esa mierda es una elección estética, váyanse a saber.
Pero la guinda del pastel llega justo al final, antes de dar paso a los créditos volvemos al patio de butacas y vemos, con la imagen en negativo, todo los cadáveres repartidos por los asientos y cómo un individuo apunta con una recortada hacia nosotros los espectadores, y dispara. Entonces, Phillip Penza rompe la cuarta pared y, dirigiéndose a nosotros, aparece soltando un discursito anti violencia, acusándonos de haber disfrutado de esta durante el visionado, en lugar de ser mejores personas con nuestros congéneres. También insta a que, si somos testigos de una de estas catástrofes humanas, en lugar de utilizar nuestros móviles para grabar, lo usemos para llamar a emergencias. Todo muy moralista, con un tufo evangélico-cristiano que tira de espaldas y no exento de vergüenza ajena. Además de hipócrita, porque menudo discursito se suelta después de haber hecho una película en la que solamente hay muerte y disparos, se sitúa el resto del reparto detrás de él, incluidos Kane y Lamas, y citan un lugar real en el que ha ocurrido alguna de estas matanzas, a saber; el 11 de Septiembre, la maratón de Boston, Columbine… o el cine donde un zumbado disfrazado del Joker se lió a tiros durante la proyección de “El caballero oscuro”. Para mear y no echar gota.
Todo esto hace a Penza sumamente fascinante. Pero claro, ver una película suya supone un sobre esfuerzo. Supongo que iré consumiendo algunas poco a poco (además en todas sale Big Daddy Kane que ha debido cogerle el gusto a la mierda, porque, después de estas experiencias con Penza, le podemos ver metido hasta el cuello en otras producciones similares de otros realizadores baratos), pero sin demasiada fruición porque, al final, no son más que la mierda que podría hacer cualquiera de ustedes con un par de contactos, un par de actores en decadencia, y un par de cámaras y móviles de última generación: la nada más absoluta. No obstante, si les puede la curiosidad, Penza es responsable de títulos como “Real Blood”, “Boyz from the streetz” o “Water”.
Quizás el amigo aparezca de nuevo por aquí en el futuro. Pero no les aseguro nada.
Penza, natural de Brooklyn, afroamericano, no dista mucho de cualquier cineasta adscrito a una corriente que, según moda y temporada, se estila mucho en nuestro país; la del cine “independiente”, o como los modernos lo llamaron hace no demasiado, películas “low cost” (termino que como no devino en nada, pronto pasó de moda, gracias a dios). Hablando en plata; Phillip Penza es productor, guionista y director de películas semi-amateur de bajísimo presupuesto que no interesan a nadie. Pasa que Estados Unidos es muy grande y un tipo de las calles como él, sabe monetizar y sacar beneficio de su material. Nada raro, hay individuos como Sean Weathers que también se dedica a eso, por no hablar de Dustin Ferguson o el calvo, Shawn C. Phillips, que económica y evolutivamente están varios peldaños por debajo de Penza, y son distintos tanto en fondo como en forma.
Phillip Penza en realidad es un ex soldado del ejército de los Estados Unidos, además de boxeador y preparador físico. Montó negocios en torno al fitness y, de rebote, tomó contacto con lo audiovisual a raíz de aparecer en programas de la ABC en calidad de entrenador deportivo. Pero claro, vio las cámaras, cómo realizaban los programas y demás, y quedó enamorado del medio, lo que le llevó a plantearse una carrera audiovisual y/o creativa. Así que, su primer impulso, fue escribir novelas.
Un productor de cine y televisión, David A. Rosemont, coincidió una vez con Penza, y este le instó a que leyera una novela que había publicado no hace demasiado, “My name is nobody”. Un folletín semi autobiográfico en torno al mundo del boxeo. Rosemont no solo la leyó, sino que le dio feedback positivo al respecto. Y no, no decidió producir la película; tan solo sirvió de percutor para que el propio Penza decidiera hacerlo por su cuenta , poniendo en marcha así "Little Books, Little Films", productora bajo la que el hombre da rienda suelta a su mediocridad en forma de novelas y películas muchas veces guerrilleras. El modus operandi consiste en filmar con cámaras de gama media, muchas veces teléfonos móviles, equipo humano reducido y planes de rodaje adaptados a las necesidades de sus “estrellas”. El montaje suele ser de lo más discretito y, la música, de librería, libre de derechos. Una vez que Penza finaliza una película, la estrena a sala llena en algún cine local. No se amedrenta si no la consigue, y estrena en restaurantes si es preciso, y, una vez ha estrenado (acto este que solo le sirve para dar bombo y platillo a su película en ciernes en las redes sociales) la mueve por toda plataforma de streaming a la que le dejen subirla, además de colgar alguna de ellas en su web de manera gratuita. Y así el hombre, además de con sus otros negocios, va tirando.
Antes de embarcarse en la producción de estos "films", Penza tuvo la oportunidad de realizar un programa de entrevistas sobre estilos de vida saludables, donde se incluían a varias celebridades. De este modo, contactó con gente como Lorenzo Lamas o Eric Roberts, que no solo se unirían a los repartos de sus películas sino que, en alguna ocasión, incluso le ayudarían a financiarlas (como es el caso de Lamas, que co-produce aquella de la que les voy a hablar a continuación). Famosos venidos a menos como Vivica A. Fox (salía en alguna de Tarantino) también formarían parte de su elenco habitual, Pero, sobre todo, hizo buenas migas con la leyenda del rap Big Daddy Kane con el que trabajaría codo con codo en la mayoría de sus películas en calidad de co-productor, actor, e incluso de co-director. Es decir, que Kane y Penza, formaron tándem en esto del "cine" de bajo presupuesto, cosa que no deja de llamarme la atención porque, puedo entender que Big Daddy Kane, al igual que Lorenzo Lamas, estén en horas bajas económicamente hablando, pero meterse en embolados de este calibre que, obviamente, no les puede reportar mucho, es un acto de amor o de ingenuidad ¿Qué necesidad tiene Big Daddy Kane de firmar y financiar estas cosas? ¿Qué necesidad hay de hacer una serie de películas tan horrorosas?
Como sea, el caso es que estas celebridades en decadencia le permiten a Penza tener un cartel más o menos interesante con el que vender sus películas, unos créditos en los que aparecen como protagonistas pero, luego, sus actuaciones se reducen a lo mínimo, cinco o seis minutos en pantalla, con el grueso del largometraje compuesto de actores amateur cuyas interpretaciones desafían las leyes de la lógica.
“Movie Madness” sería una de estas películas de Phillip Penza. Junto a él, en la producción tenemos a Lorenzo Lamas y a Antonio Hardy (verdadero nombre de Kane), en la dirección figura el propio Penza codo a codo con Kane y, en el reparto, a todos ellos, además de otra vieja leyenda del rap, Christopher “Play” Martin de Kid –n- Play. Sus nombres salen en primer término en los títulos de crédito, pero tienen que pasar 48 minutos para que Lorenzo Lamas haga acto de presencia. Seguidamente aparece Kane, y luego desaparecen hasta llegado el final que vuelven a salir otro momento. El papel de Christopher Martin se reduce a cameo de menos de un minuto, insertado ahí con calzador para justificar su presencia. Le habla al teléfono sobre una serie de negocios en un único plano que, imagino, iría igual de bien aquí que en cualquier otra película de la casa.
Entonces, la cosa va de dos individuos que, ataviados de una forma muy extraña (vestidos de mujer, mascaras de carnaval y peluca), secuestran un cine (en el que están proyectando una película del propio Penza) y allí, organizan una masacre disparando a sangre fría a todo aquel que les lleva la contraria. Los criminales no tienen una motivación aparente para hacer hacer eso. Cuando ejecutan a casi toda la platea, deciden poner fin a sus vidas suicidándose. Pronto la policía (Lamas y Kane) irá al lugar de los hechos para averiguar que ha pasado. Y fin. Esa sería la sinopsis, pero, nada más comenzar, el espectador es testigo de una trama semigangsteril en la que uno de los protagonistas negocia algo relativo al cine donde van a suceder los hechos, en un arco que nunca llega a finiquitarse o a tener relación con la trama principal. Así mismo, a modo de epílogo (y después de otra escena anterior que ya servía de epílogo…) tenemos unas imágenes rodadas en plan guerrillero, probablemente con el móvil, en las que los hombres enmascarados interactúan con los viandantes (uno de ellos le da limosna a un mendigo, en lo que parece una acción real filmada a hurtadillas…) o se nos muestra la Torre Eiffel de arriba abajo y grabada con zoom desde lo lejos. Una forma como otra de alargar metraje o de aprovechar un viaje a París. Nada nuevo por otro lado. Nos lo sirven en el montaje de manera onírica y no desentona mucho, pero es tan cutre… y no solo cutre, es que no tiene absolutamente nada que ver con lo que estamos viendo, por mucho que los que se dan paseos por París sean los dos individuos que se cargan al cine entero.
Otra cosa digna de reseñar es que, una vez entran en el cine y comienza la función, todo se desarrolla a oscuras, por lo que más de un 70% no se ve… Como aquellas antiguas cintas VHS mal telecinadas, solo que esta vez, con los adelantos digitales, se debe a la absoluta incompetencia de la producción. O quizás esa mierda es una elección estética, váyanse a saber.
Pero la guinda del pastel llega justo al final, antes de dar paso a los créditos volvemos al patio de butacas y vemos, con la imagen en negativo, todo los cadáveres repartidos por los asientos y cómo un individuo apunta con una recortada hacia nosotros los espectadores, y dispara. Entonces, Phillip Penza rompe la cuarta pared y, dirigiéndose a nosotros, aparece soltando un discursito anti violencia, acusándonos de haber disfrutado de esta durante el visionado, en lugar de ser mejores personas con nuestros congéneres. También insta a que, si somos testigos de una de estas catástrofes humanas, en lugar de utilizar nuestros móviles para grabar, lo usemos para llamar a emergencias. Todo muy moralista, con un tufo evangélico-cristiano que tira de espaldas y no exento de vergüenza ajena. Además de hipócrita, porque menudo discursito se suelta después de haber hecho una película en la que solamente hay muerte y disparos, se sitúa el resto del reparto detrás de él, incluidos Kane y Lamas, y citan un lugar real en el que ha ocurrido alguna de estas matanzas, a saber; el 11 de Septiembre, la maratón de Boston, Columbine… o el cine donde un zumbado disfrazado del Joker se lió a tiros durante la proyección de “El caballero oscuro”. Para mear y no echar gota.
Todo esto hace a Penza sumamente fascinante. Pero claro, ver una película suya supone un sobre esfuerzo. Supongo que iré consumiendo algunas poco a poco (además en todas sale Big Daddy Kane que ha debido cogerle el gusto a la mierda, porque, después de estas experiencias con Penza, le podemos ver metido hasta el cuello en otras producciones similares de otros realizadores baratos), pero sin demasiada fruición porque, al final, no son más que la mierda que podría hacer cualquiera de ustedes con un par de contactos, un par de actores en decadencia, y un par de cámaras y móviles de última generación: la nada más absoluta. No obstante, si les puede la curiosidad, Penza es responsable de títulos como “Real Blood”, “Boyz from the streetz” o “Water”.
