sábado, 22 de agosto de 2026
LAST HOUSE ON DEAD END STREET
No hubo en los noventa (finales) / dos mil (inicios) una película más ignota, misteriosa, "cult" y buscada que "Last house on dead end street". Todos los fanzines (especialmente si eran yankis) hablaban de ella sin conocimiento real, entusiasmados por lo que "habían oído" y, por tanto, incrementando su leyenda negra. Algunos incluso pensaban que el "snuff" mostrado en sus fotogramas era real. Los foros de internet dedicados al horror y aledaños no paraban de hablar de ella hasta que, un día, un señor de mediana edad llamado Roger Watkins llegó a esos mismos ciber lugares para anunciar que él era el director... bueno, el director, guionista, protagonista y lo que le echaran. Hubo quien de entrada dudó, sobre todo porque "Last house on dead end street" venía firmada por "un tal" Victor Janos (y encabezada actorilmente por "otro tal" Steven Morrison). Pero sí, Watkins era el genuino y verdadero culpable oculto tras aquellos falsos nombres. Confirmado pues el asunto, el hombre ganó protagonismo y comenzó a ser entrevistado en fanzines ("Ultra Violent" o el "Neon Madness" de Andy Copp), además de acudir a sendas convenciones y ver como su película conocía tardía revalorización y era editada en dvd por alguna compañía modesta dedicada a esta clase de escoria audiovisual. Pero ¿¿cómo comenzó todo??.
En 1973 Roger Watkins era un estudiante de cine neoyorquino de tan solo 22 primaveras, toda una ristra de cortos amateurs previos (comenzó a los diez añitos), loco por debutar en el cine comercial y, sobre todo, epatar. Así, lió a una panda de colegas (muchos estudiantes como él), pilló una cámara de 16mm, 1.500 dólares y comenzó a rodar "Cuckoo clocks of hell" (¿?). Puesto que su intención consistía en llamar la atención a cualquier precio, decidió tirar de elemento "shock" a todo trapo. A lo largo del film veremos imágenes reales de un matadero, violencia y crueldad a espuertas, algo de tetas (algunas muy apetecibles, como la chavala que se baña en cueros, con pinta de ser una filmación totalmente casera) e ideas tan absurdamente descabelladas como aquella en la que una mujer blanca se pinta la cara de negro, con los labios en plan "El cantor de jazz", y, arrodillada, es atizada látigo mediante por un desaprensivo. Provocación al cubo. Claro que estamos en los setenta, y como la panoja escasea, Watkins tira de lo obvio, personas hablando y hablando. Planos largos en los que poco ocurre y banda sonora minimalista a base de ruidos y efectos de sonido. No es hasta el clímax final donde, ahora sí, el asunto "truculentoso" gana enteros y, vale, hay cierto despliegue de mala leche, especialmente con la escena de la muchacha mutilada en la camilla u otro de los instantes "célebres" de la película, el productor porno obligado a chupar cual falo la pata de una cabra surgida de la bragueta de una mujer destetada. Luego, le taladran el ojo, ¡ea!.
Con toda su tremenda tosquedad, en algunos casos muy efectiva a la hora de transmitir malrollismo y sordidez, a la peli le costó lo suyo encontrar distribuidor. Roger Watkins contaba posteriormente que en los primigenios pases provocaba huidas masivas del personal, incluso peleas en platea. Mmmmmh, bueno, habrá que creerlo. En cualquier caso no se comercializó legalmente hasta 1977 bajo, primero, el título de "The Funhouse" (como la -posterior- película de Tobe Hooper. De ahí que algunos carteles tardíos echaran mano del niño deforme de esta para meter en los posters de aquella) y, finalmente, el más famoso y oficial de "Last house on dead end street" (supongo que en espera de sacar suco del éxito de la razonablemente parecida "Last house on the left", a la que incluso manga el slogan). Eso sí, con las escenas violentas algo tamizadas (según su director, la versión íntegra es mucho más extrema) y una voz en off en los créditos finales impuesta, desafortunada y fuera de lugar que nos anuncia la captura de los criminales por parte de las autoridades. Tampoco así la cosa terminó de rular, y Roger Watkins, casado y con un retoño en camino, se vio obligado a aceptar la oferta para dirigir pornografía (esta vez bajo el alias de Richard Mahler), asunto en el que centraría el resto de su trayectoria... o casi. Es cierto que no debe sorprendernos el absoluto oscurantismo en el que vivió sumido durante décadas. Digamos que, hasta cierto punto, él mismo se lo buscó. Ya han visto que firmó su primer largometraje con seudónimos. Idéntica treta utilizada luego durante su tránsito por el cine de mete-saca. Sin embargo, entre medias se salió para rodar otra de terror, "Shadows of the mind", cuyo traumático rodaje le llevó a, primero, firmarla como Bernard Travis (no fue hasta 2005 que se descubrió el pastel) y, segundo, seguidamente liarse con una comedia en la que contaba, justo, las trifulcas de aquel rodaje accidentado. "Spitoon" se llamaba y si no la han visto es porque el resultado final disgustó tanto a Watkins que decidió destruir el negativo antes de que se hicieran copias, ¡¡ja ja ja!!, ¡¡alma de cántaro!! así ¿¿cómo iba nadie a saber de tu existencia?? ¡¡que mala es la severa autoexigencia!!
¿Cambió mucho el panorama tras el renacer de "Last house on dead end street"? No mucho. Watkins anunció sendos nuevos proyectos que jamás llegarían a ver la luz del día ("Hobo Floats" y "Darkness at the edge of town") y, precisamente de la mano de Andy Copp (y Fred Vogel, de los "August Underground"), co-escribió un posible guion para "Last house on dead end street 2" que nunca se produjo. Entre otros motivos porque Roger Watkins palmó. El mentado libreto terminaría siendo editado en e-book, por si a alguien le pica la curiosidad y el sobaco.
Centrándonos ya del todo en la película reseñada, pues bueno, no deja de ser una curiosidad a la que, si le echas paciencia, se le puede dedicar un ratejo. Es aburrida, sí. Es cutre, también. Y las escenas sangrientas desde luego no son tan verosímiles como para plantearse la idea del "snuff" genuino. Pero tiene sus aciertos estéticos, sus momentos intensos (sobre todo gracias al sonido) y esa amoralidad + misantropía + nihilismo tan radicales y que tanto ponían a los fanzineros del periodo. Por supuesto Watkins, declarado fan de Luis Buñuel, justificaba todo ello con verborrea intelectualoide y "arty", otorgando a su producto puramente "exploiter" atributos más elevados de los que realmente le pertocan ("mi pretensión era chocarte y hacerte pensar" decía, sí... ¡en la lista de la compra!)... pero ya sabemos como funcionan estas movidas, igual que el hecho de que, una vez superada la "fiebre" respecto a "Last house on dead end street" -y una vez disponible para ver y saciada la curiosidad morbosa- rápidamente regresó al cajón de las olvidadas.
sábado, 1 de agosto de 2026
ZOMBIE NATION
Así, de entrada, el film gira en torno a un policía de pasado turbio que, aprovechando su condición, secuestra mujeres atractivas, las lleva hasta un almacén de muebles semi-abandonado donde las manosea, tortura y mata para, seguidamente, enterrarlas. Su compañero de patrulla es consciente de ello y quiere denunciarlo, pero teme las consecuencias, sobre todo porque el comisario jefe respalda al criminal con placa. Digamos que, hasta aquí, la peli se desarrolla cual thriller medianamente convencional. Inevitablemente pobre en su acabado, patoso en su montaje y de apariencia acartonada, artificial. Hablaba arriba del almacén en plan "Ikea" donde el psycho cop se lleva a sus víctimas... bien, es evidente que también allí se construyeron los decorados del apartamento del poli bueno, donde mantiene conversaciones tortuosas con su pareja y, sobre todo, la comisaría al completo, increíblemente cutre, ahí con paredes peladas, tuberías por todas partes y los mismos muebles que hemos visto previamente dispuestos para la venta. A pesar de todo, vamos sufriendo el asunto y tampoco es que nos induzca al arrancamiento de ojos.
