Terry Hawkins es un malote. Para que nadie lo ponga en duda, viste de negro y lleva chupa de cuero. Además, acaba de salir de prisión y está tan enfadado con la sociedad que únicamente piensa en castigarla. Para ello se decantará por una herramienta peculiar, el cine, mostrándole al mundo algo que jamás ha visto ni podrá olvidar. Así, convence a una panda de mindundis que se unan a su causa (reminiscencias del caso Manson). Monta un plató en un edificio abandonado e invita a varios integrantes del más barriobajero porno que, sin saberlo (pero sabiéndolo nosotros), serán los protagonistas de esa película que Hawkins tiene en mente y, previsiblemente, responde a las maneras del llamado cine "snuff" (useáse, aquel que muestra crímenes reales).
No hubo en los noventa (finales) / dos mil (inicios) una película más ignota, misteriosa, "cult" y buscada que "Last house on dead end street". Todos los fanzines (especialmente si eran yankis) hablaban de ella sin conocimiento real, entusiasmados por lo que "habían oído" y, por tanto, incrementando su leyenda negra. Algunos incluso pensaban que el "snuff" mostrado en sus fotogramas era real. Los foros de internet dedicados al horror y aledaños no paraban de hablar de ella hasta que, un día, un señor de mediana edad llamado Roger Watkins llegó a esos mismos ciber lugares para anunciar que él era el director... bueno, el director, guionista, protagonista y lo que le echaran. Hubo quien de entrada dudó, sobre todo porque "Last house on dead end street" venía firmada por "un tal" Victor Janos (y encabezada actorilmente por "otro tal" Steven Morrison). Pero sí, Watkins era el genuino y verdadero culpable oculto tras aquellos falsos nombres. Confirmado pues el asunto, el hombre ganó protagonismo y comenzó a ser entrevistado en fanzines ("Ultra Violent" o el "Neon Madness" de Andy Copp), además de acudir a sendas convenciones y ver como su película conocía tardía revalorización y era editada en dvd por alguna compañía modesta dedicada a esta clase de escoria audiovisual. Pero ¿¿cómo comenzó todo??.
En 1973 Roger Watkins era un estudiante de cine neoyorquino de tan solo 22 primaveras, toda una ristra de cortos amateurs previos (comenzó a los diez añitos), loco por debutar en el cine comercial y, sobre todo, epatar. Así, lió a una panda de colegas (muchos estudiantes como él), pilló una cámara de 16mm, 1.500 dólares y comenzó a rodar "Cuckoo clocks of hell" (¿?). Puesto que su intención consistía en llamar la atención a cualquier precio, decidió tirar de elemento "shock" a todo trapo. A lo largo del film veremos imágenes reales de un matadero, violencia y crueldad a espuertas, algo de tetas (algunas muy apetecibles, como la chavala que se baña en cueros, con pinta de ser una filmación totalmente casera) e ideas tan absurdamente descabelladas como aquella en la que una mujer blanca se pinta la cara de negro, con los labios en plan "El cantor de jazz", y, arrodillada, es atizada látigo mediante por un desaprensivo. Provocación al cubo. Claro que estamos en los setenta, y como la panoja escasea, Watkins tira de lo obvio, personas hablando y hablando. Planos largos en los que poco ocurre y banda sonora minimalista a base de ruidos y efectos de sonido. No es hasta el clímax final donde, ahora sí, el asunto "truculentoso" gana enteros y, vale, hay cierto despliegue de mala leche, especialmente con la escena de la muchacha mutilada en la camilla u otro de los instantes "célebres" de la película, el productor porno obligado a chupar cual falo la pata de una cabra surgida de la bragueta de una mujer destetada. Luego, le taladran el ojo, ¡ea!.
Con toda su tremenda tosquedad, en algunos casos muy efectiva a la hora de transmitir malrollismo y sordidez, a la peli le costó lo suyo encontrar distribuidor. Roger Watkins contaba posteriormente que en los primigenios pases provocaba huidas masivas del personal, incluso peleas en platea. Mmmmmh, bueno, habrá que creerlo. En cualquier caso no se comercializó legalmente hasta 1977 bajo, primero, el título de "The Funhouse" (como la -posterior- película de Tobe Hooper. De ahí que algunos carteles tardíos echaran mano del niño deforme de esta para meter en los posters de aquella) y, finalmente, el más famoso y oficial de "Last house on dead end street" (supongo que en espera de sacar suco del éxito de la razonablemente parecida "Last house on the left", a la que incluso manga el slogan). Eso sí, con las escenas violentas algo tamizadas (según su director, la versión íntegra es mucho más extrema) y una voz en off en los créditos finales impuesta, desafortunada y fuera de lugar que nos anuncia la captura de los criminales por parte de las autoridades. Tampoco así la cosa terminó de rular, y Roger Watkins, casado y con un retoño en camino, se vio obligado a aceptar la oferta para dirigir pornografía (esta vez bajo el alias de Richard Mahler), asunto en el que centraría el resto de su trayectoria... o casi. Es cierto que no debe sorprendernos el absoluto oscurantismo en el que vivió sumido durante décadas. Digamos que, hasta cierto punto, él mismo se lo buscó. Ya han visto que firmó su primer largometraje con seudónimos. Idéntica treta utilizada luego durante su tránsito por el cine de mete-saca. Sin embargo, entre medias se salió para rodar otra de terror, "Shadows of the mind", cuyo traumático rodaje le llevó a, primero, firmarla como Bernard Travis (no fue hasta 2005 que se descubrió el pastel) y, segundo, seguidamente liarse con una comedia en la que contaba, justo, las trifulcas de aquel rodaje accidentado. "Spitoon" se llamaba y si no la han visto es porque el resultado final disgustó tanto a Watkins que decidió destruir el negativo antes de que se hicieran copias, ¡¡ja ja ja!!, ¡¡alma de cántaro!! así ¿¿cómo iba nadie a saber de tu existencia?? ¡¡que mala es la severa autoexigencia!!
¿Cambió mucho el panorama tras el renacer de "Last house on dead end street"? No mucho. Watkins anunció sendos nuevos proyectos que jamás llegarían a ver la luz del día ("Hobo Floats" y "Darkness at the edge of town") y, precisamente de la mano de Andy Copp (y Fred Vogel, de los "August Underground"), co-escribió un posible guion para "Last house on dead end street 2" que nunca se produjo. Entre otros motivos porque Roger Watkins palmó. El mentado libreto terminaría siendo editado en e-book, por si a alguien le pica la curiosidad y el sobaco.
Centrándonos ya del todo en la película reseñada, pues bueno, no deja de ser una curiosidad a la que, si le echas paciencia, se le puede dedicar un ratejo. Es aburrida, sí. Es cutre, también. Y las escenas sangrientas desde luego no son tan verosímiles como para plantearse la idea del "snuff" genuino. Pero tiene sus aciertos estéticos, sus momentos intensos (sobre todo gracias al sonido) y esa amoralidad + misantropía + nihilismo tan radicales y que tanto ponían a los fanzineros del periodo. Por supuesto Watkins, declarado fan de Luis Buñuel, justificaba todo ello con verborrea intelectualoide y "arty", otorgando a su producto puramente "exploiter" atributos más elevados de los que realmente le pertocan ("mi pretensión era chocarte y hacerte pensar" decía, sí... ¡en la lista de la compra!)... pero ya sabemos como funcionan estas movidas, igual que el hecho de que, una vez superada la "fiebre" respecto a "Last house on dead end street" -y una vez disponible para ver y saciada la curiosidad morbosa- rápidamente regresó al cajón de las olvidadas.
sábado, 22 de agosto de 2026
martes, 18 de agosto de 2026
HAZLO POR MÍ
Los noventa fueron la década en la que se puso de moda el thriller erótico. "Instinto básico" tuvo un tirón increíble y, por supuesto, generó montones de imitaciones y exploits.