Quizás el amigo aparezca de nuevo por aquí en el futuro. Pero no les aseguro nada.
sábado, 20 de julio de 2024
VIAJE AL CENTRO DE LOS CRAMPS + AXEGRINDER 666
Siempre he sentido bastante simpatía por "The Cramps". Desde que los descubrí a mediados de los ochenta adquiriendo el vinilo de "El regreso de los muertos vivientes", sin saber ande coño me metía, pero sistemáticamente atraído por esa irrepetible y maravillosa cubierta. Y redondeado, el mismo periodo, por su entonces recién editado "A date with Elvis", regalo cumpleañoso de mi hermana. Con el tiempo me pillaría más material del combo y, aunque no lo escucho asiduamente, de vez en cuando cae y entra bien (o mal, pero simplemente porque no es el momento adecuado. Esas cosas pasan con sonidos tan específicos). Llegados los noventa, "The Cramps" comenzó su lento y progresivo declive, hasta la muerte del frontman, y absoluta mitad de su mero existir, Lux Interior. El otro cincuenta por ciento, como saben, era cosa de la carismática guitarrista, Poison Ivy. Pues, justo, sobre ellos gira este "Viaje al centro de los Cramps", firmado Dick Porter, una notable biografía por la que sentía franca curiosidad y anduve persiguiendo hasta dar con ella en una biblioteca. Así, en plan revisión generalista, se puede decir que la lectura es amena, genuinamente entretenida, con buen ritmo... aunque, al chaparlo, te queda una sensación raruna de la que aluego hablaré.
"The Cramps" eran Lux e Ivy. Ivy y Lux. El resto, peña que pasaba por allí, dejaba más o menos huella, y terminaban largándose por distintos motivos. La historia de aquel par es sanamente envidiable. Dos personas de apetencias peculiares y un pelo excéntricas se conocen, se gustan, se aman, echan adelante su sueño de tener un grupo de genuino rock and roll, a pesar de no disponer de la mínima experiencia, y triunfan. Vivieron juntitos las décadas siguientes, gozando de la aventura musical y alguna extra de tipo cinematográfica que, obvio, son las que más cosquillas me daban mientras leía. Que sí, que el cine es mi primer amor, a pesar de los pesares.
Los "Cramps" participaron como actores en "The Foreigner" de Amos Poe (donde agredían con genuinas navajas y consiguientes cortes reales a su protagonista, Eric Mitchell, dato este ignorado en el libro). Aportaron una canción fabulosa a la mentada "El regreso de los muertos vivientes" (en la época se decía que también salían interpretando a unos zombies, pero el tochito no lo confirma... ni desmiente). Colaboraron en el "Drácula" de Coppola. John Waters rechazó unos temas que grabaron para "Cry-Baby, el lágrima" (básicamente porque dejó el curro a un subordinado. Otra muestra más de la discutible "autenticidad" del mangante y vendido director de "Pink Flamingos", ¡¡¡espero que ardas en el infierno!!!) y, por supuesto, Lux puso voz a una resultona copla de "Bob Esponja".
El resto, lo estrictamente musical, no se sale de la norma. Disco nuevo, consiguiente gira. Y así todo el rato, con pequeños momentos de pausa para contarnos puntuales trifulcas. Pero sin mucha variación. Y, de hecho, pasa con la bio de los "Cramps" lo mismo que con la de Mel Brooks. O la de Dario Argento. A medida que los años van sumándose, y el grupo asentando y profesionalizando, todo se vuelve más monótono. Desapasionado. Rutinario. Lux e Ivy se limitaban a cumplir con su curro y poco más, materia esta que contribuye al poso raro del que hablaba. Pero esas cosas ocurren cuando, como digo, alcanzas ciertas cotas de popularidad y credenciales. Nada que criticar al respecto. Desde el principio, Lux e Ivy tenían clarísimo que no deseaban ser de culto, su intención consistía en triunfar a lo grande y formar parte del mainstream, solo que sin cambiar un ápice su manera de hacer. Obviamente iba a ser prácticamente imposible... pero consiguieron aproximarse mucho.
Y, justo, gracias a la lectura, me dio por revisar algunos de sus discos. Decidí que serían el acompañamiento ideal para ilustrar sonoramente el visionado de sendas ponzoñas. A estas alturas ya deberían conocer mi hobby. Y, buscando, me decanté por una titulada "Axegrinder 666" (no lo niego, su llamativa caratula contribuyó).
Es un fenómeno tan fascinante como desconcertante. El mundillo del SOV y, por ende, el de las plataformas, anda plagado de auténticas franquicias adscritas al slasher. Títulos compuestos de interminables entregas, con sus propios pseudo-Jasons (la verdadera razón de que existan), siendo "Truth or Dare" (cuya primera dosis llegó acá bajo el título de "Eliminator") o "Camp Blood" las más extensas. Incluyan en el pack a "Axegrinder" y sus seis chutes. Ninguno consumible más allá de su terreno. Sin embargo, y ahí viene la parte fascinante, es tanto el tirón que gastan esta clase de subsubproductos que, eventualmente, su responsabilidad "directiva" recae en manos de ciertos "nombres" -dentro de lo suyo, el "clickxploitation"- como los de Mark Polonia, Joe Sherlock o Dustin Ferguson.
La parte desconcertante viene dada por el hecho de que, en fin, como dijo aquel en una ocasión, ¿qué sentido tiene querer situarse tras una cámara para dejar explotar tu creatividad y, luego, decantarse por el más rutinario, inimaginativo y hueco de los subgéneros? ¿cuánto más dará de sí el asunto de los campistas acosados y espachurrados por un tipo con careta? En el fondo, si lo miras bien, el devoto de esta clase de películas dedica gran parte de su tiempo de ocio a ver personas insufribles haciendo cosas inútiles y dialogar sin decir nada, a base de cháchara interminable y vacía, durante minutos y minutos y minutos... solo para poder presenciar un par de tetas -otra reflexión: ¿qué son sino dos bolsas de grasa colgantes?, ¿de verdad nos ponen tanto como para justificar tal mandanga?- y un par de crímenes que, encima, ni son creativos ni espectaculares. Triste y miserable existencia la nuestra, amigos.
En el caso de "Axegrinder 666" todo eso se multiplica por diezmil. Para empezar, la pandi de víctimas son un grupo de góticos -en su universo no existe nadie más que no pertenezca al gremio- que ya suman unos cuantos años de edad -incluso más de unos cuantos- y otros tantos de grasa, especialmente si nos referimos a las señoritas. Hablan y hablan, sobreactúan, dicen sandeces sin descanso, son absolutamente inaguantables, irritantes, totalmente "anti-empatizantes", para, finalmente, caer en las zarpas del asesino de rigor. ¿Merece la pena la espera? No mucho, la verdad...
Los efectos gore resultan de lo más rudimentario, echando mano de material de un "Party Fiesta" al que han añadido algo de pintura roja y algún cacho de carne cruda sacada del supermercado, pero poco más. El mismo asesino luce, tras la reglamentaria careta, otra en plan cadavérico que, se supone, es su verdadero rostro. La embadurnan de tomate para disimular, pero los agujeros de los ojos siguen dando el cante. No me entiendan mal, ¡adoro esas tácticas! pero solo cuando no pretenden hacerse pasar por genuinas, menos formando parte de algo que intenta desesperadamente parecerse al cine de verdad, sin lograrlo. Y uno se ofusca porque, entiende, un producto de esta naturaleza debería cuanto menos ofrecer ingentes cantidades de la más extrema violencia, a base de detallada carnicería efectuada látex mediante por algún voluntarioso fan del género. Si le quitas eso, ¡¿qué demonios queda?! y, por ende, ¡¿qué sentido tiene su mero existir?!
En fin. ¿Algo bueno que decir? pues sí, Cara Fay, actriz de talento y belleza que merecería más suerte, y el desenlace, no del todo desdeñable. El único momento de la función donde, por fin, osan transgredir un pelín la biblia del slasher. Lástima que, para entonces, ya sea demasiado tarde.
"The Cramps" eran Lux e Ivy. Ivy y Lux. El resto, peña que pasaba por allí, dejaba más o menos huella, y terminaban largándose por distintos motivos. La historia de aquel par es sanamente envidiable. Dos personas de apetencias peculiares y un pelo excéntricas se conocen, se gustan, se aman, echan adelante su sueño de tener un grupo de genuino rock and roll, a pesar de no disponer de la mínima experiencia, y triunfan. Vivieron juntitos las décadas siguientes, gozando de la aventura musical y alguna extra de tipo cinematográfica que, obvio, son las que más cosquillas me daban mientras leía. Que sí, que el cine es mi primer amor, a pesar de los pesares.
Los "Cramps" participaron como actores en "The Foreigner" de Amos Poe (donde agredían con genuinas navajas y consiguientes cortes reales a su protagonista, Eric Mitchell, dato este ignorado en el libro). Aportaron una canción fabulosa a la mentada "El regreso de los muertos vivientes" (en la época se decía que también salían interpretando a unos zombies, pero el tochito no lo confirma... ni desmiente). Colaboraron en el "Drácula" de Coppola. John Waters rechazó unos temas que grabaron para "Cry-Baby, el lágrima" (básicamente porque dejó el curro a un subordinado. Otra muestra más de la discutible "autenticidad" del mangante y vendido director de "Pink Flamingos", ¡¡¡espero que ardas en el infierno!!!) y, por supuesto, Lux puso voz a una resultona copla de "Bob Esponja".
El resto, lo estrictamente musical, no se sale de la norma. Disco nuevo, consiguiente gira. Y así todo el rato, con pequeños momentos de pausa para contarnos puntuales trifulcas. Pero sin mucha variación. Y, de hecho, pasa con la bio de los "Cramps" lo mismo que con la de Mel Brooks. O la de Dario Argento. A medida que los años van sumándose, y el grupo asentando y profesionalizando, todo se vuelve más monótono. Desapasionado. Rutinario. Lux e Ivy se limitaban a cumplir con su curro y poco más, materia esta que contribuye al poso raro del que hablaba. Pero esas cosas ocurren cuando, como digo, alcanzas ciertas cotas de popularidad y credenciales. Nada que criticar al respecto. Desde el principio, Lux e Ivy tenían clarísimo que no deseaban ser de culto, su intención consistía en triunfar a lo grande y formar parte del mainstream, solo que sin cambiar un ápice su manera de hacer. Obviamente iba a ser prácticamente imposible... pero consiguieron aproximarse mucho.
Y, justo, gracias a la lectura, me dio por revisar algunos de sus discos. Decidí que serían el acompañamiento ideal para ilustrar sonoramente el visionado de sendas ponzoñas. A estas alturas ya deberían conocer mi hobby. Y, buscando, me decanté por una titulada "Axegrinder 666" (no lo niego, su llamativa caratula contribuyó).