De pronto hay un salto de tiempo y pasamos a presenciar un incomprensible ritual vudú donde tres negras echan líquidos pringosos sobre una pava joven. Seguidamente, esta cae en las zarpas del poli chungo. Sin embargo, una vez muerta y enterrada, volverá de su tumba para vengarse. Ok, entendemos que es el vudú aplicado el que actúa pero, entonces, ¡¿por que en esa resurrección la acompañan las restantes señoritas asesinadas?!... mmmh, bueno, vale, da igual, que actúen. ¿Y cómo actúan estas zombies escasa y lastimosamente maquilladas? pues como quien se rejunta con sus amigas para ir de despedida de soltera, solo que en lugar de comprar pollas de plástico se las arrancan a los machos que, gracias fortuna, encuentran en medio de desérticos parajes normalmente inhabitados. Y así, poco a poco, se van aproximando hasta la guarida de su asesino. ¿Y qué hace este mientras? recibir la visita de, primero, su padre (cameo para David Hess) y, segundo, un estrambótico doctor interpretado por un desatado Ulli Lommel que, se supone, está ahí para curarle los traumas, pero en realidad únicamente esputa un montón de incongruencias y luego desaparece. Tan inútil narrativamente como la presencia del progenitor. Por supuesto el criminal sigue igual de loco, aunque no tendrá tiempo de matar a otra mujer, las zombies llegan hasta su escondrijo, que ahora es un ¡¿yate?!, y allí se lo cargan, tirándolo al mar. Luego, visitan la comisaría con pinta de okupa, despachan a los allí presentes y, ojo al dato, terminan enfundándose sus uniformes policiales, posado con sonrisa profident incluida. De mientras, el psicópata regresa de la tumba acuática a ritmo sonoro del famoso "Yaketi Sax" de "Benny Hill" (en evidente intención de hacerle la peineta al sufrido espectador, lo que recuera a esta otra guasa).
Bien, analicemos todo ello. Tal y como yo lo veo, es descarado que Lommel se aburrió rodando la primera mitad y para la segunda quiso desquitarse. Diría incluso que la improvisó tal y como le salió de la patata. ¿En nombre de la diversión y el gozo? No, en nombre del arte, porque el zineasta siempre ha dejado claro que él de director de terror y tal, nada, que es un artista dispuesto a coquetear con el género puro, la explotación, para así vender el producto final, pero que lo suyo queda a distancias kilométricas del llamado cine comercial. Ya. La cuestión acá es que, al terminar "Zombie Nation", no cabía en mí mismo. Confundido, desconcertado. ¿Pero qué ha sido esto?. Rápidamente entendí por qué era tan detestada... pero también reconozco que esbocé una sonrisa y pensé "Hostia, que hijoputa el kraut... ¡mola!". Sí, mola. ¿Por qué no? Mola que Ulli Lommel decidiera tirarlo todo por la ventana y, libre de ataduras, hacer lo que le vino en gana. Descojonarse un poco del asunto. Delirar a antojo. Así que, palante. ¡Enga!. Me gustó sentirme agredido sensorialmente, recibir ese hostiazo en todo el careto. Y retumbó, porque los días siguientes todavía pensaba en "Zombie Nation". Y no es que sea una gran película, una obra de arte, culto o lo que quieran llamarla... ¡para nada! es una mierda muy tocha, pero apruebo que su director procediera como procedió. Lo aplaudo. Coño, hay otros que hacen lo mismo y les comen el culo incondicionalmente, como Jesús Franco, por ejemplo. Y no lo digo por decir. Lommel actuó para él y quedó maravillado viendo como rodaba tres películas a la vez en un mismo pasillo durante apenas cuatro horas. Le marcó tanto que, en fin, decidió aplicárselo.
Otra razón por la que elegí ver "Zombie Nation" consistía en poner luz a un misterio o, literalmente, rostro a una persona. Leí que el infame director de cine malrollero Marian Dora se marcaba un papelito, casi un cameo, motivado por su condición de productor ejecutivo al lado de otro que tal bailaba, Castern Frank. El caso es que el culpable de "Melancholie der Engel" aparece.. no exterminando moscas a mazazos, no, en este caso ejerce de enfermero tarado, empujando una silla de ruedas. Y que se oculte tras el seudónimo de M.D.Botulino, ayuda poco (especialmente por las siglas). Es más, he decidido sacar una captura del muchacho que les dejo aquí cerca. Ahora, sumen veinte años a esa faz y, si un día, de paseo por las germanias, lo reconocen, le dan un par de guantazos de parte de "Aquí Vale Todo", gracias (y si resulta que nos equivocamos de persona, luego se disculpan amablemente).
sábado, 25 de abril de 2026
CARNE PARA FRANKENSTEIN
El doctor Frankenstein anda construyendo los cuerpos apolíneos y perfectos del hombre y la mujer del futuro. Tal es su dedicación, que doña Frankenstein se busca mozos atractivos entre la plebe para que la satisfagan sexualmente. Da la casualidad que el último de ellos era amigo del pobre desgraciado al que Doc decapitó para usar el cabolo como el idem de su criatura. En el momento que esta cobre vida (de manera bastante menos aparatosa a lo que nos tienen acostumbrados) y se encuentre con su ex-amigo, las cosas comenzarán a desmadrarse, mucho y muy sangrantemente, sobre todo porque al pobre mastuerzo ya no le tiraba eso del follamen en vida, y ahora, resurrecto, sigue pensando igual para mayor desespero de su creador.
Forrest J. Ackerman tenía razón en dos cosas, la cantidad de sexo y sangre que rula por los fotogramas de esta pieza -encima, toma marcada de paquete, parida en 3D- es generosa. Casi diría que hay más folli folli que hemoglobina, pero está la cosa bastante equilibrada. Tal vez sea el tremebundo desenlace cuando de verdad necesitaremos un chubasquero, rodado ello además con un gran guiñolesco sentido del espectáculo y el drama exacerbado. A ver, no es que la peli chorree humor (menos que sangre, seguro), pero está claro que tampoco se la tomaron muy en serio, había intención de dotarla de un aire delirante y culebronesco que el espectador más avezado seguramente captará. El resultado, pues hombre, está simpático. No es un peliculón, pero tampoco te aburres demasiado. Dejémoslo en astracanada chispeante, consumible, y estupendo reflejo de las libertades y desprejuicios del cine de aquella década.