"Hazlo por mí" no es exactamente una imitación, pero se adscribe -a la española- a un género ya en desuso; es decir, un poco chabacano e indefectiblemente pobretón, teniendo siempre muy presente el arquetipo de la rubia cachonda que utiliza sus atributos sexuales para conseguir sus objetivos, volviendo completamente loco a todo el personal masculino.
De esta forma, Ángel Fernández Santos pone en marcha, intuyo que con palos y piedras, un thriller de ese corte encabezado por actores y actrices que, a día de hoy, quizás por la edad, ya no se dejan ver mucho en el cine, pero que en 1997, año de rodaje de la película, eran auténticas cabezas de cartel.
El caso es que se cumplen 30 años de su estreno y, si en el momento nos pudo parecer un thriller correctito, el paso de los años la ha hecho envejecer mal y ahora resultan mucho más visibles todas sus carencias. Pero, en resumidas cuentas, y teniendo presente cómo está el cine español estos días, "Hazlo por mí" resulta un entretenimiento eficaz que únicamente se ve lastrado por unas interpretaciones un tanto desfasadas que hacen que bordee la comedia involuntaria, así como por cierta crueldad por parte de algunos personajes que, de puro exagerada, también provoca la hilaridad (hay un bofetón a un niño pequeño, con sangrado incluido, que es de juzgado de guardia).
Por lo demás, tenemos a Cayetana Guillén Cuervo en su máximo esplendor físico, guapísima con su corte de pelo a capas —muy de los noventa—, como una femme fatale que roza la psicopatía; a Nancho Novo como un camello macarra muy poco convincente; a Carlos Hipólito como hombre de negocios y padre de familia (un papel muy Carlos Hipólito), y a Eulalia Ramón como la abnegada esposa que va dándose de topetazos con los cuernos contra los alcornoques. Mención especial merece la banda sonora, compuesta a partir de músicas de ascensor y "easy listening" de librería, a base de sintetizador noventero (aunque hay créditos para la música en el rodillo final, no sé si pertenecen a las tonadillas a las que me refiero). Es horrorosa y hace plantearse si no hubiera sido mejor dejar esas escenas sin música o pagado los derechos de cualquier otra canción cuando, en una escena, Nancho Novo bailotea algo que suponemos que es rock o heavy metal, pero en realidad se asemeja más a la programación «Foxtrot» de los teclados "Casio".
De este modo tenemos a una pija buenorra y rubia que va asiduamente a visitar a un macarra a la cárcel. Y, cada vez que va, folla con él. Por otro lado, conoce al propietario apocado y banal de una boutique, al que le intuye pasta por un tubo, y se enrolla con él, conduciéndolo a un enamoramiento pasional. Cuando su novio, el macarra, sale de la cárcel, ambos urden un plan para sacarle la pasta al de la boutique. Este consiste en convencer al pobre hombre de fingir el secuestro de su hijo para así pagar las deudas que la chica arrastra de su vida anterior, sacando los millones que precisan del suegro de aquel. Si todo sale bien, se irán los dos a vivir en paz su romance y sin dolores de cabeza. Pero, por supuesto, la cosa se va de las manos hasta rozar lo ridículo.
Sin más, como ya digo, si pasamos por alto todas las cutradas, que son muchas; las sobreactuaciones, que son unas cuantas; y un par de momentos de transición bastante aburridos, tenemos una película que, para echar un rato, alcanza y sobra. Entre otras cosas porque el guion, firmado por José Miquel Hernández Gascón, es bastante solvente, aunque necesitaba, sin duda, una producción con más dinero del que se le echó.
Del tándem responsable de esta película poco más se supo. Ángel Fernández Santos dirigió otra más, si cabe más ignota que esta, "Catarsis", y lo mismo pasó con el guionista Hernández Gascón, que posteriormente firmó el guion de una TV movie titulada "Mar Rojo". Y Sanseacabó.
"Hazlo por mí" no es exactamente una imitación, pero se adscribe -a la española- a un género ya en desuso; es decir, un poco chabacano e indefectiblemente pobretón, teniendo siempre muy presente el arquetipo de la rubia cachonda que utiliza sus atributos sexuales para conseguir sus objetivos, volviendo completamente loco a todo el personal masculino.
De esta forma, Ángel Fernández Santos pone en marcha, intuyo que con palos y piedras, un thriller de ese corte encabezado por actores y actrices que, a día de hoy, quizás por la edad, ya no se dejan ver mucho en el cine, pero que en 1997, año de rodaje de la película, eran auténticas cabezas de cartel.
El caso es que se cumplen 30 años de su estreno y, si en el momento nos pudo parecer un thriller correctito, el paso de los años la ha hecho envejecer mal y ahora resultan mucho más visibles todas sus carencias. Pero, en resumidas cuentas, y teniendo presente cómo está el cine español estos días, "Hazlo por mí" resulta un entretenimiento eficaz que únicamente se ve lastrado por unas interpretaciones un tanto desfasadas que hacen que bordee la comedia involuntaria, así como por cierta crueldad por parte de algunos personajes que, de puro exagerada, también provoca la hilaridad (hay un bofetón a un niño pequeño, con sangrado incluido, que es de juzgado de guardia).
Por lo demás, tenemos a Cayetana Guillén Cuervo en su máximo esplendor físico, guapísima con su corte de pelo a capas —muy de los noventa—, como una femme fatale que roza la psicopatía; a Nancho Novo como un camello macarra muy poco convincente; a Carlos Hipólito como hombre de negocios y padre de familia (un papel muy Carlos Hipólito), y a Eulalia Ramón como la abnegada esposa que va dándose de topetazos con los cuernos contra los alcornoques. Mención especial merece la banda sonora, compuesta a partir de músicas de ascensor y "easy listening" de librería, a base de sintetizador noventero (aunque hay créditos para la música en el rodillo final, no sé si pertenecen a las tonadillas a las que me refiero). Es horrorosa y hace plantearse si no hubiera sido mejor dejar esas escenas sin música o pagado los derechos de cualquier otra canción cuando, en una escena, Nancho Novo bailotea algo que suponemos que es rock o heavy metal, pero en realidad se asemeja más a la programación «Foxtrot» de los teclados "Casio".
De este modo tenemos a una pija buenorra y rubia que va asiduamente a visitar a un macarra a la cárcel. Y, cada vez que va, folla con él. Por otro lado, conoce al propietario apocado y banal de una boutique, al que le intuye pasta por un tubo, y se enrolla con él, conduciéndolo a un enamoramiento pasional. Cuando su novio, el macarra, sale de la cárcel, ambos urden un plan para sacarle la pasta al de la boutique. Este consiste en convencer al pobre hombre de fingir el secuestro de su hijo para así pagar las deudas que la chica arrastra de su vida anterior, sacando los millones que precisan del suegro de aquel. Si todo sale bien, se irán los dos a vivir en paz su romance y sin dolores de cabeza. Pero, por supuesto, la cosa se va de las manos hasta rozar lo ridículo.