Es un fenómeno tan fascinante como desconcertante. El mundillo del SOV y, por ende, el de las plataformas, anda plagado de auténticas franquicias adscritas al slasher. Títulos compuestos de interminables entregas, con sus propios pseudo-Jasons (la verdadera razón de que existan), siendo "Truth or Dare" (cuya primera dosis llegó acá bajo el título de "Eliminator") o "Camp Blood" las más extensas. Incluyan en el pack a "Axegrinder" y sus seis chutes. Ninguno consumible más allá de su terreno. Sin embargo, y ahí viene la parte fascinante, es tanto el tirón que gastan esta clase de subsubproductos que, eventualmente, su responsabilidad "directiva" recae en manos de ciertos "nombres" -dentro de lo suyo, el "clickxploitation"- como los de Mark Polonia, Joe Sherlock o Dustin Ferguson.
La parte desconcertante viene dada por el hecho de que, en fin, como dijo aquel en una ocasión, ¿qué sentido tiene querer situarse tras una cámara para dejar explotar tu creatividad y, luego, decantarse por el más rutinario, inimaginativo y hueco de los subgéneros? ¿cuánto más dará de sí el asunto de los campistas acosados y espachurrados por un tipo con careta? En el fondo, si lo miras bien, el devoto de esta clase de películas dedica gran parte de su tiempo de ocio a ver personas insufribles haciendo cosas inútiles y dialogar sin decir nada, a base de cháchara interminable y vacía, durante minutos y minutos y minutos... solo para poder presenciar un par de tetas -otra reflexión: ¿qué son sino dos bolsas de grasa colgantes?, ¿de verdad nos ponen tanto como para justificar tal mandanga?- y un par de crímenes que, encima, ni son creativos ni espectaculares. Triste y miserable existencia la nuestra, amigos.
En el caso de "Axegrinder 666" todo eso se multiplica por diezmil. Para empezar, la pandi de víctimas son un grupo de góticos -en su universo no existe nadie más que no pertenezca al gremio- que ya suman unos cuantos años de edad -incluso más de unos cuantos- y otros tantos de grasa, especialmente si nos referimos a las señoritas. Hablan y hablan, sobreactúan, dicen sandeces sin descanso, son absolutamente inaguantables, irritantes, totalmente "anti-empatizantes", para, finalmente, caer en las zarpas del asesino de rigor. ¿Merece la pena la espera? No mucho, la verdad...
Los efectos gore resultan de lo más rudimentario, echando mano de material de un "Party Fiesta" al que han añadido algo de pintura roja y algún cacho de carne cruda sacada del supermercado, pero poco más. El mismo asesino luce, tras la reglamentaria careta, otra en plan cadavérico que, se supone, es su verdadero rostro. La embadurnan de tomate para disimular, pero los agujeros de los ojos siguen dando el cante. No me entiendan mal, ¡adoro esas tácticas! pero solo cuando no pretenden hacerse pasar por genuinas, menos formando parte de algo que intenta desesperadamente parecerse al cine de verdad, sin lograrlo. Y uno se ofusca porque, entiende, un producto de esta naturaleza debería cuanto menos ofrecer ingentes cantidades de la más extrema violencia, a base de detallada carnicería efectuada látex mediante por algún voluntarioso fan del género. Si le quitas eso, ¡¿qué demonios queda?! y, por ende, ¡¿qué sentido tiene su mero existir?!
En fin. ¿Algo bueno que decir? pues sí, Cara Fay, actriz de talento y belleza que merecería más suerte, y el desenlace, no del todo desdeñable. El único momento de la función donde, por fin, osan transgredir un pelín la biblia del slasher. Lástima que, para entonces, ya sea demasiado tarde.
sábado, 30 de diciembre de 2023
APEX PREDATORS.. O LA TEORÍA DEL CLICKXPLOITATION
Antaño, una vez terminadas de rodar, las películas pasaban por las zarpas del productor, el distribuidor y el exhibidor. Quieras que no, eran sometidas a alguna clase de juicio o escrutinio y, si se consideraba necesario, un severo pulimiento. Legendarios son los remontajes que sufrieron varias obras de Jesús Franco por parte de aquellos que las producían y/o financiaban. Bien, eso se acabó. Las nuevas tecnologías han arrasado con todos los intermediarios. Ahora la película pasa directamente del ordenador del filmmaker a las plataformas. Sin intromisión ajena. Cosa que, en algunos casos se puede considerar una buena noticia pero, en otros, una.... ¿putada para los que luego amoquinarán por consumirlas?. Veámoslo...
El asentamiento del streaming, y la mentada facilidad que otorgan las nuevas herramientas digitales, han dado fondo y forma a un fenómeno prodigado los últimos tiempos: el "clickxploitation", una variación del llamado "cine de explotación" que consiste en, eso, lograr un click, el del botón reproductor.
Bien, ahora pónganse en la piel de un tipo sin escrúpulos cuya finalidad en la vida, su "raison d'être", consiste en llenar dichas plataformas de productos desalmados con una única misión: ser visionados (es decir, que den dinero) a cualquier precio, importándole un puto pimiento el posible espectador. Y no una o dos veces, cientos. Toda una filmografía creada con esa misma intención. Cantidad en pos de calidad, pero a lo bestia. Ese señor existe y ya habíamos hablado de él por acá unas cuantas veces, Dustin Ferguson.
Probablemente no sea el único, pero sí el más desvergonzado y prolífico, representante de toda una generación de nuevos "cineastas" dedicados a la explotación del click. Un director de ¿cine? nacido en, por y para la era digital. Es decir, graba en vídeo. Tiene presencia en toooodas las plataformas imaginables, así como en cada una de las redes sociales. También dispone de una completa ficha en IMDB. Y todo como parte de un plan, darse a conocer para que la gente, ya sea por interés, pero, sobre todo, morbo/curiosidad, quiera ver una de sus películas.
Durante mucho tiempo Víctor y yo vivimos convencidos que Dustin Ferguson lo que buscaba era figurar, jugar a ser un director de cine antes que a producir algo realmente de valor. De interés. Un mal también muy extendido estos tiempos, y que salpica a muchos de los actuales vídeo-creadores que pululan por la red, incluido este país. Para su especie, lo primordial consiste en sacarse muchas fotos junto a una cámara, correr a inflar una filmografía, dar entrevistas o lograr que le dediquen artículos y poder escribir aquello de "Filmmaker" en su perfil. Pero ahora ya tengo dudas. Creo que lo de Ferguson es incluso más bajo, porque normalmente el "figurador" ama el cine, y le pierde el deseo de formar parte de él. Pero Don Dustin lo utiliza para un fin, generar clicks (no me entiendan mal, es lícito y respetable buscar enriquecerse, solo que, al menos, ponle un poco de empeño, mamón). Y la función de todo el paripé promocional consiste, como decía, en atraer incautos divididos en dos tipos. Por un lado, el espectador ignorante/inocente que no tiene ni idea y únicamente pretende ver una película que le entretenga. Por otro, los fans del cine fantástico y, especialmente, aquellos pintamonas que se auto proclaman devotos de la "serie B" o el cine "trash" sin saber realmente en qué consiste. Virus este que incluso ha infectado a festivales, tal y como certificaba esto que leí hace poco en trágica alusión a una serie de películas amateurs con pretensiones de cine legítimo: "El certamen refleja la buena salud de la que goza actualmente el cine independiente de serie B rodado en España". Usan el término "serie B" como si fuese un género, desproveyéndolo de su genuina condición mercantil e ignorando su desaparición a finales de los años cincuenta. Que algo así lo diga un fan paleto, tiene un pase. Pero que sea todo un festival, es el acabose (claro que, como en el asunto de producir largometrajes, hoy cualquiera puede organizar un evento peliculero -de terror- y, en fin, pasa lo que pasa) Perdonen el arrebato, pero no he podido evitarlo. Decía que ese tipo de "fan idiota" es el 50% del público de un director "clickxploitation". Al primero, al inocente, lo engañas con un cartel espectacular y un título atractivo. Al segundo con alguna referencia a otro film considerado clásico o de culto. También exagerando los elementos delirantes y ridículos de tu subproducto, que ahora se lleva mucho.
Bien, ahora pónganse en la piel de un tipo sin escrúpulos cuya finalidad en la vida, su "raison d'être", consiste en llenar dichas plataformas de productos desalmados con una única misión: ser visionados (es decir, que den dinero) a cualquier precio, importándole un puto pimiento el posible espectador. Y no una o dos veces, cientos. Toda una filmografía creada con esa misma intención. Cantidad en pos de calidad, pero a lo bestia. Ese señor existe y ya habíamos hablado de él por acá unas cuantas veces, Dustin Ferguson.
Probablemente no sea el único, pero sí el más desvergonzado y prolífico, representante de toda una generación de nuevos "cineastas" dedicados a la explotación del click. Un director de ¿cine? nacido en, por y para la era digital. Es decir, graba en vídeo. Tiene presencia en toooodas las plataformas imaginables, así como en cada una de las redes sociales. También dispone de una completa ficha en IMDB. Y todo como parte de un plan, darse a conocer para que la gente, ya sea por interés, pero, sobre todo, morbo/curiosidad, quiera ver una de sus películas.
Durante mucho tiempo Víctor y yo vivimos convencidos que Dustin Ferguson lo que buscaba era figurar, jugar a ser un director de cine antes que a producir algo realmente de valor. De interés. Un mal también muy extendido estos tiempos, y que salpica a muchos de los actuales vídeo-creadores que pululan por la red, incluido este país. Para su especie, lo primordial consiste en sacarse muchas fotos junto a una cámara, correr a inflar una filmografía, dar entrevistas o lograr que le dediquen artículos y poder escribir aquello de "Filmmaker" en su perfil. Pero ahora ya tengo dudas. Creo que lo de Ferguson es incluso más bajo, porque normalmente el "figurador" ama el cine, y le pierde el deseo de formar parte de él. Pero Don Dustin lo utiliza para un fin, generar clicks (no me entiendan mal, es lícito y respetable buscar enriquecerse, solo que, al menos, ponle un poco de empeño, mamón). Y la función de todo el paripé promocional consiste, como decía, en atraer incautos divididos en dos tipos. Por un lado, el espectador ignorante/inocente que no tiene ni idea y únicamente pretende ver una película que le entretenga. Por otro, los fans del cine fantástico y, especialmente, aquellos pintamonas que se auto proclaman devotos de la "serie B" o el cine "trash" sin saber realmente en qué consiste. Virus este que incluso ha infectado a festivales, tal y como certificaba esto que leí hace poco en trágica alusión a una serie de películas amateurs con pretensiones de cine legítimo: "El certamen refleja la buena salud de la que goza actualmente el cine independiente de serie B rodado en España". Usan el término "serie B" como si fuese un género, desproveyéndolo de su genuina condición mercantil e ignorando su desaparición a finales de los años cincuenta. Que algo así lo diga un fan paleto, tiene un pase. Pero que sea todo un festival, es el acabose (claro que, como en el asunto de producir largometrajes, hoy cualquiera puede organizar un evento peliculero -de terror- y, en fin, pasa lo que pasa) Perdonen el arrebato, pero no he podido evitarlo. Decía que ese tipo de "fan idiota" es el 50% del público de un director "clickxploitation". Al primero, al inocente, lo engañas con un cartel espectacular y un título atractivo. Al segundo con alguna referencia a otro film considerado clásico o de culto. También exagerando los elementos delirantes y ridículos de tu subproducto, que ahora se lleva mucho.