En ese sentido, el reparto está a la altura. Un sensacional Udo Kier como desquiciado Barón Von Frankenstein de actitud arrogante e ideas prácticamente nazis. Su esposa, la extraña Monique van Vooren, en cuyo currículum localizamos materia tan variada como un capítulo del "Batman" sesentero, "El Decamerón", "Lesbianismo Asesino" o el "Wall Street" de Oliver Stone (!!!). De la prole resultante destaco a la niña, por fea y malrollera, Nicoletta Elmi, que había intervenido en sendos clásicos del fantástico fetuccini del calibre de "¿Quién la ha visto morir?" u "Orgía de sangre" y lo haría en tantos otros como "Rojo Oscuro", "El medallón ensangrentado" o, sobre todo, "Demons", dando vida a la siniestra acomodadora. Hablando de mujeres, la criatura con vagina, y que se pasa toda la peli en pelotas, es Dalila Di Lazzaro, cuyo bello palmito luciría en unas cuantas pelis para pajeros o en el "Phenomena" (the movie, no the horrible evento) de Dario Argento. El restante reparto viene repleto de segundones extraídos del cine popular ítalo parlante, especialmente mucho "peplum" y no menos "giallos". Sin embargo, sería feo obviar la presencia de Arno Jürging, quien interpreta al "Igor" de r-igor (ejem...) de la película, y lo hace a lo grande, histriónicamente, soltando tremebundas miradas y, sobre todo, sacando lascivamente la lengua viperina o, directamente, lamiendo las recientes cicatrices de la criatura con vagina. Toda una puesta a prueba del estómago de los sufrientes espectadores.
Del clan de los estrictamente Warholianos -director aparte-, rescatamos al guapo pero soso Joe Dallesandro, mostrando hasta el rabo (le vimos de idéntica tesitura en los tres clásicos de Paul Morrissey, "Trash", "Flesh" y "Heat") y en funciones de co-guionista Pat Hackett, quien hizo tres cuartos de lo mismo para Warhol con "Bad", sin embargo, no aparece acreditada. Tampoco el prestigioso Tonino Guerra, guionista de exquisiteces para el esnob medio como "Amarcord", "La Aventura" o "Blow-Up". Supongo que el ego de Paul Morrissey era demasiado grande como para asumir una co-paternidad.
sábado, 3 de enero de 2026
EL MISTERIO DE LA PIRÁMIDE DE ORO
Así pues, nos encontramos con otra consecuencia más del tremendo pepinazo que supusieron las películas del aventurero "Indy" en su momento, solo que esta respaldada por toda una "Paramount", efectos especiales del respetado Richard "Star Wars" Edlund y dirección de Ken Kwapis (¡wapi!) , un señor que venía de la tele, hizo algunos intentos destinados a la gran pantalla ("Barrio Sésamo: Sigue a ese pájaro", "Él dijo, ella dijo" con Kevin Bacon, "Hasta que el cura nos separe" con Fernando Est.... no, con Robin Williams) que, presupongo, no funcionaron muy bien, así que volvió a la caja lerda y ahí se quedó (donde tampoco le fue demasiado mal, llegó a dirigir un capítulo de "Cuentos Asombrosos", por ejemplo). Ello explicaría pues que "Vibes" no sea ultra-popular, y Cyndi Lauper tampoco se convirtiera en la siguiente ¿Cher?. La cosa arranca bien, con ritmo y chispa, pero a medida que avanza, y cuando el asunto aventurero debería chorrear por los fotogramas, va perdiendo gas, a pesar de que aparque un poco la coña y apueste por un mayor dramatismo. Demasiado "bla, bla" que la supuesta química entre Lauper y Goldblum no sostiene. Y el clímax, cuando los efectos especiales estallan a base de luces, rayos y brillos, se nota contenido y demasiado poco espectacular.
Resumiendo, para ver así un rato tonto a base de compartir pantallas (la del televisor, la del móvil) y luego devolver al estante en el que estaba, el de las justamente olvidadas.
jueves, 30 de octubre de 2025
PARECIDOS (IR)RACIONALES
El respetado responsable de "La noche de Halloween", "La Cosa" o "El príncipe de las tinieblas" llevaba tiempo anclado en la nadería más absoluta, y terminaría rodando dos capítulos para la serie de Mick Garris. El primero partió la pana. Al instante se consideró el mejor y su genuina resurrección (promesa finalmente incumplida). Cuantos más años pasan, más buena prensa adquiere. Estoy hablando de "Cigarette Burns" o, como la titularon absurdamente por acá, "El fin del mundo en 35 mm". Contaba la interesante epopeya de un buscador de películas raras que recibe el encargo de localizar una con muy muy mala reputación, "La Fin Absolue du Monde", dirigida en los setenta por un tal “Hans Backovic”. Al parecer, durante su paso por el Festival de Sitges de la época, volvió loca a la platea, que comenzó a agredir al prójimo o a sí misma. Y eso es algo que, dice la leyenda, le ocurre a todo aquel que la consume. Según iremos viendo a medida que la trama avanza, "La Fin Absolue du Monde" es, esencialmente, una pretenciosa película de arte y ensayo muy de su década, a base de impactantes imágenes surrealistas y sin genuina trama. Al final del capítulo terminaremos descubriendo que la maldad implícita en sus fotogramas obedece a una única razón, la presencia de un genuino ángel que el director logró capturar y retener.
A una trama tan llamativa y, sí, unos resultados tan estupendos, añadan el hecho de que "Cigarette Burns" no se andaba con mojigaterías a la hora de mostrar chicha. Truculencia. Gore. Cosa que resultó bien llamativa entonces porque, a diferencia de muchos de sus coetáneos, no era ese un elemento habitual en la larga filmografía de John Carpenter. Somos testigos de una decapitación que pone los pelos de punta, situada, además, en un contexto de cine "snuff", que siempre da mu mal rollo. Esto abriría otro melón, el de que "Masters of Horror" permitía a sus realizadores llevar el asunto de la violencia gráfica a los límites, aunque, finalmente, ello acabó pasándole factura a Dario Argento con sus aportaciones y, muy especialmente, a Takashi Miike con la suya. Pero no toca hablar del cineasta japonés, toca hacerlo de otro, uno alemán.
Marian Dora es un personaje sumamente misterioso. Nadie conoce su verdadera identidad. Aunque se ha dejado ver como actor brevemente en una película donde curró de machaca, básicamente su efigie no rula oficialmente por ninguna parte. En las entrevistas se sitúa a contraluz. Y tampoco suele acudir a festivales, básicamente porque le han amenazado de muerte un porrón de veces. Y con razón, añado yo. Es responsable de una serie de películas en las que se tiende a lo extremo. Aunque su verdadera "seña de identidad" consiste en que en muchas de ellas torturan y/o matan animales delante de la cámara, sin truco. Y, ocasionalmente, de modo bastante hijoputesco. Además, incluyen sexo explícito, desviado o no, escatología igualmente genuina, violencia a raudales y, en fin, que la obra de Marian Dora da mucha grima y, lógicamente, no cuenta con amplios canales de distribución. Por su nacionalidad y condición, habrá quien lo emparente con el ultra-gore germano que asoló nuestras retinas en los noventa, pero no. Aquellos eran unos papanatas sin mucho talento que se limitaban a imitar el terror yanki, solo que aumentado las dosis de carnicería. Dora estaría más cerca del Jörg Buttgereit de "Nekromantik", básicamente porque a ambos les perdía cierta pedantería, ciertas maneras "artys" que "justificaban" la brutalidad de sus imágenes, aparentemente desproveyéndolas de una intención "exploitativa" para aproximarlas a cuestiones más "respetables". De hecho, lo de Dora es especialmente exagerado. No digo ya el elemento "shock", me refiero a sus ventosidades intelectuales. Graba en vídeo, pero sacándole bastante más jugo que sus coetáneos (descarten aquí a Buttgereit, que tiraba de 16 mm). El hijo de perra sabe encuadrar, sabe iluminar y, ocasionalmente, lograr extraer belleza a las imágenes. Lástima de... todo lo demás.