Sin más, como ya digo, si pasamos por alto todas las cutradas, que son muchas; las sobreactuaciones, que son unas cuantas; y un par de momentos de transición bastante aburridos, tenemos una película que, para echar un rato, alcanza y sobra. Entre otras cosas porque el guion, firmado por José Miquel Hernández Gascón, es bastante solvente, aunque necesitaba, sin duda, una producción con más dinero del que se le echó.
Del tándem responsable de esta película poco más se supo. Ángel Fernández Santos dirigió otra más, si cabe más ignota que esta, "Catarsis", y lo mismo pasó con el guionista Hernández Gascón, que posteriormente firmó el guion de una TV movie titulada "Mar Rojo". Y Sanseacabó.
sábado, 15 de agosto de 2026
CAOS EN ALTA MAR
Indudablemente los noventa fueron una década de oro para Chris Elliot. Y todo a raíz de su gran éxito televisivo, la serie "Get a life! / Búscate la vida" donde, a base de humor eminentemente absurdo, interpretaba a un auténtico cretino que era tan fácil apreciar como detestar. Justo, uno de los fans irredentos del producto respondía al -sobrevalorado- nombre de Tim Burton, por entonces en la cresta de la ola. Tal fue así, que se decidió a rodar un vehículo de lucimiento en formato largometraje para el ahora demandado Elliot. Le encargó un guion a él y a Adam Resnick, co-creador y escribiente habitual de "Get a life!", quienes, básicamente, confeccionaron algo así como un capítulo más extenso de lo normal en el que un personaje igualmente cretino iba a vivir surrealistas aventuras de regusto Burtoniano, a base de muchísima fantasía... aunque, eso sí, llevadas al terreno de la comedia excéntrica. La cosa andaba ya sobre ruedas cuando Burton recibió la oferta para dirigir su mejor película, "Ed Wood", y no pudo resistirse. Decidió abandonar... a medias. Finalmente quedó como co-productor, cediendo las riendas de la dirección a Resnick. Pero eso no importa, porque el film en cuestión, "Cabin Boy" (fantásticamente titulado en España "Caos en alta mar"), rezuma Timburtonismo por todos sus poros... al lado, claro está, del inevitable Chriselliotismo.
Un niño rico, tremendamente gilipollas y detestable, termina formando parte de la tripulación de un sucio pesquero compuesto de marineros paletos. Sin quererlo ni beberlo, se adentrarán en una especie de triángulo de las Bermudas repleto de peligros que, de paso, servirán al imbécil del protagonista para ganarse el respeto de sus compañeros, encontrar el amor y, de paso, madurar.... más o menos.
He leído varias reseñas donde se compara "Cabin Boy" con "El motín del Caine" o "Moby Dick". Sin embargo, incomprensiblemente ninguna hace alusión a, creo yo, influencias mucho más lógicas dada la presencia de Tim Burton y, esencialmente, la trama: las aventuras de "Simbad". Incluso "Jasón y los argonautas". ¿Por qué lo digo? pues porque, comedia a un lado, el film gasta un buen chorro de pura fantasía aventurera con criaturas monstruosas (animadas por un stop-motion muy Harryhauseniano), gigantes amenazadores (en este caso, y de forma hilarante, presentado en la forma de un correcto vendedor de electrodomésticos, ahí con traje y todo), sensuales mujeres de seis brazos, una isla misteriosa... en fin, que sí, que la sombra del director de "Eduardo Manostijeras" o, sobre todo, "La gran aventura de Pee-Wee" (con la que, de manera muy velada, podríamos hacer conexiones, como el hecho de tratarse del traspaso a la gran pantalla de un exitoso y televisivo comediante extravagante), es muuuy alargada. Por su parte, Chris Elliot aporta todo lo demás, un sentido del humor increíblemente estulto, delirante y ridículo que, sin embargo, funciona. A ver, la película no es un dechado de genialidad, pero desde luego entretiene, hace reír, incluso sorprende, en parte gracias a que a duras penas alcanza los ochenta minutos (choca saber que en una primera versión era más larga, pero los implicados -una "Touchstone Pictures" muy descontenta con lo que se llevaban entre manos- decidieron animar el ritmo quitándole escenas. Tuvieron que ser muchas dada la ajustada duración final).
El reparto viene cargadito de caras familiares y algún cameo curiosísimo: Brian Doyle-Murray (en "Get a life!" interpretaba al antagonista de Chris Elliot, su vecino ex-policía), Brion James, Melora Walters (con un currículum donde localizamos títulos de solera como "El club de los poetas muertos" y "Magnolia", pero lo que me ha llamado la atención es que pudo montárselo para salir también en "Ed Wood" y, previamente, se había dejado ver por "America's Deadliest Home Video", debut en la dirección del "amigo de este blog" Jack Perez), Mike Starr, un sorprendente Russ Tamblyn (a pesar de que el subproducto era entonces su terreno natural, tuvo algo de relumbrón durante los noventa gracias a "Twin Peaks"), David Letterman (el famoso presentador de "Late Night", donde Chris Elliot y Adam Resnick tenían plaza fija), Alfred Molina y Ricki Lake (otorgando mucha vida al mascarón de proa del barco pesquero e irreconocible tras la abundante capa de látex).
"Caos en alta mar" fue un señor fracaso allí en los USA. Era demasiado extraña para satisfacer a un público amplio. Al resto del mundo llegó en formato vídeo y Elliot rara vez volvió a ser fichado como protagonista. Pero sí resultó un buen secundario en comedias de éxito como "Vaya par de idiotas" y "Algo pasa con Mary", de los Farrelly, la horrorosa "El profesor chiflado 2" o "Scary Movie 2", donde se marcó un papel icónico como el siniestro criado de mano deforme (retomado recientemente en la chorrísima nueva entrega de la franquicia) y, más o menos, ahí ha seguido desde entonces. Por su parte, Adam Resnick quedó tan tocado que no volvió a intentarlo como director, centrando totalmente sus capacidades en darle a las teclas. Suyos son los libretos de "Combinación ganadora" y "Smoochy".
Un niño rico, tremendamente gilipollas y detestable, termina formando parte de la tripulación de un sucio pesquero compuesto de marineros paletos. Sin quererlo ni beberlo, se adentrarán en una especie de triángulo de las Bermudas repleto de peligros que, de paso, servirán al imbécil del protagonista para ganarse el respeto de sus compañeros, encontrar el amor y, de paso, madurar.... más o menos.