Así las cosas, y por si todavía dudan, ahí va una prueba. Hace unas noches, empujado por la vil curiosidad, vi una de las incontables aportaciones al subgénero de tiburones desalmados de Dustin Ferguson, "Apex Predators" (originalmente concebida "Jaws of Los Angeles"). La experiencia fue muy reveladora. Los primeros quince minutos consistían en imágenes submarinas de peces e inevitables escualos nadando alegremente, seguidas de tomas aéreas a base de dron sobrevolando alguna clase de resort paradisíaco. Todo ello a muy alta calidad, bien rodado, fotografiado, etc. Obviamente, se trataba de material de stock, imágenes ajenas listas para adquirir e incorporar a tu peliculita. Sabía de la tendencia de Ferguson a explotar tal recurso, pero esta vez me sorprendió lo mucho que abusaba. Sí, claro, la idea consistía en rellenar minutos de metraje, no lo duden. Pero ahí había algo más. Y entonces lo entendí.
Se trataba de engañar al espectador, al pobre diablo que le da al click, quien, ante semejante material digno de todo un "National Geographic", tan bello, bien parido y convincente, aguantaría sin presionar el stop, esperando que comenzara la verdadera acción. Para cuando ocurre, el cambio es traumático. De pronto vemos a dos chorbas, realmente desagradables, tomando el sol en top-less, actuando con el culo y vomitando diálogos chuscos repletos de clichés. Grabadas además en un evidente vídeo de baja estofa a base de imágenes tambaleantes sobrexpuestas, quemadas. El contraste con el material previo resulta abismal. Es aquí cuando, seguramente, el espectador se sienta engañado y detenga la "proyección"... pero... ¿ha acumulado ya los suficientes minutos como para generar alguna clase de ganancia? ¿o se trata de dar tiempo a que salten cuantos más anuncios, mejor (ya que la película se ofrece gratuitamente)? Desconozco cómo funciona el streaming, pero no me extrañaría ir bien encaminado. Claro, esto, una sola vez, no da para mucho. Ahora multiplíquenlo por diez.... o veinte.... y en tres, cuatro o cinco plataformas distintas, independientemente de su popularidad. Entonces la cosa cambia.
A partir de ahí, "Apex Predators" se convierte en un auténtico festival de "me importa una puta mierdeismo". Ferguson termina de rellenarla a base de los personajes dando garbeos interminables, charlas eternas, imágenes sin fin de playas y... pocos tiburones. O casi ninguno. Por cierto, uno de los implicados en la estafa es el colega Shawn C. Phillips, auténtico "superstar" del "clickxploitation".
Las jugarretas de Dustin Ferguson no se limitan a lo expuesto. Hay más. Como coger tres películas suyas previas con payaso chungo, recortarlas reduciéndolas a lo esencial, y hacerlas formar parte de una cuarta en plan antología (exactamente la misma estrategia seguida en su día por los productores de "Noche en el tren del terror"). Abusar hasta la náusea del filtro de "película rayada", sin ton, ni son, ni sentido alguno. Grabar secuelas de títulos añejos libres de derechos (caso de "Noche silenciosa... noche sangrienta", por decir una). Y alcanzar duraciones no superiores a los cincuenta minutos. A veces, menos.
Lo doloroso del caso es que, incluso así, los hay que le dedican reseñas positivas en Letterboxd. Vale, posiblemente peque de ingenuo y sea él, o un amigo suyo, o su puta madre, pero me ofusca pensar que podría ser material genuino.
Cuando descubrí que el primer corto juvenil de Dustin Ferguson fue una secuela del "Scalps" de Fred Olen Ray, me enterneció. Semejante dato debería garantizar que el tipo es un enamorado del cine. Pero, visto lo visto, o nos ha engañado a todos, o algo se torció en el camino. Tal y como lo veo, sus maneras distan mucho de amar lo que factura. Si estuviese en la piel de Fred Olen Ray (la versión "High Tech" del "clickxploitation") me deprimiría saber que fui indirecto creador de semejante monstruo.
La "clickxploitation" -y, sobre todo, Dustin Ferguson- representa el punto más bajo del "exploitation", quedando reducido a su mínima expresión. Lo más elemental y básico. Siempre se ha tratado de un póster chulo y un título llamativo, aunque tras ello había una película lista para consumir. Ahora son esas dos cosas, el click y.... prácticamente NADA.
Si consideramos que esa ha sido su evolución desde los tiempos del pionero Dwain Esper, y añadimos a la ensalada lo rápido y despiadadamente que cada nuevo juguete tecnológico nace y se impone, da canguelo pensar en cómo serán las cosas dentro de, pongamos, diez años.
Por supuesto, no estoy rajando del streaming -como mucho pazguato querrá entender-. Me parece fantástico. El palo va contra los que lo utilizan del modo más fraudulento. Ofreciendo cero a cambio. Un cero sin gracia, ni encanto.
Si consideramos que esa ha sido su evolución desde los tiempos del pionero Dwain Esper, y añadimos a la ensalada lo rápido y despiadadamente que cada nuevo juguete tecnológico nace y se impone, da canguelo pensar en cómo serán las cosas dentro de, pongamos, diez años.
Por supuesto, no estoy rajando del streaming -como mucho pazguato querrá entender-. Me parece fantástico. El palo va contra los que lo utilizan del modo más fraudulento. Ofreciendo cero a cambio. Un cero sin gracia, ni encanto.
sábado, 4 de noviembre de 2023
KILLING BIRDS (LOS PÁJAROS ASESINOS)
Ya cuando el "fetuccini horror" ochentero entraba en serio declive -es decir, 1988- van Flora Films y Filmirage (la factoría comandada por Aristide Massaccesi), dos titanes del exploitation con sabor a pasta -de la que se ingiere- y se rejuntan para parir a pachas "Killing Birds", estrenada en vídeo en las Españas con, básicamente, el mismo título y una frase promocional graciosamente engañosa, tal y como se estilaba entonces, "Vuelven los pájaros asesinos"... ¿vuelven, de dónde? Obviamente la distribuidora lanzaba ahí una referencia a ya saben qué clásico, por aquello de ver si alguien picaba. Curiosamente, en otros países se estrenó absurdamente como la quinta parte de la seudo-saga "Zombi", compuesta por dos primeras dosis genuinas (cortesía de Fulci + algún desaprensivo), seguida de una cuarta de mentirijillas según el inútil de Claudio Fragasso y coronada por hasta cuatro films, totalmente ajenos, que algunos yankis sin escrúpulos decidieron retitular. Concretamente, "Zombi VIII" la firma Dustin Ferguson... eso lo aclara todo. Sí, en "Killing Birds" hay zombies... aunque su origen es más sobrenatural que, hummm, accidental. Lo cierto es que la trama es un poco caótica y, si la pillas, es por los pelos.
Cual asesino de Rosemary, un militar llega al hogar, tras ejercer heróicamente en el campo de batalla, y se encuentra a su mujer fornicando con otro. Saca el cuchillo y los degüella. Justo después, se topa con una familia al completo, pues también me los cargo, aunque no al bebé. Ese me lo quedo. Y, de pronto, uno de los pajarracos de caza propiedad del militar sale de su jaula, le ataca y le saca un ojo. ¡Ea! El animal estaría ofendido ante semejante escabechina, no sé.
Pasan unos años y un grupo de estudiantes universitarios acuden a la zona del crimen en busca de un plumífero la mar de raro. Allí habita un sospechoso ornitólogo ciego. Y justo al lado está la casa donde ocurrió el crimen. ¿Qué hacen los chavales? Pues meterse en ella, provocando que los fantasmas torturados de las víctimas despierten, dispuestos a matarlos a todos. Así, por las buenas.
Claudio Lattanzi, que hasta entonces había currado como machaca o asistente en cosas bien conocidas como "Aquarius", "Ghost House" o "El engendro del diablo", se desvirgaba aquí en los roles de director y co-guionista. No debió hacerlo muy bien, porque el mismo Sr. Massaccesi terminó a los mandos del film (cosa que Lattanzi desmiente, por supuesto). En este caso, ambos mutaron en un solo seudónimo ridículo, el de Claude Milliken. El debutante no volvería a dirigir nada con cara y ojos hasta 2018 y, curiosamente, fue un documental que me encantaría ver, "Aquarius Visionarius, Il cinema di Michele Soavi". No deja de ser gracioso que, en su día, Soavi dedicara algo parecido a Argento ("Dario Argento's World of Horror", donde Lattanzi ejerció de asistente) y fuese Massaccesi quien le diera su primera oportunidad de dirigir, por lo que, podríamos decir, se siguió la tradición (ahora le tocaría a un aspirante centrar su docu en Claudio Lattanzi, pero dudo que ocurra mientras lo último que facturara aquel -hace tres años- sea una cosa con muy mala pinta titulada "Crucified" o "Everybody´s End", según donde).
Pasan unos años y un grupo de estudiantes universitarios acuden a la zona del crimen en busca de un plumífero la mar de raro. Allí habita un sospechoso ornitólogo ciego. Y justo al lado está la casa donde ocurrió el crimen. ¿Qué hacen los chavales? Pues meterse en ella, provocando que los fantasmas torturados de las víctimas despierten, dispuestos a matarlos a todos. Así, por las buenas.
Claudio Lattanzi, que hasta entonces había currado como machaca o asistente en cosas bien conocidas como "Aquarius", "Ghost House" o "El engendro del diablo", se desvirgaba aquí en los roles de director y co-guionista. No debió hacerlo muy bien, porque el mismo Sr. Massaccesi terminó a los mandos del film (cosa que Lattanzi desmiente, por supuesto). En este caso, ambos mutaron en un solo seudónimo ridículo, el de Claude Milliken. El debutante no volvería a dirigir nada con cara y ojos hasta 2018 y, curiosamente, fue un documental que me encantaría ver, "Aquarius Visionarius, Il cinema di Michele Soavi". No deja de ser gracioso que, en su día, Soavi dedicara algo parecido a Argento ("Dario Argento's World of Horror", donde Lattanzi ejerció de asistente) y fuese Massaccesi quien le diera su primera oportunidad de dirigir, por lo que, podríamos decir, se siguió la tradición (ahora le tocaría a un aspirante centrar su docu en Claudio Lattanzi, pero dudo que ocurra mientras lo último que facturara aquel -hace tres años- sea una cosa con muy mala pinta titulada "Crucified" o "Everybody´s End", según donde).