En cualquier caso, y aparcando juicios morales, el "Magnus Opus" del tiparraco es una cosa larguísima de casi tres horas con la que lleva todas sus malas maneras hasta el borde del abismo. Pedantería para parar un tren. Sexo y guarradas a cholón. Y, lastimosamente, imágenes de violencia real contra animales en todo su crudo esplendor. Es aquella en la que más pueblos se pasa. La cosa gira en torno a cuatro personajes que se piran hasta un casoplón en plena montaña y allí, básicamente, se dedican a hacer todas las burradas mentadas, entre diálogos profundos y metafísicos. ¿El título? "Melancholie der Engel", es decir, la melancolía del ángel.
Déjenme añadir que, aunque costó muchísimo, finalmente logré verla entera. Fue una experiencia muy intensa y para nada divertida. Lo pasé bastante mal (obviamente, con las barrabasadas acometidas contra pobres criaturas) y sí, me dejó muy mal cuerpo. Enhorabuena Marian, lo conseguiste. La cuestión aquí es que andaba obsesionado con "Melancholie der Engel". Había leído tanto, y daba tanto miedo su mera existencia, que prefería enfrentarme a ella antes que seguir alimentando mi imaginación. Era, en cierto modo, una película legendaria y evitable. Era, por así decirlo, mi "La Fin Absolue du Monde" particular.
Con el tiempo llegué a sospechar que, tal vez, los guionistas de "Cigarette Burns" habían tomado "el clásico" de Marian Dora como fuente de inspiración para la película maldita de su trama. Hay ciertas similitudes, comenzando por el hecho de que todo en "La Fin Absolue du Monde" gira en torno a un ángel real pasándolo putas. Vale, no hay ángeles en "Melancholie..." salvo el del título, su sentido metafórico y el cartel, donde vemos la estatua de uno. Es interesante reseñar que el de la misma "La Fin Absolue du Monde" también incluye uno esculpido en mármol.
Y el de "Cigarette Burns" muestra al de "carne y hueso" que aparece en el capítulo (ver más arriba). Quizás los guionistas ni siquiera llegaron a consumir la peli del alemán torrao, solo leyeron y vieron algunas capturas, haciendo así su propia versión de lo que podría ser una cinta perversa, capaz de generar locura en sus espectadores, a base de imágenes tremebundas. Por otro lado, el director ficticio de "La Fin Absolue du Monde" es tan misterioso, enigmático y, sí, europeo como Marian Dora. Hay, también, cierta relación con la idea del cine "snuff" en "Cigarette Burns", cosa esta que revolotea continuamente en torno a "Melancholie der Engel" porque, aunque no se sesguen las vidas de “seres humanos” sin efectos de por medio -poco les falta-, sí ocurre con animales, por lo que la sensación de estar viendo "snuff" tampoco se diluye del todo.
Dora hizo su película en el año 2009, no obstante siempre menciona la cosecha audiovisual de los setenta como gran influencia, algo muy evidente. Y, ya rizando el rizo, uno de los protagonistas de "Cigarette Burns" es Udo Kier, actor alemán habitual de un cine como tirando a alternativo, radical o, directamente, marginal. Y no lo digo por sus intervenciones en las dos epopeyas de Andy Warhol / Paul Morrissey sobre "Drácula" y "Frankenstein", pal caso me refiero más al cineasta -ya fallecido-, también germano, Christoph Schlingensieff, cuya filmografía viene cargadita de esas películas entre lo "arty" y lo "shock", rodadas en 16mm desde la guerrilla, siendo su peculiar versión de "La matanza de Texas" la más conocida y que, sí, cuenta con Kier como uno de sus rostros principales.
Vivía convencido de que estos paralelismos entre "La Fin Absolue du Monde" y "Melancholie der Engel" eran cosa mía, pero no. Hace ya trece largos años alguien en un foro llegó a la misma conclusión. De hecho, lo explicaba mejor que yo sin necesitar tanta letra, le bastó con decir que la película de Dora "evoca el contenido siniestro y extremo en la elusiva "La Fin Absolue du Monde"". Totalmente. El resto del personal de ese mismo foro, no obstante, se decantaba más por el famoso -y aburrido- "Begotten" de E. Elias Merhige como genuino referente.
En fin, la cuestión aquí era aportar mi versión del asunto. Podríamos acudir a los guionistas de "Cigarette Burns" para preguntarles, pero mola más que toda esta movida siga siendo un misterio. Hoy día no abundan y se agradecen.
sábado, 10 de mayo de 2025
LA BESTIA DEL REINO
Remarco lo de SU porque, inevitablemente, y como solía ocurrir en la época, durante muchos años se consideró "La bestia del reino" como un film de los seis "Monty Python" al completo (ver imagen acompañatoria como ejemplo). Algo trasladable también a la siguiente obra de Gilliam, "Los héroes del tiempo", y que a él le cabreaba como una mona en celo. Tanto como para incluso batallarlo legalmente, hasta lograr que un juez dictaminara como "castigable" dicha equivocada (o mal intencionada) asociación. Las pelis de Terry Gilliam son única y exclusivamente de Terry Gilliam, aunque para parirlas contara con ayuda eventual de otros "Python" y estas guarden paralelismos con la obra del sexteto. En el caso de "La bestia del reino" la cosa es evidente. Su semejanza y conexiones con "Los caballeros de la mesa cuadrada" resultan inconfundibles y directas, tanto como recibir un sopapo. Diría incluso que hay guiños buscados aposta. La presencia del invencible y misterioso "Caballero Negro" está entre los más obvios. También el nombre del personaje protagonista, Dennis, encarnado -en ambas películas- por el entrañable integrante del clan Michael Palin. Igualmente encontramos al "otro Terry", Jones, en un papelillo memorable (supongo que sería todo un gusto para él poder vérselas en semejante tesitura sin tener que discutir con su colega). Y, dato curioso, el mismo John Cleese rechazó la oferta para participar. Gilliam, además de dirigir, co-guionizar y unas cuantas cosas más, se marca un cameo en el que es llamativamente devorado por la bestia del título, lo mismo que el otro Terry. En ambos casos los cadáveres quedan reducidos a un esqueleto sangrante con puntuales pedazos de chicha en sus masticados huesos... y, ¡¡cuidao!!, la cabeza perfectamente impoluta. Desconozco si fue un efecto buscado aposta por sus responsables, pero en la época, durante el visionado vía televisión, fue un familiar el que detectó que dicho modo de proceder por parte del monstruo era igual al de "comer sardinas", te zampas todo menos el perolo. Muy gracioso.