He leído varias reseñas donde se compara "Cabin Boy" con "El motín del Caine" o "Moby Dick". Sin embargo, incomprensiblemente ninguna hace alusión a, creo yo, influencias mucho más lógicas dada la presencia de Tim Burton y, esencialmente, la trama: las aventuras de "Simbad". Incluso "Jasón y los argonautas". ¿Por qué lo digo? pues porque, comedia a un lado, el film gasta un buen chorro de pura fantasía aventurera con criaturas monstruosas (animadas por un stop-motion muy Harryhauseniano), gigantes amenazadores (en este caso, y de forma hilarante, presentado en la forma de un correcto vendedor de electrodomésticos, ahí con traje y todo), sensuales mujeres de seis brazos, una isla misteriosa... en fin, que sí, que la sombra del director de "Eduardo Manostijeras" o, sobre todo, "La gran aventura de Pee-Wee" (con la que, de manera muy velada, podríamos hacer conexiones, como el hecho de tratarse del traspaso a la gran pantalla de un exitoso y televisivo comediante extravagante), es muuuy alargada. Por su parte, Chris Elliot aporta todo lo demás, un sentido del humor increíblemente estulto, delirante y ridículo que, sin embargo, funciona. A ver, la película no es un dechado de genialidad, pero desde luego entretiene, hace reír, incluso sorprende, en parte gracias a que a duras penas alcanza los ochenta minutos (choca saber que en una primera versión era más larga, pero los implicados -una "Touchstone Pictures" muy descontenta con lo que se llevaban entre manos- decidieron animar el ritmo quitándole escenas. Tuvieron que ser muchas dada la ajustada duración final).
El reparto viene cargadito de caras familiares y algún cameo curiosísimo: Brian Doyle-Murray (en "Get a life!" interpretaba al antagonista de Chris Elliot, su vecino ex-policía), Brion James, Melora Walters (con un currículum donde localizamos títulos de solera como "El club de los poetas muertos" y "Magnolia", pero lo que me ha llamado la atención es que pudo montárselo para salir también en "Ed Wood" y, previamente, se había dejado ver por "America's Deadliest Home Video", debut en la dirección del "amigo de este blog" Jack Perez), Mike Starr, un sorprendente Russ Tamblyn (a pesar de que el subproducto era entonces su terreno natural, tuvo algo de relumbrón durante los noventa gracias a "Twin Peaks"), David Letterman (el famoso presentador de "Late Night", donde Chris Elliot y Adam Resnick tenían plaza fija), Alfred Molina y Ricki Lake (otorgando mucha vida al mascarón de proa del barco pesquero e irreconocible tras la abundante capa de látex).
"Caos en alta mar" fue un señor fracaso allí en los USA. Era demasiado extraña para satisfacer a un público amplio. Al resto del mundo llegó en formato vídeo y Elliot rara vez volvió a ser fichado como protagonista. Pero sí resultó un buen secundario en comedias de éxito como "Vaya par de idiotas" y "Algo pasa con Mary", de los Farrelly, la horrorosa "El profesor chiflado 2" o "Scary Movie 2", donde se marcó un papel icónico como el siniestro criado de mano deforme (retomado recientemente en la chorrísima nueva entrega de la franquicia) y, más o menos, ahí ha seguido desde entonces. Por su parte, Adam Resnick quedó tan tocado que no volvió a intentarlo como director, centrando totalmente sus capacidades en darle a las teclas. Suyos son los libretos de "Combinación ganadora" y "Smoochy".
sábado, 8 de agosto de 2026
THE WITCH WHO CAME FROM THE SEA
Es indiscutible que en los setenta Norteamérica vivió un momento de esplendor cinematográfico. Se parieron grandes obras maestras que todos conocemos, y no hay tu tía al respecto. Cuando una película era buena entonces, era cojonuda. Lo que se tiende a olvidar, a ignorar, es que también las había malas. Y cuando una película era mala en los setenta, se tornaba espantosa, gracias en parte a una serie de tics, formas y maneras que no han sobrevivido para nada al paso de los años y, consumidas ahora en todo su esplendor, son absolutamente irritantes. La cosa empeora mucho al meternos en el terreno del "exploitation" y, más jodido aún, uno con ciertas pretensiones artísticas y/o autorales, muy recurrentes en aquella década.
Yo mismo me refería a "The witch who came from the sea" como "la película de terror de Matt Cimber". Es decir, piqué como un tonto. Esto no es de terror, como mucho es thriller, y el título + el cartel (una ilustración de Frank Frazetta que previamente había sido portada para la revista "Vampirella") son puro gancho para... eso, tontos. Da la sensación que Cimber quiso radiografiar la locura de una mujer herida (disfrazándola de género, por aquello de hacerla más vendible), pero no disponía del talento suficiente para abordar el lado dramático del asunto sin caer en el ridículo o la comedia involuntaria, porque haberla, hayla. Mis momentos favoritos serían los siguientes (en sus versiones condensadas): "El asesino de los dos jugadores de fútbol no ha sido una mujer", "¿Quién entonces?", "¡Maricones!", "Pero no puede ser, eran dos jugadores de fútbol", "Todos los jugadores de fútbol son maricones". O esta otra gran afirmación (vomitada entre lágrimas): "El médico dice que tendría que llevar gafas, ¡¿qué se cree que soy, una hippie?!". Semejantes joyas literarias vienen de la mano del responsable del libreto, Robert Thom. Resulta trágico descubrir que, entre sus muchos guiones, figura una cosilla tan entrañable como "La carrera de la muerte del año 2000". ¡¿Qué te pasó, Robert?!. Tal vez influya el hecho de que la absoluta protagonista de "The witch who came from the sea", Millie Perkins, fuese su señora. Mmmmmh, ¿¡quién se dejó cegar complaciendo el capricho de quién?!. Perkins había sido Anna Frank en la primera adaptación al cine de su famoso diario fechada el año 1959. Tal vez por eso resulta chocante verla acá haciendo semejante rol y mostrando en varias ocasiones unas poco llamativas ubres -lo que vuelve a sorprender sabiendo que su pareja andaba metida en el fregao-. Hay quien asegura que es la mejor actriz del film, pero pa mi que se pasa un poco, lo que reafirma mi teoría de que este era un capricho personal de pura auto indulgencia (no siempre maligna, pero a veces -como es el caso- sí). Volveríamos a ver a doña Perkins en títulos tan curiosos como "Jake Speed, la aventura de África", "Necronomicón" o el "Wall Street" de Oliver Stone -al lado de otra personaja singular, la Monique van Vooren de "Carne para Frankenstein"-. Acompañando a la muchacha están el todoterreno Lonny Chapman, la veteranísima Vanessa Brown (con varios clásicos en su haber situados durante los años dorados de Hollywood) y tres figuras intensamente relacionadas con la vertiente más renegada de nuestro cine favorito: Stan Ross interpretando a un siniestro tatuador llamado "Jack Drácula", volveríamos a verle como siniestro enterrador en "Detectives casi Privados". Roberta Collins, con un curriculum impresionante repleto de "exploitation" de los ochenta pabajo, donde destacan unas cuantas películas "wip" -como "Caged Heat!" de Jonathan Demme- o la misma "La carrera de la muerte del año 2000" (vamos, que ella y el guionista/sufrido marido de la prota, se conocían). Pone la guinda todo un "mostro" del calibre de George "Buck" Flower.