En el reparto de "Killing Birds" destacan el cuadriculado rostro de un acabadísimo Robert Vaughn, caracterizado con un maquillaje horrible, y la pizpireta Lara Wendel, aquella que se despelotó siendo una pre-púber en "Maladolescenza" y luego se prestaría a salir en cosas como "Tenebre", "Morirás a medianoche" o la mentada "Ghost House". A Leslie Cumming también podemos verla en otro subproducto de parecido calibre, "Witchcraft / Encuentro con la maldad" (o la cuarta parte de la saga "La Casa")
En cuanto a la película en sí misma, pues hombre, ya saben, no esperen nada. Ni siquiera "pájaros asesinos", porque no los hay. Como mucho, uno extrayendo un ojo -lo que no da para un buen título-
Una vez superado el aparentemente "diferente" arranque del film, luego la cosa se torna ultra-rutinaria, con los chavales siendo cazados por zombies a base de largos paseos y escenas de suspense sin suspense. Los efectos especiales son de lo más mediocres. Y el gore menos gráfico de lo habitual. Todo concluye de forma precipitada y altamente tontaina. Mala sí, pero con el filtro de la nostalgia, y poniéndole cierto cariño, se puede ver... sin dejar de visitar sus redes sociales o páginas web favoritas en el intervalo.
¡Ah! me dice la secre que la casa donde se comete el crimen también salía en "El más allá" de Fulci. ¿Pues bien, no?
En cuanto a la película en sí misma, pues hombre, ya saben, no esperen nada. Ni siquiera "pájaros asesinos", porque no los hay. Como mucho, uno extrayendo un ojo -lo que no da para un buen título-
Una vez superado el aparentemente "diferente" arranque del film, luego la cosa se torna ultra-rutinaria, con los chavales siendo cazados por zombies a base de largos paseos y escenas de suspense sin suspense. Los efectos especiales son de lo más mediocres. Y el gore menos gráfico de lo habitual. Todo concluye de forma precipitada y altamente tontaina. Mala sí, pero con el filtro de la nostalgia, y poniéndole cierto cariño, se puede ver... sin dejar de visitar sus redes sociales o páginas web favoritas en el intervalo.
¡Ah! me dice la secre que la casa donde se comete el crimen también salía en "El más allá" de Fulci. ¿Pues bien, no?
sábado, 19 de agosto de 2023
THE COMIC
No han sido pocas las veces que en este blog, y otros medios, hemos lamentado la incursión de herramientas digitales en el "séptimo arte". Somos conscientes que, actuando de tal modo, parecemos un par de viejas amargadas y llenas de manías. Pero es que, por mucho que lo intentemos, y por muy abierta que tengamos la mente, los ejemplos que nos van llegando de lo que podría denominarse "cine digital" no hacen más que demostrar lo justificado de dicha tirria. Dejando a un lado todos aquellos jovenzuelos pringadillos con más ansias de autodenominarse "filmmaker" que de facturar algo mínimamente decente o interesante con su jodido móvil, lo más crispante afecta a los veteranos. Directores de cine que activaron sus respectivas carreras en tiempos de celuloide, de un coste mínimo + un empeño máximo, de cuando facturar largometrajes era un pelo, y digo un pelo, más difícil, y no se hacía con la chorra. De cuando la etiqueta "trash" o "mala pero divertida" tenía sentido porque el esfuerzo, tanto humano como creativo, obligaba a dar lo mejor de uno mismo... si lo había. Si no lo había, era ya una cuestión de ADN. Pero desde luego, nada impostado. Dicho de otro modo, los años más "gloriosos" de Ted V Mikels, Doris Wishman, Ray Dennis Steckler, Herschell Gordon Lewis, Jesús Franco o Ulli Lommel. Cineastas que, llegado cierto momento, se quedaron sin montante. Nadie quería prestarles un chavo para llevar adelante sus delirios. Y se vieron obligados al retiro (o al frenazo, caso de Franco). Hasta la nefasta aparición de las herramientas digitales, descubriendo así que, no solo podían volver a hacer películas invirtiendo cantidades irrisorias -incluso facturarlas desde su puta casa, montando con el ordenata-, además eran totalmente libres. Sin dar cuentas a nadie, a ningún productor o distribuidor. Iban a hacer literalmente lo que les diera la santísima gana, demostrando al mundo -por fin- su genialidad. ¡Ouch! fatídico día aquel. Porque muchos de ellos -¿todos?- eran en realidad unos patatas. Siempre lo fueron. Y solo la intervención de un productor que les frenaba los desmanes de ego descontrolado o, por contra, un montador profesional dispuesto a repararles sus muchas cagadas, daban como resultado películas malísimas... pero con encanto, y "algo" que las hacía medianamente digeribles. Bien, la tecnología digital lo mató. Lo destruyó. Defecó en ello.
Lo sé, lo sé, no es esta una teoría muy popular. Pero, oiga, dejémonos de monsergas. Es así. Vale ya de romanticismo barato. Vale ya de dárselas de "cool" por adorar a incapaces con una cámara. Las obras de todos estos señores eran basurilla, lo que hizo la herrumbre digital fue aumentar el pestufo.
Por supuesto estoy hablando de "películas" de naturaleza "exploitation", cuyo fin es hacernos picar a través de un póster y una trama totalmente engañosos/as. Cine comercial en el sentido más puro del término. Destinado a complacer los bajos instintos de una audiencia. Si esos caballeros querían dárselas de artistas y hacerse video-pajas, pues que tuvieran la decencia de no tomar el pelo a nadie, asumiendo su condición "experimentosa" y, por tanto, minoritaria o directamente marginal. Un poco de honestidad, porfaplis.
Y ese es, exactamente, el caso de Richard Driscoll. Británico que debutó como director en el sagrado año 1985 con una cosa rarísima titulada "The Comic". Tras un par de films más, abandonó el cine. No hizo prácticamente nada durante los 90. Retomándolo en los 2000 gracias al despuntar de las nuevas tecnologías. Entonces, se puso a producir frenéticamente auténticas vasuras, con v de vídeo, innombrables e insoportables en su negación. Absolutamente deprimentes. Como esa secuela ilegal de "Grindhouse" titulada "Grindhouse 2wo" en la que una Linnea Quigley dolorosamente patética, situada frente a un croma, horriblemente maquillada de enfermera loca y leyendo muy descaradamente sus frases de una cartulina fuera de foco, introduce historias que no hay quien salve. Cuando los productores del "Grindhouse" original se enteraron, advirtieron a Driscoll que cambiara el título o le caía una demanda, de ahí que luego existiera otra versión (o a-versión) titulada "Grindhouse Nightmares". También tenemos "Eldorado 3D", batiburrillo protagonizado por un alcohólico y muy acabado Michael Madsen (porque resulta que Driscoll es mmmmuuuuyyyy fan de Tarantino, llegando a imitarle y parodiarle obsesivamente) que llevó a su director a la cárcel por evasión de impuestos. Salió un poco antes acompañado de un tío que se vendía como productor. Malas compañías. O compañías de inexplicable origen. Nadie comprende como Driscoll ha logrado, a lo largo de su carrera digital, contar con Peter O´Toole (ya muy maltrecho, y grabado en plan plano fijo + croma), Daryl Hannah, David Carradine, Jeff Fahey, Patrick Bergin, Brigitte Nielsen, Steve Guttenberg, Bill Moseley, Caroline Munro o el genial cómico Rik Mayall. Es decir, sí se comprende porque en la mayoría de los casos son gente que estaba ya muy pocha (de hecho, Moseley vivió una experiencia semejante -o peor!!- con "Mugworth"), y sus papeles se reducen casi a cameos (o a la voz, caso de Christopher Walken, y a saber si no estaba mangada de otro sitio). Pero es que el nivel de Richard Driscoll es TAN BAJO, que incluso estos nombres desentonan. Parece mentira que disponga de películas reales en su filmografía, con cara y ojos, rodadas en celuloide, haciendo gala de cierto esforzado estilismo. Lo que lleva pariendo los últimos años es más propio de un debutante sin muchas luces, ni muchas ideas, que se limita a seguir tendencias como una oveja inculta + descarriada, desesperada por sumar el mayor número posible de "clicks" en las plataformas de rigor, y deben toda su existencia a la economía de lo digital (vamos, un Dustin Ferguson cualquiera).
"The Comic" ya daba pistas de lo que estaba por venir. Driscoll hace gala de una auténtica negación a la hora de contarnos una historia. De entretenernos, darle algo de ritmo y lustre a su epopeya. Viéndola no te enteras de mucho. Y de lo que te enteras, tampoco merece demasiado la pena.
Lo sé, lo sé, no es esta una teoría muy popular. Pero, oiga, dejémonos de monsergas. Es así. Vale ya de romanticismo barato. Vale ya de dárselas de "cool" por adorar a incapaces con una cámara. Las obras de todos estos señores eran basurilla, lo que hizo la herrumbre digital fue aumentar el pestufo.
Por supuesto estoy hablando de "películas" de naturaleza "exploitation", cuyo fin es hacernos picar a través de un póster y una trama totalmente engañosos/as. Cine comercial en el sentido más puro del término. Destinado a complacer los bajos instintos de una audiencia. Si esos caballeros querían dárselas de artistas y hacerse video-pajas, pues que tuvieran la decencia de no tomar el pelo a nadie, asumiendo su condición "experimentosa" y, por tanto, minoritaria o directamente marginal. Un poco de honestidad, porfaplis.
Y ese es, exactamente, el caso de Richard Driscoll. Británico que debutó como director en el sagrado año 1985 con una cosa rarísima titulada "The Comic". Tras un par de films más, abandonó el cine. No hizo prácticamente nada durante los 90. Retomándolo en los 2000 gracias al despuntar de las nuevas tecnologías. Entonces, se puso a producir frenéticamente auténticas vasuras, con v de vídeo, innombrables e insoportables en su negación. Absolutamente deprimentes. Como esa secuela ilegal de "Grindhouse" titulada "Grindhouse 2wo" en la que una Linnea Quigley dolorosamente patética, situada frente a un croma, horriblemente maquillada de enfermera loca y leyendo muy descaradamente sus frases de una cartulina fuera de foco, introduce historias que no hay quien salve. Cuando los productores del "Grindhouse" original se enteraron, advirtieron a Driscoll que cambiara el título o le caía una demanda, de ahí que luego existiera otra versión (o a-versión) titulada "Grindhouse Nightmares". También tenemos "Eldorado 3D", batiburrillo protagonizado por un alcohólico y muy acabado Michael Madsen (porque resulta que Driscoll es mmmmuuuuyyyy fan de Tarantino, llegando a imitarle y parodiarle obsesivamente) que llevó a su director a la cárcel por evasión de impuestos. Salió un poco antes acompañado de un tío que se vendía como productor. Malas compañías. O compañías de inexplicable origen. Nadie comprende como Driscoll ha logrado, a lo largo de su carrera digital, contar con Peter O´Toole (ya muy maltrecho, y grabado en plan plano fijo + croma), Daryl Hannah, David Carradine, Jeff Fahey, Patrick Bergin, Brigitte Nielsen, Steve Guttenberg, Bill Moseley, Caroline Munro o el genial cómico Rik Mayall. Es decir, sí se comprende porque en la mayoría de los casos son gente que estaba ya muy pocha (de hecho, Moseley vivió una experiencia semejante -o peor!!- con "Mugworth"), y sus papeles se reducen casi a cameos (o a la voz, caso de Christopher Walken, y a saber si no estaba mangada de otro sitio). Pero es que el nivel de Richard Driscoll es TAN BAJO, que incluso estos nombres desentonan. Parece mentira que disponga de películas reales en su filmografía, con cara y ojos, rodadas en celuloide, haciendo gala de cierto esforzado estilismo. Lo que lleva pariendo los últimos años es más propio de un debutante sin muchas luces, ni muchas ideas, que se limita a seguir tendencias como una oveja inculta + descarriada, desesperada por sumar el mayor número posible de "clicks" en las plataformas de rigor, y deben toda su existencia a la economía de lo digital (vamos, un Dustin Ferguson cualquiera).