Pues sí, la cosa va de criatura hedionda aterrorizando un reino. En eso que un jovenzuelo de noble corazón, pero algo lerdo, llega en busca de fortuna. A pesar de su primigenia mala suerte, terminará por accidente enfrentado a la bestia, venciendo y llevándose los respectivos laureles... aunque, en este universo, y en la mente del mal lechado Gilliam, ello no se traduce, para nada, en un final feliz. Toda "La bestia del reino" gasta un cabronismo notorio. Es más, diría que la misantropía chorrea por sus fotogramas. Apenas abundan los personajes positivos. Aquí todo dios es despiadado, interesado, traicionero, imbécil y cruel, muy cruel.
En fin, disfrutaría como un enano detallando las muchas amputaciones, mutilaciones y barbaridades que presenciamos asombrados a lo largo del film (algunas dignas de "Mal Gusto", y no voy desencaminado, el propio Peter Jackson ha declarado en sendas ocasiones que su sentido del gran guiñol es pura consecuencia de un amor procesado a "Monty Python" y, entendemos, los curreles individuales de sus integrantes) o deteniéndome en el aspecto del monstruo. Alucinante. Algo así como una gallina diabólica. Cojonudamente diseñada y ejecutada. Pero todo eso se lo dejo a ustedes, si es que no han tenido todavía la sabia idea de consumir esta película. Una que sin ser redonda, ni especialmente graciosa -de hecho, a ratos le pesa el culo-, merece la pena por sus muchos aciertos y sorprendentes salidas. En cualquier caso, y por no perder las viejas costumbres -ni formas-, comentaré brevemente algunos de los rostros que asoman por sus fotogramas, todos ellos inconfundiblemente británicos (a pesar de contar con un director de origen yanki) y asociados a títulos muy propios de la naturaleza de este ciber-antro: John Le Mesurier (de "El hermano más listo de Sherlock Holmes"), Bernard Bresslaw (el cíclope de "Krull"), Neil Innes (algo así como el séptimo "Monty Python", uno especialmente interesado en el apartado musical), Bryan Pringle (el siniestro criado de "Terrorífica luna de miel", otra curiosa conexión con Gene Wilder), la tetuda y carnosa Alexandra Dane (mostrar escotazo fue una constante a lo largo de su carrera, sobre todo en comedias picantonas), Brian Glover (el malcarado cliente de "La oveja degollada" en "Un hombre lobo americano en Londres") y nada menos que David Prowse, es decir, el "Darth Vader" original. Ese mismo año 1977, mientras alcanzaba velada notoriedad encarnando a tan icónico villano, intervenía en el film de Terry Gilliam nuevamente oculto tras un casco y su armadura bañadas en negro tizón.
sábado, 15 de marzo de 2025
PLACER SANGRIENTO
En realidad, "Placer Sangriento" es un subproducto de explotación típicamente setentero, con todas las señas de identidad del cine barato de entonces, a saber, diálogos rellenametrajes absolutamente gilipollas, absurdos e inútiles, y personajes que les van a la par, es decir, de comportamientos ilógicos. Ahora son mega-majos, ahora son unos cabrones. Ahora se caen bien, ahora se odian. Todo aleatóriamente. Destacan en ese sentido el novio de la chica prota, que pasa de matón a tipo encantador de una escena a otra. O la reacción de ella, "te aborrezco / te quiero según me da la neura". Tampoco es manca la pava que se pirra por perder la virginidad siguiendo un ritual algo peculiar en el que su pretendiente deberá violarla durante un paseo nocturno.
Y sí, luego hay unos pocos crímenes escasamente gráficos. El primero nada más arrancar el film, y luego ya no tenemos otro hasta 48 minutos después, de una escasa pero eterna duración total de 83. Lo demás, pues ya les digo, pura paja. Y no me refiero a aquella en la que sus viciosas mentes están pensando. De esas poco, cuatro tetas ultra-gratuitas y para de contar.
Los culpables de semejante desaguisado son un par de leyendas de la explotación setentera y ochentera, marido y mujer en la vida real, Ferd (que no Fred) y Beverly Sebastian. Algunos les recordarán por su "Rocktober Blood / Concierto de sangre" y, muy especialmente, el que es su verdadero "hit", "Gator Bait", protagonizada por la misma y mal lograda Claudia Jennings que luce palmito en el film reseñado. Otros rostros y cuerpos medianamente reconocibles son los de Albert Popwell, el colega "de color" de "Harry Callahan" y la sexy Robyn Hilton, cuyas apetecibles ubres han sido explotadas también en "Cry Uncle!", "Sillas de montar calientes" (era la secretaria del disparatado gobernador encarnado por Mel Brooks), "Mujeres violentas" de Robert Vincent O'Neil (padre fundador de la saga "Angel"), "Video Vixens!", sex comedy con sello Troma dirigido por el normalmente pornógrafo Henri Pachard y "Malibu Express", convirtiéndose así en chica Andy Sidaris.
Naturalmente, no podía publicar esta reseña sin echar mano de la mitiquísima caratula que lucía el VHS en los estantes de nuestros añorados vídeo-clubs (cortesía de "Video Screen S.A.", la misma peña que en su día movió "La muerte ataca en New York". ¡¡Catalogazo!!). Immmmmpresionante... y falsa como un billete de veinte euros con la efigie de Juan Carlos Gallardo (desconozco completamente su origen real. Podría hacer cábalas, pero mentiría. Si alguien reconoce la llamativa imagen, que escriba). Era pura carne de fascinación para ojos adolescentes. De haber incorporado "Placer Sangriento" un momento como ese en sus costrosos fotogramas, otro gallo canturrearía, pero no, la cosa queda lejos de ser tan intensa. Lo que tenemos es, pues eso, cine barato de los setenta aburrido y totalmente prescindible.
Por si se lo preguntan, Ferd y Beverly Sebastian firmarían su última película en 1993. Él palmaría en 2022 y ella pasaría a ser la presidenta de una asociación destinada a la protección del galgo. Curioso y bonito a la par.
sábado, 4 de enero de 2025
ESOS LOCOS CUATREROS
¿¿Qué ocurriría si cogiéramos a un cowboy de la vieja escuela, un auténtico buen chico, heroico, noble y puro, típico de las rancias películas del oeste producidas en los años cuarenta, y lo trasladáramos a un entorno más "realista" y salvaje, menos romántico, de tan significativa época y género?? Justo, es con ese contraste con el que juega, durante los agradecidos 82 minutos que dura la función, el guionista y también director, Hugh Wilson, quien experimentaba su momento de mayor esplendor tras haber estrenado un año antes el super-hit "Loca academia de policía". Supongo que, por ello, la "major" de turno confió en él para que hiciera lo que le saliera del choto. Y lo hizo. Pero fracasó. De ahí que su carrera, a pesar de algún título intermedio medianamente llamativo ("La ratera", "Tess y su guardaespaldas"...), no volviese a relucir igual. Murió en 2018. Descanse en paz.