"La bruja que vino del mar" (traducción literal del título) sería algo asín como un seudo-culebrón en torno a una chorba sexualmente abusada en la infancia por su padre (con escenas no super gráficas, pero sí algo más valientes de lo que sería habitual... ¡estamos en los setenta, baby!). Ello la induce a sufrir visiones en las que se lía con machos idealizados para, seguidamente, castrarlos (en un momento dado se sirve de una maquinilla de afeitar... ¡¡eso es capacidad!!). El problema viene cuando al día siguiente esos mismos crímenes han ocurrido realmente. ¿¿Es ella que mata de forma inconsciente, es otra persona o es la puñetera furcia natatoria, que dirían "Monty Python"??. Todo servido al peor modo de los setenta, en su estética tirando a mundana, las/los características/os vestimentas y peinados (capaces de provocar conjuntivitis), sobre dialogada mediante interminables balbuceos en torno a cuestiones tontísimas + carentes de sentido y, como supuesta obra con pretensiones que en el fondo es, un montón de situaciones absurdas. Vamos, casi una parodia de lo que podría considerarse arte y ensayo. Habrá algún pazguato que la califique de "alegato feminista"... no se engañen, esto viene parido por machos de notoria mentalidad "exploitativa". El final se supone trágico, de llorar, pero lo único que consigue es aliviarnos tanto dolor y sufrimiento.
Yo mismo me refería a "The witch who came from the sea" como "la película de terror de Matt Cimber". Es decir, piqué como un tonto. Esto no es de terror, como mucho es thriller, y el título + el cartel (una ilustración de Frank Frazetta que previamente había sido portada para la revista "Vampirella") son puro gancho para... eso, tontos. Da la sensación que Cimber quiso radiografiar la locura de una mujer herida (disfrazándola de género, por aquello de hacerla más vendible), pero no disponía del talento suficiente para abordar el lado dramático del asunto sin caer en el ridículo o la comedia involuntaria, porque haberla, hayla. Mis momentos favoritos serían los siguientes (en sus versiones condensadas): "El asesino de los dos jugadores de fútbol no ha sido una mujer", "¿Quién entonces?", "¡Maricones!", "Pero no puede ser, eran dos jugadores de fútbol", "Todos los jugadores de fútbol son maricones". O esta otra gran afirmación (vomitada entre lágrimas): "El médico dice que tendría que llevar gafas, ¡¿qué se cree que soy, una hippie?!". Semejantes joyas literarias vienen de la mano del responsable del libreto, Robert Thom. Resulta trágico descubrir que, entre sus muchos guiones, figura una cosilla tan entrañable como "La carrera de la muerte del año 2000". ¡¿Qué te pasó, Robert?!. Tal vez influya el hecho de que la absoluta protagonista de "The witch who came from the sea", Millie Perkins, fuese su señora. Mmmmmh, ¿¡quién se dejó cegar complaciendo el capricho de quién?!. Perkins había sido Anna Frank en la primera adaptación al cine de su famoso diario fechada el año 1959. Tal vez por eso resulta chocante verla acá haciendo semejante rol y mostrando en varias ocasiones unas poco llamativas ubres -lo que vuelve a sorprender sabiendo que su pareja andaba metida en el fregao-. Hay quien asegura que es la mejor actriz del film, pero pa mi que se pasa un poco, lo que reafirma mi teoría de que este era un capricho personal de pura auto indulgencia (no siempre maligna, pero a veces -como es el caso- sí). Volveríamos a ver a doña Perkins en títulos tan curiosos como "Jake Speed, la aventura de África", "Necronomicón" o el "Wall Street" de Oliver Stone -al lado de otra personaja singular, la Monique van Vooren de "Carne para Frankenstein"-. Acompañando a la muchacha están el todoterreno Lonny Chapman, la veteranísima Vanessa Brown (con varios clásicos en su haber situados durante los años dorados de Hollywood) y tres figuras intensamente relacionadas con la vertiente más renegada de nuestro cine favorito: Stan Ross interpretando a un siniestro tatuador llamado "Jack Drácula", volveríamos a verle como siniestro enterrador en "Detectives casi Privados". Roberta Collins, con un curriculum impresionante repleto de "exploitation" de los ochenta pabajo, donde destacan unas cuantas películas "wip" -como "Caged Heat!" de Jonathan Demme- o la misma "La carrera de la muerte del año 2000" (vamos, que ella y el guionista/sufrido marido de la prota, se conocían). Pone la guinda todo un "mostro" del calibre de George "Buck" Flower.
"La bruja que vino del mar" (traducción literal del título) sería algo asín como un seudo-culebrón en torno a una chorba sexualmente abusada en la infancia por su padre (con escenas no super gráficas, pero sí algo más valientes de lo que sería habitual... ¡estamos en los setenta, baby!). Ello la induce a sufrir visiones en las que se lía con machos idealizados para, seguidamente, castrarlos (en un momento dado se sirve de una maquinilla de afeitar... ¡¡eso es capacidad!!). El problema viene cuando al día siguiente esos mismos crímenes han ocurrido realmente. ¿¿Es ella que mata de forma inconsciente, es otra persona o es la puñetera furcia natatoria, que dirían "Monty Python"??. Todo servido al peor modo de los setenta, en su estética tirando a mundana, las/los características/os vestimentas y peinados (capaces de provocar conjuntivitis), sobre dialogada mediante interminables balbuceos en torno a cuestiones tontísimas + carentes de sentido y, como supuesta obra con pretensiones que en el fondo es, un montón de situaciones absurdas. Vamos, casi una parodia de lo que podría considerarse arte y ensayo. Habrá algún pazguato que la califique de "alegato feminista"... no se engañen, esto viene parido por machos de notoria mentalidad "exploitativa". El final se supone trágico, de llorar, pero lo único que consigue es aliviarnos tanto dolor y sufrimiento.
martes, 4 de agosto de 2026
JAULA SIN TECHO
Ted Post, proveniente de la televisión, es un director que no deja de resultar curioso debido a la carrera que llevó, trufada de capítulos sueltos de series de éxito, amén de incursiones en la gran pantalla tan notorias como “Regreso al planeta de los simios”, “Harry el fuerte” y otras de corte más artesanal y tirando a cutre, como “Los valientes visten de negro”, cinta independiente que, gracias a pequeños pases en cines remotos, consiguió finalmente una distribución que pondría a Chuck Norris en el firmamento de las estrellas, o la que hoy nos ocupa: “Jaula sin techo”, que, de malsana y bizarra que es, por momentos adquiere tonos paródicos.
Cuenta la historia de una familia bastante turbia (posiblemente endogámica), compuesta por una matriarca, sus dos hijas (unos putones) y un hijo de unos veintipocos años con un severo retraso mental que no ha evolucionado intelectualmente desde que nació. De esta manera, su madre le pone trajecitos de bebé, lo acuesta en una cuna y, durante el día, lo mantiene en un parque infantil con barrotes.
Un buen día llega a la casa una asistenta social que, por un lado, intenta conseguir que el muchacho evolucione mentalmente y, por otro, se huele que este no ha crecido por algún asunto turbio que se traen entre manos su madre y sus hermanas. Por ello, sus visitas al hogar de la familia son frecuentes, hasta el punto de que acaba obsesionándose con el “bebé” y el resto del clan, tomando la historia giros inesperados.
No está nada mal esta película.
Y, aunque tiene toda la pinta de ser un exploitation destinado al circuito de cines marginales, en realidad se trata de un film de presupuesto modesto surgido de manera independiente. El hecho de que la dirija un artesano como Ted Post no es más que una circunstancia. Y es que el guionista, Abe Polsky, que ya tenía el libreto escrito, anduvo detrás de Post cerca de un año. Este rechazó hacer la película porque le resultaba demasiado oscura y extraña, y no se veía con ganas de ponerse al mando de semejante cosa. Sin embargo, cuando el proyecto estuvo más avanzado, aceptó, convirtiendo “Jaula sin techo” en una película de culto, principalmente gracias a su dirección.