"The Comic" ya daba pistas de lo que estaba por venir. Driscoll hace gala de una auténtica negación a la hora de contarnos una historia. De entretenernos, darle algo de ritmo y lustre a su epopeya. Viéndola no te enteras de mucho. Y de lo que te enteras, tampoco merece demasiado la pena.
Digamos que estamos en un futuro Orwelliano. Hay un cómico de "stand up" que lo peta en los locales de moda. Y luego otro que se muere de envidia. Tanta como para provocar un asesinato. El cómico aspirante se carga al cómico de éxito y le quita el puesto. Afortunadamente algo de talento tiene, por lo que el público le adora y todo comienza a coger mejor color. Aparece una chavala que termina liada con él. Se aman, tanto como para tener una hija. Sin embargo, nos hacen saber que en realidad todo es el plan de una mano oculta para que la pava manipule al protagonista una vez lo tenga bien agarrado. Solo que no procede. Y aquel es detenido por una policía de tintes fascistoides -suponemos que por el asesinato del cómico famoso-, llevado a prisión y torturado. Entonces, la mujer se da a las drogas y la mala vida. Y... er.... ¿¿qué demonios me estás contando??...
De las muchísimas batallitas hilarantes protagonizadas por Richard Driscoll, ahí va mi favorita: Fue invitado a proyectar "The Comic" en una maratón de películas de terror. Llegado su momento, el público presente comenzó a aullar tan mosqueado y con tal fuerza, que el director se vio obligado a detener la proyección y salir por patas con las latas bajo el brazo. En su lugar pusieron "Terroríficamente muertos". No me sorprende lo más mínimo, "The Comic" queda lejos de ser terror. En realidad, es una especie de thriller con ribetes "artys", o de autor, tirando a indigentes. Muy "ochens" -como dicen los modernos- en lo estético (niebla a porrillo, luces de colores...) y en "tics" tan propios de la época como ese especie de video-clip que nos cuelan en medio de la película.
Lo cierto es que muchos de estos "filmmakers" provocan antipatía. Si fuesen seres humanos humildes y sin ínfulas, podríamos incluso disfrutar de sus cagadas audiovisuales por bien intencionadas, simpáticas, apasionadas, etc (por ejemplo, H.G.Lewis. Es cierto que le podía más el vil metal que nada, pero al menos sabía lo que hacía y no se tomaba en serio a sí mismo). Desafortunadamente, la mayoría gastaban un ego que espanta. Les perdía la soberbia. Se creían grandes artistas, genios incomprendidos. Y el caso de Richard Driscoll roza lo tolerable. "The Comic" es hasta pretenciosa. Y eso, cuando el talento está al nivel del cero absoluto, no se perdona. Para muestra, un botón: al concluir el aborto, el tipo da las gracias a aquellos que le ayudaron a finiquitarlo. El tamaño de las letras de su nombre -además subrayado- en comparación a las del mensaje, lo delatan.
De las muchísimas batallitas hilarantes protagonizadas por Richard Driscoll, ahí va mi favorita: Fue invitado a proyectar "The Comic" en una maratón de películas de terror. Llegado su momento, el público presente comenzó a aullar tan mosqueado y con tal fuerza, que el director se vio obligado a detener la proyección y salir por patas con las latas bajo el brazo. En su lugar pusieron "Terroríficamente muertos". No me sorprende lo más mínimo, "The Comic" queda lejos de ser terror. En realidad, es una especie de thriller con ribetes "artys", o de autor, tirando a indigentes. Muy "ochens" -como dicen los modernos- en lo estético (niebla a porrillo, luces de colores...) y en "tics" tan propios de la época como ese especie de video-clip que nos cuelan en medio de la película.
Lo cierto es que muchos de estos "filmmakers" provocan antipatía. Si fuesen seres humanos humildes y sin ínfulas, podríamos incluso disfrutar de sus cagadas audiovisuales por bien intencionadas, simpáticas, apasionadas, etc (por ejemplo, H.G.Lewis. Es cierto que le podía más el vil metal que nada, pero al menos sabía lo que hacía y no se tomaba en serio a sí mismo). Desafortunadamente, la mayoría gastaban un ego que espanta. Les perdía la soberbia. Se creían grandes artistas, genios incomprendidos. Y el caso de Richard Driscoll roza lo tolerable. "The Comic" es hasta pretenciosa. Y eso, cuando el talento está al nivel del cero absoluto, no se perdona. Para muestra, un botón: al concluir el aborto, el tipo da las gracias a aquellos que le ayudaron a finiquitarlo. El tamaño de las letras de su nombre -además subrayado- en comparación a las del mensaje, lo delatan.
viernes, 26 de agosto de 2022
AMITYVILLE IN THE HOOD
Tras la repercusión de su “The Amityville Legacy”, Dustin Ferguson continuó haciendo películas amateur como churros y a medida que se iba imponiendo el estilo idiotesco de “The Asylum” con los sharknados y demás, Ferguson, por demanda popular, fue idiotizando su estilo al mismo tiempo. Eso no fue óbice para que le sacara partido a su preciosa maqueta de la casa de Amityville y al hecho de que podía hacer tantas películas sobre el tema como le apeteciera puesto que no había derechos que amparasen a la franquicia. Así que grabó una segunda, más exagerada y con más efectos especiales que la primera, titulada “Amityville: The Evil never dies” (también conocida como “Amitivylle Clownhouse”) en la que esta vez se disponía de un payaso como móvil de la endeble trama.
Pero claro, cada vez es todo más como el coño de la Bernarda y se empiezan a estilar toda suerte de crossovers extraños, lo que propicia que montones de directores SOV quieran sacar provecho del nombre de Amityville rodando variantes a cada cual más desquiciada. El amigo Mark Polonia se saca de la manga “The Amityville Exorcism” y, más alocada todavía, “Amityville in Space”, pero también tenemos cosas ya absolutamente ridículas como “Amitivylle Thanksgivin”, una cosa cuya caratula expone en primer plano a un pavo de acción de gracias y, en la lejanía, la casa de Amityville (?) dirigida por un tal Will Collazo Jr., “Amityville Bigfoot” del youtuber/actor Shawn C. Phillips y, ya el colmo de la desfachatez, “Amityville Cop” de Gregory Hatanaka.
“Amityville in the hood” responde a una de estas variantes estúpidas, y la cosa consiste en ambientar Amityville en el gueto. Nada nuevo por otro lado, esto ya se ha hecho con anterioridad en la franquicia Leprechaun que llevaba al duende a los suburbios negros en dos películas, e incluso en el cine mainstream se ha coqueteado con mezclar horror y gangstas en films como “Bones” o “El convento del diablo”.
Así tenemos un grupo de pandilleros que roban una partida de marihuana cultivada en la casa de Amityville (??) y la distribuyen en Compton, en la otra punta del país, y como la marihuana está poseída por espíritus malignos se arma la marimorena. Una excusa como otra cualquiera para mostrarnos un par negratas (solo un par, que en el ambiente de Ferguson no debe haber demasiados) diciendo mother fucker continuamente y poco más.
Se trata de una película absolutamente incompetente que pretende tener una continuidad con los Amityvilles originales y con los títulos pergeñados por Ferguson, pero el individuo esta vez solo tiene la idea loca, sin nada que contarnos. Así, se la toma a total cachondeo e incluye escenas humorísticas, como la inicial en que una prostituta suelta chascarrillos con un pandillero que quiere que se la chupe por 20 dólares, para acto seguido ser eliminada de un disparo por el jefe de la pandilla por chuparla mal (otra vez ??). Por otro lado tenemos un detective que conduce por Compton y de esta manera Ferguson se quita de encima como diez minutazos de metraje, solucionando esto con un viajecito en coche por el gueto, grabando desde el asiento del copiloto y mostrándonos la miseria del suburbio en una travesía en coche real. También usa mucho relleno de exteriores filmados con drones, donde se saca de la manga una bonita panorámica nocturna de la estatua de la libertad que no viene ni a cuento. Y para rematar, y al mas puro estilo Amityville, más de media hora de metraje se compone de flashbacks que nos recuerdan acontecimientos de las dos anteriores películas de Ferguson sobre la celebre casa encantada… pero todo es impostado, nada genuino y hasta esos flashbacks están ahí de manera homenajística, (sin duda Ferguson podría haber desarrollado más la trama y ahorrarse el cortapega… pero hace cortapega porque en las películas originales de la saga se hacía y eso mola…) así que no tienen valor trash alguno. En letra de molde: “Amityville in the hood” es una basura. Y una estafa.
Ferguson además debe ser incluso consciente de esto, porque aunque todo el que la ha visto sabe que es una película suya, decide firmarla bajo el seudónimo Dark Infinity, váyanse ustedes a saber por qué.
Y sin más… Como siempre digo, estas películas sirven para saciar la curiosidad de uno, pero en pleno 2022 ni siquiera algo tan marciano como llevar Amityville al gueto es original o gracioso. Esto es ya el exploitation del exploitation del exploitation… pero en malo, mal hecho y aburrido.
Y todavía algún gilipollas se atreve a asegurar en la prensa especializada que Dustin Ferguson es el Roger Corman del siglo XXI. Algún amigo suyo, supongo. O algún gacetillero con cierto retraso mental. O algún desgraciado. O váyanse ustedes a saber.
Pero claro, cada vez es todo más como el coño de la Bernarda y se empiezan a estilar toda suerte de crossovers extraños, lo que propicia que montones de directores SOV quieran sacar provecho del nombre de Amityville rodando variantes a cada cual más desquiciada. El amigo Mark Polonia se saca de la manga “The Amityville Exorcism” y, más alocada todavía, “Amityville in Space”, pero también tenemos cosas ya absolutamente ridículas como “Amitivylle Thanksgivin”, una cosa cuya caratula expone en primer plano a un pavo de acción de gracias y, en la lejanía, la casa de Amityville (?) dirigida por un tal Will Collazo Jr., “Amityville Bigfoot” del youtuber/actor Shawn C. Phillips y, ya el colmo de la desfachatez, “Amityville Cop” de Gregory Hatanaka.