Rex O'Herlihan se define a sí mismo como el vaquero cantante. Viste de pulcro blanco. Es prodigiosamente rápido con el revólver (eso sí, jamás mata, su especialidad consiste en disparar a las manos de sus contrincantes). Canta como los pájaros y, por supuesto, es bondadoso y guapo. Las mujeres se pirran por él. ¡AH! y rechaza cualquier clase de bebida alcohólica, lo suyo es la leche. Literalmente. Además, tiene otra cualidad, se sabe de memoria todos los clichés adscritos al western. Todas las fórmulas narrativas y recurrentes por lo que, como dice él, puede ver el futuro. Así las cosas, aplicará sus talentos para ayudar a unos granjeros que viven atormentados por el villano de turno y sus lerdos secuaces.
"Esos locos cuatreros" llamó bastante la atención en nuestras tierras porque, justo, fue aquí donde se rodó. No resulta muy complicado deducir que el escenario exterior elegido fue el de tantos y tantos espagueti westerns, Almería y sus alrededores (para los interiores se recurrió a los "Estudios Bronston" sitados en Madrid). De ahí que la revista "Fotogramas" (conocida también como "Fotogrumos") visitara el plató y se sacara de la manga un completo reportaje que tuve el inconmensurable detalle de escanear y compartir con todos ustedes, por si gustan aquí disponen de la primera página, y aquí de la segunda y última. Es lógico pues que, a lo largo del film, pululen muchos rostros autóctonos, como los de Fernando Rey encarnando a otro de los villanos (considerando su culto bagaje previo, debió fliparlo colores al soltar todas esas frases tan absurdas), Emilio Linder, Charly Bravo y muchos otros que sabrán reconocer aquellos más puestos que yo. También ello se extiende al personal detrás de las cámaras, con José Luis Alcaine dedicándose a la dirección fotográfica, Gil Parrondo a la artística, Julián Mateos a los decorados o Francisco Lara Polop como... er... "production manager", que no se qué cojones implica ello. De productor asociado tenemos a Hervé Hachuel, ¿franchute? de lustrosa carrera todavía activa afincado en nuestras tierras y perfectamente reivindicable (hizo algo de ruido en 1986 dirigiendo "Banter" y en 1991 con "Besos en la oscuridad", producción de un Roger Corman experimentando con las españas como posible país colaborador, aunque la cosa no prosperó).
Por supuesto, y sin salirnos de nuestras fronteras, el título patrio no tiene ninguna relación con el original. La película nació como "Rustlers' Rhapsody" (el que la muy posterior "The Ballad of Buster Scruggs" de los hermanos Coen guarde algunos puntos de conexión en su título, y su arranque parodiando la misma temática con varios elementos parecidos, pensaba que era delirio mío... no obstante, no soy el único que se ha dado cuenta), pero por entonces, como bien sabemos, los distribuidores españoles vivían convencidos de que cualquier comedia con tintes más o menos modernos se vendería mejor si llevaba la palabra loco o loca en el título -precisamente gracias al super éxito con la academia de maderos del mismo Hugh Wilson, lo que justifica especialmente su utilización en el caso que nos ocupa-, táctica de la que existen mil ejemplos y se llegó a estirar cual chicle.
Efectivamente, "Esos locos cuatreros" es ochentera de pies a cabeza. Ya no se hacen "de risas" como esta. Combina un tipo de humor más terrenal con gotas de "slapstick" (no falta el trompazo directo a la entrepierna) y algo de agradecido "spoof" (aunque sin llegar a los dulces excesos de unos ZAZ), sobre todo por la ristra de gags de puro meta-cine, como la ya reseñada continua alusión a los tópicos narrativos del western (incluida una graciosa cita a aquellos de producción italiana) No obstante, y a diferencia de mucha de la comedia de entonces, el nivel de mal gusto es bajo. Muy bajo. Casi parece diseñada para ser consumida por toda clase de audiencias. De ahí que la violencia esté muy suavizada y los clásicos chistes de drogas (las raíces que come el prota y le ponen contento) u homofóbicos tan propios del momento tengan presencia, pero sin abrumar. A colación de esto último, se juega muchísimo con la idea de que Rex O'Herlihan no sea lo suficientemente macho y dude de su hombría. Justamente, una de las ocurrencias más inspiradas consiste en que, tras asumir los villanos que no hay manera humana de acabar con él, buscan a otro cowboy cantante e igualmente buen chico para hacerle frente, lo que iniciará un conflicto a la hora del inevitable duelo: Perderá aquel cuyo curriculum sea menos moralmente intachable. Si encima nos buscamos al mismísimo hijo del mismísimo John Wayne para encarnar a dicha némesis, pues todos contentos.
El reparto principal (equipo hispanoparlante aparte) no podía ser más llamativo. Un joven y guapo Tom Berenger. El gran G.W. Bailey como borrachín del pueblo. Así de primeras puede que no les suene, pero si digo que dio vida al "Teniente Harris" en las academias, seguro que saben de quien hablo. Justo, su segunda entrega se rodó a la par que el film reseñado, de ahí la presencia casi anecdótica del actor en aquella. Marilu Henner, la pechugona -cualidad muy explotada a lo largo de su carrera- protagonista femenina de la serie "Taxi" y que venía de asomar sus encantos en otro "spoof" fallido comercialmente hablando pero -en mi opinión- superior, "Johnny Peligroso". El super televisivo Andy Griffith (volvería a verse inmerso en la comedia paródica once años después con "Espía como puedas"). Y, hablando de ello, no perderse la escueta pero antológica intervención de Jim Carter en plan pistolero malcarado... ¿quién? el inmortal y bigotudo "Déjà Vu" de ese clásico imperecedero del "spoof" titulado "Top Secret". Lo complementan Sela Ward, Brant von Hoffman (otro habitual cadete de la academia loca y el cine de Hugh Wilson), Christopher Malcolm (tiene una carrera fascinante, aunque los más enfermos le reconocerán como uno de los pilotos rebeldes de "El imperio contraataca") o Billy J. Mitchell (el manager de "Nick Rivers" en... sí, tu otra vez, "Top Secret").
Lo crean o no, entre los productores yankis de "Esos locos cuatreros" localizamos nada menos que a Walter Hill... ¿cómo se quedan?.
sábado, 31 de agosto de 2024
EL GRAN SALTO
No era la primera vez que la gentuza de los dineros confiaba plenamente en ellos. Ocurrió ya en los noventa, cuando, estando ambos de moda, el mega productor de "actioners" tan míticos como "Commando", "Arma Letal" o "Jungla de cristal", Joel Silver, les apadrinó para que dieran su (gran) salto al cine más "comercial". Y el proyecto elegido nos retrotrae a otra historia de la que ya he hablado antes, la fascinante amistad humana y colaborativa de los Coen con Sam Raimi.
Según el libro de Ian Nathan, esas supuestas deudas de "Arizona Baby" con "Posesión Infernal", a las que aludía en mi reseña, no son delirios de un anormal -que diría Ze-. Existen. Motivado por el éxito de su debut, Raimi se instaló un tiempo en Los Ángeles, a la búsqueda de fama y fortuna. En eso que los Coen pasaron por allí, esperando dar con un distribuidor para la entonces recién terminada "Sangre Fácil". Decidieron acampar en el cuchitril de su amigo y, por aquello de combatir el aburrimiento, juntos y revueltos se sentaban frente a la máquina de escribir, pariendo de este modo un guion a pachas. Uno basado, hasta cierto punto, en la misma aventura angelina de Raimi. El paletillo "de pueblo" que va a la gran ciudad en busca de una oportunidad. Con este metido en el ajo, les salio una cosa muy ambiciosa, difícil de producir en aquel momento, siendo novatillos desconocidos. Pero ahí quedó, en el congelador, a la espera de que algún día alguien soltara el montante. Por supuesto, estamos hablando de la futura "El gran salto", título españolo algo absurdo para "The Hudsucker Proxy" y "Hudsucker" era un gag recurrente en el universo Coenraiminiano. Lo habíamos oído en la mentada "Arizona Baby" y también en "Crimewave (Ola de crímenes... ola de risas)" cuyo libreto, les recuerdo, iba igualmente firmado a seis manos por los chavales.