Durante lustros, popes del cine chungo han añadido este título a sus interminables listados de películas “tan malas que son buenas”, aunque en más de una ocasión han tenido que desestimarla, alegando que extraña es un rato, oscura y bizarra también, pero que, en absoluto se trata de una película incompetente o mal hecha, a tenor de su guion bien resuelto y de una dirección artesanal, pero efectiva. En consecuencia, roza ese umbral, pero ahí anda, con un pequeño culto de cinéfilos finos que la reivindican.
Por otro lado, las risas que pueda provocar no vienen de una posible comedia involuntaria, sino del fino (y negrísimo) sentido del humor de sus artífices, volcado sobre todo en la interpretación del trío femenino protagonista y en la del actor David Mooney, quien dio vida al retrasado mental no evolucionado y estancado en bebé, no sin cierta sorna y rozando por momentos lo ridículo. Para componer su personaje, investigó y observó a niños con deficiencias mentales en varias instituciones para, posteriormente, incorporar sus gestos y actitudes a su interpretación (digo yo que tendría que haber observado bebés, pero bueno...), llevándola al paroxismo. Asimismo, antes de que la producción eligiera a Mooney, un jovencísimo John Travolta hizo una prueba para optar al papel, pero fue rechazado de facto.
La copia que yo he visto estaba doblada, pero conserva los sonidos de bebé reales que emite David Mooney en la versión original. Existe una primera versión con sonido directo, pero, en algún momento del montaje la pista original se perdió y el actor tuvo que doblarse. Por ello, se optó por insertar sonidos y llantos de un bebé real, logrando un efecto aún más inquietante del que ya transmite de por sí. Además, para reforzar la sensación de infantilismo, durante el rodaje Mooney se afeitaba todo el cuerpo, detalle que, sin embargo, pasa completamente inadvertido mientras vemos la película.
En definitiva, se trata de un film, sobre todo, curioso; por momentos desasosegante y puro género setentero que, pese a un par de instantes un tanto tostón, se disfruta perfectamente porque es un catálogo de excentricidades por parte del bebé, de las dos hermanas putones y de la madre que los parió a todos. Y eso por no hablar del estupendo girito final que, al menos yo, no me esperaba ni por asomo.
"Jaula sin techo" no parece haberse estrenado en los cines de nuestro país en su momento. Tampoco recuerdo una edición en VHS, pero sí apareció en la era del DVD en desastrosas ediciones piratas, y la “oficial” fue uno de esos DVD que regalaba la revista "Tiempo". También hubo una edición en Blu-ray de origen pirata hace no mucho, pero, salvo por estas, parece que todos los estamentos la consideran una película menor, casi televisiva y tirando a chunguilla. Pero eso es porque no se molestaron en verla.
Cuenta la historia de una familia bastante turbia (posiblemente endogámica), compuesta por una matriarca, sus dos hijas (unos putones) y un hijo de unos veintipocos años con un severo retraso mental que no ha evolucionado intelectualmente desde que nació. De esta manera, su madre le pone trajecitos de bebé, lo acuesta en una cuna y, durante el día, lo mantiene en un parque infantil con barrotes.
Un buen día llega a la casa una asistenta social que, por un lado, intenta conseguir que el muchacho evolucione mentalmente y, por otro, se huele que este no ha crecido por algún asunto turbio que se traen entre manos su madre y sus hermanas. Por ello, sus visitas al hogar de la familia son frecuentes, hasta el punto de que acaba obsesionándose con el “bebé” y el resto del clan, tomando la historia giros inesperados.
No está nada mal esta película.
Y, aunque tiene toda la pinta de ser un exploitation destinado al circuito de cines marginales, en realidad se trata de un film de presupuesto modesto surgido de manera independiente. El hecho de que la dirija un artesano como Ted Post no es más que una circunstancia. Y es que el guionista, Abe Polsky, que ya tenía el libreto escrito, anduvo detrás de Post cerca de un año. Este rechazó hacer la película porque le resultaba demasiado oscura y extraña, y no se veía con ganas de ponerse al mando de semejante cosa. Sin embargo, cuando el proyecto estuvo más avanzado, aceptó, convirtiendo “Jaula sin techo” en una película de culto, principalmente gracias a su dirección.
Durante lustros, popes del cine chungo han añadido este título a sus interminables listados de películas “tan malas que son buenas”, aunque en más de una ocasión han tenido que desestimarla, alegando que extraña es un rato, oscura y bizarra también, pero que, en absoluto se trata de una película incompetente o mal hecha, a tenor de su guion bien resuelto y de una dirección artesanal, pero efectiva. En consecuencia, roza ese umbral, pero ahí anda, con un pequeño culto de cinéfilos finos que la reivindican.
Por otro lado, las risas que pueda provocar no vienen de una posible comedia involuntaria, sino del fino (y negrísimo) sentido del humor de sus artífices, volcado sobre todo en la interpretación del trío femenino protagonista y en la del actor David Mooney, quien dio vida al retrasado mental no evolucionado y estancado en bebé, no sin cierta sorna y rozando por momentos lo ridículo. Para componer su personaje, investigó y observó a niños con deficiencias mentales en varias instituciones para, posteriormente, incorporar sus gestos y actitudes a su interpretación (digo yo que tendría que haber observado bebés, pero bueno...), llevándola al paroxismo. Asimismo, antes de que la producción eligiera a Mooney, un jovencísimo John Travolta hizo una prueba para optar al papel, pero fue rechazado de facto.
La copia que yo he visto estaba doblada, pero conserva los sonidos de bebé reales que emite David Mooney en la versión original. Existe una primera versión con sonido directo, pero, en algún momento del montaje la pista original se perdió y el actor tuvo que doblarse. Por ello, se optó por insertar sonidos y llantos de un bebé real, logrando un efecto aún más inquietante del que ya transmite de por sí. Además, para reforzar la sensación de infantilismo, durante el rodaje Mooney se afeitaba todo el cuerpo, detalle que, sin embargo, pasa completamente inadvertido mientras vemos la película.
En definitiva, se trata de un film, sobre todo, curioso; por momentos desasosegante y puro género setentero que, pese a un par de instantes un tanto tostón, se disfruta perfectamente porque es un catálogo de excentricidades por parte del bebé, de las dos hermanas putones y de la madre que los parió a todos. Y eso por no hablar del estupendo girito final que, al menos yo, no me esperaba ni por asomo.