“Amityville in the hood” responde a una de estas variantes estúpidas, y la cosa consiste en ambientar Amityville en el gueto. Nada nuevo por otro lado, esto ya se ha hecho con anterioridad en la franquicia Leprechaun que llevaba al duende a los suburbios negros en dos películas, e incluso en el cine mainstream se ha coqueteado con mezclar horror y gangstas en films como “Bones” o “El convento del diablo”.
Así tenemos un grupo de pandilleros que roban una partida de marihuana cultivada en la casa de Amityville (??) y la distribuyen en Compton, en la otra punta del país, y como la marihuana está poseída por espíritus malignos se arma la marimorena. Una excusa como otra cualquiera para mostrarnos un par negratas (solo un par, que en el ambiente de Ferguson no debe haber demasiados) diciendo mother fucker continuamente y poco más.
Se trata de una película absolutamente incompetente que pretende tener una continuidad con los Amityvilles originales y con los títulos pergeñados por Ferguson, pero el individuo esta vez solo tiene la idea loca, sin nada que contarnos. Así, se la toma a total cachondeo e incluye escenas humorísticas, como la inicial en que una prostituta suelta chascarrillos con un pandillero que quiere que se la chupe por 20 dólares, para acto seguido ser eliminada de un disparo por el jefe de la pandilla por chuparla mal (otra vez ??). Por otro lado tenemos un detective que conduce por Compton y de esta manera Ferguson se quita de encima como diez minutazos de metraje, solucionando esto con un viajecito en coche por el gueto, grabando desde el asiento del copiloto y mostrándonos la miseria del suburbio en una travesía en coche real. También usa mucho relleno de exteriores filmados con drones, donde se saca de la manga una bonita panorámica nocturna de la estatua de la libertad que no viene ni a cuento. Y para rematar, y al mas puro estilo Amityville, más de media hora de metraje se compone de flashbacks que nos recuerdan acontecimientos de las dos anteriores películas de Ferguson sobre la celebre casa encantada… pero todo es impostado, nada genuino y hasta esos flashbacks están ahí de manera homenajística, (sin duda Ferguson podría haber desarrollado más la trama y ahorrarse el cortapega… pero hace cortapega porque en las películas originales de la saga se hacía y eso mola…) así que no tienen valor trash alguno. En letra de molde: “Amityville in the hood” es una basura. Y una estafa.
Ferguson además debe ser incluso consciente de esto, porque aunque todo el que la ha visto sabe que es una película suya, decide firmarla bajo el seudónimo Dark Infinity, váyanse ustedes a saber por qué.
Y sin más… Como siempre digo, estas películas sirven para saciar la curiosidad de uno, pero en pleno 2022 ni siquiera algo tan marciano como llevar Amityville al gueto es original o gracioso. Esto es ya el exploitation del exploitation del exploitation… pero en malo, mal hecho y aburrido.
Y todavía algún gilipollas se atreve a asegurar en la prensa especializada que Dustin Ferguson es el Roger Corman del siglo XXI. Algún amigo suyo, supongo. O algún gacetillero con cierto retraso mental. O algún desgraciado. O váyanse ustedes a saber.
lunes, 22 de agosto de 2022
THE AMITYVILLE LEGACY
Desde que es vox populi que cualquiera puede hacer una película de Amityville, uno llega a perder la cuenta de los títulos que se han facturado en el cine de bajo presupuesto y, sobre todo, en ese tipo de películas amateur que, al menos en los Estados Unidos, gozan de distribución comercial, antes en formato físico, ahora a través de las plataformas de streaming.
Lo curioso del asunto es que el fanatismo en USA muchas veces se presta a confundir velocidad con tocino y, una afamada web dedicada al cine de terror llamada 1428 Elm, elaboró un ranking con todas las películas de la saga Amityville, oficiales o no, ordenándolas de mejor a peor y, dentro de esta, aparece en el puesto número 11 la que nos ocupa, “The Amityville legacy”, quedando por encima de otras oficiales como por ejemplo “La casa de muñecas de Amityville”. Tampoco es que quedar el undécimo de un ranking de quince títulos sea gran cosa, y menos en una página destinada a pajilleros, pero esto le sirvió al director de esta cosa, Dustin Ferguson, para adquirir cierta notoriedad dentro del fandom. Al fin y al cabo se trataba de una película bastante fiel, no ya a los títulos originales, si no al caso real centrado en la familia De Feo, y que llevó adelante con tremenda seriedad y presupuesto nimio; “The Amityville Legacy” —también conocida como “The Amityville Toybox”— es una película amateur con todas las de la ley.
Explica el caso real de los De Feo en un flashback para pronto trasladar la acción a la actualidad y situarnos en el hogar de una familia que, celebrando el cincuenta cumpleaños del cabeza de familia, le regalan un mono con platillos que él había tenido cuando era pequeño (el típico mono con platillos que aparecía en las viejas películas de casas encantadas tipo “El regalo del diablo” o “El desván”). Resulta que este monito provenía de la choza de Amityville y, por lo tanto, está poseído por un demonio. De este modo el caballero que cumple años acabará igualmente poseído y, escopeta en ristre, arrasará con unos cuantos miembros de su familia.
Por supuesto, la película no tiene nada de especial más allá de lo en serio que se toma a sí misma y la intención de ser una secuela más de la franquicia pero facturada con tan solo una cámara de vídeo. También hay que darle crédito a la chulísima maqueta de la casa original que utiliza Ferguson, así como la suerte de ser el propietario de uno de esos terroríficos monitos con platillos, pero más allá de eso, nada. Aburrimiento, aburrimiento y más aburrimiento. Añádanle eternas conversaciones sostenidas por actores no profesionales que no ayudan a que la hora y cinco que pase en un santiamén. Nada nuevo en el horizonte.
Tampoco la película ha de desmerecer ese undécimo puesto en la lista de películas sobre Amityville elaborada por 1428 Elm porque, en justicia, hay que decir que muchas de las originales son peores que esta.
Por su lado, Dustin Ferguson era un individuo apasionado del cine de terror que desde bien pequeñito tenía claro que quería ser propietario de un videoclub, y eso era a lo que se quería dedicar profesionalmente. Acabaría sus estudios y, después, abriría su propio establecimiento. Sin embargo para cuando se graduó en la universidad, los videoclubes estaban desapareciendo y, aunque tuvo una intentona, montar un videoclub ya no era una opción de futuro, así que lo desechó. Como hacía pequeños cortos en sus ratos libres, a partir de 2007 se dedicó casi en exclusiva a la manufacturación personal y casera de largometrajes para su explotación en vídeo. Y, paradójicamente, no le ha ido mal. Desde entonces ha editado más de 100 títulos de variado pelaje, todo homenajes a sus títulos favoritos y que van desde el culto al mondo con “Faces of Dyin” al rape & revenge con “I drip blood on your grave”, convirtiéndose en los últimos tiempos en uno más de esos directores mercenarios de distribuidoras que hace 15 años podían tener algo de gracia, pero que a día de hoy no tienen ninguna y facturan imposibles e irritantes híbridos mezclando conceptos como dinosaurios y ébola en “Ebola Rex”, arañas y tornados en “Arachnado” y demás morralla sin alma para que piquen, en la venta de vídeos o plataformas de streaming, todos esos incautos rednecks de la América profunda que gustan de visionar estas basuras carentes de originalidad alguna.
Sin embargo, Ferguson se ha hecho un pequeño nombre con esto, sobre todo gracias a “The Amityville Legacy” que es su película más popular, y, visto lo visto, puede que la mejor de su extensa filmografía.
No se quedó contento con un solo Amityville, y destrozó el concepto más adelante, como verán el próximo día…
Lo curioso del asunto es que el fanatismo en USA muchas veces se presta a confundir velocidad con tocino y, una afamada web dedicada al cine de terror llamada 1428 Elm, elaboró un ranking con todas las películas de la saga Amityville, oficiales o no, ordenándolas de mejor a peor y, dentro de esta, aparece en el puesto número 11 la que nos ocupa, “The Amityville legacy”, quedando por encima de otras oficiales como por ejemplo “La casa de muñecas de Amityville”. Tampoco es que quedar el undécimo de un ranking de quince títulos sea gran cosa, y menos en una página destinada a pajilleros, pero esto le sirvió al director de esta cosa, Dustin Ferguson, para adquirir cierta notoriedad dentro del fandom. Al fin y al cabo se trataba de una película bastante fiel, no ya a los títulos originales, si no al caso real centrado en la familia De Feo, y que llevó adelante con tremenda seriedad y presupuesto nimio; “The Amityville Legacy” —también conocida como “The Amityville Toybox”— es una película amateur con todas las de la ley.
Explica el caso real de los De Feo en un flashback para pronto trasladar la acción a la actualidad y situarnos en el hogar de una familia que, celebrando el cincuenta cumpleaños del cabeza de familia, le regalan un mono con platillos que él había tenido cuando era pequeño (el típico mono con platillos que aparecía en las viejas películas de casas encantadas tipo “El regalo del diablo” o “El desván”). Resulta que este monito provenía de la choza de Amityville y, por lo tanto, está poseído por un demonio. De este modo el caballero que cumple años acabará igualmente poseído y, escopeta en ristre, arrasará con unos cuantos miembros de su familia.
Por supuesto, la película no tiene nada de especial más allá de lo en serio que se toma a sí misma y la intención de ser una secuela más de la franquicia pero facturada con tan solo una cámara de vídeo. También hay que darle crédito a la chulísima maqueta de la casa original que utiliza Ferguson, así como la suerte de ser el propietario de uno de esos terroríficos monitos con platillos, pero más allá de eso, nada. Aburrimiento, aburrimiento y más aburrimiento. Añádanle eternas conversaciones sostenidas por actores no profesionales que no ayudan a que la hora y cinco que pase en un santiamén. Nada nuevo en el horizonte.
Tampoco la película ha de desmerecer ese undécimo puesto en la lista de películas sobre Amityville elaborada por 1428 Elm porque, en justicia, hay que decir que muchas de las originales son peores que esta.
Por su lado, Dustin Ferguson era un individuo apasionado del cine de terror que desde bien pequeñito tenía claro que quería ser propietario de un videoclub, y eso era a lo que se quería dedicar profesionalmente. Acabaría sus estudios y, después, abriría su propio establecimiento. Sin embargo para cuando se graduó en la universidad, los videoclubes estaban desapareciendo y, aunque tuvo una intentona, montar un videoclub ya no era una opción de futuro, así que lo desechó. Como hacía pequeños cortos en sus ratos libres, a partir de 2007 se dedicó casi en exclusiva a la manufacturación personal y casera de largometrajes para su explotación en vídeo. Y, paradójicamente, no le ha ido mal. Desde entonces ha editado más de 100 títulos de variado pelaje, todo homenajes a sus títulos favoritos y que van desde el culto al mondo con “Faces of Dyin” al rape & revenge con “I drip blood on your grave”, convirtiéndose en los últimos tiempos en uno más de esos directores mercenarios de distribuidoras que hace 15 años podían tener algo de gracia, pero que a día de hoy no tienen ninguna y facturan imposibles e irritantes híbridos mezclando conceptos como dinosaurios y ébola en “Ebola Rex”, arañas y tornados en “Arachnado” y demás morralla sin alma para que piquen, en la venta de vídeos o plataformas de streaming, todos esos incautos rednecks de la América profunda que gustan de visionar estas basuras carentes de originalidad alguna.