Es un dato bien conocido que aquel intento de Joel & Ethan por integrarse en el mainstream se saldó con un hostiaco de los gordos. Fracasó estrepitosamente en su paso por salas, de ahí que el libro que ando leyendo le dedique cuatro únicas páginas (y, muy extrañamente, apenas mente la citada "Crimewave"). Pero no fue en balde. De rebote, los brothers regresaron a su terreno natural, pariendo el film que les acabó de catapultar, funcionó de mil maravillas en todos los aspectos y les valió un Oscar (como guionistas) Además, resultaría ser su mayor logro y una de las dos que poseo en formato doméstico, "Fargo" (por si les pica la curiosidad, la otra es "Arizona Baby").
Pero centrémonos en "El gran salto", fechada el año 1994. Como decía, cuenta la historia de un pobre diablo, más tonto que una almeja (interpretado por un muy adecuado Tim Robbins, sacándole máximo rendimiento a esa cara de bobo. Según el libro, primeramente se pensó en Tom Cruise), al que una gran corporación comandada por un malvado gerifalte (un genial Paul Newman. Según el libro, de entrada se pensó en Clint Eastwood... joder, ¡habría molado!) utiliza a su antojo. La compañía pretende devaluar sus acciones, para poder comprarlas después a precio irrisorio, y necesitan un tonto que pague el pato. Solo que este sorprenderá a propios y extraños pariendo un producto de éxito -el Hula-Hoop-. En medio, como no, habrá una chavala con la que nacerá el amor (Jennifer Jason Leigh. Según el libro, papel destinado a Winona Ryder) y al tonto se le subirán los humos, ascendiendo a cretino. Luego caerá hacia lo más bajo, aprendiendo una lección en el camino.
Acompañan a los tres astros mencionados rostros tan familiares -y agradables de ver- como los de Charles Durning, Bill Cobbs, Joe Grifasi, Roy Brocksmith, Peter Gallagher, Steve Buscemi o Jon Polito. Por ahí anda John Goodman en plan cameo. Y la neumática y malograda Anna Nicole Smith (ese mismo año interpretó a una grotesca mujer fatal en el tercer "Agárralo como puedas") La gran sorpresa viene dada por la presencia, bastante destacada, de Bruce Campbell, demostrando más que nunca sus limitaciones interpretativas. Recordemos que había intervenido en el pre-trailer de "Sangre Fácil", parido para engatusar a posibles inversores, y volvería a tener escasas y muy breves apariciones en "Fargo", "Crueldad Intolerable", "¡Ave, César!" o la entretenidísima "Ladykillers", sin embargo, me sorprende que, dadas las amistades comunes, los Coen no hayan contado con él para nada más sucoso. Obviamente, Sam Raimi también se marca un papelillo, pero esta vez mediante sombras chinescas. Le acompaña en tal función John Cameron, otro de los integrantes del clan Raimi que abandonaría el barco para quedarse exclusivamente con los hermanos.
Vi "El gran salto" en una sala considerada "de arte y ensayo", lugar de peregrinaje para los fracasados escarceos con el mainstream de cineastas, hasta entonces, considerados minoritarios (ocurrió también con Kevin Smith y su "Mallrats"). Lo comento por el par de anécdotas conjuntas. El "tío de la puerta" resultó ser un viejo compañero de EGB. Así que me dejó entrar gratis. Mientras charlaba con él, apareció un ya entonces reputado crítico de cine,"gurú" de la cultura popular, habitual de las páginas de "Fotogramas". Le conocía personalmente por senda ocasión pasada y creyó que andaba camelando al responsable del cine para entrar por la pati. Terminado el film, volvimos a encontrarnos (digo el crítico y yo). Preguntó que qué me había parecido. "Psé" esputé yo. "A ti es que no te gusta nada" contestó. Entonces me escaseó el ingenio, pero lo suyo habría sido contraatacar con: "Pues a tenor de tu trabajo, ¡a ti te gusta todo!".
Sí, "El gran salto" no me convenció en su momento. La encontré demasiado convencional, dentro de lo que es, y medianamente previsible, considerando lo poco que eso suele darse en el cine Coeaniano (una de sus mayores virtudes, añado con admiración). Son las secuencias a base de pura narrativa visual, dinamismo e inventiva chorreante, las que se quedan grabadas en la retina. Me vienen a la mente la del "ataque de risa conjunto" y, sobre todo, la del hula-hoop. Decir que -nuevamente según el libro- fue Sam Raimi quien se encargó de dirigir esta última, en plan segunda unidad.
Consumida hace escasos días, "El gran salto" me resultó muy buenrollera y agradable, aunque sí es cierto que, a ratos, su estultismo deliberado cargaba un poco las tintas en plan "no, no es tan gracioso". Pero, ¡ei!, tampoco diré nada malo. Si buscas evasión saludable, sobra y basta.
Epílogo: Gracias al libro, me he reconciliado con algunas de mis menos favoritas películas de los hermanos, caso de "Crueldad Intolerable" (de "imposible de terminar" ha pasado a amena y dinámica) o "Quemar después de leer", y también ha sido útil para redescubrir tantas otras ("El hombre que nunca estuvo allí", "A propósito de Llewyn Davis"...). Por todo ello, Joel y Ethan han ascendido unos cuantos puestos en mi actual lista de cineastas favoritos.
sábado, 30 de marzo de 2024
LOS SUPERVIVIENTES DE LOS ANDES
Sin embargo, lo que muchos gacetilleros habían olvidado. O querían olvidar. Es que hubo una previa a las dos mencionadas, inspirada también en ese mismo asunto, "Los supervivientes de los Andes" (con un artículo de quita y pon según quien edite). La razón de que, mayormente, fuese ignominiosamente despechada puede deberse a diversos factores: La más sencilla es la ignorancia. Ya sabemos cómo anda hoy el patio. Pero podría haberlas de otro orden. "Los supervivientes de los Andes" es un producto oportunista hasta el tuétano. De abierta y desacomplejada mentalidad "exploitativa". Se rodó solo cuatro años después del movidón. A toda prisa y con el presupuesto justo. Priorizando el elemento más sensacionalista y chocante a modo de reclamo: el canibalismo. De los tres films, es el único donde vemos cómo se corta pacientemente la carne de un cadáver. Y no está para nada mal ejecutado. Semejante desvergüenza se debe, obvio, a su procedencia Mexicana (conocemos sobradamente de qué manera las gastaban -y gastan- allí cuando se trata de sacar cuartos a través del sucio morbo) y su director, el inmortal René Cardona, forjado en las trincheras del más descarnado cine populachero. Produciendo y co-guionizando, su temible hijo, René Cardona Jr, quien ganaba a papá en actitud desalmada y mentalidad truculenta. Seguramente en sus manos -como director- el resultado habría sido mucho más sanguinolento. ¿Y cutre?.