"Jaula sin techo" no parece haberse estrenado en los cines de nuestro país en su momento. Tampoco recuerdo una edición en VHS, pero sí apareció en la era del DVD en desastrosas ediciones piratas, y la “oficial” fue uno de esos DVD que regalaba la revista "Tiempo". También hubo una edición en Blu-ray de origen pirata hace no mucho, pero, salvo por estas, parece que todos los estamentos la consideran una película menor, casi televisiva y tirando a chunguilla. Pero eso es porque no se molestaron en verla.
sábado, 1 de agosto de 2026
ZOMBIE NATION
Dicen que está feo hablar mal de los muertos.... a menos que el cadáver responda al nombre de Ulli Lommel y en vida hubiese hecho "Zombie Nation", una película racionalmente indefendible. Sería un esnob si comenzara a meterle medallas... pero tampoco procederé como todos esos gacetilleros cuadriculados, clones unos de otros, más tontos que una piruleta y carentes de imaginación, dedicados en cuerpo y alma a destruir desde la detestable arrogancia cualquier película "diferente / modesta / peculiar" solo porque no encaja en el / su "status quo", su visión convencional de las cosas. Intentaré ser justo y ecuánime, con las medidas dosis de sal y pimienta... aunque, como decía, cueste mucho no tener algo de tirria a Ulli Lommel, sobre todo si, como yo, has cometido el error de leer algunas de sus entrevistas. Recuerdo en particular una donde se defendía de aquellos que le atacaban por haber plagiado las escenas de derretimiento del personal en "En busca del arca perdida" para el desenlace de su "Terror en Devonsville". Él aseguraba que dicha supuesta mimetización tenía un motivo, un por qué transgresor que consistía hacer recordar a su audiencia la existencia de la otra película y, en el trajín, empujarle a reflexionar y, así, abrirle los ojos respecto a la "maldad" implícita en aquella, uséase, el clásico de Steven Spielberg. Y cuando Lommel habla de "maldad" se refiere tanto a la naturaleza industrial / corporativa del film como, y esto va en serio, un supuesto mensaje para-nazi oculto en sus disfrutables fotogramas. Amigo, no he visto jamás un modo más rastrero, patético y pretencioso de justificar la falta de imaginación... los cero escrúpulos... la incapacidad de uno y el vil oportunismo "exploitativo". Y no se queda ahí el hombre, básicamente recorre a idéntica treta cuando le preguntan sobre el sospechoso parecido de su "Satanás, el reflejo del mal" con "La noche de Halloween". En fin. Por cosas así, y muchas otras, uno no puede evitar sentir algo de asco hacia Ulli Lommel. Sin embargo, en el otro lado está su peculiar naturaleza, su condición de extravagante personajillo de quinta regional con cierto bagaje no exento de interés. Y de ahí que, en ocasiones, sea capaz de meterme entre pecho y espalda alguno de sus furruños audiovisuales. Concretamente, "Zombie Nation" fue rodada justo tras una etapa, situada especialmente entre segunda mitad de los ochenta y los noventa al completo, en la que Lommel, muy desencantado, se limitaba a cumplir con la papeleta y rodar desganadamente productos impersonales de acción y/o fantasía. Así que pilló la reseñada con ciertas ganas. Por año (2004 / 2005) se sitúa justo justísimo en la frontera en la que este "auteur de la inmundicia" le coge gusto a la mini-DV con la excusa de la libertad creativa y se pasa estrictamente al vídeo, terminando de destruir su ya de por sí maltrecha filmografía aunque, eso sí, pasándolo de putifa en el trayecto. Cabe señalar que, al contrario del rumor, "Zombie Nation" está filmada en 35mm. ¿La última, tal vez?. Por supuesto, se lanzó en pleno despegue de la moda zombie y, sí, apenas cuenta con estos en la trama. O, al menos, no como los entendemos hoy en día (y muchísimo menos cómo lucen en el cartel). Eso, y otras cosas que veremos a continuación, fueron las que detonaron el apasionado odio que "Zombie Nation" despierta entre el siempre obtuso fandom.
Así, de entrada, el film gira en torno a un policía de pasado turbio que, aprovechando su condición, secuestra mujeres atractivas, las lleva hasta un almacén de muebles semi-abandonado donde las manosea, tortura y mata para, seguidamente, enterrarlas. Su compañero de patrulla es consciente de ello y quiere denunciarlo, pero teme las consecuencias, sobre todo porque el comisario jefe respalda al criminal con placa. Digamos que, hasta aquí, la peli se desarrolla cual thriller medianamente convencional. Inevitablemente pobre en su acabado, patoso en su montaje y de apariencia acartonada, artificial. Hablaba arriba del almacén en plan "Ikea" donde el psycho cop se lleva a sus víctimas... bien, es evidente que también allí se construyeron los decorados del apartamento del poli bueno, donde mantiene conversaciones tortuosas con su pareja y, sobre todo, la comisaría al completo, increíblemente cutre, ahí con paredes peladas, tuberías por todas partes y los mismos muebles que hemos visto previamente dispuestos para la venta. A pesar de todo, vamos sufriendo el asunto y tampoco es que nos induzca al arrancamiento de ojos.
De pronto hay un salto de tiempo y pasamos a presenciar un incomprensible ritual vudú donde tres negras echan líquidos pringosos sobre una pava joven. Seguidamente, esta cae en las zarpas del poli chungo. Sin embargo, una vez muerta y enterrada, volverá de su tumba para vengarse. Ok, entendemos que es el vudú aplicado el que actúa pero, entonces, ¡¿por que en esa resurrección la acompañan las restantes señoritas asesinadas?!... mmmh, bueno, vale, da igual, que actúen. ¿Y cómo actúan estas zombies escasa y lastimosamente maquilladas? pues como quien se rejunta con sus amigas para ir de despedida de soltera, solo que en lugar de comprar pollas de plástico se las arrancan a los machos que, gracias fortuna, encuentran en medio de desérticos parajes normalmente inhabitados. Y así, poco a poco, se van aproximando hasta la guarida de su asesino. ¿Y qué hace este mientras? recibir la visita de, primero, su padre (cameo para David Hess) y, segundo, un estrambótico doctor interpretado por un desatado Ulli Lommel que, se supone, está ahí para curarle los traumas, pero en realidad únicamente esputa un montón de incongruencias y luego desaparece. Tan inútil narrativamente como la presencia del progenitor. Por supuesto el criminal sigue igual de loco, aunque no tendrá tiempo de matar a otra mujer, las zombies llegan hasta su escondrijo, que ahora es un ¡¿yate?!, y allí se lo cargan, tirándolo al mar. Luego, visitan la comisaría con pinta de okupa, despachan a los allí presentes y, ojo al dato, terminan enfundándose sus uniformes policiales, posado con sonrisa profident incluida. De mientras, el psicópata regresa de la tumba acuática a ritmo sonoro del famoso "Yaketi Sax" de "Benny Hill" (en evidente intención de hacerle la peineta al sufrido espectador, lo que recuera a esta otra guasa).
Bien, analicemos todo ello. Tal y como yo lo veo, es descarado que Lommel se aburrió rodando la primera mitad y para la segunda quiso desquitarse. Diría incluso que la improvisó tal y como le salió de la patata. ¿En nombre de la diversión y el gozo? No, en nombre del arte, porque el zineasta siempre ha dejado claro que él de director de terror y tal, nada, que es un artista dispuesto a coquetear con el género puro, la explotación, para así vender el producto final, pero que lo suyo queda a distancias kilométricas del llamado cine comercial. Ya. La cuestión acá es que, al terminar "Zombie Nation", no cabía en mí mismo. Confundido, desconcertado. ¿Pero qué ha sido esto?. Rápidamente entendí por qué era tan detestada... pero también reconozco que esbocé una sonrisa y pensé "Hostia, que hijoputa el kraut... ¡mola!". Sí, mola. ¿Por qué no? Mola que Ulli Lommel decidiera tirarlo todo por la ventana y, libre de ataduras, hacer lo que le vino en gana. Descojonarse un poco del asunto. Delirar a antojo. Así que, palante. ¡Enga!. Me gustó sentirme agredido sensorialmente, recibir ese hostiazo en todo el careto. Y retumbó, porque los días siguientes todavía pensaba en "Zombie Nation". Y no es que sea una gran película, una obra de arte, culto o lo que quieran llamarla... ¡para nada! es una mierda muy tocha, pero apruebo que su director procediera como procedió. Lo aplaudo. Coño, hay otros que hacen lo mismo y les comen el culo incondicionalmente, como Jesús Franco, por ejemplo. Y no lo digo por decir. Lommel actuó para él y quedó maravillado viendo como rodaba tres películas a la vez en un mismo pasillo durante apenas cuatro horas. Le marcó tanto que, en fin, decidió aplicárselo.