Sin embargo, Ferguson se ha hecho un pequeño nombre con esto, sobre todo gracias a “The Amityville Legacy” que es su película más popular, y, visto lo visto, puede que la mejor de su extensa filmografía.
No se quedó contento con un solo Amityville, y destrozó el concepto más adelante, como verán el próximo día…
sábado, 20 de agosto de 2022
DIRECT TO VIDEO: STRAIGHT TO VIDEO HORROR OF THE 90´S
Dustin Ferguson es uno de esos "filmmakers de la era digital" que, gracias a las nuevas herramientas económicas y las plataformas, producen películas de terror como rosquillas, entre diez y veinte al año. No le falta nada, tiene varias de tiburones que cantan y bailan, sendas seudo-secuelas de Amityville, la del payaso asesino, la de zombies, el retro slasher. Todas las tendencias habidas y por haber en el submundo del zetismo, y en riguroso orden, perfectamente dispuestas en sendas plataformas de streaming a la desesperada búsqueda del click ("clickxploitation" lo llamo, algún día les hablaré a fondo de ello). Del montonazo destacan varios documentales que delatan sus apetencias pero, también, sus carencias, entre ellas el acabado algo costroso y descuidado de "Direct to Video: Straight to Video Horror of the 90´s".
Resulta complicado valorar cualquier tendencia creativa surgida en los noventa. No fueron años de mucho esplendor, siendo el terror donde la cosa andaba más jodida. Pero, claro, ahora que es tan "cool" reivindicarlo absolutamente todo, hasta los vídeos de YouTube donde se explica cómo cocinar croquetas, pues resulta desconcertantemente normal que a alguien le de por decir que los productos de tercera destinados al vídeo-club paridos en aquellos tiempos merecen ser atendidos. Pos fale. De todo tiene que haber en este mundo. Yo, como degustador insaciable y curioso incurable, me moría por ver cómo coño se lo montaban para defender tanta basurilla. Además, la ristra de cabezas parlantes era atractiva (siguiendo el mismo orden de Imdb): Clint Howard, Kelly Maroney, Lloyd Kaufman, Brinke Stevens, Tiffany Shepis, Fred Olen Ray, (el auténtico "hero" de Ferguson, quien comenzó su andadura amateur pariendo una secuela casera de "Scalps"!!), Jim Wynorski, Debra Lamb, Kevin Tenney, Rolfe Kanefsky, Jeff Burr, C.Courtney Joyner y el gran Chuck Cirino. Gracias al bueno de Romerito ayer mismo pude desquitarme.
Realmente, mi gran temor antes de darle al "Play" era la sobredosis de "geekismo" descontrolado que hoy lo salpica todo. Donde la desmedida pasión por cualquier chuminada ciega a los que la defienden, impidiéndoles comportarse como personas justas y racionales. Y de entrada, dichos temores parecían justificados: Ver al inicio dos logotipos de sendas productoras, uno imitando el rollo "grindhouse" setentero, y el otro el rollo "vhs rancio", me acojonaron. Tampoco ayudó la inmediata presencia de dos mongos esputando las tonterías de rigor, especialmente el que vende la moto de su condición punk-skater, recurriendo a la cantinela del "chico solitario que alquilaba esas películas con las que era feliz", para luego afirmar, sin ruborizarse, que sus "amigos" en realidad eran los personajes que pululaban por las producciones "Full Moon" de la década.
Comenzaba a sentir deseos de subirme por las paredes, cuando la cosa se calma y Dustin Ferguson da pie a los que de verdad interesan, los creadores de todo aquel cine (o "cine") que le dan al pico que da gusto, contando mil batallitas. Algunas no especialmente interesantes, ni divertidas (por mucho que el entrevistado se descojone durante el proceso), pero en general amenas.
Entre medias, cuela trailers o momentos concretos de las películas comentadas, pero procede de modo bastante poco certero, muy bruscamente, haciendo gala de cierto patosismo caótico a la hora del montaje, sobre todo introduciendo avances sin que veamos el título y, por ende, cuando aparece el invitado hablando, todavía no sepamos de qué jodida película se trata. En general es todo como muy deslavazado, una mera acumulación de peña dándole a la sin hueso carente de trama interna, ni nada específico.
Aunque lo verdaderamente ofuscante fue que, a pesar de toda la información recibida, no me estaba divirtiendo. Ni emocionando. Ni nada. El aburrimiento iba ganando la partida a cada minuto que se sumaba (porque, como todo creador de la era digital, Ferguson es incapaz de contenerse. Lo mete todo, a lo bestia, y suma casi dos horas de documental) ¿Cuál sería la causa? ¿Tal vez que, hasta hace poco que me reconcilié con el cine de los 90, tenía un muy bajo concepto del mismo? Tras mucho reflexionar, lo entendí: el terror de baja estofa de ese periodo es demasiado malo, demasiado olvidable, realmente no hay NI UNA peli memorable en todo el documental... son todas malas, desalmadas, con ese look telefílmico, esos abusos de diálogos, esos pre-efectos infográficos tan mierdosos. Claro, así es imposible emocionarse ni un ápice.
Cuando salen a relucir algunos más o menos interesantes, te esperanzas... hasta que descubres que se está recurriendo a sus secuelas... las peores, además. El tercer "Night of the demons" y el cuarto "Ghoulies". Más fatídico es el caso de "El Dentista", que siendo uno de los pocos subproductos potables de la época (ni que sea por cuando lo vi en el Festival de Sitges, con toda la platea gritando en los momentos de truculencia dental), ¡resulta que se decantan por su horrible segunda parte!
Al final, "Direct to Video: Straight to Video Horror of the 90´s", como buen documental parido en una época de incontinencia y sobreproducción, deja la sensación de ser algo muy desaprovechado, en perfecta consonancia con las películas y -a rasgos generales- la década a las que dedica su contenido.
La providencia ha querido que para la semana entrante mi compañero Víctor haya reseñado dos películas del colega Dustin. Así, a lo tonto, este escrito pasa a ser el pistoletazo de salida de lo que podríamos llamar la "Ferguson Week". Que les sea leve.
Resulta complicado valorar cualquier tendencia creativa surgida en los noventa. No fueron años de mucho esplendor, siendo el terror donde la cosa andaba más jodida. Pero, claro, ahora que es tan "cool" reivindicarlo absolutamente todo, hasta los vídeos de YouTube donde se explica cómo cocinar croquetas, pues resulta desconcertantemente normal que a alguien le de por decir que los productos de tercera destinados al vídeo-club paridos en aquellos tiempos merecen ser atendidos. Pos fale. De todo tiene que haber en este mundo. Yo, como degustador insaciable y curioso incurable, me moría por ver cómo coño se lo montaban para defender tanta basurilla. Además, la ristra de cabezas parlantes era atractiva (siguiendo el mismo orden de Imdb): Clint Howard, Kelly Maroney, Lloyd Kaufman, Brinke Stevens, Tiffany Shepis, Fred Olen Ray, (el auténtico "hero" de Ferguson, quien comenzó su andadura amateur pariendo una secuela casera de "Scalps"!!), Jim Wynorski, Debra Lamb, Kevin Tenney, Rolfe Kanefsky, Jeff Burr, C.Courtney Joyner y el gran Chuck Cirino. Gracias al bueno de Romerito ayer mismo pude desquitarme.
Realmente, mi gran temor antes de darle al "Play" era la sobredosis de "geekismo" descontrolado que hoy lo salpica todo. Donde la desmedida pasión por cualquier chuminada ciega a los que la defienden, impidiéndoles comportarse como personas justas y racionales. Y de entrada, dichos temores parecían justificados: Ver al inicio dos logotipos de sendas productoras, uno imitando el rollo "grindhouse" setentero, y el otro el rollo "vhs rancio", me acojonaron. Tampoco ayudó la inmediata presencia de dos mongos esputando las tonterías de rigor, especialmente el que vende la moto de su condición punk-skater, recurriendo a la cantinela del "chico solitario que alquilaba esas películas con las que era feliz", para luego afirmar, sin ruborizarse, que sus "amigos" en realidad eran los personajes que pululaban por las producciones "Full Moon" de la década.
Comenzaba a sentir deseos de subirme por las paredes, cuando la cosa se calma y Dustin Ferguson da pie a los que de verdad interesan, los creadores de todo aquel cine (o "cine") que le dan al pico que da gusto, contando mil batallitas. Algunas no especialmente interesantes, ni divertidas (por mucho que el entrevistado se descojone durante el proceso), pero en general amenas.
Entre medias, cuela trailers o momentos concretos de las películas comentadas, pero procede de modo bastante poco certero, muy bruscamente, haciendo gala de cierto patosismo caótico a la hora del montaje, sobre todo introduciendo avances sin que veamos el título y, por ende, cuando aparece el invitado hablando, todavía no sepamos de qué jodida película se trata. En general es todo como muy deslavazado, una mera acumulación de peña dándole a la sin hueso carente de trama interna, ni nada específico.
Aunque lo verdaderamente ofuscante fue que, a pesar de toda la información recibida, no me estaba divirtiendo. Ni emocionando. Ni nada. El aburrimiento iba ganando la partida a cada minuto que se sumaba (porque, como todo creador de la era digital, Ferguson es incapaz de contenerse. Lo mete todo, a lo bestia, y suma casi dos horas de documental) ¿Cuál sería la causa? ¿Tal vez que, hasta hace poco que me reconcilié con el cine de los 90, tenía un muy bajo concepto del mismo? Tras mucho reflexionar, lo entendí: el terror de baja estofa de ese periodo es demasiado malo, demasiado olvidable, realmente no hay NI UNA peli memorable en todo el documental... son todas malas, desalmadas, con ese look telefílmico, esos abusos de diálogos, esos pre-efectos infográficos tan mierdosos. Claro, así es imposible emocionarse ni un ápice.
Cuando salen a relucir algunos más o menos interesantes, te esperanzas... hasta que descubres que se está recurriendo a sus secuelas... las peores, además. El tercer "Night of the demons" y el cuarto "Ghoulies". Más fatídico es el caso de "El Dentista", que siendo uno de los pocos subproductos potables de la época (ni que sea por cuando lo vi en el Festival de Sitges, con toda la platea gritando en los momentos de truculencia dental), ¡resulta que se decantan por su horrible segunda parte!
Al final, "Direct to Video: Straight to Video Horror of the 90´s", como buen documental parido en una época de incontinencia y sobreproducción, deja la sensación de ser algo muy desaprovechado, en perfecta consonancia con las películas y -a rasgos generales- la década a las que dedica su contenido.
La providencia ha querido que para la semana entrante mi compañero Víctor haya reseñado dos películas del colega Dustin. Así, a lo tonto, este escrito pasa a ser el pistoletazo de salida de lo que podríamos llamar la "Ferguson Week". Que les sea leve.
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