Lo cierto es que "Los supervivientes de los Andes" no está tan tan mal. La escena del avión hostiándose queda lejos de ofender. Sí, las maquetas cantan un poco, pero no excesivamente. Es mucho más chusquero el decorado donde se desarrollan los culebrones del clan superviviente. Se nota un huevo el cartón piedra. Y el poliexpán fingiendo ser copos de nieve. Pero bueno, lo dejamos pasar porque, así de primeras, el ritmo es más acelerado que en la reciente versión. Y, además, el affaire propiamente dicho se intercala con escenas de las autoridades organizando el rescate, por lo que todo se torna un pelo más ameno. Es quizás al final donde comienzan a pesar los fotogramas y la impaciencia por ver llegar el "Fin" se torna inevitable. Suerte que el pifostio solo dura 85 minutos.
En el reparto un auténtico "mostro" en estas cosas del "exploit" mexicano, Hugo Stiglitz.
La imagen expuesta pertenece a una de las varias ediciones que tuvo en su día para el mercado del alquiler. Probablemente, pirata. De ahí que la muchacha horrorizada sea la bella Jenny Agutter, en un plano extraído de "El superviviente", película australiana del 81. Suponemos elegida por los distribuidores porque también va de aviones que se estrellan y personas que sobreviven (bueno, solo una). Lo mismo podríamos decir de la imagen trasera -debajo-, donde un par de tipos devoran entrañas cual zombies desbocados (me viene a la mente sendo film en el que unos hombres desesperados cazan a un oso polar, zampándose a lo bruto sus tripas a pesar de ser advertidos sobre lo escasamente saludable de tal práctica. Pero he olvidado el título. Sorry) Que los copos de nieve vengan pintarrajeados de mala manera (tal vez con "Tipp-ex"), pone la guinda a una sucia práctica amada por estos parajes. Obviamente, en la realidad -y los tres títulos resultantes- el "momento antropófago" no fue TAN espectacular.
Como relleno a una velada tonta, "Los supervivientes de los Andes" se deja ver. Y me parece la mar de feo que sea excluida de la lista de versiones fílmicas inspiradas en los dramáticos hechos, especialmente si ello se debe a cuestiones morales. Puede ser más o menos criticable... pero, a su vez, genuinamente interesante desde un punto de vista histórico, o sociológico, o antropológico. El que exista única y totalmente motivada por fines crematísticos, sin la mínima consideración respecto a los afectados. Alguien podría tildar de políticamente incorrecto que, siendo de donde es, se la ningunee mientras, por otro lado, aquellas paridas (o co-paridas) mediante montante yanki son aplaudidas y respetadas. Pero no seré yo el que proceda. Ya existen demasiados papanatas con aspiraciones redentoras ahí fuera.
miércoles, 14 de febrero de 2024
GALERÍA DE ESCANEOS BONITOS 34 (MARICONADAS VARIAS E)
Y siendo hoy 14 de Febrero... con más razón aún.
En una reciente ocasión, el irritante pijillo de flequillo nervioso que se dedica a verborrear sobre libros ignotos (o de sus amiguitos) en "Cuarto Milenio", calificó al "Capitán América" de Albert Pyun, sin ápice de duda, como "la peor película de superhéroes de la historia". ¡Aaaaayyy el puto mainstream! como me cabrea cuando estos papanatas aseveran sobre materias que desconocen y atontan -aún más, si cabe- a su audiencia. Unos meses antes, Iker había mentado de pasada "Supersonic Man". Es decir, la conocía. Entonces, ¿por qué no interrumpir a su interlocutor para aclarar que hay pelis de superhéroes peores que la de Pyun? ¿pa qué? supongo que el ser española la libró de recibir tal desprecio (ya sabemos lo mucho que le pone la marcasssssspaññññña al rechoncho Don Jiménez), pero sería lo justo... y al lado que sitúen a "El hombre puma" o... "Thor: Love & Thunder" (jajajaaa!! y no, no es que nos apuntemos al linchamiento público de "Marvel Studios" -ya saben cómo es la gentuza-, pero esa era mala a rabiar). Independientemente de la más que discutible calidad del film de Albert Pyun, lo cierto es que siempre me han hecho mucha gracia cómo el Capi y su eterno enemigo Cráneo Rojo lucían en sus grumosos fotogramas.
Del griego de oro Nico Mastorakis hemos hablado ya unas cuantas veces por estos lares. Su historia no tiene desperdicio. Salió de las islas para hacer las Américas y lo consiguió. Eso sí, a base de subproductos y explotación... pero dentro de cierta categoría. Pudo contar con medios razonables y algún rostro más que popular. Sin embargo, superados los noventa, comenzó a rebajar el ritmo y, hoy, casi podría decirse que ha semidesaparecido. Por todo ello, valga la foto del hombre en acción en plenos ochenta junto a una cámara tocha de 35mm, nada menos. De cuando estos mercenarios aún podían permitírselas.
Debajo, una sugerente instantánea de uno de sus films más populares -y reconocible caratula para aquellos adictos al vídeo-club-, "Cita Ciega", en la que se delatan sus maneras y se aclara diáfanamente por qué Mastorakis nunca abandonó el panteón de los exploiters, por mucho que lo intentó (la moza no es otra que Marina Sirtis, entonces futura fantasía pajera de trekkies).
En "The man who loved Hitchcock" el maestro del suspense in person (al que da vida el gran Peter Ustinov) es acosado por un fan obsesivo y peligroso, uno que comienza a cometer crímenes inspirándose en las películas de su héroe. Alfred abandonará la masiva ingestión de donuts para detenerle.
¿A que suena bien? pues entonces les disgustará saber que esta película jamás llegó a realizarse. Fue uno de los muchos proyectos chispeantes pero sin producir del legendario Larry Cohen. Si eso, por un lado, incrementa el dolor, saber que el tono iba a ser de comedia lo suaviza. Cada vez que el director de "La serpiente voladora" ha tirado de humor, le han salido churros considerables. ¿Recuerdan aquella cosa horrible titulada "Regreso a Full Moon"? ¿y no eran los pasajes graciosos de "The Stuff/In-Natural" altamente irritantes? Poseso.
Y hablando de poseso... de posesión... de... hummm.
Eventualmente nos da mucho gustito recurrir a imágenes de películas explotadísimas pero por las que sentimos distintos grados de estima. Si, además, dicha estampa no está demasiado sobada, pues entonces ¡¡cojonudo, oiga!! Es el caso aquí presente, con tía Henrieta (es decir, Ted Raimi) asomando por el sótano en "Terroríficamente Muertos" a la manera que lo hacía Cheryl en "Posesión Infernal". Una foto de naturaleza puramente promocional -o incluso nostálgica- ya que, asíN, no sale en la peli. "Mad Movies" la publicó en su día, cuando el estreno del film estaba aún pendiente, al menos en España. Así que, ¡se imaginan el subidón! ver un instante tan icónico actualizado resultó altamente regocijante.
Quien me iba a decir entonces que, con el paso de los años, lo vería recreado chorromil veces más, a cada cual con menos gracia.
Una tragedia y de las tochas.








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