Otra razón por la que elegí ver "Zombie Nation" consistía en poner luz a un misterio o, literalmente, rostro a una persona. Leí que el infame director de cine malrollero Marian Dora se marcaba un papelito, casi un cameo, motivado por su condición de productor ejecutivo al lado de otro que tal bailaba, Castern Frank. El caso es que el culpable de "Melancholie der Engel" aparece.. no exterminando moscas a mazazos, no, en este caso ejerce de enfermero tarado, empujando una silla de ruedas. Y que se oculte tras el seudónimo de M.D.Botulino, ayuda poco (especialmente por las siglas). Es más, he decidido sacar una captura del muchacho que les dejo aquí cerca. Ahora, sumen veinte años a esa faz y, si un día, de paseo por las germanias, lo reconocen, le dan un par de guantazos de parte de "Aquí Vale Todo", gracias (y si resulta que nos equivocamos de persona, luego se disculpan amablemente).
Así, de entrada, el film gira en torno a un policía de pasado turbio que, aprovechando su condición, secuestra mujeres atractivas, las lleva hasta un almacén de muebles semi-abandonado donde las manosea, tortura y mata para, seguidamente, enterrarlas. Su compañero de patrulla es consciente de ello y quiere denunciarlo, pero teme las consecuencias, sobre todo porque el comisario jefe respalda al criminal con placa. Digamos que, hasta aquí, la peli se desarrolla cual thriller medianamente convencional. Inevitablemente pobre en su acabado, patoso en su montaje y de apariencia acartonada, artificial. Hablaba arriba del almacén en plan "Ikea" donde el psycho cop se lleva a sus víctimas... bien, es evidente que también allí se construyeron los decorados del apartamento del poli bueno, donde mantiene conversaciones tortuosas con su pareja y, sobre todo, la comisaría al completo, increíblemente cutre, ahí con paredes peladas, tuberías por todas partes y los mismos muebles que hemos visto previamente dispuestos para la venta. A pesar de todo, vamos sufriendo el asunto y tampoco es que nos induzca al arrancamiento de ojos.
De pronto hay un salto de tiempo y pasamos a presenciar un incomprensible ritual vudú donde tres negras echan líquidos pringosos sobre una pava joven. Seguidamente, esta cae en las zarpas del poli chungo. Sin embargo, una vez muerta y enterrada, volverá de su tumba para vengarse. Ok, entendemos que es el vudú aplicado el que actúa pero, entonces, ¡¿por que en esa resurrección la acompañan las restantes señoritas asesinadas?!... mmmh, bueno, vale, da igual, que actúen. ¿Y cómo actúan estas zombies escasa y lastimosamente maquilladas? pues como quien se rejunta con sus amigas para ir de despedida de soltera, solo que en lugar de comprar pollas de plástico se las arrancan a los machos que, gracias fortuna, encuentran en medio de desérticos parajes normalmente inhabitados. Y así, poco a poco, se van aproximando hasta la guarida de su asesino. ¿Y qué hace este mientras? recibir la visita de, primero, su padre (cameo para David Hess) y, segundo, un estrambótico doctor interpretado por un desatado Ulli Lommel que, se supone, está ahí para curarle los traumas, pero en realidad únicamente esputa un montón de incongruencias y luego desaparece. Tan inútil narrativamente como la presencia del progenitor. Por supuesto el criminal sigue igual de loco, aunque no tendrá tiempo de matar a otra mujer, las zombies llegan hasta su escondrijo, que ahora es un ¡¿yate?!, y allí se lo cargan, tirándolo al mar. Luego, visitan la comisaría con pinta de okupa, despachan a los allí presentes y, ojo al dato, terminan enfundándose sus uniformes policiales, posado con sonrisa profident incluida. De mientras, el psicópata regresa de la tumba acuática a ritmo sonoro del famoso "Yaketi Sax" de "Benny Hill" (en evidente intención de hacerle la peineta al sufrido espectador, lo que recuera a esta otra guasa).
Bien, analicemos todo ello. Tal y como yo lo veo, es descarado que Lommel se aburrió rodando la primera mitad y para la segunda quiso desquitarse. Diría incluso que la improvisó tal y como le salió de la patata. ¿En nombre de la diversión y el gozo? No, en nombre del arte, porque el zineasta siempre ha dejado claro que él de director de terror y tal, nada, que es un artista dispuesto a coquetear con el género puro, la explotación, para así vender el producto final, pero que lo suyo queda a distancias kilométricas del llamado cine comercial. Ya. La cuestión acá es que, al terminar "Zombie Nation", no cabía en mí mismo. Confundido, desconcertado. ¿Pero qué ha sido esto?. Rápidamente entendí por qué era tan detestada... pero también reconozco que esbocé una sonrisa y pensé "Hostia, que hijoputa el kraut... ¡mola!". Sí, mola. ¿Por qué no? Mola que Ulli Lommel decidiera tirarlo todo por la ventana y, libre de ataduras, hacer lo que le vino en gana. Descojonarse un poco del asunto. Delirar a antojo. Así que, palante. ¡Enga!. Me gustó sentirme agredido sensorialmente, recibir ese hostiazo en todo el careto. Y retumbó, porque los días siguientes todavía pensaba en "Zombie Nation". Y no es que sea una gran película, una obra de arte, culto o lo que quieran llamarla... ¡para nada! es una mierda muy tocha, pero apruebo que su director procediera como procedió. Lo aplaudo. Coño, hay otros que hacen lo mismo y les comen el culo incondicionalmente, como Jesús Franco, por ejemplo. Y no lo digo por decir. Lommel actuó para él y quedó maravillado viendo como rodaba tres películas a la vez en un mismo pasillo durante apenas cuatro horas. Le marcó tanto que, en fin, decidió aplicárselo.
Otra razón por la que elegí ver "Zombie Nation" consistía en poner luz a un misterio o, literalmente, rostro a una persona. Leí que el infame director de cine malrollero Marian Dora se marcaba un papelito, casi un cameo, motivado por su condición de productor ejecutivo al lado de otro que tal bailaba, Castern Frank. El caso es que el culpable de "Melancholie der Engel" aparece.. no exterminando moscas a mazazos, no, en este caso ejerce de enfermero tarado, empujando una silla de ruedas. Y que se oculte tras el seudónimo de M.D.Botulino, ayuda poco (especialmente por las siglas). Es más, he decidido sacar una captura del muchacho que les dejo aquí cerca. Ahora, sumen veinte años a esa faz y, si un día, de paseo por las germanias, lo reconocen, le dan un par de guantazos de parte de "Aquí Vale Todo", gracias (y si resulta que nos equivocamos de persona, luego se disculpan amablemente).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





